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De ruta por el bajo Guadalete.
Una excursión con el Aula de Mayores de la UCA.




Atendiendo a la amable invitación de nuestro amigo Juan Martín Pruaño, presidente de la Asociación de Estudiantes Universitarios del Aula de Mayores de la UCA en el Campus de Jerez, el sábado pasado tuvimos la oportunidad de guiar una excursión por el Bajo Guadalete. La salida tenía como objetivo el acercamiento a los paisajes y la historia de este rincón de la campiña desde una perspectiva interdisciplinar.

Para ello realizamos un itinerario en autobús, que partiendo del campus a las 9 de la mañana, nos llevó a visitar La Barca de la Florida, la Torre de Torrecera y la bodega Entrechuelos, la Ermita de la Ina y el Puente de Cartuja. En todos estos lugares, como también durante los trayectos entre ellos, destacamos los aspectos más relevantes de estos parajes que muchas veces resultan desconocidos pese a su cercanía a la ciudad. Este recorrido, que hemos realizado en muchas ocasiones y con distintas variantes es recomendable para quienes quieran conocer mejor nuestro entorno rural. ¿Nos acompañan?

Camino de Cuartillo.

Tomando la carretera de Arcos, para enlazar con la de Cortes a través de la Ronda Este, hacemos unas primeras referencias a esta zona de la ciudad, cargada de historia, conocida en tiempos pasados como El Pinar, antesala de los Llanos de Caulina. Ya en la carretera de Cortes recordamos la importancia que a comienzos del s. XX tuvo su construcción para Jerez junto a otras obras como el Pantano de Guadalcacín y el Ferrocarril de la Sierra.

Junto al puente de la autopista pasamos ahora por el que fuera descansadero de Albadalejo, donde aún se conserva una antigua fuente de la que ya en el s. XVI se quisieron traer sus aguas a Jerez. Desde siglos atrás existieron en este lugar dos alcantarillas que cruzaban el Arroyo Salado, uno de los últimos afluentes del Guadalete que, desde la Sierra de Gibalbín drena los Llanos de Caulina para unirse con él junto a Viveros Olmedo. Con el nombre de Albadalejo se estuvo a punto de “bautizar” el pueblo de Estella del Marqués, levantado en sus cercanías en 1956.

Camino de Cuartillos, la carretera divide en dos el Parque Forestal de Las Aguilillas, un espacio incluido en el catálogo de “Bosques-Isla”. Aunque hace 50 años se hicieron aquí repoblaciones de pino carrasco y eucalipto, la vegetación propia del monte mediterráneo se ha ido regenerando poco a poco estando presentes especies como lentisco, coscoja, acebuche, palmito, jara… Al paso por la barriada rural de Cuartillo, construida en buena parte en terrenos



de una antigua cañada, llaman la atención dos pinos centenarios que sirvieron en otros tiempos de hitos para los enfilamientos de los barcos que llegaban a la Bahía de Cádiz. Junto a ellos, la estación potabilizadora reclama también la atención del viajero, como una obra sobresaliente de los Abastecimientos a la Zona Gaditana. Obra del ingeniero Juan Delgado Morales (1956) cuenta en su interior con magníficos murales cerámicos.

La carretera deja ahora a la derecha el Arroyo de las Cruces y los cerros de Salto al Cielo, donde despunta la bóveda en media naranja de esta antigua ermita cartujana. Al pasar por Las Majadillas se abren ante nosotros los horizontes del valle del Guadalete que nos muestran, en primer plano los restos adehesados de los encinares que cubrieron estas lomas. El cerro de alcántara o el de Domecq, quedan a nuestra izquierda mientras nos acercamos a los llanos de Magallanes y La Guareña que tienen como telón de fondo el Encinar de Vicos por donde discurre la Cañada Real de Albadalejo o Cuartillos buscando las tierras del Este de nuestro término municipal.

En La Barca de la Florida.

La primera parada es junto al Puente de La Barca, donde a orillas del río recordamos los aspectos más sobresalientes acerca de la colonización agraria de la vega del Guadalete y la fundación de La Barca de la Florida en 1948, que se convirtió desde el primer momento en centro económico y de servicios de otros poblados de colonización de la zona. Levantado en las cercanías del antiguo Vado de La Florida, en tierras próximas al cortijo del mismo nombre, comentamos aquí la importancia de este lugar, por el que cruzaba el río desde los siglos medievales la Cañada Real de la Sierra para seguir su camino hacia el Valle, El Mimbral y Tempul. En La Florida arrancaba también hacia el norte la Cañada de Albardén, en dirección a la Junta de los Ríos y Arcos, así como los caminos que llevaban a los cercanos cortijos de Berlanga, Berlanguilla o La Suara y al descansadero de Mesas del Corral, situado al otro lado del río (1). Un lugar, en suma, que constituía un auténtico nudo de comunicaciones y cruce de caminos del Jerez rural.

Como no podía ser de otra manera, nos recreamos aquí en las pequeñas historias de las barcas que cruzaban el río. Existen ya referencias de una primera barca en este lugar en 1725. La Barca, aparece también en un mapa francés elaborado en la primera mitad del siglo XIX y de ella da cuenta Madoz en 1854, que la denomina indistintamente como “barca de la Florida” o “de Berlanga” y que sitúa en el Vado de La Florida. Sobre la última de las barcas, nos informa Juan Leiva en el delicioso libro que coordinó y que lleva por título “La Barca de la Florida. Historia de un pueblo joven con viejas raíces”. En él se relata como en este lugar se encontraba en los años veinte del siglo pasado el conocido “Rancho de Benalí”. Su dueño, “Francisco Robles Pérez, alias “Benalí”, compró una barca de 12 metros de eslora por 7 de manga, que fue transportada hasta el río por don Antonio Guerrero (propietario del cortijo de La Florida), e instalada por “Benalí” para pasar el Guadalete, en el mismo lugar donde se encuentra en la



actualidad el puente de La Barca de La Florida… la barca funcionaba mediante poleas instaladas a ambos lados del río, de las que tiraba el propio “Benalí”. Era un auténtico transbordador, en el que pasaban personas, animales y todo tipo de mercancías. Los rebaños, las “jarreas” de mulos y las recuas de burros, cargados de carbón de la sierra, pasaban la barca, camino de Jerez, cuando el río llevaba mucha agua
”.

Frente a nosotros, el “Puente de Hierro”, el puente en arco del Acueducto de Los Hurones y el puente atirantado del Acueducto de Tempul nos llevan también a recordar su pequeña historia y los aspectos más relevantes de estas interesantes obras públicas. El conocido como “Puente de San Patricio”, obra del prestigioso ingeniero Eduardo Torroja, figura en todos los manuales de



historia de la ingeniería como una obra pionera en la utilización del hormigón pretensado. Construido entre 1925 y 1927, vino a sustituir en al antiguo puente-sifón que construyera el ingeniero Ángel Mayo para el paso de la conducción de la traída de aguas a Jerez entre 1864 y 1869. El viejo puente, que contaba con dos apoyos en el lecho del río fue arrastrado por la gran riada de 1917, siendo sustituido años después por el de Torroja que adopto para evitar los pilares centrales una solución ingeniosa. El cajón central, de 20 m, se apoyaba en los laterales que, suspendidos mediante tirantes de acero recubiertos de hormigón pretensado de las pilas cimentadas en las riberas, evitaban así los apoyos en el río y los riesgos de ser arrastrados por las avenidas. El tramo central del puente-acueducto de 57 m de luz fue todo un record de la época de este puente que pronto cumplirá un siglo.

El primer arco del conocido como Puente de Hierro, fue construido en 1924 para dar paso a la carretera de Cortes, ampliándose con otros dos tramos en 1936. El arco de hormigón por el que salva el río la conducción que procede del pantano de los Hurones, fue levantado en 1957 cuando se realizaron las obras del Abastecimiento a la Zona Gaditana.

Camino de Torrecera.

Retomamos nuestro camino hacia Torrecera dejando a nuestra izquierda la Estación Elevadora de La Barca, las granjas de Berlanguilla y los terrenos de la antigua Huerta del Coronel con cultivos de algarrobos. Nos desviamos a la derecha por el cruce hacia La Suara, pasando por el Arroyo de Cabañas y las Mesas del Corral, antiguo descansadero de ganado. En La Suara, espacio forestal que se extiende sobre una antigua terraza fluvial del Guadalete, se conservan importantes manchas de alcornoques, encinas, coscojas y quejigos junto a los que crecen pinos y eucaliptos, fruto de las repoblaciones que hace medio siglo realizó el Instituto Nacional de Colonización. Este parque periurbano, lugar de ocio y esparcimiento de muchos jerezanos, está catalogado como bosque-isla.

A la derecha de la carretera se observan las cicatrices que dejaron en el paisaje las antiguas canteras para la extracción de áridos que se abrieron en la ribera del río. En estas graveras de Torrecera y la Dehesa Boyal se encontraron restos de la presencia del hombre en el paleolítico medio. Por aquí cruza el camino que desde Jerez se dirigía a los Baños de Gigonza y en esté rincón, donde hoy se levanta un centro ecuestre y de turismo rural, estuvieron la fuente y la barca del Boyal.



Pasamos ahora junto a Torrecera, poblado de colonización levantado en 1947 junto a los cerros donde el Arroyo Salado de Paterna se une al Guadalete. Aún quedan en Torrecera la Baja, a los pies del Cerro de la Harina, algunas de las primeras viviendas que se construyeron durante la Reforma Agraria de la II República (1933), en una iniciativa que planificó el reparto de tierras de las fincas Cabeza de Santa María, Los Isletes, Doña Benita y Torrecera y que quedó frustrada tras el golpe de estado de 1936.

En el cerro del Castillo y la bodega Entrechuelos.



Dejando atrás Torrecera, el autobús asciende ahora las empinadas rampas de la Cuesta del Infierno para desviarse hacia la Bodega Entrechuelos. Desde su aparcamiento llegamos, en un cómodo paseo, hasta lo más alto del Cerro del Castillo donde se alzan los restos de una torre almohade visibles desde muchos lugares de la campiña. La torre, levantada probablemente a finales del s. XII o comienzos del XIII, está construida con la técnica de tapial, al igual que la cerca almohade de Jerez. En el muro norte se aprecia una oquedad a modo de puerta o ventana, en cuya parte superior se conservan los restos de un arco de ladrillo. El muro orientado hacia el este se ha desplomado y bien merecería consolidarse y restaurarse como se ha hecho en la torre de Matrera. En las tapias llaman la atención del visitante los mechinales, esos huecos que dejaron al descomponerse con el tiempo las maderas en las que se apoyaban los cajones del encofrado.

La torre cumplía una clara función de vigía y control del territorio, en los siglos en los que estas tierras lo fueron de frontera y en especial del camino que corría en paralelo al Arroyo Salado de Paterna y de los que discurrían junto al Guadalete, a cuyas orillas existían fértiles vegas. A los pies de la Torre estuvo el conocido Vado de Sera, ya mencionado en la Crónica de Alfonso XI, rey que



acampó aquí sus tropas en 1333 en su camino hacia Alcalá de los Gazules, en el marco de una operación militar para liberar a la fortaleza de Gibraltar del cerco al que le había sometido el infante Abu-Malik.

Las vistas que se contemplan desde la torre son excepcionales y así, junto a los principales relieves de la provincia y de la campiña, desde este privilegiado balcón podemos observar como el valle del Guadalete, que ha venido manteniendo desde Puerto Serrano una orientación NE-SO, cambia bruscamente a los pies del Cerro del Castillo para dar un giro de noventa grados hasta tomar el rumbo NO, camino de la Bahía. A a partir de la dominación cristiana, la Torre de Cera o de Sera, como se le denominaba entonces, pasó a formar parte del cinturón de torres vigía, atalayas o almenaras que, con carácter defensivo,



estaban distribuidas por la campiña. Con muchas de ellas mantenía una buena conexión visual como las de Gigonza, el castillo de Medina Sidonia, Torre Estrella, el castillo de Arcos, Jerez, o las torres de la Sierra de San Cristóbal o Gibalbín, visibles desde aquí.



Desde la torre bajamos a visitar la Bodega Entrechuelos, una moderna construcción que cuenta con magníficas instalaciones industriales y de restauración y desde la que se obtienen inigualables vistas sobre su entorno circundante. De la mano de Juan Carrillo, su Maestro de Bodega, fuimos recorriendo las distintas dependencias y conociendo el proceso de transformación de la uva, recogida en los viñedos del Cerro del Castillo, hasta su embotellado y comercialización bajo las distintas marcas que llevan nombres de topónimos de su entorno cercano (Entrechuelos, Alhocén, Talayón…), una muestra más de su estrecha vinculación con la tierra.

En la Ermita de la Ina.



De nuevo en la carretera, pasamos ahora por el vado del Arroyo Salado e los Entrechuelos junto al que vemos los canales de riego del embalse de Guadalcacín. Al poco llegamos a la entrada del cortijo de Spínola y al conocido como Cerro de la Batida, el último escarpe a orillas del Guadalete constituido por rocas de yeso que fueron explotadas para su uso industrial por una fábrica cerrada hace dos décadas. Este curioso enclave natural ofrece magníficas panorámicas “a vista de pájaro” sobre las galerías del río y sobre las Vegas de El Torno. En sus verticales tajos, que caen a plomo sobre el río, se refugian rapaces y aves de roca que ya en 1910, merecieron la atención de los naturalistas ingleses W. Buck y A. Chapman, quienes lo describen en su obra La España Inexplorada (1910).

Camino de los Llanos de la Ina, al pasar por el Cerro del León, dejamos a la derecha de la ruta el Palomar de Zurita, un auténtico monumento etnográfico. Obra del primer tercio del siglo XIX, guarda en su interior casi 25.000 nidales y amenaza con desplomarse si no se hace nada por evitarlo. Algo más adelante cruzamos por Rajamancera en cuyos campos existió una importante laguna que fue desecada a mediados del siglo pasado, transformando su vaso en tierras de cultivo, en el lugar donde hoy se encuentra una pista de ultraligeros, un poco antes de llegar a la barriada rural de La Ina.



La siguiente parada es en la Ermita de la Ina que visitamos de la mano de Isabel Chico, miembro de su Asociación Parroquial, siempre tan amable. Desconocida para muchos jerezanos, el edificio, aunque muy reformado por sucesivas obras, es de estilo mudéjar y tiene su origen en una construcción del último tercio del s. XIV. De planta rectangular y tejado a dos aguas, su interior consta de tres naves con arcos de herradura apuntados, apoyados sobre pilares cuadrados. Destruida en 1838 por un huracán y restaurada en 1952, la ermita fue construida por acuerdo del cabildo jerezano para conmemorar la victoria de las tropas cristianas en 1339 contra las del infante Abu Malik, que había instalado su campamento en los Cerros del Real (Lomopardo) teniendo cercada la ciudad. En esta acción tuvo un papel decisivo Diego Fernández de Herrera, auténtico héroe jerezano cuya hazaña es bien conocida por haber quedado reflejada en toda la historiografía tradicional. La Crónica de Alfonso XI desdice sin embargo estas historias, situando la muerte del rey de Algeciras, “Abomelique el infante tuerto”, en las Vegas de Pagana, junto a Alcalá de los Gazules.

Sea como fuere, en nuestra visita evocamos esta y otras historias, y recordamos como el origen el topónimo “La Ina”, leyendo también algunos textos del geógrafo andalusí Ibn Said (s. XIII) o de los poetas jerezano-andalusíes Ibn Lubbal (s. XII) o Ibn Giyat (s. XII) en los que se recrean los idílicos parajes de estos llanos junto al Guadalete, para los que remitimos a los trabajos del arabista M.A. Borrego Soto.

En el Puente de Cartuja.

Dejando atrás La Ina, pasamos junto al Puente de la Greduela, donde hasta afínales delos sesenta del siglo pasado existió, junto a la Venta de las Carretas, una barca de sirga para cruzar el río.

En sus campos, La Greduela guarda uno de los últimos palomares de la campiña que, como el de Zurita debiera ser declarado “monumento etnográfico”.



La última parada de nuestro itinerario es en el Puente de Cartuja, junto a su estribo izquierdo, donde podemos apreciar los recientes trabajos arqueológicos que han sacado a la luz lo que pudo ser un antiguo embarcadero y el arranque de los muros del viejo azud del molino. Junto al puente recordamos como en el origen de su construcción primaron los intereses militares, para facilitar el auxilio de las tropas jerezanas a los ataques de los piratas turcos y berberiscos a las costas gaditanas. Iniciadas sus obras en 1525 y terminadas en 1541, debe su traza a Fortún Jiménez de Vertendona y en su construcción intervinieron diferentes maestros como Pedro Fernández de la Zarza, D. Jiménez de Alcalá o Hernán Álvarez. Entre 1581 y 1582 se construyó en uno de los arcos del puente el molino de la villa, como reza en la lápida que aún se conserva en uno de los pilares junto a la Venta de Cartuja, cuyo edificio se levantó unos años después como dependencias y almacenes del molino.



En nuestro paseo por el puente pudimos también comentar las muchas vicisitudes por las que atravesaron estas obras, que precisaron continuas reparaciones a lo largo de estos siglos. De la misma manera elogiamos -como no podía ser de otro modo- las obras de restauración ambiental que en los últimos años han retirado de las riberas y del lecho del río miles de toneladas de lodos y de pies de eucaliptos, recuperando este histórico paraje del Vado de Medina, su antigua fisonomía, esa que nos recuerdan los viejos grabados y fotografías de hace un siglo. La repoblación con álamos y fresnos que ha tenido lugar en estos días, pone la guinda a este recuperado tramo del Guadalete en el que el puente, el “viejo puente de Cartuja”, destaca aún más hermoso.

La tarde se echaba encima y, por falta de tiempo tuvimos que dejar para otro día las paradas previstas en La Cartuja, La Corta y El Portal, para completar este recorrido por el bajo Guadalete, un itinerario que les recomendamos y del que no saldrán decepcionados. Gracias a los amigos del Aula de Mayores de la UCA por permitirnos acompañarlos.

Agradecemos a nuestro amigo José Castillo las fotografías de la excursión que ilustran este reportaje.

Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Rutas e itinerarios, Río Guadalete, Patrimonio en el medio rural, Carreteras secundarias.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 18/02/2018

MAS FOTOGRAFÍAS DE ESTA RUTA EN EL SIGUIENTE ENLACE: http://aumjerez.blogspot.com/2018/02/ruta-del-bajo-guadalete-con-el-profesor.html

Un paseo por la Cañada de Cuartillos.
Pinos centenarios y puertas singulares.




A mitad de camino entre Jerez y La Barca de La Florida se encuentra la barriada rural de Cuartillos (o Cuartillo). Su caserío se extiende durante casi 3 km junto a esa carretera cuyas obras parecen no terminar nunca. El origen de este enclave hay que buscarlo en las primeras décadas del siglo XX, con el asentamiento en torno a la antigua venta de jornaleros que trabajaban en los cortijos de la zona y que levantaron sus viviendas –inicialmente chozas de paja- en ambos lados de la Cañada Real de Cuartillos y la carretera de Cortes. En los años 60 del siglo pasado, tras constituirse la Cooperativa de viviendas de Huertos Familiares de Cuartillos, los chozos dieron paso a construcciones de ladrillo. Poco a poco se fue dotando de servicios hasta llegar a ser la barriada rural que hoy conocemos, una de las más pobladas de la campiña con 1.300 habitantes (1).



La Cañada Real de Albadalejo y Cuartillos.

La Cañada de Cuartillos es una ramificación de la de Albadalejo, de la que parte en las proximidades de Estella del Marqués, junto a la venta de la Dehesa, para unirse, después de cruzar entre viñedos, a la carretera de Cortes. Hasta la Estación Potabilizadora, esta vía está incluida en el trazado de la cañada. A partir de este punto se separa de la carretera y aparece flanqueada por pinos, algunos de ellos ejemplares centenarios. A su izquierda deja lomas sembradas de cereal, que conforman la pequeña cuenca del Arroyo del Gato y que albergaron antaño los renombrados olivares de Domecq y de Panés. A la derecha, tras la Potabilizadora, quedan los campos de la Dehesa de Cuartillos, del Rancho del Marqués y de Las Majadillas. Cruza después por entre las tierras de La Guareña y Magallanes, en cuyas proximidades, a la altura del Encinar de Vicos, se une a la Cañada Real de Vicos y Mesas de Santiago, con una longitud total cercana a los 5 km. (2).

Aunque en muchos puntos de su recorrido esta vía pecuaria ha sido ocupada por construcciones y parcelas, aún se conservan junto a su trazado pequeños sectores donde pueden observarse las típicas especies del monte mediterráneo y donde no faltan encinas, acebuches, palmitos, lentiscos… La cañada se deslindó en 1865 presentando una anchura variable que oscilaba, según los distintos lugares, desde los 53 m en sus zonas más estrechas a los 180 m en los puntos de mayor anchura. Para delimitar el terreno deslindado, el Ayuntamiento mando colocar mojones a lo largo de todo su recorrido y, como se describe en el inventario de cañadas realizado en 1915, “los mojones que la determinan son de piedra de Tarifa con la numeración y rotulación correspondientes grabados en la cara que mira a la vía” (3). Algunos de estos mojones, instalados hace ya 150 años, han llegado hasta nuestros días, tal como pueden verse en las fotografías que acompañan a este artículo. Pese a todo, han desaparecido la mayor parte de ellos por las ocupaciones de la vía pecuaria que, dicho sea de paso, vienen siendo denunciadas desde hace más de un siglo. Como ejemplo citamos un Informe de la Comisión de Policía Rural del Ayuntamiento, fechado en 1910, en el que se rechaza el escrito del Sr. D. Juan C. Goytia y Lila, quien solicitaba que se variase en parte la dirección de la cañada de Cuartillos. La Comisión “propone que no se acceda á lo solicitado en atención á que el año 1865 se efectuó el deslinde y se impuso una multa al propietario de la dehesa por detentador de terrenos del común, y además, la diferencia entre el terreno de la actual cañada y la que se propone en la solicitud es de más de 150 aranzadas. Se aprueba por unanimidad el dictamen de la Comisión” (4).

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Los pinos de Cuartillos.

Pero volvamos a nuestro paseo por la cañada, que habremos iniciado junto a la Potabilizadora, tras desviarnos por un camino provisional con motivo de las obras de la carretera. Sin duda, lo primero que llama la atención del paseante son dos enormes pinos. Se trata de dos magníficos ejemplares de pino piñonero (Pinus pinea), similares a los que crecen en los pinares litorales de La Algaida, Roche o La Breña de Barbate, por citar sólo algunos de los más significativos.

Los pinos de Cuartillos no forman parte de un bosquete, sino que son el último reducto de una alineación de árboles que crecía a en este lugar junto a la Cañada Real. Hace tan sólo unos años podían verse cuatro ejemplares de tamaño similar, dos de los cuales se han perdido. El emplazamiento de esta zona de Cuartillos, en una pequeña elevación desde la que se divisa un amplio panorama, es estratégico ya que desde este lugar se tiene dominio visual de las Vegas del Guadalete, por un lado, y de los Llanos de Caulina y la Sierra de Gibalbín por otro. A pesar de que no hemos encontrado documentación que lo verifique, hay referencias de que los pinos de Cuartillo, divisables a simple vista desde más de veinte kilómetros de distancia, servían de punto de orientación para los enfilamientos de los barcos y la navegación en el entorno de la Bahía de Cádiz como otros



hitos del paisaje (cerro de Medina, monte del Berrueco, torre de la iglesia de Puerto Real), a los que los marinos apuntaban sus visuales con catalejos. No debe extrañarnos esta vinculación con el mar de los pinos de Cuartillos ya que desde sus pies, se contempla a lo lejos la Bahía de Cádiz y las grúas-puente de los astilleros.

Aunque todavía no figuran en el Catálogo de Árboles Singulares de Andalucía, los pinos de Cuartillos deberían incluirse en él ya que, a nuestro entender, son singulares por muchos motivos. A su valor natural, como árboles de magnífico porte, se une el de ser un referente de primer orden en el paisaje circundante, hitos vivos que, como faros verdes en la campiña, son visibles desde grandes distancias. Son además un indicador permanente e imborrable de la vía pecuaria que pasa a sus pies y uno de los elementos “simbólicos” en la barriada rural donde se ubican. Junto a todo ello, estos árboles destacan además por su hermosa y proporcionada estampa y por sus grandes dimensiones. Por centrarnos en el de mayor altura, el perímetro de su tronco medido a 1,30 m. del suelo es de 3,20 metros. Su fuste, recto y ligeramente inclinado, se levanta hasta los 10 metros como una columna maciza de magníficas proporciones, antes de dividirse en dos grandes ramas maestras que sustentan una densa y bien formada copa aparasolada muy amplia. La altura total del árbol sobrepasa los 20 metros. Su copa tiene un diámetro de 18 m., en dirección E-W, y de 22 m. en dirección N-S, con lo que la sombra que proyecta supera los 300 m2 de superficie. El otro pino, aunque de altura algo menor, tiene sin embargo una copa de mayores dimensiones (22 x 23 m.). La edad que se les estima está comprendida entre los 100 y los 125 años. Con todo debemos subrayar aquí un hecho lamentable: las brutales podas a las que, meses atrás, fueron sometidas las copas que han sufrido la falta de previsión de los técnicos que, hace unos años situaron un tendido eléctrico junto a los árboles, sin guardar una mínima distancia.

Estos pinos crecen en el borde izquierdo de la Cañada Real en cuyos linderos, tras la construcción de la Planta Potabilizadora, se sembraron también otros ejemplares de pino piñonero que presentan mucho menor porte. Junto a estos árboles y acompañando a la cañada, pueden verse también ejemplares aislados de encinas centenarias, acebuches, lenticos y algunos cipreses.

El antiguo Olivar de Panés y el cortijo de Alcántara.

Una visita al lugar nos permitirá, además de observar estos árboles singulares, disfrutar de un paseo por la Cañada de Cuartillos y acercarnos hasta la entrada del cercano cortijo de Alcántara.

Al borde del camino, cuando apenas hemos recorrido 300 m. desde que iniciamos el paseo, encontramos a la izquierda una de las antiguas puertas de acceso del que fuera Olivar de Panés, finca hoy sembrada de cereal pero de la que la toponimia aún conserva memoria de su antigua dedicación y su célebre propietario (5).

Estas tierras pertenecieron a la familia del Marqués de Villapanés, título nobiliario creado por Carlos II en 1700 a favor de Lorenzo Panés, comerciante genovés afincado en Jerez y Cádiz como cargador a Indias. Aunque desconocemos quien de los marqueses que ostentaron este título, fue el que dio nombre al olivar y ordenó la construcción de esta y otra puerta que encontremos más adelante, nos inclinamos a pensar en la figura de uno de los más célebres miembros de esta familia, Miguel María Panés González de Quijano, a quien Femando VII concedería en 1817 la Grandeza de España. Miguel María Panés fue el primer director de la Sociedad Económica del Amigos del País de Jerez, cuya primera sede se ubicaría también en su propia residencia, el conocido Palacio de Villapanés. Hombre culto e ilustrado, poseía una de las mejores bibliotecas de la región que llegó a abrir para su disfrute por el pueblo de Jerez y que, lamentablemente, se perdió en un naufragio cuando era trasladada a Génova.



Esta singular entrada, antigua puerta de acceso al Olivar de Panés, esta escoltada por pilares de ladrillo, coronados por adornos del mismo material en los que llama la atención sus formas curvas, a modo de volutas. Aunque desconocemos la fecha de su construcción, estimamos que por sus especiales características, parece remitir a formas barrocas, tal vez de finales del s. XVIII o comienzos del XIX datos que, en todo caso, que habrá que seguir investigando.

Siguiendo nuestro paseo por la cañada, iniciamos ahora un ligero descenso y la vista se nos abre hacia las tierras de La Guareña. Cuando llevamos recorridos algo más de 1 km, tomaremos un pequeño desvío hacia la izquierda en dirección al Cortijo de Alcántara, que visitaremos en otra ocasión. En este punto descubriremos la segunda de las antiguas puertas de acceso al Olivar de Panés. Construida también en ladrillo, presenta forma de arco, rematándose sus pilares con sendos pedestales que debieron estar coronados en su día tal vez por bolas, cruces u otro tipo de ornamentos.



Coronando el arco, sobre el trasdós, un tercer pedestal sobresale de los laterales, dotando al conjunto de una sobria elegancia que parece indicar que, tal vez esta, era la entrada principal de la finca.

Volvemos sobre nuestros pasos y, antes de irnos, hacemos de nuevo una parada al pie del pino de mayor altura. Si el día nos acompaña y hay buena visibilidad, dirigiremos nuestra mirada a la vega del Guadalete para disfrutar de unas magníficas vistas sobre un amplio sector de la campiña. A nuestra izquierda, hacia el Este, veremos a lo lejos los picos de la Sierra del Aljibe, a 40 km. en línea recta. Frente a nosotros se aprecia el caserío de Torrecera y, algo más lejos, el de Paterna, a 21 km. Algo más a la derecha destaca el Cerro de la Harina, cubierto de pinos, y tras él, el de La Cabezas de Santa María. Más reconocible resulta el de cerro de albarizas de Torrecera, presidido por su torreón árabe, o el monte sobre el que se asienta Medina (a 25 km.). A nuestra derecha, se adivina también San Fernando (28 km), o las grúas-puente de los astilleros de Matagorda (a 25 km) y el reflejo plateado del mar… Por todas partes, nuestra vista tropieza con los parques de aerogeneradores, los “molinos de viento”, de Paterna, Espínola, La Matanza, Bolaños, Roalabota… Un paisaje que merece la pena admirarse a la sombra de los viejos pinos de Cuartillos.


Para saber más:
(1) Datos obtenidos de la web del Ayuntamiento de Jerez, Barriada Rural de Cuartillos
(2) Clasificación de las Vías Pecuarias Término municipal de Jerez 1948. Ayto. de Jerez.
(3) Cañadas, Coladas y Realengos del Término de Jerez. AMJF, Leg. F81, 1915
(4) El Guadalete, Jerez de la Frontera, Sábado 23 de Julio de 1910, Nº 17.481.
(5) El Olivar de Panés figura todavía con este nombre en: López-Cepero, Adolfo.: Plano Parcelario del término de Jerez de la Frontera. Dedicado al Excmo. Sr. D. Pedro Guerrero y Castro y al Sr. D. Patricio Garvey y Capdepón. 1904. patrocinadores del proyecto, por D. Adolfo López Cepero.- Año de 1904. Escala 1:25.000


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Puedes ver otros artículos relacionados en nuestro blog enlazando con Árboles singulares, Patrimonio en el medio rural, Flora y fauna.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 19/04/2015

 
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