"Los venideros jamás querrán creer semejante destrozo"
La epidemia de fiebre amarilla de 1800 en Jerez.



En estas semanas de confinamiento en los que las noticias nos traen cada día el aumento de personas contagiadas por el "coronavirus" y las tristes cifras de muertos, hemos recordado otras terribles epidemias que asolaron nuestra ciudad.

Una de las más letales fue la conocida como "Epidemia de Fiebre Amarilla" de 1800. Aunque se repitió también en 1804, 1819 y 1820 causando centenares de bajas, la de 1800 fue, DEVASTADORA.

El doctor José Rodríguez Carrión, en un libro dedicado a la citada epidemia, cifra en 5.491 los muertos que causó en Jerez, aproximadamente el 12% del total de la población. Casi uno de cada 8 jerezanos de la época murió a consecuencia de esta terrible EPIDEMIA.

Para conocer de primera mano como afectó a la ciudad hemos querido traerles el relato que de ella ofrece D. Juan de Trillo y Borbón en su obra: Libro en donde están apuntadas todas las novedades acaecidas en esta ciudad de Xerez de la Frontera desde el año de 1753 y algunas otras que han ocurrido fuera de ella publicado en Jerez en 1890.

Del relato de Trillo entresacamos algunas de las frases más reveladoras, que nos ayudan a hacernos una idea de las dimensiones de esta catástrofe humanitaria:

“Todo pasajero que venía a Jerez...por cualquier lado que intentaba entrar se le impedía hasta que lo verificara por la Alcubilla donde se registrara su salud y se le examinara el pasaporte, rechazándose al que venía enfermo o no”.

“No había cementerio, parroquia, convento o capilla que no estuviesen llenos de cadáveres".

Se hizo un lazareto en las Cuatro Norias y un camposanto en la Laguna del Jabonero.

Hubo un día, en octubre, en el “que murieron 335 personas”.

La ciudad tuvo que “hacer cuatro carros y embargar cinco carretas para sacar los cuerpos de las casas, porque eran tantos que había algunos que estaban fétidos por haber varios días de haber fallecido”.

“Era una confusión ver gemidos y llantos de viudas, viudos, huérfanos, hijos, padres, huyendo unos de los otros, sin querer asistirse por no contagiarse, ver los carros y carretas cargados de muertos por esas calles, como si fuesen gavillas de paja.”

“Se experimento en esta ciudad el azote del contagio desde el 26 de agosto hasta el 21 de diciembre.”

“Del cuerpo del Ayuntamiento murieron 21, contando en ellos el Corregidor, el Alcalde Mayor, catorce veinticuatros, cuatro Jurados y un diputado del común.”

No dejen de leer, completo, este sorprendente y terrible testimonio...






Para saber más:
-RODRÍGUEZ CARRIÓN, J.: Jerez, 1800. Epidemia de fiebre amarilla.Jerez, CEHJ, 1980.
-TRILLO Y BORBÓN, J.:Libro en donde están apuntadas todas las novedades acaecidas en esta ciudad de Xerez de la Frontera desde el año de 1753 y algunas otras que han ocurrido fuera de ella, Jerez, 1890. pp 61-65

-La Epidemia de fiebre amarilla de 1800 en Jerez

Jaramagos.
Las más humildes de la flores




Cuando hace ya casi tres semanas empezó el estado de alarma que nos tiene a todos confinados, LOS JARAMAGOS YA ESTABA ALLÍ, llenando el campo y sus confines. La primavera nos pilló a todos encerrados, pero en el campo abierto, en todos los rincones de la campiña, los jaramagos llevaban semanas recordándonos, como una premonición, que la vida es imparable.






ELOGIO DEL JARAMAGO.

Entre las más humildes de las flores, pocas tan hermosas como el jaramago. Apenas el invierno dobla el mes de febrero y si las lluvias han sido oportunas, los jaramagos empiezan a pintar de amarillo los linderos de los campos, los bordes de los caminos, los ribazos de los arroyos. En pocas semanas, anunciando ya la primavera, su tenue follaje y sus vistosas y diminutas flores, como si de un cuadro impresionista se tratara, visten de color los baldíos, los terrenos incultos, las laderas y cunetas de los carriles, los setos, los solares abandonados, los viejos muros…

En un alarde de aérea ligereza, se enseñorean en los tejados de las viejas casas y, aún con cierto descaro irreverente, lo hacen también en las cornisas de las iglesias mostrando sus tenues y delicados colores. A nuestro entender, su sencilla belleza los rescata del reino de las “malas yerbas” al que se les había condenado, por su persistente omnipresencia y por esa forma obstinada con la que se instalan, más que como invasores, como auténticos supervivientes que resisten entre las ruinas y los escombros.



Los sencillos y hermosos jaramagos ya habían sido ganados para la literatura y elevados a los altares de las letras gracias a Rodrigo Caro, quien hace más de cuatro siglos, los inmortalizara en su célebre Canción a las Ruinas de Itálica como imagen viva de la decadencia:
“Este despedazado anfiteatro,
impío honor de los dioses, cuya afrenta
renueva el amarillo jaramago,
ya reducido a trágico teatro,
¡oh fábula del tiempo!, representa
cuánta fue su grandeza y es su estrago.”



Un mismo nombre para muchas flores distintas.

El jaramago, o mejor dicho los jaramagos, así en plural, es el nombre común de diferentes especies de plantas herbáceas, pertenecientes también a distintos géneros de la familia de las Crucíferas. Sus matas, con tallos, muy ramificados, llegan a alcanzar los 60 u 80 cm de altura, destacando en ellos sus pequeñas flores amarillas (o blancas en algunas especies), que se caracterizan por tener cuatro pétalos en forma de cruz, lo que da nombra a la mencionada familia. Las flores se disponen en largas espigas terminales. Sus frutos pasan también desapercibidos, y presentan el aspecto de unas diminutas vainas casi cilíndricas, torcidas ligeramente en las puntas, conteniendo muchas semillas que garantizaran su presencia y dispersión en años sucesivos. De ellas se alimentan numerosas especies de aves granívoras.

En nuestras campiñas comparten este nombre, como se ha dicho, diferentes especies, siendo las más conocidas Diplotaxis siifolia, Sisymbrium irio o S. officinale, de tallo piloso. Junto a ellas son también muy comunes Diplotaxis cathólica, D. virgata o D. erucoides, esta última de pequeñas flores de color blanco.



Entre otras especies de jaramago que podemos ver en torno a Jerez mencionaremos también a Hirschfeldia incana, jaramago de pequeñas flores blancas, o Sinapis alba, conocido también como mostaza blanca, de delicadas flores amarillas (1).



Volviendo a la literatura, nuestro gran poeta Manuel Ríos Ruiz, acudió también a esta humilde flor (“flor mínima”) para dar título a una de sus obras Los predios del jaramago, con la que fue galardonado con el premio “José María Lacalle 1978”. En muchos de los poemas de este hermoso libro, por su fuerza evocadora, se hace alusión al jaramago, como por ejemplo en el titulado Travesía de la celda: “…Este jaramago crece/ del puro escombro, cenicienta carne, cuerpo/ en pena de una historia creada en su camino” (2).

Otros muchos poetas han tenido presente al jaramago en sus obras, como el arcenés Julio Mariscal, Antonio Machado, Rafael Alberti o Juan Ramón Jiménez quien dedica a su amigo Javier de Intuyesen el hermoso texto titulado Trigo y Jaramago (3).



Sin embargo, nada mejor para expresar la serena belleza que para nosotros encierran estas humildes flores que recordar lo que otro gran escritor de esta tierra, Sebastián Rubiales, dice de ellas en su novela Del viento al infinito:

Recuerda la existencia humana a la flor del jaramago, tan escasa de dones, sin olor, sin vistosidad, sin delicadeza, tan poca cosa, y, sin embargo, tan fieramente constante, tan inquebrantable, rebrota una y mil veces en las condiciones más hostiles para una planta. Su acerada voluntad nace entre escombros y supera, una tras otras, todas las adversidades de una manera sorprendente. Del mismo modo, el hombre” (4).

Imagina el lector que, por estas razones, ya no podemos pensar que los jaramagos, los hermosos jaramagos que nos anuncian cada año la primavera son “malas hierbas”. Feliz primavera.




Para saber más:
(1) Íñigo Sánchez García y José Carlos Moreno Fernández.: Flora Silvestre Gaditana. Colabora Junta de Andalucía, Consejería de Medio Ambiente, Jerez, 2008
(2) Manuel Ríos Ruiz: Los predios del Jaramago, Editorial Oriens, Madrid, 1970, p, 70.
(3) Juan Ramón Jiménez: “Trigo y Jaramago”, dedicado a Javier de Winthuysen, en “Diario de un poeta recién casado” Calleja, 1917, p, 231
(4) Sebastián Rubiales.: Del viento al infinito, Pre-Textos, 2000.

Nota: agradecemos a nuestro amigo José Manuel Amarillo Vargas, autor del Blog Naturaleza, sitios y gentes, sus magníficos macros sobre jaramagos que ilustran este capítulo.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar Flora y fauna, Paisaje y Literatura, Miscelánea

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 20/03/2016

Los sifones de la Junta de los Ríos.
Una obra de ingeniería centenaria del Patrimonio Hidráulico Andaluz.




Los sistemas de captación de aguas de Baelo Claudia y su factoría de salazones (Tarifa), el Molino de Mareas del Río Arillo (Cádiz), la Fábrica de Mantas de Mario, en la Ribera de Gaidovar (Grazalema), el acueducto atirantado de Tempul en La Barca (Jerez), los aljibes árabes del Castillo y el canal del Hozgarganta para la real Fábrica de Artillería (ambos en Jimena), los restos del acueducto romano de Tempul, el Puente Zuazo (San Fernando) y los Baños del Alcázar de Jerez son elementos del patrimonio histórico, monumental, arqueológico e industrial que tienen una característica común: forman parte del selecto grupo de la decena de obras e ingenios de la provincia de Cádiz incluidos en el catálogo de Patrimonio Hidráulico de Andalucía (1). Con este reconocimiento la Consejería de Medio Ambiente, a través de la Agencia Andaluza del Agua, ha querido distinguir de manera destacada, entre otros muchos ejemplos repartidos por toda nuestra geografía, antiguas obras hidráulicas singulares o construcciones más recientes, ejemplo de aplicaciones industriales del agua o notables muestras de la arquitectura popular, industrial o de las obras públicas. A la lista anterior hay que añadir uno más: los sifones en arco del Guadalete y Majaceite en la Junta de los Ríos a los que dedicamos hoy nuestro paseo “en torno a Jerez”. Veamos sus orígenes y su pequeña historia.

Un sueño llamado pantano

En el comienzo de todo estuvo la plaga de filoxera que en junio de 1894 se detectó en nuestra campiña y que en pocos años asoló el viñedo jerezano. La comarca atravesó entonces una grave crisis y como consecuencia del declive del campo y de la falta de trabajo se acentuaron los conflictos sociales. No es de extrañar por ello que, en estos turbulentos años de finales del XIX, se alzaran voces que clamaban por buscar alternativas al monocultivo de la vid. Todas las propuestas pasaban, invariablemente, por la puesta en regadío de las mejores tierras del término, para lo que sería necesario construir un pantano, un viejo sueño de la sociedad jerezana.

Tras la autorización definitiva del gobierno de la nación para levantar una presa sobre el cauce del río Majaceite, se encargó el proyecto al ingeniero Pedro González Quijano, quien en 1905 lo presentó para su aprobación por la administración. En 1906 comienzan las obras del embalse que se prolongarían durante más de una década, entrando finalmente en servicio en 1917. Junto a la presa, González Quijano proyectó también una amplia red de canales para llevar el agua a todos los rincones de la extensa Zona Regable cuya superficie prevista era de casi 12.000 hectáreas.

Según explica en 1916 el propio ingeniero en uno de sus artículos: “Para el riego de esta zona se proyectan los canales principales… Parte el más importante de la Angostura misma, siguiendo la margen izquierda… llega a la confluencia (de los ríos), donde se bifurca en dos: el más caudaloso atraviesa el Guadalete mediante un sifón, y el otro continúa su desarrollo por las laderas de la izquierda, hasta los llanos de Aina y vertiendo los sobrantes en el arroyo de Bocanegra. A la salida del sifón a la Junta de los Ríos, y al llegar al arroyo de los Charcos se divide de nuevo, marchando un ramal a regar las vegas del río y siguiendo otro en dirección a Gédula, remontando el arroyo de este nombre en trinchera cada vez más profunda, hasta internarse al fin en túnel por debajo de Gedulilla, para reaparecer de nuevo a cielo abierto en el arroyo de Montecorto, cuyo curso sigue hasta llegar a la vista de los llanos de Caulina”. (2)

Los sifones en arco: una obra de ingeniería centenaria.



El problema mayor que suponía este diseño de red de canales era sin duda el paso de los ríos Majaceite y Guadalete. Para ello, el ingeniero había proyectado aprovechar el viejo puente de la carretera Arcos-Vejer que cruzaba el Guadalete, apenas unas decenas de metros, aguas abajo, del punto donde se une al Majaceite. La gran tubería del sifón, se alojaría así en un cajón de hormigón armado que se apoyaría en las pilas del puente y sobre él se situaría la calzada (ver ilustraciones). Este proyecto inicial, realizado en 1915, aprovechaba las cinco pilas con las que el puente se apoyaba en el cauce del río, salvando vanos de 18 metros. La idea, sin embargo, no acababa de convencer al ingeniero porque obligaba a elevar mucho la rasante de la carretera y porque, a su juicio, “… el emplazamiento del puente era poco afortunado. Situado en la misma confluencia, estaba expuesto a las avenidas de una u otra corriente, no siempre completamente concordantes, lo que podría hacer variar y reforzar, en condiciones difíciles de prever, la fuerza de socavación”. Prueba de ello es que el río ya había destruido uno de los arcos del antiguo puente, que hubo de reconstruirse en 1906. Sus intuiciones estaban bien fundamentadas y en marzo de 1917, una extraordinaria avenida del Guadalete, con una fuerza y un caudal que no se recordaba, arrastró el primitivo puente de la Junta de los Ríos, así como los de Villamartín y Arcos y el que cruzaba el río en La Florida, hacia Jerez, con la tubería de abastecimiento del manantial del Tempul (3).

Así las cosas, la opción adoptada era tan novedosa como atrevida para la ingeniería de la época: construir una gruesa tubería formando dos grandes arcos sobre ambos ríos, a modo de puente, para salvar con ellos el valle. El propio González Quijano lo explica en un artículo que escribe para la Revista de Obras Públicas (1923) dando cuenta de los pormenores de la obra: “el paso de los ríos ha exigido así dos arcos: el del Majaceite situado en la dirección general del sifón, que atraviesa normalmente el río, y el del Guadalete, un poco desviado, aunque ligándose al resto del trazado por amplias curvas… Entre los ríos, y a uno y otro lado, el sifón se apoya sobre el terreno natural, por intermedio de una cama…” (4).



Antes de ser encauzada en los sifones, el agua llega hasta este lugar procedente de la presa de Guadalcacín, 8 km río arriba, a través del canal principal que discurre literalmente “colgado” en las laderas de la orilla izquierda del Majaceite a algo más de 23 m de altura sobre el nivel del río. En ese punto se construyó la boca de carga del sifón, en un ensanchamiento del canal que fue regulado por grandes compuertas. El ingeniero, describiendo las características de su obra señala que “la sección interior del tubo es de 2,50 m., con una velocidad media de 1,43 m, por segundo da paso a un caudal de 7 metros cúbicos/segundo



El espesor de las paredes que reposa sobre las camas es de 0,30 m.
” Este espesor de los tramos horizontales se ve engrosado en los arcos, cuya armadura interior está constituida por aros transversales unidos longitudinalmente por gruesas varillas de hierro recubiertos de hormigón. Los arcos tienen una luz de 40 m. salvando así el cauce de los ríos sin apoyos centrales. El espesor de la gruesa tubería de hormigón que forma los sifones varía de 46 cm. en los arranques, hasta 28 en la clave, el punto más alto de los arcos. Sobre ellos se alza una caseta o castillete que protege las ventosas, que no son sino tubos verticales colocados sobre los arcos que permiten la salida del aire que pudiera almacenarse en el interior de la conducción, evitando así, el “golpe de ariete” que pudiera producir en la estructura. Hasta estas casillas, visibles hoy entre las copas de los sauces y álamos que forman la galería del bosque de ribera, se accede través de una singular y empinada escalinata “defendida por barandillas”.

Una solución técnica novedosa.



La construcción de los sifones, conocidos popularmente como “las morcillas”, supuso en su época una importante innovación técnica, puesto que la forma tradicional de “U” que adoptan este tipo de obras para salvar el cauce de los ríos apoyando sus tuberías en un puente (“venter”), fue aquí desechada por el ingeniero. La solución novedosa por la que se optó fue la contraria, utilizar para la disposición de la conducción la forma de “U” invertida, con lo que las tuberías describen un “puente-arco” (5). Proyectados en 1915, se iniciaron sus cimentaciones en 1916, siendo necesario utilizar en esta obra el “tren de aire comprimido del Servicio Central Hidráulico”, que permitió inyectar el hormigón, a través de la gruesa capa de acarreos de arena y grava del río, hasta llegar a la roca de base de “arcillas azules”.



Las obras sufrieron un parón de más de tres años por “las dificultades experimentadas en los años posteriores para obtener el regular suministro de hierros y cemento, debidas a las perturbaciones acarreadas por la guerra (I Guerra Mundial)”. Reanudadas en 1920 se terminaron en 1921 y se pusieron en servicio en 1922. Para la construcción de los arcos fue preciso instalar una enorme cimbra (ver ilustración) en la que se apoyaron los encofrados de las tuberías, lo que permitió que en poco más de mes y medio se terminara esta fase del proyecto.

Tras su construcción, los sifones fueron un lugar de visita por lugareños y vecinos de los pueblos cercanos, así como por técnicos e ingenieros de toda España. Las excursiones y visitas a la Junta de los Ríos a conocer a conocer los puentes-arco, denominados popularmente como “morcillas” fueron muy frecuentes, existiendo numerosas fotografías de grupos, familias y excursionistas, al pie de las escaleras o en las inmediaciones de los sifones, que fueron también objeto de reportajes en las revistas especializadas de distintos países.

González Quijano, quien fuera también ingeniero y director de la presa de Guadalcacín, obtuvo por esta obra un gran reconocimiento. En su glosa sobre los ingenieros hidráulicos de la España del Siglo XX, el profesor Mendoza Gimeno destaca de González Quijano que fue “profesor de Hidráulica Teórica de la Escuela de Ingenieros de Caminos y hombre de tal sabiduría científica en todos los órdenes que transcendió más allá de nuestras fronteras; autor del notable sifón invertido en el río Guadalete, maravilloso ejemplo de lo que la técnica hidráulica alcanza cuando se pone al servicio de una potente imaginación como la suya” (6). La novedosa solución adoptada por nuestro ingeniero estuvo fundamentada técnicamente en laboriosos cálculos, de los que ofrece curiosos apuntes en un segundo artículo sobre la obra que escribe para la Revista de Obras Públicas, en 1924. González Quijano da en él prolijas explicaciones matemáticas sobre los cálculos realizados para la elección de la curva que adoptan los arcos, o para determinar el grosor de las paredes y la estructura de la armadura interna de los sifones (7).



Más allá de su inclusión en el catálogo de Patrimonio Hidráulico de la provincia de Cádiz, esta obra, de cuyo inicio se cumple este año un siglo y que mereció en su día todos los elogios de la comunidad técnica y científica, ha obtenido el mayor de los reconocimientos: su pervivencia en el tiempo.



Aquí están hoy, prestando los mismos servicios para los que fue diseñada hace cien años, las populares “morcillas, los sifones en arco del Majaceite y Guadalete, asomando los castilletes de sus claves por entre las copas de la alameda en el hermoso paraje de la Junta de los Ríos.

Nota: El sifón del Guadalete se encuentra dentro de las instalaciones de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir, junto a la conocida Venta de la Junta de los Ríos, siendo necesario solicitar permiso para acceder a ellas. El Sifón del Majaceite es visible desde los accesos al antiguo puente de hierro y podemos aproximarnos hasta sus cercanías a través de un sendero que corre en paralelo a la ribera. En todo caso, el acceso sin permiso no está permitido.

Para saber más:
(1) Bestué Cardiel, I. y González Tascón, I.: Breve Guía del Patrimonio Hidráulico de Andalucía. Agencia Andaluza del Agua. Consejería de Medio Ambiente. Sevilla, 2006.
(2) González Quijano, P.: Alrededor del Pantano. Revista de Obras Públicas. 1916, Tomo I, p. 19.
(3) García Lázaro, A.: El Guadalete, Cuadernos de Jerez. Cuaderno del profesor. Ayuntamiento de Jerez, 1989.
(4) González Quijano. P.: “Sifón del Guadalete”. Revista de Obras Públicas. 1923 pp. 231-236
(5) Bestué Cardiel, I. y González Tascón,I.: Breve Guía… pp. 86-87
(6) Mendoza Gimeno, J.L.: Los Ingenieros Hidráulicos en España. Revista de Obras Públicas, junio, 1961, pp. 364-367
(7) González Quijano, P.: “Sifón del Guadalete II”. Revista de Obras Públicas. 1924, Febrero, pp. 37-40.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar Rio Guadalete, Patrimonio en el medio rural, Obras Públicas

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 21/02/2016

Los paisajes del agua en torno a Jerez.
Un paseo por “Los canales de Jerez”.




EN EL DÍA MUNDIAL DEL AGUA...

Estas semanas en las que las intensas lluvias han llenado de grandes lagunas los alrededores de Jerez y se han cubierto con extensas láminas de agua muchos parajes próximos al casco urbano, hemos vuelto a recuperar, siquiera por unos días los paisajes de nuestra geografía antigua en los que, como acreditan distintas fuentes documentales, los esteros penetraban hasta las cercanías de la ciudad. Y como no podía ser de otro modo, hemos recordado los trabajos del añorado compañero, Alberto Manuel Cuadro Román, miembro del Centro de Estudios Históricos Jerezanos. En uno de ellos, titulado “Los canales de Jerez” (1) recreaba algunos de estos enclaves marcados por los antiguos cursos fluviales, por los esteros y marismas en torno a Jerez. Como un sencillo homenaje a sus documentadas aportaciones, hemos recorrido algunos de estos parajes.

Por el Arroyo del Carrillo.

Los lectores que en estos días pasados hayan circulado por la autovía Jerez-El Puerto habrán reparado, a buen seguro, en las grandes balsas de agua que se formaban a ambos lados de la carretera, poco antes de llegar a la cuesta de Matajaca. Su “causante” es el Arroyo del Carrillo, también conocido como Mata Rocines, un modesto tributario del Guadalete al que se une en las inmediaciones de Puerto Franco y del Cortijo de San Felipe, frente a las Calandrias.

Con apenas 10 km de recorrido, recoge las aguas de varios cursos menores que, desde las laderas de los cerros de La Carrahola y El Calderín, se unen en los Llanos de Mirabal y Santa Isabel. En este lugar, a los pies del Cerro Colores, donde se encuentra el Colegio y Residencia Escolar de Sordos, se forma una gran laguna, a la derecha de la carretera, en la antigua llanura de inundación del arroyo que, como hemos comprobado, tiene incontrolables crecidas.



El arroyo del Carrillo cruza bajo la autovía por dos grandes tubos de desagüe que apenas pueden dar salida a los extraordinarios caudales embalsados por los terraplenes de esta obra.




Desde aquí, el arroyo atraviesa la antigua Trocha de El Puerto, pasando por el viejo puente de Mata Rocines del que se tiene constancia de su existencia en el s. XVIII (2). Su rosca de ladrillo se ha visto casi superada en estos días por los crecidos caudales del arroyo que han




inundado los llanos colindantes al cortijo Espanta Rodrigo, convertidos en una inmensa laguna donde el agua ha llegado a cortar el camino de acceso al mismo en los momentos de mayor crecida.




Desde este lugar, el arroyo del Carrillo discurre por la amplia vaguada que se extiende a los pies de la Sierra de San Cristóbal, al sur, y que limitan al norte los cerros de Torrox y Parpalana.

La Cañada del Carrillo, que corre en paralelo a su curso, se llegó a inundar totalmente durante varios días, ya que la anchura ocupada por la lámina de agua ha sido en muchos puntos de decenas de metros, impidiendo el paso a las fincas colindantes, como ha recogido los medios de comunicación. Los diques sobre los que cruzan estos llanos la conducción del acueducto de los Hurones, camino de los Depósitos de San Cristóbal, han represado también la gran balsa de agua que se extendía junto a las instalaciones del Rancho de la Bola, inundando la totalidad de la cañada.



En el cruce con la carretera que desde El Portal va hasta El Puerto, el desbordamiento del arroyo cubrió con una extensa lámina de agua el bosquete de eucaliptos que se extiende a los pies de la Sierra de San Cristóbal, como podían ver los viajeros que circulaban por esta vía, dejando tras de sí una gran capa de lodo.



Desde las cumbres de esta sierra pudimos tomar fotos panorámicas del desbordamiento del Arroyo del Carrillo, que mostraba a las claras una amplia banda de terreno inundado entre la Ronda Oeste y el Guadalete, descubriendo ante nosotros lo que en tiempos remotos fue un amplio estero que, en comunicación con el río, estaba sometido al influjo de las mareas.



Por el tramo final de este arroyo, hasta su confluencia con el punto donde se ubicó la conocida Barca de Puerto Franco (3), se proyectó el arranque del canal que en el siglo XVII pretendía unir el Guadalete con el Guadalquivir (4)

Por el Guadajabaque.

Estos días de lluvia han servido también para recordar que un antiguo río, el Guadajabaque, maltratado y transformado por el crecimiento urbano hasta su casi total desaparición, seguía estando presente en las cercanías de Jerez, mostrándose activo tratando de recuperar su antiguo cauce en muchos rincones.

Este curioso topónimo, rescatado hace apenas dos décadas para dar nombre a las nuevas urbanizaciones levantadas junto a la laguna de Torrox, da desde siglos nombre a un río que, con apenas 12-13 km. de recorrido, es tributario del Guadalete al que se unía en las cercanías del antiguo embarcadero de El Portal. Su nombre, de origen árabe (Wadt as-sabak o “río de las redes”) apunta ya a su antigua conexión con un estero del Guadalete que en el Jerez andalusí era utilizado para la pesca (5).

En los siglos medievales aparece ya con diferentes variantes como Guadaxabaque, Guadajabaque, Guadabajaque y Guadabaxaque, todas ellas con referencias en las fuentes documentales (6).



Este río ya “desaparecido” por las grandes transformaciones de su cauce en el pasado siglo, tiene su origen en la confluencia de los arroyos del Amarguillo y del Zorro (o de la Loba, que pasa a los pies del cerro de Santiago).



A partir del paraje de Las Salinillas, en las proximidades de Área Sur, discurre en paralelo a la antigua Cañada de la Loba (también llamada de Guadajabaque, Corchuelo y Moro) cruzando la autovía de Sanlúcar y bordeando la zona trasera de las bodegas de Williams & Humbert.



Desde este paraje, donde aún mantiene algunos sotos de tarajes y pozas encharcadas buena parte del año, es canalizado bajo la autovía de El Puerto, para ser conducido a la nueva “laguna de Torrox”, desde la que un aliviadero subterráneo conduce sus aguas hasta el Guadalete.





Antiguamente recibía las aguas del arroyo de Curtidores que tenía su origen en pleno casco histórico. Desde finales del siglo XIX se le conoció también por el nombre de arroyo de Morales y con la construcción del Polígono Industrial El Portal en la década de los sesenta del pasado siglo, se canalizó su curso con un colector subterráneo, olvidándose hasta su nombre (7).

Sin embargo, cuando las grandes lluvias hacen su aparición, el antiguo Guadajabaque “resucita”, mostrándose como un arroyo de violentas crecidas que recoge las aguas de una cuenca de más de 4.500 hectáreas del sector noroccidental que rodea a la ciudad.

Y para “verlo en acción” fuimos a su encuentro a las proximidades de la carretera del Calvario, donde el arroyo del Amarguillo se desbordaba en las proximidades de La Constancia. A los pies de Cerro Nuevo y Cerro Viejo, el arroyo del Zorro o de La Loba bajaba también muy crecido, y juntos los dos, en las inmediaciones del camino que conduce a las Bodegas de Luis Pérez, transformado ya su curso en el Guadajabaque, inundaban el paraje de Las Salinillas desaguando bajo la Ronda Oeste en una gran laguna que desde el centro comercial de Área Sur se extendía hasta la carretera de Sanlúcar, rozando sus aguas el tablero de los puentes construidos sobre su modesto cauce, ahora desbordado.

Junto a la Bodega de Williams & Humbert, el Guadajabaque bajaba rebosante, con el brío que tuvo en tiempos pasados, antes de que transformaran su antiguo cauce. Sus aguas turbulentas, cargadas de los lodos que arrastra en su curso, se depositarán en la laguna de Torrox, aterrando poco a poco su vaso. Para verlo en perspectiva, aún subimos hasta el Olivar de Colores, desde el que pudimos contemplar buena parte de su recorrido y desde el que,



viéndolo vivo, como el río que fue, pudimos recordar aquellos viejos proyectos por los que, a través de su cauce, se proyectó ya en el siglo XVII un canal de casi 34 km. por el que unir el Guadalete y el Guadalquivir (8).

Por el Salado y La Catalana.

Procedente de las laderas de la sierra de Gibalbín que miran al sur, diferentes cursos menores se unen en la cabecera de Caulina dando lugar al arroyo Salado de Caulina. Su tramo final corre en paralelo a la vaguada de la autopista Sevilla-Cádiz, desembocando en el Guadalete entre Viveros Olmedo y La Cartuja.

El valle de este arroyo, de origen tectónico, se estrecha entre La Cartuja y Lomopardo, ensanchándose en una amplia llanura conocida como Llanos de Caulina. Esta depresión aluvial en la que se encaja el Salado fue durante el Plio-Pleistoceno, dos millones de años atrás, un brazo del Guadalquivir que, a través del Caño de Casablanca y el arroyo de Romanina, se unía por el valle del Salado con el estuario del Guadalete en las cercanías del actual monasterio de La Cartuja. Durante el Cuaternario, hace aproximadamente 1,5 millones de años, nuevas fallas y pliegues crearon la actual divisoria entre ambas cuencas, al norte de Caulina, abandonándose este brazo del Betis que funcionó hasta su progresivo aterramiento, como un estero, con penetración marina desde el Guadalete (9).

Con esta historia geológica, no es de extrañar que, cada vez que se producen grandes lluvias, buena parte de los Llanos de Caulina se inunden en muchos puntos junto a las riberas del Salado, a pesar de los canales de drenaje que se practicaron en la segunda mitad del siglo pasado. Hace sólo unos años, en el invierno de 2009-2010, el arroyo se desbordó anegando buena parte de los Llanos y cortando la autopista (10).



Con las últimas lluvias, se ha podido ver el Salado rebosante a su paso por el puente de la carretera de Cortes en Estella, junto a la Venta La Cueva, habiéndose desbordado en algunos puntos aguas arriba de este lugar.



Algo más abajo, en los Llanos de la Catalana, se han formado grandes balsas de agua y una enorme lámina en la zona conocida como Las Salinillas (10), por la que cruzan las conducciones del acueducto de Tempul y de los Hurones, a sólo 6 m. sobre el nivel del mar.



El arroyo de La Canaleja, tributario del anterior con el que se une en las proximidades de la barriada de La Teja, se desbordó también en estos días, pudiendo verse junto a la rotonda nº 5 de la Ronda Este una enorme lámina de agua que llegaba casi hasta la autopista. Hay que recordar que este arroyo es el que recoge las aguas pluviales que caen sobre buena parte de la ciudad, canalizando las escorrentías que, desde la zona norte, bajan por las calles Porvera, Honda y Arcos hasta las barriadas de la Asunción y Zafer.



En las inmediaciones de este barrio, a la altura del antiguo acueducto de La Canaleja, los colectores subterráneos afloran a la superficie formando, aguas abajo del puente que cruza la Ronda Este, grandes balsas de agua por desbordamiento, como las que pudimos captar el pasado sábado 10 de marzo.

Por Tabajete y las Mesas de Asta.

Otro punto sensible, cuando se suceden episodios de grandes lluvias, es el entorno de Mesas de Asta, hasta donde nos desplazamos en los días posteriores.

Viniendo de Jerez, desde las cercanías del cortijo de Romanitos, se apreciaba ya a nuestra izquierda la antigua marisma de las Mesas cubierta por las aguas. Poco antes de llegar, la carretera cruza el caño de drenaje de Tabajete, que desde las cercanías de este cortijo (que dejamos a nuestra izquierda) lleva las aguas de estos llanos hasta el Guadalquivir atravesando también la



marisma de El Bujón
. El caño, rebosante de agua, desbordado ya en muchos puntos, canaliza los caudales de los pequeños arroyos que cruzan los pagos de San José de Prunes, El Barroso, Pozuela…




Estas zonas bajas de Tabajete y Mesas de Asta, situadas a unos 4 m. sobre el nivel del mar, formaban parte de los antiguos esteros que rodeaban a la histórica ciudad de Asta Regia y de los que ya encontramos referencias en las fuentes clásicas, en autores como Estrabón, Plinio el Viejo o Marciano de Heraclea, entre otros (11). A la entrada de Mesas de Asta, asomados a la marisma, pudimos ver anegadas las tierras que en otros tiempos estuvieron ocupadas por los esteros del Betis, recordando lo escrito en el cambio de Era por el geógrafo griego Estrabón: “los indígenas, conocedores de la naturaleza de la región y sabiendo que los esteros pueden servir para lo mismo que los ríos, han construido sus poblados y ciudades sobre aquellos, tal y como hacen en las riberas de los ríos.



Así fueron levantadas Asta, Nabrissa, Onoba…
” (12). En días como estos, en los que una inmensa lámina de agua cubre todos los bajos en torno a Mesas de Asta llegando hasta las tierras del cortijo de Espartinas, al otro lado de la marisma, resulta fácil dar un salto en el tiempo y adivinar la antigua imagen que estos parajes debieron tener hace 20 o 25 siglos.

Desde esta barriada rural nos acercamos, siguiendo el curso embarrado y casi intransitable de la Cañada Ancha, hasta las cercanías del cortijo del Rosario. A lo lejos, en esos dilatados horizontes que se abren hasta el Guadalquivir, pudimos divisar los grandes lagunazos que anegaban buena parte de las marismas de Rajaldabas, colindantes con las tierras de Casarejo y del término de Sanlúcar.

En las marismas de Casablanca.

Para terminar nuestro periplo, tomamos la carretera de Morabita, antiguo Camino de Lebrija, desviándonos por el puerto de Capita, hasta el borde mismo de la marisma de Casablanca. Las lluvias de estas últimas semanas habían transformado estos parajes en un inmenso aguazal, con Gibalbín como telón de fondo (mirando hacia el este), y en el que el gran edificio del silo de trigo de la Estación de El Cuervo, parecía un gran navío sobre el espejo de las aguas que todo lo cubrían.

Ya de regreso a Jerez hicimos un alto junto al Cortijo de Casablanca (13) para recrearnos en esta hermosa marisma, que figura en el Inventario de Humedales de Andalucía (14) y que había recobrado la vida en estos días de marzo. Aún volvimos a parar en el Alto de Montegil para disfrutar de las inigualables vistas que desde allí



se contemplan sobre este territorio, de nuevo inundado tal como podía verse en la antigüedad y como nos recreaba en sus trabajos el recordado Alberto M. Cuadrado Román.

Para saber más:
(1) Cuadrado Román, A.M.:Los canales de Jerez”. Revista de Historia de Jerez, 14-15, 2008/09, pp. 67-90.
(2) García Lázaro, J. y A.: Viejos puentes en viejos caminos, Diario de Jerez, 11 y 18 de octubre de 2015.
(3) García Lázaro, J. y A.: Al pasar la barca. Una pequeña historia de las barcas que cruzaban el Guadalete (1), Diario de Jerez, 29 de mayo de 2016.
(4) Díaz Blanco, J.M.: Presión monárquica y resistencia municipal: Jerez de la Frontera contra el gobierno de Felipe IV. Studia Histórica: Historia Moderna, 34, 2012, pp. 303-304.
(5) Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 2004. Pg.308. Esta misma denominación puede verse en Abellán Pérez, J.: Poblamiento y administración provincial en al-Andalus. La cora de Sidonia. Ed. Sarriá, Málaga, 2004. p. 145.
(6) Gutiérrez, Bartolomé.: Historia del estado presente y antiguo de la mui noble y mui leal ciudad de Xerez de la Frontera, Edición facsímil. BUC. Ayuntamiento de Jerez, 1989, Vol I Pg. 48. Este autor apunta que el nombre podría aludir a las pesquerías que se realizaban en este río al que, en la época medieval, llegaría a través del Guadalete el influjo de las mareas.
(7) García Lázaro, J. y A.: Tras las huellas del Guadajabaque y del arroyo de Morales, publicado en http://www.entornoajerez.com/2012/10/la-laguna-de-torrox-2-tras-las-huellas.html, 9 de octubre de 2012
(8) Díaz Blanco, J.M.: Presión monárquica… obra citada, pp. 3303-304.
(9) González Rodríguez, R. y Ruiz Mata, D.: “Prehistoria e Historia Antigua de Jerez”, en Caro Cancela, D. Coord.: “Historia de Jerez de la Frontera. De los orígenes a la época medieval”. Tomo 1. Diputación de Cádiz. 1999, p. 22.
(10) García Lázaro, J. y A.: El Guadalete se desborda. Imágenes de las inundaciones de febrero de 2010, publicado en: http://www.entornoajerez.com/2010/02/imagenes-de-las-inundaciones-de-febrero.html, 26 de febrero de 2010. Ver también I.G.M.E.: Mapa Geológico de España, Hoja 1048, Jerez de la Frontera, 1988, p. 32.
(11) González Rodríguez, R. y Ruiz Mata, D.: “Prehistoria…”, obra citada, p.p. 114-115.
(12) Ibidem.
(13) García Lázaro, J. y A.: Topónimos curiosos en torno a Jerez, Diario de Jerez, 4 de marzo de 2018.
(14) Inventario de humedales de Andalucía: Marisma de Casablanca, Consejería de Medio Ambiente, 2008


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: El Guadalete se desborda, Lagunas y humedales, Paisajes con historia.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 18/03/2018

 
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