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En las cumbres del Aljibe.
Historia, vegetación y vistas panorámicas.




La semana pasada iniciamos esta ruta que, partiendo del antiguo poblado de La Sauceda nos conduce a través de un sendero por las laderas del alcornocal, hasta las cumbres del Aljibe.

Desde el inicio del itinerario junto a la carretera, hasta la zona más altas, hemos salvado un desnivel de casi 600 metros, pero la subida ha merecido la pena. Kavafis, en su hermoso poema “Viaja a Ítaca” nos recuerda que lo importante es el viaje, el camino, y que llegar al destino es sólo un feliz pretexto para realizarlo. En este caso, si el recorrido por el bosque justificaría ya la realización del itinerario, alcanzar la zona de cumbres es también un merecido premio a nuestra caminata.

En la pilita de la reina.

Una vez en la planicie que corona la sierra, podremos acercarnos hasta los dos mogotes rocosos que la presiden. Si trepamos (fácilmente) al primero de ellos podremos ver entre los bloques de arenisca cubiertos por líquenes, una tumba antropomorfa excavada en la roca, conocida como la “Pilita de la Reina", quizás la más popular y conocida de todas. Con este mismo nombre se designa también en muchas ocasiones a esta cumbre ya que, según una tan extendida como infundada tradición popular, “se bañó en ella la reina Isabel la Católica”. Sepulturas similares aparecen en otros puntos de las sierras del Campo de Gibraltar y muchos investigadores las consideran “tardorromanas”, visigóticas o del periodo alto-medieval. En el segundo montículo puede verse el vértice geodésico del Aljibe (1.092).

Distintos autores, y también el “imaginario colectivo” han visto en la “Pilita de la Reina” y en otras oquedades excavadas en la roca, donde se retienen las aguas de lluvia, la explicación fundamental por la que este monte sea conocido como “El Aljibe”. Por esta razón, no es de extrañar que a mediados del s. XIX Pascual Madoz, ya contemplaba en su conocido Diccionario Geográfico esta posibilidad y así, al describir el relieve provincial, apunta que “en la eminencia de la sierra, existen los restos de un grande algibe de tiempos muy remotos, de donde quizá toma aquella el nombre” (1). Esta misma idea es apoyada por V. García de Diego (2) quien recuerda que el nombre de la sierra procede “del árabe al-chibb" o “pozo del aceite”, haciéndose este significado extensivo al de cisterna o depósito para almacenar líquidos. Otros autores, como el arabista Oliver Asín, participan también de esta opinión en relación con el origen del topónimo.

Frente a estas interpretaciones “transparentes” de este topónimo, el profesor Bustamante Costa atribuye a “Algibe” el significado de “el monte”, haciéndolo derivar del árabe antiguo /al-gébel/ (árabe clásico /al-gabal/) (3). Razones de carácter filológico y documental unidas a la relevancia geográfica de esta montaña, que la hacen destacar de manera nítida sobre el paisaje circundante, apoyan con fuerza esta propuesta (4).

De lo que no cabe duda es que estas cumbres están cargadas de historia siendo ya mencionadas en distintos documentos castellanos del siglo XIV. También se citan en el Libro de la Montería, atribuido a Alfonso XI donde se da cuenta de sus bondades cinegéticas: "… el Arroyo de los Almezes, que es al Pie de la sierra de Alxibel es buen monte de Oso e de Puerco en todo tiempo, e es la una bozeria de la parte de la Sierra de Mon Santo, como da en los Riscos de los Almeces; e la otra de parte del Cerro Breçoso. E es la armada en el abertura, q salle fasta la sierra del Gibel" (5).

Una rábita andalusí en las cumbres del Aljibe.

Diferentes autores apuntan la posibilidad de que en época andalusí existiera en las cercanías del pico del Aljibe una rábita. De ello dan cuenta, entre otros, Salas Organvídez, Gozalbes Cravioto, Becerra Parra y Martínez Enamorado. Las fuentes castellanas medievales así parecen confirmarlo y a esta rábita se alude en distintos documentos sobre los deslindes entre los términos de Cortes, Jerez, Alcalá y Jimena.

La denominación árabe de este emplazamiento situado en la línea de cumbres entre el Aljibe y El Montero era la de Bibarábita (con significación de “puerta de la Rábita”), “…siendo puerta sinónimo de paso de montaña o puerto. El nombre con el que es llamado en ese mismo documento el lugar es el de Puerto del Roble”, situado a poco más de un km al este del Pico del Aljibe, y visible desde las cumbres (6).



M. Antonia Salas, señalando los antiguos límites a finales del siglo XV entre Jerez, Cortes y Alcalá aporta el testimonio de Hamete el Fordu, vecino de Benarrabá quien menciona en arábigo los topónimos de las lindes entre términos, y donde volvemos a encontrar pistas sobre la mencionada rábita: “Desde el Puerto de Alcatyma al Cauz y a la Vallesta… Sigue por el Puerto de la Rábita o Bexuarabita y al Puerto de Ortela y al de Gales y al Puerto de Laurit y a la Peña de la Gallina… Especifica que todo lo de la derecha es de Cortes y lo de la izquierda, de Alcalá, Tempul, Cardela y Garciago” (7).

Para algunos autores, el paraje del citado Puerto del Roble, por el que hasta la primera mitad del siglo pasado se trazaba el camino que unía las vertientes de los arroyos de Pasada Llana (La Sauceda, Cortes), con las del Montero (Alcalá de los Gazules) pudo ser el emplazamiento de esta rábita andalusí (8). Becerra Parra y Martínez Enamorado se decantan por el Pico del Aljibe para la ubicación de este enclave, tomando como referencia los documentos de la visita de términos efectuada por la ciudad de Ronda a La Sauceda y las cumbres del Aljibe donde, al describir el lugar se menciona un villar: “Por la cordyllera de la syerra adelante fasta dar a una peña donde estava en ella una pila grande de agua, como



sepultura, que dixeron que se llamava la peña del Aljibe, donde estava un villar junto a la dicha peña alta …
”. Estos autores plantean que por lo inhóspito del paraje, azotado por los vientos de levante, es muy dudoso que existiera en las cumbres del Aljibe una pequeña aldea o villar, por lo que las ruinas de construcciones que en los siglos medievales pudieran observar los jueces de términos, bien pudieran corresponderse con la rábita que mencionan las fuentes castellanas, que encontraría aquí un emplazamiento más adecuado para sus labores de control del territorio, desde el a modo de balcón natural se dominan las costas africanas y del Estrecho, la Serranía de Ronda y la costa Atlántica de Cádiz (9). Sea como fuere, cada vez que venimos a las cumbres del Aljibe, nos gusta imaginar que al abrigo de sus peñas, los morabitos, mitad monjes, mitad soldados de frontera, cumplían con sus preceptos religiosos a la vez que vigilaban estos parajes fronterizos.

Una curiosa vegetación.

En estas zonas altas de la sierra, azotadas por los vientos y la lluvia expuestas al sol y a las heladas, el bosque deja paso a un matorral achaparrado adaptado a estas duras condiciones, en el que aparecen especies como brezos (brecina, brezo cucharero, bermejuela), jaras (jaguarzo, jara estepa) y robledillas, junto a coscojas, robles achaparrados y algunas leguminosas como Genista tridentata (retama de tallo alado o engordatoro) o Teline tribracteolata (escobón gaditano), entre otras (10).

En 1930 los ingenieros de montes Luis Ceballos y Manuel Martín Bolaños visitan las cumbres del Aljibe y describen en su Estudio sobre la Vegetación Forestal de la Provincia de Cádiz la singularidad botánica de estos parajes y, en especial, la observación de distintas especies del género Quercus: “En algunos puntos de la sierra del Aljibe, al rebasar el canuto los 800 m. de altitud, el alcornoque desparece y en su lugar se presenta el roble, siendo raro que las tres especies reunidas ofrezcan porte arbóreo, sino que en el natural escalonamiento, creciendo la altitud vayan pasando por un máximo en el orden alcornoque-quejigo-roble; pero el último no llega a ese estado, pasando de nuevo a su talla arbustiva momentos antes de las crestas, que en ese lugar tienen unos 1.000 m. de elevación. En la provincia de Cádiz, únicamente existe el roble en el mencionado sitio y en corta



cantidad; teniendo en cuenta la cita que hacemos de encinas en el Picacho y la abundancia de la roulilla (robledilla) por todas las lomas, es curioso que en radio de 3 km. se hallen seis especies de Quercus, de las ocho clásicamente conocidas en nuestra Península
” (11).

De la misma manera, estos autores llaman la atención sobre el matorral achaparrado que cubre las herrizas de estas crestas y que describen como “asociación del Quercus humilis”, de las que podemos hoy observar, como hace casi cien años atrás, las especies más significativas que lo integran. Así, junto a la robledilla o roulilla, de porte achaparrado y rastrero, veremos las lustrosas matas de jara estepa, de flores blancas, o los omnipresentes brezos, que desde finales del invierno y durante la primavera, dan a estas cumbres con sus flores un hermoso tono blanco y rosado.

Un soberbio panorama.

Pero además de disfrutar con la observación de estas singulares especies vegetales, la subida al pico del Aljibe tiene otra magnífica recompensa. Si tenemos suerte y la atmósfera está limpia y despejada (después de un día de lluvia, o en una jornada con viento de poniente, por ejemplo), las vistas que podremos obtener desde este lugar se cuentan entre las más espectaculares de cuantas pueden ser observadas en la provincia de Cádiz. En caso contrario nos conformaremos, cuando menos, con admirar los amplios horizontes y entrever o adivinar las distintas sierras, poblaciones y parajes que se nos ofrecen.



Así, en un rápido recorrido en sentido de las agujas del reloj veremos, al norte, los Montes de Jerez y a lo lejos las tierras de Prado del Rey y las campiñas sevillanas. La mole rocosa de la Sierra del Pinar sirve como telón de fondo a las cercanas sierras de Ubrique. Hacia el Este, la Sierra del Endrinal nos muestra en sus faldas el caserío de Benaocaz, para pasar después a los perfiles del Caillo, Los Pinos y los montes de Cortes y la Serranía de Ronda, donde despunta el Torrecilla. Los días claros, puede verse hacia el sur el Peñón y el Etrecho de Gibraltar, así como los montes de Jimena y Castellar y, más cerca de



nosotros, siguiendo la cordal, el pico del Montero, con el radar militar coronando su cima. Hacia el oeste los horizontes se multiplican: Vejer, Benalup, el embalse del Barbate, Alcalá de los Gazules, más cerca... Los pueblos y ciudades de la Bahía de Cádiz se adivinan a lo lejos entre Medina y Paterna. Las lomas y cerros de la campiña, ofrecen un paisaje de molinos, que se extiende ya por buena parte de esta zona de la provincia. La Sierra del Valle, la silueta de Peña Arpada, Valdelagrana, El Puerto, Jerez… se suceden en esta magnífica vista.

La Sierra de Aznar, nos muestra la herida de su cantera y tras ella se



adivina Arcos y la Sierra de Gibalbín, y la central térmica de laJunta de los Ríos y las colas del embalse de Bornos… Muy cerca del Pico del Aljibe, hacía el norte, adivinamos la cercana cumbre del Picacho de la que nos separa la Garganta de Puerto Oscuro, donde volveremos en otra ocasión para bajar, con el río Barbate, hasta Alcalá.

Unas vistas excepcionales de las que sólo se puede disfrutar en lugares como este y que a buen seguro serán la feliz recompensa a nuestro paseo.

Para saber más:
(1) Diccionario Geográfico Estadístico Histórico MADOZ. Tomo CADIZ. Edición facsímil. Ámbito Ediciones. Salamanca, 1986, p. 69.
(2) García de Diego, V.: Toponimia de la zona de Jerez de la Frontera. Centro de Estudios Históricos Jerezanos. Gráficas del Exportador. Jerez, 1972. Págs., 45 y 65.
(3) Bustamante Costa, J.: “Toponimia árabe del cuadrante sudoccidental de la provincia de Cádiz”, en Janda. Anuario de Estudios Vejeriegos, 3 (1997), 27-42, pg. 31.
(4) García Lázaro J. y A.: Por la Sierra del Aljibe. Tras las pistas de un curioso topónimo árabe. Diario de Jerez, 19 de Octubre de 2014.
(5) Libro de la Montería: L. Tercero, Cap. XXIX, 88. Ed. Andrea Pescioni. Sevilla, 1582. Ejemplar conservado en la Biblioteca de la Universidad de Sevilla, disponible en Internet.
(6) Martínez Enamorado, V. y Becerra Parra, M.: En torno al morabitismo en la Serranía de Ronda: Una propuesta para el análisis de sus rábitas y zāwiya-s., Takurunna, nº 1, 2011, pp. 129
(7) Salas Organvídez, M.A.: “Relaciones de la ciudad de Jerez con la ciudad de Ronda y villas de la Serranía de Villaluenga. (Final siglo XV y XVI)”, en 750 aniversario de la incorporación de Jerez a la Corona de Castilla: 1264-2014, Servicio de Publicaciones del ayuntamiento de Jerez, 2014, Pg. 379.
(8) Es el caso de Gozalbes Cravioto, C., citado por Martínez Enamorado, V. y Becerra Parra, M.: En torno al morabitismo,… p. 130.
(9) Martínez Enamorado, V. y Becerra Parra, M.: En torno al morabitismo... p. 130
(10) VV.AA.: Sierras del Aljibe y del Campo de Gibraltar, Guías Naturalistas de la Provincia de Cádiz. III. Diputación de Cádiz, 1991. pp. 141-146
(11) Ceballos, L. y Martin Bolaños, M.: Estudio sobre la Vegetación forestal de la provincia de Cádiz. I.F.I.E. 1930. Ed. Facsímil, Consejería de Medio ambiente, 2000. P. 129 y 201

Por su interés didáctico debemos y queremos citar aquí una obra pionera en la Educación Ambiental, en el que se recoge el fruto de una experiencia escolar en estos parajes, coordinada por nuestro amigo Agustín Cuello Gijón: VV.AA. LA Sauceda. Una experiencia escolar en el trabajo de campo de las Ciencias Naturales. Diputación de Cádiz. 1982.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar Parajes naturales, Flora y Fauna, Paisajes con historia, Rutas e itinerarios, De La Sauceda al Aljibe. Una Ruta por la Sierra del Aljibe (1)..

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 8/01/2017.

Una jornada de descorche en Los Alcornocales.
Con la cuadrilla de corcheros de Juan Jiménez Yuste (y II).




La semana pasada iniciamos el relato de una jornada de descorche en Los Alcornocales acompañando a la cuadrilla de corcheros y arrieros del alcalaíno Juan Jiménez Yuste que se encontraba en el interior del bosque realizando sus faenas.

Mientras los peladores y “arrecogeores” continúan con su actividad el capataz nos da cuenta de los pormenores de estos trabajos del monte. Así, nos explica que la duración de la temporada es variable, pudiendo estar comprendida entre el 1 de junio y finales de septiembre, según las zonas. Por estos montes, lo habitual es que el grueso de la saca del corcho se realice en los meses de junio, julio y agosto y que cada cuadrilla trabaje unos 45 o 50 días de campaña por término medio. Aunque las tareas tradicionales del descorche no han variado gran cosa, si se han experimentado grandes cambios en lo relativo a la jornada laboral.

Aquellas duras jornadas de los corcheros.

Atrás quedan los días en los que los corcheros trabajaban de sol a sol haciendo la vida en los “hatos”, como se conocen a los pequeños campamentos con chozos, que se montaban en las proximidades del tajo. Para su ubicación se buscaba la cercanía de algún arroyo o fuente, y en ellos instalaban sus pertenencias. Se trabajaba entonces por quincenas, viviendo en el monte trece días seguidos y descansando dos en los que, si se podía, se bajaba al pueblo a ver a la familia y a buscar provisiones… si es que la familia no residía también en el hato, cosa que no era nada infrecuente.

La dura jornada de trabajo empezaba al amanecer, sobre las siete de la mañana, y a eso de las once se hacía un alto para dar cuenta de un buen puchero (guiso de garbanzos, patatas y tocino) y una piriñaca con abundante tomate, pimiento y cebolla servidos en un lebrillo o en un cucharro, uno de esos cuencos de corcho que fabrican los corcheros, donde se comía colectivamente por el método de “cucharada y paso atrás”. Sobre las tres de la tarde se hacía un alto para refrescarse con gazpacho y descansar un poco o dormir una siesta hasta las cinco. Después se volvía de nuevo a la faena hasta las ocho de la tarde, hora a la que solía terminar la jornada para dar paso a la cena, en la que la cuadrilla solía comer un potaje que se había preparado en el hato durante la tarde. El lector curioso podrá encontrar una completa descripción de la vida de los corcheros y del ambiente de los hatos en “Arrieros”, el delicioso libro de Isidro García Cigüenza, cuya lectura recomendamos (1).

Desde hace unos años, las cosas han cambiado radicalmente y sólo en raras ocasiones, los corcheros viven y duermen en el hato. La duración de la jornada se ha modificado y apenas se trabaja ya a jornal. Se llega al tajo en coche o en moto desde el pueblo y aunque la faena se inicia como siempre, con las primeras luces del día, a las 7 de la mañana, a las 3 de la tarde se termina. Como señala Juan, “antes se daba de mano a las 10 de la noche, cuando ya no se veía… Ahora a las 5 de la tarde ya está todo el mundo en su casa, comío y duchao”.



Algunos datos de interés.

El capataz se extiende después explicando los detalles de las distintas tareas y es entonces cuando los visitantes preguntan por la cantidad de corcho que se recoge, por el rendimiento del alcornocal, por los jornales… Juan responde a todo con datos precisos: “…esta cuadrilla mueve al día casi 450 quintales, y entre unos días y otros se puede hacer una media de 30 a 35 quintales por persona”. El quintal es la “unidad de peso” entre los corcheros y equivale a 46 kg, por lo que es fácil calcular que, en una buena jornada, cada corchero puede llegar a recoger tonelada y media de corcho.

Juan comenta como “antes lo más que se cogía era 15 quintales, y eso que la jornada del corchero era mucho más larga. Ahora se coge el doble. La explicación puede ser que se trabajaba a jornal y había más tiempo en el día y se rendía menos, no como ahora que se hace por los quintales de corcho recogido y todo el mundo se esfuerza más”. El capataz sigue respondiendo a las preguntas del grupo: “…por cada quintal que se pone en el patio la cuadrilla cobra 5,50 €… así que cada corchero puede llevarse, si el día ha sido bueno, una media de 120€ por jornada…”

De arrieros y mulos.

Junto a la cuadrilla de corcheros, y como elementos imprescindibles en estas tareas de descorche están los arrieros. Los arrieros tienen cuenta aparte y según indica Juan, “el mulo se lleva 3,5 € por cada quintal que se carga, ya que también trabaja lo suyo y mantenerlo resulta costoso”. A decir de este veterano arriero, “consumen 6 o 7 kg de grano por cabeza y día… y con el trabajo tan grande que hacen tienen que estar bien alimentados. No se puede hacer lo que se hacía antes, echarles habas secas y ya está. Así se les desgastaba la dentadura enseguida y con 14 o 15 años ya estaba viejo… Hoy, se les alimenta con grano y van bien comidos y con 25 años tienen buena dentadura…”.

A todo ello hay que añadir otro dato de gran importancia y es que los arrieros son los miembros de la cuadrilla que más horas trabajan, debiendo levantarse un par de horas antes, a las 5 de la mañana, para preparar a las bestias. Al final de la jornada, cuando todos los corcheros dan de mano, el arriero aún debe descargar en el patio su última carga y, después, quitar a los mulos los mantichos y correajes y darles de comer y beber.

En estas explicaciones está Juan cuando por el carril vemos aparecer a los arrieros con su reata de mulos. El que encabeza la fila, un mulo blanco enjaezado con un vistosa jáquima de llamativo colorido se inquieta, tal vez porque la presencia del grupo le asusta, y parece querer salirse de la pista tratando de dar marcha atrás, un poco alterado. El arriero, se acerca entonces y en ese lenguaje que sólo ellos conocen, con chasquidos, casi con susurros, le “dice” que se calme, que esté tranquilo… Enseguida todo vuelve a la normalidad y el mulo, mansamente, como si hubiera entendido el mensaje, como si nada hubiese ocurrido, retorna a la vereda y sigue hasta un calvero entre los árboles en el que los arrecogeores han apilado las panas de corcho.

Mientras el arriero y su ayudante van echando la carga en los andoques, una especie de angarillas metálicas plegables, Juan, arriero veterano y experto en estas faenas, explica a los visitantes como esta tarea exige una gran destreza para compensar adecuadamente la carga y evitar que se caiga después en su transporte hasta el patio. Isidro García Cigüenza en su libro “Arrieros” , que es también un homenaje a estos hombres del monte y los caminos, recrea con todo detalle las dificultades de estas operaciones de carga que ahora vemos realizar con diligencia y maestría a los de la cuadrilla de Juan Jiménez Yuste, pero que hace décadas resultaban mucho más trabajosas. Dejemos que nos los cuente su protagonista, un viejo arriero:

Una cuadrilla de arrecogeores se encargaban de ir apilando las panas extraídas. Éramos nosotros entonces los que debíamos ir acomodando las tiras hasta conformar unos fardos bien compactos y ajustados llamados tercios. En la sabia preparación de estos tercios le iba la salud al animal ya que, si no estaban bien construidos, podían rozarles la barriga, provocar su caída y, caso de no ir amarrados como es debido, hasta asfixiarlos. Entre nosotros, los arrieros, era cosa común alardear de construir los tercios mejor que los demás: de colocar como nadie las corchas que iban debajo (las camas), de poner las cabeceras (las que iban a los lados) como era debido, de cubrir todo con las tapaeras y, una vez sobre el lomo del animal, de embombelar los paquetes para que aguantaran la fuerza de los lazos al amarrarlas y que no se cayeran.

Elevar los tercios, que bien podía pesar cada uno 130 hilos, hasta le costillar del animal, primero uno y luego el otro, requería de la colaboración de los otros arrieros y un alarde de destreza para que, al soltarlos, quedaran debidamente suspendidos y equilibrados. Después de haber cargado de esta manera los cuatro o cinco mulos que componían la reata, trasponíamos por vereas intransitables hasta donde estuviera el patio… Y todo, con el peligro añadido que suponía darse un topetazo con cualquier árbol, pegar un resbalón o que el animal tuviera un desfallecimiento y cayera al suelo destrozado por el peso que llevaba.



Con el tiempo el sistema de fardos se fue sustituyendo por el de las angarillas, unos aparatos articulados, de madera o hierro, que facilitaban mucho la tarea porque las corchas se cargaban a granel y no precisaban la ayuda de otros….


En el patio de corchas.



Mientras escuchamos estas historias, hemos sido acompañando a los arrieros, con su reata de mulos bien cargados de panas por la pista forestal que conduce hasta el patio de corchas. Cada animal puede llevar hasta cuatro quintales en sus lomos, por lo que sus servicios resultan insustituibles en estos lugares de pendientes escarpadas, de monte cerrado y accidentado. Si bien en muchas dehesas extremeñas o en algunos alcornocales gaditanos de llanura pueden utilizarse vehículos motorizados para el transporte de las panas, en lugares como estos montes de Alcalá, el concurso de los mulos es y será imprescindible para su extracción.

Al poco, como si de una procesión detrás de un santo se tratase, los visitantes llegamos tras los mulos y los arrieros al patio de corchas. Junto a él hay también instalado un mínimo y reducido “hato” donde los trabajadores de la cuadrilla dejan sus neveras y sus capachos con las bebidas y las viandas a la sombra de unos frondosos árboles, entre los que se distingue un soberbio peruétano.

El patio de corchas, un espacio despejado de vegetación que se abre junto a la pista forestal, es un desorden de cortezas de corcho de todas las formas y tamaños, un caos de panas que esperan ser dispuestas de manera



adecuada para evitar que el sol las seque demasiado y para facilitar su carga en el camión que habrá de llevarlas a la fábrica.

En un rincón del patio llama la atención la cabria, manejada por los “fieles” o pesadores que cargan su peculiar plato de “balanza”, de forma triangular, con las panas que a sus pies descargan los mulos. Casi tres quintales puede pesar de una vez esta enorme romana que cuelga de un gran trípode. Para velar por los intereses de las partes intervinientes en el descorche, suele haber un fiel puesto por el vendedor, otro por el comprador y, a veces, un tercero por el contratista que tiene a su cargo la extracción del corcho.

Con tantos “ojos” pendientes de la operación, y tantas manos para cargar la cabria, no hay pana de corcho que se escape al peso. Y es que hay que llevar las pesadas al día y darse prisa porque el corcho se seca y pierde peso…

Según nos explica Juan, el camión que habrá de llevar el corcho a la fábrica vendrá de un momento a otro. Muchas veces hemos visto estos camiones por las carreteras que llaman la atención por su singular carga de panas perfectamente apiladas, sobresaliendo por encima de la cabina y el remolque en un equilibrio que se nos antoja imposible. Estibar el camión requiere una gran destreza ya que la disposición de las corchas no puede hacerse al azar, sino buscando ese difícil juego de contrapesos que permita levantar la altura de la carga, ganando en superficie, hasta proyectarse por los laterales, multiplicando así el volumen transportado. Un nuevo derroche de oficio, otro más, el último ya, en las faenas de la saca del corcho.

Despedida.

Nos despedimos de los corcheros y continuamos nuestro camino por la pista hacia los vehículos que nos habrán de llevar, a través del monte, hasta la carretera donde nos espera el autobús. Caminamos ahora a la sombra de magníficos



ejemplares de alcornoque y, cuando nos alejamos un poco del grupo para hacer unas fotos y,por un momento nos adentramos en lo más espeso del bosque, no puedo sino recordar algunas de las escenas que Luis Berenguer narra en “El mundo de Juan Lobón”. Por un instante, me siento, como escribe Enrique Montiel recreando las andanzas del cazador furtivo, “en los predios de la libertad”, donde “… hay un pueblo que se llama Pueblo que está al sur de una laguna que se llama Laguna… A la otra orilla de la campiña de pueblos blancos, entre el litoral gaditano y la lejanía de las sierras, siempre hubo un mundo clausurado por el misterio y el milagro de la naturaleza…" Hoy llamamos Los Alcornocales a esa toponimia inventada de encrucijadas y estribaciones donde transcurre la acción de El mundo de Juan Lobón”.



Esos hermosos parajes que hemos recorrido acompañando a la cuadrilla de corcheros de Juan Jiménez Yuste. Esos mismos que los amigos de Genatur ofrecen la posibilidad de conocer cada verano en las visitas que organizan para disfrutar de una jornada de descorche.

Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Parajes Naturales, El medio y sus productos, El Paisaje y su gente.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 2/10/2016

 
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