Hay caracoles




Hay caracoles. Así de expresivo, de conciso y de claro es el mensaje que, cada año, en estos meses, anuncia que ha empezado el tiempo de saborear uno de los más sencillos y típicos productos de nuestra tierra: los caracoles.

Junto a la recolección de hierbas y frutos silvestres y a la caza menor, los caracoles han sido uno de los recursos naturales ligados a la economía de subsistencia de los habitantes del medio rural y a una precaria dieta a la que, ocasionalmente, aportaban su rico contenido en proteínas. Distintas especies de caracoles terrestres ya eran consumidas en la prehistoria y, en numerosas cuevas, yacimientos arqueológicos y fondos de cabañas , han aparecido acumulaciones de restos de estos moluscos que se incorporaron a la dieta humana, hace al menos 30.000 años, a inicios del Paleolítico superior.

Los caracoles: un producto preciado.

Sea como fuere, hoy han pasado a ser un producto de consumo generalizado, asociado a la gastronomía estacional que, en primavera y verano, se degusta en numerosos bares, chiringuitos y restaurantes.

De aquellos recolectores que, en los bordes de campos y caminos, en los baldíos y espacios abiertos, buscaban caracoles para consumo propio, hemos pasado, debido al crecimiento de la demanda, a un auténtico negocio comercial entorno a estos pequeños moluscos terrestres. Y así, junto a quienes buscan caracoles aprovechando una salida al campo para asegurarse un guiso, encontramos también a los recolectores temporeros, a quienes comercializan el producto en puestos callejeros o de venta ambulante, en tiendas y mercados, o a los que, desde los negocios de hostelería, lo preparan para el consumo bajo múltiples formas.



A todos ellos, impulsados por el incremento de la demanda y la sobreexplotación de nuestros recursos locales, se han sumado en los últimos años quienes importan, distribuyen y comercializan las partidas que vienen de Marruecos, como hemos podido ver en ocasiones –por ejemplo- junto a la conocida Venta Andrés en El Pedroso o en las cercanías de Medina, lugares que pueden calificarse como auténtico mercado provincial del caracol y punto de encuentro de recolectores y distribuidores. Conviene recordar que la recolección abusiva y con escasa regulación, puede estar dañando ya las poblaciones de determinadas especies en distintos puntos de nuestra geografía, por lo que convendría ordenar esta práctica para garantizar así su conservación.



La fragilidad de las poblaciones de caracoles.

Aunque hay caracoles durante todo el año, es en este tiempo, entre los meses de abril y julio, cuando más se dejan ver. Sin embargo, cuando las condiciones de humedad y temperatura o el ambiente externo son desfavorables, los caracoles se ocultan en lugares escondidos o se muestran inactivos, refugiados en el interior de su concha donde pueden permanecer largo tiempo, reduciendo al máximo sus constantes vitales, en espera de que mejoren las condiciones ambientales. La inactividad implica periodos que los animales pasan enterrados o semienterrados en el suelo o bien refugiados debajo de piedras, troncos, ramas caídas, plásticos, cartones y, en general, bajo cualquier superficie que les cobije y proteja. Hay casos en los que el animal selecciona posiciones elevadas (vallas, troncos, plantas, etc.) para evitar a los depredadores del suelo y/o en busca de microambientes más favorables. Durante la estivación o la hibernación "tapan" las conchas por medio de uno o varios epifragmas y frecuentemente se adhieren a alguna superficie con una sustancia mucosa que se solidifica” (1).

Por lo general, son animales nocturnos, más visibles en los meses de primavera y verano cuando la vegetación de la que se alimentan está más disponible, llegando a hibernar, como se ha dicho, en las épocas más frías. A veces, especialmente en la época más calurosa, los vemos apiñados en los extremos de los palos de acebuche o los postes metálicos que sujetan los vallados de los campos, o en los cardos –uno de sus emplazamientos favorito- donde se refugian de sus muchos depredadores naturales. Ratas y ratones, topos y erizos, tejones y lirones, incluyen en su dieta a los caracoles, como lo hacen también ciertas aves (garcillas, mirlos, cigüeñas, zorzales…), reptiles como las lagartijas o el lagarto ocelado, anfibios como sapos o salamandras, así como algunos insectos y miriápodos…. Y los hombres, uno de sus principales recolectores y consumidores (2).

No es de extrañar por ello que, aunque los caracoles pueden llegar a vivir más de una decena de años, la mayoría de ellos no pase de los primeros años de vida ya que a todos sus predadores naturales se suman las capturas humanas y los perniciosos efectos de los agro tóxicos, que ocasionan auténticas mortandades masivas. Los herbicidas que algunas administraciones aplican a las cunetas y los pesticidas de uso agrícola contaminan a muchos de nuestros caracoles terrestres (con los riesgos que ello acarrea para su consumo) o los eliminan. Cuando ello sucede, conviene no olvidar que, como contrapartida, “…los moluscos terrestres dejan de desempeñar importantes funciones ecológicas en el medio natural, con el importante desequilibrio potencial que esto ocasiona. Entre otras, no hay que olvidar que los caracoles forman parte de la dieta de otros animales, contribuyen a la aireación, fertilización y formación del suelo, transportan y dispersan polen o esporas de hongos adheridos a su cuerpo o forman parte del ciclo biológico de ciertos parásitos de mamíferos“ (3).

Las especies comestibles en nuestro territorio.

De las 125 especies caracoles terrestres existentes en Andalucía, (incluidas en más de veinte familias y más de 60 géneros), 49 de ellas están presentes en la provincia de Cádiz (pertenecientes a 34 géneros y 13 familias) como se recogen en diferentes estudios publicados por el profesor J.R. Arrébola (4) y otros autores (5). Al igual que sucede en otras provincias de Andalucía, en nuestra tierra las especies más conocidas son las que habitualmente se utilizan para el consumo, por más que con el nombre genérico de “caracoles”, nos refiramos a todas ellas en conjunto sin distinguir así su rica variedad.

En nuestro entorno, la más codiciadas son los tradicionales “caracoles” o “caracoles chicos”, pertenecientes a la especie Theba pisana, que tomamos en taza o en vaso saboreando también su sabroso caldo. En menor proporción, pero también muy consumidas, siguen a la anterior las populares “cabrillas”, pertenecientes a la especie Otala lactea, y los caracoles “burgaos” (Cantareus aspersus = Cornu aspersum), de mayor tamaño que los anteriores (6).

Los caracoles se preparan con poleo, con hinojo y con tomillo, con orégano y laurel, con “hierbas de caracoles”, a la cazuela, en salsa, con tomate y jamón, con cebolla… Hay caracoles, si, y hay mil y una formas de cocinarlos. Carlos Spínola, en su afamada obra Gastronomía y Cocina Gaditana, recoge una cita de Dionisio Pérez quien en su Guía del Buen Comer (1929), dice de los caracoles en el capítulo dedicado a la provincia de Cádiz: “Llegado junio, sobre estos baldíos de plantas silvestres, sobre vallado, parece haber llovido del cielo millonadas de unos caracolillos, entre rubios y entre blancos, que se cogen a espuertas y a serones. Se les prepara, después de hacerlos ayunar bien, con un caldillo, en que sobresale el hinojo clásico, que es delicia para los aficionados a los caracoles” (7).

Como hemos señalado, aunque las preferencias de consumo en nuestra zona se centran en tres o cuatro especies, en la provincia existe una gran variedad -49 especies-, algunas de las cuales debieran ser protegidas por encontrarse sometidas a graves amenazas. Es el caso, por ejemplo, de otras especies entre las que citamos Trochoidea zaharensis, Oestophora calpeana, O. dorotheae o Xeroleuca vatonniana. Especial vulnerabilidad, por su rareza y escasez, presenta el caso de Theba pisana almogravensis, subespecie del muy conocido T. pisana, ya que en la Península Ibérica sólo ha sido citada en una localización al Sur de Portugal y en nuestra Sierra de San Cristóbal. Este curioso caracolillo, como muestran las fotografías, se diferencia de T. pisana en que casi nunca tiene bandas en su concha y en que esta presenta forma muy deprimida, casi plana, con una quilla periférica, lo que le confiere un aspecto muy peculiar (8).

Hay caracoles… pero si seguimos abusando y sobreexplotando sus poblaciones, pueden llegar escasear y, en algunos casos como los citados, desaparecer.



Para saber más:
(1) Ruiz Ruiz, A. et al.: Caracoles terrestres de Andalucía. Guía y manual de identificación. Junta de Andalucía, Consejería de Medio Ambiente y Fundación Gypaetus. 2006, pp. 42-43
(2) Ruiz Ruiz, A. et al.: Caracoles terrestres de Andalucía… p. 43
(3) Ruiz Ruiz, A. et al.: Caracoles terrestres de Andalucía… p. 44
(4) Arrébola, J.R.: 1995. Caracoles terrestres (Gastropoda, Stylommatophora) de Andalucía, con especial referencia a las provincias de Sevilla y Cádiz. Tesis Doctoral. Univ. de Sevilla
(5) Arrébola, J.R., Cárcaba, A., Ruiz, A.: 2006: Los caracoles terrestres de Andalucía. Revista Medioambiente, nº 55, pp.22-25.
(6) Arrébola, J.R., Cárcaba, A., Moreno, R., Ruiz, A. y López, R.: 2004. Bases para la conservación y explotación sostenible de los caracoles terrestres en la provincia de Cádiz. Revista de la Sociedad Historia Natural de Cádiz, IV: 63-81.
(7) Spínola Bruzón, C.: 1990. Gastronomía y cocina gaditana. Universidad de Cádiz. P. 109.
(8) Arrébola, J.R., Cárcaba, A., Moreno, R., Ruiz, A. y López, R.: 2004. Bases… p. 66.


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Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar El medio y sus productos, Flora y Fauna

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 22/05/2016

Caballos, yeguas y potros en la campiña.
Un recorrido por la toponimia de nuestro término.




El pasado domingo dijimos adiós a una edición mu especial de la Feria del Caballo: una Feria sin celebración en el recinto ferial, y sin que el caballo, su gran protagonista, haya podido hacer presencia en el González Hontoria ni en la ciudad.

Modestamente, queremos desde estas páginas de "entornoajerez" rendirle nuestro particular homenaje, invitándoles a un paseo por el término municipal jerezano para rastrear en los parajes de nuestro entorno, esa geografía del caballo que descubrimos de la mano de la toponimia y de la historia. ¿Nos acompañan?

Caballos en la toponimia de la campiña.



Frente a lo que pudiera pensarse, no abundan los topónimos que mencionen explícitamente al caballo. Buena parte de ellos tenemos que buscarlos en los paisajes serranos de nuestros montes. Así, en las faldas del Picacho que miran al norte, nace el Arroyo del Caballo, o de la Garganta del Caballo, que recoge las aguas de otros cursos menores para entregarlas al embalse de Guadalcacín, entre los cortijos de Picado y Garcisobaco. El arroyo cruza por un sector de los Montes de Jerez separando las dehesas de Montifarti y Montifartillo. La carretera que une el Puerto de Las Palomas con el Puerto de Gáliz cruza por este arroyo serrano cuyo valle cerrado es un típico exponente de los “canutos” que encontramos en el Parque Natural de los Alcornocales al que pertenecen estos terrenos. Próximo a estos lugares está también el Lomo del Caballo, un espolón rocoso que se forma en las faldas del Picacho en dirección al Puerto de las Palomas, separando los términos de Jerez y Alcalá de los Gazules. Frente al cortijo de Vicos se encuentra también el Arroyo de los Caballos, que baja de las laderas del Cerro de Vicos.



Ya en la campiña encontramos varios lugares donde se repite un mismo topónimo de Haza del Caballo. En Tabajete, junto a las estancias del cortijo, se denomina con este nombre un sector del mismo colindante con las marismas de Asta y Tabajete. Lo mismo sucede en el cortijo de El Troval, donde el Haza del Caballo da nombre a las tierras que vemos junto a la carretera que une Nueva Jarilla con la Torre de Melgarejo, en cuyo extremo sur hay una cantera de arenisca. Otro tanto sucede en la carretera de Morabita, frente a El Bujón, donde una parte de las tierras del cortijo de Casablanca son conocidas como Haza del Caballo. Tal vez este nombre repetido en otros puntos de la campiña, puede hacer alusión a la porción de tierra sin cultivar que se destinaba en muchas fincas para el ganado de labor y donde pastaban bueyes y caballos.



En las tierras de albariza no podía faltar la Viña El Caballo, ubicada en el pago de Balbaina, en el cruce de la carretera de Rota con la Cañada de las Huertas. Colindante con las viñas de Santa Cruz o el Calderín, su casa principal se construyó en 1865 como cabecera y centro de la gran explotación de las bodegas Osborne. En la actualidad comparte a la vez los usos de casa de labor, edificio social de la empresa y casa de recreo de sus propietarios. Junto al caserío destaca un hermoso jardín privado que “realza la condición señorial y social de la viña” (1).

Caballería y caballerías en la campiña.

Son también frecuentes los topónimos en los que aparece la expresión caballería o caballerías que en estos casos sólo apuntan indirectamente, a la presencia de caballos en los lugares a los que dan nombre. En los ejemplos que hemos localizado, su utilización obedece a distintas razones. En varios de ellos, como nos informa el diccionario de la RAE, la “caballería” está referida a una medida agraria de superficie del terreno al que alude que es “equivalente a 60 fanegas o a 3863 áreas aproximadamente”, es decir, casi cuarenta hectáreas. En otros, adquiere el significado de “porción de tierra que se repartía a los caballeros que habían contribuido a la conquista o a la colonización de un territorio” o de “la suerte de tierra que, por la Corona, los señores o las comunidades, se daban en usufructo a quien se comprometía a sostener en guerra o en paz un hombre de armas con su caballo”.

En las fuentes documentales medievales hallamos algunos ejemplos de esta acepción de “caballería” como pago a los servicios prestados a la corona. Así, en el último cuarto del siglo XV, nos recuerda el historiador Esteban Rallón que “… por este tiempo hizo merced el rey a Martín de Vera, hijo del valiente alcaide de Jimena Pedro de Vera, del castillo y casa del Berrueco de Medina y de cien caballerías de tierra en su contorno. Presentó esta gracia en el cabildo y la ciudad se opuso a ello, como perniciosa a sus vecinos” (2). Y no es de extrañar la reacción del concejo jerezano ante la gran superficie entregada por Enrique IV a Martín Gómez de Vera.



Años después, los Reyes Católicos, atendiendo a las quejas del cabildo, “rebajarían” finalmente la donación a 20 caballerías (3). Otro ejemplo en el que “caballería” hace alusión a medida de superficie y que se emplea como el terreno que se cede a cambio de un impuesto es el que nos apunta el profesor Emilio Martín, en el caso de los intentos por parte de la corona castellana de crear nuevas poblaciones en las tierras comunales del alfoz jerezano. Así, en 1503 se pregonó a los interesados: “Sepan todos que la reyna, nuestra sennora, manda poblar dos lugares en el término de esta çibdad de Xeres: el vno en la Fuente del Rey y el otro en la Vega del Vicario. E que el caballero se le dé vna cauallería de tierra para labrar por pan e al peón vna peonía… e paguen a esta çibdad de terradgo vn cahis de trigo por cauallería de tierra de cada vno anno” (4).

Por citar sólo algunos ejemplos de nuestra campiña donde aún se conservan estos topónimos, mencionaremos el paraje conocido como La Caballería, entre los cortijos de Mojón Blanco y Los Villares, próximo también al aeródromo de Trebujena. Se trata de un espacio llano que conecta con las marismas del Bujón y de Mesas de Asta, colindante con Monasterejos, drenado en la actualidad por el Caño de El Bujón. La Caballería y La Caballería de Infante, son también sendos lugares situados a orillas el Arroyo del Alquitón, junto al Castillo de Gigonza. Caballerías de Casa Jauría, da nombre a un rincón de la campiña, ubicado entre los cortijos de Las Piletas, Los Arquillos y Lomo del Orégano, ya en los límites con los términos de Medina y Paterna, en un espacio por el que discurría la antigua cañada que unía Jerez con esta última población.



Como Caballerías de la Zarza, se conoce también a un paraje situado junto a la carretera de Jerez a Puerto Real, que sigue el trazado por el borde de la marisma de la antigua Cañada Real de la Isla y Cadiz. En él se conserva un antiguo puente (denominado “puente romano”) sobre el Arroyo Salado de Puerto Real, próximo a la conocida granja de cocodrilos “Kariba”.



Por último, en las proximidades de la Laguna de Medina, junto a la Cañada Real de Lomopardo, conocida también como “Puerta verde de Jerez”, encontramos las tierras del Caserío de Las Caballerías y del Cortijo de Las Caballerías Altas. En el primero, el olivar cubre buena parte de su superficie que linda con la laguna. El segundo, vecino de las tierras de Martelilla, está próximo a El Mojo.



Buena parte de estas “caballerías” citadas se sitúan en tierras que lo fueron de baldíos y monte bajo, por lo que cabe pensar en su posible entrega o reparto en tiempos pretéritos a quienes prestaron algún tipo de servicio en la conquista o colonización del territorio.

Yeguas y potros.

En esta geografía de los lugares vinculados al caballo no podemos olvidarnos de las dehesas. Las dehesas de uso comunal o concejiles surgieron por iniciativa de los concejos que solicitaban a la corona el permiso para acotar determinadas zonas al objeto de reservarlas como pastos para los animales de labor: bueyes, caballos, yeguas, potros… Por lo general, las dehesas contaban con amplios espacios abiertos entre los que no faltaban los árboles que, según la naturaleza del suelo, solían ser encinas, acebuches, alcornoques o quejigos. Para su ubicación se buscaba también su proximidad a las vías pecuarias que discurrían por el término, así como la existencia de agua, bien por las cercanías de un río, arroyo o laguna importante, bien porque en estos espacios se contara con fuentes o pozos.

En la campiña de Jerez, las dehesas concejiles contaban con cierta especialización que llevaba a la reserva de distintos espacios a determinadas especies ganaderas (5). Así, en lo que al ganado caballar se refiere, destacamos la Dehesa de los Potros o del Cubo, ubicada junto a la antigua aldea de Albadalejo, en las proximidades de la actual población Estella del Marqués. Las tierras de esta dehesa estaban cruzadas por el Arroyo Salado y en sus cercanías estaba la laguna de Torres, conocida también como de Sepúlveda, desecada a mediados del pasado siglo. En la actualidad conserva aún el nombre de Los Potros una de las fincas de este mismo paraje, situada junto a la carretera que une Estella con El Circuito (antigua Cañada de Bornos), dedicada a cultivos hortícolas de primor.

Lo mismo sucede con la Dehesa de Las Quinientas o de Los Potros, espacio comunal que en los siglos medievales acogía yeguas, potros y caballos de los jerezanos. Situada en una amplia zona llana, en la margen izquierda del Guadalete, junto a la Cañada de la Isla y de Cádiz, contaba con amplias zonas de pastos con bosquetes de encinas y sotos fluviales, además de con los humedales de La Isleta, Bocanegra y Las Quinientas.



Actualmente, la finca Los Potros, situada en las proximidades del Puente de Cartuja, junto a la planta elevadora del canal del bajo Guadalete, conserva aún el nombre que estos parajes tuvieron hace siglos.

Algo parecido sucede con la Dehesa de las Yeguas, espacio forestal y marismeño en el término de Puerto Real, que formó parte en su día del alfoz jerezano hasta la segregación de estas tierras con la fundación por los Reyes Católicos de aquella población. Las Yeguas es hoy un pinar de pino piñonero situado junto a las marismas de Cetina y el Río San Pedro y constituye un espacio de esparcimiento y ocio para las poblaciones del entorno de la Bahía.

En los siglos medievales, como las dehesas de Los Potros, sirvió de lugar de pastos para potros y yeguas, animales estos últimos imprescindibles para el mantenimiento de la cabaña caballar y para determinadas faenas agrícolas como la trilla.

Otros topónimos vinculados a la ganadería equina.

Junto a los citados, otros topónimos de la campiña se relacionan con la ganadería equina. Así, por ejemplo, el conocido Cerro o Cabeza del Asno, pequeña loma situada frente al centro comercial Área Sur, o la conocida Cuesta de Matajaca, un paraje situado en las laderas de la Sierra de San Cristóbal, por donde discurre la carretera que une Jerez y El Puerto de Santa María. Esta famosa cuesta era uno de los tramos de mayor dificultad de la antigua Trocha del Puerto, camino que transitaban los arrieros y los viajeros a lomos de mulas y caballos ya que en sus tramos de mayor pendiente, no era apto para carretas por las anfractuosidades de la ruta.

Pero si las jacas salen mal paradas en nuestra geografía, no se quedan atrás los rocines. Eso es lo que se desprende del curioso topónimo de arroyo de Mata Rocines (que da también nombre a un antiguo puente de rosca de ladrillo), pequeño curso fluvial afluente del Guadalete, que discurre a los pies de la cuesta de Matajaca y de la Sierra de San Cristóbal y que en la actualidad es conocido como arroyo del Carrillo. Aunque ya no se conserva como topónimo, existió el paraje de Mata Asnos, un lugar próximo al Guadalete, tal vez un vado, situado en las cercanías del actual azud del Portal o Puerto Franco, en el límite del término de Jerez con el Puerto. En las ordenanzas municipales de 1510, regulando la pesca en el río se escribe que "... ningunas personas veçinos de ella ni otros algunos no pudiesen pescar en el río realengo desta çiudad de la Yna fasta Mata Asnos con tejones ni con bolantes ni atrabesar el río a agua tener e con otros artes pryuidos en las dichas ordenanças" (6).

Repartidos por toda la campiña encontramos en la actualidad numerosos cortijos, instalaciones hípicas, cuadras, yeguadas, picaderos… dedicados a la cría del caballo o a sus cuidados. Con todo, en la toponimia sólo unos pocos de estos nombres reflejan esta vinculación. Este es el caso, por ejemplo, del Cortijo de Los Establos, situado en la carretera de Trebujena, próximo al de La Mariscala, del que forma parte. Llaman la atención en este cortijo las naves alargadas, destinadas a establos de mulos, cuyos muros fueron construidos en piedra vista, en los que destacan los huecos de puertas y ventanas, enmarcados por ladrillos. Las cuadras de mulos recuerdan aquí a la tradicional disposición de las estancias destinadas a los bueyes, con hileras dobles de pesebres de madera y pavimentos de cantos rodados (7).



La Yeguada del Hierro del Bocado o de La Cartuja, ubicada en la finca Fuente del Suero conserva también un antiguo topónimo que enlaza con la estirpe de los famosos caballos cartujanos. Otros lugares de la campiña, como los cortijos de Vicos o Garrapilos, acogen a la Yeguada Militar, donde se crían los caballos de pura raza española y aunque en su nombre no exista vinculación aparente con el caballo, son referentes de primer orden a nivel nacional en lo que a la ganadería equina se refiere.



Dejamos para el final un curioso topónimo: Majarromaque, tal vez uno de los más antiguos de cuantos se conservan en nuestra campiña, muy relacionados con el mundo del caballo. Su sonoridad y su rareza encierran un hermoso origen ya que se trata de un topónimo árabe que procede de la adición de las voces “maysar” (cortijo o cortijada) y “rummak” (yegüero): “el cortijo del yegüero” (8). No deja de ser curioso que, hace ya un milenio, este rincón de la campiña era conocido por que aquí se criaban caballos, como sucede hoy en Vicos y en Garrapilos, colindantes con Majarromaque. Que tengan ustedes un buen final de feria.

Para saber más:
(1) VV.AA.: Cortijos, haciendas y lagares. Arquitectura de las grandes explotaciones agrarias en Andalucía. Provincia de Cádiz. Junta de Andalucía. Consejería de Obras Públicas y transportes. 2002. pp. 215.
(2) Rallón E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, 4 vols., edición de E. MARTÍN y A. MARÍN. Jerez de la Frontera, 1997, vol. II p. 390.
(3) García Lázaro, A. y J.: El castillo de Berroquejo. Un superviviente de las luchas de frontera. Diario de Jerez, 20/04/2014. También en http://www.entornoajerez.com/2014/04/el-castillo-de-berroquejo-un.html.
(4) Martín Gutiérrez, E.: La identidad rural de Jerez de la Frontera. Territorio y Poblamiento durante la Baja Edad Media., Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 2003, p. 162
(5) Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 2004. Pp78-79.
(6) Carmona Ruiz M.A. y Martín Gutiérrez, E.: Recopilación de las ordenanzas del Concejo de Xerez de la Frontera. siglos XV-XVI. Estudio y edición. UCA, Servicio de Publicaciones, 2010, P. 177.
(7) VV.AA.: Cortijos, haciendas y lagares… pp. 240-241.
(8) Martín Gutiérrez, E.:Análisis de la toponimia y aplicación al estudio del poblamiento: el alfoz de Jerez de la Frontera durante la Baja Edad Media”, HID, 30 (2003), 257-300, p. 279,


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Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar Toponimia, Paisajes con historia, Cortijos viñas y haciendas.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 08/05/2016

 
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