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Por el camino de Jerez a Arcos.
La alcantarilla del Salado: un viejo puente con siglos de historia.




En entornoajerez nos gusta transitar por los carriles y cañadas de la campiña, por esos viejos y olvidados caminos en los que aún es posible descubrir algunos testimonios de la importancia que en tiempos pasados jugaron en las comunicaciones entre poblaciones cercanas. A sus orillas se instalaron antiguas ventas y casas de postas y, cuando su trazado se veía interrumpido por un arroyo, se habilitaban vados o se construían alcantarillas. La mayoría de estas últimas han ido desapareciendo a medida que la construcción de nuevas carreteras las iba sustituyendo por puentes más sólidos, cuando no caían arrastradas por las crecidas de los ríos y arroyos que cruzaban. Sin embargo, muchos de estos pequeños puentes han llegado hasta nuestros días y aún es posible encontrarlos, entre olvidados y perdidos, en aquellos parajes por los que un día discurrían antiguas vías de comunicación. Hoy vamos a visitar uno de ellos, un sobreviviente con cuatro siglos de historia entre sus sillares y arcos de ladrillo: la alcantarilla del Salado, en el camino de Arcos a Jerez.

Por las tierras de El Guijo, Valdejudíos y Macharaví.



Las carreteras cambian de trazado y de fisonomía, pero los paisajes que atraviesan conservan muchos elementos que los hacen reconocibles a pesar del paso del tiempo. La que une Arcos y Jerez recorre, en buena parte, los mismos parajes que el camino que unía estas poblaciones hace cinco siglos, según los testimonios que han llegado hasta nosotros. En uno de estos puntos, donde arranca la cuesta de Valdejudíos, entre los cerros del Guijo y de La Mina y los olivares de Macharaví, la carretera atraviesa el curso del Salado de Espera, afluente del Guadalete y río de desbordantes avenidas. En numerosas ocasiones, inunda los llanos que se abren junto a sus riberas habiendo llegado a cortar en sus crecidas la antigua carretera de Arcos a la altura de la conocida Venta La Mina. En este paraje, como un auténtico superviviente del azote de las furiosas riadas de los últimos siglos, aún sigue en pie un pequeño puente de un solo ojo, edificado con sillares de piedra y ladrillo: la alcantarilla del Salado.

Esta singular obra es conocida también con otros nombres. Así en la hoja 1049 del Instituto Geográfico (en su primera edición de 1917) figura como Puente de Valdejudío, mientras que en otras fuentes es denominada como “alcantarilla de Matajaca”, o incluso como “alcantarilla de Jerez”, como veremos. El puente se encuentra en la actualidad, casi oculto entre la vegetación de ribera, “fuera de servicio”, aguas abajo de los viaductos de la autovía Jerez-Arcos y del nuevo puente de la carretera cuyo tablero fue elevado en los años 90 para evitar las frecuentes inundaciones en la zona.

Su abandono hay que buscarlo a comienzos de la década de los 60 del siglo pasado cuando se realizaron obras en los alrededores de la Venta de La Mina y se varió parcialmente el trazado de la carretera, entonces, “la alcantarilla del Salado, el sitio de Barreros y Valdejudíos, fueron los pasajes más afectados en el camino de Jerez” (1).

Un pequeño puente con siglos de historia.

La alcantarilla del Salado, guarda, pese a lo modesto de su fábrica, una larga historia. El célebre historiador arcense Miguel Mancheño aporta algunas pistas, un tanto confusas en ocasiones,



extraídas de los archivos municipales de Arcos, acerca de su construcción y sus sucesivas reparaciones. En la primera de estas referencias, al relatar una serie de acontecimientos que tuvieron lugar en la población durante el año 1611, indica: “Construyóse un puente de un solo ojo en el camino de Jerez sobre el salado, que aún existe después de varias reformas” (2). Mancheño, que escribe sus Apuntes para una Historia de Arcos de la Frontera en 1896, identifica la alcantarilla del Salado “que aún existe”, es decir, la que hoy conocemos, con aquella que las crónicas señalan que se construye en los inicios del s. XVI, y que aún se mantiene en pie, gracias a “varias reformas”.

Otra posible cita sobre el origen de este puente la encontramos en este mismo autor que apunta que “Labráronse en 1695 las alcantarillas del camino de las Nieves y el de Jerez” (3). Si se refiere a la misma obra, estaría retrasando casi un siglo su construcción en relación con la primera referencia, si bien tal vez pueda interpretarse como una profunda reforma o reparación de aquella, o con la construcción de otras obras menores sobre los arroyos que cruzan el Camino de Arcos a Jerez. Más explícito es el dato que apunta a un origen más cercano de la obra cuando, en los hechos destacables acontecidos en la ciudad durante el siglo XVIII, indica que “labróse por el ayuntamiento en 1772 la alcantarilla de Matajaca sobre el arroyo Salado, para facilitar el tránsito de ganados, caballerías y viandantes de uno a otro lado de la campiña” (4).

De la existencia de este singular puente durante el siglo XVIII tenemos también referencias a través de un curioso manuscrito de la Biblioteca Nacional, “Descripción de caminos y pueblos de Andalucía”, de autor desconocido, escrito en torno a 1744. Detallando el camino que, partiendo de Arcos se dirige a Jerez, esta antigua guía de camino señala que “A la media legua (de Arcos) hay el arroyo Salado de esta ciudad, que pasa por una puente pequeña de ladrillo y mampostería, es el mismo que se encuentra al principio del camino que va a Las Cabezas” (5). Al referirse al camino de Arcos a Las Cabezas, vuelve a mencionarse nuestra alcantarilla: “hay en dicho camino, a la media legua, un arroyo llamado el Salado de Arcos, en donde se cuaja sal; tiene una alcantarilla pequeña de ladrillo y de mampostería, y su origen en el término de la villa de Espera, como a la media legua más arriba y a la derecha del camino que va a dicha villa desde dicha ciudad; corre por ambos términos y desagua en el río Guadalete, junto al molino de Casinas” (6).

Un siglo después, a mediados del XIX, Pascual Madoz nos aporta nuevas referencias sobre este pequeño puente, vital para las comunicaciones entre Arcos y Jerez. En su conocido Diccionario Geográfico, al referirse a los arroyos del partido judicial de Arcos menciona, entre los más importantes al Arroyo Salado de Espera y señala que “los más caudalosos tienen su alcantarilla ó puente de piedra y los demás se vadean” (7). De la misma manera, al describir los caminos más destacados de la provincia, se detiene en el de Arcos a Jerez indicando que se trata de un “Camino de ruedas, pero dificultoso en el invierno, de 5 leg. de long., de E. á O., abierto en terreno llano y colinas de labor. A unos ¾ de leg. De Arcos, después de atravesar por olivares sembrados en muchas y altas colinas, se pasa por un puente de un ojo llamado la alcantarilla de Jerez, sobre el Salado de Arcos que desagua en el Guadalete”. (8)

Si en el siglo XVIII, como hemos visto, el puente aparece como paso obligado de los caminos de Arcos hacia las poblaciones cercanas, en el siglo XIX, con el incremento del comercio, la alcantarilla jugará un papel fundamental en las comunicaciones entre Arcos y Jerez, ciudad esta última a la que se transporta buena parte de la producción agrícola de la campiña arcense. El historiador Miguel Mancheño se lamenta, a finales del XIX (1895), de lo dificultoso de esta empresa habida cuenta del mal estado de los caminos, que obligaban a que, en el transporte de mercancías entre ambas ciudades, en un carro tirado “por cinco poderosos mulos”, se invirtiera de 8 a 10 horas. De la misma manera, nos informa que los viajeros tuvieran que contentarse con “una sola empresa de carruajes establecida en Jerez, con servicio bastante deficiente, hace una expedición diaria de Jerez y otra de Arcos, por precio de cuatro pesetas por persona invirtiendo en el trayecto cuatro mortales horas” (9).

La alcantarilla del salado de Espera en la actualidad.



El viajero curioso que quiera visitar la alcantarilla del Salado puede acceder fácilmente a ella desviándose de la carretera de Arcos a la altura del paraje conocido como Venta de la Mina a orillas del arroyo Salado de Espera, un par de kilómetros antes de la cuesta de Valdejudíos. En este lugar -que debe su curioso nombre a la mina de azufre que allí existió, y de la que otro día nos ocuparemos-, siguiendo el curso del arroyo por un carril que discurre paralelo a su orilla derecha, descubriremos al poco, escondido entre carrizos y eneas, este singular puentecillo.

Sus estribos son de sillares y mampostería y su sólido arco está construido por hiladas de ladrillo contrapeadas para ganar en resistencia y solidez. En su parte superior discurre la calzada sobre la fábrica, que tiene unos 30 m. de longitud y algo más de 5m de anchura, conservando aún restos del asfalto que la cubría, señal inequívoca de su uso hasta hace menos de cincuenta años. El grosor del arco de ladrillo es de 1,30 m, uno de los mayores que recordamos en las alcantarillas del siglo XVIII que aún se mantienen en pie.

De acuerdo a las fuentes consultadas por el historiador Miguel Mancheño que llevan su construcción hasta 1611, la alcantarilla del Salado, reformada en los siglos posteriores, cumplió hace unos años cuatro siglos. Sea como fuere, ahora que también se ha reabierto -ya renovada- la antigua Venta La Mina, donde paraban los arrieros y carreteros que frecuentaban estos caminos, sería un buen pretexto para que su entorno fuese adecentado y se consolidasen sus estribos y su calzada de manera que pudiese ser visitada con mayor comodidad. En todo caso, sugerimos al lector curioso acercarse a este original puentecillo que debe figurar, por méritos propios como un elemento singular del patrimonio de la caminería de nuestro entorno rural.

Para saber más:
(1) De las Cuevas J. y J.: Arcos de la Frontera. Diputación de Cádiz. 1985. Pg. 14-15
(2) Mancheño y Olivares, Miguel: Apuntes para una Historia de Arcos de la Frontera. Edición de María José Richarte García. Servicio de Publicaciones de la UCA y Excmo. Ayto. de Arcos. 2002. Vol. I. pg. 160.
(3) Mancheño y Olivares, Miguel: Apuntes… pg. 169.
(4) Mancheño y Olivares, Miguel: Apuntes… pg. 229.
(5) Jurado Sánchez, J.:Descripción de caminos y pueblos de Andalucía”, Editoriales Andaluzas Unidas, S.A. Sevilla 1989. Pg.67
(6) Jurado Sánchez, J.:Descripción… Pg. 66.
(7) Diccionario Geográfico Estadístico Histórico MADOZ. Tomo CADIZ. Ed. facsímil. Ámbito, Salamanca, 1986. Pg. 45.
(8) Diccionario Geográfico… Pg. 82.
(9) Mancheño y Olivares, Miguel: Riqueza y cultura de Arcos de la Frontera… pg. 54-55.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Puentes y obras públicas, Paisajes con historia, Arcos de la frontera y su entorno, Patrimonio en el medio rural.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 25/03/2018

Con Eduardo Torroja en La Barca de La Florida.
El puente atirantado del acueducto de Tempul: una singular obra de ingeniería.



Los viajeros que desde Jerez toman la carretera de Cortes y cruzan el Guadalete por el conocido como Puente de Hierro de La Barca, habrán reparado a buen seguro que por este lugar – conocido como Vado de La Florida- salvan el río otras dos grandes estructuras. La más moderna es un arco de hormigón que soporta la conducción del acueducto de los Hurones. Construido en la década de los cincuenta del siglo pasado para el abastecimiento de agua potable a la Zona Gaditana: las poblaciones de la Campiña y la Bahía de Cádiz. Algo más lejos, casi oculto entre las alamedas del río, reclama nuestra atención el puente atirantado del acueducto de Tempul, una singular obra de ingeniería, casi centenaria, que hoy les invitamos a visitar.

Su origen hay que buscarlo en la gran riada de 1917, (1) de la que nos hemos ocupado en estas páginas de “entornoajerez”. Esta descomunal avenida del 7 de marzo de 1917 se llevó por delante el puente de Villamartín, el de San Miguel en Arcos, el de la Junta de los Ríos y el puente-sifón de celosías de hierro por el que en este mismo lugar cruzaba el Guadalete la tubería del acueducto de Tempul del que se abastecía de agua potable la ciudad de Jerez. Construido por el ingeniero Ángel Mayo para la Sociedad de Aguas, constaba este antiguo puente de “tres tramos de 25 metros de luz el del centro, y de 20 cada uno de los laterales con arcos de sillería en ambas márgenes" (2) y tenía como punto débil el apoyo de dos de sus pilares en el mismo lecho del río, como el propio ingeniero había reconocido (3).



Tras su destrucción y gracias a la intervención del joven ingeniero de minas Juan Gavala Laborde, se construyó una presa de gaviones que de manera provisional pudo dar continuidad a la conducción del acueducto de Tempul, utilizando para ello las tuberías que el citado ingeniero había dispuesto en Villamartín para un sondeo petrolífero. La exitosa y brillante obra dirigida por Gavala (4), permitió a la Sociedad de Aguas de Jerez un pequeño respiro hasta encontrar una solución definitiva. Conscientes de que era preciso construir un nuevo puente sobre el Guadalete con el que sustituir al que la riada de 1917 había destruido, se encargó la obra a una de las empresas más relevantes del país: la Compañía de Construcciones Hidráulicas y Civiles. El proyecto y ejecución de este puente-acueducto sería encargado por sus responsables a un joven ingeniero: Eduardo Torroja.

Eduardo Torroja: un ingeniero innovador.

Eduardo Torroja Miret (1899, 1961) era hijo del eminente matemático Eduardo Torroja Cavallé de quien desde sus primeros años recibió una sólida educación impregnada de rigor científico. Entre 1917 y 1923 cursa los estudios de Ingeniero de Caminos con gran brillantez, gracias a lo cual su profesor, José Eugenio Ribera, que había fundado años antes la Compañía de Construcciones Hidráulicas y Civiles, le ofrece colaborar con él. En dicha empresa trabajará Torroja hasta 1927, en el que abrirá su propia oficina de proyectos. En estos primeros años de ejercicio profesional, el joven ingeniero destacará ya por las soluciones técnicas novedosas que aporta a las obras que proyecta. Entre sus primeras realizaciones, junto a la cimentación de los puentes de San Telmo en Sevilla y de Sancti Petri en San Fernando, figura el puente-acueducto de Tempul que le ha hecho figurar en la historia de la ingeniería civil española como uno de los pioneros del hormigón pretensado.



Torroja proyecta el puente-acueducto en 1925, y las obras, dirigidas sobre el terreno por el ingeniero Francisco Ruiz Martínez, se realizarán durante los dos años siguientes, dándose por terminadas en enero de 1927. El proyecto original proponía salvar la distancia de 280 m. que separan los dos extremos del perfil del valle del Guadalete con un acueducto formado por 14 tramos de cajones de 20 m de longitud apoyados sobre pilas.



Si bien la mayoría de las pilas se cimentaban sobre terrenos que sólo eran cubiertos por el río en momentos de grandes crecidas, dos de ellas debían hacerlo en el cauce, a más de 11 m. de profundidad, lo que encarecía notablemente la obra.



Los estudios geotécnicos aconsejaron evitar la construcción de estos pilares, por lo que Torroja hubo de modificar el proyecto buscando una solución ingeniosa. Pero dejemos que él mismo nos lo relate, tal como lo hacía en un artículo que ese mismo año escribió para la Revista de Obras Públicas (5):



El puente está formado por once luces rectas de 20 m. y una tipo “Cantilever” de 57 m. La sección transversal es una caja constituida por dos paredes o cuchillos de 1,50 m. de alto y 0,15 de espesor unidos por dos losas del mismo grueso. Sobre la inferior apoya la tubería de fundición por intermedio de camas de hormigón, y la losa superior sirve al mismo tiempo de pasadera y de cabeza de compresión del tramo. La tubería de fundición, de 42 cm, queda así abrigada de la intemperie, es cómodamente inspeccionable, y para facilitar la reposición de sus tubos se han dispuesto aberturas cada 20 m en la losa superior, tapadas normalmente con losas de hormigón… La particularidad de la obra está en la luz principal formada por dos ménsulas de 20 m de voladizo y un tramo central de 17 m. apoyado en ellas.

Cada “cantiléver” o ménsula está constituido por dos tramos de 20 m, análogos a los descritos, unidos por tirantes de cable hormigonado que apoyan sobre la pila a una altura de 5,80 m. sobre el tramo.


Torroja se detiene en los datos técnicos y, en especial, en las tensiones soportadas por los cables que sujetan las ménsulas o tramos voladizos, superiores a 200 t., que se resisten con “…cuatro cables de acero de 63 mm de diámetro, formados por siete cordones de 37 alambres cada uno…”. Estos tirantes, que después se recubrirían de hormigón, eran uno de los elementos más relevantes de la obra, de ahí que el ingeniero se detenga en su descripción: “están formados por un cordón central de 37 hilos de acero dulce y otros seis cordones análogos en hélice de acero alto en carbono, y han sido suministrados por la Sociedad José María Quijano, Forjas de Buelna”.


El puente atirantado: una solución ingeniosa.

Pero ¿dónde radica la innovación de la solución adoptada por el ingeniero? Como el propio Torroja señala, “la dificultad principal de construcción está, al parecer, en tensar el cable para que al entrar en trabajo no ceda excesivamente. Pero esto se resolvió con toda facilidad por el siguiente procedimiento: la cabeza o parte superior de la pila se hormigonó separada del resto de tal modo que pudiera desplazarse verticalmente, para lo cual las armaduras verticales quedaron libres en tubos preparados al efecto y los cables apoyaban sobre camas de palastro empotradas sobre la cabeza de la pila.



Pasado el mes de fraguado de los tramos se levantaron las cabezas de las pilas con gatos hidráulicos tensando con ello los cables hasta hacer despegar los tramos de la cimbra, y se enclavó la obra terminando de hormigonar las pilas y haciendo el revestimiento de los cables.
” El ingeniero se extiende en detalles técnicos y así, explica que se utilizaron dos gatos hidráulicos capaces de levantar 60 t. cada uno, alojados en cajas preparadas al efecto. Poco a poco se fueron elevando las cabezas de las pilas para que los cables ganaran tensión, llegando a levantarlas hasta 40 cm, mientras que la punta del tramo-ménsula lo hacía sólo 5 cm., despegándose así de la cimbra construida en el lecho del río, que a modo de potente andamiaje, sujetaba la caja central hasta que los cables, al ser tensados, pudieron soportar su peso.

Torroja alude a este momento, tan especial, y describe como “después de descimbrado y sobrecargado el tramo se retiró la cimbra y se esperó veinte días, observando durante este periodo las deformaciones plásticas de los cables, que se amortiguaron completamente en diez días.” Posteriormente se procedió a hormigonar los huecos que quedaban entre las pilas y sus cabezas, retirando los gatos hidráulicos utilizados para elevarlas al tensar los cables y vertiendo una lechada de hormigón por los pozos en que quedaban alojadas las barras verticales de la armadura. El paso siguiente fue hormigonar los cables ya “pretensados”.

El ingeniero ofrece también otros detalles de interés y así, por ejemplo, informa que “la cimentación de las pilas es directa a 4 m. de profundidad, excepto en la dos pilas de la luz principal, cimentadas con ocho pilotes de hormigón cada una, de 8 m. de largo”.



Entre otros datos curiosos, valora la gran calidad del cemento empleado, de la marca ”Sansón”, la valiosa colaboración del ingeniero jerezano Francisco Ruiz Martínez, director de la obra, o del perito mecánico Ricardo Barredo. De la misma manera aporta información sobre el coste del proyecto: “la obra se contrató por 240.720 pesetas, o sea 1350 pesetas por metro lineal; los trabajos se comenzaron en otoño (de 1925), construyendo a una marcha moderada toda la parte que quedaba fuera de avenidas ordinarias y reservando para el verano la parte del río, o sea los 100 m que comprende la estructura de la luz principal; el 10 de mayo (de 1926) considerando pasado el peligro de avenidas, se empezó a cimentar esta parte; el 18 de junio se comenzó la hinca de pilotes para poyo de la cimbra; el 24 de julio el hormigonado del primer tramo y el 26 de septiembre se terminó de hormigonar el último. El 28 de octubre, ante el peligro de una avenida, se tensaron los cales dejando el puente virtualmente descimbrado y en condiciones de utilización; el 19 de noviembre, pasado el temporal de lluvias, se terminó el descimbramiento y nivelación; el 12 de diciembre se enclavaron las pilas, y el 15 de enero las juntas del hormigonado de los cables, dejando la obra completamente terminada y repasada, aunque el plazo de ejecución no termina hasta octubre próximo”…



Una obra a prueba de avenidas.

La puesta en servicio, ese mismo año de 1927, permitió prescindir de aquella obra de emergencia que Juan Gavala realizara 10 años antes. La solidez del nuevo puente-acueducto, bautizado con el nombre de San Patricio (en honor a Patricio Garvey, benefactor del proyecto) fue puesta a prueba en las grandes avenidas de junio de 1930. En aquella ocasión, la estación de aforo del Pantano de Guadalcacín registró un caudal para el Majaceite de 915 m3/s. y en la cerrada de Bornos se evaluó en 1.100 m3/s.



Aguas abajo, en la vega del Guadalete el caudal superó los 2000 m3/s, ocasionando, la rotura del estribo del Puente de Hierro de la Florida como recogía, en una noticia sobre las inundaciones, el Diario de Jerez del 7 de junio de 1930. El acueducto de Torroja, como vemos en las imágenes de aquellos días, resistió aquella avenida dando muestras de la solidez de su estructura.



En 1956, en un artículo titulado “Cincuenta años de hormigón armado en España”, el acueducto de Tempul ya era considerado como una de las obras pioneras en esta materia (6) y lo ha seguido siendo en numerosas publicaciones de ingeniería. En diciembre de 1961, el año de su muerte, la Revista de Obras Públicas rindió homenaje a Eduardo Torroja, reconociéndolo como “insigne maestro” y uno de los más notables ingenieros del siglo XX (7). En la selección de las obras más relevantes que ilustran este amplio reportaje figura, en primer lugar, el Acueducto de Tempul del que se afirma: “Si se considera la época en que fue realizada la obra, se nos muestra con toda claridad el autor del proyecto como un auténtico precursor del hormigón pretensado”.

El puente atirantado: “Patrimonio Hidráulico de Andalucía”.



En 2006, el puente–acueducto de Torroja, que forma ya parte del paisaje fluvial, fue incluida en el catálogo del Patrimonio Hidráulico de Andalucía (8) por sus sobresalientes valores, describiéndolo como “una obra equilibrada de gran belleza formal, un ejemplo significativo de las estructuras de hormigón armado próximo al ideario funcionalista tradicional en los ingenieros de caminos de las primeras décadas del siglo XX”.



En el año 2008, siendo ya una obra “octogenaria”, le llegó el momento de su restauración integral tras décadas de progresivo deterioro. La empresa municipal Aguas de Jerez acometió obras de reparación y adecentamiento al término de las cuales el acueducto ofreció una imagen renovada que consiguió revitalizar esta obra, considerada ya como “clásica” en la ingeniería civil española.


Lástima que durase poco tiempo ya que, lamentablemente, el vandalismo, en forma de grafitis y pintadas, se ha cebado con las pilas y cajones de esta casi centenaria obra, que merecería mayor protección. Confiamos que, en futuras obras de restauración de ribera en este paraje del Guadalete, el puente-acueducto de Tempul, pueda lucir de nuevo, junto a sus “vecinos”, el puente de hierro de La Florida y el del acueducto de los Hurones, como se merece una obra señera de la ingeniería civil española del siglo XX.

Para saber más:
(1) José y A. García Lázaro: La Gran riada de 1917. Serie de cuatro artículos publicados en Diario de Jerez en 12/03/2017, 19/03/2017, 26/03/2017 y 02/04/2017. Puede también consultarse y descargarse la siguiente publicación La gran riada de 1917
(2) Memoria relativa a las obras del Acueducto de Tempul para el abastecimiento de aguas a Jerez de la Frontera, por D. Ángel Mayo. Anales de Obras Públicas, nº 3, 1877. Pg. 59.
(3) Memoria… Pg. 97-98
(4) José y A. García Lázaro: La Gran riada de 1917, Diario de Jerez, 26/03/2017
(5) Torroja Miret, Eduardo.: Acueducto-sifón sobre el río Guadalete, en Revista de Obras Públicas. Año LXXV. Núm. 2477. 15 de Mayo de 1927. Págs. 193-195
(6) Páez Balaca, Alfredo.: Cincuenta años de hormigón armado en España. en Revista de Obras Públicas. Abril de 1956. Págs. 201-209.
(7) Algunas obras de Eduardo Torroja. Revista de Obras Públicas. Diciembre de 1961. Tomo I. 2960. Pg. 864-881
(8) Bestué Cardiel, I. y González Tascón, I.: Breve Guía del Patrimonio Hidráulico de Andalucía. Agencia Andaluza del Agua. Consejería de Medio Ambiente. Sevilla, 2006 pp. 82-83.

Nota: Las fotografías en blanco y negro que ilustran este reportaje han sido tomadas de Agencia de la Obra Pública de Andalucía. Consejería de Obras Públicas y Vivienda. Los croquis, han sido tomados de los números citados de la Revista de Obras Públicas.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Puentes y Obras Públicas, Patrimonio en el medio rural, Río Guadalete, Paisajes con Historia

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 24/09/2017

El Puente de Hierro de la Junta de los Ríos.
Puentes con “encanto” (1).




En las últimas décadas va ganando terreno el interés por la conservación y la recuperación del denominado patrimonio industrial y de la obra pública. En él se incluyen todos aquellos objetos, elementos, instalaciones o edificios que forman parte de cultura industrial y que, de una u otra forma poseen algún valor tecnológico, histórico, científico o arquitectónico. Antiguas fábricas y maquinarias, talleres, instalaciones mineras, edificios industriales, chimeneas, almacenes, molinos… integran este rico patrimonio del que también forman parte algunas antiguas infraestructuras de transporte y obras públicas singulares.



En nuestra campiña y en los alrededores de Jerez existen no poco bienes que, por sus especiales características, deben ser considerados como elementos relevantes del patrimonio industrial, de los que nos iremos ocupando en próximos artículos. Como muestra de ello traemos hoy a nuestros lectores un claro exponente de cuanto hablamos, un viejo puente metálico que ha resistido el paso del tiempo y las avenidas de los ríos Majaceite y Guadalete, pero al que es preciso rescatar del abandono y la desidia antes de que se desplome.

Un puente para dos ríos: el comienzo de la historia.

El puente de hierro de la Junta de los Ríos se encuentra situado en un hermoso paraje entre frondosas arboledas donde confluyen los ríos Majaceite y Guadalete. Hasta su sustitución en la década de los noventa del siglo pasado por un nuevo puente de vigas de hormigón pretensado, estuvo en servicio durante tres cuartos de siglo, siendo lugar de paso obligado en este rincón de la campiña. Pero su historia se remonta muchos años atrás.

En el último tercio del XIX (1864) se construye la carretera Arcos-Vejer, para abrir una nueva vía de comunicación entre las tierras del interior de la provincia, como se recoge en la “Memoria sobre el progreso de las obras públicas en España” (1). Uno de los puntos más conflictivos de esta obra era el que planteaba el paso del Guadalete y el Majaceite que se cruzaban tradicionalmente por vados o con barcas (2). La solución adoptada fue la construcción de un único puente de fábrica en el Guadalete, en un lugar próximo a la confluencia de ambos ríos. El 5 de febrero de 1864 se anuncia oficialmente la subasta pública "…de las obras de un puente sobre el río Guadalete en la carretera de tercer orden de Arcos a Veger. Presupuesto 1.422.565 rs. 99cs”. (3).

Avanzadas ya las obras de la carretera, se acometen en 1866 las del puente tal como se recoge en una noticia breve aparecida en la Revista de Obras Públicas: “En la carretera de tercer órden de Arcos a Veger, ya construida, se ejecuta actualmente el puente, en la confluencia de los ríos Majaceite y Guadalete, compuesto de cinco arcos de 18 metros de luz cada uno, de ladrillo con aristones de sillería, alzándose en la altura de los arranques las pilas y estribos” (4).

En 1881, apenas 15 años después de su puesta en servicio, sufrió serios daños como consecuencia de un episodio de fuertes lluvias invernales que ocasionaron una gran riada. De este desastre se hace eco el diario local jerezano El Guadalete, donde se informa que “…ayer se nos aseguró por una persona procedente de Arcos que el puente de la confluencia del Majaceite y el Guadalete en la carretera de Arcos a Paterna, estaba casi destruido por la riada” (5). El puente fue reconstruido, siendo de nuevo dañado en otras ocasiones por la inestabilidad del terreno y por la confluencia en este lugar de las grandes crecidas del Guadalete y Majaceite que todavía no contaban en sus cuencas con ningún embalse. Finalmente, el puente sería destruido por una gran avenida en marzo de 1917, tal como muestran las fotografías de la época.

De la traza y aspecto original de este primer puente de fábrica nos da cuenta Pedro González Quijano, quien fuera ingeniero y director del pantano de Guadalcacín, al describir la obra de construcción de los sifones sobre el Guadalete y Majaceite, informando que en la Junta de los Ríos “la carretera de Arcos a Vejer… atravesaba el río por un puente de fábrica de 5 claros de 18 metros de luz cada uno, prolongados a uno y otro lado de los estribos por muros de acompañamiento”. Se trataba de arcos escarzanos o rebajados, construidos en ladrillo y con bordes de sillares de arenisca calcárea, como las pilas en las que se apoyaban, los pretiles y las rampas de acceso a los estribos del puente.

El ingeniero pretendía aprovechar este puente para el paso del sifón del canal de riego, que iría alojado en un cajón de hormigón armado sobre el que se situaría la calzada. Presenta así en 1915 un proyecto que nos permite conocer el puente original, con cinco pilas de apoyo en el cauce, salvando los vanos de 18 metros que presentaba el puente. La idea se desechó finalmente porque obligaba a elevar mucho la rasante de la carretera y porque, a juicio de Quijano “el emplazamiento del puente era poco afortunado. Situado en la misma confluencia, estaba expuesto a las avenidas de una u otra corriente, no siempre completamente concordantes, lo que podría hacer variar y reforzar, en condiciones difíciles de prever, la fuerza de socavación”. Prueba de ello es que el río ya había destruido uno de los arcos del primitivo puente, que hubo de reconstruirse en 1906. El ingeniero, tras recorrer el terreno en 1916 hace notar que “…cuando se construyó la obra, hace ya cincuenta años… parece que entonces hubo de estar la confluencia unos 200 m. agua arriba, como resulta de los planos del Instituto Geográfico y Estadístico, cuyos datos se tomaron por aquella época, que confirman referencias de gente anciana de lo cual aún se encuentran indicios en las madres viejas o antiguos cauces, casi del todo cegados hoy, que surcan los tarajales de la inmediata vega de la Pedrosa…” (6).

Sus intuiciones estaban bien fundamentadas y en marzo de 1917, una extraordinaria avenida del Guadalete, con una fuerza y un caudal que no se recordaba, arrastró el primitivo puente de la Junta de los Ríos, el mismo que ligeramente reformado, dibuja Quijano en su proyecto. La riada se llevó por delante también los puentes de Villamartín, Arcos y el que cruzaba el río en La Florida hacia Jerez, con la tubería de abastecimiento del manantial del Tempul (7).

El nuevo puente de hierro.



Así las cosas, cincuenta años después de que se hubiese levantado el antiguo puente de mampostería, fue necesario reparar la carretera y levantar uno nuevo. En esta ocasión se optará por una construcción metálica y se incorporarán innovaciones técnicas para salvar la distancia de 100 metros entre los estribos de ambas márgenes con tres tramos de vigas rectas, que se apoyaran en los estribos y en sólo dos pilares en el cauce.

El proyecto del nuevo puente fue encargado al ingeniero de caminos Juan Romero Carrasco, quien lo realizó en 1919. Las obras se subastaron en 1924, siendo finalmente inaugurado en 1925 . Natural de Ubrique, Romero Carrasco llevó a cabo numerosas obras públicas en la provincia de Cádiz entre 1904 y 1932, año de su muerte. Junto a los distintos tramos de carreteras que diseñó y ejecutó (en las de Ubrique a Jimena, de Jerez a Cortes, de Alcalá de los Gazules a Puerto de Galiz, de Arcos a El Bosque…) se deben también a él los proyectos de los distintos puentes realizados sobre el Guadalete para sustituir a los destruidos por la riada de marzo de 1917 (8). El primero de ellos, el del puente metálico de San Miguel, en Arcos, fue redactado en 1917, apenas dos meses después de la destrucción del anterior puente de mampostería, terminándose las obras en 1920. El nuevo puente metálico de Villamartín (el conocido como “puente de los hierros”) fue también proyectado por Romero Carrasco. Con un diseño similar al de la Junta de los Ríos (pero con cuatro tramos de vigas rectas, en lugar de tres), se terminó en 1923 (9).

Durante los ocho años en los que la carretera Arcos-Vejer estuvo sin puente (1917-1925), el paso del río se solucionó parcialmente con la instalación de una barcaza de sirga de la que conocemos sus características por las fotografías antiguas que de ella se conservan. Debe recordarse que en esos tiempos, anteriores a la construcción de las presas en la cuenca, la anchura y el caudal del río en este paraje era mucho mayor que en la actualidad. A modo de plataforma con barandillas de protección, este pequeño trasbordador permitía el paso de vehículos y de personas, consiguiendo mantener de este modo las comunicaciones entre Arcos y Medina, o entre Jerez y la recién estrenada presa de Guadalcacín que, hasta la construcción del puente de La Barca, se canalizaban por este lugar. Una barcaza similar sería instalada también en Villamartín.

Una obra singular: algunos datos.



La solución técnica para el puente proyectado por el ingeniero Romero Carrasco fue la realización de una estructura en celosía metálica, tipo Pratt. El puente está constituido por tres tramos que se apoyan en dos pilas o apoyos centrales cimentados en el cauce del río. La corriente, salvo en épocas de grandes crecidas, discurre habitualmente al pie de la pilastra izquierda. Las pilas, construidas con grandes sillares de piedra arenisca, tienen una altura máxima de 9 m sobre el nivel habitual de la lámina del río, un grosor de casi 3,50 m y una longitud de 10 m, oponiéndose a la corriente con tajamares curvos de sección semicircular.

El tablero está formado por tres grandes arcos o bastidores de unos 35 m. que salvan en total un vano de 104,50 m. Esta armazón metálica, formada por grandes vigas de hierro, soporta el peso del puente. La sección central se apoya en las pilas y las dos laterales lo hacen también en los bordes de los estribos, descansando en cilindros de rodadura para posibilitar la dilatación de los materiales. La anchura total del puente es de 6,6 m., mientras que la de la calzada interior se limita a 4,50 m., con pasos peatonales a ambos lados de 75 cm de anchura.



Las grandes vigas que forman los arcos de los bastidores tienen una anchura de 45 cm y sobre ellas se trazan los tirantes y riostras diagonales que forman una trama, a modo de doble celosía, que da solidez a la estructura impidiendo también su torsión y flexión. La altura total de estas estructuras laterales, es de 3,50 m. Sobre ellas se apoya la calzada por encima de la cual sobresalen 2,35 m. evitándose así también que ningún vehículo pudiera caer al río. Todas las piezas están unidas con pletinas, ángulos y perfiles mediante roblones, clavijas de hierro con cabeza en un extremo, que después de pasadas por los taladros de las piezas, había que remachar en caliente hasta formar otra cabeza en el extremo opuesto (10).



Las piezas del puente fueron fabricadas por la empresa bilbaína Sociedad Española de Construcciones Metálicas, a la que se le adjudicó en pública subasta en 1924.

Los estribos están construidos con grandes sillares de piedra de arenisca, al igual que los muros de acompañamiento que protegen los taludes de acceso al puente, presentando un resalte para el asiento de los tramos metálicos.

Si bajamos hasta la orilla del río, a los pies del puente, podremos observar su estructura desde otra perspectiva y veremos cómo los arcos laterales del bastidor están unidos por debajo por grandes vigas, a modo de travesaños, arriostradas con otras viguetas diagonales formando un entramado sobre el que descansa la calzada. De la misma manera, si nos fijamos en los grandes sillares de areniscas de las pilas, comprobaremos como muchos de ellos han sido desgastados por las corrientes y desprovistos de su capa superficial, mostrándonos así su constitución geológica, apreciándose numerosos restos de conchas fosilizados.



Por las características de la piedra, bien pudiera haberse traído de las canteras de la cercana Sierra del Calvario o de Barrancos, donde abunda este tipo de arenisca calcárea (calcarenita) rica en fósiles similares a los que aquí se observan.

Un espléndido mirador… que reclama una restauración.

En 1987, cuando visita el puente el equipo del ingeniero J.A. Fernández Ordóñez, apunta que “presenta oxidaciones localizadas. Buen estado en general” (11). Lamentablemente, 30 años después, su estado ha empeorado y en la actualidad muestra claros signos de deterioro visibles en toda su estructura, debido al abandono y a la falta de mantenimiento desde hace más de dos décadas. A ello hay que añadir los actos vandálicos que ha sufrido, al sustraerse parcialmente el hierro de las barandillas y celosías. Afortunadamente, hace unos años, con motivo de los trabajos de restauración de riberas realizados por la Consejería de Medio Ambiente (12), fueron retirados los eucaliptos que crecían entre su estructura y que resquebrajaban las piedras de sus pilares, causando serios daños. De la misma manera, se aprecia una perdida casi generalizada de la pintura que le servía de protección y que ha



dejado paso a la progresiva oxidación de muchas de sus piezas. Pequeños agujeros en el tablero y el pavimento o en las pasarelas peatonales, la rotura de las barandillas de protección, el robo y desmontaje de algunas piezas, las aparición de pintadas… son otras de las amenazas que comprometen el futuro de este viejo y hermoso puente, que, como queriendo pasar desapercibido, se ha ocultado entre la arboleda del río camuflándose entre los eucaliptos, melias, lentiscos y ailantos de sus taludes.

Tal vez espera, como ha sucedido con los puentes de San Miguel en Arcos o con el de La Barca, que llegue el momento de su restauración y no le suceda como al viejo puente del ferrocarril sobre el Guadalete en El Puerto, salvado “in extremis” cuando ya estaba siendo desmontado para chatarra hace tan solo unos años.



No se merece ese trato este singular puente que, a nuestro juicio, debiera formar parte del patrimonio arqueológico industrial provincial y ser restaurado, consolidado y puesto en valor como mirador privilegiado sobre un paraje fluvial excepcional, la Junta de los Ríos, en cuyas riberas se han realizado trabajos de restauración de los sotos y alamedas y de retirada de lodos y eucaliptos.

El puente merece por si sólo una visita a este lugar, donde también podremos admirar los “sifones”, esos grandes arcos que salvan el río conduciendo las aguas del canal de riego del embalse de Guadalcacín, conocidos popularmente como “las morcillas”. O pasear por las orillas del Guadalete y del Majaceite, o visitar el antiguo Vivero de Obras Públicas, que acoge las instalaciones de la Granja-Escuela Buenavista. O acercarnos hasta los cercanos cortijos de Casablanca, Casinas o El Abadín, que tanta historia e historias guardan. O descansar y tapear en la conocida Venta de la Junta de los Ríos una de la que tiene más “sabor” de cuantas encontramos en la provincia...



Por estas y otras muchas razones, el viejo puente de hierro de la Junta de los Ríos merece ser salvado del abandono y la desidia y recuperarse como mirador en este hermoso rincón de la campiña.

Para saber más:
(1) Memoria sobre el progreso de las obras públicas en España durante los años 1861, 1862 y 1863. Ministerio de Fomento. Dirección General de Obras Públicas, Imprenta Nacional (Madrid) – 1864, pg. 97
(2) García Lázaro A. y García Lázaro J.:Al pasar la barca. Las barcas de la Florida, Berlanga, el Majaceite y Tempul”. Diario de Jerez, 12 de junio de 2016. Disponible también en:
http://www.entornoajerez.com/2016/06/al-pasar-la-barca-y-3-las-barcas-de-la.html
(3) Revista de Obras Públicas, 1864, p. 24. Subastas.
(4) Revista de Obras Públicas, 1866, p. 164. Sección de noticias breves firmada por Francisco González.
(5) El Guadalete, 1 de febrero de 1881, Jerez.
(6) García Lázaro, A.: El Guadalete, Cuadernos de Jerez. Ayuntamiento de Jerez, 1989. pp. 38-39
(7) Pedro M. González Quijano.: Sifón del Guadalete. Rev.de Obras Públicas. 1923 pp. 231-236
(8) Gavira Vallejo, José Mª.: El ingeniero ubriqueño Juan Romero Carrasco… en http://loscallejones5u.blogspot.com.es/, (consultada el 7 de noviembre de 2016).
(9) “Puente de Villamartín y de San Miguel, sobre el río Guadalete, en la provincia de Cádiz (Crónica)” Revista de Obras Públicas vol.71, nº2.382, junio 1923 pg. 62-62. D esta publicación proceden las ilustraciones de ambos puentes.
(10) José A. Fernández Ordóñez, Tomás Abad Balboa, Pilar Chías Navarro, Luis F. López Ruiz y Carmen Romero Doral.: Inventario histórico de los puentes de Andalucía - Provincia de Cádiz, Cátedra de Estética de la Ingeniería de la ETS de Ingenieros de Caminos, Centro de Estudios Territoriales y Urbanos, Consejería de Obras Públicas y Transporte, Junta de Andalucía, 1985. Pp. 101-102
(11) José A. Fernández Ordóñez…: Obra citada, Ficha del Puente de Hierro de la Junta de los Ríos. De esta ficha hemos tomado el croquis del puente, obra del mismo autor.
(12) García Lázaro A y García Lázaro J.: Obras de restauración ambiental en el Guadalete (1): en la Junta de los Ríos, 18 de septiembre de 2011: http://www.entornoajerez.com/2011/09/obras-de-restauracion-ambiental-en-el.html


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar Arcos de la Frontera y su entorno, Paisajes con historia, Puentes y obras públicas, Patrimonio en el medio rural, Río Guadalete

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 13/11/2016

 
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