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Jaramagos.
Ya está aquí la primavera.




Ya está aquí la primavera. Y este año la estrenamos en domingo, cuando ustedes leen estas páginas. Fiel al ritmo de los días y al cotidiano repetirse de las estaciones, con esa precisión con la que los sabios calculan el incesante movimiento de los astros, la primavera de 2016 ha comenzado puntualmente este domingo 20 de marzo a las 05:30 hora oficial peninsular, según los cálculos del Observatorio Astronómico Nacional.

En su rigor teórico, los astrónomos informan que durará 92 días y que terminará el 21 de junio a las 0:34 para dar paso al verano.

Pero en la práctica, los indicios de la primavera, las múltiples señales con las que se manifiesta, llevan ya entre nosotros varias semanas en las que, pese a las escasas lluvias del invierno, asistimos al renacimiento de todo lo vegetal.



Ya está aquí la primavera y de nuevo los brotes de los árboles y arbustos, las hierbas y las flores, van cambiando poco a poco el aspecto del campo, del paisaje y así, cuando recorremos estos días los caminos de la campiña, sale la primavera a nuestro encuentro por todos los rincones.



Especialmente llamativas son para nosotros las flores de las cunetas, esas que pasan desapercibidas para la mayoría de los paseantes y que son despreciadas por casi todos como “malas yerbas”.

Elogio del jaramago.



Entre las más humildes de las flores, pocas tan hermosas como el jaramago. Apenas el invierno dobla el mes de febrero y si las lluvias han sido oportunas, los jaramagos empiezan a pintar de amarillo los linderos de los campos, los bordes de los caminos, los ribazos de los arroyos. En pocas semanas, anunciando ya la primavera, su tenue follaje y sus vistosas y diminutas flores, como si de un cuadro impresionista se tratara, visten de color los baldíos, los terrenos incultos, las laderas y cunetas de los carriles, los setos, los solares abandonados, los viejos muros…

En un alarde de aérea ligereza, se enseñorean en los tejados de las viejas casas y, aún con cierto descaro irreverente, lo hacen también en las cornisas de las iglesias mostrando sus tenues y delicados colores. A nuestro entender, su sencilla belleza los rescata del reino de las “malas yerbas” al que se les había condenado, por su persistente omnipresencia y por esa forma obstinada con la que se instalan, más que como invasores, como auténticos supervivientes que resisten entre las ruinas y los escombros.



Los sencillos y hermosos jaramagos ya habían sido ganados para la literatura y elevados a los altares de las letras gracias a Rodrigo Caro, quien hace más de cuatro siglos, los inmortalizara en su célebre Canción a las Ruinas de Itálica como imagen viva de la decadencia:
“Este despedazado anfiteatro,
impío honor de los dioses, cuya afrenta
renueva el amarillo jaramago,
ya reducido a trágico teatro,
¡oh fábula del tiempo!, representa
cuánta fue su grandeza y es su estrago.”



Un mismo nombre para muchas flores distintas.

El jaramago, o mejor dicho los jaramagos, así en plural, es el nombre común de diferentes especies de plantas herbáceas, pertenecientes también a distintos géneros de la familia de las Crucíferas. Sus matas, con tallos, muy ramificados, llegan a alcanzar los 60 u 80 cm de altura, destacando en ellos sus pequeñas flores amarillas (o blancas en algunas especies), que se caracterizan por tener cuatro pétalos en forma de cruz, lo que da nombra a la mencionada familia. Las flores se disponen en largas espigas terminales. Sus frutos pasan también desapercibidos, y presentan el aspecto de unas diminutas vainas casi cilíndricas, torcidas ligeramente en las puntas, conteniendo muchas semillas que garantizaran su presencia y dispersión en años sucesivos. De ellas se alimentan numerosas especies de aves granívoras.

En nuestras campiñas comparten este nombre, como se ha dicho, diferentes especies, siendo las más conocidas Diplotaxis siifolia, Sisymbrium irio o S. officinale, de tallo piloso. Junto a ellas son también muy comunes Diplotaxis cathólica, D. virgata o D. erucoides, esta última de pequeñas flores de color blanco.



Entre otras especies de jaramago que podemos ver en torno a Jerez mencionaremos también a Hirschfeldia incana, jaramago de pequeñas flores blancas, o Sinapis alba, conocido también como mostaza blanca, de delicadas flores amarillas (1).



Volviendo a la literatura, nuestro gran poeta Manuel Ríos Ruiz, acudió también a esta humilde flor (“flor mínima”) para dar título a una de sus obras Los predios del jaramago, con la que fue galardonado con el premio “José María Lacalle 1978”. En muchos de los poemas de este hermoso libro, por su fuerza evocadora, se hace alusión al jaramago, como por ejemplo en el titulado Travesía de la celda: “…Este jaramago crece/ del puro escombro, cenicienta carne, cuerpo/ en pena de una historia creada en su camino” (2).

Otros muchos poetas han tenido presente al jaramago en sus obras, como el arcenés Julio Mariscal, Antonio Machado, Rafael Alberti o Juan Ramón Jiménez quien dedica a su amigo Javier de Intuyesen el hermoso texto titulado Trigo y Jaramago (3).



Sin embargo, nada mejor para expresar la serena belleza que para nosotros encierran estas humildes flores que recordar lo que otro gran escritor de esta tierra, Sebastián Rubiales, dice de ellas en su novela Del viento al infinito:

Recuerda la existencia humana a la flor del jaramago, tan escasa de dones, sin olor, sin vistosidad, sin delicadeza, tan poca cosa, y, sin embargo, tan fieramente constante, tan inquebrantable, rebrota una y mil veces en las condiciones más hostiles para una planta. Su acerada voluntad nace entre escombros y supera, una tras otras, todas las adversidades de una manera sorprendente. Del mismo modo, el hombre” (4).

Imagina el lector que, por estas razones, ya no podemos pensar que los jaramagos, los hermosos jaramagos que nos anuncian cada año la primavera son “malas hierbas”. Feliz primavera.


Para saber más:
(1) Íñigo Sánchez García y José Carlos Moreno Fernández.: Flora Silvestre Gaditana. Colabora Junta de Andalucía, Consejería de Medio Ambiente, Jerez, 2008
(2) Manuel Ríos Ruiz: Los predios del Jaramago, Editorial Oriens, Madrid, 1970, p, 70.
(3) Juan Ramón Jiménez: “Trigo y Jaramago”, dedicado a Javier de Winthuysen, en “Diario de un poeta recién casado” Calleja, 1917, p, 231
(4) Sebastián Rubiales.: Del viento al infinito, Pre-Textos, 2000.

Nota: agradecemos a nuestro amigo José Manuel Amarillo Vargas, autor del Blog Naturaleza, sitios y gentes, sus magníficos macros sobre jaramagos que ilustran este capítulo.


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Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar Flora y fauna, Paisaje y Literatura, Miscelánea

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 20/03/2016

Elogio de las “malas hierbas”.
Otra vez la primavera.




Fiel al ritmo de los días y al cotidiano repetirse de las estaciones, con esa precisión con la que los sabios calculan el incesante movimiento de los astros, la primavera de 2015 ha comenzado puntualmente, según cálculos del Observatorio Astronómico Nacional, el pasado “viernes 20 de marzo a las 23h 45m hora oficial peninsular”. En su rigor teórico, los astrónomos han previsto que durará 92 días y que terminará el 20 de junio para dar paso al verano. Pero en la práctica, la primavera lleva ya entre nosotros unas semanas desde que las lluvias regaron generosamente la tierra y el sol ha hecho renacer todo lo vegetal.

Por los carriles de las viñas.

Ya está aquí la primavera y de nuevo los brotes de los árboles y arbustos, las hierbas y las flores van cambiando el aspecto del campo, del paisaje. Recorremos los caminos de la campiña y sale la primavera a nuestro encuentro en todos los rincones. De esta hermosa manera lo expresaba hace unos años, en su sección A cepa revuelta, de Diario de Jerez, el abogado y escritor Jesús Rodríguez Gómez:



Esta mañana he estado paseando por la Cañada de la Loba. Los verdes tenían belleza y vitalidad de adolescentes y se paseaban por las besanas, fatigándolo todo. He tomado la vereda que lleva a la viña de mi amigo Frasquito… ¡Las veredas del campo! Sendas humildes hechas con pasos ajenos… En la albarrada que hace linde con el trigal se agolpaban amapolas, jacintos, lavandas, labiérnagos, coscojas, aulagas, torviscos… Y entre ellas, subrepticias, las flores anónimas que se prende abril en sus mañanas. Esas que lo inundan todo con su color y su nombre clandestino. Sólo sabemos de ellas su lozanía y su querencia por lindes y ribazos, pero desconocemos cómo se llaman. La gente del campo las nombra, como si nada: carmentinas, todabuenas, sanchecias, algazules, escarchadas, hierba doncellas, mocos de pavo, palos de cochino, aguaturmas, ombligos de venus, dividivis, amormíos…"; y nosotros, los de ciudad, nos quedamos asombrados con ese santoral de la modestia. Estas flores de nombres ignorados, se pierden, como las monjas, por la humildad, y por eso agarran en lo menos evidente. Vamos andando entre los pasiles del roquedo y las vemos emerger de entre sus fisuras y gravillas, haciendo del aire, con su breve olor, una cañada de hermosura.



Cuando las descubrimos, hacemos una parada en nuestro paseo para admirar aquellas piedras florecidas, y después, agradecemos de corazón a la primavera que colonice con frutos de belleza hasta lo más inhóspito. En su humildad, sin embargo, llevan también su desgracia, porque no saber cómo se llaman quita a los hombres apego y nadie se lamenta si una de esas flores desconocidas es tronchada por el pie, la rueda o los cascos de la yegua…
” (1).

A nosotros también nos gusta pasear por los caminos que se trazan entre los campos en torno a Jerez, por las antiguas cañadas que se ramifican en hijuelas y padrones, en veredas y sendas entre los sembrados de cereal, entre las huertas, entre los viñedos… Y allí descubrimos ese esplendor generoso de humildes y desconocidas plantas que transforman las cunetas y linderos en hermosos parterres floridos. Un buen conocedor de nuestra campiña, Juan Luis Vega Cordero, pone nombre a buena parte de ese cortejo vegetal:

En primavera las cunetas de los carriles de las viñas de Jerez es el jardín natural más impresionante que uno se pueda imaginar, un mundo botánico lleno de vida y color. Todo tipo de plantas de espigas, como las avenas locas, los alpistillos o la cebadillas de ratón; ramilletes inmensos de flores azules, como las viboreras o chupamieles; de las comestibles borrajas, que brotan ya en el invierno; los blancos de las manzanillas y margaritones, los traviesos pepinillos del diablo, las peligrosas cicutas, hierbalocas o perejil de burro o de las viznagas, de elegantes pompones blancos…, inundan los campos jerezanos al final de mayo y junio, antes de enroscarse para el verano. Gamas de amarillos de todas las clases, vinagretas para chupar, jaramagos para los canarios, hinojos para el guiso de caracoles o para el aliño de aceitunas y tagarninas para esparragar; los tonos rosados de las corregüelas, campanillas y de los conejitos o bocas de dragón, que a veces crecen hasta en mismos tejados de las iglesias del centro. Morados de las tristes malvas y de las duras achicorias y el rojo impresionante de las zullas, que derraman su 'sangre' por los campos jerezanos cuando llega la Semana Santa…” (2).



Entre trigales.



Si la primavera se deja sentir entre las lomas de albariza donde crecen los viñedos, en otros rincones de la campiña se hace aún más patente y los trigales se nos muestran con un verde intenso que alegra los sentidos. Manuel Romero Bejarano, en un hermoso artículo publicado hace unos años en estas páginas de Diario de Jerez con el título de Trigales Verdes hace este hermoso llamamiento ante el inicio de la primavera: “Llegó el tiempo de volver a los cerros, el día soñado de abandonar Jerez para subir a la tierra blanca. Hace meses que la flor del almendro comenzó a desvanecer el frío. El perfume del azahar acudió en su ayuda… Quedarse quietos con los ojos abiertos días enteros. Junto a parras retorcidas que renacen tras el invierno. Junto a casas vacías en las que ya nadie se alegra de ver crecer la cosecha. Al lado de pozos de edad inmemorial. Campos arrugados que se asombran cada año de ver el trigo granar. … Peregrinar por reinos míticos que no dejan de sorprenderse al llegar la primavera. Volver a pronunciar nombres antiguos que se adentran en lo más profundo de la memoria. Alfaraz. Balbaína. Cantarranas. Macharnudo. Orbaneja. Tabajete. Valcargado. Almocadén. Los Tercios. Capirete. Marihernández. Tizón. Añina. Cerronuevo. Burujena. Carrahola…



Cientos de primaveras. Miles de jerezanos que nacieron y murieron en estos pagos esperando alcanzar un abril más. Deseando otear el horizonte y contemplar con júbilo cómo una vez más el trigo verde estaba granado...
” (3).



Los viñedos, los trigales, los sotos y alamedas del río, los linderos del bosque… cualquier lugar depara no pocas sorpresas en este renacer de lo vegetal. Pero nosotros, entre todos los regalos con los que la primavera nos obsequia, sentimos especial predilección por estas flores silvestres, humildes, discretas, “vulgares”, con nombres apenas conocidos, esas que crecen en las cunetas, en los bordes de los campos y de los caminos, las que, como los jaramagos, tapizan los baldíos. Esas que pasan desapercibidas y a las que muchos califican como “malas hierbas”. A buen seguro, algunas de estas especies vegetales resultan poco recomendables y causan perjuicios a agricultores y viñistas, a jardineros y a quienes se ocupan del mantenimiento de caminos y carreteras… pero no puede ya concebirse el paisaje sin ellas. Con la primavera, estas “malas hierbas”, esas que crecen “donde no deben”, donde no se las quiere, se hacen presentes en todos los rincones y, pese a las molestias que causan a algunos, nos compensan a todos con la belleza de sus flores.

En cierta ocasión, paseando por la Cañada de Espera, un hombre que llevaba en la mano una bandera, cubierto con un impermeable, nos hizo señas desde unas decenas de metros, en medio de un campo. Al poco se nos acercó y nos previno de las pasadas que una avioneta que volaba a lo lejos: “está fumigando para matar las malas hierbas”. Macizos de margaritas y amapolas, de viboreras y malvas, de borrajas y vinagretas, de zullas, de azureas, de jaramagos… llenaban las cunetas, ocultando los palmitos, y crecían también entre un olivar cercano y en los linderos de una loma sembrada de cereal. Malas hierbas…

Nos alejamos entonces del camino y en esas divagaciones ociosas que entretienen el paso lento de los caminantes, pensamos si estas “malas hierbas”, si estas hierbas que hermoseaban con sus flores los bordes de las hijuelas y los campos, estás que formaban parte de esa “lista negra” para la agricultura, serían consideradas “buenas hierbas” en algún lugar. Y allí, a buen seguro, que lejos de fumigarlas y rozarlas para acabar con ellas, se las trataría con el mimo que se dispensa a las flores que aquí cultivamos en los jardines.



“Es seguro, -pensamos-, que en algún remoto paisaje, las mejores praderas estarán tapizadas por estas “malas hierbas” que aquí tratamos de eliminar de nuestros campos con herbicidas. Es de justicia que así sea, -pensábamos mientras se acercaba la avioneta-, y de que puedan gozar allí de una lluvia de agua fina, de rocío limpio cada mañana y de que sean bien tratadas y admiradas”. Rescatamos, a modo de divertimento, aquellas disquisiciones en estos días de marzo cuando vuelven de nuevo a brotar con fuerza todas las hierbas (las “buenas” y las “malas”), algunas de cuyas flores les dejamos, junto a estas líneas para que los lectores valoren su condición.

Un hermoso y premiado poemario de nuestra admirada Josefa Parra lleva por título “Elogio de la mala yerba” (4) y nosotros, modestamente, lo tomamos prestado para dar la bienvenida a esta nueva estación que ahora comienza. Nos vamos recordando de nuevo la palabras de Jesús Rodríguez para decir que, paseando estos días por cualquier cañada de nuestra campiña, admirando los prodigios que obra la primavera en los ribazos de los campos, en los setos de los caminos, en las laderas incultas, en las orillas de los arroyos… disfrutando del renacer y el empuje de la naturaleza, sentimos “…lo mismo que debió sentir Dios aquel día tercero en que creó las cosas vegetales y vio que eran buenas”.


Para saber más:
(1) Rodríguez Gómez, Jesús:A cepa revuelta: La primera visita al campo”. Diario de Jerez, 21/03/2010.
(2) Vega Cordero, Juan Luis:Primavera en los viñedos jerezanos”, Diario de Jerez, 11/05/2013.
(3) Romero Bejarano, Manuel:Trigales Verdes”, Diario de Jerez, 18/04/2010.
(4) Parra Ramos, Josefa:Elogio de la mala yerba”, Visor Libros, 1996.


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Puedes ver otros artículos relacionados en nuestro blog enlazando con El Paisaje y la Literatura

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 22/03/2015

Un recorrido por los viñedos de Jerez.
Al encuentro de la primavera.




En estos días azules y soleados que anuncian ya un tiempo nuevo, la quietud del campo -ese tiempo lento en el que se suceden las estaciones en nuestra campiña- se ha visto luminosamente alterada por los signos de la primavera. Y para sentirla de cerca, nada mejor que regalarnos un paseo por los caminos que se trazan entre los pagos de viñas que rodean la ciudad.

El campo, en feliz expresión de Jesús Rodríguez Gómez, “huele a viña haciéndose” y en las cepas apuntan ya los primeros brotes que, en pocas semanas, vestirán de verde el paisaje de nuestras tierras de albarizas para recordarnos que Jerez, la “Ciudad Europea del Vino 2014”, la “ciudad de las Bodegas”, es también la tierra de los viñedos.

Si bien es cierto que en las últimas décadas la industria vinatera y la viticultura ocupan cada vez a menos personas, no están lejos los días en los que buena parte de la población conocía los nombres de las viñas y de los principales pagos. Ya quedaron atrás los tiempos en los que estos paisajes formaban parte del “imaginario colectivo”, del “ADN” -como gusta decir ahora- de una ciudad que cada vez da más la espalda al campo y a su entorno cercano. Para traer de nuevo a la memoria los nombres de tantos rincones que durante siglos dieron con sus frutos fama universal a Jerez, hemos salido al encuentro de la primavera paseando entre viñas, en torno a Jerez.

Los Pagos de Viñas:

Julián Pemartín (1) se refiere a nuestros pagos como “cada uno de los grupos de viñas, con tierras homogéneas y, en general, delimitados por accidentes topográficos, en que tradicionalmente se ha venido considerando dividida la zona vitícola jerezana”. Manuel María González Gordon (2) abunda en esta idea de pagos como “grupos de fincas de terreno homogéneo donde se ha cultivado la vid”. El profesor Alberto García de Luján (3) apunta más matices señalando que los pagos son “una extensión limitada de tierras que posee características particulares, diferenciadas de los pagos colindantes”. Entre ellas señala la situación geográfica, la orografía, la exposición al sol y a los vientos, la composición y naturaleza del suelo, el “mesoclima” o la influencia del mar…. “en cierto modo, el pago se corresponde con el concepto francés de “terroir”, definido como conjunto de factores naturales que confieren a un producto una tipicidad original e identificable”. La conjunción de estos factores dota a los distintos pagos de “personalidad” propia a la hora de producir unos u otros vinos, y como señalaba recientemente Beltrán Domecq (4), presidente del Consejo Regulador, “un pago producirá un vino distinto al de otro pago y esa diferencia repercutirá más al ir envejeciendo en las botas de las distintas bodegas”.

Es ya clásica la división de los pagos en tres grandes categorías, en función sobre todo de la naturaleza del suelo. Los más abundantes y considerados como los óptimos para el cultivo de la vid eran los de tierras de “albariza” (margas blancas ricas en carbonato cálcico, arcilla y sílice). Estos pagos, llamados de “afuera” proporcionan también los vinos de mejor calidad y se extienden, especialmente, por el rincón noreste de nuestra campiña, entre la ciudad y las carreteras de Morabita y El Puerto. Las tierras de “arenas” o “barros”, de inferior calidad para el cultivo, se encuentran, sobre todo, en la zona este de la ciudad, habiendo sido en muchos casos absorbidos por el crecimiento urbano. En los sectores sur y suroeste del término, predominan también las albarizas así como los “bujeos”. En todo caso, lo más común es que en la mayoría de los pagos encontremos suelos de distinta naturaleza, lo que les confiere sin duda ese carácter especial y casi único que hace de cada uno de ellos un espacio singular, como los vinos que producen. Entre los pagos de albarizas, han destacado por su mayor extensión, ya desde mediados del XIX, los de Macharnudo, Balbaina, Añina, Carrascal, Carrahola y San Julián. Entre los que presentan mezcla de albarizas y bujeo, sobresalen los de Corchuelo y Montana y entre los de arenas, el pago de Montealegre, con suelos rojizos característicos. (5)

Buena parte de los pagos de viña tienen un origen remoto que se remonta en el tiempo, cuando menos, a la presencia romana en estas tierras. Numerosos hallazgos arqueológicos repartidos por toda la campiña en torno a Jerez, confirman la existencia de asentamientos de carácter rural, villae o vici, en época romana, en muchos de los cuales se asientan hoy cortijos y viñas que conservan en su nombre actual el recuerdo de su origen. Algunas de estas antiguas villae, que hoy dan nombre a afamados pagos de viña derivan de los gentilicios o cognomina de sus propietarios (6). Otro tanto cabe decir de la presencia árabe, que se ha conservado en el nombre de muchos de nuestros pagos.

Diego I. Parada y Barreto (7) menciona una completísima relación de los pagos de viñas del Jerez del último tercio del siglo XIX, con más de 150 referencias. La mayoría de estos pagos están recogidos en el Plano del Término Municipal de Jerez de la Frontera de Antonio Lechuga y Florido (8), aunque la información más completa nos la proporciona Adolfo López Cepero en su “Plano parcelario del término de Jerez de la Frontera” (1904), donde se recogen los nombres de los pagos y de las fincas que tenían viñedos al llegar la plaga de filoxera en 1894 (9), si bien muchas de estas viñas se perdieron definitivamente. Muy completa es también la relación de pagos (hasta 136) que enumera Julián Pemartín en 1965 en su Diccionario del vino de Jerez. (1)

Aunque en la actualidad encontramos viñedos en otros muchos rincones de nuestra campiña, los pagos controlados en el término municipal de Jerez por el Consejo Regulador, de acuerdo con la relación que aporta García de Lujan en 1997 son los siguientes: Alcántara, Alfaraz, Almocadén, Amarguillo, Anaferas, Añina, Balbaína, El Barrosillo, Burujena, Cabeza Alcaide, Campiz, Camporreal, Cantarranas, La Capitana, Carrahola, Carrascal, Casablanca, Cerro de Orbaneja, Cerro de Santiago, Cerro Pelado, Crespellina, El Corchuelo, Los Cuadrados, Cuartillos, Las Cuevas, Espartinas, La Florida, La Gallega, Gibalbín, Los Isletes, La Loba, Lomopardo, Macharnudo, Mariáñez, Mariscala, Marihernández, Montealegre, Montegil, Parralejo, Montecorto, Matacardillo, Parpalana, La Parrilla, La Peñuela, Prunes, Puerto Escondido, Rajaldabas, Salinilla, San Cristóbal, San Julián, Tabajete, Tizón, Torrox, Valcargado.

Para facilitar el recorrido por los pagos más notables y su localización espacial, citaremos algunos de los más conocidos que se extienden junto a las distintas carreteras que parten de Jerez (en sentido contrario a las agujas del reloj), así como los ubicados en sus proximidades y en otros territorios más alejados de aquellas.

Carretera de Sevilla.

Aunque en otros tiempos las tierras llanas del pago de Las Abiertas acogieron viñas, hoy apenas quedan algunas pequeñas fincas que lo recuerdan, al igual que sucede en el de Bogas, absorbido por el crecimiento urbano, o en el más antiguo de Lárgalo, donde se instaló a comienzos del siglo XX el parque González Hontoria. En el pago de Ducha, dedicado hoy día mayoritariamente a cultivos de secano, hubo sin embargo muchos viñedos, siendo uno de los primeros que sufrieron la plaga de filoxera en 1894. En las tierras de Ducha, frente al aeropuerto, hubo ya una alquería árabe, Duŷŷa, como ha documentado el arabista M.A. Borrego Soto (10). En las proximidades de El Cuervo el pago de Montegil conserva todavía una buena porción de viñas, en las laderas del alto del mismo nombre.

Carretera de Morabita.

La conocida como “carretera de Morabita”, que sigue en buena parte el trazado del antiguo camino de Lebrija, deja a ambos lados tradicionales pagos de viñas, especialmente en su margen izquierda. Junto a los de Capirete y Manzanillos, el de mayores resonancias es el de Carrascal, con viñas como El Telégrafo, La Canariera, El Corregidor, Viña Romano… Este de Carrascal es uno de los pagos más antiguos de Jerez y uno de los más alejados del mar. Otro muy conocido, que encontramos también en esta ruta, es el de Espartinas, que se cuenta entre los más antiguos de Jerez y que incluye viñas tan conocidas como Berango, Los Romanos, Viña de Enmedio… La toponimia latina, tan abundante en este rincón de la campiña nos apunta su antiquísima colonización.

Carretera de Trebujena.

Sobresalen en este sector de la campiña antiguos pagos de viñas como el de Raboatún o el afamado pago de Macharnudo (Alto y Bajo) en cuyos cerros y laderas, presididos por la torre



medieval de la finca El Majuelo, pueden verse pintorescos paisajes de viñedos. El pago de Almocadén, frente a Macharnudo, otro de los de más nombradía, guarda también en su topónimo resonancias árabes y alude al nombre con el que eran conocidos los guardas de los campos. El de Valcargado (Tabajete) colindante con las marismas a los pies de Mesas de Asta, ha perdido muchos de sus antiguas viñas. Ya en otros parajes más alejados, el de Burujena, situado al Noroeste del término de Jerez y próximo a Trebujena, tiene buena parte de sus viñas orientadas hacia la marisma del Guadalquivir, como el de Martín Miguel, ya en tierras de Sanlúcar.

Carretera “del Calvario”.

La conocida como carretera del Calvario, “Carretera de La Viñas” o camino de Bonanza, por la que desde Jerez se busca el Guadalquivir, es de obligado recorrido para admirar el paisaje del viñedo al ser una de las que cruza un mayor número de pagos. El Cerro de Santiago, con las famosas viñas de Cerro Nuevo y Cerro Viejo, es uno de los más conocidos, junto al de Corchuelo, situado a la izquierda de la carretera apenas cruzamos la Ronda Oeste. Los del Amarguillo, Orbaneja, Tizón, Cerro Pelado (con excelentes tierras), Prunes… son otros tantos pagos de esta zona. Este último, el de Prunes, está presidido por el llamativo caserío de la antigua viña de San José.



Carretera de Las Tablas.

Entre las carreteras del Calvario y Sanlúcar, junto a los actuales núcleos rurales de Las Tablas, Polila o Añina se encuentran renombrados pagos de viñas como San Julián, Zarzuela, Cantarranas o el de Añina, el que encierra más historia y cuyo topónimo, de origen latino, nos habla ya de la ocupación temprana de este rincón de la campiña. Estas laderas de viñas sobre albarizas, orientadas al mar, ofrecen magníficas estampas de los paisajes del viñedo jerezano.

Carretera de Sanlúcar.

En dirección a Sanlúcar, a la derecha del camino, los pagos de Alfaraz y San Julián (uno de los más famosos del marco), separados por la carretera de Las Tablas, albergan renombradas viñas por las que en otros tiempos cruzaba la traza del ferrocarril camino de Bonanza. En el de Marihernández, destaca la viña de La Cruz del Husillo y en el de Alfaraz la de Cerro Obregón, desde cuya casa, hoy habilitada como establecimiento hostelero, se domina una magnifica perspectiva. Balbaina, Los Cuadrados, Grañina,…… son otros tantos pagos de viñas que encontramos a ambos lados de esta carretera. Como el de Montana, al norte de Las Tablas, por cuyas tierras discurría también el ferrocarril.

Carretera de Rota.



Entre las carreteras de Sanlúcar y Rota, el pago de Balbaina (de resonancias latinas, vinculado por algunos autores a la familia gaditana de los Balbo) es uno de los de mayor extensión del marco y sus viñedos reciben como pocos, la influencia de los suaves vientos procedentes del Atlántico. El pago de Carrahola, cruzado por la cañada de Las Huertas, el de La Gallega, o el de Los Tercios, por citar sólo los más conocidos, se encuentran también en este hermoso rincón, en tierras colindantes con el término municipal de El Puerto de Santa María.

Zona Sur.

Al abrigo de la Sierra de San Cristóbal, junto a la actual laguna de Torrox y en las proximidades del campo de golf, los pagos de Torrox y Anaferas, se cuentan entre las escasas zonas de viñedos situadas al sur de la ciudad. Este último hace alusión en su nombre a los barros que se extraían en este lugar para hacer “anafes” (hornillos de material cerámico), vocablo también de origen árabe. Todavía hay viñas en Anaferas o en Parpalana, junto a El Portal y la Hijuela de Las Coles. Más escasas son por el contrario en el pago de Solete, donde aún se conservan algunas casas de viñas que dan fe de los antiguos cultuivos, habiendo desaparecido casi por completo en el de Gibalcón, colindante con la laguna de Torrox, del que ya no queda ni su sonoro nombre.

Otros lugares.

Ya en zonas más alejadas de la ciudad y en dirección Este encontramos manchas aisladas de albariza, arenas pliocenas o suelos margosos de “tierras blancas” donde también se cultivan viñas. Nos referimos a pagos o fincas como los de Montealegre, Espínola, Lomopardo, Cuartillos, Los Isletes, La Peñuela, Montecorto, Cartuja de Alcántara… De todos ellos, de sus paisajes diversos e igualmente hermosos, nos ocuparemos en futuras salidas “entornoajerez”

El tiempo retenido: los viñedos de 'Lomopardo'


La 'mar de viñas': viñedos en torno a Jerez


Ver "La mar de viñas": Viñedos en torno a Jerez en un mapa más grande

Para saber más:
(1) Pemartín, J.: Diccionario del vino de Jerez. Ed. Gustavo Gili. Barcelona, 1965.
(2) González Gordon, M.M.: Jerez-Xerez-Sherish. Ed. Gráficas del Exportador. Jerez. Edición de 1970.
(3) García de Luján, A.: La viticultura del Jerez. Mundi-Prensa Libros, S.A. Madrid, 1997.
(4) Domeq, B.: Los pagos de los viñedos de Jerez. Diario de Jerez, 01/03/2014.
(5) García del Barrio Ambrosy, I.: La tierra del vino de Jerez. Ed. Sexta S.A. Imp. Gráficas del Exportador. Jerez, 1979. Véase también De Las Cuevas J. y J.: Vida y milagros del vino de Jerez. Ed. Sexta S.A. Imp. Gráficas del Exportador. Jerez, 1979
(6) González Rodríguez, R. y Ruiz Mata, D.: “Prehistoria e Historia Antigua de Jerez”, en D. Caro Cancela (coord.). Historia de Jerez de la Frontera I. De los orígenes a la época medieval, Cádiz 1999. Véase también López Amador, .J. y Pérez Fernández, E.: El Puerto Gaditano de Balbo. El Puerto de Santa María. Cádiz. Ediciones El Boletín, 2013.
(7) Parada y Barreto, D.: Noticias sobre la historia y el estado actual del cultivo de la vid y del comercio vinatero de Jerez de la Frontera. Jerez, Imprenta del Guadalete, 1868.
(8) Lechuga y Florido, A.: Plano del Término Municipal de Jerez de la Frontera. Arregalado a la escala 1/100.000 para la Guía de Jerez de 1897. Incluyendo una información similar al anterior Plano, es también de gran interés el plano de detalle titulado Plano de los Viñedos de Jerez de la Frontera. Litografía y Tipografía de M. Hurtado, 1897.
(9) López-Cepero, Adolfo.: Plano Parcelario del término de Jerez de la Frontera. Dedicado al Excmo. Sr. D. Pedro Guerrero y Castro y al Sr. D. Patricio Garvey y Capdepón. 1904. patrocinadores del proyecto, por D. Adolfo López Cepero.- Año de 1904. Escala 1:25.000
(10) Borrego Soto, M.A.: (2008) “Poetas del Jerez Islámico”, AAM 15: 4-78


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Otros enlaces que pueden interesarte: Cortijos, viñas y haciendas, Mapas "entorno" a Jerez, Paisajes con historia, Rutas e itinerarios, Toponimia

Y también... Con Dios y con el Diablo por los viñedos de Jerez.


Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 23/03/2014

 
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