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La “Torre de Cera”.
Una torre vigía del Jerez andalusí (y II).




(Continua de la semana anterior)

Aunque desde la lejanía el viejo torreón de Torrecera se nos antoja, todavía hoy, una obra sólida y altiva, solo cuando nos acercamos hasta ella podemos apreciar el deterioro y la ruina de sus muros y el riesgo real de que termine desplomándose por completo si no se llevan a cabo tareas de consolidación.

Tras solicitar la correspondiente autorización, accedemos a la torre desde el aparcamiento de la bodega Entrechuelos y llegamos a ella en un corto paseo por una empinada cuesta que discurre entre olivares y viñedos. La base de esta construcción es de planta cuadrada y aunque no es posible conocer con exactitud sus dimensiones originales, podemos estimar unas medidas aproximadas de 10 m de lado en su base y unos 8-9 metros de altura en la parte más elevada de los muros que se mantienen en pie en la actualidad.

El tapial: una curiosa técnica constructiva.

Está edificada con la técnica de tapial, al igual que la cerca almohade de Jerez, procedimiento constructivo que puede apreciarse también en otras torres repartidas por el término, como las que se conservan parcialmente en el cortijo de Pedro Díaz, en el de Alíjar o en la cerca que rodea la torre de Gibalbín.



El observador curioso deducirá, a la vista de las numerosas huellas y marcas de los encofrados que permanecen todavía en los muros, algunos detalles de esta antigua técnica muy utilizada por los alarifes andalusíes. Cedemos la voz, por un momento, a Ibn Jaldun, el sabio musulmán que en el s. XIV nos describe en su obra Al-Muqaddimah la construcción de estos muros de tapial:

“…Otra rama, es formar las paredes con la sola arcilla. Se sirve para esta operación de dos tablas, cuya longitud y anchura varían según los usos locales; pero sus dimensiones son, en general, de cuatro varas por dos. Se colocan estas tablas en los cimientos, observando el espacio que debe separar entre ambas, conforme a la anchura que el arquitecto ha juzgado conveniente dar a dichos cimientos. Se mantienen entrelazadas por medio de travesaños de madera que se sujetan con cordeles o lazos; se cierra con otras dos tablas de pequeña dimensión el espacio vacío que queda entre los (extremos de) las dos tablas grandes, y se vierte allí una mezcla de tierra y cal que se apisona enseguida con pisones hechos a propósito para este fin. Cuando esa masa ya está bien comprimida, y la tierra suficientemente amalgamada con la cal, se agrega todavía de las mismas materias, una y otra vez, hasta que el vacío quede completamente colmado. Las partículas de tierra y cal se hallarán entonces tan bien mezcladas que forman un solo cuerpo compacto. Luego se colocan esas tablas sobre la parte del muro ya formada, se repite la operación y así se continúa hasta que las masas de tierra y cal, ordenadas en líneas superpuestas, formen un muro cuyas partes quedan totalmente aglutinadas, como una sola pieza. Este género de material se llama “tabia” (de atoba, o adobe); el obrero que lo hace se designa con el nombre de “tawab”. (1)

El material empleado para la construcción de las tapias que observamos en la Torre de Cera, que aún hoy se nos muestra como un mortero de consistencia pétrea con un aspecto que nos recuerda al moderno hormigón, era básicamente tierra arcillosa húmeda, arena, grava y cal, materiales fáciles de obtener en el entorno de la obra. En los cortes de los muros puede apreciarse la grava de grano muy fino, en la que aparecen también algunos guijarros de mayor calibre y en la que no hemos visto restos de fragmentos cerámicos que si se han utilizado en los morteros de otros lugares. Esta mezcla, en proporciones adecuadas, se vertía en el interior de un encofrado en capas sucesivas de unos 10 o 15 cm de grosor (tongadas), siendo compactada a golpes con la ayuda de pisones. Como señalan Rosalía González y Laureano Aguilar en su estudio sobre El sistema defensivo islámico de Jerez de la Frontera estos cajones de madera o tapiales que actuaban de encofrado, estaban formados por “tablas rectangulares de gran longitud y entre 12 y 15 cm de altura, dispuestas horizontalmente, llamadas cimbras, sujetas entre sí por unos travesaños verticales llamados costales, fijados dos a dos en la parte superior mediante listones de madera o cuerdas” (2).

Cuando estos cajones se llenaban, apisonando las capas de argamasa fuertemente, y una vez que el mortero se había fraguado, se separaba el encofrado y se trasladaba para seguir completando el muro por hiladas horizontales. Completada la primera, se avanzaba en altura situando las tapias de manera contrapeada para evitar que las juntas verticales quedaran superpuestas, ganando así el muro en solidez. Para ello, como describen los mencionados autores, sobre la tapia ya terminada “se colocaban los durmientes, agujas de madera instaladas en sentido transversal que servían para sostener el siguiente cajón. Estas agujas sobresalían por las caras exteriores del tapial y disponían de muescas en las que se introducían los costales verticales” (2). Estas maderas podían disponerse a todo lo ancho del muro o, como se aprecia también en esta torre, sin atravesarlo en su totalidad, utilizándose para ello dos trozos independientes, uno para cada lado del muro, que penetran unos 40 cm. Al crecer en altura las tapias, estas maderas sobresalientes que se habían utilizado para apoyar los cajones del encofrado, quedaban incrustadas en el muro y eran retiradas o aserradas. Con el tiempo, al desaparecer por distintos motivos, han ido dejando esos huecos tan llamativos que salpican regularmente los muros de la torre –los mechinales- algunos de los cuales han incrementado su tamaño original debido a la erosión.

La Torre en la actualidad.



Observando los restos de los muros de la torre puede apreciarse que la altura de las tapias es aproximadamente de unos 80-90 cm, llegándose a contar hasta 11 filas de tapias –la última muy destruida- en los sectores más altos de los paredones. La distancia horizontal entre los mechinales es también variable, siendo la más frecuente entre 75 y 80 cm. El muro orientado hacia el este se ha desplomado, encontrándose en el suelo grandes bloques compactos que pueden corresponderse con otras tantas tapias, lo que nos da idea aproximada de sus dimensiones. Tanto en ellas como en los cortes de los muros que han quedado al descubierto, descubrimos un grosor cercano a un metro. La longitud de estas tapias (o lo que es lo mismo, de los cajones utilizados en el encofrado), se acerca en algunos casos a los dos metros.

El muro norte presenta a media altura una oquedad, a modo de puerta o ventana, en cuya parte superior se aprecian los restos de un arco de ladrillo, sobre el que observa una gran grieta que amenaza con partirlo. En este muro se observa con claridad que a partir de la séptima hilada de tapias, el aspecto de las mismas parece más terroso y menos consistente, lo que podría corresponder a diferentes momentos constructivos o a un posterior recrecimiento o restauración con distintos materiales. Los mechinales en estas tapias superiores son también de mayores dimensiones.



Esto mismo se aprecia también en el muro oeste, el más completo de los cuatro. En él llama la atención una oquedad y una posible restauración con empleo de hiladas de piedras de pequeñas dimensiones para consolidar varias tapias erosionadas. En su parte superior se aprecian también tapias de distinta composición y medida que las situadas en las primeros niveles.

Muy llamativa es la grieta de separación entre ambos muros, lo que puede dar a entender que en los vértices no se contrapearon las tapias. En estos perfiles puede apreciarse la penetración horizontal –hasta la mitad del muro- de las agujas de madera que sujetaban el encofrado.

La pared sur de la torre sólo conserva seis hiladas de tapias y, parcialmente, los restos de una séptima, mostrando también las mismas una composición uniforme. En la esquina en la que se une al muro oeste presenta también una preocupante grieta longitudinal.



Por último, los desplomes nos permiten observar, en el caos de bloques originado, el grosor y longitud de sus tapias. A juzgar por la erosión superficial de los materiales y por la altura de la capa de suelo acumulado entre ellos, el muro debió arruinarse hace mucho tiempo.

Un mirador excepcional.



Como el lector podrá suponer, un cerro elegido hace casi un milenio para la construcción de una torre vigía, debe contar con vistas panorámicas excepcionales que permitan controlar visualmente un amplio territorio. En efecto, el Cerro del Castillo (141 m), en cuya cima se emplaza un vértice geodésico, es también un mirador privilegiado que nos permite asomarnos a un amplio sector de la campiña gaditana. Así, desde cada uno de los lados de la torre, podemos contemplar el soberbio espectáculo que se nos brinda hacia los cuatro puntos cardinales.



Al Norte se divisan, en la lejanía, los perfiles de la Sierra de Gibalbín, cerrando el horizonte. A nuestros pies, en esta misma dirección, descubrimos los Tajos de El Infierno bordeando el meandro que forma el Guadalete en la extensa vega que se extiende entre El Torno, Torrecera, San Isidro y La Barca de la Florida, pueblos unidos por el curso del río al que delatan sus alamedas.



Son los paisajes del regadío y de los poblados de colonización que se aprecian desde aquí a vista de pájaro. Siguiendo el sentido de las agujas del reloj, destaca el blanco caserío de Arcos que se desparrama sobre su inconfundible “peña”.



Al Este, los relieves de la Sierra de Grazalema se nos muestran en toda su extensión y más cerca, los de las sierras del Valle, de las Cabras, del Aljibe… Al Sureste, en las laderas de la Sierra del Valle, junto a una gran cantera, se adivina la torre de Gigonza y puede seguirse también el curso de la cañada de Los Arquillos, por el valle donde discurre el Salado de Paterna y en el que sobresale el cerro, casi cónico, de Cabezas de Santa María. Sobre él, en la lejanía, queda Paterna, entre parques eólicos, y ya donde se pierde la vista, el castillo de Torre Estrella.



Hacia el Sur, despunta el cerro de Medina y, más cerca, el Cortijo de Torrecera, en el que destaca su pantaneta. Algo más hacia el Oeste nos llama la atención una zona de colinas cubiertas por monte bajo: son los Entrechuelos, Bajos y Altos, topónimo que da nombre a los vinos que se crían en las bodegas de la finca Torrecera, cuyas instalaciones observamos también desde aquí a vista de pájaro y cuyos viñedos crecen en estas faldas del Cerro del Castillo, cargadas de historia, llegando, como los olivares, hasta los pies de la Torre.



En dirección Oeste se aprecian, en primer plano, las tierras de los cortijos de Espínola y de Doña Benita, que albergan un gran parque eólico. Muy cerca de nosotros, despunta el Peñón de la Batida, sobre el Guadalete y los cerros de Chipipi.

En la lejanía, la vista se nos va hasta Jerez, que se extiende en la campiña, junto a la Sierra de San Cristóbal y los cerros de albariza que cierran el horizonte. La vega baja del río se aprecia desde aquí en toda su extensión y, desde este privilegiado balcón podemos observar como el valle del Guadalete, que ha venido manteniendo desde Puerto Serrano una orientación NE-SO, cambia bruscamente a los pies del Cerro del Castillo para dar un giro de noventa grados hasta tomar el rumbo NO, camino de la Bahía.

Con un emplazamiento como este y unas vistas tan singulares, no es de extrañar que este lugar fuese escogido, hace ya casi un milenio para construir una importante torre vigía que jugó un papel estratégico en las luchas de frontera. La misma torre que acabaremos perdiendo si no se realizan en ella las obras de consolidación que detengan la ruina de sus muros.

Para saber más:
(1) Azuar, Ruiz, R.: ”Las técnicas constructivas en al-Andalus. El origen de la sillería y del hormigón de tapial”, V Semana de Estudios Medievales. Nájera. 1995, Pg. 133. (Traducción de J. Ferés, 1977).
(2) González Rodríguez, R. y Aguilar Moya, L.: El sistema defensivo islámico de Jerez de la Frontera. Fuentes para su reconstrucción virtual. Fundación Ibn Tufayl de Estudios Árabes, 2011,. Págs. 41-48.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Puedes ver otros artículos relacionados en nuestro blog enlazando con :

- Un recorrido por las torres y castillos en torno a Jerez
- El Castillo de Berroquejo. Un sobreviviente de las luchas de frontera.
- Por La Torre de Pedro Díaz. Paisajes fronterizos en torno a Jerez.
- Patrimonio en el medio rural
- En la Torre de Melgarejo con Fernán Caballero.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 07/06/2015

Por los Llanos de La Ina
Los paisajes del Jerez andalusí.



A nuestra amiga Mónica Castellet, siempre trabajando por La Ina.
Oh cuán agradable es El Llano (Iŷŷāna), en primavera o en otoño.
Los arroyos de agua parecen plata sobre guijarros, que se esparcen
en el fondo como perlas relucientes…

Con estos hermosos versos se expresa el poeta andalusí Ibn Lubbāl, que vivió en el Jerez del siglo XII. “Iŷŷāna“, ese idílico paraje donde los arroyos “parecen plata” y los guijarros “perlas relucientes” podría corresponderse con los actuales Llanos de La Ina. Eso es lo que sugiere el arabista jerezano Miguel Ángel Borrego Soto, el mejor conocedor de aquel Jerez andalusí cuyas huellas perviven aún en nuestros paisajes y han perdurado en el tiempo a través de la toponimia.

A mediados del siglo XII, con la dominación almohade, Jerez es una gran ciudad en la que los primeros arrabales se extienden ya fuera de su recinto murado. Más allá de la zona de olivares que rodea la población, debieron existir casas de campo, huertas y almunias, en dirección al río Guadalete, destinadas a la producción agrícola y también al recreo de sus habitantes. Vergeles y “jardines” cantados por los poetas de la época que ensalzan en sus versos el deleite y la vida placentera. Como lo hace Ibn Lubbāl.



Esa es la visión que nos ha llegado también de la mano de Ibn Said al-Maghribí, quien en el siglo XIII describe a Jerez como una “ciudad cargada de ornato, con parterres floridos”. Ibn Said, aporta también algunos datos que nos ayudan a conocer mejor el Jerez andalusí y sus alrededores y, así nos informa que:
“Jerez es una de las ciudades de al-Andalus más graciosas por fuera y por dentro que he visitado y, con frecuencia, paseado. Cuenta con edificaciones y medios de subsistencia copiosos, con gentes principales y con ricos, y, en fin, con grandes comodidades…” (1)



Para Laureano Aguilar (2), la zona del alfoz comprendida entre la ciudad y el río, pudo ser ese rincón cubierto de huertos, jardines y espacios de recreo, pertenecientes tal vez a las “gentes principales y ricos” que Inb Said menciona en sus textos. Ya en las proximidades del río, el paisaje está dominado por las alamedas, a las que también se refiere este autor.
… Entres sus alamedas figura una llamada al-Ŷāna, de hermosa vista sobre el río (Guadalete)…
Allí están también la pradera del Brocado (marŷ al-Sundusīya) y el río Guadalete (nahr Lakk) que es un río placentero con jardines y bellos paisajes que diríase compendio del río de Sevilla.



Este paraje de sotos y arboledas, próximo al río, del que ha escrito M. Ángel Borrego Soto “En la Tierra de Sidueña” es conocido -según distintas fuentes- como Aŷŷāna, Iŷŷāna o al-Ŷāna, vocablo que, para este autor “es una probable arabización del romance "El Llano" y que, se identificaría con el paraje que actualmente conocemos como Llanos de La Ina.



A describir los encantos de este lugar han dedicado hermosos versos algunos poetas andalusíes. El ya mencionado Ibn Lubbāl, (en traducción de Borrego Soto) dice en una casida, a propósito de estas alamedas:
Oh cuán agradable es El Llano (Iŷŷāna), en primavera o en otoño.
Los arroyos de agua parecen plata sobre guijarros, que se esparcen en el fondo como perlas relucientes.
Cuando su arena no está empapada de agua, nos gusta ir allí y prescindir del ámbar y los aromas.
Y hay unos higos que parecen pezones; pechos de vírgenes negras en sus pecheras.
Diríase que hay allí alcobas fulgurantes con novias reposando sobre estrados de seda. (3)



Casi un siglo más tarde, el poeta andalusí, Ibn Giyāt (m. 619 ó 620/1222 ó 1223) abunda en otra casida en imágenes que asociamos a la vida placentera y al disfrute, como leemos en traducción de Fernando Velázquez Basanta:
Acude temprano al al-Ŷāna, de buen talante,
y echa allí un trago a los sones del laúd.
¡Cuán excelente es! Diríase una novia que aparece
arrebujada en almaizares que no han tejido los dedos.
El Sol indica ya que la mañana está avanzada,
pues el rocío se confunde con los hilos de las perlas.
Es un vergel que no por nada los camaradas frecuentan,
y me buscan, pues nadie más que yo los apiña.
Que al-Ŷāna haya enseñado al grupo de enamorados
quién es el íntimo de los bellos es un buen augurio.(4)

Los Llanos de La Ina: toponimia, historia y geografía.



Una de las tesis más sólidas es la expuesta anteriormente, que hace derivar la actual denominación de “Llanos de La Ina” del vocablo “al-Ŷāna”, probable arabización del romance “El Llano”. Junto a ello, no faltan tampoco autores que, como el profesor Emilio Martín (5),
estiman que procede del árabe dialectal “ayn”, con el significado de “fuente”, o “nacimiento de agua”.

En esta misma línea se pronuncia Vicente García de Diego en su obra Toponimia de la zona de Jerez de la Frontera, donde señala que este nombre de “La Aina”, “… se supuso de origen árabe, de ain, “las fuentes”, castellanizado”. En relación a su evolución hasta la forma actual explica que “La Aina está siempre en peligro de ser mal separada por la sinalefa e interpretarse La Ina”.(6)

Conviene recordar como los topónimos derivados del árabe “´ayn” (fuente, manantial) son bastante frecuentes en distintos puntos de nuestra geografía, como, por ejemplo en la toponimia menor granadina (Martinez Ruiz) o almeriense (Bustamante Costa y Abellán Pérez). Este último autor menciona en la localidad de Albox topónimos como Aynalbir, Aynatarfa, Anacata, Aygamique… que dan nombre a otras tantas fuentes(7). En un entorno más cercano, Martínez Ruiz, en su interesante estudio sobre Toponimia gaditana del siglo XIII, recoge en fuentes árabes algunos topónimos como ´ayn al-sajra (“fuente de la peña”, hoy arroyo Jara, próximo a Alcalá de los Gazules). Este mismo autor, estudiando los documentos de amojonamiento de los términos de Vejer, Jerez y Tempul (siglos XIII y XIV), menciona otros topónimos con el mismo origen, como “…la fuente que dicen de Aain cara” (fuente del calvo, del tiñoso), o el cerro de Ynarrimacaba”, donde descubrimos también otra “yna, o ´ayn”: una fuente que da nombre a un monte. (8)



En menor medida, otras opiniones sostienen que “La Ina” pudiera derivar del vocablo “al Yanna” (el jardín, el vergel). La identificación, con las alamedas del río y los parajes de huertas y cultivos de Los Llanos, haría igualmente factible esta derivación que encuentra, por otra parte, más dificultades en la posterior evolución lingüística para traerla en el tiempo hasta la forma actual.

Como hemos tratado de mostrar, el topónimo que en la actualidad da nombre a los Llanos de La Ina, ha conocido distintas versiones hasta que se ha fijado tal como lo conocemos hoy. Desde los siglos medievales y hasta nuestros días, y por limitarnos sólo a las reflejadas en la cartografía, mencionaremos algunas de estas variantes.

La Ina en la cartografía histórica.

En el mapa de Francisco Zarzana (1787), uno de los primeros que abarca el término de Jerez, figura la “Ermita de Ayna, e Infantado”. En el de José Cardano (1809), puede leerse el topónimo de “Bega de Laina”. El mapa provincial de Francisco Coello (1868) sitúa en este lugar la “Ermita de la Aina” y en el que unos años más tarde realizará Angel Mayo en 1877 para el trazado del acueducto de Tempul, se menciona como “Ermita de Aina”. Unas décadas después (1897) el mapa de Lechuga y Florido vuelve a nominarla como “Laina”.

Ya en el siglo XX, el Plano Parcelario de A. López Cepero (1904) lo recoge como Llanos de Aina (sin artículo). En el primer mapa topográfico del Instituto Geográfico nacional (1918), puede leerse “Ermita de Laina”, como en el de Lechuga y Florido. Sin embargo, aún habrá que esperar a la edición de 1968 de este mismo mapa para que se fije el nombre con el que conocemos ahora este paraje: “Llanos de la Ina”. Siempre, y en todo caso, ligado a la conocida Ermita de Nuestra Señora de Aina, a la que otro día volveremos para contar las andanzas de Diego Fernández de Herrera en el Siglo XIV.



Sea como fuere, lo mejor es que este paraje, próximo a las alamedas y sotos fluviales del Guadalete, sigue conservando el mismo encanto que hizo exclamar a Ibn Lubbāl:
Oh cuán agradable es El Llano (Iŷŷāna), en primavera o en otoño...


Para saber más:
-(1) y (4) Abellán Pérez, J.: El Cádiz islámico a través de sus textos. Cádiz, 1996. Pg. 79-80. Traducción de Fernando Velázquez Basanta.
(2) Aguilar Moya, L.: Jerez Islámico, en “Historia de Jerez de la Frontera. De los orígenes a la época medieval”. Tomo 1. Diputación de Cádiz. 1999, p. 40-41.
(3) Borrego Soto, M. A. (2008): "Poetas del Jerez islámico", Al-Andalus Magreb, 15: 41-78
(5) Martín Gutiérrez, E.: “Análisis de la toponimia y aplicación al estudio del poblamiento: el alfoz de Jerez de la Frontera durante la Baja Edad Media”, HID, 30 (2003), 257-300. Pag. 277. Cita los trabajos de los profesores Bustamante Costa y Abellán Pérez sobre toponimia hispanoárabe y mozárabe del Libro de Apeo de cantoría (Almeria)
(6) García de Diego, V.: Toponimia de la zona de Jerez de la Frontera. Centro de Estudios Históricos Jerezanos. Gráficas del Exportador. Jerez, 1972.
(7) Abellán Pérez, J.: Toponimia Hispano-Árabe y Romance: fuentes para la historia medieval. Cádiz, 1999. Pgs. 18-25.
(8) Martínez Ruiz, J.: “Toponimia gaditana del siglo XIII”, en Cádiz en el siglo XIII, Actas de las Jornadas conmemorativas del VII centenario de la muerte de Alfonso X el Sabio. Cádiz, 1983, 93-121.

Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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Y, en particular:

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 21/12/2013

 
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