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La Cola del Caballo.
Una sorprendente cascada en las paredes de
Las Cambroneras.


Como la mayoría de los senderistas saben, uno de los parajes naturales más excepcionales de la provincia de Cádiz es el conocido como Garganta Verde, enclavado en el corazón del Parque Natural de la Sierra de Grazalema. Este estrecho cañón, tallado por las aguas del río Bocaleones, es un verdadero paraíso para las aves de roca y para la vegetación, así como un lugar del máximo interés para los amantes de la geología y el paisaje (1).

Abierto entre las moles calizas de este rincón de la sierra, la mayor atracción de este paraje es sin duda la sorprendente gruta conocida como Cueva de la Ermita o Ermita de la Garganta que pasa por ser, con todo merecimiento, uno de los mayores atractivos naturales de la provincia. Sin embargo, la Garganta Verde guarda otros muchos atractivos y así, los verticales tajos del monte de Las Cambroneras, que la escoltan a su derecha, albergan una de las mayores colonias de buitre leonado de Andalucía.



A todos estos atractivos se suma la excepcional cascada que se forma en los paredones de Las Cambroneras y que sólo puede verse, temporalmente, en momentos de grandes e intensas lluvias. Se trata del salto de agua de más de 50 m de altura que se precipita hacia el Bocaleones, conocido como como “La Cola del Caballo” o cascada del Tajo de la Bodega que ha podido verse de nuevo activo con motivo de las copiosas lluvias de marzo de 2018.

Las primeras imágenes de esta espectacular chorrera las recogía ya en 1917 el geólogo Juan Gavala y Laborde, quien la menciona en su Descripción Geográfica y Geológica de la Sierra de Grazalema (2).

Nuestro amigo Manuel Gil Monreal, captó también unas hermosas imágenes de esta cascada en la década de los 80 del siglo pasado, muy similares a las que un siglo antes obtuviera Gavala.

Hace unas semanas, de nuevo la cascada de la Cola del Caballo o del Tajo de las Bodegas sorprendió a quienes se acercaron a las proximidades del Puente de los Palominos, y pronto circularon por internet las sorprendentes imágenes que acompañan a este texto, que a diferencia de las anteriores están ya en color. Bien que nos gustaría citar a los autores, pero desconocemos sus nombres, aunque estaríamos encantados de incluirlos en esta breve reseña si alguien nos los hace llegar. ¡Que ustedes las disfruten!

Para saber más:
(1) Bel Ortega, Carlos y García Lázaro, Agustín (1990): La Sierra Norte. Guías naturalistas de la Provincia de Cádiz. Diputación Provincial de Cádiz, pp. 165-174.
(2) Gavala y Laborde, Juan.: Descripción geográfica y geológica de la Serranía de Grazalema. (del Boletín del Instituto Geológico de España, tomo XIX, 2ª serie). Madrid, 1918, p. 143.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Geología y paisaje, Parajes naturales, Rutas e itinerarios.

Paisaje con montañas al fondo.
En homenaje a Manuel Gil Monreal, montañero.





Durante los años que vivimos en el barrio de la Azucarera de Jédula, entre 1972 y 1980, lo primero que veíamos cada mañana al levantarnos era la silueta inconfundible de la Sierra de Grazalema. Orientada al este, nuestra ventana nos ofrecía un día sí y otro también el juego del sol, siempre cambiante, asomándose entre los perfiles de aquellos montes, sin nombre para nosotros todavía.

Unos años después, a finales de los 70, cayó en nuestras manos en la Biblioteca del Instituto de Estudios Gaditanos un libro recién publicado que nos abrió de par en par las puertas de la sierra, mostrándonos los caminos poco transitados que empezaban a trazarse por aquellas montañas que, por la razones comentadas nos resultaban tan familiares. Aquel trabajo llevaba por título “La Serranía de Grazalema. Guía excursionista y montañera” (1), siendo pionero en su género, considerado hoy todo un clásico. Su autor, el profesor y montañero Manuel Gil Monreal, a quien conocimos después y de cuyas descripciones aprendimos los primeros pasos por estos montes, le “ponía” por fin nombre a aquellos omnipresentes perfiles que desde la campiña de Jerez o la Bahía de Cádiz son el telón de fondo de la provincia.

En 1984, Gil Monreal, junto a otros compañeros, publicará también el primer mapa de cordales de la Sierra de Grazalema donde aparece uno de sus precisos dibujos, que aquí presentamos como homenaje a este montañero y amigo.



En él se esquematizan los relieves más sobresalientes de la Sierra de Cádiz, tal como los vemos desde las tierras situadas al oeste, la campiña de Jerez y la Bahía de Cádiz. (2)

Cuatro siglos atrás: la Serranía de Grazalema en una carta náutica del XVI



Sirva esta introducción para proponerle al lector una mirada. Sitúese en un lugar abierto y despejado, oriéntese hacia el este – mejor si es al amanecer- y, si puede, elija un punto con algo de altura que le permita otear el paisaje sin obstáculos ante su vista. A poco que lo intente descubrirá a lo lejos, cerrando el horizonte, los perfiles de la Sierra de Cádiz presididos por la mole del Torreón, el pico más alto de la Sierra del Pinar que los antiguos conocían también como San Cristóbal. Esos mismos perfiles que minuciosa y precisamente se dibujan por primera vez, hace casi 40 años, por Manuel Gil Monreal.



Curiosamente, son los mismos que cuatro siglos atrás reflejó el holandés Ioannes Doetecum -pintor, grabador y cartógrafo- en su “Andaluzia ora marítima…”, una singular carta para navegantes donde se representa la fachada atlántica andaluza. La carta forma parte de uno de los atlas náuticos más famosos de su época, siendo tal vez el primero que alcanzó una gran difusión: Spieghel der Zeevaert. Este Espejo del Navegante, obra del cartógrafo alemán Lucas Jans Waghenaer, fue editado por primera vez en Leyden en 1584.

Durante toda la segunda mitad del siglo XVI Ioannes Doetecum y su hermano Lucas, con quien firma mucha de sus obras, realizan numerosos trabajos (acuarelas, cuadros, estampas, cartas náuticas, mapas y vistas de ciudades…). Uno de estos trabajos como grabadores es la carta dedicada a la costa andaluza a la que hacemos referencia y, aunque desconocemos la fecha exacta de su elaboración, debió ser realizada entre 1580 y 1584, fechas en las que fueron trazadas otras de las hojas de este atlas.

Junto a otros avances técnicos en la elaboración de mapas, el Espejo del Navegante supone para los marinos de la época el primer atlas que compendia un completo conjunto de cartas náuticas, derroteros, datos de distancias y sondas, así como consejos prácticos de navegación por las costas de las que se ocupa.



Uno de estos elementos que aporta la carta de Ioannes Doetecum es la de los perfiles de las montañas observables desde la costa, dato que supone para los pilotos una importante ayuda para la navegación.



Como reza la leyenda (“Andaluzia ora marítima…”) esta singular carta náutica refleja el espacio costero comprendido entre la desembocadura del Guadiana y la costa gaditana. Este hermoso y colorista mapa, donde se dan la mano el latín, el holandés, el alemán y el castellano, aporta interesantes datos sobre las poblaciones del litoral, los estuarios fluviales, los puertos… pero lo traemos aquí porque es tal vez el primero en el que aparecen reflejados con nitidez y precisión los perfiles de la Sierra de Cádiz, así como los del Peñón de Gibraltar. Y ello por una razón práctica de primer orden ya que estos relieves, divisables desde grandes distancias, constituyen referencias visuales y seguras para los navegantes.

Si bien es verdad que en la década anterior, Joris Hoefnagel había realizado las primeras estampas en las que aparecían –y se reconocían con cierta fidelidad- las montañas de los alrededores de Zahara y Bornos, esta primera representación gráfica de toda la serranía que nos aporta Ioannes Doetecum apunta con gran acierto los elementos más relevantes del conjunto montañoso. La leyenda de la carta se refiere a la Serranía como “Montañas de Granada”, pero en sus perfiles se reconoce con claridad, de izquierda a derecha Sierra Margarita, Loma Becerra o Zafalgar, la mole de la Sierra del Pinar que destaca en el horizonte, tal vez la sierra de Albarracín, delante de aquella…



Igualmente definidas se presentan las cumbres del Endrinal, apuntándose también, de manera menos clara El Caillo, Los Pinos… Habría que esperar más de cuatro siglos para que los dibujos de Manuel Gil Monreal trazaran una imagen más precisa de los perfiles de la Sierra.



La Sierra del Pinar: faro de los navegantes.



La carta de I. Doetecum, al reflejar la silueta de nuestras montañas no hizo sino utilizar de manera práctica algo que los navegantes ya venían haciendo desde la antigüedad: orientarse por esa referencia visual que cierra al este el horizonte de las tierras gaditanas, ese “faro pétreo” e imponente que la mole rocosa del Torreón o Pinar, con sus 1654 m. de altitud, supone para quienes se acercan a nuestras costas.



Ya en el siglo XVII, el historiador Fray Esteban Rallón, al referirse al nacimiento del río Guadalete, menciona esta sierra, incluyéndola en la cordillera de montañas de la que forman parte las sierras granadinas, como se especifica también en la carta náutica ya mencionada. Dice Rallón que “constante cosa es que el Guadalete nace al pie de la que hoy llamamos sierra de Ronda o de el Pinar que es la parte más prominente de los montes Orospedas (así los llama Florián de Ocampo) y comienzan en el Estrecho de Gibraltar desde donde se dilatan hasta Granada, llamándola hoy en su principio la Serranía de Ronda, y en su fin las Alpujarras…; de modo que todo Guadalete nace en las faldas de esta sierra a quien el moro llamaba Montebur porque en su tiempo tenía aquel nombre…" (3).



Una de las muchas referencias a la Sierra del Pinar como hito visual para los marinos la aporta Madoz (1850): “El punto más culminante de todas las sierras de la provincia es la llamada de San Cristóbal, que nace o se levanta desde otras sierras bien elevadas, sobre la v. de Grazalema, y va a morir en la del Pinar: es la primera que distinguen los navegantes cuando regresan de América, y desde su cúspide, con el auxilio de un buen telescopio, se distinguen, el cabo de San Vicente y las ciudades de Cádiz, Sevilla, Córdoba, Granada, Málaga y Gibraltar. (4). En esta descripción aparece nombrada como San Cristóbal, denominación con la que también se conocía a las cumbres del Pinar.



El insigne geólogo José Mac-Pherson, apunta también unas décadas más tarde, al escribir su “Bosquejo geológico de la provincia de Cádiz”, esta misma idea: “La Sierra del Pinar está formada de dos trozos distintos separados por la depresión que forma el Puerto del Pinar… El primero y más importante es el trozo del que forma parte el mencionado Cerro del Pinar, atalaya de los navegantes y conocido por ellos con el nombre de Cerro de San Cristóbal. Este era el primer punto de la Península Ibérica que se divisaba cuando los antiguos galeones venían de retorno del Nuevo Mundo”. (5)



Unos años después, F. de Asís Vera y Chilier, quien se apoyará para sus trabajos en gran medida en la obra de Mac-Pherson, vincula otra vez el San Cristóbal (o Pinar) a los navegantes, atribuyéndole incluso a estos el nombre con el que se conoce al monte: “Frente á la sierra del Endrinal y formando el otro lado del puerto, se levanta el áspero e imponente picacho de la Cruz de San Cristóbal a 1.562 m. sobre el nivel del mar, enclavado en la masa del cerro del Pinar, punto culminante de toda la provincia.



Este cerro es parte de la sierra del Pinar comprendido entre los puertos de Royal y del Algamazón y que con sus dos contrafuertes las sierras de la Silla y Albarracín, es uno de los lugares más amenos. Su arbolado es muy corpulento. La sierra del Pinar está formada de dos trozos distintos, separados por la depresión que forma el puerto del Pinar, de los cuales el más importante es el llamado cerro del Pinar, nombrado por los navegantes cerro de San Cristóbal
”. (6)



De lo que no cabe duda es que, los inconfundibles perfiles de la Sierra de Grazalema han sido desde antiguo una referencia en el paisaje, para quienes navegan por la fachada atlántica gaditana, y para los que desde la campiña, o la sierra, “navegamos por los mares interiores” de esta provincia donde hay un “faro” con el que orientarse: la Sierra del Pinar.



Esa que hace más de cuatro siglos, Ioannes Doetecum dejó reflejado en sus cartas. La misma que desde hace cuatro décadas comenzó a ser conocida para todos los aficionados a la naturaleza y al senderismo de la mano de los trabajos y publicaciones de un pionero de nuestras montañas, Manuel Gil Monreal,  socio fundador del Club Montañero Sierra del Pinar, al que en estos días sus compañeros le rinden un merecido homenaje.



Para saber más:
(1) Gil Monreal, M.:La Serranía de Grazalema. Guía excursionista y montañera”. Instituto de Estudios Gaditanos-Diputación Provincial. Cádiz. 1977.
(2) González J.M., Gil M., Ceballos J.J., Lebrero F., Rodríguez F., Barcell M.: La Sierra de Cádiz. Información general y mapas. Gráficas Orla. Jerez, 1984.
(3) Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. I, pg. 4
(4) Diccionario Geográfico Estadístico Histórico MADOZ. Tomo CADIZ. Edición facsímil. Ámbito Ediciones. Salamanca, 1986. Pg. 67.
(5) Mac-Pherson, J.: Bosquejo geológico de la provincia de Cádiz. 1873. pg. 47.
(6) Vera y Chilier, F. de Asís.: Memoria sobre la formación de las rocas de la provincia de Cádiz, 1897Anales de la Sociedad Española de Historia Natural. Seri II, Tomo octavo XXVIII) Madrid 1899, pg. 309.


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Puedes ver otros artículos relacionados en nuestro blog enlazando con : Cartografía histórica y grabados, Paisajes con Historia.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 26/04/2015



Las otras bodegas de Jerez
M. Gil Galán S.A.




Casualmente, la época de mayor esplendor del vino de Jerez viene a coincidir con la proliferación en el Marco de empresas pequeñas, a menudo familiares, que contribuyeron notablemente a engrandecer el nombre de nuestros vinos y de nuestra ciudad.

Es difícil acotar con precisión cuáles eran estas empresas menores. Las había con dos o tres centenares de botas de vino –como se llaman aquí a los toneles-, o las que actuaban como meros “almacenistas” empleando poco personal y una actividad ciertamente reducida, u otras con casi dos millares de botas y cuya actividad suponía una repercusión silenciosa pero considerable. Conviene resaltar que, además de la actividad estrictamente bodeguera, estas últimas necesitaban servicios propios de carpintería, administración, tonelería o mantenimiento, lo que suponía una fuente de empleo.

La actividad de estas pequeña empresas vinateras solía estar orientada a dos vertientes, bien como suministradores de vino para prevenir la falta de existencia de las grandes empresas, bien abriendo sus propios mercados. Es evidente que el volumen de ventas no era comparable con el de las grandes marcas, pero su importancia fue ciertamente capital en otros muchos aspectos más allá de lo cuantitativo.

El vacío comercial en algunas provincias o pequeñas poblaciones fue atendido por el viajante, cerrando ventas que iban sumando por goteo al total.

Un ejemplo de estas pequeñas y medianas empresas fue M. Gil Galán S. A. que podemos encuadrar entre las de carácter familiar. Como reconocimiento póstumo queremos recordar que estuvo regentada por Francisco y Anselmo Gil Ceballos, hijos del fundador de la bodega, M. Gil Galán, quien le dio nombre. La empresa ya aparecía mencionada en un listado bodeguero de 1.933, llegando a tener diferentes domicilios. En un principio estuvo ubicada en la Plaza de las Cocheras y finalmente en la Calle Ferrocarril hasta su desaparición.

La bodega M. Gil Galán S. A. disponía de todo lo preciso para responder a una intensa actividad comercial, en gran medida para la exportación. Unos amplios despachos bien iluminados y con vistas al patio de embarque, en el que se encontraba también un taller de carpintería y tonelería. Formando una gran “L” dos edificios singulares: el embotellado y la bodega propiamente. Es de grato recuerdo como en otras épocas, cuando se realizaba la preparación de los pedidos y embarques de la campaña de navidad, era difícil encontrar personal para reforzar la dotación habitual de la bodega, realizándose gran número de horas extras para que los compromisos mercantiles se llegaran al efecto.

La veintena de empleados de esta empresa producía gran variedad de productos, de entre ellos recordamos el fino La Condesa, el oloroso Falange Española, el oloroso España, el coñac Formidable, la Jerez Quina Santiago… Más tarde se produjeron toda clase de bebidas alcohólicas llegando la bodega a contar con un gran catálogo de productos. Como dato curioso, llama poderosamente la atención la soberbia etiqueta de Falange Española, en donde aparece un bien uniformado miembro de esta formación política, con bandera roja y negra ondeando al viento. Téngase en cuenta que esta etiqueta se utiliza en los años inmediatos al final de la Guerra Civil Española, tiempos en los que dirige la empresa su fundador, el padre de los citados Francisco y Anselmo Gil Ceballos, que era habilitado del Magisterio, y encargado de pagar a los maestros, algunos de los cuales habían sido apartados de su trabajo al mostrar su filiación política por el régimen de la República. Para ayudarles en su difícil situación económica, a algunos de ellos les había proporcionado pequeños trabajos. La superioridad gubernativa no miraba con buenos ojos este proceder, llegando a poner en duda la lealtad al régimen del propietario, por lo que no quedó más remedio que crear esta etiqueta y ganarse así las simpatías del gobierno. Curiosamente, en el reverso en una de estas etiquetas, Francisco Gil Ceballos apunta de su puño y letra la fórmula de confección del coñac formidable, y que más tarde emplea el nombre de brandy en vez de coñac.

La mayoría de estos productos estaban dedicados a la exportación distribuyéndose también por ciudades y pueblos españoles no muy importantes, pues Madrid y Barcelona ya estaban copadas por las grandes empresas bodegueras. Como dato curioso, se distribuían también por economatos de trabajadores de grandes obras, como el que se disponía para la construcción del embalse del Tranco. En aquellos casos se solicitaba información a la Guardia Civil de la fiabilidad del vendedor. Por esas fechas se usaba la figura del viajante, que era el encargado de dar a conocer el producto y el responsable de la venta. La exportación se dirigía a en países europeos preferentemente, y a otros continentes, para tal caso se disponía de un departamento de extranjero, pero en nuestro caso se solucionaba mediante el envío de gran cantidad de cartas, que en un inglés que se comprendía con dificultad, escribía cientos de veces Francisco Gil Ceballos, que logró así espléndidas ventas en las Antillas Holandesas, Curaçao, Sudáfrica, Canadá y Filipinas por citar solo algunos ejemplos.

Esta bodega y otras muchas de similar o menor envergadura, si se quiere en desigual proporción, fueron innegables copartícipes del máximo esplendor de las bodegas del Marco de Jerez, y por ello merecedoras de un pequeño pero digno rincón de nuestra historia.

Manuel Gil Monreal

 
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