El palomar de La Greduela.
Un “monumento etnológico” junto al Guadalete.




A los pies del Cerro de los Yesos, donde el Guadalete parece recrearse en su lento discurrir ceñido por las colinas de Salto Al Cielo, hay un hermoso paraje donde, en nuestro imaginario particular, nos gusta situar aquel florido vergel del que hablan las fuentes árabes y del que ha escrito mejor que nadie el arabista M. Ángel Borrego Soto: las alamedas de “al-Ŷāna” (1). Resguardado entre las arboledas del río, en el seno de un cerrado meandro de difícil acceso hasta que hace apenas cuarenta años se construyó un puente para llegar a él, este rincón de la vega es conocido como La Greduela.

En tiempos pasados, estas tierras se llamaron también de La Graderuela, de la Graduela, de la Dehesa de Morales… Desde su puesta en regadío en la segunda mitad del pasado siglo, La Greduela fue sinónimo de naranjales, que con el paso del tiempo han ido desapareciendo cediendo su lugar a otros cultivos. Pero mucho antes, hace casi dos siglos, cuando sólo se podía llegar hasta este rincón de la vega a través de intrincados carriles que cruzaban los cerros de Lomopardo y de Los Yesos…, el nombre de La Greduela evocaba bandadas de palomas sobrevolando las alamedas y sotos ribereños, yendo y viniendo por entre los olivares, los carrascales y los palmares en busca de grano. Y eso fue así porque aquí se levantó uno de los más poblados palomares de Andalucía del que aún se conserva buena parte de su edificio original. De él nos ocuparemos en nuestro “paseo” de hoy en torno a Jerez.

Por las riberas del Guadalete en La Greduela.

Apenas hemos cruzado el remozado puente levantado junto a la venta de Las Carretas, se abre ante nosotros el llano de La Greduela. Al pie de suaves colinas, en el ángulo izquierdo de la escena, se aprecia el caserío del antiguo Cortijo de La Greduela (o Graderuela) y un poco más a la izquierda, nos llama la atención una construcción de planta casi cuadrada, sin tejados, algo separada del cortijo: el palomar.



Desconocemos la fecha en la que fue edificado pero creemos que puede ser coetáneo del cercano Palomar de Zurita, esto es, de mediados del siglo XIX, o tal vez algo anterior en el tiempo a juzgar por el empleo en su construcción de materiales más toscos. Aunque el palomar no aparece mencionado de manera explícita, las casas de La Graderuela ya figuran en el mapa de Francisco Coello (1868) o en el de Ángel Mayo (1877). En el primero de ellos se reflejan incluso las construcciones separadas que representan el cortijo y, tal vez, el edificio del palomar.

A nuestro entender, existen razones para pensar que pudo ser realizado por los mismos alarifes que levantaron el Palomar de Zurita, pues en ambos casos se han utilizado idénticos detalles constructivos y las mismas soluciones técnicas para la edificación de los muros, enlucido de los paramentos, trazado de arcos de paso entre calles, dinteles en las puertas de entrada, disposición de los nidales u hornillas, resaltes ente las bandas, aleros y remates… Incluso las medidas de los distintos elementos son también muy parecidas si bien en el Palomar de Zurita se ha reducido ligeramente la anchura de calles para aprovechar de manera más eficiente la superficie del edificio y albergar el máximo número de nidos posible.

Un monumento etnológico y de la arquitectura popular.

Lo primero que llama la atención en el palomar de La Greduela es la simpleza y armonía de sus formas. La impresión inicial nos puede hacer pensar en una construcción inacabada a la que le falta el tejado.



Sus muros son lisos, sin huecos ni ventanas, más allá de la pequeña puerta de entrada, que cuesta trabajo descubrir en el extremo de la pared orientada al sur. Diríamos hoy que se trata de una obra funcional y sin concesiones a los elementos que pudieran resultar superfluos para otra cosa que no sea su principal misión: la cría de palomas y pichones. Sus atractivos, sin embargo, están en el interior.

El palomar tiene planta rectangular, casi cuadrada, como el de Zurita, aunque de dimensiones algo más grandes que aquel, con lados de 14,50 m y 16,50 y una superficie aproximada de 240 m2. Sus muros exteriores tienen diferentes alturas. El delantero, orientado al sur, donde se encuentra la pequeña puerta de acceso, se eleva hasta los 6 m. El trasero, algo más alto, llega hasta los 7,50 m. Su espesor también varía, desde 1,30 a 1 m. (aprox.) presentando una ligera inclinación desde su base hasta la media altura. A juzgar por las marcas que se aprecian, en el muro trasero debieron existir unas dependencias adosadas. A sus pies encontramos hoy una curiosa piedra de molino, tal vez procedente del que fuera antiguo molino de La Cartuja, cercano al palomar.

Como el de Zurita, el palomar de La Greduela no está techado lo que permite una fácil entrada y salida de las aves. Más difícil lo tenían otros “visitantes” no deseados ya que los muros eran perfectamente lisos y sin resaltes, con un repellado a prueba de animales trepadores. Ratas, comadrejas, hurones, culebras, gatos… nada tenían que hacer en sus intentos por acceder al palomar, al que sólo se podía entrar por una pequeña puerta de 1,70 de altura y 85 cm. de ancha que permanecía siempre cerrada. Situada en el extremo del muro, al cruzarla, se observa una “galería” formada por arcos de ladrillo, de las mismas dimensiones que la puerta “principal” Estos arcos se han abierto en los muros interiores para comunicar las distintas calles en las que se organiza el palomar. Estas 7 calles paralelas, a modo de estrechos pasillos, tienen una longitud de 14,50 m. y una anchura variable, entre 95 y 115 cm., siendo más anchas que las de su vecino, el palomar de Zurita. A ambos lados de las calles se levantan muros de 6 m. de altura y unos 85 cm. de grosor. Estos muros albergan los nidales u hornillas, pequeñas vasijas cerámicas unidas entre sí por argamasa, que podían alojar cada una pareja de palomas, aunque por regla general, en este tipo de explotaciones, un tercio de los nidos permanecían desocupados. Algunas de las calles interiores están ocupadas por higueras de porte espigado, cuyas raíces amenazan seriamente las filas más bajas de nidos del palomar. Al igual que en el de Zurita, en el suelo de las calles no faltan ladrillos desprendidos de los aleros y restos de hornillas, producto del vandalismo de quienes han intentado arrancarlas de las paredes, destruyéndolas para siempre, razón por la cual debiera protegerse el acceso.

Nidales de palomas en vasijas cerámicas.

Sorprende siempre a quienes se asoman al interior del palomar la contemplación de los miles de hornillas cerámicas que se alinean en 24 filas o “pisos” a lo largo de los muros interiores. Para ilustrar al lector de su forma, hemos incluido en este reportaje fotografías de hornillas del Palomar de El Gato, en San José del Valle, cedidas amablemente por sus propietarios y de dimensiones similares a las de La Greduela.

Estos nidales, salidos uno a uno de las manos de adiestrados alfareros, se cuentan entre los más elaborados de los que habitualmente se utilizaban en los palomares de otros puntos del país. Así lo entiende Augusto de Burgos en su delicioso “Diccionario de agricultura práctica y economía rural”, una obra publicada en 1853, en un tiempo cercano a las fechas en las que pudieron ser levantados estos palomares (2).

Expone el autor como la forma de los nidos variaba de unas provincias a otras. En algunos lugares los construían con tablas de madera (las de castaño y roble eran las más apreciadas), materiales menos costosos que los cerámicos, pero que tendían a llenarse de piojuelo, insecto que parasitaba a las palomas. En otras regiones se utilizaban cestillas de mimbre, que era necesario reemplazar cada tres o cuatro años por su progresivo deterioro. Los ladrillos, colocados en forma de triángulo, eran más frecuentes para la construcción de los nidales y una solución más duradera, al igual que las tejas o, en menor medida, los cilindros cerámicos. Este es el procedimiento constructivo adoptado en el Palomar de la Breña, en Barbate, como puede apreciarse en la fotografía que acompañamos. Sin embargo, como ya apunta el mencionado autor, “En otras partes construyen para esto espresamente vasijas de barro en que la paloma vive á su gusto; pero es difícil colocar las escaleras para limpiar el palomar sin romper muchas vasijas…”.

En el caso de nuestros palomares, la solución adoptada para evitar la rotura de las vasijas fue embutirlas en los muros de manera que no presentaran bordes sobresalientes de la superficie del paramento. Además de facilitar la limpieza y el acceso al interior de las hornillas para recoger los pichones, esta forma de disponerlas, sin presentar salientes, impedía también que accedieran a ellas serpientes, ratas, gatos o comadrejas, enemigos más habituales de las palomas.

Recordando los palomares romanos.

De estas hornillas de barro cocido ya nos hablaba, veinte siglos atrás Lucio Junio Moderato, más conocido por Columela, el célebre escritor agronómico romano nacido en Cádiz, quien incluye en su conocida obra Res rustica, (Los trabajos del campo), un apartado dedicado a las palomas y palomares (3). En el Libro VIII, capítulo VIII de esta magna obra escrita a mediados del siglo I de nuestra era, bajo el título “Del modo de engordar las palomas torcaces y de otras castas, y del establecimiento del palomar” nos describe con todo detalle unas prácticas que, aunque están referidas a veinte siglos atrás, encuentran gran parecido a las que leemos en los tratados de agricultura y colombicultura del siglo XIX. Al leer los fragmentos en los que describe el palomar, estamos viendo en ellos nuestros palomares actuales: “Sus paredes… se excavarán con órdenes de hornillas, como hemos prevenido para el gallinero, o si no acomodare de este modo se meterán en la pared unos palos, y sobre ellos se pondrán tablas que recibirán casilleros, en los cuales las aves harán sus nidos, u hornillas de barro con sus vestíbulos por delante para que puedan llegar a los nidos. Todo el palomar y las mismas hornillas de las palomas deben cubrirse con un enlucido blanco, porque es el color con
que se deleita principalmente esta especie de aves…
" (4).

En el palomar de la Greduela, que estuvo también enlucido de blanco por dentro y por fuera, estas hornillas tapizan literalmente la superficie de todos los muros interiores de las siete calles en las que se organiza el palomar, mostrándonos sus bocas circulares que tienen un diámetro cuya longitud es casi uniforme con escasas variaciones comprendidas entre 10 y 12 cm. En su interior, el vientre de las vasijas se ensancha hasta los 20 cm. de diámetro y su profundidad media oscila entre 20 y 23 cm. aproximadamente. En suma, unas dimensiones similares a las de las hornillas del Palomar de Zurita, por lo que creemos que han podido ser fabricadas en la misma alfarería, tal vez en algunas de las que existían al pie de los cerros de los pagos de Anaferas y Torrox o las que en el siglo XIX se ubicaban en las proximidades de la Ermita de Guía.

Los muros se dividen en 6 bandas paralelas, separadas por un resalte de ladrillo. En cada banda se disponen las filas de hornillas. La primera de ellas presenta cinco alturas y tiene su primera fila separada del suelo unos 60 cm. evitando así el acceso de posibles “enemigos” de las palomas. Las cuatro bandas siguientes tienen cuatro filas cada una. Finalmente, el último de estos “pisos” presenta una altura variable, ya que, como se ha dicho, los muros laterales tienen forma de trapecio para salvar el desnivel de 1,5 m. existente entre el muro trasero y el delantero. Así, mientras que en las primeras calles vemos tres nidos de altura, en la última se cuentan hasta 10 filas de nidales.

Más de 22.000 hornillas.



¿Cuántas hornillas tiene el palomar de la Greduela? En un cálculo aproximado comprobamos que cada una de las 7 calles interiores del palomar tiene un mínimo de 23 alturas de nidos. Cada tiene 62 vasijas a ambos lados de la calle y en los lados más estrechos que cierran las calles pueden verse 5 cuencos por fila. A ello hay que sumar las hornillas que contamos en esa última banda, con filas variables… Ya sólo nos queda restar las palomeras que cabrían en los huecos de paso para llegar así a una cifra aproximada de 22.400 nidales, una cantidad muy próxima a la cifra de 23.000 que calculamos para el palomar de Zurita. En todo caso, una cantidad muy respetable que sitúa a nuestros palomares entre los de mayor capacidad de cría del país. Si recordamos que el de La Breña tenía 7.700 hornillas y que algunos estudios de los afamados palomares de Tierra de Campos arrojan medias en torno a las 1000 palomeras, convendremos que, a los valores propios de la arquitectura rural, nuestros palomares añaden los de su gran capacidad de cría y producción de pichones y palomina. No hace falta insistir en ello para reclamar su protección, y solicitar a la Dirección general de Bienes Culturales de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía… o a quien corresponda, su declaración como Lugar de Interés Etnológico… antes de que avance su deterioro o de que acabe por destruirse definitivamente.



Nos vamos de La Greduela imaginando como, ciento cincuenta años atrás, el palomar ofrecía una estampa sin igual, con miles de aves revoloteando a su alrededor, entre los cerros y las alamedas. Entonces era un importante centro productor de carne fresca para los mercados de la ciudad, a la vez que proporcionaba pichones vivos que se transportaban en jaulas a los puertos cercanos, para garantizar el suministro en los viajes y travesías marítimas. De todo ello nos queda el recuerdo en los muros de este “monumento etnológico” que no debemos dejar perder.

Para saber más:
(1) Borrego Soto, M. A. (2008): "Poetas del Jerez islámico", Al-Andalus Magreb, 15: 41-78. De estemismo autor, puede consultarse también: Gala del mundo y adorno de los almimbares. El esplendor literario del Jerez andalusí. Col. EH Al-Andalus, Jerez, 2011.
(2) De Burgos, A.: Diccionario de agricultura práctica y economía rural. Vol. 5, pgs. 74-78.
(3) Souto Silva, M.: La cría de palomas en la historia. En “Los palomares en el sur de Aragón (Teruel)”. DGA, 2002.
(4) Lucio J. Moderato Columela: Los doce Libros de Agricultura. Traducción del latín y notas por Carlos J. Castro. Prólogo Emiliano Aguilera. Iberia, Barcelona, 1959. Tomamos la cita de M. Souto Silva.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Puedes ver otros artículos relacionados en nuestro blog enlazando con Los palomares en el paisaje de la campiña, El Palomar de Zurita. Un lugar de interés etnológico olvidado. y Patrimonio en el medio rural.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 28/09/2014

3 comentarios :

Anónimo dijo...

Estais haciendo, poco a poco y de manera callada, unas aportaciones a temas de Jerez que muchos que hemos nacido aquí ni conocíamos. Gracias maños.

Alfonso Saborido dijo...

Genial, ni idea de que eso existía!

José Ramón dijo...

Fabulosa información Felicidades por tan buen labor Saludos

http://creatividadeimaginacinfotosdejosramn.blogspot.com.es/

 
Subir a Inicio