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Por el camino de Jerez a Arcos.
La alcantarilla del Salado: un viejo puente con siglos de historia.




En entornoajerez nos gusta transitar por los carriles y cañadas de la campiña, por esos viejos y olvidados caminos en los que aún es posible descubrir algunos testimonios de la importancia que en tiempos pasados jugaron en las comunicaciones entre poblaciones cercanas. A sus orillas se instalaron antiguas ventas y casas de postas y, cuando su trazado se veía interrumpido por un arroyo, se habilitaban vados o se construían alcantarillas. La mayoría de estas últimas han ido desapareciendo a medida que la construcción de nuevas carreteras las iba sustituyendo por puentes más sólidos, cuando no caían arrastradas por las crecidas de los ríos y arroyos que cruzaban. Sin embargo, muchos de estos pequeños puentes han llegado hasta nuestros días y aún es posible encontrarlos, entre olvidados y perdidos, en aquellos parajes por los que un día discurrían antiguas vías de comunicación. Hoy vamos a visitar uno de ellos, un sobreviviente con cuatro siglos de historia entre sus sillares y arcos de ladrillo: la alcantarilla del Salado, en el camino de Arcos a Jerez.

Por las tierras de El Guijo, Valdejudíos y Macharaví.



Las carreteras cambian de trazado y de fisonomía, pero los paisajes que atraviesan conservan muchos elementos que los hacen reconocibles a pesar del paso del tiempo. La que une Arcos y Jerez recorre, en buena parte, los mismos parajes que el camino que unía estas poblaciones hace cinco siglos, según los testimonios que han llegado hasta nosotros. En uno de estos puntos, donde arranca la cuesta de Valdejudíos, entre los cerros del Guijo y de La Mina y los olivares de Macharaví, la carretera atraviesa el curso del Salado de Espera, afluente del Guadalete y río de desbordantes avenidas. En numerosas ocasiones, inunda los llanos que se abren junto a sus riberas habiendo llegado a cortar en sus crecidas la antigua carretera de Arcos a la altura de la conocida Venta La Mina. En este paraje, como un auténtico superviviente del azote de las furiosas riadas de los últimos siglos, aún sigue en pie un pequeño puente de un solo ojo, edificado con sillares de piedra y ladrillo: la alcantarilla del Salado.

Esta singular obra es conocida también con otros nombres. Así en la hoja 1049 del Instituto Geográfico (en su primera edición de 1917) figura como Puente de Valdejudío, mientras que en otras fuentes es denominada como “alcantarilla de Matajaca”, o incluso como “alcantarilla de Jerez”, como veremos. El puente se encuentra en la actualidad, casi oculto entre la vegetación de ribera, “fuera de servicio”, aguas abajo de los viaductos de la autovía Jerez-Arcos y del nuevo puente de la carretera cuyo tablero fue elevado en los años 90 para evitar las frecuentes inundaciones en la zona.

Su abandono hay que buscarlo a comienzos de la década de los 60 del siglo pasado cuando se realizaron obras en los alrededores de la Venta de La Mina y se varió parcialmente el trazado de la carretera, entonces, “la alcantarilla del Salado, el sitio de Barreros y Valdejudíos, fueron los pasajes más afectados en el camino de Jerez” (1).

Un pequeño puente con siglos de historia.

La alcantarilla del Salado, guarda, pese a lo modesto de su fábrica, una larga historia. El célebre historiador arcense Miguel Mancheño aporta algunas pistas, un tanto confusas en ocasiones,



extraídas de los archivos municipales de Arcos, acerca de su construcción y sus sucesivas reparaciones. En la primera de estas referencias, al relatar una serie de acontecimientos que tuvieron lugar en la población durante el año 1611, indica: “Construyóse un puente de un solo ojo en el camino de Jerez sobre el salado, que aún existe después de varias reformas” (2). Mancheño, que escribe sus Apuntes para una Historia de Arcos de la Frontera en 1896, identifica la alcantarilla del Salado “que aún existe”, es decir, la que hoy conocemos, con aquella que las crónicas señalan que se construye en los inicios del s. XVI, y que aún se mantiene en pie, gracias a “varias reformas”.

Otra posible cita sobre el origen de este puente la encontramos en este mismo autor que apunta que “Labráronse en 1695 las alcantarillas del camino de las Nieves y el de Jerez” (3). Si se refiere a la misma obra, estaría retrasando casi un siglo su construcción en relación con la primera referencia, si bien tal vez pueda interpretarse como una profunda reforma o reparación de aquella, o con la construcción de otras obras menores sobre los arroyos que cruzan el Camino de Arcos a Jerez. Más explícito es el dato que apunta a un origen más cercano de la obra cuando, en los hechos destacables acontecidos en la ciudad durante el siglo XVIII, indica que “labróse por el ayuntamiento en 1772 la alcantarilla de Matajaca sobre el arroyo Salado, para facilitar el tránsito de ganados, caballerías y viandantes de uno a otro lado de la campiña” (4).

De la existencia de este singular puente durante el siglo XVIII tenemos también referencias a través de un curioso manuscrito de la Biblioteca Nacional, “Descripción de caminos y pueblos de Andalucía”, de autor desconocido, escrito en torno a 1744. Detallando el camino que, partiendo de Arcos se dirige a Jerez, esta antigua guía de camino señala que “A la media legua (de Arcos) hay el arroyo Salado de esta ciudad, que pasa por una puente pequeña de ladrillo y mampostería, es el mismo que se encuentra al principio del camino que va a Las Cabezas” (5). Al referirse al camino de Arcos a Las Cabezas, vuelve a mencionarse nuestra alcantarilla: “hay en dicho camino, a la media legua, un arroyo llamado el Salado de Arcos, en donde se cuaja sal; tiene una alcantarilla pequeña de ladrillo y de mampostería, y su origen en el término de la villa de Espera, como a la media legua más arriba y a la derecha del camino que va a dicha villa desde dicha ciudad; corre por ambos términos y desagua en el río Guadalete, junto al molino de Casinas” (6).

Un siglo después, a mediados del XIX, Pascual Madoz nos aporta nuevas referencias sobre este pequeño puente, vital para las comunicaciones entre Arcos y Jerez. En su conocido Diccionario Geográfico, al referirse a los arroyos del partido judicial de Arcos menciona, entre los más importantes al Arroyo Salado de Espera y señala que “los más caudalosos tienen su alcantarilla ó puente de piedra y los demás se vadean” (7). De la misma manera, al describir los caminos más destacados de la provincia, se detiene en el de Arcos a Jerez indicando que se trata de un “Camino de ruedas, pero dificultoso en el invierno, de 5 leg. de long., de E. á O., abierto en terreno llano y colinas de labor. A unos ¾ de leg. De Arcos, después de atravesar por olivares sembrados en muchas y altas colinas, se pasa por un puente de un ojo llamado la alcantarilla de Jerez, sobre el Salado de Arcos que desagua en el Guadalete”. (8)

Si en el siglo XVIII, como hemos visto, el puente aparece como paso obligado de los caminos de Arcos hacia las poblaciones cercanas, en el siglo XIX, con el incremento del comercio, la alcantarilla jugará un papel fundamental en las comunicaciones entre Arcos y Jerez, ciudad esta última a la que se transporta buena parte de la producción agrícola de la campiña arcense. El historiador Miguel Mancheño se lamenta, a finales del XIX (1895), de lo dificultoso de esta empresa habida cuenta del mal estado de los caminos, que obligaban a que, en el transporte de mercancías entre ambas ciudades, en un carro tirado “por cinco poderosos mulos”, se invirtiera de 8 a 10 horas. De la misma manera, nos informa que los viajeros tuvieran que contentarse con “una sola empresa de carruajes establecida en Jerez, con servicio bastante deficiente, hace una expedición diaria de Jerez y otra de Arcos, por precio de cuatro pesetas por persona invirtiendo en el trayecto cuatro mortales horas” (9).

La alcantarilla del salado de Espera en la actualidad.



El viajero curioso que quiera visitar la alcantarilla del Salado puede acceder fácilmente a ella desviándose de la carretera de Arcos a la altura del paraje conocido como Venta de la Mina a orillas del arroyo Salado de Espera, un par de kilómetros antes de la cuesta de Valdejudíos. En este lugar -que debe su curioso nombre a la mina de azufre que allí existió, y de la que otro día nos ocuparemos-, siguiendo el curso del arroyo por un carril que discurre paralelo a su orilla derecha, descubriremos al poco, escondido entre carrizos y eneas, este singular puentecillo.

Sus estribos son de sillares y mampostería y su sólido arco está construido por hiladas de ladrillo contrapeadas para ganar en resistencia y solidez. En su parte superior discurre la calzada sobre la fábrica, que tiene unos 30 m. de longitud y algo más de 5m de anchura, conservando aún restos del asfalto que la cubría, señal inequívoca de su uso hasta hace menos de cincuenta años. El grosor del arco de ladrillo es de 1,30 m, uno de los mayores que recordamos en las alcantarillas del siglo XVIII que aún se mantienen en pie.

De acuerdo a las fuentes consultadas por el historiador Miguel Mancheño que llevan su construcción hasta 1611, la alcantarilla del Salado, reformada en los siglos posteriores, cumplió hace unos años cuatro siglos. Sea como fuere, ahora que también se ha reabierto -ya renovada- la antigua Venta La Mina, donde paraban los arrieros y carreteros que frecuentaban estos caminos, sería un buen pretexto para que su entorno fuese adecentado y se consolidasen sus estribos y su calzada de manera que pudiese ser visitada con mayor comodidad. En todo caso, sugerimos al lector curioso acercarse a este original puentecillo que debe figurar, por méritos propios como un elemento singular del patrimonio de la caminería de nuestro entorno rural.

Para saber más:
(1) De las Cuevas J. y J.: Arcos de la Frontera. Diputación de Cádiz. 1985. Pg. 14-15
(2) Mancheño y Olivares, Miguel: Apuntes para una Historia de Arcos de la Frontera. Edición de María José Richarte García. Servicio de Publicaciones de la UCA y Excmo. Ayto. de Arcos. 2002. Vol. I. pg. 160.
(3) Mancheño y Olivares, Miguel: Apuntes… pg. 169.
(4) Mancheño y Olivares, Miguel: Apuntes… pg. 229.
(5) Jurado Sánchez, J.:Descripción de caminos y pueblos de Andalucía”, Editoriales Andaluzas Unidas, S.A. Sevilla 1989. Pg.67
(6) Jurado Sánchez, J.:Descripción… Pg. 66.
(7) Diccionario Geográfico Estadístico Histórico MADOZ. Tomo CADIZ. Ed. facsímil. Ámbito, Salamanca, 1986. Pg. 45.
(8) Diccionario Geográfico… Pg. 82.
(9) Mancheño y Olivares, Miguel: Riqueza y cultura de Arcos de la Frontera… pg. 54-55.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Puentes y obras públicas, Paisajes con historia, Arcos de la frontera y su entorno, Patrimonio en el medio rural.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 25/03/2018

En las cumbres del Albarracín.
Paisajes con historia (y 2).




El domingo pasado iniciamos un recorrido por el Monte Albarracín, que separa las localidades serranas de El Bosque y Benamahoma. Habíamos salido de esta última población y, tras caminar por un bosque mixto de encinas, algarrobos y quejigos, habíamos llegado a la casa de Las Zahurdas. Desde aquí, tras cruzar una zona de prados retomamos el sendero de ascenso hacia las cumbres, apto para la gran mayoría de públicos.

Desde la loma que se sitúa sobre la casa de las Zahurdas, bajamos ahora hacia la pequeña vaguada que nos separa de la base del monte Albarracín, faldeando por las laderas, para ir perdiendo altura progresivamente.

Estos parajes, despejados de vegetación, son la cabecera de un pequeño arroyo que se excava entre las faldas del Cerro Ponce (a la derecha) y del Albarracinejo (a la izquierda) y cuyo



cauce se precipita, descendiendo con fuerte pendiente, hasta el cercano río Tavizna al que se une a los pies del cerro del castillo de Aznalmara, en las cercanías del Molino de la Angostura. Conocido también como Molino del Escopetazo, aún pueden verse sus restos escondidos entre la garganta que contemplamos desde aquí casi a vista de pájaro (1). Al caminante interesado le apuntamos que este descenso es muy trabajoso, por lo acusado de la pendiente y lo cerrado de la vegetación, pudiendo hacerse esta misma ruta, con mayor comodidad, por la senda que desde los LLanos del Berral sigue el valle del arroyo de los Charcones. Este camino nos deja, en un punto situado apenas 300 m aguas arriba en la orilla derecha del Tavizna y a él volveremos en otra ocasión.



En el “Llano de los Fósiles”: un recuerdo a Juan Gavala Laborde.

En la vaguada nos llaman la atención entre los prados, montones de piedras hoy desordenados, que fueron retiradas antaño para facilitar el crecimiento de la hierba: son los majanos. Delatan una antigua práctica que vemos en otros rincones de la sierra cuando en tiempos pasados, se rozaban hasta los más pequeños rellanos y laderas, despejándolas de vegetación y de piedras para sembrar cereal o fomentar los pastos. En este lugar afloran también entre los prados, estratos verticales de calizas tabulares liásicas, que se asemejan en algunos puntos a paredones rocosos o a restos de muros ciclópeos que poderosos plegamientos se encargaron un día de tallar.

Estos parajes, conocidos por algunos senderistas como Llano de los Fósiles, bien merecerían bautizarse con el nombre del insigne geólogo Juan Gavala Laborde, quien los recorre a mediados de la segunda década del siglo pasado. En 1918 publica su Descripción geográfica y geológica de la Serranía de Grazalema y describe en las faldas del Albarracín, entre otras muchas especies fósiles, la presencia de belemnites que halla en las “calizas titónicas, rojas con manchas de color hueso”, que asoman también cerca de la cumbre. En la base del cerro, por estos rincones, apunta la existencia de “calizas margosas con sílex del Lías medio… cargadas de pedernal”, y en la que también se encuentran fósiles de “…braquiópodos, entre otros la Terebratula punctata” (2).



Camino de las cumbres entre encinas, algarrobos… y pinsapos.

Caminando entre estos estratos, nos hemos desviando ligeramente hacia la izquierda de la base del monte, hasta un punto donde se aprecian las huellas de la erosión en la ladera. Aunque podemos trepar hacia la cumbre desde otros rincones, desde este lugar que indicamos nos será más fácil acceder por la falda del monte zigzagueando por un sendero que, a veces, se desdibuja entre la vegetación. Ascendemos aquí entre grandes encinas y entre algarrobos que crecen en las empinadas rampas que conducen hasta el collado que separa las cumbres de Cerro Ponce, a la derecha, y Albarracín, a la izquierda. En nuestro camino hemos encontrado ejemplares aislados de pinsapos, alguno de los cuales presenta un soberbio porte, como se aprecia en las fotografías. Ello demuestra que el área de expansión de los pinsapos en esta serranía es más extensa de lo que en principio se creía, tal como señala un completo estudio del Departamento de Ingeniería Forestal de la Universidad de Córdoba en el que, por cierto, se incluyen estos ejemplares (3). Llegamos así al collado, donde se separan los términos de El Bosque y Grazalema, encontrándonos con una valla que lo divide en sentido longitudinal y que presenta algunas angarillas por las que podemos cruzar al otro lado, hacia la vertiente occidental de la sierra que desciende hacia El Bosque.

La mejor opción es caminar en paralelo a esta alambrada, llegando así hasta la base de la cumbre a la que accederemos fácilmente trepando entre bloques de caliza. El vértice geodésico, que vemos a lo lejos, tumbado por la corrosión de su estructura, nos servirá de orientación.



En la cumbre del Albarracín: un sorprendente paisaje.

Una vez arriba aprovecharemos para descansar. Un buen rato de reposo nos permitirá disfrutar de las magníficas vistas panorámicas que nos aguardan. Para ello, lo mejor es sentarnos junto al caído vértice, el punto más elevado de este monte, y contemplar sin prisas el soberbio espectáculo que se nos brinda hacia los cuatro puntos cardinales.



Siguiendo el sentido de las agujas del reloj, al norte se divisan en la lejanía los relieves de la Sierra de San Pablo, en Montellano, con el pueblo a su izquierda y de la Sierra de Esparteros, en Morón. Más cerca de nosotros, en esta misma dirección, destacan los de la sierras de El Labradillo, Margarita y Zafalgar.



Hacia el este, el horizonte lo cierran las cumbres de El Torreón, en la Sierra del Pinar, que desde aquí se nos antoja más abrupta que nunca, flanqueada a sus lados por los puertos del Pinar y del Boyar. El Reloj y el Simancón, máximas alturas de la sierra del Endrinal, son también visibles en dirección este, seguidas por la Sierra del Caíllo y las de Las Viñas y Ubrique, que junto a la de Los Pinos, en Cortes, cierran este murallón montañoso. El caserío de Benaocaz parece desde aquí camuflado entre el roquedo calizo de estas sierras.

Algo más al sur, la vista se nos pierde hacia las tierras del Parque Natural de los Alcornocales, donde sobresale a lo lejos el pico del Aljibe. Más cerca de nosotros, descubrimos las inconfundibles cimas de La Silla y, por todas partes, las colas del embalse de Los Hurones que rodean la base de algunos cerros (Cabeza de Santa María, Pendones, La Caldera) como si fueran islotes. El caserío de Ubrique también se nos muestra, en parte, en dirección sureste.

Siguiendo nuestro recorrido visual, veremos al suroeste la cumbre horizontal y alargada de la Sierra de Las Cabras, los Montes de Jerez, San José del Valle, escoltado por el mogote alargado de la Sierra del Valle, los parques eólicos de Paterna, Medina, Jerez… En esta misma dirección, llama también la atención la lámina de agua del embalse de Guadalcacín, o los relieves de Sierra de Aznar y Sierra Valleja, con las cicatrices de sus canteras. En el horizonte se adivinan las lomas de la campiña y tras ellas, como difuminada, la ciudad de Jerez.





Hacia el este, descubrimos también el embalse de Bornos y un buen número de pueblos del curso medio del Guadalete. Arcos sobresale en su escarpe rocoso, Bornos a los pies de la sierra del Calvario, sobre la lámina del pantano, Espera, encaramada en el cerro de Fatetar, el Coto de Bornos, o Villamartín (donde se aprecia la trama ortogonal en la que se dispone su caserío), son algunas de las muchas poblaciones que se divisan desde la cumbre del Albarracín. Más cerca de nosotros, apenas se aprecian algunas casas de Prado del Rey, oculto tras Cerro Verdugo, pero se identifica muy bien el cerro de Cabeza de Hortales, donde se conservan las ruinas de la antigua Iptuci. Y a nuestros pies, protegidas sus espaldas por el Albarracín, el caserío de El Bosque se nos muestra, a vista de pájaro, como la mejor de las estampas. Cuanto más lo contemplamos, más nos sorprende este paisaje…



Estas vertientes occidentales del Albarracín, albergan un frondoso pinar. A partir de 1957 se emprendieron tareas de repoblación ya que, en estas laderas más cercanas y accesibles a la población de El Bosque, se había perdido buena parte de la cobertura vegetal de la mano del hacha, el carboneo y el pastoreo. Más de 600.000 pinos (en especial Pinus halepensis y en menor medida manchas de Pinus pinea) se plantaron entonces (4). En la actualidad, las tareas forestales van orientadas a la progresiva sustitución de estos árboles por la vegetación natural que, poco a poco se ha ido regenerando con vigor. Desde el vértice del Albarracín, se divisa la pista forestal que, desde la carretera de EL Bosque a Benamahoma, asciende por el pinar hasta las pistas de lanzamiento de ala delta y parapente que quedan a unos cientos de metros la cumbre. Este camino, a través de la pista, es utilizado también por mucho senderistas para llegar hasta aquí. Otros prefieren hacer la travesía completa, desde Benamahoma a El Bosque, en la que se invierten entre 5 y 6 horas.

Una sorpresa en la cumbre con vistas a la historia.

Antes de tomar el camino de regreso aún nos aguarda una última sorpresa. De la mano de una curiosa inscripción grabada de la piedra, junto al vértice geodésico, nos asomamos también a los paisajes de la historia. Mientras descansamos a los pies del monolito, hoy semidestruido y casi caído, que indica la altura del monte (977 m), llama nuestra atención lo que parece ser una cruz (que por su forma nos recuerda a las cruces de Malta), grabada en la roca, junto la que pueden leerse unas cifras: 156?. A nuestro juicio se trata de un hito de los que en el siglo XIX se colocaron en muchos lugares para marcar la divisoria de los términos municipales y aún de las fincas situadas en el monte. Nuestro amigo Pedro Sánchez Gil localizó en su día uno similar en otro cerro cercano.

No tenemos respuesta cierta a estas suposiciones, aunque no creemos que guarde relación con la fundación de El Bosque. Pese a todo, siempre que subimos al Albarracín y divisamos a vista de pájaro su caserío, nos gusta recordar la historia de este pueblo serrano y, en especial, sus orígenes. Aquellos años del primer tercio del siglo XVI en los que residían temporalmente aquí los Duques de Arcos, en una casa de campo que utilizaban como base de sus cacerías en “El Bosque de Benamahoma”. Conocido inicialmente como Marchenilla y posteriormente como Santa María de Guadalupe, este enclave rústico daría lugar en el s. XIX al actual pueblo de El Bosque. Los hermanos De las Cuevas, atribuyen la creación de este lugar al tercer Duque de Arcos, D. Luis Cristóbal Ponce de León, muerto en 1573.



En estrecha relación con esta noble familia está también el nombre de otra de las cumbres que corona la sierra de Albarracín, el cercano Cerro Ponce (957 m), al que llegamos atravesando el collado. El historiador arcense, Miguel Mancheño y Olivares cuenta en su obra Apuntes para una Historia de Arcos (1896) que, en 1445, siendo conocedor Pedro Ponce de León que Mohamad aben Ozmin, rey de Granada, amenazaba la serranía, “salió con los vecinos de Arcos contra el enemigo, cuya retaguardia alcanzó entre Cardela y Garciago, villas de los moros próximas a Ubrique, y le causó grandes pérdidas, recuperando muchos cautivos y multitud de ganados. El sitio en que alcanzó y derrotó a los moros se llamó desde entonces Lomo de D. Pedro Ponce, que aún se conserva”. Aunque nosotros pensamos que este lugar habría que localizarlo más al sureste, en las cercanías de Benajú y La Fantasía, otros autores creen que pudiera corresponderse con la falda sur Monte Albarracín que miran hacia el río Tavizna, donde se alza el Cerro Ponce, en las proximidades del que fue enclave musulmán de Aznalmara y no lejos de la fortaleza de Cardela (5).

Mayores dificultades entraña conocer el origen del topónimo Albarracín. Los hermanos De las Cuevas, en su libro sobre El Bosque (1979) se preguntan “¿Y por qué el denominarlo Albarracín? ¿Y Albarracinejo la otra cara, la del Campo de las Encinas, la de Grazalema? No lo sabemos”. Eso mismo afirmamos nosotros, que como muchos lectores conocemos la existencia de este topónimo en otras provincias como Almería y Jaén. Al parecer del arabista Elías Terés, todos ellos tienen su origen en el Albarracín turolense que debe su nombre al apellido de uno de sus gobernadores, Al Banū Razīn (6). En una reciente publicación, el arqueólogo e historiador Luis Iglesias García plantea la posible vinculación del topónimo Arrecines, un cortijo situado entre Montecorto, Los Villalones y Acinipo con el linaje beréber de los Banū Razīn “… que aparecen también entre El Bosque y Aznalmara” (7). ¿Deberá a ellos también su nombre nuestro monte Albarracín? Nos hacemos estas preguntas mientras regresamos, camino de Benamahoma, pensando sobre todo en que cualquier paraje de esta serranía guarda hermosos rincones que visitar para disfrutar de la naturaleza y de la historia.

Para saber más:
(1) Bel Ortega, Carlos y García Lázaro, Agustín (1990): La Sierra Norte. Guías naturalistas de la Provincia de Cádiz. Diputación Provincial de Cádiz. Pgs.328-331.
(2) Gavala y Laborde, Juan: Descripción geográfica y geológica de la Serranía de Grazalema. (del Boletín del Instituto Geológico de España, tomo XIX, 2ª serie). Madrid, 1918, pp. 16, 39 y 79. Incluye un interesante corte geológico entre el Río del Bosque y el Albarracín en la pg. 79.
(3) VV.AA.: Aproximación a la definición del hábitat fisiográfico del Abies pinsapo Boiss. en Andalucía. Descargar PDF, p. 147.
(4) De las Cuevas, José y Jesús (1979): El Bosque. Instituto de Estudios Gaditanos. Diputación Provincial de Cádiz.
(5) Mancheño y Olivares, Miguel: Apuntes para una Historia de Arcos de la Frontera. Edición de María José Richarte García. Servicio de Publicaciones de la UCA y Excmo. Ayto. de Arcos. 2002. Vol. I. Pg. 91
(6) Terés, Elías (1978), «al-ʿAqaba. Notas de toponimia hispanoárabe», Al-Andalus, 43, 1978, pp. 374.
(7) Iglesias García, Luis: Las Villas perdidas, Ediciones del Genal, 2017, p.62


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Otras entradas relacionadas: Parajes naturales, Mapas, Paisajes con Historia, Rutas e Itinerarios.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 18/06/2017

Tras las huellas de una histórica “Matanza”.
Por tierras de Jédula.




En distintas ocasiones nos hemos ocupado en estas crónicas dominicales de “entornoajerez” del nombre de muchos de nuestros parajes, de su posible origen, de su vinculación con la historia o de su significado cultural. La toponimia se nos presenta así como una suerte de “memoria del paisaje”, una herramienta que nos ayuda a conocer y explicar mejor nuestro entorno.

En el caso que hoy nos ocupa, nos hemos acercado a la pedanía arcense de Jédula, hasta un rincón familiar para los viajeros que circulan entre Jerez y Arcos, por encontrarse junto a la antigua carretera y la actual autovía. Se trata del lugar conocido con los llamativos nombres de Hazas de La Matanza y La Matancilla, que si en la actualidad alberga fértiles tierras decultivo, fue en otros tiempos una extensa dehesa de encinas y acebuches.



Este paraje se encuentra en las inmediaciones de Jédula, a ambos lados de la carretera que desde esta población parte hacia la Junta de los Ríos, extendiéndose hasta las tierras bajas que se encuentran a los pies del cortijo de La Cantarera y del Cortijo Nuevo, denominadas antaño Llanos de Don Carlos (1).



Estos campos se sitúan hoy frente al antiguo cuartel de la Guardia Civil así como de los últimos vestigios de la barriada de la Azucarera, un gran complejo industrial levantado a finales de los 60 del siglo pasado que ha sido desmantelado en los últimos años. Una parte de estas tierras de labor han sido progresivamente ocupados por el crecimiento del casco urbano de Jédula que ha traído hasta aquí nuevas calles, zonas verdes y deportivas y su recinto ferial. Ya en los años veinte del siglo pasado, este paraje vio las obras del conocido “túnel de Jédula” (que arranca entre un bosquete de eucaliptos), por el que los canales de riego del cercano pantano de Guadalcacín atraviesan los cerros circundantes hasta salir a los pies del cortijo de Montecorto para desde allí, llevar sus aguas hasta los Llanos de Caulina. En esta última década, en las tierras de La Matancilla y en la colindante Loma de Pedro Alonso intentó promover Iberdrola un polígono industrial que cuenta con una sola industria: Arcoval, una empresa hortofrutícola que tiene en estos parajes una moderna planta de lavado, procesamiento y envasado de zanahoria.



En los campos de La Matanza y La Matancilla.

Los mapas topográficos conservan todavía estos dos curiosos topónimos, que con diversas variantes locales, aparecen también en otros muchos lugares de nuestra geografía provincial. En las cercanías de Jerez, por ejemplo, encontramos también los parajes de La Matanza y La Matanzuela, de los que hemos tenido ocasión de ocuparnos en estas páginas de “entornoajerez” (2). Por si fuera poco, este mismo paraje próximo a Jédula, también era conocido antaño con el revelador nombre de “Haza de los Muertos” (3).



¿A qué “matanza” y a qué “muertos” pueden referirse estos curiosos topónimos? El historiador arcense Miguel Mancheño en sus “Apuntes para un historia de Arcos de la Frontera”, relata diferentes episodios de armas en los que participaron los vecinos de Arcos durante la primera mitad del siglo XIV. En uno de ellos, da cuenta de cómo tras la muerte en 1339 de Ab al-Malik (conocido en las fuentes cristianas como Abomelique, o el “infante Tuerto”) a manos del jerezano Diego Fernández de Herrera en las vegas de Patrite, su padre Abu al-Hasan (“Albohacen”), rey de los benimerines, llevó a cabo una expedición de castigo en territorio cristiano:
Irritados los benimerines con la muerte de su infante, salieron de Algeciras, y corriendo los campos de Jerez, Arcos y Medina Sidonia, lleváronse muchos ganados y multitud de cautivos. A la noticia de aquella algara salieron de Jerez mil trescientos jinetes con su bandera y comenzaron a seguir el rastro de los moros. Más diligentes, los vecinos de Arcos en número de trescientos habían dado ya sobre los moros, y mantenían con ellos recia pelea. Mientras tanto, los de Jerez que extraviados habían perdido la huella de los moros y vagaban por el campo, oyeron desde alguna distancia el grito “Arcos” con que nuestros paisanos se animaban en la pelea, y acudiendo a rienda suelta apellidando “Jerez” mezcláronse entre los combatientes. Animados los de Arcos con el socorro, redolaron sus esfuerzos, y arrollados los moros emprendieron la fuga, dejando el campo lleno de muertos y despojos. Esta insigne victoria en que mil seiscientos caballeros de Arcos y Jerez derrotaron completamente a más de tres mil jinetes moros tuvo lugar a dos leguas de Arcos, en el sitio llamado Haza de la Matanza entre los cortijos de Casablanca y Jédula. Allí quedó cautivo El Botuz (sic), moro principal de quien fiaba todos sus negocios el rey Albohacen (sic)” (4).
Los historiadores locales de Jerez, traen también este episodio a sus cronicones si bien lo ubican en distintos emplazamientos. Tal es el caso de Esteban Rallón, por ejemplo, que incorpora a su descripción fragmentos textuales de la Crónica de Alfonso XI, y que en su particular relato la identifica con la batalla de Redira o de Benahaut señalando que “Yo la he sacado parte de la Historia del rey don Alonso y lo más del arcipreste Diego Salido. El padre Mariana la pone sucintamente y dice que murieron dos mil moros en ella, en su segunda parte, libro 16, capítulo 7” (5).

Jerezanos y arcenses contra los benimerines.

Si indagamos en las fuentes escritas, la Gran Crónica de Alfonso XI da cuenta de este episodio, y aunque lo sitúa entre Arcos, Medina y Xerez, no apunta el lugar exacto donde pudo suceder este hecho histórico que será después interpretado con distintas versiones por los historiadores locales. Tal como se recogen en el Capítulo CCLXXII, de la Gran Crónica, tras la muerte de su hijo “Abomelique”, “Alboaçen rrey de Benamarin”, mientras preparaba un gran ejército con el que pasar el Estrecho para frenar los avances de Alfonso XI, envío un contingente de tropas escogidas a Algeciras para preparar el terreno y realizar incursiones en la frontera. Hasta 3000 caballeros pudieron formar esta avanzadilla que realizó operaciones de aprovisionamiento y desgaste en las campiñas gaditanas. Así lo refleja la Gran Crónica de Alfonso XI.
E en tanto que el rrey don Alonso fue a Valençia, estos caualleros moros, desque llegaron a Algezira, por mostrar que se non tenían por vençidos, entraron a correr tierra de Arcos e de Xerez e de Medina Sidonia, e llevaron los ganados que fallaron e pieça de homes catiuos. E los caualleros de la mesnada del rrey que estauan en Xerez supieronlo; e por quanto non auian mayoral por quien catasen, tomaron el pendon del conçejo de Xerez e dieronlo a vn cauallero que anduviese quanto pudiesse con aquel pendon ca todos le siguirian. E con la gran priessa del andar, erraron el camino por do yuan los moros e ayuntaronse a otra parte. E los moros andavan quantom pudieron con la presa, ca sabien que estauan en Xerez caualleros por fronteros. E yuan en pos de los moros siguiendo el rrastro pocos de omes de Xerez e de Arcos. E los moros entrando por un valle, aquellos pocos de christianos que seguían el rrastro subieron eçima de vn otero, e vieron el pendon de Xerez e los caualleros que lo leuauan e que yuan muy desviados de aquel camino; e por esso dieron de si dos hombres que gelo fuesen a decir y ellos, en quanto yuan los otros a hazer el mandado, por detener, manguer que los christianos eran muy poca conpaña, commençaron la pelea, llamando los christianos: Arcos!. E los moros no se les daua nada por ello, por quanto veyan que eran pocos e otrosi por que no llamauan Xerez, e tuvieron que aquellos christianos venían de escarnio e que los de Xerez no venían en pos dellos. E los caualleros que yuan con el pendon de Xerez, desque supieron que los moros yuan alli, vinieron quanto pudieron luego del rrecuesto e fueron a ferir en ellos. E en aquellos primeros golpes los moros arredraronse los vnos de los otros, e por esto ouo muy pocos feridos de aquella espolonada. E luego los moros ayuntaronse todos e tornaron a los christianos e lançaron las azagayas en ellos. E los christianos fueron todos aguijando ayuntados contra ellos muy de rrezio, de manera que los moros no pudieron boluer a ellos otra vez ni catar sino a fuyr. E los christianos siguieron el alcançe firiendo e matando en ellos, e mataron muchos dellos.

Y en estos cativaron vn cauallero moro que dezian el Botuyn, el ome de quien mas fiaua el rrey Alboaçen. E fueron allí muertos muchos moros de gran cuenta; e de quantos allí fueron no escaparon mas de hasat trezientos, e los otros fueron muertos y catiuos. E tornaron los christianos toda la presa que los moros llevauan; e vinieron a Xerez con el pendon e con gran honrra
” (6).



Hoy día, los campos de cultivo de La Matanza y La Matancilla, en las cercanías de Jédula, donde crece el trigo y el girasol, permanecen ajenos a aquellas luchas de frontera que, pese al paso de los siglos, han dejado sus ecos en estos singulares topónimos.

Para saber más:
(1) Pérez Regordán, M.: Nomenclátor de Arcos de la Frontera. El Campo. Consejería de Cultura, Junta de Andalucía, 1999, p. 187.
(2) A. y J. García Lázaro: Con el Padre Coloma por las tierras de La Matanza, Diario de Jerez, 17 de Mayo de 2015. También A. y J. García Lázaro: La Batalla de Los Cueros, Diario de Jerez, 25 de Mayo de 2015.
(3) Pérez Regordán, M.: Nomenclátor de Arcos de la Frontera… Obra citada, p. 187
(4) Mancheño y Olivares, Miguel: Apuntes para una Historia de Arcos de la Frontera. Edición de María José Richarte García. Servicio de Publicaciones de la UCA y Excmo. Ayto. de Arcos. 2002. Vol. I. pg. 55.
(5) Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación. Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. II, p. 51.
(3) Catalán Menéndez-Pidal, D.: Gran crónica de Alfonso XI. Edición crítica y estudio. Madrid: Seminario Menéndez Pidal . Ed. Gredos, Madrid, 1976. Vol. 2 Pg. 301-302.


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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 5/02/2017

 
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