
Entre los diferentes atractivos que han contribuido a hacer grande la
Feria de Jerez uno de ellos ha sido la
exposición y mercado de ganados que anualmente se celebra por estas fechas. Si bien es cierto que perdió su esplendor de antaño, todavía sigue siendo una de las más nombradas ferias ganaderas de nuestra comunidad. Aunque por tradición ha sido la
ganadería caballar la que por excelencia

se ha vinculado más a la campiña jerezana, el
ganado vacuno ha destacado también, desde hace siglos, por su gran número de cabezas y por su peso específico en la economía de la zona. Junto a estos dos grandes sectores de nuestra cabaña ganadera no podemos olvidar la notable contribución que el
ganado ovino y caprino han tenido en nuestro entorno rural a lo largo de los siglos.
Por señalar algunos datos que ayuden a valorar esta cuestión recordaremos que, en
1491, según el historiador
Bartolomé Gutiérrez, “
se supo por declaraciones de los conocedores, el
número de ganado que entonces había en esta Ciudad y son estos: 17.840 vacas, 1.662 yeguas, 28.592 ovejas, 3.850 cabras, 4.390 puercos” (1).
En las centurias siguientes estas cifras se vieron incrementadas notablemente por el incremento de la actividad ganadera en nuestras campiñas y sierras. Así, a mediados del siglo XVIII
(1754), la ciudad cuenta con
43.352 cabezas de ganado
lanar y
21.382 de ganado
cabrío (2). En esa misma época, en las respuestas al
Catastro de Ensenada (1755), se estima que la rentabilidad obtenida por cada “
cabeza de cría por cavrito queso y leche en ocho reales y medio de útil al año”, la décima parte de lo que renta una yegua que da una cría útil al año (3). Además de los grandes terratenientes que en sus propiedades

agropecuarias contaban con un importante número de cabezas de ganado menor, algunos
conventos eran los mayores poseedores de ganado lanar y caprino. Sirvan como ejemplo algunos datos que indican que, en
1755,
La Cartuja declaraba entre sus propiedades 1.734 ovejas y 990 cabras, mientras que el
convento de Santo Domingo poseía 1.035 ovejas. Los
Jesuitas contaban también con una importante cabaña, que en 1767 ascendía a 2.016 ovejas. Apenas 60 años después, en 1817, La Cartuja había incrementado sus rebaños a 1.882 ovejas y 1.185 cabras (4).
A mediados del siglo XIX (
1846) la cabaña jerezana había disminuido notablemente con respecto al siglo anterior, hasta casi la mitad de ejemplares contándose entonces con
23.935 
cabezas de ovino y
12.554 de caprino tal como recogen los datos estadísticos del
Diccionario Geográfico de Madoz (5). Por terminar este rápido recorrido, ya en nuestros días, a comienzos del siglo XX (
2003), los censos de ovino y caprino han seguido esta línea de descenso en el número de cabezas con
19.563 y
11.352 respectivamente, apenas el 10% de la cabaña provincial (6).
Recién iniciada esta Feria de tantas evocaciones ganaderas, queremos invitarles a un paseo por el término municipal para rastrear en los parajes de nuestro entorno, esa geografía del ganado lanar y caprino que descubrimos de la mano de la toponimia y de la historia. ¿Nos acompañan?
Ovejas y carneros.

Aprovechando las abundantes zonas de pastos de la campiña y la sierra, los rebaños de ovejas se extendían por todos los rincones del término. Muchos de ellos, al igual que sucedía con los hatos de cabras, utilizaban para proveerse de alimento la extensa red de
vías pecuarias y descansaderos que se extendían por el vasto alfoz jerezano, por los baldíos y tierras incultas, los bordes

marismeños y las orillas de los ríos y arroyos. Con todo, los grandes propietarios contaban en muchas ocasiones con parcelas acotadas en sus tierras para pastos del ganado a los que reservaban algún haza menos apta para el cultivo o, como en el caso de las dehesas serranas, con espacios propios para estos fines: los
majadales.
Pese a la permanencia en el tiempo de un importante número de cabezas de ganado ovino, la geografía no guarda muchos recuerdos de su presencia, aunque aún es posible hallar en la toponimia algunas referencias a
ovejas,
carneros y borregos.
Uno de los más conocidos es el de la dehesa de
La Cabeza de las Ovejas (
Obejas en los textos antiguos) un rincón de la sierra colindante con los cortijos de Garcisobaco y Rogitanillo, muy próximo también al de Picado del que lo separa actualmente una de las colas del embalse de

Guadalcacín donde desagua el Arroyo del Caballo. Este paraje, rico en arbolado (quejigos, alcornoques, algarrobos, acebuches…) y con abundantes pastos, gozaba de la proximidad del mencionado arroyo que se unía al Majaceite a los pies del cerro (cabeza) de las Ovejas. Hoy las aguas del embalse bañan sus laderas. Los viajeros que desde Tempul se dirigen al Puerto de Gáliz, dejaran esta dehesa a la derecha, apenas cruzado el

Viaducto del Sapo, pudiendo llegar hasta ella por el desvío señalizado que se dirige a Garcisobaco.
El lugar fue una
encrucijada de caminos en cuyas cercanías confluían el que desde Alcalá de los Gazules se dirigía a Algar con la cañada de Jerez a Ubrique, la Cañada de Rogitán y la que conducía al Puerto de Gáliz, por la que se trazaría a comienzos del siglo XX la

carretera de Jerez a Cortes que aún guarda los restos del antiguo
Ventorrillo del Sapo. No es de extrañar por ello que en las faldas del cerro y sus alrededores nunca faltaran los
rebaños y que la pasada del Majaceite, que conducía hasta la Cabeza de las Ovejas llevase el nombre de
Tornomerino (o Tornomerinos) en alusión al meandro donde se ubicaba y, posiblemente a los carneros (7). Hay constancia de que ya en el s. XVI, esta dehesa se incluía entre los
echos, o montes dedicados a prados y a pastos, que el Concejo jerezano repartía entre los ganaderos, especialmente para la cría de ganado vacuno, figurando en 1519 entre sus arrendatarios Hernando Riquel, Hernando de Santiago o Cristóbal García Ximón (8).

De lo concurrido de este paraje da también cuenta
Madoz, quien a mediados del XIX menciona entre las
ermitas rurales que se localizan en el término de Jerez (Mimbral, Aina, Salto al Cielo, la de carmelitas descalzos del Valle…) “
la titulada La Cabeza de las Obejas, en la dehesa así conocida” (9). Esta modesta ermita había sido levantada casi un siglo antes, en
1769 por Teodoro Joseph de Roy, rico hacendado asentado en Cádiz

donde se dedicaba al comercio con Holanda (10). Propietario de la dehesa de la “
Caveza de las Ovejas”, había dirigido una carta al Cabildo jerezano solicitando sembrar dos aranzadas en terrenos baldíos para, con sus beneficios, pagar los gastos ocasionados por la construcción de un
oratorio en el que se decía la misa todos los festivos para los pobres y enfermos que acudían a tomar las aguas a las fuentes medicinales que tanto en este paraje, como en el colindante de Garcisobaco, existían (11).
Más constancia queda en la toponimia de los
carneros, los machos de las ovejas, denominados también en muchos rincones como
moruecos,
carneros merinos o
merinos.

Así, en algunos cortijos y dehesas se apartaba para ellos un espacio propio que ha quedado reflejado en el antiguo nombre de parajes como el
Majadal del Carnero, -majadal es lugar de pasto- en las laderas de la dehesa de Los

Ballesteros, en Los Llanos del Valle; o en el de
Haza de los Carneros, tierras reservadas frente a las casas del cortijo de El Herrador, a la derecha de la autovía de Sanlúcar.
El
Haza del Carnero, perteneciente al cortijo de Casarejos, se situaba frente a su entrada, colindante con la carretera de Trebujena y el antiguo camino de Sanlúcar que hoy sirve de acceso al aeródromo. Este rincón lindaba con la antigua marisma de Santiago, terreno inculto que servían de pasto al ganado.
También en el cortijo de La Torre de

Pedro Díaz se conserva el nombre de
Haza del Carnero para designar un espacio que, antaño, se reservaba para el pasto de las ovejas y carneros a orillas del arroyo de Las Salinillas.
Los corderos están también representados en el
Boquete del Borrego, un estrecho paso entre las laderas de la Dehesa de la Alcaría, próximo al estribo derecho de la presa de los Hurones.
Relativos también al ganado ovino son los topónimos referidos a “
merino”. El ganado merino, considerada una de nuestras razas autóctonas (12) incluye a ovejas y carneros, así como a los
moruecos, carneros reproductores. Tampoco hay que descartar la posible vinculación de estos nombres con la figura del “merino”, cuidador del ganado y de sus pastos. Junto a la ya mencionada
Pasada de Tornomerino, situada en el río Majaceite a los pies de
La Cabeza de las Ovejas, y hoy cubierta bajo las aguas del embalse de Guadalcacín, hay que citar la
Loma del Merino, entre las dehesas serranas de la Alcaría y Garganta Millán, en las cercanías del Charco de los Hurones… y del

Puerto del Lobo. Junto a ella se alza el
Peñón del Merino (o de Merino), un paraje colindante con el término de Ubrique, frente a la fortaleza de Cardela de la que la separa el valle del Majaceite.
Junto a la carne y la leche, uno de los principales aprovechamientos de las ovejas es la lana. En La Barca de la Florida, aguas abajo de la Pasada, nos lo recuerda aún la Vega del Lanero, entre el Guadalete y la carretera de El Torno.
Cabras y cabreros.

El ganado caprino y la cabra montés (o cabra hispánica), que en estado salvaje está presente en nuestras sierras, han dejado también su huella en la toponimia.
Uno de los casos más conocidos es el de la
Sierra de las Cabras que se encuentra en las cercanías de san José del Valle, al este de la población. Esta sierra caliza, con una altitud máxima de 682 m, forma un

gran lomo rocoso de casi 9 km de longitud que se orienta de norte a sur. Separada de la
Sierra de la Sal por la garganta conocida como
Boca de la Foz, compone con ella un gran semicírculo montañoso que deja en su interior el singular paraje de los
Llanos del Valle. En su extremo norte, a los pies de la sierra, afloran los manantiales de Tempul cuyas aguas fueron canalizadas por los romanos hace veinte siglos hasta Cádiz, a través de

un famoso acueducto del que todavía se conservan vestigios. Aunque su cumbre forma una gran planicie, con una altitud media de 650 m, la Sierra de las Cabras conserva en sus laderas y vertientes, numerosos rincones donde aflora la roca caliza en parajes abruptos de difícil acceso y en los que crece una frondosa vegetación. Estas circunstancias han favorecido la presencia desde antiguo de la
cabra montés, cuya abundancia pudo dar nombre a la sierra. En todo caso, también desde los siglos medievales, estos parajes lo han sido de uso ganadero, contando con la presencia en sus dehesas de vacas y toros y, en especial, de ovejas y cabras.

A título anecdótico, la toponimia de nuestro entorno también conserva otras referencias a las cabras, donde están presentes nombres tan curiosos como la antigua
Hacienda Cabra Coja, junto al camino de la Fuente de Pedro Díaz, en terrenos hoy absorbidos por el crecimiento urbano próximos al Parque del Retiro y al Club Nazaret. Con parecido nombre, el paraje de
Cabras Cojas bautiza a un rincón de la campiña cercano a

la presa de Guadalcacín, en el lugar conocido como Puerto de Guillén, junto a la Hacienda la Presa, por el que pasan los viajeros que desde San José del Valle se dirigen al embalse. Llamativo es también el nombre de
Haza de Rebañacabras (o de Rebaño Cabras), situada frente a la entrada del cortijo del Olivillo, en la carretera del Barroso o del Calvario, un lugar destinado en tiempos pasados a pastos para el ganado (13).

Como no podía ser de otra manera, cabreros y cabrerizas están también presentes en la toponimia de nuestros montes y sierras, como en los casos del
Barranco de la cabreriza, en la Dehesa de la Fantasía, junto al arroyo de los Charcones o Bañuelos, tributario de Pasada Blanca; o el del
Canuto de los cabreros, en la Dehesa del Toronjil, junto a la Piedra de la Novia, donde confluyen también las lindes de las dehesas del Cándalo y Benahú, lugares cercanos todos a la carretera que desde el Puerto de Gáliz nos lleva al Mojón de la Víbora, en los confines del término. Más cerca de la ciudad, junto a la Cañada del Calderín y la antigua Trocha de Rota está el haza de
Los Cabreros en tierras que fueron del cortijo de Santo Domingo.
Desde las faldas de Gibalbín, en las proximidades del cortijo de la Mazmorra, el
arroyo del Chivo baja a la campiña hasta unirse al salado de Caulina en las cercanías de la antigua estación de El Rizo, después de pasar junto a los cortijos de La Torrecilla y Ballesteros, cruzando

la Cañada de Espera. Las tierras que atraviesa guardan muchas historias y su nombre nos transporta a otros tiempos en los que, estos campos dedicados hoy a cultivos de cereales y olivos, estuvieron poblados de monte bajo y dedicados a la ganadería.
Pastores, Majadas y Majadales.
Junto a las ovejas y cabras no podían faltar los
pastores. Aunque las referencias toponímicas a esta figura pueden hacer alusión también a cuidadores de vacas, toros o cerdos, en la mayoría de los casos apuntan a quienes se ocupan de cabras y ovejas al contar aquellos con otras denominaciones más explícitas (vaqueros, toreros o porqueros) también presentes en distintos lugares de nuestro término y que dan nombre a otros tantos parajes vinculados con la ganadería.
Así, en la dehesa del Abanto, junto al Marrufo se encuentra el
Puerto de los Pastores y en la zona de los Montes de Propios se nombraban también otros parajes con los topónimos de
Los Pastorillos de Nave, -en la vereda del Quejigal paralela al arroyo del Astillero, entre la dehesa del charco de los Hurones y la de Jardilla- y
Los Pastorillos de Mora, en la misma zona, pero en La Jardilla. Entre ambos parajes, como si de una amenaza clara para las ovejas se tratase, se alza la
Loma del Lobo y algo más lejos el
Canuto el Lobo.
Directamente relacionadas con el ganado ovino y caprino están también las
majadas. Emplazadas junto a las vías pecuarias de mayor importancia, eran los lugares donde se recogían de noche los rebaños y donde se albergaban los pastores. Este era el caso de dehesa de
Las
Majadillas, que da también nombre a un cortijo situado en la carretera de Cortes, entre Cuartillos y La Guareña y que en su día se encontraba a orillas de la Cañada Real de la Sierra. A no mucha distancia encontramos la antigua dehesa de
Majada Alta cuyas tierras están en buena parte ocupadas por el parque forestal de
Las Aguilillas, en las proximidades de Estella del Marqués y que también estuvieron cruzadas por la citada cañada. En el

extremo norte del término, y alejado de ambas dehesas se encuentra la dehesa de
Majada Vieja, enclavada en la Sierra de Gibalbín entre los cortijos de La Sierra y de La Torre de Pedro Díaz, junto a la antigua Cañada de Casinas que unía la Sierra de Gibalbín con el Guadalete (14).
Los
majadales, lugares de pasto para ovejas y cabras, abundan también en los cortijos y dehesas de nuestras sierras. Próximo a la ciudad se

encontraba
El Majadal, frente al cortijo de Carrizosa al que pertenecía en el cruce de la Cañada ancha y la carretera de Sevilla, en terrenos que hoy ocupan la Ciudad del Transporte.
Entre la sierra de las Cabras y Los Llanos del Valle se encuentran el
Majadal de Blandillana (entre las Dehesa de los Caños y de Los Dornajos) el
Majadal de los Calceteros (Dehesa de los Ballesteros) y el ya mencionado
Majadal de Los Carneros en esta última dehesa. El
Majadal del Arenoso se sitúa en el cortijo de La Atalaya, sobre el Majaceite, el
Majadal Alto en Rogitán, el
del Algarrobo en la dehesa del Hatillo Viejo, lindando con las tierras de Alcalá de los Gazules y las del cortijo de Pajaretillo, y el
de Carreño en San José del Valle, en las proximidades del Boquete.

Por último, y a modo de anécdota, aún se conserva en Alijar, en unas tierras cercanas al cortijo donde hoy se levantan los aerogeneradores, el
Haza mostrenco, destinada al ganado sin dueño conocido o perdido. Aunque muchos de estos espacios han sido en la actualidad destinados a cultivos, sus nombres nos desvelan sus antiguos usos y nos recuerdan los tiempos en los que la ganadería menor tuvo un peso importante en la campiña. Ese que parece recobrar a juzgar por el buen número de rebaños que desde hace unos años vuelven a verse en muchos lugares en torno a Jerez.