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El Molino de marea de Goyena.
Un paseo por las marismas de Las Aletas.




Para los amantes de los paseos tranquilos, por lugares escasamente frecuentados y de fácil recorrido, nada mejor que aventurarse por los parajes marismeños en torno a Jerez. Pese a tratarse de rincones cercanos a la ciudad, son por lo general poco conocidos y en su aparente monotonía de líneas horizontales y dilatadas vistas, albergan curiosas sorpresas. Como muestra de ello, proponemos a nuestros lectores una visita a las marismas colindantes con el Río San Pedro, a las que puede accederse por diferentes carriles y pistas que se abren en la carretera que une el Puente de Cartuja con Puerto Real, también conocida como “carretera de Bolaños”. Se trata de un camino milenario que conoció el paso de la Vía Augusta y, siglos más tarde, el de la Cañada Real de La Isla y Cádiz.

Un paseo por las marismas de Las Aletas.

En estos parajes de extensas marismas confluyen los términos municipales de Puerto Real, El Puerto de Santa María y Jerez. Son las tierras del Rincón de La Tapa, de Doña Blanca, de Las Salinas, de las marismas de Cetina, de las Aletas… que ocupan el antiguo estuario del Guadalete, colmatado por los aportes del río en los dos últimos milenios. A mediados de la década de los cincuenta del siglo pasado, el Instituto Nacional de Colonización puso en marcha un proceso de desecación y transformación de estas fincas con las que se pretendía compensar a los propietarios de los terrenos donde se instalaría la Base Naval de Rota. La vocación “salinera” y “marismeña” de estos espacios chocaría enseguida con los proyectos agrícolas que se saldarían con un solemne fracaso. De ello dieron cuenta en apenas dos décadas los canales destruidos, las compuertas inutilizadas, los campos desecados en los que afloraba la sal, la destrucción del entorno natural, las vastas soledades de estos terrenos que, si en un tiempo fueron marismas llenas de vida, en poco tiempo se vieron transformados en campos muertos.



Hace unos años se planearon nuevos usos para estos espacios en el sector de las marismas desecadas de Las Aletas, próximas a Puerto Real, un enclave donde llegó a anunciarse la construcción de un gran polígono industrial y tecnológico -que hoy sigue paralizado- y que contó desde el principio con la oposición de no pocos colectivos conservacionistas y ecologistas por afectar a suelos protegidos en el entorno del Parque Natural de la Bahía de Cádiz.

Un espejismo en las marismas: el Molino de Marea de Goyena.



Estos días en los que ya se muestran en el paisaje los signos de la primavera hemos vuelto a las marismas de Cetina y Las Aletas recordando la primera vez que, hace más de diez años, paseando por las orillas del río San Pedro vimos, como si de un espejismo se tratara, las ruinas del Molino de Goyena, perdidas, casi camufladas, en un recóndito rincón de estas vastas soledades del estuario. Se trata de un singular molino de marea cuya historia se remonta doscientos cincuenta años atrás.

A mediados del siglo XVIII, Cádiz, La Isla de León y su entorno, viven momentos de gran esplendor de la mano de la actividad comercial y militar ligada al traslado de la Casa de Contratación y a la omnipresencia de la Marina. En la década de los cuarenta de este siglo ya encontramos afincado en Cádiz a Juan Esteban de Goyena y Jijante. De origen navarro (Murillo el Fruto, 1707), Goyena ocupará el cargo de Director de las Reales Provisiones de Víveres de la ciudad de Cádiz y su Partido, como señala el investigador Julio Molina Font en su libro “Molinos de Marea de la Bahía de Cádiz”, de obligada consulta para acercarnos al conocimiento de este rico patrimonio, y al que recurrimos para trazar la historia de este molino.

Nuestro personaje es el máximo responsable de la intendencia de una ciudad que, con su cercana área de influencia, se cuenta entonces entre las más importantes del país. Ante las necesidades de víveres y provisiones, Goyena promueve la construcción de un molino harinero, cercano a la Bahía, para lo que en 1754 solicita permiso al cabildo de la villa de Puerto Real al objeto levantarlo en terrenos de propiedad municipal. El lugar elegido es una zona de esteros, el caño de la Marina, conectada con el Río San Pedro, un punto que se encuentra bien comunicado con las poblaciones cercanas a las que ha de abastecer y en especial con los puertos y embarcaderos de la Bahía.

La concesión se autoriza cediéndose 40 aranzadas para levantar un “molino de pan moler”, con sus almacenes y estanques, que aprovecharía la fuerza de las mareas para mover sus piedras. Aunque la navegación por el río San Pedro estaba vedada en la época, se atiende también su petición -“por razones de utilidad para la “Real Hacienda y al Común de la Villa”- de que puedan transportarse por el río los granos que constituirían su materia prima y las harinas fabricadas en el molino. Las barcas y barcazas, los inconfundibles faluchos de vela latina, los viejos candrays de dos proas… surcarán durante décadas el San Pedro y el Caño de la Marina en continuos viajes entre los puertos y el molino, aprovechando el flujo de las mareas, trayendo y llevando trigos, harinas y salvados.

Juan Esteban de Goyena desarrolló así una actividad industrial, que junto a sus cargos oficiales, debió procurarle una holgada posición económica (a juzgar por sus generosas contribuciones a la iglesia de su pueblo natal) y una distinguida posición social, de la que es un ejemplo su ingresó en la orden de Calatrava en 1757.

A su muerte, el molino y sus posesiones debieron pasar a su hijo Juan Antonio Goyena y Laiglesia quien fue también, como su padre, caballero calatravo. Hay constancia de que las propiedades de la familia fueron heredadas por uno de sus nietos, José Ramón de Goyena y Sayol quien aparece como contribuyente en Puerto Real en diferentes ejercicios entre 1829 y 1849, donde figura así mismo su tributación por varias casas, una posada, pinar y manchones. Tal como apunta Molina Font, en 1867 el molino deja de pertenecer a la familia Goyena y es arrendado por Francisco Chozas, pasando posteriormente a manos de don José Manuel Derqui Lozano, ultimo propietario conocido quien lo dedica a la pesca de estero.

Un molino de marea singular.



El molino, que inicialmente fue conocido con el nombre de su constructor, Goyena, era denominado en el último tercio del siglo XIX con el nombre de “La Albina” (1867), topónimo que hace alusión a los esteros o lagunas que se forman con las aguas del mar en las tierras bajas, como las del paraje en el que se enclava esta construcción. Posteriormente, y en alusión a uno de sus arrendatarios, fue conocido también como Molino de Chozas (plano del Catastro de 1897). Otro de sus nombres fue el de Molino de Galacho, nombre con el que se designan las barranqueras excavadas por el agua al correr por las pendientes del terreno. Cercano a Goyena todavía se encuentra el Arroyo Barranco de Puerto Real, tributario del San Pedro. Sea como fuere, el nombre de Goyena es el que durante más tiempo (más de un siglo) ha identificado a este curioso molino de marea de seis piedras.

En su entorno, donde hoy sólo vemos las marismas desecadas de Las Aletas, estuvo también el “Pinar de Goyena” y, en dirección a la Dehesa de Las Yeguas, el “Bosque de Goyena”. Todos estos significativos topónimos pueden descubrirse en el mapa “Contornos de Cádiz” de Francisco Coello (1868) perteneciente al "Atlas de España y sus posesiones de ultramar" que este cartógrafo elaboró como complemento del "Diccionario geográfico-estadístico-histórico" de Pascual Madoz (1845-1850). El citado mapa nos muestra la zona donde se enclava el molino de Goyena en un momento en el que acababa de construir el primer puente colgante sobre el río San Pedro (1846) o las líneas férreas de Jerez al Trocadero (1856) y de Jerez a Cádiz (1861). Y junto a todo ello, testigo del progreso que avanza deprisa por estas tierras, el viejo molino de marea que cuenta ya en sus piedras cuando Francisco Coello traza su preciso mapa, con más de un siglo de existencia.



En la actualidad, si el paseante se acerca a las ruinas del Molino desde Las Aletas, descubre aún en pie, sobre el antiguo caño de La Marina, alimentado por las aguas mareales del río San Pedro, restos de sus muros, y edificaciones, tajamares, arcos, embalses... Dejemos que Molina Font, nos lo describa: “La sala de molienda tenía forma rectangular con varias edificaciones añadidas en su cara suroeste que servirían como vivienda del molinero y almacenes de granos.



Estaba construida su fábrica de piedra ostionera de cantería. En la actualidad se conserva toda la estructura de los bajos del molino como cárcavos y canal de entrada custodiados de elegantes tajamares de forma de medias pirámides. El muro de cerramiento situado en su cara oeste todavía se sostiene en pie gracias a los tajamares... que le sirven de contrafuertes, abriéndose en él tres vanos de ventanas, uno pequeño y dos de mayor tamaño. Este molino constaba de seis piedras molturadoras y un arco como canal de entrada de agua que se encuentra a la derecha de su cara oeste, construido como todo el edificio de piedra de cantería sobriamente talladas
”.

Si visitamos el lugar en la bajamar podemos hacernos una idea del funcionamiento del molino. En su parte trasera, aguas arriba del caño, pueden apreciarse los muros que rodeaban el embalse donde se retenía el agua con la pleamar. Al bajar la marea, comenzaba el vaciado del agua retenida conducida por los pequeños tajamares interiores (que aún se conservan) hacia las bocas de entrada de los saetillos, que aparecen aquí tapados por pequeñas compuertas. Los saetillos eran las estrechas canalizaciones por donde las aguas vaciantes circulaba a gran velocidad aprovechando la corriente originada por el desnivel existente en la bajamar. El chorro incidía a gran presión, de forma tangencial, sobre los álabes o palas del rodezno, una rueda metálica que al girar trasmitía el movimiento a la piedra situada en su parte superior, ya en la sala de molienda.



Con cada pleamar se llenaba de nuevo el embalse y en cada bajamar podían entrar de nuevo en funcionamiento los rodeznos y las piedras, con lo que los molinos, como este de Goyena, tenían energía asegurada de manera cíclica, cada seis horas de acuerdo al ritmo de las mareas.



Con todo, la parte más llamativa del molino es la fachada delantera de la sala de molienda, donde se albergaron seis piedras, que aún se mantiene en pie gracias a los sólidos y curiosos tajamares, labrados en grandes bloques de piedra ostionera que han sobrevivido al paso de los siglos. Junto a ellos se aprecian también los muros de la ría hasta la que llegaban los faluchos y los candrays cargados de trigo y partían llevando la harina a los puertos cercanos o a los grandes barcos anclados en la bahía.

En uno de los flancos aún se aprecia el pequeño muelle de embarque, construido con grandes sillares a modo de graderío.

A través de los vanos del muro, por los huecos de las ventanas de lo que fue su sólido edificio, se recortan al fondo, los perfiles de los bloques de apartamentos de Valdelagrana, la Bahía de Cádiz, las soledades de la marisma...

En estos tiempos se habla mucho de poner en valor el patrimonio histórico, arquitectónico y etnográfico de nuestros espacios naturales, como un recurso que podría atraer el turismo cultural y como complemento a la oferta de sol y playa ya existente en la Bahía. Por esta razón, creemos que pueden ser también el momento de recuperar el viejo Molino de Goyena, como se ha hecho con el existente en El Puerto



de Santa María. Antes de que el tiempo y la desidia arruinen definitivamente sus muros, podría acometerse su restauración, la regeneración de su entorno, el rescate de su historia... De esa historia que durante siglos han escrito los molinos de marea de la Bahía que hoy conocemos mejor gracias a trabajos como los de Julio Molina Font.

Para saber más:
- Molina Font, Julio (2001): Molinos de Marea de la Bahía de Cádiz (siglos XVI-XIX). Consejería de Medio Ambiente. Junta de Andalucía. Pgs. 92-96.
- Diccionario Geográfico Estadístico Histórico MADOZ. Tomo CADIZ. Edición facsímil. Ámbito Ediciones. Salamanca, 1986. Incluye el mapa de Francisco Coello: “Contornos de Cádiz”. Mapa escala 1:100.000.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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El molino de marea de El Puerto de Santa María

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 16/03/2014

El canal de La Tapa.
La unión del Guadalete y el San Pedro.



Desde el siglo XVI, de manera recurrente, la ciudad de Jerez anduvo embarcada en dos grandes proyectos: la traída de aguas y la canalización del Guadalete y su unión con el Guadalquivir. Si bien el primero de ellos vio la luz bien avanzado el XIX, la mejora de la navegación por el Guadalete y, el sueño de acercar el río a los pies de la ciudad ha conocido tantas frustraciones como proyectos se han sucedido en todos estos siglos. Junto a ellos, otro ansiado sueño, unir el Guadalete con el San Pedro para conseguir una salida navegable más directa a la Bahía de Cádiz sin pasar por El Puerto, llegó a materializarse aunque tuvo un curioso y accidentado final.

Entorno de La TapaCuando el Guadalete abandona el término municipal de Jerez camino de su desembocadura en El Puerto cruza una gran llanura formada por los sedimentos de su antiguo estuario. Estas tierras, antiguas marismas, fueron puestas en cultivo por el Instituto Nacional de Colonización al levantarse el Poblado de Doña Blanca, tras la desecación de amplios sectores inundables y el trazado de una amplia red de canales de drenaje. En estos parajes persiste el llamativo topónimo de “La Tapa”, estrechamente vinculado con aquel viejo proyecto de unir el Guadalete con el Río San Pedro.

Cuenta el padre Rallón en su Historia de la Ciudad de Xerez de la Frontera, que ya en 1622 el concejo de Xerez había acordado realizar una obra que uniese ambos ríos para buscar así una salida más directa a los barcos que desde la ciudad se dirigían a la Bahía de Cádiz y evitar las dificultades que ocasionaba la barra de la desembocadura del Guadalete. El proyecto se retomó con más fuerza con ocasión de la epidemia de peste de 1648 y su aparición en la vecina ciudad Río Guadaletede El Puerto,”… tan cercana a Xerez, que pudo juzgar que la tenía dentro de su casa. Inquietóse el común y comenzó a sentir su daño. Cerró del todo la comunicación con ella y ella, que disimulaba el mal y se juzgaba sana, se quiso valer de la violencia, quitando por fuerza el bastimento que pasaba por sus ríos a la ciudad de Cádiz, ocasionando la discordia entre las dos ciudades; daño que se sentía y no se podía remediar por lo preciso de haber pasar por sus puertas con la provisión que llevaban a Cádiz para despachar en ella sus frutas en que Xerez tenía muchos interesados, los cuales quisieron buscar remedio para este daño, quitando la ocasión de llegar a las manos y mudando el tránsito por otro lado”.

Entorno de La TapaLa necesidad de dar salida al comercio que seguía la vía fluvial rumbo a la Bahía, que había quedado obstaculizado por la aparición de la peste, hizo retomar el viejo proyecto del concejo jerezano. “Se trataba de romper el istmo de tierra que había entre Guadalete y un caño, que desde la bahía entra por el término de Xerez y se llamaba el Salado de Puerto Real. Considerose que si se rompiese el pedazo de tierra y se le hiciese madre, para que sus aguas se comunicasen con Guadalete, se podría por el pasar a Cádiz sin tocar en El Puerto y evitar a ocasión de discordias éntrelas dos ciudades y guardar mejor de la muestra del contagio que se tenia. El medio aunque eficaz era dificultoso, así por las muchas expensas que se necesitaban para conseguir su efecto, como por no poderse hacer sin autoridad publica y sin licencia del rey. El daño iba creciendo cada día y todos temían que no se les apestasen sus casas, con que la clerecía se determino a ejecutarlo, juzgando que la necesidad dispensaba en esta ocasión con todas las leyes y que hecho una vez, se tendría el rey por servido reconociendo la utilidad de la comunicación de estas aguas…”.

La obra comenzó a hacerse de inmediato con el apoyo decidido del clero jerezano y cuenta Rallón que “…fue abrazada y aplaudida de todo el común y aún de todos los lugares de la comarca, menos de El Puerto y del Duque de Medinaceli, su señor, a quien estaba mal que el comercio con Cádiz no fuese por allí. Pusieron todo el conato posible en que no se pasase adelante con la obra, que cada día iba tomando mejor forma, porque todos accedieron a ella con las personas y con las haciendas. Hízose la clerecía cargo de ello y en breve tiempo se formo en aquel campo un real de chozas y tiendas como un buen lugar, proveído de todas las cosas necesarias para la prosecución de la obra, que iba muy a prisa, juzgando que el remedio de aquel daño se cifraba en la brevedad.”

Enterado de la obra, el duque de Medinaceli se presentó en Xerez ante el cabildo y solicitó del corregidor Don Pedro de Contreras que, puesto que se carecían de los oportunos permisos, se paralizase. “Y él lo puso en ejecución, enviando ministros que estorbasen la obra. Más ella había tomado tal fuerza que no se atrevieron a más de la autoridad de la justicia por ser eclesiásticos y a todos los que andaban en la obra y porque se vieron que el común no se inquietase porque muchos estaban a la vista para favorecer la clerecía en caso que se quisiese hacer alguna violencia, por lo cual les hicieron muchos requerimientos y suspendieron las demás diligencias. Viendo el duque el estado del negocio, tomo testimonio de lo que pasaba y lo remitió al concejo. Lo mismo hizo el corregidor y con el dio cuenta el arzobispo para que envíe al juez que procediese contra la clerecía para que constase que la ciudad no cooperaba en la acción. Las diligencias prosiguieron muy vivamente y los obreros no se descuidaban en acabar su obra. El arzobispo envió su visitador, a instancia del duque, para que reprimiese la clerecía y el concejo dio orden a don Jerónimo Pueyo, regente de la Audiencia de Sevilla, para que viniendo a Xerez, el uno con la potestad real y el otro con la eclesiástica, detuviesen aquel torrente de pueblo que con toda instancia proseguía la obra comenzada”.

Cuenta Rallón que “el negocio se redujo a juicio civil” y que mientras duraban los pleitos, se terminó de abrir el canal, “…habiendo roto más de mil baras de tierras y dejando el río Guadalete con dos bocas al mar, recibiendo por esta nueva tanta agua salada que lo hizo más caudaloso y subió más de una legua arriba. De modo que no pudo ser de provecho para el abrevadero de los ganados y hubieron de hacer pozos para que bebiesen, con que se reconoce que no se le quitó ningún caudal, antes se lo añadió y lo hizo más navegable. Pero como la autoridad del duque era tanta, pudo vencer esta verdad de que hacía demostración la misma experiencia, fundado su pretensión en que faltaba agua en el brazo que iba por El Puerto para poder navegar las galeras que tienen en el su surgidero. Y tuvo sentencia a favor para que se volviesen a cerrar..y don Jerónimo del Pueyo mandó que se cerrase el nuevo canal..”.

Río San PedroLa ciudad obedeció y se iniciaron las obras para realizar “la tapa” del canal abierto, al que se bautizó con el nombre de río San Pedro, pero no debía ser tarea fácil ya que como afirma Rallón “...la violencia del agua era tanta que lo que hacían cincuenta hombres con azadas y espuertas en doce horas que duraba la marea, lo destruía la creciente con tanta violencia que parecía que no se le había echado una espuerta de tierra". Ante la imposibilidad de poder cerrar materialmente el canal se optó por otra solución: sancionar a los barqueros que lo utilizasen. Estas medidas no debieron surtir mucho efecto y, según cuenta Bartolomé Gutierrez, en sus “Anales de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Xerez de la Frontera” en 1649, “deseando evitar los fraudes de las Reales rentas, con una galera que echaron a pique, creyeron ver lograda la pretensión; pero no surtió el efecto que se deseaba por entonces aunque contuvo algo”.

El pleito se resolvió finalmente a favor de El Puerto y Jerez fue condenado a las costas del cerramiento el cual, a decir de Rallón “...para que se hiciese con obra permanente se determinó que se atajase con un taco de cantería haciendo una azuda a satisfacción de la parte”. Bartolomé Gutiérrez confirma estas dificultades para cerrar el canal abierto y añade que en 1654 “…no pudiendo estorbar el paso a los barcos, citaron las dos ciudades, para que con Ingenieros reales concurriesen en aquel sitio, y dieren forma y modo de estorbar esta navegación; y en efecto el día 9 de marzo concurrieron en el citado lugar con sus Diputaciones y los Ingenieros con ellas para efecto tan deseado, en que convinieron para su ejecución”. El padre Rallón da cuenta de que tampoco surtió efecto esta obra de “la tapa” y las mareas socavaron los estribos del azud de sillares de cantería que se construyó, volviendo a unirse el San Pedro con el cauce del Guadalete, con tanta fuerza “... que hoy puede navegar por él un navío”. Todavía en 1699 no se había conseguido solucionar el problema y de nuevo en los “Anales…” se menciona que “... se volvió a trabajar sobre cerrar el río de S. Pedro, pero no se consiguió”.

Zona de marisma en La TapaLos proyectos de canalización que se llevaron a cabo en el Guadalete en 1721 con la apertura de la conocida como "Calle Larga" por José Patiño, Intendente General de la Armada, modificaron el cauce del río. Se unió el Guadalete de nuevo con la "madre vieja" construyendo un canal de casi 4 km que evitaba buena parte de los meandros del tramo final del Guadalete, dándole salida de nuevo al Puerto de Santa María. Para ello, se efectuó una "nueva tapa" (que permanece en la actualidad), dejando al San Pedro como una entrada de mar, tal como lo conocemos en la actualidad. Se acababa así definitivamente con aquella conexión que, durante el buena parte del siglo XVII, permitió a los barcos navegar de Jerez a Cádiz (sin pasar por El Puerto de Santa María), cruzando las tierras del rincón de La Tapa por aquel estrecho canal que comunicaba directamente con el cauce del Salado de Puerto Real, el Río San Pedro. Ese canal que tanto costó “tapar” por el trabajo obstinado y permanente trabajo de la mareas y que hoy imaginamos, por un momento abierto de nuevo cuando paseamos por las soledades de las marismas de La Tapa, tan cercanos el Guadalete y el San Pedro.

Para saber más:
- Gutiérrez, B.: Historia y Anales de la muy noble y muy leal ciudad de Xerez de la Frontera, Edición facsímil. Tomo II. BUC .Jerez, 1989, vol I, pp. 216, 220 y 258.
- Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. IV, pp. 18-19 y 99-100.

 
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