Los otros “montes” de Jerez.




Cuando en Jerez nos referimos a los “montes”, casi todo el mundo lo asocia a los Montes de Propios, ese amplio territorio serrano de propiedad municipal que ocupa las tierras orientales de nuestro vasto término. Incluidos en el Parque Natural de Los Alcornocales, los Montes de Jerez se extienden sobre una superficie aproximada de 6.820 hectáreas repartidas en dos grandes fincas, La Jarda, de 6.000, y Montifarti, de 820 (1). La Sierra de Las Cabras, el Picacho de la Sierra del Aljibe o la Sierra de La Gallina están en todo o en parte contenidos en su demarcación dando a este enclave natural un aspecto montañoso y agreste al que contribuyen también los bosques de alcornoque que se extienden por estos parajes.

Sin embargo, en nuestro paseo de hoy por los paisajes y la historia, “entornoajerez”, no vamos a hablarles de estos Montes… sino de los “otros”. De esos “Montes” muy singulares que figuran en nuestra toponimia dando nombre a distintos rincones de nuestras campiñas y sierras y que en muchos casos no están referidos a relieves abruptos, pero que encierran también muchas historias. ¿Nos acompañan?

Montealto y Montealegre.



Entre esos otros “montes” más próximos a la ciudad, nos encontramos los de Montealto y Montealegre. Con 95 m de altitud, Montealto es uno de los lugares más elevados de las cercanías del casco histórico de Jerez, seguido muy de cerca por el cerro del Calvario (85 m), lugar este último donde en 1866 se construyeron los Depósitos de Agua del Acueducto de Tempul. Enclavado en el antiguo pago de Rabatún, y limitado a este y oeste por los caminos de Lebrija y de Trebujena, el cerro de Montealto domina un amplio panorama, especialmente en dirección norte. A sus pies corre el Arroyo del Zorro, tributario del Arroyo de la Loba (o Guadajabaque), que aún en los años lluviosos vemos inundando las zonas bajas en torno a la zona comercial de Área Sur.

En tiempos remotos penetraba por estos cauces un antiguo estero que, a modo de caño mareal, se inundaba al estar conectado con el paleoestuario del Guadalete a través del Guadajabaque. No es de extrañar que esta privilegiada posición geográfica reclamará ya desde la antigüedad la atención de las distintas culturas que se asentaron en el entorno de Jerez. Así lo atestiguan los hallazgos realizados en el yacimiento de Los Villares, en la parte más elevada del cerro de Montealto, excavado por la arqueóloga Esther López Rosendo entre 2003 y 2005 donde salió a la luz un asentamiento con vestigios que cubren un periodo muy amplio, desde la Edad de Cobre hasta las épocas tartésica y romana. De especial interés son los restos de un alfar y un enclave agrícola romanos, además de la existencia de una necrópolis (1). De la misma manera, el topónimo de Rabatún (que parece derivar del árabe ribat-al-Yun) apunta, según distintos autores, a la posible existencia en este paraje de una rábita, un puesto de vigilancia y defensa medieval, asociado tal vez al control de un camino de acceso al Jerez islámico, aprovechando su singular posición geográfica (2).

La excepcional situación de Montealto como máxima altura de las proximidades del casco urbano, fue también determinante para que en este emplazamiento se instalaran a finales de la década de los 60 del siglo pasado dos grandes Depósitos Reguladores de 10.000 m3 de capacidad cada uno, pertenecientes a la red de abastecimiento de agua de la Zona Gaditana, destinados a atender las necesidades urbanas de Jerez (3). Un bosquete de pinos los oculta hoy a la vista del paseante marcando, desde la lejanía, esta “máxima elevación” cercana a la ciudad.



Montealegre es también el topónimo que da nombre a un antiguo y afamado pago de viñas y que en la actualidad denomina a un amplio sector de tierras de las cercanías de la ciudad delimitado por la Ronda Este, el arroyo de la Canaleja, la autopista Sevilla Cádiz y la carretera de Cartuja. Con alturas máximas de 56 m, Montealegre no guarda en su territorio ninguna elevación que sobresalga de manera relevante, sino que se trata más bien de una amplia meseta, formada por conglomerados, arenas y limos del Plioceno, cubierta en su superficie por arenas finas rojas con arcillas. Estos últimos, más modernos, fueron depositados en el Pleistoceno (4) y forman un suelo característico, de tierra rojiza, en el que hasta el siglo pasado predominaban las viñas. Tan solo en su vertiente oriental, la que da a la autopista, se aprecian cortados y grandes desniveles, tallados por las aguas del arroyo Salado, al igual que ha hecho el de La Canaleja, en su sector norte, en las proximidades de la barriada de La Teja.

Estos materiales arenosos son muy permeables funcionando a nivel geológico como una gran “esponja”, por lo que el acuífero de Montealegre, que tiene en su suelo una gran capa de arcillas impermeables, es un verdadero depósito de reserva de aguas subterráneas. Desde antiguo se han explotado mediante grandes pozos o han aflorado al exterior de manera natural a través de fuentes y manantiales, allí donde existen cortes del terreno que lo permiten. Algunos de ellos son conocidos desde hace siglos si bien la mayoría presentan hoy en día un caudal muy menguado o han desaparecido. Entre los más notables citaremos los manantiales de La Canaleja o El Clérigo, ya perdidos, el de La Teja, en la finca homónima o la Fuente de Pedro Díaz, destruida con las obras de la Ronda que aún sigue manando en las proximidades de Monte Sierra. También se conservan la Fuente de La Vaquera, en la vertiente oriental que mira a Lomopardo, la de Albadalejo, en las proximidades del puente de Estella del Marqués o el más conocido de todos, el de Los Albarizones que en el siglo XVI se canalizó hasta Jerez con acueducto que terminaba en la Fuente de la Alcubilla (5).

La abundancia de agua favoreció desde antiguo la existencia de huertas, árboles frutales y arboledas en estos parajes de ahí que el nombre de Montealegre no pueda ser más apropiado para definir a ese “lugar ameno” por excelencia, donde todavía se mantienen viñedos, huertos tradicionales, y numerosos recreos con jardines y árboles ornamentales. Y esto es así desde hace siglo. Ya a mediados del XVII, el historiador Fray Esteban Rallón, describiendo los alrededores de La Cartuja apunta que “…Por la parte del norte se halla esa casa amparada de los rigores del cierzo, con los cerros que llaman de Montealegre, que se merecieron este nombre así por su eminencia, que señorea nuestra ciudad, como por su fertilidad. Esta todo vestido… de olivares, viñas, higuerales y diversos frutales, arroja de si diversas fuentes como la de la Baquera, la de Pedro Díaz, la del Badalejo y Alcubilla, y otras de menos nombre; y aunque por la parte que mira al convento no hay alguna que pueda valerse, ha suplido la industria y el arte la falta de la naturaleza con diversos barrenos que sele han dado, juntando y recogiendo con minas tan buena cantidad de agua, que tiene para sus claustros y oficina y, aunque no con mucha sobra, la bastante para la necesidad y hermosura como lo vemos” (6). Joaquín Portillo, se expresaba en similares términos con respecto a las bondades de Montealegre “cuyo nombre se mereció justamente no solo por su elevación y buena vista que manifiesta a sus moradores, sino igualmente por su fertilidad” (7).

Aún hoy día, es una delicia pasear por los caminos de Montealegre, o hacerlo por los alrededores de los Albarizones o La Cartuja, por la Hijuela de la Araña, entre Huertas, o por la del Serrallo, hasta el Monasterio. A todas estas posibilidades hay que unir, desde 2016, una nueva ruta habilitada para el senderismo y los paseos en bici o a caballo que utiliza el antiguo camino de servicio del Canal del Guadalcacín.

Partiendo de la rotonda nº 5 de la avenida rey Juan Carlos I, junto a la barriada de La Teja, esta ruta de casi cuatro kilómetros, discurre por el sector oriental de Montealegre y llega hasta las proximidades de Viveros Olmedo.



En su tramo inicial discurre por lo más alto de las “cornisas de Montealegre”, desde donde obtendremos magníficas vistas, para bajar después hasta la base de los cortados, y acercarse a las orillas del Arroyo Salado.

Montifarti y Montenegro.



Algo más alejados de la ciudad se encuentran otros dos parajes en los que nos encontramos topónimos que hacen alusión a “montes”: Montifarti y Montenegro. Montifarti, da nombre a una finca integrada en los Montes de Propios de Jerez, colindante con la Sierra de las Cabras. También conocida como Montifarte, en el origen de su nombre se encuentra una curiosa historia relacionada con un no menos curioso personaje, Abū’l-Jayr al-Išbīlī, (“el sevillano”) uno de los más afamados botánicos y agrónomos andalusíes de su tiempo. Como “jardinerodel rey al-Mutamid, (S. XI), visitó nuestros montes en busca de especies vegetales de utilidad medicinal y, en especial, de unos enebros singulares que crecían en las cercanías de la fortaleza de Tempul (hins Tubayl), próxima a los famosos manantiales (8). En uno de sus tratados en el que describe las hojas, madera y semillas de estos enebros, así como sus propiedades para las afecciones del corazón escribe: “Yo he visto esta especie al sur de Arcos (Arkus), en el monte Munt Fart, que domina sobre una aldea que se llama Taqbl, en la ladera de la parte de poniente, sobre tierra roja…” (9). Como ha estudiado el profesor Joaquín Bustamante, el yabal Munt Fart no es sino el actual “Montifarti” y, por extensión, toda la Sierra de las Cabras. Según este autor el nombre deriva del árabe “fart”: “abundante”, “bien provisto” y se trata de un “romancismo sustrático”. “El hecho de repetir /gabal/, “monte” junto a /munt/ “monte”, demuestra que /Munt Fart/ es un topónimo sustrático, cuya significación primera no es consciente ya para el hablante de árabe andalusí. Como cuando en español supuestamente repetimos “rio Guadalquivir…" (10).

Sea como fuere, Montifarte, Montifarti o Montifartillo son topónimos aún en uso que se han mantenido desde la época andalusí y de los que encontramos referencias en otras fuentes medievales como el Libro de la Montería del rey Alfonso XI, donde al describir los lugares de caza en el entorno de la Sierra del Aljibe se apunta que “(...)Et son las armadas la una en el abertura de cara a Montifarte; et es la otra armada en fondon de la Breña como vá Barbate Ayuso” (11).



Otro curioso topónimo relacionado con los “montes” es el de Montenegro, un lomo montañoso de casi cuatro kilómetros de longitud, que en dirección norte-sur se alza frente a La Jarda, en los Montes de Propios de Jerez. A sus pies discurre la carretera que lleva al Puerto de Gáliz y en sus faldas se desarrolla la típica vegetación presente en los montes del P.N. de los Alcornocales, con predominio de alcornoques, quejigos, acebuches y algarrobos. En su ladera oriental, la situada frente a la entrada de La Jarda, se encuentra la Laguna del Moral, próxima a los Tajos del Fraile, un espolón rocoso que se alza en el extremo de la Loma de Montenegro. En muchas zonas del país, este topónimo se



relaciona con montes de encinas o montes muy cerrados y, aunque en el caso que nos ocupa no está claro su origen, se apunta como posible razón de su nombre, la gran densidad de vegetación de sus faldas y la espesura del matorral y del bosque que aquí se desarrolla (12).

Monte Corto, Montegil y Montebur.



Siguiendo este recorrido histórico-geográfico por los “otros montes” de Jerez, es obligado mencionar el caso de Montecorto (o Monte Corto) con el que se bautiza un sector de la campiña jerezana colindante con el término de Arcos. Monte Corto da nombre a un cerro (117 m) que se alza entre el cortijo de La Peñuela y Jédula, así como a un arroyo y a dos cortijos que se ubican en sus laderas: Monte Corto Alto y Monte Corto Bajo. A sus pies se encuentra también un curioso paraje, las Salinillas, así como un antiguo camino que une la sierra de Gibalbín con el Guadalete: la Cañada de Vicos a las Mesas de Santiago.

El profesor Martínez Ruiz, en su estudio sobre la toponimia gaditana del siglo XIII, señala que el nombre de Montecorto deriva de las formas Muntiqurt / Muntqur que aparecen en las fuentes árabes (13). Por su parte, el arabista y profesor Martínez Enamorado, plantea que podría tratarse de un vocablo híbrido latino-beréber con significación de “monte de las piedras” o “monte de las peñas” (14) que encaja mejor con el paraje donde se asienta el Montecorto malagueño (localidad situada junto al peñón de Malaver, próxima a Zahara) que con el Montecorto jerezano. Si de él hay constancia cierta en las fuentes medievales como donadío (15), aún está por demostrar su posible origen árabe, por lo que su nombre bien pudiera aludir a un monte de baja altura o de escasa vegetación.



En el caso de Montegil, el nombre hace alusión a un cerro de 136 m situado entre Jerez y El Cuervo, junto a la carretera nacional IV. Esta elevación domina las marismas de El Cuervo Casablanca y Morabita y en sus alrededores existen numerosos yacimientos arqueológicos. Por su posición geográfica el Alto de Montegil albergó una torre del telégrafo óptico, una de las 59 de las que constaba la línea Madrid-Cádiz, puesta en marcha en 1844 por el brigadier José María Mathé por encargo del Ministerio de la Gobernación. En dirección a Madrid se conectaba desde aquí visualmente con la torre del Cerro de Cornegil (próximo al Rancho de Majada Vieja), a mitad de camino entre El Cuervo y Lebrija. En dirección a Jerez la conexión era con la torre de Capirete, que estuvo situada en la actual Viña El Telégrafo, que ha conservado en su nombre el recuerdo de aquel curioso sistema de comunicación (16). La torre de Montegil estuvo ubicada en el paraje donde hoy pueden verse grandes antenas de telecomunicaciones. Desde este punto se observa una inigualable perspectiva sobre las campiñas y marismas del bajo Guadalquivir.

En relación con el curioso nombre de Montegil, el profesor Pascual Barea, sugiere la posible relación de este orónimo con “montecellu”, (vocablo del latín tardío) que derivaría de monte (mons, montis) y el sufijo -cellu, del que procede el sufijo castellano -cillo. “Montegil equivale por tanto al castellano ‘montecillo´”, por lo que este topónimo “documentado en textos árabes y castellanos medievales, remonta a la Antigüedad tardía” (17).

Para una futura ocasión, dejamos las referencias a otros “montes” como el mítico Montebur de la crónica de al-Razi (s. X) identificado con la Sierra de San Cristóbal, aunque otros autores sitúan en la Sierra del Pinar (Rallón) o en Gibalbín (Abellán) (XXX). O esos otros “montes” que guardan en su nombre su origen árabe como Gibalbín, Gibalcor, o Aljibe de los que nos ocuparemos en próximos paseos “en torno a Jerez”.

Para saber más:
(1) VV.AA.: Guía de los Montes de Propios de Jerez de la Frontera. Biblioteca de Urbanismo y Cultura. Ayuntamiento de Jerez, 1989, pp. 15-16.
(2) López Rosendo, E.: El Yacimiento arqueológico de los Villares/Montealto y los orígenes tartésicos y romanos de la población de Jerez. Historia de Jerez, nº 13. 2007, p. 11. Ver también: García Vargas, E. y López Rosendo, E: El alfar de Rabatún (Jerez de la Frontera, Cádiz) y la producción de ánforas y cerámica común en la campiña del Guadalete en época altoimperial romana, SPAL: Revista de prehistoria y arqueología de la Universidad de Sevilla, 17 (2008): 281-313.
(3) Confederación Hidrográfica del Guadalquivir: El abastecimiento de agua a la zona gaditana 1957-1982, Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo, 1983. Ver también: Jerez 65-70, Grafibérica, Jerez, 1969.
(4) Mapa Geológico de España. Hoja 1.048. Jerez de la Frontera y Hoja 1.062. Paterna de Rivera. Instituto Geológico y Minero de España. 1987.
(5) García Lázaro, J. y A.: Una ciudad sedienta: en busca del agua con el ingeniero Ángel Mayo, Diario de Jerez, 5 de octubre de 2013
(6) Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Ed. de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. IV, p. 174.
(7) Portillo, J.: Noches Jerezanas, o sea, la historia y descripción de la M.N. y M.L. ciudad de Jerez de la Frontera y de su término por D.J.P., Imprenta de D. Juan Mallén, 1839, Tomo Segundo, p. 182
(8) Abellán Pérez, J.: La cora de Sidonia, Málaga, 2004. Págs. 26 y 146
(9) Abu l-Jair al-Isbili “Umdat al-tabib…, II, 563-564. Versión de Joaquín Bustamante Costa. Puede consultarse en Abellán Pérez, J.: El Cádiz islámico a través de sus textos, Cádiz, 1996, p. 154.
(10) Bustamante Costa, J.: “Toponimia árabe del cuadrante sudoccidental de la provincia de Cádiz”, en Janda. Anuario de Estudios Vejeriegos, 3 (1997), 27-42, pg. 40
(11) Valverde J.A.: Anotaciones al Libro de la Montería del Rey Alfonso XI. Ediciones Universidad de Salamanca. pg. 1392. Ver también. García Lázaro, J. y A.: Por los Montes de Jerez con el botánico Abul Jair al Isbili, Diario de Jerez, 15 de noviembre de 2015
(12) García Lázaro, J. y A.: De colores: un recorrido por los colores y la toponimia de la campiña. Diario de Jerez, 22 de enero de 2017
(13) Martínez Ruiz, J.: “Toponimia gaditana del siglo XIII”, en Cádiz en el siglo XIII, Actas de las Jornadas conmemorativas del VII centenario de la muerte de Alfonso X el Sabio, Cádiz, 1983, pg. 102.
(14) Martínez Enamorado, V.: A propósito de un pasaje del Rawd al-Qirtas de Ibn Abi Zar´. Identificación de tres topónimos beréberes de la Serranía de Ronda. Estudios sobre patrimonio, cultura y ciencias medievales III-IV, 127-148 Cádiz, 2001-2002, pp. 137-138.
(15) Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 2004, p. 160.
(16) García Lázaro, J. y A.: Por los altos de Montegil y Capirete: el telégrafo óptico en Jerez. Diario de Jerez, 19 de octubre de 2013. Puede verrse también: Sánchez Ruiz, C.: Los telégrafos ópticos de Jerez. Diario de Jerez, 13/10/2003 y Sánchez Ruiz, C.: "Las Líneas telegráficas de Cádiz (1805-1820)." Actas del X Congreso de la SEHCYT. I Simposio de Historia de las Telecomunicaciones. Badajoz, 10-14 de septiembre de 2008.
(17) Pascual Barea, J.: Del latín tardío "Montecellu" al topónimo andaluz Montejil, Gades, nº 22, 1997, pp 607-620.


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Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Paisajes con Historia, Toponimia

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 17/12/2017

Tu nombre me sabe a viña
Un paseo por los pagos de viñas de Jerez (y II).




Estos días de septiembre en los que las faenas de la vendimia nos han vuelto a recordar la antigua y estrecha vinculación de la ciudad con las viñas, nos hemos asomado a estos hermosos parajes de la campiña para pasear por los antiguos pagos.

Si la semana pasada iniciamos nuestro recorrido por los viñedos que se encontraban a ambos lados de las carreteras de Sevilla, Morabita y Trebujena, hoy vamos a terminar este itinerario visitando los pagos de los rincones noroeste, sur y este de nuestro término municipal, colindantes ya con los de Sanlúcar, Rota y El Puerto. ¿Nos acompañan?



Por la “Carretera del Calvario”.

La conocida como carretera del Calvario, “Carretera de Las Viñas” o camino de Bonanza, por la que desde Jerez se llega al Guadalquivir, es de obligado recorrido para admirar el paisaje del viñedo de nuestra campiña, al ser una de las que cruza un mayor número de pagos. El del Cerro de Santiago, que encontramos a la izquierda de la ruta, apenas salimos de la ciudad, tiene en sus faldas los viñedos de Cerro Nuevo y Cerro Viejo, presididos por sendas casas de viñas construidas en el siglo XIX. La de Cerro Nuevo, levantada en 1839 por la familia Pemartín, se



atribuye al arquitecto francés Garnier, autor de la Opera de París y pasa por ser una de las más singulares y señoriales de todo el Marco. Perteneció al escritor José María Pemán quien escribió en este lugar buena parte de su obra.



A la espalda de estas viñas y también en las laderas del Cerro de Santiago, destaca La Constancia, visibles desde la carretera. La Polanca, Santa Leonor, La Capitana, La Sobajanera… son otras tantas viñas, alguna con su casa ya arruinada, que el viajero puede encontrar en este rincón de la campiña.

A la izquierda de la carretera, apenas cruzamos la Ronda Oeste, queda el pago de Corchuelo en cuyo cerro destaca la viña de Vistahermosa.



Junto a una hermosa y remozada casa de viña del XIX, se alzan aquí las nuevas bodegas de Luis Pérez desde las que se domina buena parte de los viñedos de este sector de la campiña, con la ciudad de Jerez al fondo. En el cruce con la Cañada de Cantarranas, nuestra ruta deja a la derecha las tierras del pago del Amarguillo, cruzadas por el arroyo y cañada del mismo nombre que lindan con las tierras de Macharnudo Bajo.



Frente a él, al otro lado de la carretera, las viñas se extienden también por las laderas del Cerro de Orbaneja, otro afamado pago donde sobresale la casa de viña de Santa Bárbara, que se ubica en lo más alto del puertecillo que cruza aquí nuestro camino. Tras pasarlo se desciende hacia El Higuerón y El Barroso, fincas que lo fueron de viñedos tiempo atrás aunque hoy acogen cultivos de cereal. Frente a nosotros, a la derecha de la ruta despunta aquí Cerro Pelado, otro pago con conocidas viñas como El Barrosillo, con un espléndido caserío desde el que se divisan las marismas de Tabajete y las Mesas de Asta. Tizón, con excelentes tierras o Prunes, son otros tantos pagos de esta zona. Este último, el de Prunes, está presidido en lo más alto de sus lomas, por el llamativo caserío de la que fuera viña de San José, a cuyos pies crecen los últimos viñedos del antiguo Camino de Bonanza (1).



En las viñas de las Tablas y Añina.

Entre la carretera del Calvario y la de Sanlúcar, junto a los actuales núcleos rurales de Añina, Las Tablas y Polila se encuentran renombrados y antiguos pagos de viñas como Zarzuela, Cantarranas, San Julián o Añina. Este último se vincula a través de su nombre con la presencia romana en estas tierras de la campiña. El topónimo, de origen latino, apunta a un posible nomen possessoris, el de un romano llamado Annius (o Anius), nombre que consta en la epigrafía gaditana y que tal vez fuera uno de los primeros propietarios de viñas de la zona.



Entre las barriadas rurales de Añina y Las Tablas, la carretera deja a ambos lados un paisaje de viñas que hará las delicias del paseante entre las que se encuentran las de Santa Luisa, La Blanquita, La Trinidad, El Aljibe, La Zarzuela…



Muchas de estas viñas conservan aún los antiguos pozos, que bien merecería la pena conservar como elementos que forman parte del patrimonio rural antes de que terminen por desaparecer.



Algo más adelante, frente a La Tablas, una portada reclama nuestra atención: “Phelipe Zarzana Spínola”. Se trata del acceso a los viñedos Ximénez-Spínola que, desde el siglo XVIII vienen cultivando en exclusiva la variedad Pedro Ximénez, produciendo unos vinos sencillamente excepcionales.

Nos gusta perdernos por los carriles de las viñas del pago de Añina, de Las Tablas, de san Julián… Sin duda, estas laderas de viñedos sobre albarizas, orientadas al mar, ofrecen magníficas estampas de los paisajes del viñedo jerezano.

Por la carretera de Sanlúcar.



En dirección a Sanlúcar, a la derecha del camino, los pagos de Alfaraz y San Julián, separados por la carretera de Las Tablas, albergan renombrados viñedos por los que en otros tiempos cruzaba la traza del ferrocarril camino de Bonanza. El de San Julián, próximo a la barriada El Polila, tiene conocidas viñas como las de Santa Honorata o San Julián. En el de Marihernández, más adelante, destaca la viña de La Cruz del Husillo y en el de Alfaraz la de Cerro Obregón, desde cuya casa, hoy habilitada como establecimiento hostelero, se domina una magnifica perspectiva. Balbaina y Los Cuadrados, son otros de los pagos de viñas que encontramos a la izquierda de esta carretera. Este último alberga viñas como La Soledad, El Cuadrado, La Plantalina o Viña de Dios. Frente a ellos está también el de Montana, al noroeste de Las Tablas, por cuyas tierras discurría el ferrocarril de Bonanza.



Por los viñedos de Balbaina.



Entre las carreteras de Sanlúcar y Rota, el pago de Balbaina, de claras resonancias latinas y vinculado por algunos autores a la familia romana-gaditana de los Balbo, es uno de los de mayor extensión del marco y sus viñedos reciben como pocos, la influencia de los suaves vientos procedentes del Atlántico. El Laurel, Santa Teresa, La Rabia, La Estrella, La Carpintera, La  Torre… son los nombres de algunas de las viñas de este pago que cuentan con más de un siglo de existencia y han llegado hasta nuestros días. Junto a ellas, otras más conocidas como La Esperanza, El Caballo, o La Santa Cruz o La Blanquita o El Calderín del Obispo… A buen seguro, que los paisajes de Balbaina bien merecerían una ruta turística por los carriles y cañadas que cruzan estos viñedos, con la correspondiente señalización, como se ha hecho en las vecinas viñas del mismo pago que pertenecen al término municipal de El Puerto. ¿A que esperamos para poner en valor estos hermosos parajes?



En la margen izquierda de la carretera de Rota se ubican los pagos de Carrahola y La Gallega, separados ambos por la Cañada de las Huertas. En el primero de ellos se encuentran conocidas viñas como La Capitana, El Bizarrón, Canibro o Las Mercedes. En el de La Gallega, otras como Santa Lucía, La Churumbela, La Gallega… alguna de las cuales han perdido ya sus tradicionales cultivos. Las tierras de este hermoso rincón de la campiña acogen también al pago de Los Tercios, ya en el término municipal de El Puerto de Santa María, colindante con los anteriores.

Las viñas del Sur.



Entre las carreteras de El Puerto y El Portal, al abrigo de la Sierra de San Cristóbal, junto a la actual laguna de Torrox y en las proximidades del campo de golf, los pagos de Torrox y Anaferas, se cuentan entre las escasas zonas de viñedos situadas al sur de la ciudad. Este último hace alusión en su nombre a los barros que se extraían en este lugar para hacer “anafes” (hornillos de material cerámico), vocablo también de origen árabe. La Hijuela de las coles (o de Las Anaferas) y la de Pozo Dulce, conectan la ciudad con la Cañada del Carrillo, a los pies de san Cristóbal y atraviesan estos antiguos pagos de viñas en los que aún sobreviven algunas como las de La Consolación, La Perla, Niño Jesús de Praga…Todavía hay algunas viñas en el pago de Parpalana, junto a El Portal, donde cubrieron en su días estas lomas de albariza que hoy se dedican mayoritariamente a otros cultivos Muy escasas son también en el pago de Solete, donde ataño los viñedos ocupaban toda la zona que se extiende entre Vallesequillo y Río Viejo y hoy se han reducido, de manera residual a las que se mantienen en la Hijuela de La Granja. Sólo las ruinas de las antiguas casas de viña dan fe de aquellos cultivos. También han desaparecido casi por completo en el de Gibalcón, pago colindante con la laguna de Torrox del que ya no queda ni su sonoro nombre.



Los viñedos del Este.



Atrás quedan los tiempos en los que las viñas dominaban el paisaje de grandes sectores de la zona este de Jerez, hoy absorbidos por el crecimiento urbano. Este era el caso de los pagos, ya desaparecidos de San José (junto a la carretera de Arcos), La Canaleja, Barbadillo o El Pinar, pago este último ocupado en la actualidad por extensos barrios de unifamiliares.



Ya en zonas más alejadas de la ciudad y en dirección Este encontramos manchas aisladas de albariza, arenas pliocenas o suelos margosos de “tierras blancas” donde también se cultivan viñas. Nos referimos a pagos o fincas como los de Espínola, Lomopardo, Montealegre, Cuartillos, Los Isletes, La Peñuela, Montecorto, Cartuja de Alcántara, Torrecera



De todos ellos, de sus paisajes diversos e igualmente hermosos, nos ocuparemos en futuras salidas “entornoajerez”.

Para saber más:
(1) Pemartín, J.: Diccionario del vino de Jerez. Ed. Gustavo Gili. Barcelona, 1965.
(2) García de Luján, A.: La viticultura del Jerez. Mundi-Prensa Libros, S.A. Madrid, 1997, pp. 40-41.
(3) Borrego Soto, M.A.: (2008) “Poetas del Jerez Islámico”, AAM 15: 4-78
(4) VV.AA.: Cortijos, haciendas y lagares. Arquitectura de las grandes explotaciones agrarias en Andalucía. Provincia de Cádiz. Junta de Andalucía. Consejería de Obras Públicas y transportes, 2002, p. 243-244
(5) Ibidem, p. 258
(6) Martín Gutiérrez, E.: La identidad rural de Jerez de la Frontera. Territorio y poblamiento durante la Baja Edad Media. S. de Publicaciones de la Universidad d Cádiz., 2003, Pg. 96
(7) González Rodríguez, R. y Ruiz Mata, D.: “Prehistoria e Historia Antigua de Jerez”, en D. Caro Cancela (coord.), Historia de Jerez de la Frontera I. De los orígenes a la época medieval, Cádiz, 1999, pg. 169.
(8) González Gordon, M.M.: Jerez-Xerez-Sherish. Ed. Gráficas del Exportador. Jerez. Edición de 1970, p. 212.
(9) Martín Gutiérrez, E.:Análisis de la toponimia y aplicación al estudio del poblamiento: el alfoz de Jerez de la Frontera durante la Baja Edad Media”, HID, 30 (2003), 257-300, pp. 263-264


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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 18/09/2016

 
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