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Una jornada de descorche en Los Alcornocales.
Con la cuadrilla de corcheros de Juan Jiménez Yuste (y II).




La semana pasada iniciamos el relato de una jornada de descorche en Los Alcornocales acompañando a la cuadrilla de corcheros y arrieros del alcalaíno Juan Jiménez Yuste que se encontraba en el interior del bosque realizando sus faenas.

Mientras los peladores y “arrecogeores” continúan con su actividad el capataz nos da cuenta de los pormenores de estos trabajos del monte. Así, nos explica que la duración de la temporada es variable, pudiendo estar comprendida entre el 1 de junio y finales de septiembre, según las zonas. Por estos montes, lo habitual es que el grueso de la saca del corcho se realice en los meses de junio, julio y agosto y que cada cuadrilla trabaje unos 45 o 50 días de campaña por término medio. Aunque las tareas tradicionales del descorche no han variado gran cosa, si se han experimentado grandes cambios en lo relativo a la jornada laboral.

Aquellas duras jornadas de los corcheros.

Atrás quedan los días en los que los corcheros trabajaban de sol a sol haciendo la vida en los “hatos”, como se conocen a los pequeños campamentos con chozos, que se montaban en las proximidades del tajo. Para su ubicación se buscaba la cercanía de algún arroyo o fuente, y en ellos instalaban sus pertenencias. Se trabajaba entonces por quincenas, viviendo en el monte trece días seguidos y descansando dos en los que, si se podía, se bajaba al pueblo a ver a la familia y a buscar provisiones… si es que la familia no residía también en el hato, cosa que no era nada infrecuente.

La dura jornada de trabajo empezaba al amanecer, sobre las siete de la mañana, y a eso de las once se hacía un alto para dar cuenta de un buen puchero (guiso de garbanzos, patatas y tocino) y una piriñaca con abundante tomate, pimiento y cebolla servidos en un lebrillo o en un cucharro, uno de esos cuencos de corcho que fabrican los corcheros, donde se comía colectivamente por el método de “cucharada y paso atrás”. Sobre las tres de la tarde se hacía un alto para refrescarse con gazpacho y descansar un poco o dormir una siesta hasta las cinco. Después se volvía de nuevo a la faena hasta las ocho de la tarde, hora a la que solía terminar la jornada para dar paso a la cena, en la que la cuadrilla solía comer un potaje que se había preparado en el hato durante la tarde. El lector curioso podrá encontrar una completa descripción de la vida de los corcheros y del ambiente de los hatos en “Arrieros”, el delicioso libro de Isidro García Cigüenza, cuya lectura recomendamos (1).

Desde hace unos años, las cosas han cambiado radicalmente y sólo en raras ocasiones, los corcheros viven y duermen en el hato. La duración de la jornada se ha modificado y apenas se trabaja ya a jornal. Se llega al tajo en coche o en moto desde el pueblo y aunque la faena se inicia como siempre, con las primeras luces del día, a las 7 de la mañana, a las 3 de la tarde se termina. Como señala Juan, “antes se daba de mano a las 10 de la noche, cuando ya no se veía… Ahora a las 5 de la tarde ya está todo el mundo en su casa, comío y duchao”.



Algunos datos de interés.

El capataz se extiende después explicando los detalles de las distintas tareas y es entonces cuando los visitantes preguntan por la cantidad de corcho que se recoge, por el rendimiento del alcornocal, por los jornales… Juan responde a todo con datos precisos: “…esta cuadrilla mueve al día casi 450 quintales, y entre unos días y otros se puede hacer una media de 30 a 35 quintales por persona”. El quintal es la “unidad de peso” entre los corcheros y equivale a 46 kg, por lo que es fácil calcular que, en una buena jornada, cada corchero puede llegar a recoger tonelada y media de corcho.

Juan comenta como “antes lo más que se cogía era 15 quintales, y eso que la jornada del corchero era mucho más larga. Ahora se coge el doble. La explicación puede ser que se trabajaba a jornal y había más tiempo en el día y se rendía menos, no como ahora que se hace por los quintales de corcho recogido y todo el mundo se esfuerza más”. El capataz sigue respondiendo a las preguntas del grupo: “…por cada quintal que se pone en el patio la cuadrilla cobra 5,50 €… así que cada corchero puede llevarse, si el día ha sido bueno, una media de 120€ por jornada…”

De arrieros y mulos.

Junto a la cuadrilla de corcheros, y como elementos imprescindibles en estas tareas de descorche están los arrieros. Los arrieros tienen cuenta aparte y según indica Juan, “el mulo se lleva 3,5 € por cada quintal que se carga, ya que también trabaja lo suyo y mantenerlo resulta costoso”. A decir de este veterano arriero, “consumen 6 o 7 kg de grano por cabeza y día… y con el trabajo tan grande que hacen tienen que estar bien alimentados. No se puede hacer lo que se hacía antes, echarles habas secas y ya está. Así se les desgastaba la dentadura enseguida y con 14 o 15 años ya estaba viejo… Hoy, se les alimenta con grano y van bien comidos y con 25 años tienen buena dentadura…”.

A todo ello hay que añadir otro dato de gran importancia y es que los arrieros son los miembros de la cuadrilla que más horas trabajan, debiendo levantarse un par de horas antes, a las 5 de la mañana, para preparar a las bestias. Al final de la jornada, cuando todos los corcheros dan de mano, el arriero aún debe descargar en el patio su última carga y, después, quitar a los mulos los mantichos y correajes y darles de comer y beber.

En estas explicaciones está Juan cuando por el carril vemos aparecer a los arrieros con su reata de mulos. El que encabeza la fila, un mulo blanco enjaezado con un vistosa jáquima de llamativo colorido se inquieta, tal vez porque la presencia del grupo le asusta, y parece querer salirse de la pista tratando de dar marcha atrás, un poco alterado. El arriero, se acerca entonces y en ese lenguaje que sólo ellos conocen, con chasquidos, casi con susurros, le “dice” que se calme, que esté tranquilo… Enseguida todo vuelve a la normalidad y el mulo, mansamente, como si hubiera entendido el mensaje, como si nada hubiese ocurrido, retorna a la vereda y sigue hasta un calvero entre los árboles en el que los arrecogeores han apilado las panas de corcho.

Mientras el arriero y su ayudante van echando la carga en los andoques, una especie de angarillas metálicas plegables, Juan, arriero veterano y experto en estas faenas, explica a los visitantes como esta tarea exige una gran destreza para compensar adecuadamente la carga y evitar que se caiga después en su transporte hasta el patio. Isidro García Cigüenza en su libro “Arrieros” , que es también un homenaje a estos hombres del monte y los caminos, recrea con todo detalle las dificultades de estas operaciones de carga que ahora vemos realizar con diligencia y maestría a los de la cuadrilla de Juan Jiménez Yuste, pero que hace décadas resultaban mucho más trabajosas. Dejemos que nos los cuente su protagonista, un viejo arriero:

Una cuadrilla de arrecogeores se encargaban de ir apilando las panas extraídas. Éramos nosotros entonces los que debíamos ir acomodando las tiras hasta conformar unos fardos bien compactos y ajustados llamados tercios. En la sabia preparación de estos tercios le iba la salud al animal ya que, si no estaban bien construidos, podían rozarles la barriga, provocar su caída y, caso de no ir amarrados como es debido, hasta asfixiarlos. Entre nosotros, los arrieros, era cosa común alardear de construir los tercios mejor que los demás: de colocar como nadie las corchas que iban debajo (las camas), de poner las cabeceras (las que iban a los lados) como era debido, de cubrir todo con las tapaeras y, una vez sobre el lomo del animal, de embombelar los paquetes para que aguantaran la fuerza de los lazos al amarrarlas y que no se cayeran.

Elevar los tercios, que bien podía pesar cada uno 130 hilos, hasta le costillar del animal, primero uno y luego el otro, requería de la colaboración de los otros arrieros y un alarde de destreza para que, al soltarlos, quedaran debidamente suspendidos y equilibrados. Después de haber cargado de esta manera los cuatro o cinco mulos que componían la reata, trasponíamos por vereas intransitables hasta donde estuviera el patio… Y todo, con el peligro añadido que suponía darse un topetazo con cualquier árbol, pegar un resbalón o que el animal tuviera un desfallecimiento y cayera al suelo destrozado por el peso que llevaba.



Con el tiempo el sistema de fardos se fue sustituyendo por el de las angarillas, unos aparatos articulados, de madera o hierro, que facilitaban mucho la tarea porque las corchas se cargaban a granel y no precisaban la ayuda de otros….


En el patio de corchas.



Mientras escuchamos estas historias, hemos sido acompañando a los arrieros, con su reata de mulos bien cargados de panas por la pista forestal que conduce hasta el patio de corchas. Cada animal puede llevar hasta cuatro quintales en sus lomos, por lo que sus servicios resultan insustituibles en estos lugares de pendientes escarpadas, de monte cerrado y accidentado. Si bien en muchas dehesas extremeñas o en algunos alcornocales gaditanos de llanura pueden utilizarse vehículos motorizados para el transporte de las panas, en lugares como estos montes de Alcalá, el concurso de los mulos es y será imprescindible para su extracción.

Al poco, como si de una procesión detrás de un santo se tratase, los visitantes llegamos tras los mulos y los arrieros al patio de corchas. Junto a él hay también instalado un mínimo y reducido “hato” donde los trabajadores de la cuadrilla dejan sus neveras y sus capachos con las bebidas y las viandas a la sombra de unos frondosos árboles, entre los que se distingue un soberbio peruétano.

El patio de corchas, un espacio despejado de vegetación que se abre junto a la pista forestal, es un desorden de cortezas de corcho de todas las formas y tamaños, un caos de panas que esperan ser dispuestas de manera



adecuada para evitar que el sol las seque demasiado y para facilitar su carga en el camión que habrá de llevarlas a la fábrica.

En un rincón del patio llama la atención la cabria, manejada por los “fieles” o pesadores que cargan su peculiar plato de “balanza”, de forma triangular, con las panas que a sus pies descargan los mulos. Casi tres quintales puede pesar de una vez esta enorme romana que cuelga de un gran trípode. Para velar por los intereses de las partes intervinientes en el descorche, suele haber un fiel puesto por el vendedor, otro por el comprador y, a veces, un tercero por el contratista que tiene a su cargo la extracción del corcho.

Con tantos “ojos” pendientes de la operación, y tantas manos para cargar la cabria, no hay pana de corcho que se escape al peso. Y es que hay que llevar las pesadas al día y darse prisa porque el corcho se seca y pierde peso…

Según nos explica Juan, el camión que habrá de llevar el corcho a la fábrica vendrá de un momento a otro. Muchas veces hemos visto estos camiones por las carreteras que llaman la atención por su singular carga de panas perfectamente apiladas, sobresaliendo por encima de la cabina y el remolque en un equilibrio que se nos antoja imposible. Estibar el camión requiere una gran destreza ya que la disposición de las corchas no puede hacerse al azar, sino buscando ese difícil juego de contrapesos que permita levantar la altura de la carga, ganando en superficie, hasta proyectarse por los laterales, multiplicando así el volumen transportado. Un nuevo derroche de oficio, otro más, el último ya, en las faenas de la saca del corcho.

Despedida.

Nos despedimos de los corcheros y continuamos nuestro camino por la pista hacia los vehículos que nos habrán de llevar, a través del monte, hasta la carretera donde nos espera el autobús. Caminamos ahora a la sombra de magníficos



ejemplares de alcornoque y, cuando nos alejamos un poco del grupo para hacer unas fotos y,por un momento nos adentramos en lo más espeso del bosque, no puedo sino recordar algunas de las escenas que Luis Berenguer narra en “El mundo de Juan Lobón”. Por un instante, me siento, como escribe Enrique Montiel recreando las andanzas del cazador furtivo, “en los predios de la libertad”, donde “… hay un pueblo que se llama Pueblo que está al sur de una laguna que se llama Laguna… A la otra orilla de la campiña de pueblos blancos, entre el litoral gaditano y la lejanía de las sierras, siempre hubo un mundo clausurado por el misterio y el milagro de la naturaleza…" Hoy llamamos Los Alcornocales a esa toponimia inventada de encrucijadas y estribaciones donde transcurre la acción de El mundo de Juan Lobón”.



Esos hermosos parajes que hemos recorrido acompañando a la cuadrilla de corcheros de Juan Jiménez Yuste. Esos mismos que los amigos de Genatur ofrecen la posibilidad de conocer cada verano en las visitas que organizan para disfrutar de una jornada de descorche.

Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Parajes Naturales, El medio y sus productos, El Paisaje y su gente.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 2/10/2016

La “piel” del bosque.
Una jornada de descorche en Los Alcornocales (I).




En feliz expresión del escritor y periodista Oscar Lobato, “si los sueños de infancia se tornasen reales serían el Parque Natural de Los Alcornocales”. Y no le falta razón ya que este valioso enclave, situado en el extremo sur de la Península Ibérica, a caballo ente dos continentes, alberga rincones de ensueño, parajes de gran belleza y diversidad que sirven refugio a numerosas especies de flora y fauna, muchas de las cuales se encuentran en peligro de extinción.

Este espacio natural, que cruza la provincia de Cádiz de norte a sur desde la Sierra de Grazalema hasta el Estrecho y que se adentra también parcialmente en la de Málaga, encuentra su mayor singularidad en su gran riqueza forestal. En sus montes se desarrolla la mayor y mejor conservada masa de alcornoques de Europa, una auténtica y extensa “selva mediterránea” en la que el alcornocal se extiende por más de 80.000 hectáreas, casi la mitad de la superficie del Parque Natural.

El hombre ha mantenido desde antiguo una íntima relación con estos bosques de los que se sirvió durante siglos para el aprovechamiento de la caza y la leña, de la madera y el carboneo, para el pastoreo de sus ganados y, más tarde, para la explotación corchera, actividad que en nuestros días constituye una de las principales fuentes de riqueza de esta comarca.



Cada año, al llegar el verano, se realiza la saca del corcho, el descorche, operación que deja desnudos a los alcornoques y que se repite cada nueve años, tiempo mínimo en el que los árboles regeneran su peculiar corteza protectora, el corcho.

Una jornada de descorche.

Hace unos años tuvimos ocasión de conocer de cerca una jornada de descorche gracias a la iniciativa del Grupo de Desarrollo Rural de Los Alcornocales y en el marco de una campaña de divulgación del producto corchero (“Naturalmente corcho”) y desde entonces quedamos ya atrapados por estos parajes. Con los amigos de Genatur organizando la actividad, nos concentramos una mañana de julio al despuntar el día en el Centro de Visitantes El Aljibe, en Alcalá de los Gazules, desde donde un autobús nos trasladó hasta la entrada de la finca El Jautor. En vehículos todo-terreno nos internamos después en el alcornocal por una pista forestal que nos conduce hasta el lugar en el que la cuadrilla de corcheros realizaba sus trabajos. Lo que sigue es el relato de aquella experiencia, y de las tareas que, cada año, se repiten en cualquier rincón de Los Alcornocales.

Nuestra visita comienza en el “patio de corchas”, donde nos han dejado los vehículos. El patio es un gran claro del bosque a orillas del carril principal que recorre estos montes, donde se apilan las panas de corcho, tras ser pesadas en la cabria, esperando que llegue el camión para su traslado a las fábricas. Hasta aquí son traídas a lomos de mulas por los arrieros, que las han cargado en los tajos, en el interior del alcornocal.



El paraje donde nos encontramos, cercano a la casa de La Alcaría, en las faldas del Cerro del Toro y no lejos de la Piedra del Padrón, ofrece unas magníficas vistas de los perfiles de la Sierra del Aljibe y del Pico del Montero. Estos montes, donde confluyen los términos de Alcalá, Jimena y Castellar, están cubiertos por densos alcornocales, masas forestales que en este territorio son conocidas como mohedas o “mojeas”.

Desde el patio de corchas -al que luego volveremos- nos internamos por la pista en el alcornocal, en busca de una empinada ladera donde la cuadrilla de corcheros tiene hoy el tajo. Siempre que caminamos por estos parajes de Los Alcornocales no podemos sino recordar las hermosas descripciones y referencias que se recogen en “El mundo de Juan Lobón”, la novela de Luis Berenguer, que es ya un “clásico”, cuya lectura resulta imprescindible para quienes quieran conocer este territorio.

Al poco, en un recodo del camino, nos sale al paso el capataz de la cuadrilla, Juan Jiménez Yuste (también conocido como “Juan el Barbas”, como el mismo señala), veterano arriero y corchero alcalaíno que ha faenado en buena parte de los montes de Cádiz y Málaga y en algunos otros de las provincias de Huelva y Córdoba. Con la pasión propia de quienes aman su oficio, relata sus idas y venidas por estos montes y recuerda con nostalgia el viaje a pie –impensable hoy día- que por carriles, senderos y cañadas realizó hace muchos años con sus mulos en unas cuantas jornadas desde Alcalá a las sierras cordobesas de Hornachuelos donde reclamaban entonces su trabajo.

Las faenas de los corcheros.



En el interior del bosque se despliega una actividad frenética y los 14 o 15 miembros que forman la cuadrilla faenan con rapidez, avanzando ladera arriba entre los árboles. Los alcornoques recién “pelados” llaman la atención por el color anaranjado de sus troncos, desprovistos ya del corcho, que quedan ahora más expuestos a las inclemencias y durante un tiempo son también más vulnerables a todo tipo de daños. En el tajo cada cual realiza su tarea, con una división del trabajo perfectamente organizada.

Los sacadores, peladores o “hachas” son los encargados de separar el corcho del tronco, lo que exige una gran pericia para qué no resulte dañada la “capa madre” del árbol con heridas (cortes o “espejos”) que puedan facilitar después el ataque de los hongos o de los insectos perforadores de la madera. Los golpes de hacha deben ser, por tanto, certeros y medidos y no es de extrañar que, como indica el capataz, para aprender y dominar este oficio se necesitan unos años, “cuatro o cinco pelas por lo menos”. Los “hachas” trabajan por parejas o “colleras” en alguna de las cuales, junto a los corcheros experimentados siempre encontramos algún “novicio”, como se denomina en el monte al aprendiz que realiza sus primeras temporadas en la saca.

Con cierta preocupación, el veterano capataz, curtido en decenas de temporadas de descorche, comenta que “este oficio se está perdiendo… Se necesitan maestros, gente que enseñe a los jóvenes, porque un corchero tarda años en aprender… Hay chavales que dan el avío… pero no son maestros”.

Para descorchar un chaparro los peladores veteranos trazan el “hilo” –cortes verticales – y el “atarrijo” –cortes en horizontal- con gran rapidez y seguridad, definiendo así las piezas de corcho en las que dividen el tronco y que separan del árbol ayudándose con el extremo del mango del hacha, en forma de cuña. A veces utilizan una escalera para acceder a los árboles más altos o una pértiga, para terminar de separar las panas que quedan en las ramas. Nos llama la atención un bote que cuelga al cinto de uno de los hachas: “es un producto desinfectante que echamos en el filo del hacha y para las heridas que se puedan hacer en la corteza”.



Junto a los peladores trabajan los “arrecogeores” que, como su propio nombre indica, se afanan en recoger las panas de corcho que han dejado los hachas desperdigadas a los pies delos árboles. En este tajo, según informa el capataz, hay un arrecogeor por cada seis hachas, por lo que debe trabajar con gran rapidez para que no se le amontone el trabajo. Y en verdad parece moverse sin parar, en un trabajo que se muestra fatigoso y que se nos antoja el más sacrificado de la cuadrilla, trasladando el corcho de aquí para allá a la cercanía de los carriles o hasta algún claro al que puedan llegar después sin muchas dificultades los mulos que habrán de cargarlo. A veces se utilizan como lugar de recogida los alfanjes, superficies circulares en medio del bosque que han servido de soleras para montar los hornos de carbón.

Los arrecogeores suelen llevar una soga liada con la que amarran las panas, el “garabato”, y una hombrera, especie de almohadilla que les protege el hombro y con la que alivian algo el peso de las panas de corcho que desplazan, sin descanso, de un lugar a otro.

Junto a ellos trabaja también el “rajador” que con una navaja o cuchillo parte en dos alguna de las planchas para igualarla y darle la dimensión adecuada que facilite su transporte. Aún tenemos que conocer con detalle el trabajo de los arrieros y de los pesadores, los “fieles”, pero hacemos un alto en la jornada para conocer algunos datos de gran interés.

Los cuidados del bosque.

El grupo de visitantes hemos dejado por un momento de observar las tareas de los distintos miembros de la cuadrilla de corcheros para atender las explicaciones de Juan Jiménez, su capataz. Según comenta, la presente campaña será de mejor calidad que la de años anteriores por las lluvias regulares de las que se han beneficiado los árboles. Sin embargo, no se muestra optimista sobre el futuro del alcornocal y de los oficios del monte, que a su juicio se irán perdiendo con los años.



Hay que mimar las arboledas, hay que estar enamorao de esto…”, dice con cierto tono de lamento, al hablar de cómo el monte necesita más atención y más trabajos de mantenimiento de los que habitualmente se realizan. Previamente a las tareas de descorche se deben haber preparado adecuadamente los tramos de saca, con desbroces, limpieza de matorral, retirada de los árboles secos o en mal estado, preparación de los carriles y de las pistas para facilitar el transporte… “Ya no hay apenas carboneros, y eso ayudaba a que todo estuviera en mejores condiciones para cuando llegaba el descorche… Antes se cuidaba más el monte, el forestal marcaba los árboles malos y se iban cortando y así se saneaba el bosque. Es como el que tiene una piara de vacas, que todo el año tiene que estar matando alguna, la que no pare, la que malea… Así acaba teniendo buenas vacas. Lo mismo con los árboles”.

(Continuará...)

Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Parajes Naturales, El medio y sus productos, El Paisaje y su gente.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 25/09/2016

Por la Garganta del Capitán (y II).
Entre pozas y cascadas.




La semana anterior iniciamos un recorrido por el Arroyo de Botafuegos, también conocido como Garganta del Capitán, uno de los más hermosos “canutos” del Parque de Los Alcornocales. Tras visitar los molinos de San José, de Enmedio y de las Cuevas, continuamos hoy por el sendero que se abre junto al cauce del arroyo para disfrutar de la vegetación de sus orillas y de las pozas y cascadas que se suceden a lo largo de la ruta.

Dejando atrás las umbrosas espesuras vegetales que cubren casi por completo los restos del Molino de las Cuevas, continuamos nuestro camino por la orilla izquierda, en la que adivinamos la pequeña acequia que canalizaba el agua del arroyo hasta el cao del molino, procedente de una poza cercana que hacía las veces de represa. En ocasiones nos veremos obligados a caminar por el lecho del arroyo, fácilmente transitable por la presencia de grandes bloques de arenisca entre los que progresaremos río arriba sin grandes dificultades, acompañados en todo momento por el rumor del agua.

Al poco encontramos otra poza que, alimentada por una pequeña cascada, nos invita a descansar bajo la sombra de la arboleda que conforma el magnífico bosque en galería de la Garganta del Capitán. Vadeamos aquí el arroyo, apoyándonos con facilidad en los grandes bloques, por detrás de la cascada, para seguir el camino por la orilla derecha, y disfrutamos paseando bajo el túnel de vegetación que acompaña al río.



Por el bosque de ribera.

En la arboleda de estos sotos destacan los alisos y en las laderas abundan los helechos que, en primavera llaman la atención del paseante con el hermoso tono brillante de sus grandes hojas. A lo largo de nuestro recorrido podremos observar la típica vegetación de los “canutos” que constituyen un auténtico túnel de verdor. Bajo la copa de los alisos crecen los delicados avellanillos, los llamativos durillos, arborescentes adelfas, lustrosos ojaranzos… No faltan tampoco quejigos y alcornoques, que llegan hasta la orilla del arroyo y colonizan también las laderas de la garganta. Pero sobre todo abundan otras especies arbustivas y herbáceas como espinos, ruscos, agracejos, brezo cucharero, escobón negro, acantos… todo un hermoso muestrario para los amantes de la botánica y para cualquier persona abierta al disfrute de la naturaleza.

Enredadas entre los árboles y arbustos del bosque de ribera, formando una tupida maraña, crecen por doquier especies trepadoras como hiedras, zarzaparrillas, clemátides o zarzas que, en ocasiones, cortan el paso por las orillas. Pero sin duda, lo que más llama la atención del paseante, es la gran abundancia de helechos entre los que sobresalen helecho real, helecho hembra, polipodio, cola de caballo (menos abundante) o el singular Culcita macrocarpa, por citar sólo los más notables.

Al poco de pasar la primera cascada veremos, como colgada en las laderas de la orilla derecha, la tubería de una conducción de agua que ha quedado al descubierto al desprenderse la canalización de cemento que la protegía. Enseguida llegamos a una segunda poza que tiene como telón de fondo una hermosa cascada cuya altura es mayor que la que hemos dejado atrás. El sendero cambio de nuevo, tras los grandes bloques que forman el salto, a la orilla izquierda, sucediéndose río arriba las pequeñas pozas, los grandes cantos de arenisca cubiertos de líquenes, que se nos muestran aquí en formas redondeadas y sin aristas, erosionados por la fuerza del torrente abrazados por las llamativas raíces de los alisos que buscan el contacto directo con el agua.

En la Cascada del Capitán.

El murmullo del río se va transformando, poco a poco, en un intenso rumor que nos anuncia la cercanía de la sorprendente Cascada del Capitán, a la que llegamos enseguida. Nos detenemos frente a ella junto, a la orilla de la gran poza de aguas cristalinas, de un intenso azul, que se forma a sus pies, para dejarnos llevar por la belleza de este lugar. Y aquí nos quedamos en silencio, admirando este formidable salto, uno de los de mayor altura de la provincia y, sin duda, uno de los más hermosos.

Al describir los ríos y arroyos de la comarca de Algeciras, cuenta Pascual Madoz, en su Diccionario Geográfico (1848-70), que “…la Garganta de Botafuegos o del Capitán, nace en los Corchadillos; se despeña desde la altura de unos 45 pies, formando una hermosa cascada, a la que llaman la Chorrera”. “Chorrera” es sinónimo de cascada, pero en esta referencia de Madoz, con más de ciento cincuenta años de historia a sus espaldas, pone en evidencia que la Cascada del Capitán, la única que contaba desde antiguo con “nombre propio”, era ya reconocida y admirada desde varios siglos atrás.



El lugar es paradisíaco y a la belleza del salto se une la de la magnífica poza que se forma a sus pies, rodeada de estratos rocosos de arenisca y techada por alisos, alcornoques y quejigos. No es de extrañar que en verano, muchos visitantes se bañen en sus aguas y se zambullan desde sus orillas o desde las ramas de los árboles cercanos, de uno de los cuales cuelga una cuerda que, a modo de columpio, es utilizada para estos fines. En las orillas de la poza el agua ha depositado numerosos restos de ramas, trozos de raíces de aliso, llamativos troncos de corcho hueco y pequeños fragmentos de corcho a los que la erosión ha dado curiosas formas redondeadas.

Hemos llegado hasta la Cascada por la orilla de la derecha y a este mismo lugar viene también a parar un corto sendero que baja por la empinada ladera de la derecha desde una cercana pista forestal. Este último, es uno de los accesos más utilizados para visitar la Garganta por quienes no quieren recorrer el cauce del arroyo de Botafuegos y acudir “directamente” a la Cascada del Capitán.



Esta ruta alternativa (ver mapa) arranca del camino que parte junto al Centro Penitenciario de Botafuegos y sigue el carril de Las Corzas (durante 6,5 km, aproximadamente) hasta un punto debidamente señalizado en el que un corto sendero desciende hasta la Cascada del Capitán, desde donde podremos regresar por el mismo camino o tomar las alternativas descritas en este itinerario.

Represas y tumbas.

Pero nuestra ruta todavía no ha terminado y para seguir río arriba tomamos ahora un empinado sendero a la izquierda de la Cascada que, después de un corto ascenso nos dejará en un estrecho camino que discurre sobre un canal cubierto. Esta canalización se encuentra literalmente “colgada” en la ladera de la izquierda de la Garganta”, y encierra una tubería procedente de una cercana captación de agua potable destinada al abastecimiento de Algeciras.

Siguiendo un corto trecho por este sendero, a la derecha (esto es, “curso arriba”), llegaremos a una cancela que nos cierra el paso tras la que veremos una pequeña represa formada en una gran poza existente en el cauce del arroyo, de la que parte un pequeño canal que alimenta la citada conducción de agua potable. El paraje de la represa es también muy pintoresco, encajado entre grandes paredones de arenisca donde afloran llamativos estratos. En el horizonte, frente a nosotros, se divisan varias poblaciones del Campo de Gibraltar.



A pesar de que la cascada original ha sido ligeramente modificada por un pequeño muro, el salto que se forma aquí es también de gran belleza como podremos comprobar si nos acercamos a los pies de la chorrera por un corto sendero que nace junto al camino.

Por este mismo camino que termina en la citada cancela, daremos la vuelta para continuar nuestro itinerario y, en un punto donde el firme se ha desprendido, nos desviaremos a la derecha, por un sendero perfectamente marcado, internándonos en un magnífico alcornocal cuyas laderas, sombreadas por arbolado de gran porte, están cubiertas de helechos.

Caminando por el alcornocal llegaremos al poco, tras un suave descenso, a un claro conocido como “Llano de las Tumbas” donde se han formado unos pequeños prados entre zonas aclaradas de vegetación arbustiva. Grandes bloques de arenisca salpican aquí y allá, entre majuelos, alcornoques, zarzas y escobones, este paraje que guarda, bajo la sombra de los grandes pies de alcornoque que crecen en las laderas cercanas, un pequeño secreto: varias tumbas antropomorfas excavadas en la roca, que nos hablan de la remota ocupación de estos territorios. Presentes también en otros lugares de esta comarca (tal vez la más conocida sea la Pilita de la Reina, en el pico del Aljibe) el origen de estas sepulturas no está todavía claro y son muchos los investigadores que las consideran “tardorromanas”, visigóticas o del periodo alto-medieval.



Desde el Llano de las Tumbas, continuaremos nuestro sendero, que desde aquí es ya un carril accesible a vehículos, y poco a poco, iremos descendiendo por las laderas del cerro de lasEsclarecidas dejando atrás el alcornocal. Frente a nosotros se alza en el horizonte la imponente silueta del Peñón de Gibraltar y, más cerca, cuando alcanzamos ya la zona de prados abiertos, las instalaciones del centro Penitenciario de Botafuegos. Al poco, alcanzaremos en un suave descenso, el carril que nos dejará en el punto de inicio de nuestro itinerario, junto a la Puerta Verde de Algeciras.



De vuelta en casa, nos damos cuenta de que junto al recuerdo de la belleza de los parajes que hemos recorrido, nos hemos traído también, ya para siempre, el rumor bullicioso de los hermosos saltos de agua de la Garganta del Capitán.

Para saber más:
Madoz, P.: Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar. “Cádiz”. Edición facsímil, 1986. Pg. 24
Instituto Geográfico Nacional: Hoja 1078- La Línea. Ediciones de 1917, 1939 y 1963.
VV.AA. Sierras del Aljibe y del Campo de Gibraltar, Guías Naturalistas de la Provincia de Cádiz. III. Diputación de Cádiz, 1991.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar en Rutas e Itinerarios, Parajes Naturales y Por la Garganta del Capitán (I). Un paseo entre antiguos molinos por el arroyo de Botafuegos.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 17/01/2016

 
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