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Por la Sierra de la Sal o de Alazar.
Un curioso error topográfico que perdura en nuestros días.




Con frecuencia, en nuestro recorrido por los paisajes “en torno a Jerez” visitamos lugares que guardan en sus nombres resonancias andalusíes. Este es el caso de algunos de los montes y sierras más notables que pueden verse desde la misma ciudad y de otros más alejados, que se sitúan especialmente al este del término municipal. Unos de manera explícita, como Gibalcón, Gibalbín, Aljibe o Montifarti, denotan su vinculación con la presencia andalusí en nuestro territorio, como ya hemos apuntado en otros artículos. Otros, sin embargo, como el caso de la Sierra de la Sal, esconden curiosas transformaciones que trataremos de desvelar.

Un topónimo engañoso.

La Sierra de la Sal se encuentra en las cercanías de san José del Valle, al este de la población. Esta sierra caliza, con una altitud máxima de 504 m. forma un gran lomo rocoso de casi 6 km de longitud que se orienta de este a oeste entre la Sierra de las Cabras y la del Valle. Junto a ellas forma un gran semicírculo montañoso que deja en su interior el singular paraje de los Llanos del Valle. Aunque geológicamente constituyen una misma unidad, topográficamente se muestran como relieves con perfiles propios.



La garganta conocida como Boca de la Foz separa a la Sierra de la Sal de la de Las Cabras, mientras que la denominada Garganta del Valle o “El Boquete”, la separa de la Sierra del Valle, configurándose así como una formación aislada.

El topónimo de Sierra de la Sal es de los que, a primera vista, se nos muestra explícito y, si se nos permite la expresión, “transparente”. Es uno de esos nombres que reflejan alguna característica evidente y que presentan una denominación estrechamente vinculada con lo designado. Por citar sólo algunos ejemplos, es el caso de lo que sucede con topónimos como “Sierra de las Nieves”, “Sierra del Pinar” o “Sierra del Endrinal” en los que se hace alusión a la presencia o abundancia de nieve, pinos (pinsapos), o endrinos en estos lugares, hasta el punto de haber dado nombre, desde hace siglos, a estas sierras.

No es de extrañar por ello que ante un topónimo como el de Sierra de La Sal, se piense en la existencia en este lugar de posibles minas de sal, de afloramientos de rocas salinas en sus laderas o, simplemente, en la localización a sus pies de manantiales salinos que hayan sido aprovechados para obtener el preciado elemento, como sucede en otros parajes de montaña en el interior de la provincia.



Algunos estudiosos así lo han dado a entender vinculando el topónimo a la presencia de pequeñas explotaciones salinas ligadas a manantiales cuyas aguas, al atravesar materiales triásicos, adquieren su carácter salobre(1). Otros autores han documentado la existencia de pozos de agua salada en las inmediaciones de esta sierra (en la Cañada del Rosal, por ejemplo) para justificar su nombre (2).

Sin embargo, creemos que el orónimo de Sierra de la Sal nada tiene que ver con la presencia de esta sustancia y que surge, tal vez, por un error de transcripción por parte de los cartógrafos que a comienzos del siglo XX levantaron el primer mapa topográfico de la zona. La hoja 1063 (Algar) de la primera edición del Mapa Topográfico Nacional, editada en 1917 por el Instituto Geográfico y Estadístico es, a nuestro juicio, la causante de la “errata”, incluyendo este nombre para denominar a una sierra que había sido conocida desde siglos atrás como Sierra de Alazar, topónimo de resonancias andalusíes.

El profesor Bustamante Costa da algunas claves de lo que sucede en casos como este y ha apuntado como, en muchas ocasiones, algunos topónimos de origen árabe han desaparecido para siempre, “o bien, en caso de haber sobrevivido, quizá queden ocultos detrás de una traducción del significante, o se hayan vuelto irreconocibles debido a las desfiguraciones propias de la adaptación a otro sistema fonológico de otra lengua” (3). Tal vez esa cercanía fonética que existe entre “sierra-de-la-sal” y una “sierra-de-alasal”, pronunciada con el seseo característico de la zona, pudo confundir a quienes dieron a estos montes el nombre con el que serían “bautizados” en la cartografía oficial y que ya no han abandonado.



La “Sierra de Alazar”: un poco de historia.

A falta de un trabajo de investigación más profundo que pueda darnos las claves de su origen, el topónimo de Sierra de Alazar puede rastrearse ya en distintas fuentes documentales desde el siglo XVI (4). A comienzos del XVII lo encontramos también incluido en una relación de los seis grandes cotos de caza que el ayuntamiento establece en las tierras del término en 1606, mencionando entre ellos el comprendido “desde la sierra de Alazar hasta el Valle” (5). En un curioso mapa del siglo XVIII, trazado en un pergamino, conservado en el Archivo Municipal y en el que figuran las principales dehesas y sierras del término, aparece como Sierra de Alasar (6).

Con este mismo nombre la menciona en el s. XVIII el historiador jerezano Bartolomé Gutiérrez, quien al enumerar las Sierras, Dehesas y Fuentes del término señala que “…la Sierra del Alazar á 7 leguas, tiene 3 fuentes, la Peruela, Fuente de Imbros y Vegas de Elvira: tiene 1 legua de largo y ancho: linda con Majaceite" (7). Este mismo autor ofrece, curiosamente, otra variante del topónimo que pudiera resultar de gran interés histórico… si no se tratase de una errata tipográfica, que es lo que creemos. Así, al describir el término municipal se refiere a esta sierra, que sitúa junto a las del Valle y Las Cabras: “…la sierra del Alcázar se retira de nuestra población hasta siete leguas y tiene de largo dos leguas y de ancho una…” (8).



Madoz, a mediados del siglo XIX, recoge en su Diccionario Geográfico Estadístico Histórico (1845-50) una nueva denominación para esta sierra. Al ocuparse de la geografía provincial, tras haber descrito los alrededores de la Sierra de las Cabras y la dehesa de Ballesteros, escribe que …dirigiéndose hacia el N.E. y á una legua de Ballesteros se encuentra la sierra de la Lazada ó Palmetín, de ½ leg. de longitud…” (9). De la misma manera, al enumerar “las cordilleras más notables” del término de Jerez vuelve a mencionar, junto a las sierras de Gibalbín, Las Cabras, Dos Hermanas, El Aljibe, La Gallina y San Cristóbal, “la sierra de La Lazada” (10).

Nuevamente, bien sea por una deficiente notación de los informantes locales de Madoz, bien sea por la transcripción errónea del nombre “sierra-del-Alazar”, cercano fonológicamente a “sierra-de-la-Lazada”, lo cierto es que nuestra sierra no acaba de fijar su nombre.

Como puede apreciarse, las imprecisiones y los errores de denominación vienen ya de antiguo. Vean si no como el nombre con el que aparece citada en el mapa de F. Coello (1868), aporta aún más confusiones al utilizar un nuevo topónimo: Sierra de Alajar. Creemos que se trata de otro ”error de cartógrafo”. Casi con toda seguridad fue este mismo mapa el que consultó el historiador y geólogo Vera y Chilier quien en su Memoria sobre la formación de las rocas de la provincia de Cádiz (1897) utiliza también el mismo topónimo: "…frente a la Sierra de las Cabras, cortándole en ángulo recto 20°, se elevan dos series de montes en dirección paralela.



La mas al N. se levanta bruscamente formando una de las paredes de la boca de Foz, extendiéndose al O.N.O por una cresta elevada 400 a 500 m. sobre el nivel del mar con el nombre de sierra de Alajar y su pequeño contrafuerte de las Dos Hermanas… Termina este ramal cerca del convento del Valle
" (11).

El mapa parcelario de López Cepero (1904), que es sin duda el más completo de los realizados hasta su fecha, rescata de nuevo el topónimo histórico y menciona en esta sierra la existencia de la “Dehesa de Alazar y Retozadero”. Unos años más tardes, en 1930, los ingenieros forestales Ceballos y Martín Bolaños, utilizan indistintamente las denominaciones de Sierra de Alazar o de La Sal (12). En estos años en los que realizan el trabajo de campo disponen ya de la primera edición del mapa Topográfico Nacional (1917) en el que, como se ha dicho se había trastocado el nombre de la esta sierra.



Pese a todo, en documentos locales editados posteriormente aún se mantuvo el topónimo “histórico” hasta mediados del siglo pasado. Así, en Inventario de Cañadas del término municipal de Jerez (1948) se menciona que el Descansadero y Abrevadero de Los Llanos del Valle, “linda por el Norte y Oeste con terreno de la Dehesa de Alazar y Retozadero; Sur con la Cañada Real. Y su extensión es de 2 Has., 68 as. y 32 cas.”. En este interminable cambio de nombres, debidos en buena parte a las erratas de transcripción en la cartografía oficial, se ha añadido en los últimos años -como nos recuerda nuestro amigo J.M. Amarillo- una “última” denominación. Tal como puede leerse en la Hoja 1063-1 del MTN (edición de 2005), perteneciente a San José del Valle, la Dehesa del Alazar ve alterado su nombre por el de “Dehesa del Alazán”, uno más que añadir a la ya larga lista de variantes que a lo largo de los últimos cinco siglos ha conocido esta Sierra.

“Alazar”, topónimo de origen andalusí.

¿Qué significa el término “alazar”? ¿De dónde proviene? A falta de un estudio en profundidad, es muy probable el origen andalusí de este nombre. Así lo recoge fray Diego de Guadix, autor de una obra ya clásica, “Recopilación de algunos nombres arábigos que los árabes pusieron a algunas ciudades y a otras muchas cosas”, que este arabista franciscano escribe en las últimas décadas del siglo XVI. En ella ofrece un auténtico diccionario toponímico que recoge numerosos vocablos procedentes del árabe o del romance andalusí. Sobre la voz “alazar”, escribe: “Alazar o La sierra de Alazar. Es en España en el término de Jerez de la Frontera, en el arzobispado de Seuilla. Consta de “al”, que, en arábigo, significa “el”, y de



çerr”, que significa “secreto”; assí que, todo junto, “alçerr” significa “el secreto”; y... no ha de sonar la "ll" del artículo, y assí resta açerr o açarr, y, corrompido, dizen Alazar
". (13). La Sierra de la Sal, cobra, a decir de Diego de Guadix, el sugerente nombre de “Sierra del Secreto”. Dejando a un lado las propuestas del franciscano, cuestionadas hoy día por otros arabistas, pudiera pensarse también en la derivación del nombre de esta sierra de un antropónimo. “El Hazal” es apellido morisco y “Alazar”, también lo es judío, aunque no existe constancia documental de que personas con estos nombres poblaran este lugar o fueses poseedores de tierras en estos parajes.

La interpretación más cercana al origen del topónimo pudiera proceder de los vocablos de origen morisco. En su estudio sobre los “Pleitos de agua en Granada en tiempos de Carlos V” lo profesores Álvarez de Morales y Jiménez Alarcón señalan que el término “alazar”, era utilizado por los moriscos en el ámbito agrícola, para hacer referencia a una de las horas para el uso del agua o de los turnos de riego: “… regaban sus heredades suso dichas de agua del río suso dicho, cada día desde la ora de alaçar hasta que se pone el sol e así a sido la costunbre entre ellos hasta el presente.” (14). Estos investigadores sugieren que este término morisco, “alaçar”, puede derivar de “al-sahar”, el alba. De acuerdo con esta interpretación nuestra Sierra de la Sal, o de Alazar, tendría en su origen un hermoso nombre: “La Sierra del alba”, el lugar por donde nace el sol.



Sierra de Alazar o del Alazar, del Alcázar, de la Lazada, de Alajar, de la Sal… He aquí unos cuantos nombres que definen a un mismo lugar: la Sierra de Alazar, un topónimo de posible raíz andalusí, como otros muchos que bautizan los rincones de nuestra geografía y de los que nos ocuparemos en futuras visitas “entornoajerez”.

Para saber más:
(1) Martín Gutiérrez, E.: El alfoz jerezano. La organización del paisaje rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla y Universidad de Cádiz. Sevilla 2004, pg. 92
(2) González Jimenez, M. y Valor Piechota, M.: Sal y salinas en el reino de Sevilla, pg. 183. Tomamos esta cita de E. Martin (op. cit, pg. 92)
(3) Bustamante Costa, J.: “Toponimia árabe del cuadrante sudoccidental de la provincia de Cádiz”, en Janda. Anuario de Estudios Vejeriegos, 3 (1997), p.27
(4) Diego de Guadix.: Recopilación de algunos nombres arábigos que los árabes pusieron a algunas ciudades y a otras muchas cosas. Notas e índices de Elena Bajo Pérez, Felipe Maillo Salgado. Ed. Trea.2005. p, 211
(5) Pérez Cebada, J.D.: Regulación cinegética y extinción de especies. Jerez, siglos XV-XIX. En Revista de Historia de Jerez nº 14-15, 2008/2009. pp. 209-224.
(6) Fragmentos de un mapa de las sierras del término de ciudad de Jerez. Anónimo en pergamino. S. XVIII, AMJF. C.12, nº 4 Bis.
(7) Gutiérrez, B.: Historia del estado presente y antiguo de la mui noble y mui leal ciudad de Xerez de la Frontera, B.U.C. Jerez, 1989, vol IV, p. 318.
(8) Gutiérrez, B.: Historia del estado presente y antiguo de la mui noble y mui leal ciudad de Xerez de la Frontera, B.U.C. Jerez, 1989, vol I, p. 23
(9) Diccionario Geográfico Estadístico Histórico MADOZ. Tomo CADIZ. Edición facsímil. Ámbito Ediciones. Salamanca, 1986. Pág. 68.
(10) Diccionario Geográfico Estadístico Histórico MADOZ. Tomo CADIZ. Edición facsímil. Ámbito Ediciones. Salamanca, 1986. Pág. 245.
(11) Vera y Chilier, F.A.: Memoria sobre la formación de las rocas de la provincia de Cádiz. Anales de la sociedad Española de Historia Natural.. Tomo Octavo. Serie II (XXVIII) Madrid. 1897. P. 314-15
(12) Ceballos, L. y Martín Bolaños, M.: Estudio sobre la Vegetación forestal de la provincia de Cádiz. I.F.I.E. 1930. Ed. Facsímil, Consejería de Medio ambiente, 2000. P. 29, 40 y 152.
(13) Diego de Guadix.: Recopilación…. p, 211
(14) Álvarez de Morales, C. y Jiménez Alarcón. M.: (2001).: “Pleitos de agua en Granada en tiempos de Carlos V. Colección de escrituras romanceadas”, en Mª J. Rubiera, (coord..), Carlos V, los moriscos y el Islam, Madrid –Alicante, pp. 59-90, págs. 65 y 88.


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Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar:
Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 10/04/2016

Por los Montes de Jerez con el botánico Abū’l-Jayr al-Išbīlī.
Un paseo en el siglo XI por Montifarte y la Sierra de las Cabras.




En el último tercio del siglo XI, la Sevilla musulmana vive días de esplendor bajo el reinado de al-Mutamid (1040-1095). El conocido como rey-poeta ha sucedido al frente de la taifa sevillana a su padre y durante su mandato, entre 1069 y 1090, ampliará sus posesiones conquistando los territorios cercanos. El reino de Sevilla se extiende entonces por buena parte de la actual Andalucía y el sur de Portugal tras anexionarse las taifas vecinas. Junto al poder político y militar, al-Mutamid transformará su corte en un centro literario de primer orden. Poetas, músicos y escritores harán de la Isbiliya musulmana, bajo el mecenazgo de al-Mutamid, un foco de las letras en el que también estarán presentes otros muchos sabios que cultivan las más variadas ramas del saber. Geógrafos, astrónomos, médicos, geóponos, botánicos… gozarán del favor del rey haciendo de la ciudad una de las más florecientes de Al-Andalus.

Uno de estos hombres de ciencia es Abū’l-Jayr al-Išbīlī, uno de los más afamados agrónomos andalusíes de su tiempo. Como “jardinero” del rey al-Mutamid, sus saberes se extienden más allá de la práctica agrícola para abarcar lo que hoy denominaríamos “botánica aplicada”. Arboricultor, conocedor de la farmacopea tradicional y de las propiedades y utilidades médicas y culinarias de los vegetales, Abū’l-Jayr es uno de los sabios más relevantes de cuantos se dedican en esta época al estudio de las plantas y sus aplicaciones. Buen conocedor de las obras clásicas de Dioscórides y Galeno, debemos a este agrónomo andalusí uno de los más completos tratados botánicos de la época, que lleva por título ’Kitāb ʻUmdat al-ṭabīb fī maʻrifat al-nabāt li-kull labīb: “Sostén del médico para el conocimiento de las plantas, utilizable por toda persona inteligente”.

Esta obra médica, que recoge muchas aportaciones de las fuentes clásicas y en la que se citan más de treinta botánicos, de cuyas referencias se nutre, constituye en la práctica una auténtica enciclopedia en la que se mencionan millares de especímenes. Su tratado encierra una “valiosísima información etnobotánica, farmacológica y lingüística, porque incluye los nombres vulgares de las plantas (árabes dialectales o romandalusíes). Con respecto a la ciencia botánica, se estima que esta obra presenta uno de los primeros intentos de clasificación orgánica de las plantas agrupadas en géneros, especies y variedades”. (1)

En sus páginas, el lector curioso se asoma al conocimiento de los vegetales y sus aplicaciones médicas de la mano de uno de los botánicos andalusíes más relevantes, deleitándose también con sus curiosos nombres, con sus variadas denominaciones y con el rico caudal lingüístico de quien conoce todo el saber de su época sobre esta materia. Junto a todo ello, el autor hace continuas alusiones a sus recorridos por distintos rincones de la geografía del al-Andalus y del norte de África. De la misma manera, se aportan valiosas referencias toponímicas al comentar la recolección de plantas y sus herborizaciones por los territorios de las taifas vecinas a Sevilla, como la de Arcos, que incluía en ese tiempo buena parte de las campiñas gaditanas y de los actuales Montes de Jerez.

Por la Sierra de las Cabras y Montifarte en busca de enebros.



En las descripciones de las numerosas especies de plantas que Abū’l-Jayr cita en su obra “Umdat al-tabib…”, es frecuente que mencione los lugares de donde son originarias, o que cite aquellos parajes donde las ha encontrado o recogido. Gracias a estas referencias se ha podido atestiguar la existencia en el siglo XI de algunas aldeas y alquerías en nuestro territorio y, a través de sus pistas geográficas, se ha logrado seguir la pista al origen de ciertos topónimos que aún se conservan en nuestros días. Tal es el caso de Montifarte (o Montifarti), que da nombre a un paraje de los Montes de Jerez, junto a la Sierra de las Cabras y la del Aljibe.

El profesor Juan Abellán señala que autores como Ibn Yulyul (médico cordobés del s. X) y el también andalusí Abū’l-Jayr al-Išbīlī, en mayor medida, se refieren a este lugar –Montifarte-



por hallarse en él unas plantas de gran utilidad medicinal: los enebros. En las obras de este último se menciona que crecían en las laderas de poniente de este monte, identificado también con la Sierra de las Cabras, utilizándose sus semillas para curar, entre otras, dolencias cardiacas. Su localización no deja lugar a dudas y así, Abū’l-Jayr lo describe como un yabal que domina la fortaleza de Tempul (hins Tubayl) próxima a los famosos manantiales (2). Este es el pasaje de Abū’l-Jayr (según la versión del profesor J. Bustamante Costa) recogido en su obra “Umdat al-tabib…”:

Hay una especie de enebro (´ar´ar) que tiene las hojas como las del enebro conocido entre nosotros, pero más gruesas, cuya madera es rojiza y aromática. Es de alta envergadura y tiene un fruto de forma triangular, parecido a la baya del laurel (rand), que cuando se seca se divide en tres partes dando paso a una simiente como la del ciprés (sraw), pero más pequeñas, de olor aromático y buen sabor, cuya propiedad es curar el dolor de corazón y el algafacán. (…) Yo he visto esta especie al sur de Arcos (Arkus), en el monte Munt Fart, que domina sobre una aldea que se llama Taqbl, en la ladera de la parte de poniente, sobre tierra roja…” (3).



Esta variedad de enebro o sabina que Abu l-Jayr localiza en las laderas de la Sierra de las Cabras, en el yabal Munt Fart (Montifarte), en ese monte que da sobre la aldea de Tempul (Taqbl, Tanbul, es buscada por las propiedades de sus frutos en el tratamiento de las taquicardias o palpitaciones (algafacán). Según nuestro botánico, también “abunda en el Magreb central, desde Tremecén hasta Mahdía, y esta variedad tiene dentro un sándalo [sandal] perfumado excelente… tiene un solo tallo que alcanza como la altura de un hombre sentado y tiene un penetrante aroma”.

En su descripción, además de sus características botánicas, se informa de sus propiedades medicinales, su localización geográfica y su distribución por otros puntos de los territorios del Islam. De la misma manera, se relaciona con otras especies conocidas, y así señala que “…Entran en esta variedad y son parecidos en la forma, el cedro del Líbano [arz] y el del Atlas [sarbin]...” (4).

Pero, aunque el botánico andalusí da pistas sobre las características morfológicas de estos “enebros” o “sabinas” … ¿a qué especie concreta se refiere? Todo apunta a que no se trata de una especie del género Cedrus, con las que el botánico ve ciertas similitudes, sino más bien con alguna de la familia Cupressaceae. En las laderas de la Sierra de las Cabras, en sus suelos calizos, crecen hoy día dos especies de esta familia pertenecientes ambas al género Juniperus: J. oxycedrus L. y J. phoenicea L. Son, respectivamente, las conocidas como enebro o enebro de la miera y como sabina o sabina negral.

Sin embargo, distintos autores sugieren que tal vez Abū’l-Jayr esté describiendo otra cupresácea distinta a las anteriores: la especie Tetraclinis articulata (Vahl), conocida como “araar”, tuya articulada o Ciprés de Cartagena. Tanto los traductores de la obra de Abū’l-Jayr (4), como otros investigadores (5) se inclinan por esta posibilidad al apuntar que "…el término "araar" se utiliza todavía para designar al ciprés de Berbería (Tetraclinis articulata), especie de distribución norteafricana (N de Argelia y Marruecos), presente también de forma muy localizada y fragmentada en la sierra de Cartagena (Murcia). Su parecido no sólo con el ciprés, sino más especialmente con las sabinas, nos hace suponer que pudo ser utilizado para designar alguna de estas especies. No obstante los límites de uso y aplicación del término entre sabinas y enebros no están claras.

Otra idea muy sugestiva pudiera ser la de su empleo para designar específicamente al citado Tetraclinis articulata, lo que podría llevarnos a conclusiones especulativas sobre una mayor presencia de esta especie en al-Andalus y en la época de referencia
"(5). De confirmarse esta última y arriesgada hipótesis, Abū’l-Jayr estaría aportando en su obra un importante dato de carácter geobotánico o fitogeográfico: la presencia en nuestros montes de una especie hoy ausente también en la flora andaluza, una auténtica rareza de la flora española que mantiene en los montes de Cartagena y La Unión (Murcia) sus últimos ejemplares.

Íñigo Sánchez García, biólogo-conservador del Zoobotánico de Jerez y presidente de la Sociedad Gaditana de Historia Natural cuestiona esta interpretación y señala que “en la Sierra de las Cabras es muy escaso el enebro de la miera y muy abundante la sabina negral, que es la única presente en cortados rojizos cercanos a Tempul”, especie esta última que coincide también con algunos aspectos de la descripción del botánico andalusí.



A ello habría que sumar el hecho de que, “a pesar de que algunos autores que han defendido una mayor presencia del Araar en la Península en el pasado, no hay pruebas convincentes de que estuviera más extendida en tiempos históricos, de lo que habrían quedado registros polínicos e incluso evidencias históricas más claras” (6).

Montifarte: un topónimo singular.



Las descripciones del botánico andalusí proporcionan otras interesantes claves sobre la toponimia de la zona, estudiadas por el profesor Joaquín Bustamante. El yabal Munt Fart, donde crecen los “enebros” no es sino el actual “Montifarte” (o Montifarti) o, por extensión, toda la Sierra de las Cabras. Según este autor el nombre deriva del árabe “fart”: “abundante” , “bien provisto” y se trata de un “romancismo sustrático”. “El hecho de repetir /gabal/, “monte” junto a /munt/ “monte”, demuestra que /Munt Fart/ es un topónimo sustrático, cuya significación primera no es consciente ya para el hablante de árabe andalusí. Como cuando en español supuestamente repetimos “rio Guadalquivir… “. La aldea de Majafarta (“cortijo bien abastecido”) a la que se hace alusión el repartimiento de Vejer, comparte esa misma derivación. (7)

Sea como fuere, Montifarte, Montifarti o Montifartillo son topónimos aún en uso en esta zona de los Montes de Propios de Jerez que se han mantenido desde la época andalusí hasta nuestros días y de los que encontramos referencias en otras fuentes medievales como el Libro de la Montería del rey Alfonso XI, donde al describir los lugares de caza en el entorno de la Sierra del Aljibe se apunta que “(...)Et son las armadas la una en el abertura de cara a Montifarte; et es la otra armada en fondon de la Breña como vá Barbate Ayuso” (8).



La Sierra de las Cabras o Montifarte, los Montes de Jerez… un espacio geográfico con singulares especies botánicas y con muchas historias a sus espaldas a las que nos hemos querido acercar de la mano de Abu l-Jayr, el “jardinero”.

Para saber más:
(1) “Sobre botánica andalusí”. Ovidi. Celtiberia.net.
(2) Abellán Pérez, J.: La cora de Sidonia, Málaga, 2004. Pgs. 26 y 146
(3) Abū’l-Jayr al-Išbīlī.: “Umdat al-tabib…, II, 563-564. Versión de Joaquín Bustamante Costa. Puede consultarse en ABELLÁN PÉREZ, J.: El Cádiz islámico a través de sus textos, Cádiz, 1996, p. 154.
(4) Abū’l-Jayr al-Išbīlī.: Kitabu `Umdati t-tabib fi ma`rifati nnabat likulli labib : (Libro base del médico para el conocimiento de la Botánica por todo experto). Edición, notas y traducción castellana de J. Bustamante, F. Corriente y M. Tilmatine. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2004-2010. 4 v. pg. 547-548.
(5) J.Mª Carabaza, E. García, J.E. Hernández, A. Jiménez.:Árboles y arbustos en los textos agrícolas andalusíes (I)”, en Ciencias de la naturaleza en al-Andalus. 269-309 . Textos y Estudios V. Editados por C. Álvarez de Morales. CSSIC. 1998. Pg. 288
(6) Sánchez García, I.: Comunicación personal
(7) Bustamante Costa, J.:Toponimia árabe del cuadrante sudoccidental de la provincia de Cádiz”, en Janda. Anuario de Estudios Vejeriegos, 3 (1997), 27-42, pg. 40
(8) Valverde J.A.: Anotaciones al Libro de la Montería del Rey Alfonso XI. Ediciones Universidad de Salamanca. pg. 1392


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Otros enlaces que pueden interesarte: Toponimia, Paisajes con historia, Flora y fauna, El Paisaje y su gente.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 15/11/2015

Por la Sierra del Aljibe.
Tras las pistas de un curioso topónimo árabe.




La provincia de Cádiz presenta al este, cerca ya de tierras malagueñas, unos inconfundibles perfiles montañosos entre los que destaca la Sierra del Aljibe, visible desde buena parte del territorio provincial. Estos relieves serranos, junto a los de otras sierras próximas como las de Las Cabras y La Sal, forman un gran semicírculo entre los pueblos de San José del Valle y Alcalá de los Gazules configurando un espacio que por su situación, -a caballo ente la serranía de Grazalema y el Estrecho, entre las sierras de Ronda, la comarca de la Janda y el litoral de Cádiz- ha sido también encrucijada de caminos y culturas.

No es de extrañar por ello que en la toponimia de este rincón de la provincia, se conserve la memoria del paso de estas culturas y que sus montañas, que sirvieron de refugio y de fuente de riqueza para cuantos pueblos habitaron la región, guarden aún algunos nombres que así lo atestiguan. Hoy vamos a ocuparnos de uno de estos topónimos de resonancias árabes, el que da nombra a la cumbre que corona estos montes: Aljibe.

La “Pilita de la Reina”.



La sierra del Aljibe se extiende, en buena parte de su superficie, por los términos de Jerez y Alcalá de los Gazules. En menor medida, sus faldas orientales penetran parcialmente en el de la localidad malagueña de Cortes de la Frontera. En sus perfiles destacan las cumbres de El Picacho (883 m), el pico de El Montero (914 m) y Aljibe, que con 1092 m es la de mayor altura.



En apariencia, su nombre parece no entrañar dificultades para su interpretación y a primera vista todo apunta a que nos encontramos ante un topónimo claro y explícito. Siguiendo esta interpretación, el DRAE nos recuerda que la voz “aljibe” proviene del árabe andalusí “alǧúbb, y este del árabe clásico Ǧubb”, atribuyéndole los significados de cisterna o depósito subterráneo de agua, ente otros.



Todo parece encajar, ya que es sobradamente conocido que en uno de los mogotes rocosos que se alzan en la pequeña planicie que corona la sierra, se conserva, labrada en la roca arenisca, una tumba antropomorfa conocida como “La Pilita de la Reina”.



Con este mismo nombre se designa también en muchas ocasiones a esta cumbre ya que, según una tan extendida como infundada tradición popular, “se bañó en ella la reina Isabel la Católica”.

Conviene recordar que, aunque ésta que se enclava de lo más alto de la Sierra del Aljibe, sea una de las más llamativas y representativas, otras sepulturas similares se encuentran repartidas en numerosos lugares de las sierras del Campo de Gibraltar. Con respecto a su posible origen, son muchos los investigadores que las consideran “tardorromanas”, visigóticas o del periodo alto-medieval. Distintos autores, y también el “imaginario colectivo” han visto en la “Pilita de la Reina” y en otras oquedades excavadas en la roca, donde se retienen las aguas de lluvia, la explicación fundamental por la que este monte sea conocido como “El Aljibe”.

Por esta razón, no es de extrañar que a mediados del s. XIX Pascual Madoz, ya contemplaba en su conocido Diccionario Geográfico esta posibilidad y así, al describir el relieve provincial, apunta que “en la eminencia de la sierra, existen los restos de un grande algibe de tiempos muy remotos, de donde quizá toma aquella el nombre”. (1)

Esta misma idea es apoyada por V. García de Diego (2) quien recuerda que el nombre de la sierra procede “del árabe al-chibb" o “pozo del aceite”, haciéndose este significado extensivo al de cisterna o depósito para almacenar líquidos. Otros autores, como el arabista Oliver Asín, participan también de esta opinión en relación con el origen del topónimo.

Una montaña con nombre árabe.



Sin embargo, existen razones fundadas para plantear otros posibles significados que cuestionan el más transparente y aceptado de “Aljibe”, entendido como cisterna o depósito subterráneo de agua. Una pista la ofrecen las distintas variantes del nombre de esta sierra que aparecen en algunas obras del siglo XIX.



Así, por ejemplo, el ya citado Pascual Madoz, al referirse en su célebre Diccionario a la villa de Alcalá de los Gazules, en el capítulo relativo a la “Calidad y circunstancias del terreno”, menciona que “la mayor parte es quebrado y montuoso… con montañas y picos bastante elevados. Son los principales, que forman cordillera por el N. Y S. el Algeber, vulgarmente conocido como Algibe, de cascajo pelado y 1.852 varas castellanas sobre el nivel del mar…” (pg. 12).



Más adelante vuelve a referirse a este pico apuntando que “…por los pies pasa, como ya se dijo, dejándolo a su izquierda el río Barbate, procedente de la mencionada sierra de Algeber…” (pg. 13). Este mismo autor, al describir los confines del partido judicial de la Medina, al que pertenece la villa de Alcalá, introduce una nueva variante en el nombre de la montaña: “El territorio del partido que vamos á describir es generalmente llano desde Chiclana hasta Alcalá y Paterna, lo demás es bastante quebrado y desigual; siendo las montañas más notables la sierra de Algibel, que domina la villa de Alcalá...". (pág. 255)

Con esta forma gráfica lo cita también José Bisso en su Crónica de la provincia de Cádiz (1868). En la descripción geográfica del partido de Medina Sidonia menciona que “…El terreno es bastante quebrado, ofreciendo muchas desigualdades. Las sierras de Algibel y la del Cuervo con los montes de la Atalaya y del Almazán, forman una cordillera en figura de círculo que termina en la serranía de Ronda” (4).

Algunas de estas antiguas denominaciones de la Sierra del Aljibe han hecho plantear al profesor J. Bustamante la posibilidad de que el significado que se encierra tras el nombre de esta montaña pudiera ser otro muy distinto al que tradicionalmente se ha venido aceptando. Señala este autor que “las variantes gráficas Algibel y Algeber que registra Madoz, apuntan a que no se trata del arabismo castellano aljibe “cisterna” ‹‹árabe andalusí /al-gibb/ ‹‹árabe clásico / al-gubb/, como había supuesto Asín… La forma dialectal andalusí la transcribe Pedro de Alcalá gébel y jebel… y solía sufrir una ultracorrección /gibl/… que ha dado lugar a los conocidos topónimos de montes Gibraltar, Gibralfaro, Gibraleón. Este étimo tiene mucho más sentido que el de “aljibe”, pues se trata del monte más alto de la zona, visible desde toda la redonda, es “El Monte” por antonomasia”. (5)

Atendiendo a este planteamiento, Bustamante atribuye en este contexto a “Algibe” el significado de “el monte”, haciéndolo derivar del árabe antiguo /al-gébel/ (árabe clásico /al-gabal/). Razones de carácter filológico y documental unidas a la relevancia geográfica de esta montaña, que la hacen destacar de manera nítida sobre el paisaje circundante, apoyan con fuerza esta propuesta.



A nuestro entender, existe aún más motivos para defender esta idea, tal como se desprende de la denominación del monte que nos ocupa en una de las fuentes documentales cristianas escrita en los momentos más cercanos a la dominación árabe de la zona: el Libro de la Montería.

Este célebre tratado medieval, atribuido al rey Alfonso XI y compuesto en el siglo XIV, ofrece datos de gran interés sobre la fauna, flora, geografía y toponimia de los distintos lugares que describe. En el capítulo XXIX de su Libro Tercero, que lleva por título “Delos montes de tierra de Alcala de los Gazules, e de Medina de Bejer” se menciona que "… el Arroyo de los Almezes, que es al Pie de la sierra de Alxibel es buen monte de Oso e de Puerco en todo tiempo, e es la una bozeria de la parte de la Sierra de Mon Santo, como da en los Riscos de los Almeces; e la otra de parte del Cerro Breçoso. E es la armada en el abertura, q salle fasta la sierra del Gibel". (6)

Alxibel” y “Gibel” son dos denominaciones, documentadas a mediados del siglo XIV, -cinco siglos antes de que autores como Madoz o Bisso las apuntaran- que no hacen sino reforzar la tesis apuntada por el profesor Bustamante.



Descubrimos así que la Sierra del Aljibe, esa que destaca en el horizonte y que realza sus perfiles cada amanecer, encierra en su nombre una reveladora redundancia que subraya el importante papel que como hito geográfico jugo también para los árabes: la Sierra de “El Monte”.



Los lectores que hayan tenido la oportunidad de subir hasta su cumbre, y se hayan recreado en las magníficas vistas que se contemplan hacia los cuatro puntos cardinales convendrán con nosotros que, por muchas razones, El Aljibe, bien se merece esta de denominación de “El Monte” por excelencia con el que la bautizaron los árabes.

Para saber más:
(1) Diccionario Geográfico Estadístico Histórico MADOZ. Tomo CADIZ. Edición facsímil. Ámbito Ediciones. Salamanca, 1986, pág. 69.
(2) GARCIA DE DIEGO, V.: Toponimia de la zona de Jerez de la Frontera. Centro de Estudios Históricos Jerezanos. Gráficas del Exportador. Jerez, 1972. Pgs, 45 y 65.
(3) Diccionario Geográfico… págs. 12,13 y 255.
(4) BISSO, J...: Crónica de la provincia de Cádiz. Rubio, Grilo y Vitturi Ed. Madrid 1868. Ed. Facsímil Ed. Maxtor, Valladolid, 2002, pág. 32
(5) BUSTAMANTE COSTA, J.: “Toponimia árabe del cuadrante sudoccidental de la provincia de Cádiz”, en Janda. Anuario de Estudios Vejeriegos, 3 (1997), 27-42, pg. 31.
(6) Libro de la Montería.: Libro Tercero, Cap. XXIX, 88. Ed. Andrea Pescioni. Sevilla, 1582. Ejemplar conservado e la Biblioteca de la Universidad de Sevilla.

Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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y, en particular
Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 19/10/2014

 
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