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La “Torre de Cera”.
Una torre vigía del Jerez andalusí (y II).




(Continua de la semana anterior)

Aunque desde la lejanía el viejo torreón de Torrecera se nos antoja, todavía hoy, una obra sólida y altiva, solo cuando nos acercamos hasta ella podemos apreciar el deterioro y la ruina de sus muros y el riesgo real de que termine desplomándose por completo si no se llevan a cabo tareas de consolidación.

Tras solicitar la correspondiente autorización, accedemos a la torre desde el aparcamiento de la bodega Entrechuelos y llegamos a ella en un corto paseo por una empinada cuesta que discurre entre olivares y viñedos. La base de esta construcción es de planta cuadrada y aunque no es posible conocer con exactitud sus dimensiones originales, podemos estimar unas medidas aproximadas de 10 m de lado en su base y unos 8-9 metros de altura en la parte más elevada de los muros que se mantienen en pie en la actualidad.

El tapial: una curiosa técnica constructiva.

Está edificada con la técnica de tapial, al igual que la cerca almohade de Jerez, procedimiento constructivo que puede apreciarse también en otras torres repartidas por el término, como las que se conservan parcialmente en el cortijo de Pedro Díaz, en el de Alíjar o en la cerca que rodea la torre de Gibalbín.



El observador curioso deducirá, a la vista de las numerosas huellas y marcas de los encofrados que permanecen todavía en los muros, algunos detalles de esta antigua técnica muy utilizada por los alarifes andalusíes. Cedemos la voz, por un momento, a Ibn Jaldun, el sabio musulmán que en el s. XIV nos describe en su obra Al-Muqaddimah la construcción de estos muros de tapial:

…Otra rama, es formar las paredes con la sola arcilla. Se sirve para esta operación de dos tablas, cuya longitud y anchura varían según los usos locales; pero sus dimensiones son, en general, de cuatro varas por dos. Se colocan estas tablas en los cimientos, observando el espacio que debe separar entre ambas, conforme a la anchura que el arquitecto ha juzgado conveniente dar a dichos cimientos. Se mantienen entrelazadas por medio de travesaños de madera que se sujetan con cordeles o lazos; se cierra con otras dos tablas de pequeña dimensión el espacio vacío que queda entre los (extremos de) las dos tablas grandes, y se vierte allí una mezcla de tierra y cal que se apisona enseguida con pisones hechos a propósito para este fin. Cuando esa masa ya está bien comprimida, y la tierra suficientemente amalgamada con la cal, se agrega todavía de las mismas materias, una y otra vez, hasta que el vacío quede completamente colmado. Las partículas de tierra y cal se hallarán entonces tan bien mezcladas que forman un solo cuerpo compacto. Luego se colocan esas tablas sobre la parte del muro ya formada, se repite la operación y así se continúa hasta que las masas de tierra y cal, ordenadas en líneas superpuestas, formen un muro cuyas partes quedan totalmente aglutinadas, como una sola pieza. Este género de material se llama “tabia” (de atoba, o adobe); el obrero que lo hace se designa con el nombre de “tawab”. (1)

El material empleado para la construcción de las tapias que observamos en la Torre de Cera, que aún hoy se nos muestra como un mortero de consistencia pétrea con un aspecto que nos recuerda al moderno hormigón, era básicamente tierra arcillosa húmeda, arena, grava y cal, materiales fáciles de obtener en el entorno de la obra. En los cortes de los muros puede apreciarse la grava de grano muy fino, en la que aparecen también algunos guijarros de mayor calibre y en la que no hemos visto restos de fragmentos cerámicos que si se han utilizado en los morteros de otros lugares. Esta mezcla, en proporciones adecuadas, se vertía en el interior de un encofrado en capas sucesivas de unos 10 o 15 cm de grosor (tongadas), siendo compactada a golpes con la ayuda de pisones. Como señalan Rosalía González y Laureano Aguilar en su estudio sobre El sistema defensivo islámico de Jerez de la Frontera estos cajones de madera o tapiales que actuaban de encofrado, estaban formados por “tablas rectangulares de gran longitud y entre 12 y 15 cm de altura, dispuestas horizontalmente, llamadas cimbras, sujetas entre sí por unos travesaños verticales llamados costales, fijados dos a dos en la parte superior mediante listones de madera o cuerdas” (2).

Cuando estos cajones se llenaban, apisonando las capas de argamasa fuertemente, y una vez que el mortero se había fraguado, se separaba el encofrado y se trasladaba para seguir completando el muro por hiladas horizontales. Completada la primera, se avanzaba en altura situando las tapias de manera contrapeada para evitar que las juntas verticales quedaran superpuestas, ganando así el muro en solidez. Para ello, como describen los mencionados autores, sobre la tapia ya terminada “se colocaban los durmientes, agujas de madera instaladas en sentido transversal que servían para sostener el siguiente cajón. Estas agujas sobresalían por las caras exteriores del tapial y disponían de muescas en las que se introducían los costales verticales” (2). Estas maderas podían disponerse a todo lo ancho del muro o, como se aprecia también en esta torre, sin atravesarlo en su totalidad, utilizándose para ello dos trozos independientes, uno para cada lado del muro, que penetran unos 40 cm. Al crecer en altura las tapias, estas maderas sobresalientes que se habían utilizado para apoyar los cajones del encofrado, quedaban incrustadas en el muro y eran retiradas o aserradas. Con el tiempo, al desaparecer por distintos motivos, han ido dejando esos huecos tan llamativos que salpican regularmente los muros de la torre –los mechinales- algunos de los cuales han incrementado su tamaño original debido a la erosión.

La Torre en la actualidad.



Observando los restos de los muros de la torre puede apreciarse que la altura de las tapias es aproximadamente de unos 80-90 cm, llegándose a contar hasta 11 filas de tapias –la última muy destruida- en los sectores más altos de los paredones. La distancia horizontal entre los mechinales es también variable, siendo la más frecuente entre 75 y 80 cm. El muro orientado hacia el este se ha desplomado, encontrándose en el suelo grandes bloques compactos que pueden corresponderse con otras tantas tapias, lo que nos da idea aproximada de sus dimensiones. Tanto en ellas como en los cortes de los muros que han quedado al descubierto, descubrimos un grosor cercano a un metro. La longitud de estas tapias (o lo que es lo mismo, de los cajones utilizados en el encofrado), se acerca en algunos casos a los dos metros.

El muro norte presenta a media altura una oquedad, a modo de puerta o ventana, en cuya parte superior se aprecian los restos de un arco de ladrillo, sobre el que observa una gran grieta que amenaza con partirlo. En este muro se observa con claridad que a partir de la séptima hilada de tapias, el aspecto de las mismas parece más terroso y menos consistente, lo que podría corresponder a diferentes momentos constructivos o a un posterior recrecimiento o restauración con distintos materiales. Los mechinales en estas tapias superiores son también de mayores dimensiones.



Esto mismo se aprecia también en el muro oeste, el más completo de los cuatro. En él llama la atención una oquedad y una posible restauración con empleo de hiladas de piedras de pequeñas dimensiones para consolidar varias tapias erosionadas. En su parte superior se aprecian también tapias de distinta composición y medida que las situadas en las primeros niveles.

Muy llamativa es la grieta de separación entre ambos muros, lo que puede dar a entender que en los vértices no se contrapearon las tapias. En estos perfiles puede apreciarse la penetración horizontal –hasta la mitad del muro- de las agujas de madera que sujetaban el encofrado.

La pared sur de la torre sólo conserva seis hiladas de tapias y, parcialmente, los restos de una séptima, mostrando también las mismas una composición uniforme. En la esquina en la que se une al muro oeste presenta también una preocupante grieta longitudinal.



Por último, los desplomes nos permiten observar, en el caos de bloques originado, el grosor y longitud de sus tapias. A juzgar por la erosión superficial de los materiales y por la altura de la capa de suelo acumulado entre ellos, el muro debió arruinarse hace mucho tiempo.

Un mirador excepcional.



Como el lector podrá suponer, un cerro elegido hace casi un milenio para la construcción de una torre vigía, debe contar con vistas panorámicas excepcionales que permitan controlar visualmente un amplio territorio. En efecto, el Cerro del Castillo (141 m), en cuya cima se emplaza un vértice geodésico, es también un mirador privilegiado que nos permite asomarnos a un amplio sector de la campiña gaditana. Así, desde cada uno de los lados de la torre, podemos contemplar el soberbio espectáculo que se nos brinda hacia los cuatro puntos cardinales.



Al Norte se divisan, en la lejanía, los perfiles de la Sierra de Gibalbín, cerrando el horizonte. A nuestros pies, en esta misma dirección, descubrimos los Tajos de El Infierno bordeando el meandro que forma el Guadalete en la extensa vega que se extiende entre El Torno, Torrecera, San Isidro y La Barca de la Florida, pueblos unidos por el curso del río al que delatan sus alamedas.



Son los paisajes del regadío y de los poblados de colonización que se aprecian desde aquí a vista de pájaro. Siguiendo el sentido de las agujas del reloj, destaca el blanco caserío de Arcos que se desparrama sobre su inconfundible “peña”.



Al Este, los relieves de la Sierra de Grazalema se nos muestran en toda su extensión y más cerca, los de las sierras del Valle, de las Cabras, del Aljibe… Al Sureste, en las laderas de la Sierra del Valle, junto a una gran cantera, se adivina la torre de Gigonza y puede seguirse también el curso de la cañada de Los Arquillos, por el valle donde discurre el Salado de Paterna y en el que sobresale el cerro, casi cónico, de Cabezas de Santa María. Sobre él, en la lejanía, queda Paterna, entre parques eólicos, y ya donde se pierde la vista, el castillo de Torre Estrella.



Hacia el Sur, despunta el cerro de Medina y, más cerca, el Cortijo de Torrecera, en el que destaca su pantaneta. Algo más hacia el Oeste nos llama la atención una zona de colinas cubiertas por monte bajo: son los Entrechuelos, Bajos y Altos, topónimo que da nombre a los vinos que se crían en las bodegas de la finca Torrecera, cuyas instalaciones observamos también desde aquí a vista de pájaro y cuyos viñedos crecen en estas faldas del Cerro del Castillo, cargadas de historia, llegando, como los olivares, hasta los pies de la Torre.



En dirección Oeste se aprecian, en primer plano, las tierras de los cortijos de Espínola y de Doña Benita, que albergan un gran parque eólico. Muy cerca de nosotros, despunta el Peñón de la Batida, sobre el Guadalete y los cerros de Chipipi.

En la lejanía, la vista se nos va hasta Jerez, que se extiende en la campiña, junto a la Sierra de San Cristóbal y los cerros de albariza que cierran el horizonte. La vega baja del río se aprecia desde aquí en toda su extensión y, desde este privilegiado balcón podemos observar como el valle del Guadalete, que ha venido manteniendo desde Puerto Serrano una orientación NE-SO, cambia bruscamente a los pies del Cerro del Castillo para dar un giro de noventa grados hasta tomar el rumbo NO, camino de la Bahía.

Con un emplazamiento como este y unas vistas tan singulares, no es de extrañar que este lugar fuese escogido, hace ya casi un milenio para construir una importante torre vigía que jugó un papel estratégico en las luchas de frontera. La misma torre que acabaremos perdiendo si no se realizan en ella las obras de consolidación que detengan la ruina de sus muros.

Para saber más:
(1) Azuar, Ruiz, R.:Las técnicas constructivas en al-Andalus. El origen de la sillería y del hormigón de tapial”, V Semana de Estudios Medievales. Nájera. 1995, Pg. 133. (Traducción de J. Ferés, 1977).
(2) González Rodríguez, R. y Aguilar Moya, L.: El sistema defensivo islámico de Jerez de la Frontera. Fuentes para su reconstrucción virtual. Fundación Ibn Tufayl de Estudios Árabes, 2011,. Págs. 41-48.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Puedes ver otros artículos relacionados en nuestro blog enlazando con :

- Un recorrido por las torres y castillos en torno a Jerez
- El Castillo de Berroquejo. Un sobreviviente de las luchas de frontera.
- Por La Torre de Pedro Díaz. Paisajes fronterizos en torno a Jerez.
- Patrimonio en el medio rural
- En la Torre de Melgarejo con Fernán Caballero.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 07/06/2015

La “Torre de Cera”.
Una torre vigía del Jerez andalusí (I).




Dominando las tierras del bajo Guadalete desde Arcos hasta los Llanos de la Ina, el Cerro del Castillo, en Torrecera, es un hito paisajístico de primer orden presidido en su cima por una torre almenara de época islámica, cuyos viejos muros de tapial son visibles desde la lejanía.

La torre formaba parte del sistema defensivo en torno al Jerez andalusí y su origen hay que buscarlo, tal vez, en la expansión demográfica que, como ha señalado Laureano Aguilar, experimenta la región a partir del siglo XII. Como consecuencia d ello se consolidan un buen número de aldeas y alquerías, algunas de ellas fortificadas, repartidas por el extenso alfoz de nuestra ciudad (1). Aunque se desconoce cuándo fue levantada, se atribuye su construcción a las primeras décadas del XIII. De lo que no cabe duda es del papel destacado que debió jugar en la defensa del territorio por el dominio visual que desde ella se tiene del curso medio del Guadalete y de sus vegas y campiñas circundantes.

El emplazamiento estratégico de esta torre vigía estuvo vinculado también al control de una importante vía de comunicación de gran importancia hasta los siglos medievales. Se trata de la ruta que ponía en conexión las campiñas sevillanas y las riberas del Guadalquivir con el Campo de Gibraltar a través de la Sierra de Gibalbín y la vega Baja del Guadalete. En este sector, la mencionada vía, cruzaba el río por el Vado de Sera, a los pies de la torre, para continuar a través del valle del Salado de Paterna en dirección a Alcalá de los Gazules y Medina Sidonia siguiendo en parte el trazado de la actual Cañada de Los Arquillos.

Tras los rastros de Xera y Ceret en la historiografía clásica.

Desde antiguo, tanto las ruinas del torreón como los topónimos vinculados a ellas (“Cera” o “Torre de Cera”), reclamaron la atención de la historiografía tradicional y desataron las especulaciones de los historiadores locales, queriendo ver en este emplazamiento el de antiguas ciudades relacionadas con nuestro pasado remoto.

Así, por citar sólo algunos ejemplos, Fray Esteban Rallón, vincula este lugar a la Xera mencionada por Estéfano de Bizancio geógrafo del s. V d. C., que recoge a su vez los testimonios de Teopompo, historiador griego del s. IV a. C. El texto de éste último (Xēra, polis peri tas Herakleious stelas), muy discutido, alude a una ciudad, Xera, cercana a las columnas de Hércules.



A diferencia de los eruditos locales, que quisieron ver en ella la más remota referencia histórica al emplazamiento de la actual Jerez, el padre Rallón descarta ya a mediados del XVII estas teorías y para ello, acude a una argucia no menos disparatada: buscarle a esa posible ciudad de Xera otra ubicación.



El lugar mencionado por Estéfano Bizantino, escribe, “… no es nuestra ciudad, sino un sitio despoblado, que hoy conserva el mismo nombre, y se llama la Torre de Cera, donde se descubren ruinas de edificios antiguos, y en quien concurre mejor que con nuestro Xerez” (2).

El historiador Bartolomé Gutiérrez (1787), al ocuparse de las torres y fortalezas repartidas por el término de Jerez menciona la de Cera, recordando que otros autores asocian este topónimo al de Ceret: “Más al occidente en otro alto cero está la torre de Cera ó del Serrallo,… es también fuerte más no tanto como la de Jigonza, en este sitio nos apropian el de la antigua Ceret, por estar en tierras de labor y la moneda de este nombre gravar las dos espigas, como símbolo de la feracidad del terreno…” (3).

Xera y Ceret, nada menos, fueron situadas en estas ruinas por algunos de aquellos historiadores locales que, a buen seguro, nunca visitaron el lugar, ya que hubiese bastado observar sus muros para ver en ellos similitudes claras con la cerca islámica de la ciudad de Jerez, que todos identificaban como “obra de moros”.



Habrá que esperar al siglo XIX para que otros estudiosos como Parada y Barreto (1876) tiren por tierra estas tesis de la historiografía tradicional: “La suposición de que Cerét debía corresponder al sitio que ocupa la torre de Cera; que ha sido la opinión más generalmente admitida en razón de la analogía de ambas palabras, es a nuestro modo de ver inadmisible. El nombre de Torre de Cera no se encuentra mencionado sino posteriormente a la conquista del territorio jerezano y pudo haber tomado tal nombre del apellido de algún caballero de los que acompañaban a Alonso el Sabio, a quien acaso le fue dada por el Rey o tuviera ocasión de dejar por cualquier hecho, recordando su nombre en tal castillo” (4).

Con Alfonso XI en el Vado de Sera.

Sea como fuere, el enclave de la Torre de Cera jugó durante los siglos medievales un importante papel defensivo y de control del territorio, primero para los musulmanes y después, tras la conquista de Jerez por Alfonso X el Sabio, para los nuevos pobladores cristianos.

Conviene recordar que la vía de comunicación ya mencionada y que discurre paralela al curso del Salado de Paterna, a los pies de la torre, ha sido utilizada como paso natural entre estas tierras desde la más remota antigüedad.



En las cercanías se ubicaba una de las obras más notables del acueducto romano de Tempul a Gades, el sifón de Los arquillos, algunos de cuyos vestigios aún son visibles hoy día, habiendo sido objeto de recientes estudios por parte de los investigadores del proyecto AQUADUCTA. No hay que olvidar que desde la torre de Torrecera existe también conexión visual con las torres de entrada y salida del sifón del acueducto que se alzan en sendas lomas en los cercanos cortijos de Los Isletes y Los Arquillos.

En el Medievo este camino pudo ser, a juicio del profesor F. Hernández, la ruta seguida por Musa b. Nusayr en sus primera incursión, tras la victoria de Tarik en 711, quien según este autor, cruzaría el Guadalete por el Vado de Sera en su avance hacia las campiñas sevillanas, una vez conquistada Medina Sidonia (5). Como señala el profesor Juan Abellán, este mismo lugar fue paso obligado en el Jerez andalusí para las rutas que se dirigían a Vejer y Medina (por el camino de Algeciras descrito ya por al-Idrisi) y, especialmente, a Alcalá de los Gazules, pasando por Los Arquillos (6).



En algunas fuentes medievales cristianas como la Crónica de Alfonso XI, se subraya de nuevo la importancia de este lugar. Así, por ejemplo, en su camino hacia Alcalá de los Gazules, en el marco de una operación militar para liberar a la fortaleza de Gibraltar del cerco al que le había sometido el infante Abu-Malik, Alfonso XI acampará con sus tropas a orillas del Guadalete el 23 de junio de 1333. Habían cruzado por el Vado de Sera, como refleja la Crónica, para continuar al día siguiente en paralelo al Salado de Paterna, tomando la dirección de Alcalá. (7 y 8).

En estos siglos en los que el valle del Guadalete fue tierra de frontera, la Torre de Sera o de Cera, como se la llamará a partir de la dominación cristiana, formará parte del cinturón de torres vigía, atalayas o almenaras distribuidas por la campiña, con muchas de las cuales mantenía una buena conexión visual. Así, entre las torres, fortalezas o castillos que quedaban en su campo de visión, citamos las de Gigonza (a 12 km, al este), el castillo de Medina Sidonia (a 15 km al sur) o el de Torre Estrella (a 19 km al SE). Algo más lejos se divisa el castillo de Arcos (21 km NE), Jerez (19 km al O) o la Sierra de San Cristóbal (18 km al O) en cuya cumbre existió otra torre almenara. En el horizonte, hacia el Norte, se divisa también la Sierra de Gibalbín, a 25 km, que contaba con una de las torres vigías de mayor importancia estratégica en la época medieval, cuyos restos aún se conservan.

(Continuará en la próxima entrada)
Para saber más:
(1) Aguilar Moya, L.: “Jerez islámico”, en D. Caro Cancela (coord.), Historia de Jerez de la Frontera I. De los orígenes a la época medieval, Cádiz, 1999, pg. 243-244.
(2) Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. I, pg. 13.
(3) Gutiérrez, B.: Historia y Anales de la muy noble y muy leal ciudad de Xerez de la Frontera, Edición facsímil. Tomo II. BUC. Jerez, 1989, vol I, pg. 35.
(4) Parada y Barreto D. I.: Hombres ilustres de la ciudad de Jerez de la Frontera . Edición facsímil. Extramuros, Sevilla, 2007.Pg. 11.
(5) López Fernández, M.: De Sevilla al Campo de Gibraltar. Los itinerarios de Alfonso XI en sus campañas del Estrecho. Historia Instituciones y Documentos, 33, (2006) p. 317.
(6) Abellán Pérez, J.: La cora de Sidonia, Málaga, 2004. Pg. 41
(7) Catalán Menéndez-Pidal, D.: Gran crónica de Alfonso XI. Edición crítica y estudio. Madrid: Seminario Menéndez Pidal. Ed. Gredos, Madrid, 1976. Vol 2 Pg.43
(8) López Fernández, M.: El itinerario del ejército castellano para descercar Gibraltar en 1333.
Espacio, tiempo y forma. Serie III. Historia medieval, nº 18, 2002. Pg. 185-208


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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- El Castillo de Berroquejo. Un sobreviviente de las luchas de frontera.
- Por La Torre de Pedro Díaz. Paisajes fronterizos en torno a Jerez.
- Patrimonio en el medio rural
- En la Torre de Melgarejo con Fernán Caballero.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 31/05/2015


Los caminos de la Vía Augusta en torno a Ceret (II)



(Continuación de la entrada anterior)

¿Pasó algo parecido para el diseño del Ager Ceretanus y sus inmediaciones, incluyendo los esteros? ¿Desde cuándo?

Una inscripción de Carteya (CIL II, 1929), datada a mediados del siglo II d.C y queacompañaba a la basa de una estatua honorífica, nos muestra el currículo político de Q. Cornelius Senecio. Personaje notable, tiene sus raíces en un equite gaditano de tiempos de Nerón (Sen. Ad. Luc. XVIII, 101) que, como otros muchos, se había enriquecido con actividades vinculadas a la anonna para la exportación de productos a Roma, siguiendo el paso de los Balbo, con los que están vinculados. Con el tiempo, su familia promocionó de modo que hacia 142 d.C. -fecha de la inscripción– su hijo o nieto alcanza el rango consular. Es importante observar como en este currículo político Senecio ha pasado por numerosos cargos desde el ámbito local, como sacerdote del Templo de Hércules Gaditano, a cargos que se vinculan directamente con la Urbs –cuestor urbano y tribuno de las plebe- para luego acceder al consulado y terminar su carrera como procónsul en Bitinia (C. Castillo, 1965).

Aquí nos interesa destacar uno de estos cargos que se desarrollan durante su estancia en Roma. Q. Cornelius Senecio llega a ser, precisamente, curator de la vía Latina y de la Vía Appia. Por tanto, supervisaba aun entonces el control de las calzadas que unían Roma con el Ager Tusculanus y con la fértil Campania. Era un cargo temporal, estaba claro, en la carrera de este gaditano al que Carteya brinda honores en 143 d.C, quizás por su labor evergética. Pero esto hace sospechar que también el cargo de curator Víarum, y precisamente de estas dos vías, era determinante para los negocios de estas familias dedicadas al tráfico de mercancías agrícolas. Algo que no es descabellado si tenemos en cuenta el alcance de los Cornelios Balbo y de sus ramificaciones en la política de época altoimperial (F.J. Lomas, 1991).

Son, pues, algunas razones para creer que el modelo aplicado en el Ager Ceretanus fue muy parecido, pues como vimos muchas de sus tierras terminaron, en tiempos de Columela, en manos de la aristocracia gaditana. Esto quiere decir que las familias terratenientes aplicaron en el Ager Ceretanus conocimientos de ingeniería y de agronomía romana ya aplicados en Italia (y el tratado de Columela es buena prueba de ello).

Por eso nuestro Viajero al entrar en el Ager Ceretanus quizás conociese ya el inicio de la construcción, o condicionamiento, de uno o varios canales. Porque Estrabón (Str. III, 2, 5) recuerda que hay canales que permiten la comunicación entre diferentes ciudades turdetanas de la costa. Uno de estos canales comunicaba sin duda los estuarios del Guadalquivir (Lacus Ligustinus) con la actual Bahía de Cádiz y el Guadalete (Sinus Tartesius), habiendo sido planteado ya desde hace algunos años (G. Chic, 1981) y también recientemente (A. Cuadrado, 2012), si bien sospecho que se desarrolló a partir de una comunicación de marisma natural en la que la ingeniería hidráulica romana puso el resto, pues recordando la cita de Estrabón, los canales han sido abiertos. Aceptemos que el más importante de ellos unía Mesas de Asta con el arroyo La Zarpa y su prolongación por el arroyo Salado o Badalac para alcanzar los Llanos de Caulina y el Guadalete –pues está bien estudiado- llegando precisamente a este punto en La Cartuja, que es donde nuestro Viajero accedía al Ager Ceretanus.

Dejaba, pues, a su izquierda, hacia Poniente, un entramado de canalizaciones que le llevarían si fuera necesario hacia la vieja colonia de Hasta. Pero decidió continuar por el interior, subiendo los Llanos de Caulina, y viendo como a medida que se alejaba de la costa encontraba un paisaje de villas en el cual, quizás por entonces, los ingenieros romanos planificaban el desarrollo de la Vía Augusta y de sus calzadas anexas y de vez en cuando un curator Víarum supervisaba las obras y el mantenimiento de las mismas. Podemos pensar de que esto fue así hasta al menos el año 143 d.C, pues las noticias de las reparaciones de calzadas que conocemos por otros miliarios de Hispania nos remiten sobre todo a la dinastía antoniniana (Trajano, Adriano, Antonino Pío) como una época de especial atención en la restauración de la vieja Vía Augusta (la de los Vasos de Vicarello), y a caballo entre ésta y la calzada que, ya en época tardía, nos describe el Itinerario de Antonino y el Anónimo de Rávena.

En el centro del Ager Ceretanus el Viajero se encontraría con una encrucijada de caminos,como sucedía en el Ager Tusculanus, solo que en este caso descongestionaban la entrada o salida de Gades, convirtiéndose entonces en parte de una verdadera área suburbana, como parece querer indicarnos Estrabón cuando dice que muchos de los gaditanos viven en tierra frontera (Str. III, 5, 3). Eso si, aun no se deja ver el proceso de concentración de propiedades de los potentados gaditanos en el interior, (A. Padilla 1990), que parece ser algo posterior a la época de Augusto, cuando escribe Estrabón

Entre la calzada de P. Sillieres y la de R. Corzo, proponíamos seguir el trazado del viejo arroyo de Gibalbín que nos mostraba P. Madoz. Un trazado que está flanqueado, por lo demás, por numerosos restos de villas cuya actividad económica parece estar más orientada a la producción de cereal, vino o policultivo mediterráneo, sin descartarse el uso ganadero. Hemos de seguir, por tanto, la línea marcada por las poblaciones de Estella del Marqués y Nueva Jarilla para luego continuar por el Camino de Romanina o por el paralelo Camino de Espera.

En este centro del Ager Ceretanus podemos atestiguar la aparición de monedas de Ceret y la presencia de villas suntuarias como fue la de Cortijo de La Jara (J.G. Gorges, 1979) de donde procede una herculanense datada en siglo II d.C que nos revela el modo de vida de uno de estos grandes propietarios gaditanos de la época. Lástima que no se haya registrado una secuencia estratigráfica completa que permitiese asegurar la existencia, probable, de esta villa a mediados del siglo I d.C. Pero al menos podemos decir que es factible que esta villa actuase como estación del entramado Víario de la Vía Augusta, precisamente porque desde ella es fácil el acceso tanto al Camino de Romanina (para aproximarse más hacia los complejos de alfares de los esteros) como al Camino de Espera (que se orienta más hacia el interior, hacia Torres Alocaz-Ugia).

Tomaremos el Camino de Romanina, como si nuestro Viajero quisiera visitar aquellas instalaciones o detenerse un instante a saludar a otro de aquellos grandes propietarios gaditanos que habían adquirido tierras en la zona. El topónimo es suficientemente llamativo porque este camino conduce, efectiva-mente, a las fincas de Romanina Baja y Romanina Alta, en donde todos los indicios arqueológicos nos hablan de la existencia de grandes fundi en torno a las villas (J.G. Gorges, 1979) A su lado, debieron de existir también concentra-ciones rurales, aldeas (pagi) que sobrevivieron al período de colonización romana (las conocidas centuriaciones de tiempos de César y Augusto) para alcanzar sin interrupción el siglo V d.C (J. Montero, 2009). Esto significa que las “Romaninas” fueron áreas residenciales, pero no solo de los potentados gaditanos.

Esta población agraria turdetana debió de asentarse, necesariamente, en donde ya estaba desde antes de la llegada de los romanos: en la base de la Sierra de Gibalbín, entre ésta y las marismas de El Cuervo (R. González et alii, 1991). Eso si, afectada por los efectos de las colonizaciones en Hasta Regia, Nabrissa o Carissa Aurelia y por la expansión de la gran propiedad gaditana en el Ager Ceretanus.

Esto nos lleva a pensar qué papel tuvo en este entramado el puesto de La Torre, a los pies de la Sierra de Gibalbín y última estación del Camino de Romanina. Allí se han encontrado también restos de explotaciones agrarias romanas con una cronología completa, hasta el siglo V d.C, pero junto a un antiguo asentamiento ibérico–turdetano (J.G. Gorjes, 1979). Hoy es la Torre de la Hinojosa, un punto de control de la campiña (L. López Aguilar, 1999; A. García Lázaro, 2009) y que también quedó reflejado en el mapa de F. Coello junto a la Torre de Gibalbín.

Un dato más. Nuestro Viajero, según los Vasos de Vicarello, tenía que recorrer 16 millas desde la estación de Ad Portum (El Tesorillo) para alcanzar el acceso de Hasta Regia… Pensemos por un momento en que el paso a la vieja colonia no se hizo siguiendo la costa, sino desde un punto de acceso a los esteros, desde tierra firme. Y pensemos a continuación que proyectando las 16 millas desde ad Portum en esta calzada interior que vamos describiendo, tomando un valorponderado de la milla entre 1481 mts y 1525 mts (así, 23.696 mts ó 24.400 mts)obtenemos un promedio de 24 Kms que desde El Tesorillo y a través de Cartuja, Estella, Torremelgarejo y Nueva Jarilla, termina precisamente en este punto: La Torre, junto al gran complejo –fundus- de Romanina, y junto un antiguo enclave turdetano.

En los mapas actuales y antiguos han quedado muchos indicios para rastrear calzadas romanas a partir de vocablos vinculados con elementos defensivos. Así lo vieron los grandes investigadores del XIX en las Antigüedades Romanas (E. Saavedra, F.Coello y F. Fita en el BRAH, J.A Cean Bermúdez con su Sumario de Antigüedades o ya a principios del XX A. Blázquez en las comisiones de la JSEA) cuando describían despoblados o torres para dibujar los trazados de las vías romanas, reforzándose así la vieja tesis de D. Van Berchem sobre el carácter militar y annonario de las calzadas romanas oficiales (Berchem, 1936) que siempre apoyaremos. Y ahora, recordemos de nuevo estos términos: La torre como punto de control de la campiña puede tener su equivalente en época romana como punto de control en el Ager Ceretanus, de un territorio de producción agrícola bastante extenso y que, necesariamente, tenía que estar junto a una importante vía romana por la cual sacar dicha producción.

Nos quedan aun, en lo que al trazado Víario se refiere, otras dos cuestiones. El acceso a Mesas de Asta y el paso de la Sierra de Gibalbín. Respecto al primero, hemos visto las posibilidades que daban los canales, pero ahora podemos ver otra más. Sin que esto ponga en cuestión las tesis de P. Sillieres podemos pensar que, de nuevo, la situación de La Torre como nexo de comunicaciones es factible. Terminado el Camino de Romanina, el Viajero que venía del sur, como nuestro gaditano, podía orientarse hacia los esteros de Nabrissa (Marismas del Cuervo) o hacia Gibalbín, utilizando en ambos casos la Cañada de Gibalbín o Cañada de Casinas . En el primer caso, siguiendo los restos de las villas descritas, podría alcanzar los esteros para conexionar con la vía litoral de P. Sillieres a la altura de El Cuervo. Luego, hacia el sur, el paso hasta la vieja colonia pudo hacerse desde Espartinas (nº 22) o a través del fondeadero de El Muelle (nº 23). Un yacimiento, este último, que nos sugiere un puente de barcas, más en consonancia con el paisaje de humedales de la zona, y en el cual se levantaba otro fundus, en Espartinas, quizás propiedad de los conocidos Baebios de Hasta, o puede que de los Baebios de Gades

Pero nuestro Viajero iba hacia Ugia, otra torre en el camino hacia Hispalis, que actuaba como estación aduanera. En este caso, el Camino de Espera era el itinerario a seguir, bordeando la Sierra de Gibalbín por el este. No hay que olvidar al respecto las referencias del geógrafo Al-Edrisi, que aun en el siglo XII sigue citando la estación de Gibalbín, el Gebal Mont como paso importante en la ruta interior desde Algeciras, por Medina Sidonia (antigua Asido) y hasta Sevilla. Por cierto, recordando que existen aun dos caminos para llegar: uno por la costa y otro tierra adentro(Al- Edrisi, 38). Gibalbín es un punto de paso y de control en el Ager Ceretanus, y preside la encrucijada de caminos que acabamos de describir. (J. Montero, 2000).

Hasta ahora hemos visto cómo en el Ager Ceretanus puede definirse un paisaje resultado de la colonización romana, y cuyo modelo es traído de Italia: un área suburbana de Gades, con villas suntuarias y espacios agrarios, algún pagus y varios fundi propiedad de la aristocracia mercantil gaditana, como nos muestra el conocido texto de Columela (D.r.r., III, 3, 3), y conexionados por calzadas y caminos no oficiales en los que se definen estaciones aduaneras en torno a la Vía Augusta, vía esta que permite su conexión administrativa con las capitales conventuales y, siguiendo a nuestro Viajero, con Roma.

El desarrollo de este modelo de ager traído de Italia se explica también porque el Ager Ceretanus abastece de mercancías para ser exportadas a Roma, y porque personas como los Balbo o la familia de Columela, los propietarios de estas tierras, ejercieron cargos políticos en Roma y vivieron muy vinculados a la Urbs, y que, conociendo plenamente estas formas de vida de la aristocracia romana, las imitaron en Hispania: tendríamos que encontrar, eso si, más restos de villas residenciales que nos explicasen, por ejemplo, cómo era esta “tusculana”de Columela.

Pero además en el Ager Ceretanus existía un castrum, un lugar fortificado o campamento para establecer tropas. Y qué mejor comarca que la de Gibalbín, que sin duda fue muy importante durante las guerras civiles, pues parte de sus escenarios se dan en esta región en la primera mitad del siglo I a.C (coincidiendo además con la emisión de monedas de Ceret)y que bien pudo tener funciones fiscalizadoras (las monedas de Ceret muestran espigas que nos hablarían del papel recaudador para la annona), aunque con el tiempo, y llegada la pacificación de Hispania con Augusto, este castrum cesa como centro militar, pues ya no es necesario.

Siendo así, podría entenderse la “desaparición ”de Ceret, pero entonces, ¿por qué el gaditano Columela, que vive en tiempos del emperador Claudio, entre 41-54 d.C, cita el Ager Ceretanus? Sin duda, en esta época, nuestro Viajero tendría que atravesarlo para ir hacia Ugia siguiendo su itinerario a Roma, e iría flanqueando las villas de estos potentados gaditanos, quizás algunas “tusculanas” de recreo, otras sencillos centros de producción. Y quizás pudiese ver a su paso las ruinas del viejo castrum y/o un oppidum turdetano.

¿El por qué las fuentes oficiales ya no hablan de Ceret? …. La negación de su existencia en época imperial ¿es la respuesta? Pues… ¡cuántas ciudades romanas existen en Hispania que no son citadas por Estrabón, Plinio, Ptolomeo, el Itinerario de Antonino u otra fuente “oficial”y sin embargo pueden ser identificadas por la epigrafía! (en Cádiz, sin ir más lejos, el municipio de Ocurri- CIL II, 1336-1338)…. Y no preguntemos a las fuentes oficiales porqué tal o cual ciudad cumplía una función administrativa y otra no. Simplemente, es así, o lo ignoramos.

Si se argumenta la no supervivencia de Ceret por la no existencia de moneda más allá del siglo I a.C, hay que recordar que el hecho de que Ceret dejara de emitir moneda no es algo exclusivo de este núcleo, pues Lascuta, por ejemplo, termina de emitir hacia 90 a.C y no por ello desaparece. Además, todas las ciudades de Hispania dejaron de acuñar en tiempos de Claudio, cuando Columela escribía su De Re Rustica, como vimos. Algo que además ya estaba presente en el pensamiento de Augusto, pues el control de la circulación del numerario desde Roma era algo vital en la nueva economía mercantil abierta en el Imperio, y de la que se benefició precisamente esta nueva clase mercantil y terrateniente que adquiría las tierras del Ager Ceretanus como de otros puntos de Hispania. Los hallazgos numismáticos en Nueva Jarilla o en Gibalbín son indicadores precisos de dónde debe ubicarse la ceca, independientemente de cuanto duraron sus emisiones. Y- al menos es lo que yo pienso - mucho más fiables que la moneda que hacia 1.763 se dice que apareció en la Plaza del Mercado de Jerez.

La Sierra de Gibalbín preside, como hemos visto, el Ager Ceretanus, con sus centuriaciones y sus villas (algunas puede que tan sugerentes como la de Aquae Apollinares, con establecimientos termales para el Viajero). También -y lo he dicho en otras ocasiones- en Gibalbín existen restos de un oppidum turdetano romanizado, como ya se advertía en el siglo XIX, si no antes (F. Fita, 1896). Este tipo de asentamiento, que pudo ejercer también las funciones de castrum, como sucedía en el Ager Tusculanus, no se detecta en otros puntos del Ager Ceretanus (aunque se me pueda criticar que eso no justifica el que no existan otros que no se han encontrado).

En este sentido, desde hace muchos años A. Tovar venía identificando en sus mapas los restos de la sierra de Gibalbín con la ciudad de Cappa (A. Tovar, 1974); algo que se ha mantenido en el tiempo (G. Chic, 1979-80). La descripción de Cappa, junto a Oleastrum (Plin. N.H. III, 15), se adecua también al pasaje de Mela, que nos cita el Oleaster lucus (Mela, Chor. III, 4), un bosque de acebuches junto a Gades, en el Sinus Tartesius. Y siendo como era nacido cerca de Gades, tendría que conocerlo bien, además de que Gibalbín es una posición excelente para ubicar un acebuchal abierto a los esteros, quizás el acebuchal de La Guillena, que de hecho era el más extenso del término de Jerez a mediados del siglo XIX (Madoz, 1850, V, 155), ocupando aun hoy una superficie de 50 Has.



Ptolomeo cita Oleastrum como ciudad turdetana (Ptol. II, 4, 10). Parece estar situando este punto al este de Gibalbín, y por lo que nos dice Plinio junto a Cappa (que la arqueología ha ubicado en las ruinas de Esperilla, junto a Espera) y por tanto en la calzada que, como vamos viendo, se dirige a Ugia por el interior. Esta es la calzada más oriental, y seguramente refleja la que se describe en el Anónimo de Rávena como Camino de Asido a Hispalis (Rav. 317,5).

A partir de los cálculos que he efectuado (J. Montero, 2000), las coordenadas que corresponderían a Oleastrum deben situarse en un paralelo entre Ugia (37º 10´ - 7º 00´) y la colonia de Hasta (37º 00´ - 6º 00´). Nabrissa, además, presenta 6º 30´ de longitud, y Carissa los 7º 30´; por tanto en la Sierra de Gibalbín las longitudes alcanzan aproximadamente los 7º 15´. Las coordenadas ptolemaicas 37º 05´- 7º 15´ (que en Ptol. II, 4, 10 se dan para Baesippo) podrían ser las de Oleastrum.

Esperilla, por tanto, puede adecuarse a la fórmula Cappa cum Oleastro tal y como se define en Plinio (N.H. III, 15). Sería el punto por el que el Viajero saldría del Ager Ceretanus en dirección a Ugia, dejando a un lado, quizás en la sierra, ese Lucus Oleaster, el bosque sagrado en el cual a su paso encontrase aún recuerdos, reminiscencias de un viejo lugar de culto griego vinculado a la Gades púnica, como también lo fue el Oráculo de Menestheo, y que podría estar relacionado con la introducción del olivar en el territorio gaditano, la Kotinoussa de Plinio (Plin. N.H. IV, 5 ; Eust. Comm, 456).

Fuera del Ager Ceretanus encontramos, además, la respuesta de por qué las fuentes ya no citan Ceret, que efectivamente sigue existiendo en este entramado de vías de comunicación que dependían de la Vía Augusta

En Plinio (N.H., III, 15), hay ciudades que siguen denominándose libres, federadas, estipendiarias, colonias o municipios. Ceret no parece incluirse en ninguna de estas categorías, porque simplemente su situación jurídica no es tal (al menos antes del Edicto de Latinidad de Vespasiano). Llama la atención el hecho de que gran parte de las ciudades que se citan del Conventus Gaditanus son estipendiarias: ciudades que, como Lascuta, Baessipo, Iptuci, Saguntia o Cappa, disfrutaron del derecho a la posesión de sus tierras (que no a su propiedad),por haber contribuido con su apoyo o su pasividad a la sumisión de la Asta turdetana. Esto significa que, todavía a mediados del siglo I d.C, existían núcleos de población en los que, a cambio de un stipendium, la población turdetana seguía disponiendo de las tierras. Ceret no.

Ceret tampoco era una colonia (como Hasta, Nabrissa, Asido o Carissa) ni en principio un municipio (como Gades u Occuri), y por tanto su régimen de propiedad de las tierras no estaba en manos de los turdetanos. Así, queda patente que son estas tierras ceretanas las primeras que se adquirieron por parte de los potentados gaditanos. Columela nos lo recuerda (D.r.r. 3,3,3) :”La producción –de vino- es prodigiosa en nuestros (campos) Ceretanos “(in nostris Ceretanis). Y los campos –en manos privadas- hicieron olvidar el papel administrativo de la ciudad, quizás ya en tiempos del Edicto de Latinidad de Vespasiano, hacia 75 d.C.

Fuera del Ager Ceretanus, las colonias de Hasta y Nabrissa, Carissa y Asido o las ciudades ya citadas de Cappa, Iptuci y Saguntia, orbitando alrededor del gigantesco complejo de Gades; y otros núcleos que quedan por definir y que quizás algún día puedan identificarse con la Arcilacis de Ptolomeo (quizás Arci o Colonia), con Lacca, o con los municipios de Laepia Regia o Regina citados por Plinio, o con Saudone, aquel paso necesario del Guadalete por la vía oriental que hemos visto en el Anónimo de Rávena. Nada sabemos, sino que fueron antiguos oppida turdetanos que parecen emplazarse a lo largo del curso del Guadalete. Y que, quizás, con el paso del tiempo también vieron como sus tierras quedaron en manos de las aristocracias mercantiles gaditanas o sus clientelas en un momento en que el Estado romano aumentaba su presión fiscal sobre los possesores turdetanos y al tiempo que se expandía el modelo especulativo de la villa (E. Ariño et alii, 1999), que ya estaba plenamente desarrollado en el Ager Ceretanus, al interior del Conventus Gaditanus.

En síntesis: Ceret existe porque existe el Ager Ceretanus. Éste se extiende como un brazo de estero que entra desde el Guadalete (Cartuja) hacia el interior (por Llanos de Caulina) y que termina en la Sierra de , donde se encuentra el antiguo oppidum y el punto principal de control de rutas: los caminos de la Vía Augusta en torno a Ceret. Pues desde allí pueden verse los trazados de la vía litoral y de la vía interior y las calzadas que permitirían, desde su base, la comunicación entre ambas a lo largo de un paisaje de fundi y villas. El modelo del Ager Tusculanus que, con la experiencia de la colonización del Lacio, los romanos aplicaron en algunos puntos de Hispania y del imperio (con toda la prudencia con la que debe hacerse esta afirmación), y que adquiere todo su significado dentro de este proceso, como una unidad administrativa y de producción, orientada al desarrollo de una economía de exportaciones centrada en este caso en torno al gran puerto de Gades. Así se explican que los tres elementos citados (el castrum, las villas y la calzada oficial, con su red de caminos secundarios) deban estar necesariamente vinculados.

Nuestro Viajero, desde luego, lo entendería así. Cuando salió del Ager Ceretanus para alcanzar Ugia, él daba por sentado, como Columela, que aquello era de Gades, porque era el lugar de expansión natural de la ciudad desde Portus Gaditanus-Portus Menesthei al margen del ager publicus de la colonia de Hasta (colonia que a fin de cuentas también terminó bajo su influencia).

El final de su camino era Roma, a donde quisiera llegar (después de numerosas y agotadoras jornadas de Viaje) para preparar negocios con la aristocracia gaditana allí residente, o para traer nuevos conocimientos de tecnología hidráulica e ingeniería de caminos a aplicar en una zona de esteros a la que, por qué no, sacar mayor partido con su saneamiento. Quizás viera en esto grandes oportunidades para la expansión del modelo latifundista de producción, como también parece sugerirlo la dedicatoria a Q. Cornelius Senecio que, como vimos, hizo una impresionante carrera en Roma representando los intereses de las aristocracias gaditanas aun en el siglo II d.C, justo antes del declive de la ciudad. O quizás solamente fuera un administrador que iba recogiendo rutinariamente datos para la annona…. Tal vez, una vez en Roma, entregó aquellos vasos para dar gracias a los dioses por el buen resultado de una empresa (seguramente marítima, pues para el transporte de mercancías era más rápida) o por haber alcanzado un cargo público notorio como el de curator Víarum….¿y quién lo sabe? Pero su descanso en las termas de Aquae Apollinares, no sabemos cuántas semanas o meses después, era bien merecido.


Jesús Montero Vítores (CEHJ)

 
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