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La Corta.
Breve historia de un antiguo azud que está siendo demolido.




Unos días antes de Semana Santa, el pasado 22 de marzo, la Consejería de Medio Ambiente inició la demolición del antiguo azud del río Guadalete situado en la barriada rural de La Corta, que debe su nombre a la presencia de esta pequeña presa en el río. Con la construcción hace unos años del azud móvil de El Portal, el de La Corta había perdido ya su funcionalidad, por lo que su derribo elimina obstáculos en el cauce del Guadalete facilitando la evacuación de los caudales de avenida. Así lo explicaba Ángel Acuña, Delegado Territorial de Medio Ambiente, a los vecinos de esta barriada rural que, alarmados por la presencia de maquinaria pesada, se habían concentrado junto al río al carecer de información previa sobre las obras a realizar (1). En los siguientes días, se acumularon grandes bloques de piedra en el lecho del río que han permitido el acceso de maquinaria pesada, habiéndose retirado ya la mitad de esta antigua presa.

Aunque el paraje donde se encuentra La Corta, conocido desde antiguo como Vado de los Hornos, guarda muchas historias de las que nos ocuparemos en otros artículos, no queremos dejar pasar la ocasión para dedicar unas líneas a este antiguo azud que cuenta con más de un siglo de existencia. Si bien fue reformado en la década de los cincuenta del siglo pasado, fecha en la que se construyó también la estación elevadora a la que está ligado y se amplió la red de acequias y canales a los que surtía, esta modesta obra de ingeniería tiene tras de sí una curiosa historia.



La Sociedad Agrícola Industrial del Guadalete.

El inicio de nuestro relato puede fijarse el 15 de noviembre de 1897, cuando la Gaceta de Madrid anunciaba la subasta pública para la “Concesión de un canal de riego derivado del Río Guadalete”. Con un presupuesto de partida de 1.227.968 pesetas, este proyecto tenía como finalidad la construcción de una presa o azud en el “Vado de los Hornos”, lugar que acabaría siendo conocido como “La Corta”, para poner en riego las vegas cercanas a El Portal (2).

Toda la comarca, y en especial la ciudad de Jerez, atravesaba entonces por una grave crisis marcada por el paro y los conflictos sociales que se había visto acentuada por la plaga de filoxera desatada unos años atrás, que terminó por arruinar en poco tiempo todo el viñedo. No es de extrañar por ello que en estos años de finales del XIX se alzaran voces que clamaban por buscar alternativas al monocultivo de la vid. Las propuestas pasaban, invariablemente, por la puesta en regadío de las mejores tierras del término. La construcción del Pantano de Guadalcacín, que habría de esperar aún más de una década, estuvo precedida por una iniciativa más modesta: los regadíos, de unas 2000 hectáreas, en las vegas de los Villares, El Torno, las Quinientas, El Palmar y El Portal que la Sociedad Agrícola Industrial del Guadalete (SAIG) pretendía desarrollar mediante una amplia red de canales y acequias. Y con ellos la introducción del cultivo de la remolacha y la construcción de la primera fábrica de azúcar en nuestra provincia: la Azucarera Jerezana, en El Portal (3).

Constituida el 18 de febrero de 1892 con un capital de 4 millones de pesetas, la SAIG contó entre sus accionistas con destacados personajes del mundo de la empresa y las finanzas. Durante años, su presidente fue Antonio M.ª Martínez de Pinillos Izquierdo, propietario de una importante naviera gaditana y entre sus directivos figuraban los banqueros Amaro Duarte Cardenal y Abelardo Gómez Infante o empresarios como Servando Molins y José Ramón Pacheco Bernal, componentes asimismo de la Sociedad de Aguas Potables de Cádiz y de la Sociedad Siderúrgica Andaluza. Este último figura como secretario de la SAIG en la presidencia de M. de Pinillos, a quien sucedió Gómez Infante, ocupando entonces el cargo de secretario Molins, tal como puede comprobarse en los Balances Generales anuales presentados por la Sociedad (4).



Además de la presa de La Corta, la estación elevadora y los canales de riego, la Sociedad edificó la Azucarera Jerezana en la que invirtió más de 3,5 millones de pesetas, cuyas ruinas aún pueden verse en El Portal. Construyó también una carretera entre la planta industrial y la Cañada de la Isla y un puente de hierro en el Guadalete (en La Herradura) para acceder a las tierras que administraba. Se trataba, en definitiva, de “un proyecto netamente modernizador de carácter agroindustrial que significaba un cambio muy apreciable” e introducía cambios cualitativos con los que afrontar la crisis finisecular derivada de la filoxera (5). Aunque en otra ocasión nos ocuparemos de esta pionera fábrica de azúcar, esta prometedora experiencia resultó fallida. La escasa riqueza en azúcar de la remolacha, el alto coste del cultivo de regadío, la falta de experiencia de los colonos, las avenidas del Guadalete que hicieron perder algunas cosechas, el escaso caudal en estiaje, la incipiente contaminación de las aguas y el auge de esta industria en otras zonas del país fueron algunas de las causas de este fracaso que llevaron al cierre de la fábrica en 1906 (6).

La presa, azud o “corta”: una obra singular del ingeniero Luis Vasconi.

La Sociedad Agro Industrial del Guadalete encargó su proyecto al prestigioso Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos Luis Vasconi y Cano (Málaga 1840 – Madrid 1924). Vasconi, a quien en 1874 encontramos ya de Ingeniero Jefe de su provincia natal, ocupo en su dilatada vida profesional distintos cargos técnicos, académicos y empresariales. De Málaga pasó a la Isla de Cabrera y en 1888 realizó las obras de abastecimiento de aguas a Cádiz, de cuya Sociedad de Aguas Potables llegó a ser propietario. En 1889 dirigió la ampliación del puerto de Málaga junto a su socio, el también ingeniero José Bores. Concluidas las obras en 1896, realizó el proyecto que nos ocupa de presa y canales en el Guadalete. En 1902, año de su jubilación y en el que se concluyeron las obras de “La Corta”, participó junto con Bores en una nueva tarea: el abastecimiento de aguas a Bilbao a través de la sociedad “Aguas del Cerneja”, de la que era presidente. En estos años dirigió numerosas obras para distintas empresas en algunas de las cuales participó también como socio, como en la Sociedad Azucarera Antequerana (7).



La presa fue construida en el lugar conocido desde antiguo como Vado de los Hornos, situado 1 km río abajo del monasterio de La Cartuja, en un paraje de gran interés histórico del que nos ocuparemos en otra ocasión. Este lugar está situado a 4437 m del puente de Cartuja, punto hasta el que llegaba la carrera de la marea. Como se indicaba en el proyecto, la coronación de la presa, esto es su altura máxima, estaba “a la ordenada de 14 m con relación al plano general de comparación elegido, que está a 10 m inferior al nivel de la bajamar equinoccial de la bahía de Cádiz, o sea con una altura de 1,63 m sobre el lecho general del río en el indicado emplazamiento". Habida cuenta de que la máxima diferencia entre mareas en la Bahía de Cádiz es de 3,90 m, la altura de la presa garantizaba que, con la máxima pleamar posible, la marea no sobrepasaría su cota de coronación.



Para la construcción del muro fue preciso realizar una gran zanja de 100 m de larga, hasta una profundidad de 1,5 m bajo el lecho del río, dragándose 975 m3 en su base. Se hincaron entonces 200 pilotes escuadrados de 5 m de longitud y 0,30 x 0,30 m, “de madera de pino tea del Canadá”, a lo largo de toda su longitud y se clavaron 600 tablaestacas de 5m de largas con sección de 0,25 x 0,15 m, así como otros 200 pilotes rollizos de 3 m de longitud y 0,20 m de diámetro. Para asegurar el entramado de los cimientos se utilizaron también 5.760 kg. de hierro galvanizado en pernos, barras y tensores para el arriostrado de la estructura.

El muro de la presa, con una longitud de 100 m, tenía en su base 5 m de ancho. Para su construcción, además de la madera utilizada en el pilotaje de su cimentación, se emplearon 600 m3 de hormigón hidráulico en las fundaciones, vertido en cajones de madera hasta su fraguado. En la obra de fábrica se emplearon también 250 m3 de mampostería hidráulica de relleno sobre el agua y otros 250 m3 de sillarejos y sillares unidos con mortero hidráulico en el cuerpo del muro, que se protegió con otros 400 m3 de escollera. En total, casi 2.500 m3 de material. El coste de la presa ascendió a 116.712 pesetas a las que hubo que añadir otras 3.000 por la edificación de una casilla para el guarda (8).

A raíz de su construcción, el azud empezó a ser conocido como “La Corta” del río nombre que, por extensión, se dio también a este paraje del Guadalete y que desplazó al tradicional de Vado de los Hornos con el que era conocido desde el siglo XVII.

Elevación de aguas: casa de máquinas y pozo de bombas.



Junto a la presa, otros elementos fundamentales de la obra fueron la planta elevadora, el pozo de toma de aguas y la casa de bombas que se edificaron en un recodo de la margen izquierda del río, en un punto muy próximo a la Cañada Real de la Isla y de Cádiz y cercano a la desembocadura del Arroyo Buitrago. Este paraje, conocido como Hoyo de las Piedras, estaba situado a 2935 m aguas arriba de la presa y a 1502 m aguas abajo del Puente de Cartuja. Las instalaciones se renovaron en los años 50 y de nuevo hace unos años (9), permaneciendo en el mismo lugar. En la casa de máquinas puede leerse “Estación Elevadora. Comunidad de Regantes Margen Izquierda Bajo Guadalete”

La toma de aguas se llevaba a cabo mediante una galería que unía el río con el pozo de bombas de la casa de máquinas y calderas. Allí se construyó también una chimenea de ladrillo, una carbonera para almacenar hasta 300 toneladas de carbón y una casa para albergue de los cuatro operarios encargados del servicio de elevación de aguas. Junto a estas instalaciones hubo que construir un acueducto de fábrica de casi 300 m, que desde la casa de máquinas llegaba hasta una loma cercana en la que se bifurcaban los canales del Este y del Oeste. Lo más costoso fue, lógicamente, las máquinas de vapor (200.000 pesetas) así como otros elementos mecánicos, bombas, calderas y accesorios, con capacidad para elevar 1.250 litros por segundo a la altura media de 8 m. El coste total de las instalaciones de elevación de agua ascendió a 307.987 pesetas, casi el doble que la presa (10).

La red de canales, acequias y acueductos.

El principal propósito de las obras fueron poner en regadío 2000 hectáreas de tierras situadas en la margen izquierda del Guadalete, para las que el proyecto había previsto la construcción de una presa La Corta) y la planta elevadora.



Las tuberías de impulsión de las máquinas vertían las aguas elevadas en el origen de un acueducto de 300 m de longitud, apoyado sobre la Loma del Torno, frente a la casa de máquinas, donde se bifurcaba en dos grandes canales.

El canal del Oeste terminaba en el Pozo de Carmona, a los pies del Cerro del Pavo, situado junto a la Cañada de la Isla y Cádiz frente a la dehesa de la Tapa, con una longitud de 9015 m. De él se derivaban nueve acequias principales de distribución con un desarrollo de 16092 m. Para el saneamiento de este terreno se trazaron cuatro grandes azarbes o canales de drenaje en los puntos más bajos de las fincas, así como ramales secundarios para canalizar el excedente del agua de riego hacia el río con una longitud de 10783 m. A lo largo de toda esta red fue preciso construir 8 tajeas, una alcantarilla y un acueducto sobre la hondonada de El Torno con un coste de, este último de 76.593 ptas. En la Loma del Palmar se practicó un túnel para el paso del acueducto (34.068 ptas.), construyéndose también 8 alcantarillas para los pasos superiores de servidumbres sobre el canal. De la misma manera se edificaron dos casillas de guardas del canal. Los terrenos expropiados se pagaron a 500 pesetas la hectárea.



En la actualidad aún se conservan algunos tramos de este acueducto en Las Pachecas, Las Quinientas y junto al Palmar del Conde.

El canal del Este conducía el agua desde la Loma de El Torno hasta el Rancho de los Villares, situado junto al río, recorriendo un trayecto de 5356 m. De él se derivaban dos acequias principales de distribución, así como otras secundarias con 4354 m de longitud y cinco alcantarillas para pasos superiores de servidumbres en el canal. Para salvar las hondonadas se construyeron varios tramos de acueducto de los que se conservan todavía algunas arcadas junto a la carretera o en la finca La Llave. Este sector contaba también con una red de canales de drenaje (4290 m) para los excedentes de riego y con una casilla para el guarda del Canal (11).

Los materiales empleados en esta obra, que duro cinco años, se trajeron de las cercanías y la Sociedad abrió una cantera frente a El Tesorillo.

La piedra para mampostería y hormigón se tomó también de las canteras de “arenisca compacta” de Lomopardo. Para la construcción de la presa se trajeron sillares y sillarejos de las canteras de arenisca de la cercana Sierra de San Cristóbal transportados en carros por la carretera Madrid-Cádiz y por el camino que enlaza a través del puente del Duque con la Cartuja.

Las cales y cementos, ladrillo, hierro y madera se traían desde Jerez por la “carretera provincial de La Cartuja y otras cañadas de ganado transitables por carros en verano”. La arena, extraída del cauce de río en las proximidades del puente de Cartuja y en el propio Vado de los Hornos, se transportó en carros y caballerías. El proyecto incluye un exhaustivo estudio del transporte de los materiales a cada sector de la obra y los canales, así como las distancias medias y el coste (12).

El Pliego de Condiciones.



El Decreto de aprobación de la concesión lleva el visto bueno del Ministro de Fomento D. Aureliano Linares Rivas y está firmado el 21 de mayo de 1897 por María Cristina, la Reina Regente, “en nombre de Mi Augusto Hijo el Rey don Alfonso XIII”. En el que se indica que “el presupuesto de las obras asciende a 1.058.593 pesetas 90 céntimos por ejecución material, y á 1.227.968 pesetas y 90 céntimos por contrata”. De la misma manera se declaran de utilidad pública las obras del canal, facilitando con ello las expropiaciones necesarias. La concesión recibió una subvención del 30% del presupuesto de las obras, otorgándose por un tiempo de 99 años.

En el Pliego de Condiciones se estipulaba que las obras se ejecutarán de acuerdo al proyecto del Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos Luis Vasconi, debiendo comenzarse dentro del plazo de seis meses y para terminarlas en el de cinco años “contados desde la fecha del acta de replanteo”.

La obra se ejecutó por sectores, comenzándose por las del canal del Oeste, el de mayor desarrollo, construyéndose los tramos más largos del acueducto en Las Pachecas y Las Quinientas, de los que se conservan aún buena parte de sus arcos. En el segundo año se abordó la construcción de las acequias generales y los canales de saneamiento de este sector, mientras que en el tercero se construyeron las instalaciones de elevación de aguas y la presa, la famosa “Corta”, que quedaría terminada en el año 1900.

En 1901 se realizó el canal del Este, hasta los Villares (del que aún se conservan algunos tramos de los acueductos), así como sus acequias y sus canales de saneamiento. Por último, en 1902 se instalaron las máquinas de vapor que elevarían el agua, dando por concluidas las obras.



El Pliego de condiciones contemplaba que a medida que el adelanto de las obras lo permitiese, podrían los concesionarios hacer contratos a los agricultores para regar, estableciéndose en el Decreto el canon anual por hectárea de terreno regado en función de los distintos cultivos: trigo y cebada, habas y maíces, lino y cáñamo, legumbres, raíces alimentarias, huerta, remolacha, plantas forrajeras, viña y olivar o jardines y viveros… (13).

… Y no pararíamos de contar otros curiosos detalles de esta singular obra de ingeniería, pionera en tantos sentidos, cuya presencia ha permanecido más de un siglo en muchos puntos de nuestra campiña. Por estas razones, cuando estos días hemos visto demoler el antiguo azud de La Corta hemos sentido también, con sus vecinos, que una parte de nuestra historia se perdía, tal vez, para siempre.


Para saber más:
(1) Mouré, M.: “El río baja un centímetro a la hora y la Junta demuele el azud de La Corta”, Diario de Jerez, 23 de marzo de 2018.
(2) “Concesión de un canal de riego derivado del Río Guadalete”, Revista de Obras Públicas, 1897, Tomo II, nº 1157, págs.. 587-590. De esta publicación hemos obtenido los datos más relevantes que se exponen en el artículo.
(3) García Lázaro, J. y A.: “Azúcar amargo: breve recorrido por un siglo de azucareras en la campiña”, Web Entorno a Jerez, 08/08/2013, http://www.entornoajerez.com/2013/07/azucar-amargo-breve-recorrido-por-un.html
(4) Peñuela Jiménez, A.: “Sociedad Agrícola Industrial del Guadalete”, en Aportes para una Historia de la Banca en Andalucía. 1780-1936. Disponible en https://bancaandalucia.blogspot.com.es/search/label/Sociedad%20Agr%C3%ADcola%20Industrial%20del%20Guadalete, consultado el 08/04/2018.
(5) Montañés, E.: Transformación agrícola y conflictividad campesina en Jerez de la Frontera (1880-1923), Biblioteca de Urbanismo y Cultura, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1997, p. 103. Sobre esta cuestión, puede consultarse también Boletín de la Cámara Agrícola de Jerez, mayo de 1897, pp.408-409, así como Historia y Geografía del Hábitat Rural de Jerez, Asociación para el desarrollo rural de la comarca de Jerez, 1999 p. 14.
(6) Sobre las diferentes razones que llevaron a cerrar la Azucarera Jerezana pueden consultarse: Romero Rodríguez, J.J. y Zoido Naranjo, F.: Colonización agraria en Andalucía: estudios sobre las actuaciones para la transformación del espacio rural en las provincias de Cádiz y Córdoba., Secretariado de Publicaciones de la Universidad, Sevilla, 1977, p. 51; Montañés, E.: Transformación… p. 160; Commercial Relations of the United States with Foreign Countries, Volumen 1, 1909, p. 392.
(7) Los principales datos biográficos sobre Luis Vasconi pueden consultarse en: Tous Meliá, J.: Cabrera a través de la cartografía [C. 1275- 1916]. Atlas histórico-geográfico de la isla. Ed. Idea Música, 2017, p. 184.
(8) “Concesión de un canal… obra citada, p. 589.
(9) Proyecto de mejora y modernización de la Comunidad de Regantes de la margen izquierda del bajo Guadalete. Captación y Estación de bombeo. Términos Municipales: Jerez de la Frontera y Puerto Real (Cádiz), disponible en : https://www.feragua.com/La-comunidad-del-Bajo-Guadalete-adjudica-su-proyecto-de-modernizacion_a2170.html, Consultado el 08/04/2018
(10) “Concesión de un canal… obra citada, p. 588.
(11) Ibidem, p. 587.
(12) Ibidem, p. 589.
(13) Ibidem , p. 589.




Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Paisajes con historia, Puentes y Obras públicas, Río Guadalete

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 8/04/2018

De La Cartuja a La Corta: los baños en el río.
Un paseo por las playas fluviales del Guadalete




Desde el pasado sábado 21 de junio a las 12h 51m hora oficial peninsular, ya estamos en verano. Esa es, al menos, la información que nos llega desde el Observatorio Astronómico Nacional y se añade que esta estación durará 93 días y 15 horas y terminará el 23 de septiembre con el comienzo del otoño. Sea como fuere, si algo caracteriza de manera inequívoca la llegada del verano, es el inicio de la temporada de baños que, desde hace ya unas semanas, viene marcada por el éxodo de los jerezanos hacia las playas cercanas. Sin embargo, cuando en tiempos pasados se hablaba de “verano” y de “baños”, en lo que de verdad se pensaba era en bañarse en el río. En el Guadalete.

Los baños en el Guadalete.



Y es que las “playas de Jerez”, durante la segunda mitad del siglo XIX no eran Valdelagrana o La Puntilla, La Ballena o El Palmar… sino la ribera del río comprendida entre la Huerta de la Cartuja -junto al Monasterio- y el Vado de los Hornos. Este último lugar se corresponde con la actual barriada rural de La Corta, donde a comienzos del siglo XX se construiría un azud para los regadíos de los Llanos de las Quinientas.



Los alrededores del Puente de Cartuja y de El Portal fueron también otros parajes fluviales a los que los jerezanos acudían para bañarse en el Guadalete. El investigador de nuestra historia ferroviaria Francisco Sánchez Martínez, nos informa que ya en el verano de 1854, recién inaugurado el primer tramo del ferrocarril entre Jerez y El Puerto de Santa María, “…la empresa ferroviaria establecía un servicio especial para llevar a la gente a tomar los baños en el río Guadalete junto al muelle del Portal, los precios de ida y vuelta eran de 3 reales/v en 3ª clase, y 5 reales/v en 2ª clase”. (1)

En la segunda mitad del siglo XIX los baños en el río debieron ser muy populares y, para regularlos, el Ayuntamiento de Jerez elaboró las correspondientes Ordenanzas Municipales de Baños Públicos en el Guadalete. Esta normativa se publicaba con la llegada del verano, época en la que los jerezanos encontraban en el río el mejor lugar de esparcimiento. Su lectura detenida nos aporta curiosas referencias sociológicas de esa época en la que todavía no estaban de moda los baños de mar. Como ejemplo de ellas, sirvan las correspondientes al año 1873 en las que se incluyen artículos realmente llamativos:

“Art. 281. La temporada de baños en el río Guadalete durará desde el 16 de julio al 8 de septiembre ambos inclusive. Antes ó después de esta fecha sólo podrán bañarse los que justifiquen por certificación facultativa la necesidad de hacerlo, adquiriendo al efecto el competente permiso. El Alcalde podrá, sin embargo, anticipar el principio de la temporada ó hacerla más duradera, si la estación ó cualquiera otra circunstancia aconsejase alguna de estas variaciones.

Art. 282. Para los baños al aire libre se señala el espacio que hay entre los sitios llamados Vado de los Hornos y Huerta de la Cartuja, reservándose a toda hora para las mujeres una cuarta parte del dicho sitio, a contar desde el primer punto.

Art. 283. No podrán establecerse cajones para baños sin permiso previo de la alcaldía, siendo de cargo del que lo solicite, sufragar los gastos de reconocimiento pericial que se efectúe y hacer todo lo que se le prescriba para la debida seguridad de los bañistas.

Art. 284. Se prohíbe que se bañen los niños si no van acompañados de personas mayores: así como que lo hagan juntas personas de distinto sexo, aún cuando estén casados. Los individuos pertenecientes á establecimientos de Beneficencia necesitarán además el permiso de sus jefes.

Art. 285. Todos los bañistas quedan obligados á usar, según su sexo, el traje que la decencia prescriba, prohibiéndose además cruzar el río á nado, promover juegos ó alborotos dentro del agua, y en absoluto todo hecho ó dicho ofensivo á la moral.

Art. 288. En el Puente de Cartuja y sitio del Portal, se bañarán los caballos y demás bestias con absoluta prohibición de ejecutarlo en otro punto. En estos mismos sitios y otros no señalados para baños de personas podrán los laneros, tintoreros, etc., lavar los efectos propios de sus artes y oficios durante la temporada de baños, verificándolo en las demás épocas donde lo crean más conveniente.

Art. 289. Los que contravinieren las disposiciones de este capítulo incurrirán en la multa de 2 a 25 pesetas, según los casos
.”

La Corta y los alrededores del Puente de Cartuja, fueron lugar habitual de baños hasta la década de los 60 del siglo pasado, época en la que los vertidos urbanos e industriales convirtieron al río en una cloaca. En una de las fotografías que ilustra esta entrada, puede verse a nuestro viejo amigo Pepe Salas, disfrutando de un baño con sus amigos en el río en la década de 1950. Parajes como los de La Greduela, Bucharaque (en La Barca), Tablellina, en las cercanías de la Junta de los Ríos… fueron otros tantos lugares de baños en el Guadalete, antes de que la contaminación terminara con ellos.

Baños en el río en El Puerto de Santa María.

En El Puerto de Santa María, junto a los baños de mar en la Playa de La Puntilla, el verano se anunciaba también con los baños en el Guadalete. Como ha estudiado el historiador portuense Enríquez Pérez Fernández (3), existen ya noticias de regulación municipal de los baños en el río desde 1816, cuando se concedió en exclusiva a la Casa de Niños Expósitos la facultad de instalar barracas, cajones y aposentos para los baños "aplicando su producto al aumento del salario de las nodrizas o amas de cría y a las demás urgencias y necesidades que padece la casa y los inocentes niños".

Pero será a partir de 1860 cuando empiezan a adquirir más relevancia. La temporada se iniciaba con el verano, por San Juan, debiendo ponerse fin a la misma después de la Virgen de los Milagros, el 8 de septiembre. Como sucedía en Jerez, también en El Puerto hombres y mujeres ocupaban espacios diferenciados, estableciéndose multas de cuatro ducados a los hombres que fueran sorprendidos en la zona reservada a las mujeres. En esta época operaban tres empresas de baños en el río y una en La Puntilla, lo que da idea de la importancia de los baños en el Guadalete frente a los de mar. Para facilitar los baños en el río y evitar los peligros de las corrientes, se instalaban en la orilla barracas y una pasarela que comunicaba con una estructura de madera techada, situada en el río, donde se encontraban los baños flotantes, con cajones sumergidos que impedían que los bañistas pudieran ser vistos (4).

Entre las escasas imágenes que se conservan sobre aquellos baños en el río destacan por su espectacularidad las del arquitecto y fotógrafo jerezano Francisco Hernández-Rubio, rescatadas por Adrián Fatou y que pudimos admirar hace unos meses en la magnífica exposición “Arquitectura de una mirada”. Realizadas en los primeros años del siglo XX, se observan en ellas los bañistas en la orilla del río, a los pies del antiguo Puente de San Alejandro, con las salinas al fondo, desde el que se lanzan al Guadalete los niños y jóvenes en atrevidas piruetas (5).

También en El Puerto –como en Jerez- el Guadalete quedará vedado para el baño a partir de la década de los 60 del siglo pasado, como consecuencia de la contaminación de sus aguas. Habrá que esperar hasta julio de 1995, tras más de una década de lucha por la recuperación del río y la puesta en marcha de un Plan de Saneamiento, para que los colectivos ciudadanos y ecologistas integrados en la Federación Ecologista Pacifista Gaditana, celebren la fiesta “El Guadalete empieza a vivir” dándose un simbólico “baño popular” en las aguas del río Guadalete que empieza, por fin, un proceso de lenta recuperación.

Una bañista de excepción: Fernán Caballero.



De la mano de una de nuestras más renombradas escritoras decimonónicas, Fernán Caballero, podemos hacernos una idea muy aproximada de cómo eran aquellos baños en el ríoGuadalete a mediados del siglo XIX. Lo describe con detalle en una de sus novelas más célebres “Un verano en Bornos”, escrita en 1850.

Cecilia Böhl de Faber se deshace en elogios hacia esta localidad serrana señalando los baños en el río Guadalete como uno de sus atractivos: “Este pueblo es muy lindo y tiene un indisputable aire señorito (así traduzco el come il faut francés).

Se deja ver que la esplendidez con que Cádiz en otros tiempos esparcía, y aún tiraba el dinero, lo hizo llegar a este apartado lugar, al que vendrían aquellos millonarios que sabían serlo, á buscar el bienestar y la salud que procuran sus aires puros, sus hermosas aguas y los baños de su río, suaves y tónicos á un tiempo, por afluir a él en estas cercanías algunas fuentes minerales
”.

En su Carta VII descubrimos las “casetas” de baño de la época y la curiosa forma en que se construían y utilizaban: “Hemos empezado los baños en el río. Según la costumbre establecida aquí, nos han hecho una choza anfibia, esto es, que se asienta en la orilla y se prolonga en el río. La parte acuática está sin techar, pues nos bañamos á la caída de la tarde, cuando ya el sol ha descendido; sus cuatro paredes de cañas, castañuelas y junco vano, unidas por una tomiza de palma y sujetas á unos postes con jical de esparto, forman una florida alberca de agua corriente y tibia, muy preferible á las de alabastro con sus estancadas aguas. El buen hombre que la hizo, dejó en el fondo una puerta abierta para que la persona que quisiese pudiese salir al río; pero mi madre me había prohibido hacerlo, porque, aunque no es profundo, le habían advertido que tenía ollas, esto es, unos hoyos en que es muy fácil caer y ahogarse la persona que no sepa nadar” (6).

En las distintas cartas que componen “Un verano en Bornos”, Fernán Caballero menciona en muchas ocasiones estos baños en el Guadalete: “…el río y el aire son bienes comunes; cada cual puede disfrutarlos sin acreditarse por eso de socialista”, llega a decir en una de ellas. En su carta VIII resume lo que suponen para ella los baños, a través de uno de sus personajes: “Luisa mía: nada me prueba tanto como la benéfica influencia que sobre mi han ejercido estos aires y estos baños, como lo hace el bienestar moral de que por grados voy gozando”.

Las playas fluviales en la actualidad.



Hoy día, los baños en el Guadalete y en algunos de sus arroyos tributarios son una rareza… pero aún existen puntos donde se practican de la mano de nuevas instalaciones. Entre las pequeñas “playas fluviales” o parajes donde los vecinos acudían a bañarse mencionaremos las que existían en las riberas del Bocaleones o del Arroyomolinos. En este último arroyo encontramos la “Playita de Zahara”, nombre con el que se conoce a la adecuación recreativa instalada en su cauce hace apenas veinte años, donde la construcción de una represa en el cauce del arroyo ha dado lugar a una “piscina” natural de aguas cristalinas que cuenta con distintos servicios para facilitar el baño.

Aguas abajo de la presa de Zahara, se construyeron hace unos años pequeños azudes para crear una lámina de agua permanente en el Guadalete y facilitar el baño. Son los casos del Puente de la Nava en Algodonales y de La Toleta, en las proximidades de uno de los accesos a la Vía Verde, en Puerto Serrano. Ambos se encuentran hoy deteriorados. Atrás quedan los tiempos en los que familias enteras acampaban en las alamedas junto al puente viejo de La Nava, conocido como “el de los americanos”, para pasar unos días de “veraneo” junto al río y bañarse en sus aguas.



En la cuenca del Majaceite, uno de los rincones preferidos por los bañistas eran las inmediaciones del Puente del Arroyo del Astillero, muy cerca del poblado del Charco de los Hurones. Este lugar llegó a contar con instalaciones recreativas dependientes del Ayuntamiento de Jerez, hoy en estado de abandono. Aguas abajo, este mismo arroyo tenía otra zona para baños muy concurrida hace unas décadas, antes de que las aguas del embalse



de Guadalcacín la cubrieran: los alrededores del viejo puente del Picao, entre Tempul y Algar. El embarcadero de Bornos y el Club Naútico del Santiscal, en el embalse de Arcos son también otras zonas donde pueden verse bañistas.



En los últimos años, han surgido dos nuevas instalaciones a orillas del embalse que nos permiten disfrutar del contacto con la naturaleza, de los deportes acuáticos y del baño. Se trata del complejo del Tajo del Águila en Algar (con embarcadero, piscina, alojamientos rurales…) y la conocida como “Playa de San José del Valle”, (actualmente se realizan mejoras) una adecuación creada en las cercanías de la presa de Guadalcacín que cuenta con playa artificial acotada para el baño y embarcadero con piraguas, canoas y barcas.


Ver La "Playa de Jerez": baños en el Guadalete en un mapa más grande

¡Qué tengan ustedes un buen verano!

Para saber más:
(1) Sánchez Martínez, F.: “El Portal, su muelle, el arrecife a Jerez y el Ferrocarril (II)”, Diario de Jerez, 11/06/2013.
(2) Clavero, J. García Lázaro, A. y Grupo Entorno.: El Guadalete Empieza a Vivir. F.E.P.G., Consejería de Obras Públicas. 1996.
(3) Pérez Fernández, Enrique.: El vergel del Conde y el Parque Calderón: historia de dos paseos de El Puerto de Santa María. Biblioteca de Temas Portuenses. Ayuntamiento de El Puerto de Santa María, 2000.
(4) “Los baños de mar en El Puerto”. Diario de Cádiz, 20/07/2008. De este artículo hemos tomado la ilustración de las casetas de baño en el río.
(5) De la exposición “Arquitectura de una mirada. Francisco Hernández-Rubio, fotógrafo” comisariada por Adrián Fatou hemos tomado la fotografía que muestra a un joven saltando al río Guadalete desde el Puente de San Alejandro que ilustra la portada del libro-catálogo.
(6) Fernán Caballero.: Un verano en Bornos. Gráficas El Exportador. Jerez, 1985. Ed. Asociación de Amigos de Bornos. Pgs.161-162, 201-211 y 215.

Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Otros enlaces que pueden interesarte: Río Guadalete, El Paisaje y su gente, El Paisaje en la literatura, Paisajes con historia

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 29/06/2014

 
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