La Venta del tío Basilio.
Con Fernán Caballero por los caminos de Jerez a Algar.




En estos días de otoño, cuando empieza ya a refrescar, renace cada año la vieja costumbre de salir al campo los fines de semana en busca de las ventas.

Desde hace unas décadas las ventas se identifican con esos establecimientos de hostelería a medio camino entre los restaurantes y los bares de carretera, a los que acudimos para “reparar
fuerzas” en nuestras excursiones por los alrededores de la ciudad (los populares “mostos”), o cuando realizamos otras rutas por el interior de la provincia, la costa o la sierra. Sin embargo, en sus orígenes, las ventas jugaron un papel aún más importante, cuando los viajes eran largos y las veredas tardaban en recorrerse varias jornadas. Estos establecimientos, que se levantaban en los cruces de caminos, en parajes perdidos en la mitad del campo o en los despoblados, servían fundamentalmente para facilitar comida, refugio u hospedaje a los viajeros. Con frecuencia se convertían también en lugares de reunión de los habitantes del lugar y como punto de intercambio de productos de la tierra, jugando también un papel importante en la difusión de las noticias relacionadas con las poblaciones cercanas.

Aunque en próximos artículos nos ocuparemos de algunas de las ventas más renombradas, hoy queremos recordar a una de las más humildes y modestas de la mano de la conocida escritora costumbrista Fernán Caballero: “la venta del Tío Basilio”. En su sencilla descripción se ilustra cómo pudo ser el origen de cualquiera de las pequeñas ventas que salpicaban los caminos rurales del siglo XIX.

La del “tío Basilio”, es una venta creada para la literatura, un escenario imaginado por la autora, ubicado en la ruta entre Jerez y Algar, en un paraje indeterminado, “a los pies de una vereda”, un lugar en el que “se extiende una dehesa solitaria”.



Lo narra Fernán Caballero en un cuento que aparece en su libro Relaciones (1862), y que lleva por título “Más largo es el tiempo que la fortuna”. (1)

Aquellas antiguas ventas.

Si existió o no en realidad la “ventilla del tío Basilio” o una con otro nombre de sus mismas características no es ahora lo relevante, aunque estamos seguros que a nuestra escritora, destacada representante del “realismo”, no le faltarían para inspirarse ejemplos similares al que describe, pues fue también reconocida viajera y recorrió desde su infancia los caminos de muchos rincones del interior de la provincia de los que nos ha dejado en sus libros pintorescas escenas.

Como ya hiciera su madre, la escritora gaditana Frasquita Larrea, Fernán Caballero pasó algunos veranos en Bornos desde donde hacía excursiones a parajes cercanos, visitando también los pueblos de Arcos, Ubrique y otros muchos lugares de la Sierra de Cádiz. En estos relatos, en los que el viaje y las descripciones del paisaje ocupan siempre un especial protagonismo, no podían faltar las referencias a las populares “ventas”.



Por citar sólo algunas, Francisca Larrea menciona en su viaje de Bornos a Ubrique, en 1824, la Venta de Tavizna, “situada a la orilla de río Majaceite… en un enorme peñasco”, o la Venta de la Albujera, en las cercanías de Ubrique, que la autora describe en un entorno idílico rodeado de frondosa vegetación (1).

Puesto que Fernán Caballero conoce bien los caminos y las ventas donde en tantas ocasiones habría parado a descansar mientras la diligencia o los coches cambiaban sus caballos, no es difícil imaginar que en su relato literario haya un poso de vivencias personales y de observaciones reales que nos ayudan a conocer o imaginar cómo pudieron ser aquellos modestos establecimientos.

En su relato se hace mención a que la “Venta del tío Basilio” se encuentra en algún punto del camino entre Jerez y la sierra de Algar, una vía de comunicación que ha existido desde los siglos medievales. Este camino, conocido, entre otros nombres, como Cañada de la Sierra, cruzaba el río por los vados (y después por las barcas) de la Florida y Berlanguilla para dirigirse después al Convento de El Valle. Desde este lugar, siguiendo el curso del Majaceite, se llegaba hasta la Ermita del Mimbral y Tempul, desde donde se bifurcaba en dirección a Algar y a los Montes de Propios de Jerez. A lo largo de su recorrido contó desde antiguo con numerosos ventorrillos, ventas, posadas y “paradas”, habida cuenta de lo despoblado de este extenso territorio situado en al este del término municipal de Jerez.

Algunos de estos viejos ventorrillos pueden ya encontrarse en el mapa de Tomás López (1787), o en otros más cercanos en el tiempo al relato de Fernán Caballero, como el de Francisco Coello (1866), el de Ángel Mayo (1877) o el de Antonio Lechuga y Florido (1897). Por citar sólo las ventas más nombradas y las que se encuentran recogidas en los mencionados mapas y planos junto al Camino de la Sierra, citaremos aquí la de Nepomuceno (en Cuartillo, donde todavía se conserva en parte la casa que la albergaba) o la de La Barca de la Florida, junto al vado, en el cruce de caminos de la Cañada de Albardén. Tras pasar el Guadalete, el viajero se encontraba la Venta del Zumajo (junto al arroyo del mismo nombre) y algo más adelante, en los Llanos del Sotillo, la Venta de la Cañada, en la vereda que se desviaba hacia Arcos. En estos mismos parajes se encontraba la casa de la Diligencia, donde hacían un alto los primeros coches de caballos que circularon por estos caminos.

Junto a las anteriores, una de las de más renombre fue La Parada del Valle, de la que aún se conserva una parte del viejo caserío que la albergaba y que era también conocida como Parador del Valle. El camino continuaba desde aquí por las laderas de las sierras del Valle, Dos Hermanas y Alazar, pasando por la Ermita del Mimbral donde también se ubicaba una popular venta con el mismo nombre. Tras cruzar la garganta de Bogas en las proximidades de la Boca de la Foz, el camino hacía un alto en el Molino y Venta de Tempul, situado junto a los manantiales. Más adelante, en la dehesa de Rojitán, donde se desviaba el camino de la Sierra hacia Ubrique, estuvo la Venta de la Papicha, como se refleja en el mapa de F. Coello de 1868. La Ventilla del Puerto de Galiz o la Venta de Lleja (la conocida “Ventalleja”), ya cerca del Mojón de la Víbora, cerraban este itinerario de ventas y ventorrillos que a lo largo del siglo XIX existieron junto a esta importante vía de comunicación que, en sentido oeste-este, unía las campiñas gaditanas con las sierras de Cádiz y Málaga.



La venta del tío Basilio.

A todas ellas habremos de añadir también, con todos los honores que se derivan de su mención en una obra literaria, la “venta del tío Basilio”. Esto es lo que nos refiere de ella Fernán Caballero, en su cuento “Más largo el tiempo que la fortuna”:



Entre Jerez y la sierra de Algar se extiende una dehesa solitaria. Veíase en ella, hace años, al lado de una vereda un sombrajo, a cuyo amparo se había establecido un hombre que sobre una mesa despachaba alguna bebida. Andando el tiempo, había labrado cuatro paredes y cubiértolas con enea: había compartido en su interior dos mitades, destinada una a cocina y despacho, y la otra a dormitorio, y se había llevado allí a su mujer y dos hijos.

Detrás de la casa había levantado un vallado, que formaba un corral cuadrado, en que de noche recogía unas cabras que de día llevaba a pastar a la sierra su hijo menor y había hincado una estaca de olivo al frente de su casa, con el fin de que pudiesen atarse en ella las caballerías de los escasos transeúntes de aquella vereda…
”.

Esta estampa que nos describe Fernán Caballero nos recuerda a la imagen de un ventorrillo entre Benaocaz y El Bosque que el antropólogo alemán Wilhelm Giese recogió, en la década de los 30 del siglo pasado, en su libro “Sierra y Campiña de Cádiz” (3). Pero volvamos al relato…

…La estaca se había coronado a la primavera siguiente de una verde guirnalda, y pasando años, cuidada por su dueño, se había hecho un olivo frondoso, que proporcionaba al ventero una bonita cosecha de aceitunas, que aliñaba, y eran, con el queso de sus cabras, los ramos de más despacho de su establecimiento. Muchos caballeros de Jerez que solían ir a cazar, descansaban en la ventilla del tío Basilio, haciendo un consumo, cuyo valor pagaban quintuplicado”. (4)



Cada vez que recorremos la carretera de Cortes – el antiguo Camino de la Sierra- y cruzamos por alguna de las muchas “dehesas solitarias” que a lo largo del camino pueden verse todavía en Magallanes y La Guareña, en Malabrigo o en Berlanguilla, en El Sotillo, en El Parralejo… esperamos encontrarnos, en una vereda que aún no conocemos, escondida tal vez entre un bosquete de alcornoques, la “venta del Tío Basilio”.

Para saber más:
(1) Fernán Caballero:Más largo el tiempo que la fortuna”: http://www.biblioteca.org.ar/libros/70835.pdf
(2) Francisca Larrea.: Diario. Graficas el Exportador. Jerez, 1985. Ed. Asociación de Amigos de Bornos. Pgs.63 y 94.
(3) Wilhelm Giese.: Sierra y Campiña de Cádiz. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1996, p. 429. De este libro ha sido tomada la imagen del ventorrillo entre Benaocaz y El Bosque.
(4) A esta venta, y a esta escena, se refiere también Francisco Montero Galvache en un delicioso artículo “Fernán Caballero frente a Jerez”, ABC, 16/08/1952, donde estudia las opiniones de Fernán Caballero con respecto a los jerezanos y portuenses.
Nota: La imagen de Fernán Caballero se ha obtenido de 'http://www.alquiblaweb.com/2013/11/10/la-novela-realista-en-la-gaviota-de-fernan-caballero/'

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Otros enlaces que pueden interesarte:
Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 21/12/2014

Por la campiña, tras la huella andalusí.
Al encuentro de los cortijos de origen árabe. Un recorrido por los topónimos vinculados con “maysar”, “machar” y “majar”.




Publicada el 01/03/2014
Sin más pretensiones que las de acercarnos al conocimiento de algunos topónimos de la zona, vamos a ocuparnos, en nuestro recorrido de hoy por las campiñas gaditanas, de una serie de nombres de lugares que se relacionan probablemente con antiguos enclaves rurales de origen árabe.

Se ha aceptado tradicionalmente que el término cortijo puede derivar del “curticulum” latino y que los árabes usaban la voz “maysar” para referirse a estas propiedades rústicas. Este vocablo ha dado origen, entre otras, a las formas “machar” o “majar” que encontramos presentes en muchos de los nombres de antiguas aldeas y caseríos diseminadas por nuestras campiñas, algunos de los cuales han llegado hasta nuestros días. Como señala el profesor V. Martínez Enamorado, “distintos autores han interpretado el machar como un tipo de explotación agraria que no es suficientemente amplia para confundirla como un núcleo de población o también como una unidad agraria elemental” (1). A diferencia de la alquería (“qarya”), para la que se propone una cierta entidad de población y una unidad de propiedad, el cortijo árabe (“maysar”) es un núcleo de orden inferior, dependiente de una ciudad o alquería, destinado básicamente a la producción agropecuaria. (2)

Por la campiña de Jerez en busca de antiguos cortijos.

El profesor E. Martín Gutiérrez, en un pormenorizado estudio titulado “Análisis de la toponimia y aplicación al estudio del poblamiento: el alfoz de Jerez de la Frontera durante la Baja Edad Media”, da cuenta de buena parte de estos topónimos que pudieran estar relacionados con la existencia de antiguas alquerías o maysar de origen andalusí, mencionados ya en las fuentes documentales desde los siglos XIII y XIV, algunos de los cuales aún perviven, alterados en sus formas originales y castellanizados, pero conservando indicios de su primitivo significado (3).

Uno de los más conocidos es el de Macharnudo, que da nombre a un pago de viñas situado junto a la carretera de Trebujena, así como a la torre o “castillo” del mismo nombre que se alza en la viña El Majuelo, desde el que se domina un amplio sector de la campiña jerezana. Este topónimo está también presente en Arcos (junto al pantano de Guadalcacín) y en la localidad malagueña de arriate. Según el profesor E. Martín, su nombre haría alusión a un caserío o cortijo ubicado en un lugar “pelado” o “desnudo”, desprovisto de vegetación, aunque hoy día cubran sus laderas extensos viñedos. Esta hipótesis, sin embargo,  es calificada por el profesor V. Martínez Enamorado como "inverosímil"(4).

Ha sobrevivido también en el tiempo el nombre de Majarazotán (o Majarrazotán), paraje situado en las proximidades de los Llanos de Caulina cruzado por los canales de riego del pantano de Guadalcacín y por la antigua traza del ferrocarril de la sierra. El profesor E. Martín plantea que pudiera tratarse del mayar de Azotán, assultan, el poder, el rey", es decir, del cortijo del rey. Es posible que nos encontremos con bienes fundiarios que pertenecían al reyezuelo Abén Abit, que tal, como describe la crónica alfonsina, “era sennor de Xerez” en los momentos previos a la conquista” (5). Si bien ya se ha perdido, se cita en protocolos notariales del siglo XVI el topónimo de Majarabrahen (cortijo de Abrahén, nombre judío), en referencia a una propiedad en las proximidades del actual Cuartillo y pudiera estar vinculado a alguno de los primeros repobladores de la ciudad a quienes se repartieran tierras en esos parajes. (6)

Uno de los nombres más llamativos en relación con las antiguas aldeas de origen andalusí repartidos por la campiña jerezana es sin duda el de Majarromaque (7). Su sonoridad y su rareza encierran un hermoso origen: “el majar del yeqüero”. Con diferentes formas según las fuentes documentales (Majarrocán, Matharrami, Macharrama, Marrumaque…) (8), resulta cuando menos curioso que en estos parajes a orillas del Guadalete, persiste la misma actividad que hace mil años: la cría de caballos en las dehesas de Garrapilos y Vicos, junto a Majarromaque.

Otros topónimos relacionados con los anteriores resultan hoy de más difícil localización al no haber llegado hasta nuestros días dando nombre a un lugar concreto.



Sabemos de ellos porque figuran en el documento de deslinde de términos entre Jerez y Arcos, aprobado por Alfonso X en 1274. Son los de Machar Xebut, Machar Almidax (“camino trillado”) y Machar Allha, (próximos todos a la zona del actual cortijo de Vicos y a Jédula), así como el de Machar Haní (“lugar verdeante, o de color verde intenso”) más cercano al término de Arcos y en el mismo sector (9). Aunque desconocemos el emplazamiento de Machar Almidax sabemos que lindaba con Vicos y estaban unidos por un camino: “la carrera que ba de Mathaz Almida por Vico” (10).

En las tierras de El Puerto de Santa María.

En la campiña portuense encontramos la pista de otras aldeas de origen andalusí mencionadas en el “Libro del Repartimiento” de El Puerto de Santa María, fechado en la segunda mitad del siglo XIII. Se mencionan hasta trece alquerías, de las cuales las de al-Qanatir (El Puerto actual), Grañina y Sidueña eran las más relevantes. Junto a ellas, con un territorio muy reducido se encontraban dos “machares”: Machar Grasul y Machar Tamarit.

Aunque no ha sido posible determinar el emplazamiento exacto de ambos enclaves, puede afirmarse que se ubicaban en el entorno del paraje conocido como marisma de Los Tercios, una amplia cubeta natural, rodeada de lomas de suave pendiente, que se encharca en épocas de lluvia.



Este rincón de la campiña, también denominado como Hato de la Carne por ser en tiempos pasados el lugar donde pastaba el ganado, se encuentra en el sector oriental del actual término municipal portuense, lindando ya con tierras de Jerez.

De las fuentes documentales se deduce que el término de Machar Grasul, en el momento de su reparto, lindaba al Norte con Xerez y con la aldea de Grañina, al Oeste con las aldeas portuenses de Finojera y Bollullos y al Sur con al-Qanatir (la actual ciudad de El Puerto de Santa María) y con Sidonia (o Sidueña), ubicada en el enclave del actual Castillo de Doña Blanca, con la que lindaba también por el Este. Un posible emplazamiento de este “maysar” pudiera ser el pequeño Cerro de la Caldera donde han aparecido materiales de la época (11). El cerro se encuentra en el borde occidental de la marisma de Los Tercios, un paisaje en cuyos alrededores aún se conservan antiguas casas de viña como Los Chavicos, El Agostado o La Bodogonera. En cuanto al posible significado de este topónimo, algunos autores apuntan –considerándolo en la forma Machargazul -que bien pudiera referirse a un “maŷšar de los Ŷazūla”, una de las tribus bereberes establecidas en la zona y que dan también nombre a la población de Alcalá de los Gazules (12).

Las tierras de la aldea de Machar Tamarit quedarían más próximas a la Sierra de San Cristóbal, lindando al Norte con Xerez y Machar Grasul y al Sur y el Este con el término de Sidonia (13). Las laderas del antiguo cortijo de Pozo Lozano entre Las Beatillas y la autovía de Jerez-El Puerto son los parajes donde tal vez pudo asentarse esta alquería. El topónimo (tamarit o tamarite), presente también en otras provincias, podría estar relacionado con la existencia en sus alrededores de tarajes. Estos arbustos son frecuentes en la vegetación que acompaña a los arroyos de la zona y, especialmente, en el cinturón perilagunar de Los Tercios.

“Machares” en la campiña arcense.

En el término de Arcos debieron existir también con numerosos “machares”. De algunos de ellos tenemos noticia ya en 1258 gracias al documento en el que Alfonso X autoriza a la Orden de Calatrava a cambiar o comprar heredades a los lorigueros y menestrales de Sevilla (14), a quienes el monarca había hecho donación unos años antes de buena parte del término municipal de esta villa. Entre los cortijos mencionados aparecen los nombres de Machar Experem (referido a Espera), Machar Ruxca, Machar Fragos, Machar Almaay, Machar Halil, Machar Aznaz (Aznar?) y Machar Cancas Almoreira, Machar Alcavit… (15). Este último topónimo, que figura en otras fuentes como Machar Alcarix se ha querido identificar con la aldea que pervivió en época andalusí en el paraje donde se ubicó la ciudad romana de Carissa Aurelia.

Otro posible topónimo vinculado a estos enclaves rurales de la campiña arcense es el de Macharaví o Marcharaví (Majar + antropónimo árabe) que da nombre a un paraje situado entre el Arroyo Salado de Espera y la cuesta de Valdejudíos, en la entrada de Arcos desde Jerez, donde se asienta en nuestros días un extenso olivar.

En los campos de Matrera.



Una interesante relación de otros cortijos, granjas y pequeñas aldeas del rincón nororiental de las campiñas gaditanas es la que nos ofrece un diploma real, sellado en Brihuega en 1256, en el que Alfonso X hace concesión a la orden de Calatrava de la villa y el castillo de Matrera con todos sus términos. En la descripción de los límites del amojonamiento, aparecen interesantes topónimos donde no faltan los referidos a algunos de estos “machares” cuyo rastro aún puede seguirse 750 años después en los nombres actuales de ciertos parajes, montes y arroyos de esta zona. Así, aparecen en el citado documento los de Machar Caztalla, Machar Cuencas, Machar Palmet, Machar Saiar, Machar Alabran, Machar Carcaran. Se mencionan también en esta concesión los términos de Alvalat e Machar Huebli, que quedan excluidos de los de Matrera por donación del rey a don Alfonso Tellez (16).



El geógrafo José María Arenas Cabello, en un reciente estudio sobre “Los confines de Matrera” (17), realiza una documentada investigación sobre los topónimos que figuran en este documento alfonsí, identificando buena parte de estos “machares”. Así, siguiendo a este autor, Machar Caztalla podría relacionarse con el actual Cerro del Castellón, entre los cortijos de Abrajanejo y Atrera. A sus pies se encuentra la conocida laguna de Benajima, también de resonancias árabes. El nombre del cerro haría alusión a la existencia de una posible construcción defensiva en su cumbre. De Machar Cuencas y Machar Palmet, que debieron situarse en el límite del término de Arcos, no ha quedado rastros en la toponimia actual, si bien el segundo puede hacer alusión a un paraje poblado de palmitos, siendo frecuente (con esta forma o las de Palmete y Palmetín) en otros puntos de la provincia.



Aunque con pequeñas modificaciones, quizás el que con mayor claridad ha llegado hasta nuestros días es el topónimo relativo a Machar Saiar, que ha pervivido en el nombre del arroyo Zanjar, que vierte sus aguas al Guadalete en el embalse de Bornos. Para algunos autores el término saiar o sajar, se deriva del árabe sajra (peña o roca), si bien Arenas Cabello documenta otra hipótesis más sugestiva, vinculándolo al término al-šaŷar, que en sentido literal significa “el árbol” pero que, popularmente se aplicaba también a la higuera. El arroyo Zanjar o Sajar, sería así el “arroyo de las Higueras”. Curiosamente, en torno a estos parajes si abundan los topónimos (Campo, Pozo, Casa, Mesa…) referidos a las higueras. Machar Huebli, Machar Carcarán o Machar Alabran esperan todavía ser identificados con lugares concretos.

Resonancias de antiguos machares en otras localidades.

Sin pretender ser exhaustivos, y para no cansar al lector, terminaremos apuntando otros topónimos repartidos por distintos lugares de la geografía provincial que evocan también antiguos enclaves rurales de origen árabe. Así, en el repartimiento de Vejer se citan las aldeas de Almachar (“el cortijo”, “la aldea”) y la de Majafarta (“cortijo bien abastecido”) (18). Para este último topónimo se apunta otra interpretación: la aldea que está en un “montecillo hermoso” o en una “suave cumbre de colina”. (19)

Un nombre similar, Almarchal, lo encontramos actualmente en Tarifa. En las Dehesas de Almajar, se fundó Prado del Rey, en 1768. En Castellar pervive aún el de Majarambuz (o Majarambú), que da nombre a unos pozos y una dehesa, de actualidad en estos tiempos por su vinculación a las operaciones de venta de finca de La Almoraima. En Alcalá de los Gazules aún se conservan los nombre de El Majar de la Higuera y el Majar Largo… (20). Todos ellos no hacen sino confirmar que el legado andalusí sigue aún vivo, de alguna manera, en nuestras campiñas.


Para saber más:
(1) Gutiérrrez López, J.Mª y Martínez Enamorado, V.:Matrera (Villamartín): una fortaleza andalusí en el alfoz de Arcos”. I Congreso de Historia de Arcos de la Frontera. Ayuntamiento de Arcos, 2003, p. 114-115.
(2) Abellán Pérez, J.: La cora de Sidonia, Málaga, 2004. P. 78.
(3) Gutiérrrez López, J.Mª y Martínez Enamorado, V.: “Matrera... Op. cit, p.577 Martín Gutiérrez, E.:Análisis de la toponimia y aplicación al estudio del poblamiento: el alfoz de Jerez de la Frontera durante la Baja Edad Media”, HID, 30 (2003), 257-300. De este trabajo hemos obtenido buena parte de los datos relacionados con el significado de los topónimos citados en la campiña de Jerez. 
(4) Ibidem, pp. 263-264
(5) Ibidem, p. 269
(6) Ibidem, pp. 268-269
(7) Ibidem, p. 279,
(8) Ibidem, p. 279; Martínez Ruiz, Juan: “Toponimia gaditana del siglo XIII”, en Cádiz en el siglo XIII. Actas de las Jornadas conmemorativas del VII centenario de a muerte de Alfonso X el Sabio, Cádiz, 1983, pp 119-121; Mapa del IGN, Hoja 1048, edición de 1917.
(9) Martín Gutiérrez, E.:Análisis de la toponimia…, op. cit., pp. 278-79; Abellán Pérez, J.: La cora… op. cit., p. 77; Martínez Ruiz, Juan: “Toponimia… op. cit., p. 119.
(10) Martínez Ruiz, Juan:Toponimia… op. cit., p. 119.
(11) López Amador J.J., Ruiz Gil J.A. y Giles Pacheco F.: La huella de Al-Ándalus en El Puerto de Santa María, Cádiz. El Puerto de Santa María, 2011, p. 78.
(12) Martínez Enamorado, Virgilio.: Un país “que reporta todo tipo de bienes”. Revista Atlántica-Mediterránea de Prehistoria y Arqueología Social, 10, 2008, 375-398. Universidad de Cádiz, p. 384
(13) López Amador J.J., Ruiz Gil J.A. y Giles Pacheco F.: La huella de… op. cit., p. 78.
(14) “Alfonso X autoriza a la Orden de Calatrava a cambiar o comprar heredades a los lorigueros y menestrales de Sevilla en Chist”, 1258, en González Jiménez, M. ed., 1991: 227-228, nº 206
(15) Abellán Pérez, J.: La cora… op. cit., 2004. p. 77.
(16) “Alfonso X concede la villa de Matrera a la Orden de Calatrava”, 1256 en González Jiménez, M. ed., 1991: 198-199, nº 179.
(17) Arenas Cabello, J. María:Los confines de Matrera. Una aproximación a sus límites a partir de la
toponimia, la cartografía histórica y otras fuentes documentales
”. Arch. hisp. • 2012 • n.º 288-290 • pp. 13-39 •
(18) Bustamante Costa, Joaquín. “Toponimia árabe del cuadrante sudoccidental de la provincia de Cádiz”, en Janda. Anuario de Estudios Vejeriegos, 3 (1997), 27-42, 38.
(19) Martínez Ruiz, Juan:Toponimia… op. cit., p. 107
(20) Inventario de Toponimia Andaluza. Tomo 2, Cádiz. Consejería de Obras Públicas y Transportes. Centro de Estudios Territoriales y Urbanos. Sevilla, 1990.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 01/03/2014


Medio siglo de maños de azucareras y maños en Jerez




A los maños y azucareros de Jerez.

El pasado 9 de octubre, día de San Dionisio, tuvo lugar la entrega anual de los premios Ciudad de Jerez que nos sirve de pretexto para recordar que, hace tan sólo dos años, antes de la pandemia, distinguieron con su Premio Especial, a los trabajadores aragoneses de las azucareras, con motivo del 50 aniversario de su llegada a nuestra ciudad. Sirvan estas líneas como recordatorio y homenaje a la “comunidad maña” y a todos los azucareros.

Una historia que comienza hace más de un siglo.

Por elegir una fecha relevante, la historia de las azucareras en Jerez (1) puede empezar a contarse a partir del 15 de noviembre de 1897, cuando la Gaceta de Madrid anunciaba la subasta pública para la “Concesión de un canal de riego derivado del Río Guadalete”. Con un presupuesto inicial de 1.227.968 pesetas, este proyecto tenía como finalidad la construcción de una presa o azud en el “Vado de los Hornos” -lugar que acabaría siendo conocido como “La Corta”-, para poner en riego las vegas cercanas a El Portal (2).



Toda la comarca, y en especial la ciudad de Jerez, atravesaba entonces por una grave crisis marcada por el paro y los conflictos sociales que se había visto acentuada por la plaga de filoxera, desatada en 1984, y que terminaría por arruinar en poco tiempo todo el viñedo. No es de extrañar por ello que en estos años se alzaran voces pidiendo buscar alternativas al monocultivo de la vid.

Las propuestas pasaban, invariablemente, por la puesta en regadío de las mejores tierras del término (3). La construcción del Pantano de Guadalcacín, que habría de esperar aún más de una década, estuvo precedida por una iniciativa más modesta: los regadíos, de unas 2000 hectáreas, en las vegas de los Villares, El Torno, las Quinientas, El Palmar y El Portal. Promovida por la Sociedad Agrícola Industrial del Guadalete (4) supuso la construcción del azud de La Corta, una estación elevadora a vapor y una amplia red de canales y acequias para poner en riego 2000 hectáreas (5). En definitiva “un proyecto netamente modernizador de carácter agroindustrial que significaba un cambio muy apreciable” (6). Y todo con el propósito de introducir en las vegas del Guadalete el cultivo de la remolacha, para lo que se levantó también la primera fábrica de azúcar de nuestra provincia, la Azucarera Jerezana, en El Portal.

Iniciada su construcción en 1899, la vida de aquella azucarera fue muy corta. Pese a la puesta en regadío de una amplia vega, el contenido en azúcar de la remolacha cultivada ofrecía bajos porcentajes. El auge de esta industria en otras zonas del país (Zaragoza, León, Granada…) (7) y las dificultades económicas de la Sociedad promotora llevaron al cierre de la factoría en 1906 (8). La nave central y muchas de sus dependencias aún siguieron en pie durante varias décadas, sufriendo en algunas ocasiones, las crecidas del Guadalete que inundaban parcialmente sus instalaciones. Su maquinaria fue desmontada progresivamente y vendida a otras azucareras que, en esos años, habían iniciado también su andadura o realizaban ampliaciones.



Y aquí, en una de esas curiosas idas y venidas de la pequeña historia de las azucareras entra en juego un técnico mecánico, D. Nicolás Moliner Gallego, a quien encontramos en el mes de noviembre de 1919 desmontando en El Portal una de estas máquinas de la Azucarera Jerezana para trasladarla a la Azucarera del Jalón, en Épila (Zaragoza), donde trabaja. Su hijo, Salvador Moliner Ortega –quien se empleará años más tarde en la misma empresa- nacerá en Jerez durante la estancia temporal de su familia que regresará, cumplida la tarea, a la localidad aragonesa. Cincuenta años después, por esas paradojas de la vida, la Azucarera de Épila se cerrará y parte de su maquinaria se desmontará para ser trasladada a la nueva Azucarera de Jédula.

Arruinadas sus techumbres, la vieja Azucarera Jerezana mantiene aún en pie sus viejos muros. Las elegantes arcadas de ladrillo de su nave central y los restos de almacenes y dependencias, resistieron más de medio siglo para ser testigos de la vuelta de la industria azucarera a Jerez. Veamos a grandes rasgos como sucedió.



La vuelta de las azucareras a Jerez: medio siglo atrás.

Tras el abandono casi en su totalidad del cultivo de la remolacha en los campos gaditanos, será partir de los años 50 cuando vuelve a aparecer para sustituir parcialmente al algodón en los secanos de la provincia. Los agricultores que se aventuran de nuevo con este cultivo se ven obligados a transportar la remolacha a las azucareras de Granada (provincia que desde 1878 fue



pionera en estas industrias), a la sevillana de Los Rosales o a la cordobesa de Villarubia. Muchas son las voces que a lo largo de estos años insisten en la necesidad de construir una azucarera en Jerez, destacando sobre todas ellas las de Fermín Bohórquez Gómez, impulsor de la azucarera de Guadalcacín (9).

Así las cosas, el panorama cambiaría cuando en 1965 la compañía Ebro adquiere en Pozoalbero, junto a la pedanía de Guadalcacín, una finca de 33 hectáreas para construir una planta azucarera ante el empuje del cultivo en la provincia. Habría que esperar para ello a 1967, año en que se autorizó el cierre y el traslado de la Azucarera del Gállego (Zaragoza). Procedente de esta planta, en ese eterno ir y venir de los ingenios industriales sobre el que ya hemos hablado, llegó a Guadalcacín buena parte de su maquinaria (secaderos de pulpa y azúcar, calderas, molinos, tachas...), si bien la flamante instalación fabril, conocida primero como de Guadalcacín y desde 1969 como “Azucarera de Sevilla”, se dotaría de nuevos equipos que la convertirían en la más moderna y la de mayor capacidad de molturación de su época. En poco más de un año, Guadalcacín vio levantarse la planta azucarera que fue inaugurada el 9 de julio de 1968 por el ministro de Industria, D. Gregorio López Bravo, y el alcalde de Jerez D. Miguel Primo de Rivera. Ese mismo verano realizó ya su primera campaña de producción molturando casi 300.000 toneladas de remolacha a razón de 4.000 de media diaria. Todo un récord para la época. (10)



Al año siguiente, en 1968, Jerez contaría con una nueva factoría, la Azucarera del Guadalete, instalada en el flamante Polígono Industrial “El Portal”, junto a la vía férrea. Perteneciente a la Sociedad General Azucarera, la planta se creó tras el cierre y el traslado de la azucarera oscense de Monzón de Cinca, así como de otras pequeñas azucareras del Valle del Ebro, muchos de cuyos trabajadores, como sucedió con la de Guadalcacín, se vieron obligados a trasladarse a Jerez. Su primera campaña de molturación, en 1969, vino acompañada por el gran crecimiento de los cultivos de remolacha en todos los rincones de la campiña. Hasta 203 trabajadores, trasladados de otras azucareras del país, formaron su plantilla en la que no faltaron los maños de Monzón de Cinca (24 trabajadores), Alagón (7 t.), La Puebla de Híjar (3 t.) o Zaragoza (15 t.). La historia de esta azucarera ha sido objeto del interesante libro del historiador, investigador y azucarero Manuel Ramírez López, “Azucarera de Guadalete. 50 años en Jerez” un trabajo indispensable al que remitimos a los lectores para conocer la evolución del sector azucarero en Jerez (11).



El triángulo de las azucareras se cerraría un año más tarde con la construcción de una nueva planta en Jédula a la que llegaba un ramal del antiguo Ferrocarril de la Sierra que, aunque nunca llego a funcionar, estuvo activo hasta esta fábrica. La Azucarera de Jédula, perteneciente a la Compañía de Industrias Agrícolas (C.I.A.), inició su construcción a lo largo de los años 1968 y 1969 y llevaría a cabo su primera campaña en 1970. Una parte importante de su maquinaria y de su plantilla, procedía de la Azucarera del Jalón, industria pionera en España que había iniciado su andadura en 1904 en la localidad zaragozana de Épila y que fue hasta su cierre el mayor complejo industrial azucarero del país con una plantilla que llegó a contar con 1400 operarios. Desde Épila y la cercana localidad de Lumpiaque, casi cien familias se trasladaron a residir en Jerez formando una de los más nutridos grupos de maños de Jerez.



Azúcar amargo: de la época dorada al cierre de azucareras.

Las décadas de los 70 y 80 del siglo pasado son también las del auge de la remolacha y de las azucareras en las campiñas gaditanas. Son los años en los que el cultivo alcanza su mayor expansión, llegando a superar en sus momentos culminantes las 50.000 hectáreas de superficie, que situaban a la provincia de Cádiz a la cabeza nacional llegando a concentrar el 25% de la



producción española y el 60% de la andaluza (12). En esta “época dorada” de las azucareras, las producciones de remolacha provienen por orden de importancia, de los términos de Jerez, Arcos, Medina, Vejer, Conil y Villamartín, recibiéndose también de municipios de la provincia de Sevilla. En estos años de gran producción llegó incluso a proyectarse la ubicación de una nueva planta en el cruce de Las Cabezas. Sin embargo, el mismo Estudio apunta ya problemas preocupantes en la década de los 80: “El exceso de oferta existente, tanto a nivel nacional como europeo, hace que este cultivo, de gran trascendencia en la economía gaditana, se encuentre contingentado, fijándose objetivos de producción a nivel nacional mediante cupos. participa en un 15%-20% de la producción nacional de remolacha, consiguiéndose actualmente, y a través de múltiples negociaciones cupos extras, incluso en detrimento de los de otras provincias” (13).

Las azucareras y el cultivo de la remolacha trajeron trabajo y prosperidad, pero también hubo contrapartidas negativas derivadas, fundamentalmente, del grave impacto ambiental que causaron en sus primeros años (14). Ya en el verano de 1969, los vecinos de El Portal y el Ayuntamiento de El Puerto de Santa María denunciaban como la contaminación de las aguas del río, a las que vertía la Azucarera del Guadalete, habían ocasionado un grave daño en la fauna piscícola que no llegó a recuperarse pese a la instalación de balsas de decantación y sistemas de depuración que, al parecer, no llegaron a funcionar correctamente.



Los malos olores propios de estas instalaciones se denunciaron también en Jédula y en Guadalcacín, cuya azucarera se vio obligada a trasladar sus balsas a un paraje aislado en las cercanías de las Mesas de Asta, ocupando el vaso de la antigua Laguna de Las Mesas, en plena marisma, como lo hiciera la Azucarera de Guadalete en la laguna de Las Quinientas. Ambos espacios naturales quedaron destruidos si bien hoy se encuentran ya en vías de recuperación (15).

Desde hace casi dos décadas, la pequeña historia de las azucareras, la “dulce” historia del cultivo de la remolacha y de la industria del azúcar comenzó a amargarse. Las políticas agrarias comunitarias (PAC), las regulaciones del mercado y de producciones, la OCM, la asignación de cupos, las bajadas de precio de la remolacha, las fusiones empresariales, los intereses de las multinacionales de la alimentación… trajeron como consecuencia el declive y el cierre de las plantas de Jédula (2001) y de Guadalcacín (2007), siendo desmantelada a lo largo de 2008.



Cincuenta años después de la instalación de las azucareras en la campiña de Jerez, el futuro es, cuando menos, incierto. La Azucarera del Guadalete, única factoría superviviente del “glorioso” pasado azucarero jerezano, pasó a ser propiedad en 2009 del grupo británico ABF, quien ha realizado una gran renovación de la planta jerezana incorporando en 2011 una nueva refinería de azúcar y consolidándose como una de las más importantes azucareras de España. De la misma manera, el declive de la industria ha traído también como consecuencia el de los cultivos, un horizonte que nadie hubiese previsto hace cincuenta años, cuando la campiña era un “mar de remolacha” y las azucareras empleaban directamente, durante sus largas campañas estivales a más de mil trabajadores. Cincuenta años después, el azúcar se vuelve un poco amargo en el recuerdo.

Para saber más:
(1) Para conocer a fondo la historia de las azucareras en Jerez hay que consultar el magnífico trabajo de Manuel Ramírez, historiador, investigador y azucarero quien además de una seré de artículos sobre el tema ha publicado recientemente: Ramírez López, M.: Azucarera de Guadalete. 50 años en Jerez, Tierra de Nadie editores, 2018.
(2) “Concesión de un canal de riego derivado del Río Guadalete”, Revista de Obras Públicas, 1897, Tomo II, nº 1157, pp. 587-590. De esta publicación hemos obtenido los datos más relevantes que se exponen en el artículo.
(3) Historia y Geografía del hábitat rural de Jerez, Asociación para el Desarrollo Rural de la comarca de Jerez, 1999, pp. 14-16
(4) Peñuela Jiménez, A.:Sociedad Agrícola Industrial del Guadalete”, en Aportes para una Historia de la Banca en Andalucía. 1780-1936. Disponible en:
https://bancaandalucia.blogspot.com.es/search/label/Sociedad%20Agr%C3%ADcola%20Industrial%20del%20Guadalete, consultado el 10/10/2019.
(5) García Lázaro, J. y A.:La corta. Breve historia de un antiguo azud que está siendo demolido”, Diario de Jerez, 8 de abril de 2018. También puede consultarse en http://www.entornoajerez.com/2018/04/la-corta-breve-historia-de-un-antiguo.html
(6) Montañés, E.: Transformación agrícola y conflictividad campesina en Jerez de la Frontera (1880-1923), Biblioteca de Urbanismo y Cultura, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1997, p. 103. Sobre esta cuestión, puede consultarse también Boletín de la Cámara Agrícola de Jerez, mayo de 1897.
(7) Biel Ibáñez, M.ª Pilar.: "El patrimonio industrial remolachero en Aragón: estado de conservación, catalogación e intervención.", en Patrimonio cultural, remolacha y nuevas tecnologías. Castillo Ruiz, J. y Romero Gallardo, A., (Coords), Universidad de Granada 2018, pp. 163-165
(8) Sobre las diferentes razones que llevaron a cerrar la Azucarera Jerezana pueden consultarse Ramírez López, M.: Azucarera de Guadalete…, pp.:35-49; Romero Rodríguez, J.J. y Zoido Naranjo, F.: Colonización agraria en Andalucía: estudios sobre las actuaciones para la transformación del espacio rural en las provincias de Cádiz y Córdoba., Secretariado de Publicaciones de la Universidad, Sevilla, 1977, p. 51; Montañés, E.: Transformación… p. 160; Commercial Relations of the United States with Foreign Countries, Volumen 1, 1909, p. 392.
(9) Simó, J.P.: “Azúcar amargo”, Diario de Jerez, 3 de febrero de 2008
(10) Simó, J.P.:Azúcar amargo” …; García Lázaro, J. y A.:Azúcar amargo: breve recorrido por un siglo de azucareras en la campiña”, Web Entorno a Jerez, 08/08/2013 y Ramírez López, M.: Azucarera de Guadalete…, pp.:54-60.
(11) Ramírez López, M.: Azucarera de Guadalete. 50 años en Jerez, Tierra de Nadie editores, 2018
(12) Zoido, F. (Dir.). Cádiz y su provincia. Ediciones Gever. Sevilla 1984, pg. 150.
(13) Estudio Económico de la Provincia de Cádiz. Análisis descriptivo y diagnóstico de la situación actual. Diputación de Cádiz. 1983. pg. 98-99.
(14) Clavero Salvador, J.: Guadalete, río del olvido, Pliegos de Opinión, nº 0, Jerez, junio de 1985, pp. 15-16.
(15) García Lázaro, J. y A.:Por la laguna de Las Quinientas. Un antiguo humedal en vías de recuperación”, Diario de Jerez, 11 de febrero de 2018.

García Lázaro, J. y A.:Azúcar amargo: breve recorrido por un siglo de azucareras en la campiña”, Web Entorno a Jerez, 08/08/2013, http://www.entornoajerez.com/2013/07/azucar-amargo-breve-recorrido-por-un.html. El presente artículo, está basado, con las oportunas modificaciones en este trabajo anterior que citamos.


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