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Pinos y pinares.
Un recorrido por la historia de los pinos centenarios de Jerez (1).




Es bien conocido de los lectores que el término de Jerez ha contado desde antiguo con importantes masas forestales, situadas mayoritariamente en su sector oriental y en especial en la zona de los Montes de Propios. Este amplio territorio, donde los suaves colinas de la campiña dejan paso a los abruptos relieves de los montes y sierras, conservan aún extensas manchas de bosques de alcornoques y quejigos o dehesas de encinas y acebuches, que dan testimonio de la importancia que tuvieron los espacios arbolados en nuestra economía y nuestros paisajes.

Alcornocales, encinares, acebuchales y quejigales constituyeron, por este orden, las formaciones predominantes en nuestros montes, mientras que los pinares tuvieron siempre una presencia muy escasa, casi residual, frente al papel predominante del que gozaron en muchas poblaciones vecinas donde los pinos fueron, con mucho, la especie más abundante en los paisajes de las campiñas, los bordes marismeños y el litoral.

En el paseo que hoy les proponemos vamos a tratar de rescatar la memoria de aquellos pinares jerezanos, hoy prácticamente desaparecidos, y de algunos de los pinos centenarios que aún se conservan en distintos rincones de la ciudad y sus alrededores.

Los pinares en los siglos XVII y XVIII.



Aunque, como se ha dicho, los pinares nunca ocuparon extensiones significativas en nuestro territorio, si contamos con muchas referencias que apuntan a su presencia en las cercanías de la ciudad. Ya a mediados del siglo XVII tenemos constancia de la existencia de pinares en los Llanos de Caulina, tal como se desprende del testamento de D. Diego Pabón y su esposa Ana de Vera a favor de su hijo D. Miguel Pabón de Fuentes, Caballero de Santiago, a quien en 1650 asignan entre otros bienes, tierras en Montegil, el cortijo de la Torre de Cera, el del Trobal y “el pinar de Caulina”, próximo a éste último (1), que pasaría más adelante, a comienzos del XVIII a manos de su nieto y heredero, Miguel José Pavón de Fuentes y González Rojas, nombrado en 1706 por Felipe V como primer Marqués de Casa Pavón (2).

Un siglo después, en las respuestas al Catastro de Ensenada (1752) se apunta la existencia de “ciento quince y media aranzadas de Pinar de primera calidad, sesenta y media de Segunda y treinta y tres y quartas la tercera” (3), es decir, una extensión de poco más de 200 aranzadas, que pone de manifiesto lo escasa entidad de estas formaciones arbóreas en nuestro alfoz. Destinadas principalmente a la obtención de madera y leña, para el consumo local, su cultivo no aportaba beneficios significativos y, según la misma fuente, “la aranzada de Pinar de primera Calidad se considera el rendimiento anual por corta de madera en ella sesenta reales, veinte la de Segunda y diez la de inferior”, menguada rentabilidad si la comparamos, por ejemplo, con lo que producía una aranzada de cañaveral (600 reales) o de sauzal (240 reales) (4).

Parada y Barreto nos aporta un interesante dato sobre la superficie del término destinada a pinares a mediados del siglo XVIII (1754) coincidente con la de las “respuestas”: apenas 199 aranzadas, frente a las 7.554 de olivares, las 9.112 de viñas o las 27.680 de encinares (entendemos que se engloban aquí los alcornocales y quegijales) (5). A esta estadística hace referencia Pascual Madoz en su Diccionario Geográfico señalando que en ese mismo año en el término de Jerez se contabilizaban 20.811.603 árboles, entre los que aparecen 163.632 pinos, frente a 15.412.591 alcornoques, 3.138.340 encinas, o 1.2900.675 acebuches o 772.245 quejigos (6).

Sobre la ubicación de estos pinares jerezanos a finales del XVIII, ofrece una valiosa información Bartolomé Gutiérrez, en su Historia de Xerez (1787), si bien no aclara su superficie, ya que la presenta unida a la de otros cultivos: “De olivares Huertos y Pinares son ocho mil las aranzadas que se cuentan” (7). Con todo, son de gran interés sus referencias a los lugares donde se encuentran así como a sus propietarios, señalando que: “Los Pagos de Siembra de Pinares componen las suertes siguientes: El pinar de D. Álvaro Carrizosa y Perea. El de D. Pedro Miraval. El de las monjas de Espíritu-Santo. El de D. Marcos Picado. El de la Compañía de Jesús. El de D. Alonso Paredes. El de S. Juan de Dios. 2 del Monasterio de la Cartuxa. El de D. Gerónimo Enciso. El de la condesa de Villafuerte. El del Marqués de Valhermoso. Y el del Marqués de Casa Pabón, que todos los más están en las Abiertas de Caulina y componen el número de 13” (8). Algunos de estos pinares permanecerán hasta bien entrado el siglo XIX siendo un referente en el paisaje de la campiña y aún en nuestros días, la toponimia guarda la huella de la ubicación de varios de ellos como son los casos de los de Carrizosa, Mirabal o Las Pavonas, en las proximidades de El Trobal.

Otra curiosa información sobre aquellos pinares del dieciocho es la que aporta el ilustrado Antonio Ponz quien en su Viage de España informa como en 1789 existen 166 aranzadas de pinar, frente a la 7.969 de olivar o las 8.245 de viñas, por lo que se pone de manifiesto que en apenas medio siglo la superficie de los pinares se ha reducido notablemente. Ponz hace también un retrato de otro rincón del alfoz jerezano donde aún se encontraban algunos pinares de pino piñonero: el sector de marismas situado en los límites con el término de Puerto Real. En su camino desde La Cartuja a Puerto Real, nuestro ilustrado viajero bordea la marisma por el camino de la antigua Cañada de la Isla y de Cádiz y según informa, el terreno “no da otras producciones que palmitos, y ruines pinares, aunque tales quales son, pueden considerarse de extrema necesidad para surtimiento de Cádiz, de la Isla de León…” (9). Ponz se lamenta amargamente del lamentable estado de estos pinares y apunta que, según le han informado, los propietarios no dejan crecer los árboles, cortándoles la guía principal para evitar que “creciendo el árbol, lo marque luego la



Marina, y prive al dueño del usufruto; por tanto solo creen las ramas tortuosas de los lados que se aprovechan en hacer leña, sin que se encuentre un tronco de quatro varas, ni poderse cortar una biga para uso dalguno en los dilatados términos que ocupan dichos pinares
” (10). Hoy día, afortunadamente, los hermosos pinares de pino piñonero de La Zarza y de la Dehesa de las Yeguas ofrecen un magnífico aspecto que a buen seguro, hubiese sido alabado por Antonio Ponz.

Los pinares jerezanos en el siglo XIX: “El Pinar”.

Tanto el número de árboles, como la superficie ocupada por los pinares iría disminuyendo, como se ha visto, a lo largo del s. XVIII y en las primeras décadas del XIX habría descendido a más de la mitad. Eso es al menos lo que se deduce de los datos estadísticos del Apeo de Garay, que los reducen a 79,5 aranzadas en 1818, tal como ha estudiado Dolores Lozano Salado (11). Los parajes donde permanecían estos pinares, ya residuales, seguían siendo los mismos, y estaban situados en los bordes de los Llanos de Caulina y en las proximidades de la ciudad, al este y al noreste.

Una “prueba gráfica” del emplazamiento de algunos de estos pinares del diecinueve nos la aporta un curioso mapa militar francés, elaborado en el primer tercio del siglo XIX. En el aún se conserva memoria de aquellos bosquetes de pinos cercanos a la población. Así, a la izquierda del camino que desde la ciudad parte hacía Arcos, figura una gran parcela señalada como “Pinar”, pasada la alcantarilla de Los Alunados, y en las proximidades de la antigua Venta de La Cuchara, en un sector que hoy se correspondería con toda la zona de Chapín y Torresblancas, en la antesala de los Llanos de Caulina (12).



En esta misma zona de la campiña, un paraje se ha denominado desde antiguo “El Pinar”, nombre que hoy ha perdurado en una gran urbanización de unifamiliares. Ya en 1868, Parada y Barreto, al estudiar describir los Pagos de Viñas en Jerez menciona el de El Pinar y testimonia que aún existen allí pinares de considerable extensión: “toma este pago su nombre del plantío de pinos que existe en él, y se halla á la derecha de la carretera de Arcos en la inmediación del Badalejo, con unas cien aranzadas: se halla en el mismo grupo de viñedo que Barbadillo, Mirabal y Cabrestera, participando de sus caracteres” (13). Los pinares debían crecer en las cercanías de la actual “Ciudad de los Niños” y en los alrededores del Cementerio, donde todavía la finca “Mirabal”, en la carretera de Estella del Marqués, nos recuerda que aquí se ubicaba uno de los pinares dieciochescos a los que hacía alusión Bartolomé Gutiérrez, el de D. Luis de Mirabal y Espínola, jerezano que fuera presidente del Consejo de Castilla a quien Felipe V en 1722 otorgó el Marquesado de Mirabal.

Con todo, en el último tercio del siglo XIX, apenas debían quedar ya en este sector de la campiña sino pequeños rodales y ejemplares aislados, testigos decadentes de lo que fueron los antiguos pinares de Caulina. No es de extrañar por ello que la escritora Fernán Caballero apenas los mencione cuando en uno de sus cuentos, “Lucas García”, publicado en 1862, nos describe el camino entre Jerez y la Torre de Melgarejo cruzando los Llanos de Caulina, en los que sólo reclaman su atención los palmitares: “Saliendo de Jerez en dirección á los montes de Ronda… se atraviesa una extensa llanura, que lleva el nombre de Llanos de Caulina. El uniforme y desnudo camino, después arrastrarse dos leguas por entre palmitos, hace alto al pié de la primera elevación de terreno… Vese á la derecha el castillo de Melgarejo, que es de las pocas construcciones moriscas, que no han llegado á destruir el tiempo y la impericia, su fiel auxiliadora en la destrucción…” (14).



Algo más de atención que la escritora gaditana debieron poner en la observación del paisaje de los Llanos de Caulina los ingenieros de montes y los botánicos que realizaron los trabajos de catalogación para la Comisión de la Flora Forestal Española. Tan sólo unos años más tarde (1869-1870), realizan una excusión científica por los alrededores de la Torre de Melgarejo para estudiar las especies vegetales presentes. En su informe describen el camino de Jerez hasta la Dehesa de La Torre: "Ésta dista de la ciudad unas dos leguas, siguiendo la carretera de Arcos. Caminando por esta, se encuentran á ambos lados viñedos protegidos por grandes setos de tunas ó chumberas... Al cabo de unos tres cuartos de hora se entra en los "Llanos de Caulina", extenso palmitar de vegetación poco variada, destinado á pastos. A la entrada el llano se encuentra la “huerta del pinar”, así llamada sin duda por tener un rodalito de pino, que parece ser el piñonero” (15).

De nuevo El Pinar, topónimo que aún persiste en el mismo lugar donde estuvo siempre, entre la Cañada de Albadalejo, el camino de Arcos y los pinares de Mirabal, hoy ocupados en parte por el Cementerio. Estos mismos pinares que apenas unos años después, en 1892, serán testigo de un importante acontecimiento. Como escribió Luis Morote, periodista de “El Liberal” destacado como corresponsal en Jerez para cubrir los sucesos de enero de 1892, El Pinar fue el escenario preparatorio del conocido como “Asalto Campesino a Jerez de la Frontera” (16). Acuciados por la calamidad, en estos parajes de los Llanos de Caulina, se concentraron centenares de obreros del campo venidos de todas las localidades cercanas, al abrigo de estos pinares, el 8 de enero de 1892 para emprender la marcha a la ciudad entre las 11 y las 11,30 de la noche, recorriendo los 4 km que separaban este pago del Paseo de Capuchinos, por donde entraron (17).
Continuará...

Para saber más:
(1) Lasso de la Vega, M.: Historia nobiliaria española: contribución a su estudio, Imp. Y Editorial Maestre, 1953, p. 298, disponible en Internet.
(2) Parada y Barreto, D.I.: Hombres ilustres de la ciudad de Jerez de la Frontera, Imprenta del Guadalete, 1878, Edición Facsimil Extramuros, 2007, p.328.
(3) Orellana González, C.:El Catastro de Ensenada en Jerez de la Frontera”, Colección de monografías nº 2, Separata de la Revista de Historia de Jerez, nº 8, 2002. P. 9
(4) Ibdem, p. 10
(5) Parada y Barreto, D.I.: Hombres ilustres de la ciudad de Jerez de la Frontera, Imprenta del Guadalete, 1878, Edición Facsimil Extramuros, 2007, p. LXXXIV.
(6) Diccionario Geográfico Estadístico Histórico MADOZ. Tomo CADIZ. Edición facsímil. Ámbito Ediciones. Salamanca, 1986, pp. 73 y 248. Esta estadística no es otra que la que ofrece el “Extracto de las estadísticas de riqueza inmueble y pecuaria de esta ciudad y su término”, 1754, A.M.J.F. Memoranda 4, fol. 95. Citada por la profesora e investigadora Dolores Lozano Salado en su libro La Tierra es nuestra. Retrato del agro jerezano en la crisis del Antiguo Régimen, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz-Diputación de Cádiz, 2001, p. 49.
(7) Gutiérrez, B.: Historia de la Muy Noble y Leal Ciudad de Xerez de la Frontera, (Jerez, 1886 edición facsimilar de 1989, t. I, p 19.
(8) Ibídem, pp. 26-27.
(9) Ponz, A.: Viage de España, Tomo XVII, 1791, Carta Quinta, 85, p 262. Disponible en Internet.
(10) Ibídem, Carta Sexta pp. 292-293. Disponible en Internet.
(11) Lozano Salado, L.: La Tierra es nuestra. Retrato del agro jerezano en la crisis del Antiguo Régimen, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz-Diputación de Cádiz, 2001, p. 49.
(12) Leve a vue de la route de Jerez de la Frontera au cortijo de la Peñuela : fesant partie de la communication de Jerez a Ronda‎, Escala 1:20.000‎, 1827, Centro Geográfico del Ejército.
(13) Parada y Barreto, D.I.: Cultivo de la vid. Noticias sobre la historia y el estado actual del cultivo de la vid y del comercio vinatero. Imprenta del Guadalete, Jerez, 1868, p. 101
(14) Hemos extraído los fragmentos entrecomillados del cuento “Lucas García”, de Fernán Caballero, incluido en su obra “Cuadros de costumbres” pp. 209-210), editada en Leipzig, 1865, disponible en Internet.
(15) Comisión de la Flora Forestal Española. Resumen de los trabajos verificados por la misma durante los años de 1869 y 1870, Madrid, Tipografía del Colegio Nacional de Sordo-Mudos y de Ciegos, 1872, pp. 86. Debemos a nuestro amigo Pedro Oteo Barranco, la localización de este interesante estudio.
(16) Pérez Garzón, J.S.: Luis Morote: la problemática de un republicano (1862-1913), Castalia, 1976, p. 48
(17) Aguilar Villagrán, J.: El asalto campesino a Jerez de la Frontera en 1892, Centro de Estudios Históricos Jerezanos, Jerez 1984. Pp. 25-26.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Aquí puedes ver otros artículos sobre Árboles singulares, Flora y Fauna, Paisajes con historia y Pinos y pinares. Un recorrido por la historia de los pinos centenarios de Jerez (2) y Pinos y pinares. Noticia de algunos pinos centenarios (y 3).

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 19/02/2017

Palmas, palmitos y palmares.
Algunas curiosidades sobre nuestras palmeras autóctonas.




La fitotoponimia, aquella parcela de la toponimia que se ocupa del estudio de los nombres de lugares relacionados con plantas o formaciones vegetales, aporta datos muy valiosos para el conocimiento de nuestro entorno. En ocasiones, supone una fuente de información de primer orden que permite explicar los cambios experimentados en nuestros paisajes al facilitar datos sobre la vegetación que, en tiempos pasados, motivó que algunos parajes fueran bautizados con el nombre de determinadas especies. Hoy vamos a centrar nuestra atención en los topónimos relacionados con el palmito (conocido también como palma), acercándonos también a algunas referencias históricas y literarias para conocer mejor esta curiosa palmera tan familiar en nuestro entorno.

El palmito: nuestra palmera autóctona.

El palmito (Chamaerops humilis L.), es una especie característica de la región mediterránea y es la única palma autóctona que crece en nuestro territorio. Presente en todos los rincones de la provincia de Cádiz, en la actualidad apenas constituyen masas puras y suele ser acompañante de otras especies propias del matorral mediterráneo en espacios y suelos muy variados, desde las cercanías del mar, hasta las laderas montañosas de la Sierra



de Grazalema, donde llega a crecer a más de 1.000 m de altitud. Con todo, se desarrolla con mayor profusión en las campiñas de Jerez, Medina y Alcalá de los Gazules, llegando a formar en algunos parajes extensas manchas, especialmente sobre terrenos margosos del triásico y en las lomas y mesetas de suelo arenoso del cuaternario. En estas formaciones, suelen presentarse asociados a lentiscos, retamas, coscojas, y otras especies arbustivas y herbáceas propias del matorral mediterráneo (1).

En los parajes donde los palmitos se presentan con mayor densidad, puede hablarse de palmares o palmitares, formaciones vegetales de talla baja o media donde llegan a ser la especie dominante. Entre ellos suele haber abundantes claros cubiertos por un pastizal pobre y, en muchas ocasiones nitrificado, “ya que el uso más habitual de los palmitares es el de pastadero”. Entre las herbáceas que colonizan los claros junto a los palmitos las más numerosas son las liliáceas (Asphodelus –gamones-, Urginea –cebolla albarrana-, Scilla), las gramíneas (Stipa) y las compuestas (Anthemis, Anacylus –manzanillas-) (2).

La persistencia en la actualidad de palmares, de extensión cada vez más reducida y confinados en terrenos marginales, podría explicarse por la resistencia al fuego del palmito y su gran capacidad de rebrote, y en su rechazo por el ganado, factores que le hacen competir con mayor éxito en matorrales y pastizales frente a otras especies más vulnerables o más apetecibles para ovejas y cabras (3). Con todo, conviene recordar que se trata de formaciones vegetales amenazadas y en regresión, por lo que los palmitos están protegidos por la legislación ambiental.

Un poco de historia.

El palmito y los palmares formaron siempre parte de nuestros paisajes. No es de extrañar por ello que existan muchas referencias en las fuentes documentales que confirmen su distribución



por todo nuestro término. Así, por ejemplo, se tiene constancia de su presencia en incontables parajes porque se les menciona en los expedientes de amojonamiento o en los pleitos por lindes
de tierras. Por citar sólo algunos casos de los estudiados por el profesor Emilio Martín Gutiérrez, en 1434 el juez de términos Alfonso Núñez utiliza en numerosas ocasiones a las palmas u otros arbustos y árboles como hitos naturales en la descripción de lindes. Se hace alusión así a cerros con palmares, ribazos o valladares cubiertos de palmitos, “cabeços palmosos”, “palmarejos”… Mención aparte merecen algunos ejemplares singulares y aislados citados en estos antiguos documentos (“en somo de una palma”, “en una palma grande”, “sobre una palmilla”…) que actuarían como mojones por ser elementos relevantes en los parajes descritos.

Este mismo autor, tomando como base un documento de 1621, “Ejecutoria de las tierras que querían vender”, depositado en el Archivo Municipal de Jerez, analiza, entre otras muchas cuestiones, la vegetación natural presente en el alfoz jerezano. En casi todos los rincones aparecen los palmares que abundan especialmente en las tierras comprendidas entre el Camino de Sevilla y el río Guadalete (Llanos de Caulina) y en los baldíos del camino de Medina. Son descritos también en otros lugares del término como en el pago de “Tosina”, en el donadío de Romanina, en la Dehesa de la Torre de Sepúlveda… (4).



Las fuentes históricas describen también la paulatina desaparición de nuestros palmares de la mano de las roturaciones de baldíos y espacios incultos que practicaban tanto vecinos sin tierra como los grandes propietarios, usurpando los terrenos comunales: lo mismo que sucede en la actualidad. El grito de “a desalambrar” tuvo un antiguo precedente: “a despalmitar” o “a despalmar”, si se nos acepta la licencia. De ello nos informa también el profesor Martín Gutiérrez que cita muchos ejemplos de vecinos instalados en espacios públicos o de propietarios como Alfonso López, quien en 1434 “había ocupado tierras, palmares y carrascales” junto a sus propiedades de la Dehesa del Almirante. El mismo autor apunta que “en 1630, el prior (de la Cartuja) don Sebastián de la Cruz despalmó y descarrascó 110 aranzadas de tierra… en la dehesa de la Greduela… y 120 aranzadas… en la dehesa de la Peñuela” para plantar viñas (5).

La progresiva desaparición de los palmares ya no tendrá vuelta atrás y durante los siglos posteriores la puesta en cultivo de baldíos, la pérdida de espacios forestales, el desmonte de dehesas y la ocupación de cañadas y vías pecuarias dejó los palmares relegados a su mínima expresión y confinados a los terrenos más marginales e improductivos. En el alfoz jerezano uno de esos espacios donde el palmito llegó a formar extensas masas que se mantuvieron durante siglos, fue la zona conocida como Llanos de Caulina. La escritora Fernán Caballero, deja testimonio literario de ello y en el comienzo de uno de sus cuentos, “Lucas García”, publicado en 1862, nos describe los palmares que pueblan estos parajes: Saliendo de Jerez en dirección á los montes de Ronda, que se van escalonando gradualmente, como para formarle un adecuado pedestal al bien denominado San Cristóbal, se atraviesa una extensa llanura, que lleva el nombre de Llanos de Caulina. El uniforme y desnudo camino, después arrastrarse dos leguas por entre palmitos, hace alto al pié de la primera elevación de terreno, donde se tiende al sol un perezoso arroyo, que en verano se estanta (sic) y trueca sus aguas en fango. Vese á la derecha el castillo de Melgarejo, que es de las pocas construcciones moriscas, que no han llegado á destruir el tiempo y la impericia, su fiel auxiliadora en la destrucción…” (6).

Tan sólo unos años más tarde (1869-1870), los ingenieros de montes y botánicos que realizan los trabajos de catalogación para la Comisión de la Flora Forestal Española, realizan una excursión a los alrededores de la Torre de Melgarejo, donde estudian las especies vegetales presentes. En su informe describen el camino de Jerez hasta la Dehesa de La Torre: "Ésta dista de la ciudad unas dos leguas, siguiendo la carretera de Arcos. Caminando por esta, se encuentran á ambos lados viñedos protegidos por grandes setos de tunas ó chumberas... Al cabo de unos tres cuartos de hora se entra en los "Llanos de Caulina", extenso palmitar de vegetación poco variada, destinado á pastos". El informe también los cita en la Dehesa de los Garciagos. Como dato curioso recogen la existencia de un palmito de dimensiones excepcionales en Vejer: "en un pequeño saliente de una de las paredes de la Iglesia hay una palma (Chamaerops humilis), cuyo estípite tiene unos seis metros. Hace pocos años, el viento derribó otro ejemplar parecido, y para conservar el que queda se le ha atado por su parte superior a una reja de la Iglesia” (7). Una década después, en 1879, el ingeniero de montes Salvador Cerón, cifraba en 90.000 Has la superficie ocupada por el palmito en nuestro país y en 10.000 las cubiertas por los palmares en nuestra provincia, incluyéndose aquí las formaciones de matorral en las que el palmito era especie dominante o secundaria. Tan sólo las provincias Alicante, Valencia, Murcia y Málaga superaban a Cádiz en la extensión de sus palmitares (8).

Pese a que los palmares como el de Caulina se mantuvieron hasta bien entrado el siglo XX, lo cierto es que en la actualidad, la puesta en cultivo de muchos de los espacios en los que crecían, ha hecho disminuir enormemente su presencia y en nuestros días esta especie rara vez forma masas puras, no quedando apenas palmares de mediana extensión. Los palmitos crecen hoy en terrenos marginales, donde han logrado sobrevivir a las roturaciones pudiendo verse todavía en bordes de caminos, roquedos, márgenes de vías pecuarias, convexidades de cerros de difícil laboreo, o acompañando a lentiscos y acebuches en bosquetes y dehesas.

Palmitos, palmas y palmares en la toponimia.

Sin embargo, ahí están todavía presentes en la toponimia para recordarnos que, como se desprende también de numerosas fuentes documentales de siglos pasados, buena parte de nuestros paisajes naturales y rurales contaron con la presencia de esta especie. Veamos algunos ejemplos:

Aunque en ocasiones su forma más sencilla, La Palma o Las Palmas, puede hacer referencia a la presencia de una palmera, lo más frecuente es que se haga alusión con este nombre al palmito, en especial con aquellos topónimos de los que se tiene constancia varios siglos atrás, cuando ni la palmera canaria (Phoenix canariensis) ni la datilera (P. dactylifera) estaban presentes en el medio rural. Así, La Palma está presente en Chipiona, Puerto de Santa María, Torre Alháquime o Jimena. En Jerez, tres viñas tienen el nombre de La Palma –Tizón, Añina, Balbaína- y una el de Las Palmas, aunque en estos casos creemos que se deben a las palmeras que había junto a ellas. En Tarifa un cerro tiene también este nombre.



Las Palmas bautiza al puerto que se encuentra justo en la linde de los términos de Jerez y Arcos, junto al depósito de aguas de Jédula y el Haza de La Palmas es un sector del cortijo de Casablanca al borde de las marismas. En Villamartín da nombre a un antiguo rancho como sucede también en Ubrique y Prado del Rey. Zahara es pródiga en Palmas y en su toponimia local se encuentran una loma, un cerro y un puerto de “las palmas”. En Rota están el pozo y la casa de Las Palmas y en Alcalá, la cañada de este nombre. En S. José del Valle se encuentra el Puerto del Palmito (Dehesa de Puerto Frontino) y en Jerez la Dehesa de El Palmito entre las de Picado y Los Castillejos. En Medina el Cancho del Palmito y la Colada de los Palmitos.



Los palmares, lugares donde crecen palmitos, están muy extendidos también en la toponimia provincial. No es de extrañar por ello que con el nombre de El Palmar se conozcan muchos lugares y parajes como sucede en Espera, Conil, Vejer (donde llevan este nombre una conocida playa y a una dehesa), Chiclana, Pto. Real, Sanlúcar… En Arcos se encuentra el Cerro del Palmar. En muchos casos, los palmares tienen “nombre propio”. En Medina encontramos el Palmar de Doña Ana o el Palmar de Lesmi; en Alcalá, el Palmar de Juan Gallo; en Puerto Real y en El Pto. De Sta. María, El Palmar de la Victoria; en Sanlúcar, el Palmar de San Sebastián. Uno de los más conocidos es el jerezano Palmar del Conde, paraje célebre por sus hallazgos paleontológicos. En Jerez se encuentra también el Palmar de las Monjas, junto a Las Quinientas, el arroyo del Palmar de Zacarías y el Haza del Palmar, junto a las Marismas de Maritata.

A veces encontramos el topónimo en su forma diminutiva y así, en Benaocaz está El Palmarejo; en Ubrique, el Descansadero del Puerto del Palmarejo; en los Montes de Propios de Jerez, junto al arroyo del Quejigal, la Cabezada del Palmarejo; en Medina, Las Palmitas y en Jerez, frente a Cerro Viejo, el Haza Palmilla, por citar sólo algunos ejemplos. Otras veces este topónimo se presenta en su forma aumentativa, como en la Hijuela de Palmones (La Carrahola, Jerez) o en Los Barrios; o en plural dando lugar a Palmares o Los Palmares, como en Olvera, Algodonales o Los Barrios, población donde también da nombre a un cortijo.



El sufijo –oso, alude a “abundancia de”. Palmoso o palmitoso se utiliza por tanto para referirse a un lugar donde abundan (o abundaban) especialmente las palmas. El Palmitoso es el nombre de un paraje de Medina o de un cortijo de Alcalá, municipios donde también encontramos el topónimo de La Palmosa. El paraje de La Palmosa en Alcalá es conocido porque en él se encuentra el Área de Servicio de la Autovía de Los Barrios, pero también da nombre a un polígono industrial, a un cabezo, a una vega, a un cortijo y a una fuente: la de la Hoya de La Palmosa. Su versión en diminutivo “La(s) Palmosilla(s)”, la encontramos en Tarifa y también en Villamartín, donde un cerro y un cortijo llevan este nombre. En el Haza Palmosa de Jerez se construyeron las nuevas Bodegas de W. & H.



Otras derivaciones de estos mismos nombres están presentes también en toda la geografía provincial. Es el caso del paraje de Palmarote (Sanlúcar) o de los cortijos de Palmarón (Villamartín) o, el de otro topónimo de más dudosa procedencia: Palmetín (Medina, Chiclana). La Dehesa del Palmetín o el arroyo, breña, cañada, suertes… del mismo nombre, aparecen también en S. José del Valle, siendo un paraje muy conocido, en las cercanías de la Sierra de Dos Hermanas, cruzado por el acueducto del Tempul. Por último, como testigo de la permanente regresión y desmonte de los palmares por las roturaciones, nos queda un elocuente topónimo que encontramos en Alcalá de los Gazules: Cortijo del Despalmado.

Volveremos en otra ocasión a ocuparnos de esta curiosa planta para hablar de sus aprovechamientos desde el punto de vista de la etnobotánica y de sus muchas utilidades en la artesanía tradicional.

Para saber más:
(1) Ceballos, L. y Martin Bolaños, M. Estudio sobre la Vegetación forestal de la provincia de Cádiz, I.F.I.E. 1930. Ed. Facsímil, Consejería de Medio ambiente, 2000, págs. 180-184
(2) Ceballos, L. y Martin Bolaños, M.: Estudio…, Op. cit., p. 181
(3) Mapa Forestal de España, Escala 1: 200.000 Cádiz, Hoja 3-12, ICONA, Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, Madrid, 1992, p. 62
(4) Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 2004.
(5) Martín Gutiérrez, E.: La organización… Op. cit., p. 120
(6) Hemos extraído los fragmentos entrecomillados del cuento “Lucas García”, de Fernán Caballero, incluido en su obra “Cuadros de costumbres” pp. 209-210), editada en Leipzig, 1865, disponible en Internet .
(7) Comisión de la Flora Forestal Española. Resumen de los trabajos verificados por la misma durante los años de 1869 y 1870, Madrid, Tipografía del Colegio Nacional de Sordo-Mudos y de Ciegos, 1872, pp. 86 y 91. Debemos a nuestro amigo Pedro Oteo Barranco, la localización de este interesante estudio.
(8) Cerón, S.: Industria forestal-agrícola, Cádiz, 1879, p. 181. Agradecemos a nuestro amigo Francisco Jordi Sánchez las facilidades para consultar este libro.


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Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar Flora y fauna, Paisajes con Historia, Toponimia.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 4/12/2016

La Venta del tío Basilio.
Con Fernán Caballero por los caminos de Jerez a Algar.




En estos días de invierno, cuando empiezan a llegar los primeros fríos, renace cada año la vieja costumbre de salir al campo los fines de semana en busca de las ventas.

Desde hace unas décadas las ventas se identifican con esos establecimientos de hostelería a medio camino entre los restaurantes y los bares de carretera, a los que acudimos para “reparar
fuerzas” en nuestras excursiones por los alrededores de la ciudad (los populares “mostos”), o cuando realizamos otras rutas por el interior de la provincia, la costa o la sierra. Sin embargo, en sus orígenes, las ventas jugaron un papel aún más importante, cuando los viajes eran largos y las veredas tardaban en recorrerse varias jornadas. Estos establecimientos, que se levantaban en los cruces de caminos, en parajes perdidos en la mitad del campo o en los despoblados, servían fundamentalmente para facilitar comida, refugio u hospedaje a los viajeros. Con frecuencia se convertían también en lugares de reunión de los habitantes del lugar y como punto de intercambio de productos de la tierra, jugando también un papel importante en la difusión de las noticias relacionadas con las poblaciones cercanas.

Aunque en próximos artículos nos ocuparemos de algunas de las ventas más renombradas, hoy queremos recordar a una de las más humildes y modestas de la mano de la conocida escritora costumbrista Fernán Caballero: “la venta del Tío Basilio”. En su sencilla descripción se ilustra cómo pudo ser el origen de cualquiera de las pequeñas ventas que salpicaban los caminos rurales del siglo XIX.

La del “tío Basilio”, es una venta creada para la literatura, un escenario imaginado por la autora, ubicado en la ruta entre Jerez y Algar, en un paraje indeterminado, “a los pies de una vereda”, un lugar en el que “se extiende una dehesa solitaria”.



Lo narra Fernán Caballero en un cuento que aparece en su libro Relaciones (1862), y que lleva por título “Más largo es el tiempo que la fortuna”. (1)

Aquellas antiguas ventas.

Si existió o no en realidad la “ventilla del tío Basilio” o una con otro nombre de sus mismas características no es ahora lo relevante, aunque estamos seguros que a nuestra escritora, destacada representante del “realismo”, no le faltarían para inspirarse ejemplos similares al que describe, pues fue también reconocida viajera y recorrió desde su infancia los caminos de muchos rincones del interior de la provincia de los que nos ha dejado en sus libros pintorescas escenas.

Como ya hiciera su madre, la escritora gaditana Frasquita Larrea, Fernán Caballero pasó algunos veranos en Bornos desde donde hacía excursiones a parajes cercanos, visitando también los pueblos de Arcos, Ubrique y otros muchos lugares de la Sierra de Cádiz. En estos relatos, en los que el viaje y las descripciones del paisaje ocupan siempre un especial protagonismo, no podían faltar las referencias a las populares “ventas”.



Por citar sólo algunas, Francisca Larrea menciona en su viaje de Bornos a Ubrique, en 1824, la Venta de Tavizna, “situada a la orilla de río Majaceite… en un enorme peñasco”, o la Venta de la Albujera, en las cercanías de Ubrique, que la autora describe en un entorno idílico rodeado de frondosa vegetación (1).

Puesto que Fernán Caballero conoce bien los caminos y las ventas donde en tantas ocasiones habría parado a descansar mientras la diligencia o los coches cambiaban sus caballos, no es difícil imaginar que en su relato literario haya un poso de vivencias personales y de observaciones reales que nos ayudan a conocer o imaginar cómo pudieron ser aquellos modestos establecimientos.

En su relato se hace mención a que la “Venta del tío Basilio” se encuentra en algún punto del camino entre Jerez y la sierra de Algar, una vía de comunicación que ha existido desde los siglos medievales. Este camino, conocido, entre otros nombres, como Cañada de la Sierra, cruzaba el río por los vados (y después por las barcas) de la Florida y Berlanguilla para dirigirse después al Convento de El Valle. Desde este lugar, siguiendo el curso del Majaceite, se llegaba hasta la Ermita del Mimbral y Tempul, desde donde se bifurcaba en dirección a Algar y a los Montes de Propios de Jerez. A lo largo de su recorrido contó desde antiguo con numerosos ventorrillos, ventas, posadas y “paradas”, habida cuenta de lo despoblado de este extenso territorio situado en al este del término municipal de Jerez.

Algunos de estos viejos ventorrillos pueden ya encontrarse en el mapa de Tomás López (1787), o en otros más cercanos en el tiempo al relato de Fernán Caballero, como el de Francisco Coello (1866), el de Ángel Mayo (1877) o el de Antonio Lechuga y Florido (1897). Por citar sólo las ventas más nombradas y las que se encuentran recogidas en los mencionados mapas y planos junto al Camino de la Sierra, citaremos aquí la de Nepomuceno (en Cuartillo, donde todavía se conserva en parte la casa que la albergaba) o la de La Barca de la Florida, junto al vado, en el cruce de caminos de la Cañada de Albardén. Tras pasar el Guadalete, el viajero se encontraba la Venta del Zumajo (junto al arroyo del mismo nombre) y algo más adelante, en los Llanos del Sotillo, la Venta de la Cañada, en la vereda que se desviaba hacia Arcos. En estos mismos parajes se encontraba la casa de la Diligencia, donde hacían un alto los primeros coches de caballos que circularon por estos caminos.

Junto a las anteriores, una de las de más renombre fue La Parada del Valle, de la que aún se conserva una parte del viejo caserío que la albergaba y que era también conocida como Parador del Valle. El camino continuaba desde aquí por las laderas de las sierras del Valle, Dos Hermanas y Alazar, pasando por la Ermita del Mimbral donde también se ubicaba una popular venta con el mismo nombre. Tras cruzar la garganta de Bogas en las proximidades de la Boca de la Foz, el camino hacía un alto en el Molino y Venta de Tempul, situado junto a los manantiales. Más adelante, en la dehesa de Rojitán, donde se desviaba el camino de la Sierra hacia Ubrique, estuvo la Venta de la Papicha, como se refleja en el mapa de F. Coello de 1868. La Ventilla del Puerto de Galiz o la Venta de Lleja (la conocida “Ventalleja”), ya cerca del Mojón de la Víbora, cerraban este itinerario de ventas y ventorrillos que a lo largo del siglo XIX existieron junto a esta importante vía de comunicación que, en sentido oeste-este, unía las campiñas gaditanas con las sierras de Cádiz y Málaga.



La venta del tío Basilio.

A todas ellas habremos de añadir también, con todos los honores que se derivan de su mención en una obra literaria, la “venta del tío Basilio”. Esto es lo que nos refiere de ella Fernán Caballero, en su cuento “Más largo el tiempo que la fortuna”:



Entre Jerez y la sierra de Algar se extiende una dehesa solitaria. Veíase en ella, hace años, al lado de una vereda un sombrajo, a cuyo amparo se había establecido un hombre que sobre una mesa despachaba alguna bebida. Andando el tiempo, había labrado cuatro paredes y cubiértolas con enea: había compartido en su interior dos mitades, destinada una a cocina y despacho, y la otra a dormitorio, y se había llevado allí a su mujer y dos hijos.

Detrás de la casa había levantado un vallado, que formaba un corral cuadrado, en que de noche recogía unas cabras que de día llevaba a pastar a la sierra su hijo menor y había hincado una estaca de olivo al frente de su casa, con el fin de que pudiesen atarse en ella las caballerías de los escasos transeúntes de aquella vereda…
”.

Esta estampa que nos describe Fernán Caballero nos recuerda a la imagen de un ventorrillo entre Benaocaz y El Bosque que el antropólogo alemán Wilhelm Giese recogió, en la década de los 30 del siglo pasado, en su libro “Sierra y Campiña de Cádiz” (3). Pero volvamos al relato…

…La estaca se había coronado a la primavera siguiente de una verde guirnalda, y pasando años, cuidad por su dueño, se había hecho un olivo frondoso, que proporcionaba al ventero una bonita cosecha de aceitunas, que aliñaba, y eran, con el queso de sus cabras, los ramos de más despacho de su establecimiento. Muchos caballeros de Jerez que solían ir a cazar, descansaban en la ventilla del tío Basilio, haciendo un consumo, cuyo valor pagaban quintuplicado”. (4)



Cada vez que recorremos la carretera de Cortes – el antiguo Camino de la Sierra- y cruzamos por alguna de las muchas “dehesas solitarias” que a lo largo del camino pueden verse todavía en Magallanes y La Guareña, en Malabrigo o en Berlanguilla, en El Sotillo, en El Parralejo… esperamos encontrarnos, en una vereda que aún no conocemos, escondida tal vez entre un bosquete de alcornoques, la “venta del Tío Basilio”.

Para saber más:
(1) Fernán Caballero:Más largo el tiempo que la fortuna”: http://www.biblioteca.org.ar/libros/70835.pdf
(2) Francisca Larrea.: Diario. Graficas el Exportador. Jerez, 1985. Ed. Asociación de Amigos de Bornos. Pgs.63 y 94.
(3) Wilhelm Giese.: Sierra y Campiña de Cádiz. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1996, p. 429. De este libro ha sido tomada la imagen del ventorrillo entre Benaocaz y El Bosque.
(4) A esta venta, y a esta escena, se refiere también Francisco Montero Galvache en un delicioso artículo “Fernán Caballero frente a Jerez”, ABC, 16/08/1952, donde estudia las opiniones de Fernán Caballero con respecto a los jerezanos y portuenses.
Nota: La imagen de Fernán Caballero se ha obtenido de 'http://www.alquiblaweb.com/2013/11/10/la-novela-realista-en-la-gaviota-de-fernan-caballero/'

Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 21/12/2014

 
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