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Los paisajes del agua en torno a Jerez.
Un paseo por “Los canales de Jerez”.




A Alberto M. Cuadrado Román, in memoriam

Estas semanas en las que las intensas lluvias han llenado de grandes lagunas los alrededores de Jerez y se han cubierto con extensas láminas de agua muchos parajes próximos al casco urbano, hemos vuelto a recuperar, siquiera por unos días los paisajes de nuestra geografía antigua en los que, como acreditan distintas fuentes documentales, los esteros penetraban hasta las cercanías de la ciudad. Y como no podía ser de otro modo, hemos recordado los trabajos del añorado compañero, Alberto Manuel Cuadro Román, miembro del Centro de Estudios Históricos Jerezanos. En uno de ellos, titulado “Los canales de Jerez” (1) recreaba algunos de estos enclaves marcados por los antiguos cursos fluviales, por los esteros y marismas en torno a Jerez. Como un sencillo homenaje a sus documentadas aportaciones, hemos recorrido algunos de estos parajes.

Por el Arroyo del Carrillo.

Los lectores que en estos días pasados hayan circulado por la autovía Jerez-El Puerto habrán reparado, a buen seguro, en las grandes balsas de agua que se formaban a ambos lados de la carretera, poco antes de llegar a la cuesta de Matajaca. Su “causante” es el Arroyo del Carrillo, también conocido como Mata Rocines, un modesto tributario del Guadalete al que se une en las inmediaciones de Puerto Franco y del Cortijo de San Felipe, frente a las Calandrias.

Con apenas 10 km de recorrido, recoge las aguas de varios cursos menores que, desde las laderas de los cerros de La Carrahola y El Calderín, se unen en los Llanos de Mirabal y Santa Isabel. En este lugar, a los pies del Cerro Colores, donde se encuentra el Colegio y Residencia Escolar de Sordos, se forma una gran laguna, a la derecha de la carretera, en la antigua llanura de inundación del arroyo que, como hemos comprobado, tiene incontrolables crecidas.



El arroyo del Carrillo cruza bajo la autovía por dos grandes tubos de desagüe que apenas pueden dar salida a los extraordinarios caudales embalsados por los terraplenes de esta obra.




Desde aquí, el arroyo atraviesa la antigua Trocha de El Puerto, pasando por el viejo puente de Mata Rocines del que se tiene constancia de su existencia en el s. XVIII (2). Su rosca de ladrillo se ha visto casi superada en estos días por los crecidos caudales del arroyo que han




inundado los llanos colindantes al cortijo Espanta Rodrigo, convertidos en una inmensa laguna donde el agua ha llegado a cortar el camino de acceso al mismo en los momentos de mayor crecida.




Desde este lugar, el arroyo del Carrillo discurre por la amplia vaguada que se extiende a los pies de la Sierra de San Cristóbal, al sur, y que limitan al norte los cerros de Torrox y Parpalana.

La Cañada del Carrillo, que corre en paralelo a su curso, se llegó a inundar totalmente durante varios días, ya que la anchura ocupada por la lámina de agua ha sido en muchos puntos de decenas de metros, impidiendo el paso a las fincas colindantes, como ha recogido los medios de comunicación. Los diques sobre los que cruzan estos llanos la conducción del acueducto de los Hurones, camino de los Depósitos de San Cristóbal, han represado también la gran balsa de agua que se extendía junto a las instalaciones del Rancho de la Bola, inundando la totalidad de la cañada.



En el cruce con la carretera que desde El Portal va hasta El Puerto, el desbordamiento del arroyo cubrió con una extensa lámina de agua el bosquete de eucaliptos que se extiende a los pies de la Sierra de San Cristóbal, como podían ver los viajeros que circulaban por esta vía, dejando tras de sí una gran capa de lodo.



Desde las cumbres de esta sierra pudimos tomar fotos panorámicas del desbordamiento del Arroyo del Carrillo, que mostraba a las claras una amplia banda de terreno inundado entre la Ronda Oeste y el Guadalete, descubriendo ante nosotros lo que en tiempos remotos fue un amplio estero que, en comunicación con el río, estaba sometido al influjo de las mareas.



Por el tramo final de este arroyo, hasta su confluencia con el punto donde se ubicó la conocida Barca de Puerto Franco (3), se proyectó el arranque del canal que en el siglo XVII pretendía unir el Guadalete con el Guadalquivir (4)

Por el Guadajabaque.

Estos días de lluvia han servido también para recordar que un antiguo río, el Guadajabaque, maltratado y transformado por el crecimiento urbano hasta su casi total desaparición, seguía estando presente en las cercanías de Jerez, mostrándose activo tratando de recuperar su antiguo cauce en muchos rincones.

Este curioso topónimo, rescatado hace apenas dos décadas para dar nombre a las nuevas urbanizaciones levantadas junto a la laguna de Torrox, da desde siglos nombre a un río que, con apenas 12-13 km. de recorrido, es tributario del Guadalete al que se unía en las cercanías del antiguo embarcadero de El Portal. Su nombre, de origen árabe (Wadt as-sabak o “río de las redes”) apunta ya a su antigua conexión con un estero del Guadalete que en el Jerez andalusí era utilizado para la pesca (5).

En los siglos medievales aparece ya con diferentes variantes como Guadaxabaque, Guadajabaque, Guadabajaque y Guadabaxaque, todas ellas con referencias en las fuentes documentales (6).



Este río ya “desaparecido” por las grandes transformaciones de su cauce en el pasado siglo, tiene su origen en la confluencia de los arroyos del Amarguillo y del Zorro (o de la Loba, que pasa a los pies del cerro de Santiago).



A partir del paraje de Las Salinillas, en las proximidades de Área Sur, discurre en paralelo a la antigua Cañada de la Loba (también llamada de Guadajabaque, Corchuelo y Moro) cruzando la autovía de Sanlúcar y bordeando la zona trasera de las bodegas de Williams & Humbert.



Desde este paraje, donde aún mantiene algunos sotos de tarajes y pozas encharcadas buena parte del año, es canalizado bajo la autovía de El Puerto, para ser conducido a la nueva “laguna de Torrox”, desde la que un aliviadero subterráneo conduce sus aguas hasta el Guadalete.





Antiguamente recibía las aguas del arroyo de Curtidores que tenía su origen en pleno casco histórico. Desde finales del siglo XIX se le conoció también por el nombre de arroyo de Morales y con la construcción del Polígono Industrial El Portal en la década de los sesenta del pasado siglo, se canalizó su curso con un colector subterráneo, olvidándose hasta su nombre (7).

Sin embargo, cuando las grandes lluvias hacen su aparición, el antiguo Guadajabaque “resucita”, mostrándose como un arroyo de violentas crecidas que recoge las aguas de una cuenca de más de 4.500 hectáreas del sector noroccidental que rodea a la ciudad.

Y para “verlo en acción” fuimos a su encuentro a las proximidades de la carretera del Calvario, donde el arroyo del Amarguillo se desbordaba en las proximidades de La Constancia. A los pies de Cerro Nuevo y Cerro Viejo, el arroyo del Zorro o de La Loba bajaba también muy crecido, y juntos los dos, en las inmediaciones del camino que conduce a las Bodegas de Luis Pérez, transformado ya su curso en el Guadajabaque, inundaban el paraje de Las Salinillas desaguando bajo la Ronda Oeste en una gran laguna que desde el centro comercial de Área Sur se extendía hasta la carretera de Sanlúcar, rozando sus aguas el tablero de los puentes construidos sobre su modesto cauce, ahora desbordado.

Junto a la Bodega de Williams & Humbert, el Guadajabaque bajaba rebosante, con el brío que tuvo en tiempos pasados, antes de que transformaran su antiguo cauce. Sus aguas turbulentas, cargadas de los lodos que arrastra en su curso, se depositarán en la laguna de Torrox, aterrando poco a poco su vaso. Para verlo en perspectiva, aún subimos hasta el Olivar de Colores, desde el que pudimos contemplar buena parte de su recorrido y desde el que,



viéndolo vivo, como el río que fue, pudimos recordar aquellos viejos proyectos por los que, a través de su cauce, se proyectó ya en el siglo XVII un canal de casi 34 km. por el que unir el Guadalete y el Guadalquivir (8).

Por el Salado y La Catalana.

Procedente de las laderas de la sierra de Gibalbín que miran al sur, diferentes cursos menores se unen en la cabecera de Caulina dando lugar al arroyo Salado de Caulina. Su tramo final corre en paralelo a la vaguada de la autopista Sevilla-Cádiz, desembocando en el Guadalete entre Viveros Olmedo y La Cartuja.

El valle de este arroyo, de origen tectónico, se estrecha entre La Cartuja y Lomopardo, ensanchándose en una amplia llanura conocida como Llanos de Caulina. Esta depresión aluvial en la que se encaja el Salado fue durante el Plio-Pleistoceno, dos millones de años atrás, un brazo del Guadalquivir que, a través del Caño de Casablanca y el arroyo de Romanina, se unía por el valle del Salado con el estuario del Guadalete en las cercanías del actual monasterio de La Cartuja. Durante el Cuaternario, hace aproximadamente 1,5 millones de años, nuevas fallas y pliegues crearon la actual divisoria entre ambas cuencas, al norte de Caulina, abandonándose este brazo del Betis que funcionó hasta su progresivo aterramiento, como un estero, con penetración marina desde el Guadalete (9).

Con esta historia geológica, no es de extrañar que, cada vez que se producen grandes lluvias, buena parte de los Llanos de Caulina se inunden en muchos puntos junto a las riberas del Salado, a pesar de los canales de drenaje que se practicaron en la segunda mitad del siglo pasado. Hace sólo unos años, en el invierno de 2009-2010, el arroyo se desbordó anegando buena parte de los Llanos y cortando la autopista (10).



Con las últimas lluvias, se ha podido ver el Salado rebosante a su paso por el puente de la carretera de Cortes en Estella, junto a la Venta La Cueva, habiéndose desbordado en algunos puntos aguas arriba de este lugar.



Algo más abajo, en los Llanos de la Catalana, se han formado grandes balsas de agua y una enorme lámina en la zona conocida como Las Salinillas (10), por la que cruzan las conducciones del acueducto de Tempul y de los Hurones, a sólo 6 m. sobre el nivel del mar.



El arroyo de La Canaleja, tributario del anterior con el que se une en las proximidades de la barriada de La Teja, se desbordó también en estos días, pudiendo verse junto a la rotonda nº 5 de la Ronda Este una enorme lámina de agua que llegaba casi hasta la autopista. Hay que recordar que este arroyo es el que recoge las aguas pluviales que caen sobre buena parte de la ciudad, canalizando las escorrentías que, desde la zona norte, bajan por las calles Porvera, Honda y Arcos hasta las barriadas de la Asunción y Zafer.



En las inmediaciones de este barrio, a la altura del antiguo acueducto de La Canaleja, los colectores subterráneos afloran a la superficie formando, aguas abajo del puente que cruza la Ronda Este, grandes balsas de agua por desbordamiento, como las que pudimos captar el pasado sábado 10 de marzo.

Por Tabajete y las Mesas de Asta.

Otro punto sensible, cuando se suceden episodios de grandes lluvias, es el entorno de Mesas de Asta, hasta donde nos desplazamos en los días posteriores.

Viniendo de Jerez, desde las cercanías del cortijo de Romanitos, se apreciaba ya a nuestra izquierda la antigua marisma de las Mesas cubierta por las aguas. Poco antes de llegar, la carretera cruza el caño de drenaje de Tabajete, que desde las cercanías de este cortijo (que dejamos a nuestra izquierda) lleva las aguas de estos llanos hasta el Guadalquivir atravesando también la



marisma de El Bujón
. El caño, rebosante de agua, desbordado ya en muchos puntos, canaliza los caudales de los pequeños arroyos que cruzan los pagos de San José de Prunes, El Barroso, Pozuela…




Estas zonas bajas de Tabajete y Mesas de Asta, situadas a unos 4 m. sobre el nivel del mar, formaban parte de los antiguos esteros que rodeaban a la histórica ciudad de Asta Regia y de los que ya encontramos referencias en las fuentes clásicas, en autores como Estrabón, Plinio el Viejo o Marciano de Heraclea, entre otros (11). A la entrada de Mesas de Asta, asomados a la marisma, pudimos ver anegadas las tierras que en otros tiempos estuvieron ocupadas por los esteros del Betis, recordando lo escrito en el cambio de Era por el geógrafo griego Estrabón: “los indígenas, conocedores de la naturaleza de la región y sabiendo que los esteros pueden servir para lo mismo que los ríos, han construido sus poblados y ciudades sobre aquellos, tal y como hacen en las riberas de los ríos.



Así fueron levantadas Asta, Nabrissa, Onoba…
” (12). En días como estos, en los que una inmensa lámina de agua cubre todos los bajos en torno a Mesas de Asta llegando hasta las tierras del cortijo de Espartinas, al otro lado de la marisma, resulta fácil dar un salto en el tiempo y adivinar la antigua imagen que estos parajes debieron tener hace 20 o 25 siglos.

Desde esta barriada rural nos acercamos, siguiendo el curso embarrado y casi intransitable de la Cañada Ancha, hasta las cercanías del cortijo del Rosario. A lo lejos, en esos dilatados horizontes que se abren hasta el Guadalquivir, pudimos divisar los grandes lagunazos que anegaban buena parte de las marismas de Rajaldabas, colindantes con las tierras de Casarejo y del término de Sanlúcar.

En las marismas de Casablanca.

Para terminar nuestro periplo, tomamos la carretera de Morabita, antiguo Camino de Lebrija, desviándonos por el puerto de Capita, hasta el borde mismo de la marisma de Casablanca. Las lluvias de estas últimas semanas habían transformado estos parajes en un inmenso aguazal, con Gibalbín como telón de fondo (mirando hacia el este), y en el que el gran edificio del silo de trigo de la Estación de El Cuervo, parecía un gran navío sobre el espejo de las aguas que todo lo cubrían.

Ya de regreso a Jerez hicimos un alto junto al Cortijo de Casablanca (13) para recrearnos en esta hermosa marisma, que figura en el Inventario de Humedales de Andalucía (14) y que había recobrado la vida en estos días de marzo. Aún volvimos a parar en el Alto de Montegil para disfrutar de las inigualables vistas que desde allí



se contemplan sobre este territorio, de nuevo inundado tal como podía verse en la antigüedad y como nos recreaba en sus trabajos el recordado Alberto M. Cuadrado Román.

Para saber más:
(1) Cuadrado Román, A.M.:Los canales de Jerez”. Revista de Historia de Jerez, 14-15, 2008/09, pp. 67-90.
(2) García Lázaro, J. y A.: Viejos puentes en viejos caminos, Diario de Jerez, 11 y 18 de octubre de 2015.
(3) García Lázaro, J. y A.: Al pasar la barca. Una pequeña historia de las barcas que cruzaban el Guadalete (1), Diario de Jerez, 29 de mayo de 2016.
(4) Díaz Blanco, J.M.: Presión monárquica y resistencia municipal: Jerez de la Frontera contra el gobierno de Felipe IV. Studia Histórica: Historia Moderna, 34, 2012, pp. 303-304.
(5) Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 2004. Pg.308. Esta misma denominación puede verse en Abellán Pérez, J.: Poblamiento y administración provincial en al-Andalus. La cora de Sidonia. Ed. Sarriá, Málaga, 2004. p. 145.
(6) Gutiérrez, Bartolomé.: Historia del estado presente y antiguo de la mui noble y mui leal ciudad de Xerez de la Frontera, Edición facsímil. BUC. Ayuntamiento de Jerez, 1989, Vol I Pg. 48. Este autor apunta que el nombre podría aludir a las pesquerías que se realizaban en este río al que, en la época medieval, llegaría a través del Guadalete el influjo de las mareas.
(7) García Lázaro, J. y A.: Tras las huellas del Guadajabaque y del arroyo de Morales, publicado en http://www.entornoajerez.com/2012/10/la-laguna-de-torrox-2-tras-las-huellas.html, 9 de octubre de 2012
(8) Díaz Blanco, J.M.: Presión monárquica… obra citada, pp. 3303-304.
(9) González Rodríguez, R. y Ruiz Mata, D.: “Prehistoria e Historia Antigua de Jerez”, en Caro Cancela, D. Coord.: “Historia de Jerez de la Frontera. De los orígenes a la época medieval”. Tomo 1. Diputación de Cádiz. 1999, p. 22.
(10) García Lázaro, J. y A.: El Guadalete se desborda. Imágenes de las inundaciones de febrero de 2010, publicado en: http://www.entornoajerez.com/2010/02/imagenes-de-las-inundaciones-de-febrero.html, 26 de febrero de 2010. Ver también I.G.M.E.: Mapa Geológico de España, Hoja 1048, Jerez de la Frontera, 1988, p. 32.
(11) González Rodríguez, R. y Ruiz Mata, D.: “Prehistoria…”, obra citada, p.p. 114-115.
(12) Ibidem.
(13) García Lázaro, J. y A.: Topónimos curiosos en torno a Jerez, Diario de Jerez, 4 de marzo de 2018.
(14) Inventario de humedales de Andalucía: Marisma de Casablanca, Consejería de Medio Ambiente, 2008


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: El Guadalete se desborda, Lagunas y humedales, Paisajes con historia.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 18/03/2018

Las Salinillas de la carretera del Calvario.
Un pequeño humedal salobre con curiosas sorpresas.




A Paco Giles y Santiago Valiente, desde nuestra admiración por su trabajo

Junto a las lagunas más conocidas de nuestro entorno (Medina, Los Tollos, Las Quinientas…), la mayoría de ellas de agua “dulce” y de carácter permanente, existen en las cercanías de la ciudad no pocas lagunas o zonas encharcables de carácter estacional que, a diferencia de aquellas, presentan en sus aguas altas concentraciones de sal que, en algunos casos, permiten calificar a estos humedales como “salinos”. Ello se debe a la naturaleza del suelo que atraviesan los arroyos que los alimentan, constituido la mayoría de las veces por margas, arcillas y yesos triásicos, materiales todos ricos en sales (1).

Por señalar sólo algunos ejemplos de parajes donde podemos encontrar este tipo de pequeñas lagunas salobres, mencionaremos la que puede observarse junto a la carretera que une Estella del Marqués y Lomopardo. Este rincón entre viñas, conocido como Las Salinillas, está enclavado en una zona deprimida conocida como Llanos de la Catalana y es quizás el más representativo de los que pueden encontrarse en las cercanías de la ciudad (2). Otros lugares donde se forman pequeñas lagunas estacionales con presencia de la vegetación propia de terrenos ricos en sal las encontramos, junto a la Cañada del Amarguillo, en el Rincón de La Tapa, junto al cortijo de Espanta Rodrigo, en la Cañada de Morales, en Salto al Cielo… (3). Todas ellas tienen en común que la naturaleza del suelo sobre el que se asientan, o las laderas que forma parte de su “cuenca de recepción”, están constituidas por materiales del triásico, como se ha dicho, de carácter margoso, ricos en yesos y sales.

Salinas entre viñedos: Las Salinillas de la carretera del Calvario.

Uno de estos pequeños humedales salobres, en los que queda en evidencia este alto contenido salino de las aguas, es el conocido como Las Salinillas, de similar nombre al situado en Estella del Marqués, que se encuentra ubicado junto a la carretera del Calvario: un lugar tan próximo a la ciudad como desconocido.

El paraje de La Salinilla o Las Salinillas es ya mencionado en fuentes escritas y cartográficas del siglo XIX como un lugar donde se acumulaba la sal y donde podía recogerse para los usos más habituales por los lugareños. Aunque hasta hace unas décadas, este rincón de la campiña distaba algo más de 4 km de la ciudad, la rápida expansión urbanística ha llegado hasta sus inmediaciones y apenas 2 km separan Las Salinillas de la rotonda de acceso al centro comercial Área Sur y Luz Shopping, desde donde podremos llegar cruzando el paso elevado que se ha construido sobre la Ronda Oeste. Tomaremos entonces la Carretera del Calvario o de las Viñas (también denominada Camino Viejo de Sanlúcar, Carretera del Barroso o de Bonanza) y nada más pasar la Cooperativa San Dionisio (reconocible por sus silos de cereales), nos desviaremos por un camino que se abre a la izquierda de la carretera que, al poco, nos dejara junto a Las Salinillas.



El visitante comprobará enseguida que nos adentramos en uno de esos parajes tradicionales del marco de Jerez donde crecen viñedos sobre suaves lomas de albarizas. Los llanos de Las Salinillas forman parte de una serie de espacios que ocupan los terrenos bajos que se forman a los pies de los cerros de Santiago y Corchuelo, en cuyas laderas se ubican los famosos pagos de viña del mismo nombre, junto a otros no menos conocidos como los de Rui Díaz o, algo más distantes, los de Alfaraz, Mariañez y Cantarranas.

En este lugar, tan transitado en tiempos pasados, confluyen también las cañadas del Moro, de La Loba o de Guadajabaque y la Hijuela del Corchuelo, por la que hemos llegado hasta Las Salinillas desde la carretera. Este mismo camino continúa entre viñedos para unirse a la Hijuela de Rompeserones que nos lleva a la viña de Vistahermosa, donde se alzan las magníficas Bodegas Luis Pérez que vemos dominando unos cerros cercanos a la laguna.

Por este rincón de la campiña discurren las aguas de los pequeños arroyos que drenan el rincón noroeste del alfoz jerezano. El principal de ellos, el del Amarguillo, viene de las laderas de poniente del pago de Macharnudo y ya delata en su nombre el carácter salobre de sus aguas. El Arroyo del Zorro, que se une a él en un paraje cercano, arranca en las faldas de los cerros del Carrascal y Capirete, y forma también pequeños lagunazos y aguazales a los pies del Cerro de Santiago, coronado por las célebres viñas de Cerro Viejo y Cerro Nuevo.



Desde Las Salinillas, donde en invierno se remansan las aguas formando una laguna de escasa profundidad, el curso resultante toma ya el nombre de Arroyo de La Loba o el de Guadajabaque.



Este arroyo atraviesa la Ronda Oeste bajo un paso construido años atrás y se canaliza por el perímetro del centro comercial Luz Shopping y Área Sur. Tras cruzar la carretera de Sanlúcar ha sido canalizado hasta la nueva Laguna de Torrox por cuyo aliviadero se conducen sus aguas al Guadalete.

Los singulares manantiales salinos de Las Salinillas.



Como se ha dicho, el vaso de Las Salinillas, al igual que el de otros muchos humedales de similares características, se inunda sólo temporalmente. En los años lluviosos, la lámina de agua llega a superar las 3 hectáreas, y aunque a veces pueden verse charcas hasta julio, lo habitual es que, con la llegada del verano, la superficie de esta lagunilla se seque, mostrándonos en muchos de sus rincones los depósitos de sal que evidencian la naturaleza salobre de sus aguas.

Un aspecto muy llamativo que caracteriza a este humedal es la existencia de pequeños manantiales en el vaso de la laguna, entre los que destacan de manera casi permanente dos. Están situados ambos a los pies de la ladera del cerro sobre el que se asienta el cortijo de Las Salinillas y se delatan por el reguero de sal que las aguas que brotan del interior de la tierra dejan a su paso, buscando las zonas más bajas de la laguna y el lecho del arroyo Guadajabaque que actúa como colector de drenaje. Conviene tener cuidado al aproximarnos para observarlos ya que la costra de sal que los rodea, aparentemente sólida en su superficie, oculta un subsuelo fangoso en el que pueden hundirse nuestros zapatos.



Con todo, resulta llamativo ver como en los años lluviosos, brotan sus aguas de lo más profundo de la tierra. Se trata de pequeños manantiales artesianos en los que el agua aflora a la superficie por presión hidrostática a través de fisuras que llegan hasta el acuífero confinado en los estratos inferiores y que, en este caso, alimentan las filtraciones de los cerros que rodean la cubeta de la laguna, que, al proceder de un nivel superior a estas capas, le proporcionan la presión que les permite salir a la superficie de manera natural.

En los meses del estío, el agua brota en muy pequeña cantidad o no fluye, manteniendo un nivel bastante estable, muy próximo a la superficie, como si de un pozo artificial se tratase. En la parte exterior de los dos principales manantiales se forma un círculo de color negruzco, debido al reflejo de los fangos del interior. En la superficie de estos pozos naturales se observan burbujas procedentes de los niveles más profundos.

En el mayor de los dos principales afloramientos, el círculo de superficie, que está rodeado de una gruesa capa de grumos de sal, llega a tener un 1,5 m de diámetro y una profundidad cercana a los 3 m, según hemos podido averiguar tras sondar el pozo, desde una distancia prudencial, ya que no conviene acercarse al borde del mismo, por lo fangoso del terreno bajo la costra de sal. El pozo del segundo manantial tiene un diámetro de unos 80 cm y una profundidad cercana a los 2,5 m, presentando en su superficie una mayor cantidad y frecuencia de de burbujas.



El fenómeno observado en estos curiosos pozos nos recuerda a los descritos por insignes geólogos en otros puntos de la provincia, hace ya más de un siglo. Así, José Macpherson, observó en los lodos oscuros del arroyo del Almendrón, entre Medina y Chiclana, “una gran extensión de terreno en el mismo cauce en donde se ven trozos formados de un finísimo barro negro, y del cual se desprenden abundantes burbujas con fuerte olor a hidrógeno sulfurado" (4). Este mismo autor, describe al pie de Peña Arpada, entre Paterna y Alcalá de los Gazules, fenómenos que califica de “semi volcánicos”. Menciona allí la existencia de pequeños conos de un finísimo barro negro (“Volcanes de fango”) en cuya parte superior “había un pequeño charco de agua del que se desprendían abundantes burbujas de gases con fuerte olor de hidrógeno sulfurado. Era tanta la sal que el agua contenía, tan grande el estado de concentración en que estaba, que a la sazón cristalizaba por los lados del cono y por ciertos sitios parecía éste un montón de nieve" (5). La misma apariencia que presentan los alrededores de los manantiales de Las Salinillas, cubiertos de gruesos grumos de sal…

El también célebre geólogo Lucas Mallada en el lugar conocido como Las Salinillas de Jara, próximo al cortijo jerezano del mismo nombre, informa también de emanaciones de burbujas de “hidrógeno carburado” en los fangos salinos de este paraje (6). Sea cual fuere el misterio que encierran esos manantiales puede confirmarse su presencia en ese mismo lugar, delatados por el reguero de sal que dejan sus aguas al brotar, al menos desde 1956, cuando el conocido “Vuelo Americano”, dejó testimonio de ellos en las primeras fotografías aéreas de este paraje, donde se apunta ya la localización de estos manantiales salinos en el mismo lugar donde en la actualidad los encontramos.

Un curioso paisaje.

Aunque esta pequeña laguna estacional no cuenta con el típico cinturón vegetal que observamos en otros humedales, no faltan en los alrededores de Las Salinillas algunas de las especies propias de estas lagunillas salobres, entre las que destacan las salicornias (Salicornia ramosissima) que se mantienen verdes y carnosas aún en los días más calurosos del verano. En las laderas del arroyo crecen también tarajes, carrizos, juncos… Entre el lecho arenoso de la laguna es fácil encontrar restos de moluscos marinos que abundan también entre los materiales del Plioceno que rodean a Jerez. Se encuentran aquí fragmentos de conchas de los géneros Pecten, Cardium, Anomia y, sobre todo, Ostrea: las conocidas ostras y ostiones.



Conviene recordar que, al tratarse de una propiedad privada, es preciso solicitar permiso para poder visitar Las Salinillas. Una vez allí, el paseante curioso podrá también detenerse a observar las formas caprichosas que adoptan los tallos secos de la vegetación perilagunar, revestidos de sal, o las curiosas figuras que se forman en el lecho cuarteado de la laguna cubiertas por una delicada capa blanca que, por un momento, se nos antoja como cubierta por una tenue nevada. La sal forma también pequeños grumos sobre las margas que rodean el vaso de la laguna y se deposita sobre las huellas que dejan los animales que merodean por este lugar, sobre las pisadas de los visitantes o sobre los objetos que en su día se arrojaron en el humedal. Nos gusta venir en primavera a Las Salinillas cuando este espacio se muestra como una pequeña pero hermosa laguna. Subimos entonces a la cercana ladera (en la que restos cerámicos esparcidos en distintos puntos delatan la presencia romana en este enclave) para obtener hermosas vistas de este humedal.

Pero es en verano cuando más nos atrae, cuando evaporadas sus aguas, un inmenso velo de sal cubre su lecho y su blancor contrasta con el verde intenso de los viñedos.



Es entonces cuando este rincón de la campiña hace honor a su nombre y nos recuerda que, muy cerca de la ciudad, se pueden descubrir parajes de una singular belleza.

Para saber más:
(1) Gutiérrez Mas, J.M. et al.: Introducción a la Geología de la Provincia de Cádiz. Universidad de Cádiz. 1991
(2) García Lázaro, J. y A.: Salinas con historia junto a Estella del Marqués. Diario de Jerez 28/06/2015. También en : http://www.entornoajerez.com/2015/06/salinas-con-historia-junto-estella-del.html
(3) García Lázaro, J. y A.: Humedales en torno a Jerez: un recorrido por las lagunas salobres, marismas y balsas, Diario de Jerez 14/02/2016. También en http://www.entornoajerez.com/2016/02/humedales-en-torno-jerez-y-3-un.html
(4) Mac Pherson y Hemas, J.: Bosquejo Geológico de la provincia de Cádiz, Imprenta Médica, Cádiz 1872, p. 111
(5) Ibídem, pp.110-1.
(6) Mallada L.: Nota sobre los yacimientos de petróleo y azufre de la provincia de Cádiz, Comisión Mapa Geológico de España. T. 30, (10 de la 2ª serie), 1909, p. 10


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 19/06/2016

 
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