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Pinos y pinares.
Un recorrido por la historia de los pinos centenarios de Jerez (1).




Es bien conocido de los lectores que el término de Jerez ha contado desde antiguo con importantes masas forestales, situadas mayoritariamente en su sector oriental y en especial en la zona de los Montes de Propios. Este amplio territorio, donde los suaves colinas de la campiña dejan paso a los abruptos relieves de los montes y sierras, conservan aún extensas manchas de bosques de alcornoques y quejigos o dehesas de encinas y acebuches, que dan testimonio de la importancia que tuvieron los espacios arbolados en nuestra economía y nuestros paisajes.

Alcornocales, encinares, acebuchales y quejigales constituyeron, por este orden, las formaciones predominantes en nuestros montes, mientras que los pinares tuvieron siempre una presencia muy escasa, casi residual, frente al papel predominante del que gozaron en muchas poblaciones vecinas donde los pinos fueron, con mucho, la especie más abundante en los paisajes de las campiñas, los bordes marismeños y el litoral.

En el paseo que hoy les proponemos vamos a tratar de rescatar la memoria de aquellos pinares jerezanos, hoy prácticamente desaparecidos, y de algunos de los pinos centenarios que aún se conservan en distintos rincones de la ciudad y sus alrededores.

Los pinares en los siglos XVII y XVIII.



Aunque, como se ha dicho, los pinares nunca ocuparon extensiones significativas en nuestro territorio, si contamos con muchas referencias que apuntan a su presencia en las cercanías de la ciudad. Ya a mediados del siglo XVII tenemos constancia de la existencia de pinares en los Llanos de Caulina, tal como se desprende del testamento de D. Diego Pabón y su esposa Ana de Vera a favor de su hijo D. Miguel Pabón de Fuentes, Caballero de Santiago, a quien en 1650 asignan entre otros bienes, tierras en Montegil, el cortijo de la Torre de Cera, el del Trobal y “el pinar de Caulina”, próximo a éste último (1), que pasaría más adelante, a comienzos del XVIII a manos de su nieto y heredero, Miguel José Pavón de Fuentes y González Rojas, nombrado en 1706 por Felipe V como primer Marqués de Casa Pavón (2).

Un siglo después, en las respuestas al Catastro de Ensenada (1752) se apunta la existencia de “ciento quince y media aranzadas de Pinar de primera calidad, sesenta y media de Segunda y treinta y tres y quartas la tercera” (3), es decir, una extensión de poco más de 200 aranzadas, que pone de manifiesto lo escasa entidad de estas formaciones arbóreas en nuestro alfoz. Destinadas principalmente a la obtención de madera y leña, para el consumo local, su cultivo no aportaba beneficios significativos y, según la misma fuente, “la aranzada de Pinar de primera Calidad se considera el rendimiento anual por corta de madera en ella sesenta reales, veinte la de Segunda y diez la de inferior”, menguada rentabilidad si la comparamos, por ejemplo, con lo que producía una aranzada de cañaveral (600 reales) o de sauzal (240 reales) (4).

Parada y Barreto nos aporta un interesante dato sobre la superficie del término destinada a pinares a mediados del siglo XVIII (1754) coincidente con la de las “respuestas”: apenas 199 aranzadas, frente a las 7.554 de olivares, las 9.112 de viñas o las 27.680 de encinares (entendemos que se engloban aquí los alcornocales y quegijales) (5). A esta estadística hace referencia Pascual Madoz en su Diccionario Geográfico señalando que en ese mismo año en el término de Jerez se contabilizaban 20.811.603 árboles, entre los que aparecen 163.632 pinos, frente a 15.412.591 alcornoques, 3.138.340 encinas, o 1.2900.675 acebuches o 772.245 quejigos (6).

Sobre la ubicación de estos pinares jerezanos a finales del XVIII, ofrece una valiosa información Bartolomé Gutiérrez, en su Historia de Xerez (1787), si bien no aclara su superficie, ya que la presenta unida a la de otros cultivos: “De olivares Huertos y Pinares son ocho mil las aranzadas que se cuentan” (7). Con todo, son de gran interés sus referencias a los lugares donde se encuentran así como a sus propietarios, señalando que: “Los Pagos de Siembra de Pinares componen las suertes siguientes: El pinar de D. Álvaro Carrizosa y Perea. El de D. Pedro Miraval. El de las monjas de Espíritu-Santo. El de D. Marcos Picado. El de la Compañía de Jesús. El de D. Alonso Paredes. El de S. Juan de Dios. 2 del Monasterio de la Cartuxa. El de D. Gerónimo Enciso. El de la condesa de Villafuerte. El del Marqués de Valhermoso. Y el del Marqués de Casa Pabón, que todos los más están en las Abiertas de Caulina y componen el número de 13” (8). Algunos de estos pinares permanecerán hasta bien entrado el siglo XIX siendo un referente en el paisaje de la campiña y aún en nuestros días, la toponimia guarda la huella de la ubicación de varios de ellos como son los casos de los de Carrizosa, Mirabal o Las Pavonas, en las proximidades de El Trobal.

Otra curiosa información sobre aquellos pinares del dieciocho es la que aporta el ilustrado Antonio Ponz quien en su Viage de España informa como en 1789 existen 166 aranzadas de pinar, frente a la 7.969 de olivar o las 8.245 de viñas, por lo que se pone de manifiesto que en apenas medio siglo la superficie de los pinares se ha reducido notablemente. Ponz hace también un retrato de otro rincón del alfoz jerezano donde aún se encontraban algunos pinares de pino piñonero: el sector de marismas situado en los límites con el término de Puerto Real. En su camino desde La Cartuja a Puerto Real, nuestro ilustrado viajero bordea la marisma por el camino de la antigua Cañada de la Isla y de Cádiz y según informa, el terreno “no da otras producciones que palmitos, y ruines pinares, aunque tales quales son, pueden considerarse de extrema necesidad para surtimiento de Cádiz, de la Isla de León…” (9). Ponz se lamenta amargamente del lamentable estado de estos pinares y apunta que, según le han informado, los propietarios no dejan crecer los árboles, cortándoles la guía principal para evitar que “creciendo el árbol, lo marque luego la



Marina, y prive al dueño del usufruto; por tanto solo creen las ramas tortuosas de los lados que se aprovechan en hacer leña, sin que se encuentre un tronco de quatro varas, ni poderse cortar una biga para uso dalguno en los dilatados términos que ocupan dichos pinares
” (10). Hoy día, afortunadamente, los hermosos pinares de pino piñonero de La Zarza y de la Dehesa de las Yeguas ofrecen un magnífico aspecto que a buen seguro, hubiese sido alabado por Antonio Ponz.

Los pinares jerezanos en el siglo XIX: “El Pinar”.

Tanto el número de árboles, como la superficie ocupada por los pinares iría disminuyendo, como se ha visto, a lo largo del s. XVIII y en las primeras décadas del XIX habría descendido a más de la mitad. Eso es al menos lo que se deduce de los datos estadísticos del Apeo de Garay, que los reducen a 79,5 aranzadas en 1818, tal como ha estudiado Dolores Lozano Salado (11). Los parajes donde permanecían estos pinares, ya residuales, seguían siendo los mismos, y estaban situados en los bordes de los Llanos de Caulina y en las proximidades de la ciudad, al este y al noreste.

Una “prueba gráfica” del emplazamiento de algunos de estos pinares del diecinueve nos la aporta un curioso mapa militar francés, elaborado en el primer tercio del siglo XIX. En el aún se conserva memoria de aquellos bosquetes de pinos cercanos a la población. Así, a la izquierda del camino que desde la ciudad parte hacía Arcos, figura una gran parcela señalada como “Pinar”, pasada la alcantarilla de Los Alunados, y en las proximidades de la antigua Venta de La Cuchara, en un sector que hoy se correspondería con toda la zona de Chapín y Torresblancas, en la antesala de los Llanos de Caulina (12).



En esta misma zona de la campiña, un paraje se ha denominado desde antiguo “El Pinar”, nombre que hoy ha perdurado en una gran urbanización de unifamiliares. Ya en 1868, Parada y Barreto, al estudiar describir los Pagos de Viñas en Jerez menciona el de El Pinar y testimonia que aún existen allí pinares de considerable extensión: “toma este pago su nombre del plantío de pinos que existe en él, y se halla á la derecha de la carretera de Arcos en la inmediación del Badalejo, con unas cien aranzadas: se halla en el mismo grupo de viñedo que Barbadillo, Mirabal y Cabrestera, participando de sus caracteres” (13). Los pinares debían crecer en las cercanías de la actual “Ciudad de los Niños” y en los alrededores del Cementerio, donde todavía la finca “Mirabal”, en la carretera de Estella del Marqués, nos recuerda que aquí se ubicaba uno de los pinares dieciochescos a los que hacía alusión Bartolomé Gutiérrez, el de D. Luis de Mirabal y Espínola, jerezano que fuera presidente del Consejo de Castilla a quien Felipe V en 1722 otorgó el Marquesado de Mirabal.

Con todo, en el último tercio del siglo XIX, apenas debían quedar ya en este sector de la campiña sino pequeños rodales y ejemplares aislados, testigos decadentes de lo que fueron los antiguos pinares de Caulina. No es de extrañar por ello que la escritora Fernán Caballero apenas los mencione cuando en uno de sus cuentos, “Lucas García”, publicado en 1862, nos describe el camino entre Jerez y la Torre de Melgarejo cruzando los Llanos de Caulina, en los que sólo reclaman su atención los palmitares: “Saliendo de Jerez en dirección á los montes de Ronda… se atraviesa una extensa llanura, que lleva el nombre de Llanos de Caulina. El uniforme y desnudo camino, después arrastrarse dos leguas por entre palmitos, hace alto al pié de la primera elevación de terreno… Vese á la derecha el castillo de Melgarejo, que es de las pocas construcciones moriscas, que no han llegado á destruir el tiempo y la impericia, su fiel auxiliadora en la destrucción…” (14).



Algo más de atención que la escritora gaditana debieron poner en la observación del paisaje de los Llanos de Caulina los ingenieros de montes y los botánicos que realizaron los trabajos de catalogación para la Comisión de la Flora Forestal Española. Tan sólo unos años más tarde (1869-1870), realizan una excusión científica por los alrededores de la Torre de Melgarejo para estudiar las especies vegetales presentes. En su informe describen el camino de Jerez hasta la Dehesa de La Torre: "Ésta dista de la ciudad unas dos leguas, siguiendo la carretera de Arcos. Caminando por esta, se encuentran á ambos lados viñedos protegidos por grandes setos de tunas ó chumberas... Al cabo de unos tres cuartos de hora se entra en los "Llanos de Caulina", extenso palmitar de vegetación poco variada, destinado á pastos. A la entrada el llano se encuentra la “huerta del pinar”, así llamada sin duda por tener un rodalito de pino, que parece ser el piñonero” (15).

De nuevo El Pinar, topónimo que aún persiste en el mismo lugar donde estuvo siempre, entre la Cañada de Albadalejo, el camino de Arcos y los pinares de Mirabal, hoy ocupados en parte por el Cementerio. Estos mismos pinares que apenas unos años después, en 1892, serán testigo de un importante acontecimiento. Como escribió Luis Morote, periodista de “El Liberal” destacado como corresponsal en Jerez para cubrir los sucesos de enero de 1892, El Pinar fue el escenario preparatorio del conocido como “Asalto Campesino a Jerez de la Frontera” (16). Acuciados por la calamidad, en estos parajes de los Llanos de Caulina, se concentraron centenares de obreros del campo venidos de todas las localidades cercanas, al abrigo de estos pinares, el 8 de enero de 1892 para emprender la marcha a la ciudad entre las 11 y las 11,30 de la noche, recorriendo los 4 km que separaban este pago del Paseo de Capuchinos, por donde entraron (17).
Continuará...

Para saber más:
(1) Lasso de la Vega, M.: Historia nobiliaria española: contribución a su estudio, Imp. Y Editorial Maestre, 1953, p. 298, disponible en Internet.
(2) Parada y Barreto, D.I.: Hombres ilustres de la ciudad de Jerez de la Frontera, Imprenta del Guadalete, 1878, Edición Facsimil Extramuros, 2007, p.328.
(3) Orellana González, C.:El Catastro de Ensenada en Jerez de la Frontera”, Colección de monografías nº 2, Separata de la Revista de Historia de Jerez, nº 8, 2002. P. 9
(4) Ibdem, p. 10
(5) Parada y Barreto, D.I.: Hombres ilustres de la ciudad de Jerez de la Frontera, Imprenta del Guadalete, 1878, Edición Facsimil Extramuros, 2007, p. LXXXIV.
(6) Diccionario Geográfico Estadístico Histórico MADOZ. Tomo CADIZ. Edición facsímil. Ámbito Ediciones. Salamanca, 1986, pp. 73 y 248. Esta estadística no es otra que la que ofrece el “Extracto de las estadísticas de riqueza inmueble y pecuaria de esta ciudad y su término”, 1754, A.M.J.F. Memoranda 4, fol. 95. Citada por la profesora e investigadora Dolores Lozano Salado en su libro La Tierra es nuestra. Retrato del agro jerezano en la crisis del Antiguo Régimen, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz-Diputación de Cádiz, 2001, p. 49.
(7) Gutiérrez, B.: Historia de la Muy Noble y Leal Ciudad de Xerez de la Frontera, (Jerez, 1886 edición facsimilar de 1989, t. I, p 19.
(8) Ibídem, pp. 26-27.
(9) Ponz, A.: Viage de España, Tomo XVII, 1791, Carta Quinta, 85, p 262. Disponible en Internet.
(10) Ibídem, Carta Sexta pp. 292-293. Disponible en Internet.
(11) Lozano Salado, L.: La Tierra es nuestra. Retrato del agro jerezano en la crisis del Antiguo Régimen, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz-Diputación de Cádiz, 2001, p. 49.
(12) Leve a vue de la route de Jerez de la Frontera au cortijo de la Peñuela : fesant partie de la communication de Jerez a Ronda‎, Escala 1:20.000‎, 1827, Centro Geográfico del Ejército.
(13) Parada y Barreto, D.I.: Cultivo de la vid. Noticias sobre la historia y el estado actual del cultivo de la vid y del comercio vinatero. Imprenta del Guadalete, Jerez, 1868, p. 101
(14) Hemos extraído los fragmentos entrecomillados del cuento “Lucas García”, de Fernán Caballero, incluido en su obra “Cuadros de costumbres” pp. 209-210), editada en Leipzig, 1865, disponible en Internet.
(15) Comisión de la Flora Forestal Española. Resumen de los trabajos verificados por la misma durante los años de 1869 y 1870, Madrid, Tipografía del Colegio Nacional de Sordo-Mudos y de Ciegos, 1872, pp. 86. Debemos a nuestro amigo Pedro Oteo Barranco, la localización de este interesante estudio.
(16) Pérez Garzón, J.S.: Luis Morote: la problemática de un republicano (1862-1913), Castalia, 1976, p. 48
(17) Aguilar Villagrán, J.: El asalto campesino a Jerez de la Frontera en 1892, Centro de Estudios Históricos Jerezanos, Jerez 1984. Pp. 25-26.


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Aquí puedes ver otros artículos sobre Árboles singulares, Flora y Fauna, Paisajes con historia y Pinos y pinares. Un recorrido por la historia de los pinos centenarios de Jerez (2) y Pinos y pinares. Noticia de algunos pinos centenarios (y 3).

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 19/02/2017

Con Vicente Blasco Ibáñez por la campiña jerezana.
Los paisajes que recorrió el autor de La Bodega




En otras ocasiones nos hemos ocupado en Entornoajerez, de los hermosos paisajes y rincones de nuestra campiña, de la mano de pasajes literarios o de las descripciones de viajeros ilustres que nos visitaron, algunas tan idealizadas e irreales. Junto a ellas, queremos también traer a estas páginas otras descripciones menos amables, pero tanto o más valiosas si cabe que aquellas, y que nos ayudan también a comprender lo que fuimos y lo que somos.

Una de estas visiones es la que nos ofrece el escrito valenciano Vicente Blasco Ibáñez en su novela La Bodega (1905). Formando parte de las filas de Unión Republicana, partido por el que ocupó un escaño en el Congreso de los Diputados entre 1898 y 1907, visitará Jerez por primera vez en mayo de 1902 acompañando a Alejandro Lerroux quien había venido a la ciudad para participar en un mitin político. Ese mismo año, dos meses más tarde, muere en un hospital de caridad de nuestra ciudad, Ramón de Cala, el célebre político republicano que en los últimos años de su vida, olvidado por todos, conocerá de cerca esa miseria que denunció especialmente en uno de sus libros.

No sabemos si Blasco Ibáñez llegó a entrevistarse con Ramón de Cala en esa primera visita, aunque estamos seguros de que le habría sido de gran utilidad para sus propósitos ya que dos años más tarde, en julio de 1904 volverá a nuestra provincia, en su condición de diputado, para conocer sobre el terreno los problemas de algunos pueblos y, en especial, la forma de vida de los jornaleros del campo de la que éste daba ya buena cuenta en su obra titulada El problema de la Miseria (1884).

Durante su estancia en Jerez, alojado en el Hotel Los Cisnes, Vicente Blasco Ibáñez aprovechará para documentarse y recabar datos de primera mano que le serán de gran utilidad en la nueva novela que proyecta: “La Bodega” (1). En ella pretende reflejar la realidad social de la vida de los jornaleros en la campiña jerezana que, en el último tercio del siglo XIX estuvo marcada por la aparición del anarquismo o episodios convulsos como los de la Mano Negra o la marcha de campesinos sobre Jerez de 1892. Como nos recuerda J. Luis Jiménez, con esta visita Blasco pretende recoger información “…sobre las circunstancias sociales y económicas en las que vivía el jornalero jerezano. De informarle en detalle se encargarían… dos grandes personajes de la ciudad, el cirujano, Fermín Aranda, y el sindicalista, Manuel Moreno Mendoza, que llegaría a ser alcalde de Jerez en la corporación municipal republicana”. (2)

Acompañado por Moreno Mendoza, líder obrero nacido en Medina Sidonia, cuyos padres habían sido jornaleros del campo y habían sufrido las duras condiciones de vida en las gañanías, Blasco Ibáñez recorrerá la campiña jerezana visitando algunos cortijos y viñas de nuestro entorno. Moreno Mendoza es entonces, junto a Fermín Aranda, una de las figuras más destacada del republicanismo jerezano. Líder jornalero, masón y sindicalista, quien sería en 1931 alcalde republicano de Jerez, es en 1904 editor del periódico La Unión Obrera. Eco de la clase trabajadora (3). Aspectos estos que no pasan desapercibidos para el escrito valenciano, quien acude también a la provincia con el propósito de dar un impulso al republicanismo.

La bodega: un libro plagado de referencias sobre nuestro entorno.



Fruto de estas observaciones directas de Blasco, en La Bodega descubriremos luego numerosas reflexiones y consideraciones de índole política y social sobre las condiciones de vida de los gañanes o sobre la explotación de los jornaleros por la oligarquía terrateniente y bodeguera que en el libro aparece nombrada como la familia “Dupont”. De la misma manera, por sus páginas desfilan también algunos conflictos sociales de la época como los sucesos de La Mano Negra o los ecos del Asalto Campesino a Jerez de 1892, y no faltan tampoco figuras políticas del momento como “Fernando Salvatierra”, que no es otro que el mítico anarquista gaditano Fermín Salvochea. En el personaje de “El Maestrico”, algunos han querido ver rasgos de la biografía del propio Manuel Moreno Mendoza, quien será su principal informante junto al médico republicano Fermín Aranda.

No es de extrañar por ello que desde este conocimiento directo del terreno, junto a la descripción de la “cuestión social” que constituye el núcleo de la novela, La Bodega esté plagada de referencias al paisaje e incluya descripciones de muchos rincones de la Campiña. Así, tanto en los nombres ficticios de los personajes, como en los escenarios reales que, de manera



más o menos explícita, se describen, es posible descubrir estas vinculaciones con el contexto y el entorno jerezano. Por citar sólo algunos ejemplos, Zarandilla o Matacardillo, son topónimos de sendos parajes que el autor utiliza como nombres o apodos de algunos de estos



personajes; la viña de Marchamalo, la propiedad emblemática de Pablo Dupont se asocia fácilmente a la de Macharnudo; el cortijo de Matanzuela, las dehesas cercanas donde se crían las toradas que Blasco describe en su novela, los llanos de Caulina… son parajes y lugares que perviven en la actualidad con estos mismos nombres. El Ventorrillo del Grajo puede asociarse a cualquiera de los más populares por aquella época, al de El Cuervo, por ejemplo. El de El Mojo es posterior.

La dura vida vida de los jornaleros del campo.

La Bodega es una novela de gran calado social pero también, en buena medida, una obra cargada de referencias históricas, sociológicas y antropológicas. Por esta razón, hemos querido rescatar algunos pasajes que ponen el acento en la descripción de las gañanías, donde el autor relata



con gran fidelidad las condiciones de vida de los jornaleros del campo. De especial crudeza es el relativo a la alimentación:

En verano, durante la recolección, les daban un potaje de garbanzos, manjar extraordinario, del que se acordaban todo el año. En los meses restantes, la comida se componía de pan, sólo de pan. Pan seco en la mano y pan en la cazuela en forma de gazpacho fresco o caliente, como si en el mundo no existiera para los pobres otra cosa que el trigo. Una panilla escasa de aceite, lo que podía contener la punta de un cuerno, servía para diez hombres. Había que añadir unos dientes de ajo y un pellizco de sal, y con esto el amo daba por alimentados a unos hombres que necesitaban renovar sus energías agotadas por el trabajo y el clima. Tres comidas tenían al día los braceros, todas de pan: una alimentación de perros. A las ocho de la mañana, cuando llevaban más de dos horas trabajando, llegaba el gazpacho caliente, servido en un lebrillo. Lo guisaban en el cortijo, llevándolo a donde estaban los gañanes, muchas veces a más de una hora de la casa, cayéndole la lluvia en las mañanas de invierno. Los hombres tiraban de sus cucharas de cuerno, formando amplio círculo en torno de él…

A mediodía era el gazpacho frío, preparado en el mismo campo. Pan también, pero nadando en un caldo de vinagre, que casi siempre era vino de la cosecha anterior, que se había torcido. Únicamente los zagales y los gañanes en toda la pujanza de su juventud, le metían la cuchara en las mañanas de invierno, engulléndose este refresco, mientras el vientecillo frío les hería las espaldas. Los hombres maduros, los veteranos del trabajo, con el estómago quebrantado por largos años de esta alimentación, manteníanse a distancia, rumiando un mendrugo seco.

Y por la noche, cuando regresaban a la gañanía para dormir, otro gazpacho caliente: pan guisado y pan seco, lo mismo que por la mañana. Al morir en el cortijo alguna res cuyas carnes no podían aprovecharse, se regalaba a los braceros, y los cólicos de la intoxicación alteraban por la noche el amontonamiento de carne adormilada en la gañanía. Otras veces, los que eran más brutales en su batalla con el hambre, si conseguían matar a pedradas en el campo un cuervo o algún otro pajarraco de rapiña, conducíanlo en triunfo al cortijo y lo guisaban, celebrando con una risa desesperada este banquete extraordinario
”.



Desconocemos si Blasco Ibáñez tuvo algún contacto con Ramón de Cala (cosa que dudamos). De lo que si estamos seguro es que conocía su libro “El problema de la Miseria” ya que esta última descripción sobre la comida de los gañanes parece estar inspirada en este otro pasaje de Ramón de Cala en el que relata la “alimentación de los jornaleros del campo: “Por la mañana el ajo, especie de sopa con aceite, que ni para los candiles, sal, pimiento y agua caliente. Al mediodía gazpacho con los mismos ingredientes en frío, y la agregación de vinagre, que parece legía, según está de turbio y mal formado. A la noche se repite el ajo. Y así un día y otro día, y todos los del año, como no sea que la suerte depare en alguno el festín de una res muerte de enfermedad o por accidente, cuya res se guisa y se devora en perjuicio de los buitres”. Como ven Blasco se ha inspirado, en lo esencial, en el relato de Cala. (4)

Niños yunteros en la campiña jerezana: los “rempujeros”.

Otro de los pasajes de La Bodega, nos recuerda a la figura del “niño yuntero”, a la que dedica un conocido poema Miguel Hernández. Es el que se refiere a los “rempujeros”: …“Los hombres empezaban de pequeños el aprendizaje de la fatiga, del hambre engañada. A la edad en que otros niños más felices iban a la escuela, ellos eran zagales de labranza por un real y los tres gazpachos. En verano servían de rempujeros, marchando tras las carretas, cargadas de mies, como los mastines que caminan a la zaga de los carros, recogiendo las espigas que se derramaban en el camino y esquivando los latigazos de los carreteros que los trataban como a las bestias. Después eran gañanes, trabajaban la tierra, entregándose a la faena con el entusiasmo de la juventud, con la necesidad de movimiento y el alarde fanfarrón de fuerza, propios del exceso de vida. Derrochaban su vigor con una generosidad que aprovechaban los amos, Estos preferían siempre para sus labores la inexperiencia de los mozos y de las muchachas. Y cuando no habían llegado a los treinta y cinco años se sentían viejos, agrietados por dentro, como si se desplomase su vida, y comenzaban a ver rechazados sus brazos en los cortijos…



La descripción del interior de las estancias donde los jornaleros hacían su vida, las gañanías, figuran también en varios pasajes de La Bodega. En el que sigue, el mítico anarquista Fernando Salvatierra, recién salido de la cárcel, llega por la noche a un cortijo y contempla la gañanía:



…“El aspecto de la gañanía, el amontonamiento de la gente, evocó en la memoria de Salvatierra el recuerdo del presidio. Las misma paredes enjabelgadas, pero aquí menos blancas, ahumadas por el vaho nauseabundo del combustible animal, rezumando grasa por el continuo roce de los cuerpos sucios.



Iguales escarpias en los muros, y colgando de ellas, todo el ajuar de la miseria, alforjas, mantas, jergones destripados, blusas multicolores, sombreros mugrientos, zapatos pesados de innumerables remiendos con clavos agudos… Los más dormían en esteras, sin desnudarse, descansando sus huesos doloridos por el trabajo sobre la tierra dura
”.

Apenas 25 años antes, Ramón de Cala describía las gañanías diciendo de ellas que eran “un departamento… no tan ventilado, ni tan higiénico como el establo de los bueyes, ni como la zahúrda de los cerdos. Desván en lo grande, no en lo alto, con poyetes de piedra corridos a lo largo de las paredes, que a la vez sirven de asiento y de cama, y por muelle colchón una estera. En medio, o en un extremo, está el fogari, donde arde rara vez leña, y de ordinario excremento de los bueyes. Que expide una humareda asfixiante”. (4)

El completo y rotundo estudio realizado por Juan Cabral Bustillo y Antonio Cabral Chamorro sobre Las gañanías de la campiña gaditana 1900-1930, en el que se analizan el estado de las gañanías de 72 cortijos de Jerez y 11 de Arcos en los años 1931-1932, tomando como referencia la información proporcionada por la Inspección de Sanidad del Ayuntamiento jerezano, confirma en buena medida los testimonios que se traslucen en La Bodega. Después de todo lo anterior, no es de extrañar que Blasco Ibáñez, en boca de uno de sus personajes exprese lo siguiente:



Zarandilla, que había presenciado todo esto, indignábase de que tachasen de holgazanes a los braceros. ¿Por qué habían de trabajar más? ¿Qué aliciente les ofrecía el trabajo…?...

-Y la tierra Rafaé, es jembra, y a las jembras, pa que sean agradecías y se porten bien, hay que quererlas. Y el hombre no puede queré a una tierra que no es suya. Sólo deja el sudor y la sangre sobre los terrones de que puede sacar el pan. ¿Digo mal, muchacho?




Como ya hemos escrito en otras ocasiones, cada vez que recorremos la campiña en torno a Jerez y estamos ante una gañanía… sentimos un profundo respeto en recuerdo de aquellos jornaleros del campo, de su explotación y de las penosas condiciones de vida que sufrieron. Que no se olviden y que no se repitan.

Para saber más:
(1) Blasco Ibáñez, Vicente.: La bodega. Plaza Janés Editores, 1979. A esta edición se refieren las citas.
(2) Jiménez García, J.L.: El Jerez y los escritores viajeros. www.jerezdecine.com
(3) Morales Benítez, A.: Prensa, masonería y republicanismo. Manuel Moreno Mendoza (1862-1936). Ayuntamiento de Jerez, 2008.
(4) Ramón de Cala: El problema de la miseria resuelto por la harmonía de los intereses humanos (1884) Edición Facsímil (2002), pp. 92-94. Editada por el Ayuntamiento de Jerez y coordinada por Joaquín Carrera Moreno, a quien agradecemos las referencias a la obra de Ramón de Cala y las condiciones de vida de los jornaleros del campo.
(5) Cabral Bustillos, J. y Cabral Chamorro, A.: Las gañanías de la campiña gaditana, 1900-1930: Una contribución al estudio de las condiciones de trabajo de los obreros agrícolas andaluces. Historia social, nº 9, 1991, pp. 3-16

Procedencia de las ilustraciones:
Vicente Blasco Ibáñez: wikiquote.org/wiki
Manuel Moreno Mendoza: tarifaweb
Fermín Aranda: commons.wikimedia.org/wiki
Fermín Salvochea: El Blog de Fita
Gañanía de 'El Sotillo': Cortijos, haciendas y lagares de la Provincia de Cádiz
Gañanía de El Chorreadero Viejo. S. José del Valle: Arte informado


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Otros enlaces que pueden interesarte: El paisaje y su gente, El paisaje en la Literatura y Canción triste de las gañanías.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 18/05/2014

 
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