Una leyenda para un castillo.
En la Torre de Melgarejo con Fernán Caballero.




A veces, de manera inesperada, la literatura puede ser una fuente de primer orden para el conocimiento de nuestros paisajes y de su historia. Así, de la mano de ciertos textos literarios descubrimos el aspecto que ofrecían en el pasado parajes y rincones de nuestro entorno, edificios o monumentos que, alterados en la actualidad por el inexorable paso del tiempo, o víctimas de la desidia y de la incuria, se perderían para siempre en el olvido de no haber sido retenidos en las páginas de un libro. En muchas ocasiones algunos fragmentos de cuentos y relatos incorporan también personajes reales o imaginarios, historias ciertas o leyendas a estos escenarios de manera que, ya para siempre, unos y otros pasan a formar parte inseparable de un mismo paisaje.

Es lo que sucede en la visita que hoy les proponemos. Nuestra guía en esta ocasión es la célebre escritora Cecilia Böhl de Faber y Larrea, más conocida por su seudónimo de Fernán Caballero. El lugar elegido para este paseo literario por la historia y la literatura es el Castillo de Melgarejo y sus alrededores. Estamos en 1852 y hemos salido de Jerez en dirección hacia Arcos. El carruaje que traslada a nuestra autora discurre entre los palmitares de los dilatados y monótonos Llanos de Caulina y, poco antes de subir la cuesta hacia el camino de la Sierra, hace una parada. Un viejo torreón llama entonces su atención…. Pero dejemos que sea “Doña Cecilia” quien nos lo describa, tal como lo hace en el comienzo de “Lucas García”, cuento que forma parte de su obra “Cuadros de costumbres” publicada en 1862. (1)

Saliendo de Jerez en dirección á los montes de Ronda, que se van escalonando gradualmente, como para formarle un adecuado pedestal al bien denominado San Cristóbal, se atraviesa una extensa llanura, que lleva el nombre de Llanos de Caulina. El uniforme y desnudo camino, después arrastrarse dos leguas por entre palmitos, hace alto al pié de la primera elevación de terreno, donde se tiende al sol un perezoso arroyo, que en verano se estanta (sic) y trueca sus aguas en fango.



Vese á la derecha el castillo de Melgarejo, que es de las pocas construcciones moriscas, que no han llegado á destruir el tiempo y la impericia, su fiel auxiliadora en la destrucción. El tiempo hace ruinas, las agrupa, las corona de guirnaldas y adorna con follaje, como si de ellas hiciese su recreo y su lugar de descanso. Pero la impericia aun á las ruinas hostiliza; como el bárbaro que no da cuartel al vencido; porque su recreo es el polvo, su descanso el yermo, su fin la nada.

Flanquean los ángulos del castillo cuatro torres cuadradas, las cuales, así como las murallas de todo el recinto, están coronadas de bien formadas almenas, que se alinean uniformes, firmes y sin mella, como los dientes de una hermosa boca
”.

El castillo de Melgarejo

El castillo de Melgarejo, obra tal vez del siglo XIV, cumplía un importante papel en el control territorial de este sector del alfoz y, especialmente, de los llanos de Caulina y de los caminos que conducían a la sierra por Arcos y Bornos. Formó parte del sistema defensivo que integraban un buen número de torres y atalayas dispuestas en torno a la ciudad y desde él se establecía conexión visual con las torres de Santiago de Fe (Mesas de Santiago), Pedro Díaz o Hinojosa, Gibalbín y Espartinas, entre otras.

En esos mismos años en el que lo retrata Fernán Caballero, mediando el siglo XIX, otro ilustre personaje, Pedro de Madrazo y Kuntz, escritor, pintor y crítico de arte, repara también en el castillo de Melgarejo cuando se encuentra recorriendo la provincia preparando su libro “Sevilla y Cádiz”, que verá la luz en 1856. Su descripción del castillo –al que nombra como Margarejo- es más detallada que la que apunta Fernán Caballero, no en balde está destinada a una guía sobre las provincias de Cádiz y Sevilla, que forma parte de un amplio proyecto editorial: “España, sus monumentos y artes, su naturaleza y su historia”. Madrazo nos deja en ella estas precisas referencias:



Este castillo es un robusto torreón del cual arranca un lienzo de muralla que circuye un gran patio, por donde se llega a una pequeña puerta que da ingreso al interior de la fortaleza. El torreón es de dos cuerpos, cuadrangular el inferior y octogonal el superior, el cual está coronado de almenas dispuestas de dos en dos sobre sendos arcos cuyo parapeto estaba sostenido en matacanes. La pequeña puerta mencionada tiene en su dintel un escudo con la cruz de Calatrava, y se eleva sobre un pretil, debajo del cual hay un gran arco ojival que conduce a una espaciosa bóveda. El salón que cae encima, principal del castillo, tiene una bóveda con pechinas en degradación. A la derecha del torreón hay un cuerpo de fábrica que presenta una ventanita de arco de herradura tapiada”. (2)

En 1901, el historiador arcense Miguel Macheño retrata ya el deterioro del castillo y las primeras grandes modificaciones que sufre su edificio que se acentuarán a lo largo del siglo XX: “sobre una no muy elevada eminencia que domina la extensa planicie de Caulina, se levanta el morisco castillo.
El recinto murado conserva aun algunas maltratadas almenas, y en el centro se alza esbelta la torre poligonal á la que da entrada un hermoso arco de herradura. Convertida hoy en cortijo la que fue vigilante atalaya, sus actuales dueños la afean y desfiguran cada día con innovaciones en que atienden más á la propia comodidad que al buen gusto y a la propiedad histórica. Entre otros anacronismos, recientemente aparece por debajo de un elegante ajimez de angrelados arcos, un feo y amazacotado cierro de cristales pintado de verde!. Hasta hace unas décadas aún se podía ver el cierro en la parte trasera del muro. Al menos consuela saber que el ajimez debe conservarse camuflado o cubierto tras ella…
(3)

Una imagen bastante aproximada del aspecto de la fachada principal del castillo que contemplaron Fernán Caballero y Madrazo, es la que nos ofrece la fotografía que de él se incluye en el Catálogo de los monumentos históricos y artísticos de la provincia de Cádiz, (1908), de Enrique Romero de Torres y que aquí reproducimos. En ella ya se aprecian, no obstante los signos de su transformación en casa de labor observándose los restos de construcciones adosadas. (4)



Ya más cerca de nuestro tiempo, Manuel Esteve, en su ya clásica obra Jerez de la Frontera. Guía Oficial de Arte (1953), nos apunta otras descripción del castillo, ya bastante deteriorado destacando que “… su gran patio de armas y torre cuadrada que en su planta superior se transforma en octógono, coronada de almenas y en la que aún perduran restos de los primitivos matacanes, que se eleva junto a la puerta que, aun cuando reformada, conserva sobre ella el paso de ronda, flanqueado en el interior y exterior por almenas y con el escudo de los Melgarejo, a los que perteneciera, encima del arco de entrada y de los que otro existe en uno de los lados de la torre, en cuya fachada lateral derecha hasta hace unos años existió una ventana con arco de herradura. Este castillo…aun cuando muy reformado, pues es casa de labor, conserva diversos departamentos, mas es fácil hacerse idea de su forma primitiva”. Descripción muy similar, como vemos, a la que hiciera Madrazo un siglo antes. (5)

Un siglo y medio después, aunque el castillo conserva todavía su estampa altiva, poco queda ya de sus torres cuadradas y de sus muros almenados, “sin mella”, como apuntaba nuestra escritora. Se adivinan aún, entre las dependencias del cortijo actual adosadas a la cerca, los que en otros tiempos fueron lienzos del recinto murado que hacían de este enclave una plaza fuerte. Como apuntaban José y Jesús de las Cuevas¿No habría forma de quitarle estos aditamentos e intentar lavarle la cara un poco, en razón de toda la historia que ha vivido?” (6).

Una leyenda para un castillo.

Pero sigamos el relato de Fernán Caballero en “Lucas García” con la leyenda que guardan estos muros y que, ya para siempre, formarán parte de él:

Este castillo fue denominado de Melgarejo, por haber sido conquistado por un caballero jerezano de este nombre. La manera como llevó á cabo esta hazaña, es tan curiosa que no resistimos al deseo de referirla, para aquellos que no estén al cabo de las hazañas parciales de que abundan los anales de Jerez.

Ocupaban este castillo, por los años de mil trescientos y tantos, ciento y cincuenta moros con sus familias. Vestían de blanco, al uso de su nación, y montaban caballos tordos. Encerrados como se hallaban, procurábanse el sustento, haciendo de noche correrías, y trayéndose todo el botín que podían recoger.

Melgarejo se propuso conquistar el fuerte castillo, que rodeaba un ancho foso, que á la sazón ha dejado de existir, y que fué la zanja que los mismos moros abrieron para servirles después de sepultura. Prometió el caballero cristiano la libertad á un esclavo que tenia si se consagraba á secundarlo en la empresa que meditaba. Convenidos amo y criado, encargó el primero al segundo, muy buen jinete, que enseñase á saltar fosos á una yegua, singularmente ligera, que poseía, ensanchando el foso gradualmente, hasta que llegase á tener la anchura del que cercaba el castillo sarraceno.



Conseguido esto, reunió Melgarejo sus parciales, los disfrazó de moros, haciéndoles cubrir sus caballos con mantas blancas, y una noche que habían salido los defensores del castillo, se dirigió con los suyos hacia él. Los que estaban esperando á los moros, vieron acercarse esta hueste sin recelo, tomándola por la que aguardaban. Cuando la cristiana estuvo cerca, reconocieron su error, y quisieron levantar el puente: mas ya el esclavo de Melgarejo, montado en su ligera yegua, había saltado el foso y cortado las cuerdas de la compuerta; por lo que no pudieron alzarla, y los jerezanos se hicieron dueños de la fortaleza.

Este fuerte castillo, -por el que ha pasado el tiempo destrozador sin dejar mas huella que la que dejaría la pisada de un pájaro,- transpone á uno con tal fuerza de ilusión á lo pasado, que se extraña no ver tremolarse en sus torres el pendón de la media luna, y se echa de menos detrás de cada almena, un blanco turbante. ¡Qué sitio tan á propósito es este para la representación de un simulacro ó de un torneo entre moros y cristianos!
” (1)

Aún se cuenta sobre La Torre otra leyenda, la de la “Amarga Cena” (que da también nombre a la calle que está junto al castillo) y que, a diferencia de la anterior, es la que popularmente está asociada a sus muros. Escribía Juan Pedro Simó hace unos años que el relato se remonta a los tiempos de Alfonso X El Sabio. “Perdida la ciudad de Jerez, los moros se retiraron. En su huida, moros



disfrazados rebanaron el pescuezo al conde y a mandos cristianos que celebraban en ese momento una cena en la estancia principal de la torre. La historia dice que este acontecimiento fue conocido por 'Melgarejo', que en su traducción al castellano significaba 'Cena amarga'
“ (7). Esta es también la versión del guarda de la finca y de los vecinos de Torremelgarejo. Como ven, demasiado cruenta y un tanto desvariada en cuanto a la “traducción”…



Nosotros preferimos quedarnos con la de Fernán Caballero y cada vez que pasamos por Torremelgarejo volvemos la vista hacia su castillo coronado con la “media luna” de la veleta que, como queriendo satisfacer los deseos de Doña Cecilia, se colocó en lo más alto de la torre. Sobre las almenas no se ven “blancos turbantes” pero no faltan nunca las negras siluetas de las grajillas y, sobre todo, el aleteo de las palomas bravías, auténticas señoras del torreón.

Para saber más:
(1) Hemos extraído los fragmentos entrecomillados del cuento “Lucas García”, de Fernán Caballero, incluido en su obra “Cuadros de costumbres” pp. 209-210), editada en Leipzig, 1865, disponible en internet.
(2) Pedro de Madrazo.:. Recuerdos y bellezas de España. Sevilla y Cádiz, Imprenta de Cipriano López, 1856. p.586. Otra edición de esta misma obra puede consultarse en Ed. Daniel Cortezo y Cª. Barcelona, 1884, p.803.
(3) Mancheño y Olivares, Miguel: Antigüedades del Partido Judicial de Arcos de la Frontera y pueblos que existieron en él. Imprenta del Arcobricense, 1901, pp. 147-148.
(4) Romero de Torres, Enrique.: Catálogo de los monumentos históricos y artísticos de la provincia de Cádiz. 1908, Tomo VIII. Manuscrito con fotografías.
(5) Esteve Guerrero, Manuel.: Jerez de la Frontera. Guía Oficial de arte. Segunda Edición refundida y ampliada. Jerez Gráfico, 1952, p. 203.
(6) De las Cuevas J. y J.: Arcos de la Frontera. Diputación de Cádiz. 1985. Pg 13
(7) Simó J.Pedro.: La soledad de La Torre. Diario de Jerez, 02/05/2010

Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Puedes ver otros artículos relacionados en nuestro blog enlazando con El paisaje en la literatura y Paisajes con historia.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 4/01/2014

5 comentarios :

Anónimo dijo...

Magnífico articulo. ¿Para cuando una recopilación de artículos en un libro-guía para pasear en torno a Jerez?

José Ramón dijo...

Interesante Post Feliz año 2014 Saludos desde Creatividad e imaginación fotos de José Ramón

Anónimo dijo...

Cada nueva entrega es aún más completa y sorprendente que la anterior.Felicidades paisanos. UN MAÑO

Anónimo dijo...

Vivo en La Inmaculada, junto a la Torre. Es una pena que el castillo no se restaure y no se pueda visitar o se ponga en él una casa rural para alquilar que solamente con la gente del circuito sería un éxito. Muchas gracias a los autores del blog por valorar lo que tenemos aunque sea privado.

Sevilla Legendaria dijo...

Buena página, he llegado a ella buscando información de las haciendas Zafra y La Palma de Fernán Caballero. Seguid así en vuestra labor por no perder la historia de nuestra tierra. Saludos desde nuestro blog Sevilla Legendaria.

 
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