Olmos ibéricos y olmos gaditanos
De curiosidades botánicas: olmos romanos para las vides jerezanas



Entretejiendo la arboleda umbrosa,
yedra con roble, vid con olmo hermosa.
Francisco de la Torre (siglo XVI)

Luis Alfonso Gil Sánchez, biólogo e ingeniero de montes, es catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid, donde dirige el Departamento de Silvopascicultura de la Escuela Superior de Ingenieros de Montes. A mediados de marzo fue invitado por el presidente de la Sociedad Gaditana de Historia Natural para impartir una interesante conferencia sobre los olmos ibéricos en la que disertó sobre las especies de este árbol presentes en nuestra geografía, su situación sanitaria y los estudios e investigaciones que lleva a cabo junto con su equipo. Todo aderezado de un profundo saber histórico sobre este superviviente natural que habita en nuestros campos, valles, pueblos y ciudades. Y es que la grafiosis, un hongo que pudre y mata a este árbol desde que llegó la infección a olmos holandeses (en el pasado siglo y desde el sudeste asiático), es el mayor problema ambiental que sufre esta especie. Se trata de una enfermedad transmitida por una familia de escarabajos escolítidos, conocidos como barrenillos (Scolytus). Éstos ponen sus huevos en los túneles que excava, al eclosionar las larvas realizan nuevos túneles alimentándose de la madera y propagando el hongo por el floema del árbol. Esporas del hongo se depositan sobre los insectos, que en fase adulta vuelan hasta otro olmo propagando la enfermedad. Un olmo con grafiosis acabará muriendo en pocos años. Y aunque es fácil que a través de las raíces vuelvan abrotar nuevas ramas, estas al estar infectadas también acabarán muriendo.

Pero no todo es negativo en esta historia. Las investigaciones del Dr. Gil se centran en conseguir olmos resistentes a la grafiosis. Luis Gil, en sus prospecciones por olmedas y jardines, detectó cómo algunos olmos conseguían evitar o resistir a la enfermedad. Estudió estos especímenes, los aisló en viveros, los seleccionó y clonó genéticamente, incluso los vacunó con la enfermedad, consiguiendo olmos más resistentes y sanos. Claro que este proceso no es rápido en el tiempo. Gil Sánchez lleva muchos años dedicado a este programa de investigación, donde la principal dificultad es el tiempo. Como bien dice "no es lo mismo estudiar una plantita anual que un ser vivo que puede vivir siglos". Pero los resultados van por buen camino y se muestra optimista "aunque todavía faltan algunos años de estudio para ser definitivos".

Olmos y vides: una curiosa alianza.

Para conocer mejor el comportamiento de estos viejos árboles el Dr. Gil se ha adentrado incluso en la historia escrita y en estudios arqueológicos como una herramienta válida para el mejor conocimiento de la especie. Los Olmos son poseedores de una larga historia asociada al hombre. Al olmo más común, Ulmus minor (o álamo negro o negrillo) hay que añadir el olmo de montaña (Ulmus glabra) y Ulmus laevis, exclusivo de suelos silíceos. A éstos hay que sumar los olmos traídos por los romanos, hace 2.000 años, para el cultivo de la vid. Posteriormente, en tiempos de Felipe II se introdujo el olmo siberiano (Ulmus pumila) como especie para jardines.



La grafiosis está facilitando la expansión de este último olmo no autóctono (y resistente a la enfermedad) en detrimento de los olmos autóctonos.Luis Gil defiende que los olmos “romanos”, que denomina como “olmos atinios”, por la región de origen de estos árboles, entraron en la península de la mano de la familia Columela, vecinos de Gades (Cádiz) y propietarios de viñedos tanto en Roma como en el "ager ceretanum", actual región vitivinícola de Jerez. De hecho se ha detectado, mediante estudios genéticos, que los olmos andaluces provienen principalmente del linaje de olmos atinios importados por los romanos de la Bética. Estos olmos atinios no producen semillas fértiles, por lo que su propagación es a través de estaquillas de raíz. Los romanos utilizaban estos olmos como sustentadores de las vides, que gracias a sus zarcillos colgaban sus ramas y sus racimos alejados del suelo, evitando así enfermedades y pudriciones. Esta combinación entre olmo y vid entró en desuso cuando el emperador Domiciano propició que los agricultores cambiaran el cultivo de la vid por los cereales. Ya hoy en día los tratamientos agrícolas hacen innecesaria esta alianza entre árboles y viña. Aunque todavía en algunas regiones del sur itálico se sigue plantando y vendimiando (por tradición) la vid sobre álamos y olmos.

El “vino de los olmos”.

Diversos autores de la antigüedad citaron al vino como "vino de los olmos", como el griego Teócrito (siglo III a.n.e.) o el romano Varrón en su libro de agricultura "De rerum rusticarum". Incluso la repetida frase "no le pidas peras al olmo" proviene de un texto latín de Plubius Syrus: "Pirum, non ulmum accedas, sí cupias pira", que venía a indicar que en los olmos era más fácil encontrar otro tipo de fruto, la uva, y no la más grande y carnosa pera.

La especie de olmo menos conocida, a la que también se refirió Luis Gil en su charla, es el olmo blanco Ulmus laevis. Se trata de otra especie europea poco frecuente en la península. Este olmo es más resistente a la grafiosis tan sólo porque se supone que el "sabor" de la corteza no gusta a los barrenillos. Recientemente se ha encontrado una interesante población en la Sierra de Aracena y algún ejemplar suelto en Ronda (que pronto visitaremos). Es un olmo que sólo se da sobre terrenos ácidos y a poca altitud. Luis nos animó a que buscáramos estos olmos en nuestra provincia, ya que gran parte del área de nuestro territorio (p.e.: Los Alcornocales) se asienta sobre terrenos silíceos (ácidos). La principal diferencia visible entre Ulmus laevis y el olmo común es en el momento en que fructifica. Las sámaras (frutos) tienen los bordes ciliados en U. laevis y lisos en U. minor.

Tras la pista de los viejos olmos gaditanos.

Interesados por la posibilidad de encontrar Ulmus laevis en la provincia consultamos inventarios y datos históricos, encontrando una cita en el libro de L. Ceballos y M. Martín-Bolaños “Estudio sobre la vegetación forestal de la provincia de Cádiz” de 1930. Estos autores encontraron olmos en suelos silíceos, mezclados con acebuches, en un paraje denominado Puntal del Alamillo, en la Sierra de la Plata (Tarifa). Revisamos mapas y ortofotos y allí que nos fuimos en busca de los posibles olmos blancos gaditanos. Desde el cortijo del Alamillo (Facinas) subimos al Puntal por una vieja cañada. Ganando altura por el extremo norte de esta sierra litoral llegamos al poblado abandonado del Puntal. Un precioso olmo nos alegraba la vista entre los restos de muros. Tomamos sus frutos y no eran de Ulmus laevis. Un poco más arriba otro olmo (tocado por la enfermedad) daba escasa sombra a una casa en el Ahijadero Bajo, todavía habitada por una familia de pastores. Era otro negrillo (U. minor). Pero allí nos indicaron que en la loma de enfrente había algunos viejos olmos casi ocultos en un cerrado acebuchal. Estábamos en la pista y allí que fuimos.

Cruzamos el arroyo de Cerones y llegamos, no sin dificultad por la falta de vereda, a unos viejos troncos rodeados de acebuches y casi estrangulados por enredaderas. Eran olmos muertos y dispersos por aquel paraje que ya visitaron Ceballos y Martín-Bolaños hace casi un siglo. No sabíamos si aquellos árboles eran olmos blancos, o negrillos, o si se daban las dos especies. Horas después seguimos buscando olmos por otra sierra tarifeña. Preguntamos a un señor mayor que estaba sentado al pie de un pelado olmo, era Ignacio Morales, que nos contó como aquel olmo negrillo había sido sembrado por su tatarabuela ¡¡a la que había llegado a conocer!! Y que él lo seguía podando y cuidando. Nos dijo que aquel olmo, que ya contaba con un buen número de hijuelos, se sembró de un esqueje traído desde el Puntal del Alamillo. Toda una casualidad que nunca podíamos imaginar. Estábamos ante los descendientes de los olmos, ya muertos, que los ingenieros Ceballos y Martín-Bolaños habían descrito en su libro de 1930.

El día después de la charla de Luis Gil éste nos acompañaba a una excursión por Los Alcornocales, donde sabíamos de la existencia de algunos rodales de olmos. Podían ser Ulmus laevis estando en suelo silíceo y habiendo resistido a la grafiosis. Ya en Alcalá de los Gazules el guarda forestal de la zona nos sacaba de la duda asegurando que eran negrillos (U. minor) que se asentaban sobre bujeos ricos en arcilla. Ante esta afirmación decidimos cambiar el plan y subir a unos canutos de la Sierra del Aljibe que Gil Sánchez quería visitar. Llegamos hasta unos bosquetes de roble melojo (Quercus pyrenaica) y estuvimos recorriendo senderos entre manchones de robledilla (Quercus lusitanica), un arbusto que Luis Gil nunca había visto in situ. Todo un lujo “conocer una especie nueva después de tantos años de andar por los montes”, nos comentó. Por la tarde de ese mismo día volvía a Madrid desde la estación de Jerez.

Para más información sobre este y otros temas sobre naturaleza gaditana: www.sociedadgaditanahistorianatural.com

Texto y fotografías de José Manuel Amarillo Vargas

Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.
Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 25/05/2014

Con Vicente Blasco Ibáñez por la campiña jerezana.
Los paisajes que recorrió el autor de La Bodega




En otras ocasiones nos hemos ocupado en Entornoajerez, de los hermosos paisajes y rincones de nuestra campiña, de la mano de pasajes literarios o de las descripciones de viajeros ilustres que nos visitaron, algunas tan idealizadas e irreales. Junto a ellas, queremos también traer a estas páginas otras descripciones menos amables, pero tanto o más valiosas si cabe que aquellas, y que nos ayudan también a comprender lo que fuimos y lo que somos.

Una de estas visiones es la que nos ofrece el escrito valenciano Vicente Blasco Ibáñez en su novela La Bodega (1905). Formando parte de las filas de Unión Republicana, partido por el que ocupó un escaño en el Congreso de los Diputados entre 1898 y 1907, visitará Jerez por primera vez en mayo de 1902 acompañando a Alejandro Lerroux quien había venido a la ciudad para participar en un mitin político. Ese mismo año, dos meses más tarde, muere en un hospital de caridad de nuestra ciudad, Ramón de Cala, el célebre político republicano que en los últimos años de su vida, olvidado por todos, conocerá de cerca esa miseria que denunció especialmente en uno de sus libros.

No sabemos si Blasco Ibáñez llegó a entrevistarse con Ramón de Cala en esa primera visita, aunque estamos seguros de que le habría sido de gran utilidad para sus propósitos ya que dos años más tarde, en julio de 1904 volverá a nuestra provincia, en su condición de diputado, para conocer sobre el terreno los problemas de algunos pueblos y, en especial, la forma de vida de los jornaleros del campo de la que éste daba ya buena cuenta en su obra titulada El problema de la Miseria (1884).

Durante su estancia en Jerez, alojado en el Hotel Los Cisnes, Vicente Blasco Ibáñez aprovechará para documentarse y recabar datos de primera mano que le serán de gran utilidad en la nueva novela que proyecta: “La Bodega” (1). En ella pretende reflejar la realidad social de la vida de los jornaleros en la campiña jerezana que, en el último tercio del siglo XIX estuvo marcada por la aparición del anarquismo o episodios convulsos como los de la Mano Negra o la marcha de campesinos sobre Jerez de 1892. Como nos recuerda J. Luis Jiménez, con esta visita Blasco pretende recoger información “…sobre las circunstancias sociales y económicas en las que vivía el jornalero jerezano. De informarle en detalle se encargarían… dos grandes personajes de la ciudad, el cirujano, Fermín Aranda, y el sindicalista, Manuel Moreno Mendoza, que llegaría a ser alcalde de Jerez en la corporación municipal republicana”. (2)

Acompañado por Moreno Mendoza, líder obrero nacido en Medina Sidonia, cuyos padres habían sido jornaleros del campo y habían sufrido las duras condiciones de vida en las gañanías, Blasco Ibáñez recorrerá la campiña jerezana visitando algunos cortijos y viñas de nuestro entorno. Moreno Mendoza es entonces, junto a Fermín Aranda, una de las figuras más destacada del republicanismo jerezano. Líder jornalero, masón y sindicalista, quien sería en 1931 alcalde republicano de Jerez, es en 1904 editor del periódico La Unión Obrera. Eco de la clase trabajadora (3). Aspectos estos que no pasan desapercibidos para el escrito valenciano, quien acude también a la provincia con el propósito de dar un impulso al republicanismo.

La bodega: un libro plagado de referencias sobre nuestro entorno.



Fruto de estas observaciones directas de Blasco, en La Bodega descubriremos luego numerosas reflexiones y consideraciones de índole política y social sobre las condiciones de vida de los gañanes o sobre la explotación de los jornaleros por la oligarquía terrateniente y bodeguera que en el libro aparece nombrada como la familia “Dupont”. De la misma manera, por sus páginas desfilan también algunos conflictos sociales de la época como los sucesos de La Mano Negra o los ecos del Asalto Campesino a Jerez de 1892, y no faltan tampoco figuras políticas del momento como “Fernando Salvatierra”, que no es otro que el mítico anarquista gaditano Fermín Salvochea. En el personaje de “El Maestrico”, algunos han querido ver rasgos de la biografía del propio Manuel Moreno Mendoza, quien será su principal informante junto al médico republicano Fermín Aranda.

No es de extrañar por ello que desde este conocimiento directo del terreno, junto a la descripción de la “cuestión social” que constituye el núcleo de la novela, La Bodega esté plagada de referencias al paisaje e incluya descripciones de muchos rincones de la Campiña. Así, tanto en los nombres ficticios de los personajes, como en los escenarios reales que, de manera



más o menos explícita, se describen, es posible descubrir estas vinculaciones con el contexto y el entorno jerezano. Por citar sólo algunos ejemplos, Zarandilla o Matacardillo, son topónimos de sendos parajes que el autor utiliza como nombres o apodos de algunos de estos



personajes; la viña de Marchamalo, la propiedad emblemática de Pablo Dupont se asocia fácilmente a la de Macharnudo; el cortijo de Matanzuela, las dehesas cercanas donde se crían las toradas que Blasco describe en su novela, los llanos de Caulina… son parajes y lugares que perviven en la actualidad con estos mismos nombres. El Ventorrillo del Grajo puede asociarse a cualquiera de los más populares por aquella época, al de El Cuervo, por ejemplo. El de El Mojo es posterior.

La dura vida vida de los jornaleros del campo.

La Bodega es una novela de gran calado social pero también, en buena medida, una obra cargada de referencias históricas, sociológicas y antropológicas. Por esta razón, hemos querido rescatar algunos pasajes que ponen el acento en la descripción de las gañanías, donde el autor relata



con gran fidelidad las condiciones de vida de los jornaleros del campo. De especial crudeza es el relativo a la alimentación:

En verano, durante la recolección, les daban un potaje de garbanzos, manjar extraordinario, del que se acordaban todo el año. En los meses restantes, la comida se componía de pan, sólo de pan. Pan seco en la mano y pan en la cazuela en forma de gazpacho fresco o caliente, como si en el mundo no existiera para los pobres otra cosa que el trigo. Una panilla escasa de aceite, lo que podía contener la punta de un cuerno, servía para diez hombres. Había que añadir unos dientes de ajo y un pellizco de sal, y con esto el amo daba por alimentados a unos hombres que necesitaban renovar sus energías agotadas por el trabajo y el clima. Tres comidas tenían al día los braceros, todas de pan: una alimentación de perros. A las ocho de la mañana, cuando llevaban más de dos horas trabajando, llegaba el gazpacho caliente, servido en un lebrillo. Lo guisaban en el cortijo, llevándolo a donde estaban los gañanes, muchas veces a más de una hora de la casa, cayéndole la lluvia en las mañanas de invierno. Los hombres tiraban de sus cucharas de cuerno, formando amplio círculo en torno de él…

A mediodía era el gazpacho frío, preparado en el mismo campo. Pan también, pero nadando en un caldo de vinagre, que casi siempre era vino de la cosecha anterior, que se había torcido. Únicamente los zagales y los gañanes en toda la pujanza de su juventud, le metían la cuchara en las mañanas de invierno, engulléndose este refresco, mientras el vientecillo frío les hería las espaldas. Los hombres maduros, los veteranos del trabajo, con el estómago quebrantado por largos años de esta alimentación, manteníanse a distancia, rumiando un mendrugo seco.

Y por la noche, cuando regresaban a la gañanía para dormir, otro gazpacho caliente: pan guisado y pan seco, lo mismo que por la mañana. Al morir en el cortijo alguna res cuyas carnes no podían aprovecharse, se regalaba a los braceros, y los cólicos de la intoxicación alteraban por la noche el amontonamiento de carne adormilada en la gañanía. Otras veces, los que eran más brutales en su batalla con el hambre, si conseguían matar a pedradas en el campo un cuervo o algún otro pajarraco de rapiña, conducíanlo en triunfo al cortijo y lo guisaban, celebrando con una risa desesperada este banquete extraordinario
”.



Desconocemos si Blasco Ibáñez tuvo algún contacto con Ramón de Cala (cosa que dudamos). De lo que si estamos seguro es que conocía su libro “El problema de la Miseria” ya que esta última descripción sobre la comida de los gañanes parece estar inspirada en este otro pasaje de Ramón de Cala en el que relata la “alimentación de los jornaleros del campo: “Por la mañana el ajo, especie de sopa con aceite, que ni para los candiles, sal, pimiento y agua caliente. Al mediodía gazpacho con los mismos ingredientes en frío, y la agregación de vinagre, que parece legía, según está de turbio y mal formado. A la noche se repite el ajo. Y así un día y otro día, y todos los del año, como no sea que la suerte depare en alguno el festín de una res muerte de enfermedad o por accidente, cuya res se guisa y se devora en perjuicio de los buitres”. Como ven Blasco se ha inspirado, en lo esencial, en el relato de Cala. (4)

Niños yunteros en la campiña jerezana: los “rempujeros”.

Otro de los pasajes de La Bodega, nos recuerda a la figura del “niño yuntero”, a la que dedica un conocido poema Miguel Hernández. Es el que se refiere a los “rempujeros”: …“Los hombres empezaban de pequeños el aprendizaje de la fatiga, del hambre engañada. A la edad en que otros niños más felices iban a la escuela, ellos eran zagales de labranza por un real y los tres gazpachos. En verano servían de rempujeros, marchando tras las carretas, cargadas de mies, como los mastines que caminan a la zaga de los carros, recogiendo las espigas que se derramaban en el camino y esquivando los latigazos de los carreteros que los trataban como a las bestias. Después eran gañanes, trabajaban la tierra, entregándose a la faena con el entusiasmo de la juventud, con la necesidad de movimiento y el alarde fanfarrón de fuerza, propios del exceso de vida. Derrochaban su vigor con una generosidad que aprovechaban los amos, Estos preferían siempre para sus labores la inexperiencia de los mozos y de las muchachas. Y cuando no habían llegado a los treinta y cinco años se sentían viejos, agrietados por dentro, como si se desplomase su vida, y comenzaban a ver rechazados sus brazos en los cortijos…



La descripción del interior de las estancias donde los jornaleros hacían su vida, las gañanías, figuran también en varios pasajes de La Bodega. En el que sigue, el mítico anarquista Fernando Salvatierra, recién salido de la cárcel, llega por la noche a un cortijo y contempla la gañanía:



…“El aspecto de la gañanía, el amontonamiento de la gente, evocó en la memoria de Salvatierra el recuerdo del presidio. Las misma paredes enjabelgadas, pero aquí menos blancas, ahumadas por el vaho nauseabundo del combustible animal, rezumando grasa por el continuo roce de los cuerpos sucios.



Iguales escarpias en los muros, y colgando de ellas, todo el ajuar de la miseria, alforjas, mantas, jergones destripados, blusas multicolores, sombreros mugrientos, zapatos pesados de innumerables remiendos con clavos agudos… Los más dormían en esteras, sin desnudarse, descansando sus huesos doloridos por el trabajo sobre la tierra dura
”.

Apenas 25 años antes, Ramón de Cala describía las gañanías diciendo de ellas que eran “un departamento… no tan ventilado, ni tan higiénico como el establo de los bueyes, ni como la zahúrda de los cerdos. Desván en lo grande, no en lo alto, con poyetes de piedra corridos a lo largo de las paredes, que a la vez sirven de asiento y de cama, y por muelle colchón una estera. En medio, o en un extremo, está el fogari, donde arde rara vez leña, y de ordinario excremento de los bueyes. Que expide una humareda asfixiante”. (4)

El completo y rotundo estudio realizado por Juan Cabral Bustillo y Antonio Cabral Chamorro sobre Las gañanías de la campiña gaditana 1900-1930, en el que se analizan el estado de las gañanías de 72 cortijos de Jerez y 11 de Arcos en los años 1931-1932, tomando como referencia la información proporcionada por la Inspección de Sanidad del Ayuntamiento jerezano, confirma en buena medida los testimonios que se traslucen en La Bodega. Después de todo lo anterior, no es de extrañar que Blasco Ibáñez, en boca de uno de sus personajes exprese lo siguiente:



Zarandilla, que había presenciado todo esto, indignábase de que tachasen de holgazanes a los braceros. ¿Por qué habían de trabajar más? ¿Qué aliciente les ofrecía el trabajo…?...

-Y la tierra Rafaé, es jembra, y a las jembras, pa que sean agradecías y se porten bien, hay que quererlas. Y el hombre no puede queré a una tierra que no es suya. Sólo deja el sudor y la sangre sobre los terrones de que puede sacar el pan. ¿Digo mal, muchacho?




Como ya hemos escrito en otras ocasiones, cada vez que recorremos la campiña en torno a Jerez y estamos ante una gañanía… sentimos un profundo respeto en recuerdo de aquellos jornaleros del campo, de su explotación y de las penosas condiciones de vida que sufrieron. Que no se olviden y que no se repitan.

Para saber más:
(1) Blasco Ibáñez, Vicente.: La bodega. Plaza Janés Editores, 1979. A esta edición se refieren las citas.
(2) Jiménez García, J.L.: El Jerez y los escritores viajeros. www.jerezdecine.com
(3) Morales Benítez, A.: Prensa, masonería y republicanismo. Manuel Moreno Mendoza (1862-1936). Ayuntamiento de Jerez, 2008.
(4) Ramón de Cala: El problema de la miseria resuelto por la harmonía de los intereses humanos (1884) Edición Facsímil (2002), pp. 92-94. Editada por el Ayuntamiento de Jerez y coordinada por Joaquín Carrera Moreno, a quien agradecemos las referencias a la obra de Ramón de Cala y las condiciones de vida de los jornaleros del campo.
(5) Cabral Bustillos, J. y Cabral Chamorro, A.: Las gañanías de la campiña gaditana, 1900-1930: Una contribución al estudio de las condiciones de trabajo de los obreros agrícolas andaluces. Historia social, nº 9, 1991, pp. 3-16

Procedencia de las ilustraciones:
Vicente Blasco Ibáñez: wikiquote.org/wiki
Manuel Moreno Mendoza: tarifaweb
Fermín Aranda: commons.wikimedia.org/wiki
Fermín Salvochea: El Blog de Fita
Gañanía de 'El Sotillo': Cortijos, haciendas y lagares de la Provincia de Cádiz
Gañanía de El Chorreadero Viejo. S. José del Valle: Arte informado


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Otros enlaces que pueden interesarte: El paisaje y su gente, El paisaje en la Literatura y Canción triste de las gañanías.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 18/05/2014


Canción triste de las gañanías




Cuando el paseante recorre los hermosos paisajes de la campiña o cuando se acerca a conocer la rica arquitectura popular de nuestras casas de viña, cortijos y haciendas no suele reparar en quienes, en buena medida, hicieron posible que nuestros campos dieran fruto y riqueza. Hemos olvidado la “deuda histórica” que nuestra tierra tiene con los “gañanes”, con tantos jornaleros del campo a los que nunca se levantarán monumentos en ninguna plaza ni en ninguna avenida.



En un libro publicado hace unos años, Flamencos de Gañanía, la escritora y periodista americana Estela Zatania rescata, en un interesante estudio de corte antropológico, el cante flamenco que en los años de la posguerra se mantuvo vivo por transmisión oral en muchos cortijos del entorno del bajo Guadalquivir. Como un bálsamo, el cante servía aquí para aliviar las difíciles condiciones de vida que muchas familias compartían en las “gañanías” de aquellos cortijos de Utrera, Lebrija, Trebujena y Jerez (Zangarriana, La Mariscala, Frías...) en los que, como señala la investigadora americana donde, la única diversión fue el flamenco. (1)

Esta misma visión parece apuntarse ya por el Padre Coloma en un relato que con el título de Ranoque forma parte de su Colección de lecturas recreativas (1887): “Había llegado la noche, fresca y serena como en Andalucía suelen serlo las de noviembre, y reinaba una profunda calma en el extenso caserío del cortijo D***, cuyas inmensas dehesas suben y se extienden por los laberintos de la sierra. Escapábanse, sin embargo, por las ventanas de la gañanía algunos reflejos de tenue luz, y una voz de hombre, acompañada por una guitarra, dejaba oír dentro esas armoniosas modulaciones de los cantares andaluces, ya alegres, ya tristes, siempre originales y melancólicamente bellas, que a veces el capricho de los dilettanti transporta con gran desventaja, de los encinares y dehesas de un cortijo, a los estrechos límites de salones y teatros”. (2)



En las gañanías de los cortijos se cantaba… Sin embargo, durante muchas décadas, como telón de fondo al duro trabajo de los jornaleros del campo, la copla que más se escuchó en las gañanías fue una canción triste.

La dura vida de los gañanes.



El profesor e historiador Diego Caro Cancela, en su obra Burguesía y jornaleros. Jerez de la Frontera en el Sexenio Democrático (1868-1874), se refiere así a la dura vida de los trabajadores de los cortijos de nuestra campiña: “En 1850, la sección de Agricultura de la Sociedad Económica de Amigos del País de Jerez, en respuesta a una encuesta del Ministerio de Comercio, Instrucción y Obras Públicas describía así la comida que ingería el jornalero que trabajaba en los cortijos: 'come todo el año miga caliente o fresca de pan, ajo, pimiento, mal



aceite, vinagre fuerte, y duerme en cama dura'. Cincuenta años después, las condiciones de los trabajadores de los cortijos habían cambiado poco según se desprende de la 'Memoria sobre las condiciones sanitarias de Jerez de la Frontera' redactada en 1894 por el ingeniero y vocal de la Junta de Sanidad, Gumersindo Fernández de la Rosa, en la que señala que 'rarísima vez come otra cosa que el pan llamado de ginete, aderezado en los interminables gazpachos fríos o calientes con aceite y vinagre'
”. (3)

Esta visión de las penosas condiciones de vida en las gañanías viene a coincidir con la que aportan las fuentes literarias de la época. En un interesante trabajo de Leopoldo Porras Granero sobre “El pueblo en la novela española del XIX”, se recoge un retrato del gañán, de finales de siglo: "Gana... la comida y dos reales diarios: a tres llega pocas veces. Come... pan a discreción y gazpachos fríos y calientes y a veces un cocido de legumbres, pero no prueba la carne en todo el año: en caso de grandes trabajos se le da un guiso de garbanzos. Duerme... en el 'poyo' de la gañanía del cortijo, en los establos, en el pajar, en la cocina, sobre una saca de paja o en el hato sobre un banco, con una manta o sin ella; pero nunca en camas, porque no las hay en los cortijos, y siempre en comandita con los demás gañanes que tienen su misma desgraciada suerte… Vive... separado constantemente de su familia, a la que va a ver al pueblo cada quince días o cada



mes si puede y se lo permiten; es muy frecuente la soltería, porque no da el oficio para sostener ni soportar el matrimonio; la familia, cuando la tiene, se busca por su cuenta la vida, por ser muy escasa la cantidad, que para ayudar a vivir a su mujer e hijos, puede proporcionar el padre de familia
." (4)

“Una vida que se confunde con la de las bestias...”

De las dificultades de los jornaleros del campo y de las penurias y escaseces de la vida en las gañanías del primer tercio del siglo XX, Blas Infante, el “padre de la patria andaluza”, escribió un texto revelador que aún hoy estremece: «Yo tengo clavada en la conciencia, desde mi infancia, la visión sombría del jornalero… los he contemplado en los cortijos, desarrollando una vida que se confunde con la de las bestias; les he visto dormir hacinados en sus sucias gañanías, comer el negro pan de los esclavos, esponjando en el gazpacho mal oliente, y servido, como a manadas de ciervos en el dornillo común, trabajar de sol a sol, empapados por la lluvia en el invierno, caldeados en la siega por los ardores de la canícula… Y, después, he sentido vergüenza al leer en escritos extranjeros que el escándalo de su existencia miserable ha traspasado las fronteras, para vergüenza de España y de Andalucía».(5)



En parecidos términos se manifiesta también el célebre hispanista Gerald Brenan en su conocida obra El laberinto español (1943). Refiriéndose a la dura vida de los obreros del campo y las gañanías escribe:



En la sementera y la recolección, es decir, durante una serie de meses, los jornaleros se ven precisados a abandonar a sus familias y dormir en los vastos cortijos, distantes a menudo quince o veinte kilómetros del pueblo.



Allí duermen, en ocasiones hasta un centenar, juntamente hombres y mujeres, en el suelo de una gran pieza llamada la «gañanía», con un hogar al fondo. El amo les aporta la comida, la cual, excepto en la época de siega, en que se le añaden judías, consiste exclusivamente en «gazpacho», una especie de sopa de aceite, vinagre y agua, con pan flotando por encima.



El gazpacho se toma caliente para desayuno, frío a mediodía y caliente otra vez por la noche. A veces, a esta dieta de pan de maíz y aceite, se añaden patatas y ajo. Cuando es el amo el que proporciona la comida, los jornales rara vez suben de 1,50 pesetas, por cuya cantidad hay que trabajar una jornada de doce horas, con descansos.



Tales condiciones de vida en la baja Andalucía, descritas por primera vez por Blasco Ibáñez en La bodega, y más tarde por Marvaud y otros investigadores, no han cambiado de modo apreciable; de ello puedo dar testimonio por mi experiencia personal
”. (6)



En la próxima entrega recorreremos las gañanías de las campiñas jerezanas con Manuel Moreno Mendoza y Vicente Blasco Ibáñez, de la mano de La Bodega.

Para saber más:
(1) Estela Zatania: Flamencos de gañanía. Ediciones Girlada, 2007
(2) Luis Coloma: Ranoque, en “Colección de lecturas recreativas” 1887.
(3) Caro Cancela D.: Burguesía y jornaleros. Jerez de la Frontera en el Sexenio Democrático (1868-1874). Caja de ahorros de Jerez, 1990. p. 114
(4) Porras Granero L.: El pueblo en la novela española del siglo XIX. Servicio de Publicaciones de la Univ. De La Laguna, 2005. pg. 150. Recoge esta cita de M. Tuñón de Lara, La España del siglo XIX. Barcelona, Laia, 4ª Edic. 1973. p.359.
(5) Hiniesta, E.: El siglo de Blas Infante, 1883-1981. Alegato frente a una ocultación. Recoge la cita de B. Infante sobre las condiciones de vida de los jornaleros que reproducimos.
(6) Brenan, G.: El laberinto español. Antecedentes sociales y políticos de la guerra civil. E. Ruedo ibérico. París. Pg. 79


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Otros enlaces que pueden interesarte: El paisaje y su gente, El paisaje en la Literatura y Con Vicente Blasco Ibáñez por la campiña jerezana. Los paisajes que recorrió el autor de La Bodega.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 11/05/2014

 
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