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Una excursión botánica.
Con el Padre Vicente Jiménez Gámez por la campiña de Jerez en 1915.


Junto a los variados testimonios gráficos y documentales que sobre la flora y vegetación del entorno de la ciudad se conservan, sobresale por su especial valor didáctico el de D. Vicente Martínez Gámez. Presbítero, Camarero de honor de su Santidad y Catedrático de Historia Natural en el Instituto de Jerez, Martínez Gámez fue también un enseñante innovador en el campo de las Ciencias Naturales y en la utilización de los recursos del entorno como recurso didáctico.

Durante su etapa de trabajo en nuestra ciudad, en la segunda década del siglo pasado, publicó un curioso libro que con el título “Recuerdo de unas excursiones botánicas” (1) recoge una muestra de los trabajos que realizó con sus alumnos. En esta pequeña publicación de gran valor documental, deja testimonio de las especies arbóreas y arbustivas que podían ser vistas en el Jerez de 1915, así como una selección de las plantas herbáceas más significativas que crecían en los alrededores de la ciudad, con especial mención a las orquídeas.

Algunos apuntes biográficos.

Hijo de una familia acomodada, nació en 1870 en Jimena, Jaén. Se ordena sacerdote y estudia Ciencias Naturales, su gran vocación y ya desde 1897 figura como miembro de la Real Sociedad Española de Historia Natural. En 1906 lo encontramos como profesor de Ciencias Naturales en el sevillano Colegio Calasancio, formando también parte de la Junta Directiva de la citada Sociedad donde ocupa el cargo de vicesecretario en la sección de Sevilla (2). Será en este año cuando publique, como especialista en el estudio de las aves, sus “Apuntes para la Ornitología andaluza y de España en general” (3). Entre otros muchos datos de interés, se recogen en esta obra citas sobre la presencia de la rara malvasía en nuestro entorno (4).

En 1910, año de su llegada al Instituto de Jerez, La Correspondencia de España da cuenta en su sección de Mundo Eclesiástico que “el virtuoso sacerdote y doctor en Ciencias, D. Vicente Martínez Gámez, ha sido nombrado camarero de honor de Su Santidad” (5). Entre 1910 y 1015, durante su estancia en el Instituto jerezano que se ubicaba entonces en la Alameda de Cristina, realizará con sus alumnos diferentes excursiones. Además del libro ya mencionado, publicará también un folleto sobre orquídeas con láminas en colores (6). Del Instituto de Jerez pasará al de Cádiz, donde repetirá las excursiones y visitará con sus alumnos en diferentes ocasiones los pinares de Las Canteras de Puerto Real, desplazándose en tren desde la capital. De una de estas excursiones, la que realiza en la primavera de 1920, saldrán después las notas para su libro “El paraíso de las orquídeas”, que verá la luz en 1921, un delicioso trabajo en el que amplía y completa los estudios sobre estas plantas ya iniciado en Jerez unos años antes (7).

En 1934 lo encontramos en el Instituto Alfonso X el Sabio de Murcia y el curso siguiente, pasará a ocupar la plaza de catedrático de Historia Natural y Fisiología e Higiene en el Instituto de Castellón (8). En este mismo año publica “Fábulas Morales”, un libro para niños con deliciosos grabados a linóleo (9). Lamentablemente, su vida tendrá un trágico final y en plena Guerra Civil, el 15 de mayo de 1937, cuando contaba la edad de 67 años, fue asesinado, como otros sacerdotes, en Paterna (Valencia) (10).

Un profesor innovador.

Pero volvamos a sus años en el Instituto de Jerez, en la segunda década del siglo pasado, donde Martínez Gámez llega con 40 años y donde desarrolla una interesante labor educativa. Y es que, además del valor testimonial que tienen sus trabajos sobre la flora de nuestro entorno, vistos un siglo después, la aportación del padre Vicente Martínez tiene un marcado carácter pedagógico que conecta con las corrientes más innovadoras del momento. La utilización del medio como elemento didáctico estuvo presente en los movimientos educativos renovadores de finales del siglo XIX representados en España por la Institución Libre de Enseñanza. De la mano de su creador, D. Francisco Giner de los Ríos, el estudio de la naturaleza, las excursiones geológicas y botánicas y la observación científica, cobraron un inusitado protagonismo. Las experiencias de D. Vicente Martínez, así como la de otros profesores del Instituto de Jerez, entroncan con esta misma línea renovadora.

Como apoyo práctico a los programas académicos, no dudaba en combinar las explicaciones teóricas con los trabajos prácticos en el Laboratorio de Ciencias Naturales y las excursiones con finalidad didáctica. Entre 1910 y 1915, las memorias del instituto recogen las salidas con sus alumnos a los pinares de Las Canteras de Puerto Real, a la Estación Sericícola o las Dunas del Guadalete en El Puerto de Santa María, o a la Granja Escuela de Jerez (11). De la misma manera organiza excursiones por los alrededores de la ciudad al objeto de estudiar la flora y vegetación, los minerales, los animales... Entre los lugares destino de esas salidas se encuentran La Sierra de San Cristóbal, Cerro Frutos, Los Albarizones, La Cartuja, Los Garciagos, La Torre de Melgarejo, La Alcubilla, los llanos de Caulina, la Laguna de Torrox, La Corta o las playas de San Telmo.



De todas ellas el padre Martínez ofrece amenos relatos salpicados de los datos científicos de sus hallazgos y de consideraciones pedagógicas acerca del valor de la observación directa. Junto a las salidas al campo se aborda también el estudio de la naturaleza en la ciudad: "También pusimos empeño, por creerlo de interés, en que nuestros alumnos conociesen los árboles de los arrecifes, parques, jardines y paseos de la ciudad, así como las plantas ornamentales exóticas más principales -siquiera muchas no estaban en condiciones de clasificación- que se cultivan por doquier en tierra tan amante de las flores, puesto que en Jerez... cada azotea es un huerto, un jardín cada balcón y cada patio un edén. No de otro modo podrían darse cuenta del sinnúmero de plantas raras, de otras regiones, que saltan a la vista de un mediano observador en plazas, parques y jardines" (12).

Más de cincuenta especies de árboles y arbustos presentes en nuestras calles y plazas son mencionadas en sus trabajos (casuarina, araucaria, magnolio, aromo, acacia, árbol del amor, jacarandá, …). Mención especial merecen los ejemplares de boj y tejo presentes en el patio del Instituto, los cedros del Líbano, así como varias especies de eucaliptos (E. rostrata, E. amygdalina), hoy ausentes en nuestros jardines. En su librito, el padre Vicente Martínez, se lamenta del poco eco que han tenido entre sus paisanos los trabajos del célebre botánico jerezano José María Pérez Lara, a quien se debe la primera gran obra sistemática de la flora de la provincia “Florula gaditana”, y quien le acompañó en no pocas excursiones por los alrededores de la ciudad. Sobre él escribió “… es justo que aquí le rindamos tributo de respeto y consideración. Con un par de aficionados a las exploraciones botánicas, de su talla en cada provincia, pronto se llegaría a conocer la flora completa de nuestra Península, la más rica, interesante y variada de toda Europa” (13).

Las orquídeas de nuestra campiña.



En su librito realiza numerosos comentarios de carácter didáctico, así como de las ventajas de aprender de manera directa, en contacto con el medio natural. Apunta, por ejemplo, curiosas observaciones sobre el mimetismo de las flores del género Oprhys, así como sobre las características de las Orquidáceas, centrando su atención en la localización geográfica de las distintas especies encontradas. Algunas veces, exagera en cuanto a la presencia de especies en nuestro país en relación a la flora europea (“las cuatro quintas partes”) que en realidad no supera el 60%.

De gran interés son también sus referencias a la flora y vegetación de la campiña, apuntando las especies más significativas de arbustos y planteas herbáceas de los alrededores de la ciudad, así como su distribución en los diferentes rincones de nuestro término.

En ocasiones, algunos de los hallazgos que considera más significativos llegan a reflejarse, incluso, en las memorias anuales del instituto, como en el caso de la liliácea Fritillaria hispánica, anotado en la del curso 1910/11 (14). En sus excursiones, realizadas durante la primera quincena de abril de 1915, el padre Martínez Gámez menciona más de setenta especies de plantas herbáceas silvestres que crecen en torno a la ciudad.



Por citar sólo algunos ejemplos, en los Llanos de Caulina anota la existencia de numerosos palmitos, gamones, candilitos o lirios; en el parque de Tempul y sus alrededores cita nueza negra, aro, amor de hortelano, parietaria… En las zonas encharcadizas de Torrox y sus cercanías menciona los ranúnculos, lirios, hinojos. “Robustos ejemplares de la Scrofularia sambucifolia, que alcanzaban metro y medio de altura”, llaman su atención en el Balneario de San Telmo con sus inflorescencias rojas.



En el pinar junto a Las Cruces, donde confluyen los términos de El Puerto y Jerez, el padre Martínez Gámez se recrea en las delicadas flores del jacinto bastardo, o en las vistosas florecillas lilas y amarillas de Lupinus hirsutus y L. luteus, especies “que llenarían su cometido en los jardines mejor que muchísimas de las que se cultivan como de adorno”, al igual que otras, también muy vistosas, de los géneros Mathiola, Iberis, Lobularia, Arenaria… que describe en este mismo paraje (15).

Sin embargo, las que más atraen su atención, a juzgar por las descripciones que les dedica, son las Orquídeas: “las pertenecientes al género Ophrys llevan ese nombre, porque dicha palabra significa en griego, entre otras acepciones, arrogancia, lujo, fastuosidad…”. A estas especies dedicará no pocas observaciones realizando también varias acuarelas con cuyas láminas ilustra la publicación de sus trabajos. De la misma manera, detalla el lugar donde las encuentra: “las especies de orquidáceas recolectadas son la Ophrys apifera Huds, la



speculum Lk., la bombyliflora Lk., la lutea Cav., yla fusca Lk. La primera y la segunda crecen en abundancia en el pinar que hay, pasadas Las Cruces a la izquierda de la carretera de Jerez al Puerto de Santa María, y también cogimos un ejemplar… por encima de la fuente de Los Albarizones, próxima a Cartuja.

En este mismo sitio recolectamos diez o doce ejemplares de la bombyliflora, que luego recogimos en mayor cantidad en los Garciagos, pasada la llamada Torre de Melgarejo, así como también la Ophrys lutea, único punto donde pudimos estudiarla. La Ophrys fusca, la encontramos en las canteras de la mencionada Sierra de San Cristóbal, y solamente recogimos tres ejemplares en buen estado” (16).



Esta nómina de orquídeas la ampliará después con las que encuentra en el pinar de Las Canteras de Puerto Real en las excursiones que realiza con los alumnos de Jerez, y, especialmente, con los del Instituto de Cádiz. De ello da cuenta en una de sus publicaciones más conocidas que verá la luz en 1921: “El paraíso de las orquídeas” (17).

Junto a las ya citadas, encontradas en los alrededores de Jerez, presentes también en Las Canteras, se suman aquí nuevos hallazgos como Ophrys scolopax, O. iricolor, O. tenthredinifera y O. arachnites (hoy se la denomina O. fuciflora). Para completar el catálogo de orquídeas hallado, a estas nueve especies del género Ophrys, Martínez Gámez sumó la llamativa Orchis longicruris (conocida hoy día como O. italica), que halló también en Las Canteras (18).



Un siglo después hemos vuelto a recorrer en abril estos mimos rincones en busca de las especies descritas por el padre Vicente Martínez. Buena parte de estos lugares que se encontraban en ambientes rurales, han sido “colonizados” por la ciudad o afectados por obras públicas. Junto a Las Cruces, se conserva todavía un pinar y en sus proximidades, en S. Cristóbal hemos visto la llamativa Ophrys apifera. En el cerro de Lomopardo, aún pueden observarse algunas de las especies que se mencionan en esta publicación, como Ophrys fusca, junto a otra que no figura en sus listados pero que es verdaderamente hermosa, Orchis itálica (la O. longicruris que Martínez Gámez encontró en Las Canteras de Puerto Real). El entorno de Los Garciagos ha sido urbanizado, aunque en sus cercanías, junto al Cerro Naranja, hemos fotografiado también O. apifera. En Los Cejos, junto a la Laguna de Medina, hemos encontrado O. speculum. Las fotografías de todas ellas y de las otras especies citadas en Las Canteras por el padre Martínez Gámez, nos han sido facilitadas por nuestro amigo José Manuel Amarillo Vargas para ilustrar este artículo, que se acompañan de los dibujos en acuarela tomados de las obras del autor.



Como hiciera nuestro botánico, “no terminaremos sin consignar, en honor suyo, los nombres de los alumnos que nos acompañaron en las excursiones, de las cuales, a decir de ellos mismos, conservarán siempre gratísimo recuerdo: Manuel Sandoval, Pedro Máximo Ruiz, Vicente Chamorro Latorre, Eduardo Bohórquez Lacave, Pedro Ruiz-Berdejo, José Pomar Atienza, J.A. Fernández Azpitarte, Manuel Peñalver Ávila, José Mato Soto, J. María García Figueras, Ramón Pérez Más y Manuel García Pelayo” (19). En otra ocasión, “saldremos de excursión” con el Padre Vicente Martínez a la búsqueda de rocas y minerales y para hacer curiosas observaciones geológicas en torno a Jerez.

Para saber más:
(1) Martínez Gámez, V.: Recuerdo de unas excursiones botánicas. Imprenta y Litografía Jerezana, Jerez, 1915.
(2) Las referencias pueden consultarse en: http://bibdigital.rjb.csic.es/Imagenes/P0021_06/P0021_06_003.pdf y en el enlace: https://archive.org/stream/boletndelasoci06soci/boletndelasoci06soci_djvu.txt
(3) Martínez Gámez, V.: Apuntes para la Ornitología andaluza y de España en general, Edit. Ricardo Rojas, 1906.
(4) Ministerio de Medio Ambiente: Comentario de textos publicados sobre la Malvasía, disponible en el siguiente enlace consultado el 07/05/2018: http://www.mapama.gob.es/es/biodiversidad/temas/conservacion-de-especies-amenazadas/cap08_2_tcm30-195434.pdf
(5) La Correspondencia de España, “Mundo Eclesiástico”, Año LXI, nº 18.987 de 5 de febrero de 1910, p. 4.
(6) Rodríguez Doblas, M.ª D.: Instituto Padre Luis Coloma: 150 años de Historia, Cuadernos de Divulgación, nº 2, Biblioteca de Urbanismo y Cultura, p. 127.
(7) Martínez Gámez, V.: El paraíso de las orquídeas del género Ophrys en España, Instituto General y Técnico de Cádiz. Trabajos de Investigación y Vulgarización Científica. Escuelas Profesionales salesianas de Artes y Oficios, Cádiz, 1921
(8) Escalafón de los Catedráticos Numerarios de los Institutos Nacionales de Segunda Enseñanza, Redactado por la Revista Minerva, Imprenta de L. Rubio, Madrid, 1934
(9) Martínez Gámez, V.: Fábulas Morales, Imprenta de Joaquín Barberá, Castellón, 1934.
(10) Sobre esta cuestión puede consultarse Cobo Romero., F. y Ortega López, T. M.ª.: “Encarcelados, represaliados y ejecutados: La violencia política y el mundo penitenciario durante la guerra civil en una provincia de retaguardia: presos políticos y represión en las comarcas rurales jiennenses, 1936-1939”, en: Els camps de concentració i el món penitenciari a Espanya durant la guerra civil i el franquisme, Barcelona. Museo de Historia de Cataluña-Universidad Autónoma de Barcelona, 2002, p. 491. En esta fuente se señala que, junto a Vicente, fueron también asesinados sus hermanos Mariano y Francisco, propietarios. También: https://archive.is/pG5d0 y
http://www.memoriarepublicana.com/guerracivil/
(11) La cita figura en la Memoria del curso 1910-1911, p. 12 como se apunta en: http://museo.iescoloma.es/catalogo/index.php?option=com_content&view=article&id=239&Itemid=95&limitstart=2, consultada el 09/05/2018. También puede consultarse: Rodríguez Doblas, Mª D.: Instituto… op. cit., p. 80
(12) Martínez Gámez, V.: Recuerdo… op. cit., p. 42.
(13) Ibidem, p. 25.
(14) http://museo.iescoloma.es/catalogo/index.php?option=com_content&view=article&id=239&Itemid= 95&limitstart=2, consultada el 09/05/2018.
(15) Martínez Gámez, V.: Recuerdo… op. cit., pp. 37-41.
(16) Ibidem, p. 36-37.
(17) “El libro fue publicado en el tomo extraordinario de 1921 de las Memorias de la Real Sociedad Española de Historia Natural. Está considerado un clásico en la botánica española y es la referencia primigenia sobre la que se construye el trabajo inmenso de catalogación e identificación de las especies de orquídeas ibéricas”: cita tomada de http://www.puertorealweb.es/spip2/cultura/puerto-real-en-la-historia/article/puerto-real-en-la-historia-parque-de-las-canteras, consultada el 13/05/2018.
(18) Martínez Gámez, V.: El paraíso… op. cit. pp.25-39.
(19) Martínez Gámez, V.: Recuerdo… op. cit., p. 45.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Flora y fauna, El Paisaje y su gente, Parajes naturales

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 20/05/2018


Hay caracoles




Hay caracoles. Así de expresivo, de conciso y de claro es el mensaje que, cada año, en estos meses, anuncia que ha empezado el tiempo de saborear uno de los más sencillos y típicos productos de nuestra tierra: los caracoles.

Junto a la recolección de hierbas y frutos silvestres y a la caza menor, los caracoles han sido uno de los recursos naturales ligados a la economía de subsistencia de los habitantes del medio rural y a una precaria dieta a la que, ocasionalmente, aportaban su rico contenido en proteínas. Distintas especies de caracoles terrestres ya eran consumidas en la prehistoria y, en numerosas cuevas, yacimientos arqueológicos y fondos de cabañas , han aparecido acumulaciones de restos de estos moluscos que se incorporaron a la dieta humana, hace al menos 30.000 años, a inicios del Paleolítico superior.

Los caracoles: un producto preciado.

Sea como fuere, hoy han pasado a ser un producto de consumo generalizado, asociado a la gastronomía estacional que, en primavera y verano, se degusta en numerosos bares, chiringuitos y restaurantes.

De aquellos recolectores que, en los bordes de campos y caminos, en los baldíos y espacios abiertos, buscaban caracoles para consumo propio, hemos pasado, debido al crecimiento de la demanda, a un auténtico negocio comercial entorno a estos pequeños moluscos terrestres. Y así, junto a quienes buscan caracoles aprovechando una salida al campo para asegurarse un guiso, encontramos también a los recolectores temporeros, a quienes comercializan el producto en puestos callejeros o de venta ambulante, en tiendas y mercados, o a los que, desde los negocios de hostelería, lo preparan para el consumo bajo múltiples formas.



A todos ellos, impulsados por el incremento de la demanda y la sobreexplotación de nuestros recursos locales, se han sumado en los últimos años quienes importan, distribuyen y comercializan las partidas que vienen de Marruecos, como hemos podido ver en ocasiones –por ejemplo- junto a la conocida Venta Andrés en El Pedroso o en las cercanías de Medina, lugares que pueden calificarse como auténtico mercado provincial del caracol y punto de encuentro de recolectores y distribuidores. Conviene recordar que la recolección abusiva y con escasa regulación, puede estar dañando ya las poblaciones de determinadas especies en distintos puntos de nuestra geografía, por lo que convendría ordenar esta práctica para garantizar así su conservación.



La fragilidad de las poblaciones de caracoles.

Aunque hay caracoles durante todo el año, es en este tiempo, entre los meses de abril y julio, cuando más se dejan ver. Sin embargo, cuando las condiciones de humedad y temperatura o el ambiente externo son desfavorables, los caracoles se ocultan en lugares escondidos o se muestran inactivos, refugiados en el interior de su concha donde pueden permanecer largo tiempo, reduciendo al máximo sus constantes vitales, en espera de que mejoren las condiciones ambientales. La inactividad implica periodos que los animales pasan enterrados o semienterrados en el suelo o bien refugiados debajo de piedras, troncos, ramas caídas, plásticos, cartones y, en general, bajo cualquier superficie que les cobije y proteja. Hay casos en los que el animal selecciona posiciones elevadas (vallas, troncos, plantas, etc.) para evitar a los depredadores del suelo y/o en busca de microambientes más favorables. Durante la estivación o la hibernación "tapan" las conchas por medio de uno o varios epifragmas y frecuentemente se adhieren a alguna superficie con una sustancia mucosa que se solidifica” (1).

Por lo general, son animales nocturnos, más visibles en los meses de primavera y verano cuando la vegetación de la que se alimentan está más disponible, llegando a hibernar, como se ha dicho, en las épocas más frías. A veces, especialmente en la época más calurosa, los vemos apiñados en los extremos de los palos de acebuche o los postes metálicos que sujetan los vallados de los campos, o en los cardos –uno de sus emplazamientos favorito- donde se refugian de sus muchos depredadores naturales. Ratas y ratones, topos y erizos, tejones y lirones, incluyen en su dieta a los caracoles, como lo hacen también ciertas aves (garcillas, mirlos, cigüeñas, zorzales…), reptiles como las lagartijas o el lagarto ocelado, anfibios como sapos o salamandras, así como algunos insectos y miriápodos…. Y los hombres, uno de sus principales recolectores y consumidores (2).

No es de extrañar por ello que, aunque los caracoles pueden llegar a vivir más de una decena de años, la mayoría de ellos no pase de los primeros años de vida ya que a todos sus predadores naturales se suman las capturas humanas y los perniciosos efectos de los agro tóxicos, que ocasionan auténticas mortandades masivas. Los herbicidas que algunas administraciones aplican a las cunetas y los pesticidas de uso agrícola contaminan a muchos de nuestros caracoles terrestres (con los riesgos que ello acarrea para su consumo) o los eliminan. Cuando ello sucede, conviene no olvidar que, como contrapartida, “…los moluscos terrestres dejan de desempeñar importantes funciones ecológicas en el medio natural, con el importante desequilibrio potencial que esto ocasiona. Entre otras, no hay que olvidar que los caracoles forman parte de la dieta de otros animales, contribuyen a la aireación, fertilización y formación del suelo, transportan y dispersan polen o esporas de hongos adheridos a su cuerpo o forman parte del ciclo biológico de ciertos parásitos de mamíferos“ (3).

Las especies comestibles en nuestro territorio.

De las 125 especies caracoles terrestres existentes en Andalucía, (incluidas en más de veinte familias y más de 60 géneros), 49 de ellas están presentes en la provincia de Cádiz (pertenecientes a 34 géneros y 13 familias) como se recogen en diferentes estudios publicados por el profesor J.R. Arrébola (4) y otros autores (5). Al igual que sucede en otras provincias de Andalucía, en nuestra tierra las especies más conocidas son las que habitualmente se utilizan para el consumo, por más que con el nombre genérico de “caracoles”, nos refiramos a todas ellas en conjunto sin distinguir así su rica variedad.

En nuestro entorno, la más codiciadas son los tradicionales “caracoles” o “caracoles chicos”, pertenecientes a la especie Theba pisana, que tomamos en taza o en vaso saboreando también su sabroso caldo. En menor proporción, pero también muy consumidas, siguen a la anterior las populares “cabrillas”, pertenecientes a la especie Otala lactea, y los caracoles “burgaos” (Cantareus aspersus = Cornu aspersum), de mayor tamaño que los anteriores (6).

Los caracoles se preparan con poleo, con hinojo y con tomillo, con orégano y laurel, con “hierbas de caracoles”, a la cazuela, en salsa, con tomate y jamón, con cebolla… Hay caracoles, si, y hay mil y una formas de cocinarlos. Carlos Spínola, en su afamada obra Gastronomía y Cocina Gaditana, recoge una cita de Dionisio Pérez quien en su Guía del Buen Comer (1929), dice de los caracoles en el capítulo dedicado a la provincia de Cádiz: “Llegado junio, sobre estos baldíos de plantas silvestres, sobre vallado, parece haber llovido del cielo millonadas de unos caracolillos, entre rubios y entre blancos, que se cogen a espuertas y a serones. Se les prepara, después de hacerlos ayunar bien, con un caldillo, en que sobresale el hinojo clásico, que es delicia para los aficionados a los caracoles” (7).

Como hemos señalado, aunque las preferencias de consumo en nuestra zona se centran en tres o cuatro especies, en la provincia existe una gran variedad -49 especies-, algunas de las cuales debieran ser protegidas por encontrarse sometidas a graves amenazas. Es el caso, por ejemplo, de otras especies entre las que citamos Trochoidea zaharensis, Oestophora calpeana, O. dorotheae o Xeroleuca vatonniana. Especial vulnerabilidad, por su rareza y escasez, presenta el caso de Theba pisana arietina, subespecie del muy conocido T. pisana, ya que en la Península Ibérica sólo ha sido citada en una localización al Sur de Portugal y en nuestra Sierra de San Cristóbal. Este curioso caracolillo, como muestran las fotografías, se diferencia de T. pisana en que casi nunca tiene bandas en su concha y en que esta presenta forma muy deprimida, casi plana, con una quilla periférica, lo que le confiere un aspecto muy peculiar (8).

Hay caracoles… pero si seguimos abusando y sobreexplotando sus poblaciones, pueden llegar escasear y, en algunos casos como los citados, desaparecer.



Para saber más:
(1) Ruiz Ruiz, A. et al.: Caracoles terrestres de Andalucía. Guía y manual de identificación. Junta de Andalucía, Consejería de Medio Ambiente y Fundación Gypaetus. 2006, pp. 42-43
(2) Ruiz Ruiz, A. et al.: Caracoles terrestres de Andalucía… p. 43
(3) Ruiz Ruiz, A. et al.: Caracoles terrestres de Andalucía… p. 44
(4) Arrébola, J.R.: 1995. Caracoles terrestres (Gastropoda, Stylommatophora) de Andalucía, con especial referencia a las provincias de Sevilla y Cádiz. Tesis Doctoral. Univ. de Sevilla
(5) Arrébola, J.R., Cárcaba, A., Ruiz, A.: 2006: Los caracoles terrestres de Andalucía. Revista Medioambiente, nº 55, pp.22-25.
(6) Arrébola, J.R., Cárcaba, A., Moreno, R., Ruiz, A. y López, R.: 2004. Bases para la conservación y explotación sostenible de los caracoles terrestres en la provincia de Cádiz. Revista de la Sociedad Historia Natural de Cádiz, IV: 63-81.
(7) Spínola Bruzón, C.: 1990. Gastronomía y cocina gaditana. Universidad de Cádiz. P. 109.
(8) Arrébola, J.R., Cárcaba, A., Moreno, R., Ruiz, A. y López, R.: 2004. Bases… p. 66.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar El medio y sus productos, Flora y Fauna

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 22/05/2016


Por las tierras de Sidueña con el Padre Coloma.




A los pies de la sierra de San Cristóbal, al borde del antiguo estuario del Guadalete, donde los términos de Jerez y El Puerto de Santa María se confunden, se ofrecen a la vista del viajero las tierras de Sidueña. Estos hermosos parajes, escenario de nuestra historia desde hace casi treinta siglos, fueron “ganados” para la literatura por el Padre Coloma con la publicación de su obra Caín.

La primera edición de esta pequeña novela de juventud, vio la luz en 1873 y su acción se desenvuelve en distintos lugares de nuestro entorno cercano (Sidueña, El Puerto, Jerez) que sirven de marco a la historia de Miguel y Joaquina, campesinos que trabajan su huerta en Doña Blanca, y de sus hijos Roque y Perico.

Roque, de ideas republicanas, se unirá a la revuelta popular en Jerez y, junto a los amotinados, se enfrentará al ejército de cuyas tropas forma parte su hermano Perico, al que dará muerte. Su madre, Joaquina, será testigo directo del trágico desenlace. Como trasfondo histórico del relato, se adivinan los sucesos del “Motín de Quintas” de 1869. Y como uno de los escenarios principales de la acción, las tierras de Sidueña. Vamos a volver a visitarlas con el Padre Luis Coloma, siglo y medio después, tomando como referencia los textos de la edición de la obra realizada por el profesor José López Romero (1).

Las Cruces, en el arrecife de El Puerto.

A la caída de una hermosa tarde de mayo de 1869, caminaba por el arrecife que va de Jerez al Puerto de Santa María, un hombre ya entrado en años, que llevaba delante de si una burra”. Así da comienzo Caín, presentando a Miguel y a Joaquina, su mujer, que a lomos de la burra “Molinera”, recorren el “arrecife”, como se denominaba al antiguo camino entre estas dos poblaciones que seguía, aproximadamente el mismo trazado que la carretera “vieja” de El Puerto que hoy se conserva en dirección a Doña Blanca. En su camino, tras encontrarse con Juan Pita, un hortelano que se dirige al mercado Jerez a vender sus tomates, pasarán por el pequeño Puerto de las Cruces.

Abismados Miguel y Joaquina en sus tristes pensamientos, pasaron en silencio los dos pilares que llaman Las Cruces, colocados a orillas del camino como dos centinelas que marcan la primera legua andada de Jerez al Puerto. Sale de allí una vereda que, obedeciendo a su propio instinto, tomo Molinera, y que trepa por un cerro, sin vegetación, cubierto de hierbas secas, que dejan asomar alguno que otro murallón negro, escueto y pelado, como asomarían por una sepultura excavada los huesos de un enorme esqueleto. Aquella es la tumba que el tiempo ha labrado al castillo de Sidueñas”.

En un lamentable estado de abandono y deterioro, aún pueden verse hoy día los pilares de Las Cruces, a los que se refiere Coloma hace 150 años, en las proximidades de la entrada a los Depósitos de la C.H.G. de la Sierra de San Cristóbal. Las Cruces, entre las que discurría el viejo arrecife, marcaban la separación de los términos municipales de Jerez y El Puerto y, al llegar a este punto, los viajeros procedentes de Jerez tenían a la vista el hermoso paisaje de las tierras de Sidueña con la Bahía de Cádiz como telón de fondo.

Las dos columnas que aún se conservan sobre sendos pedestales, se situaban a ambos lados de la que fuera Carretera General y poseían en su parte superior cruces de piedra que ya se han perdido.



El castillo de Doña Blanca.

En las cercanías de Las Cruces se encuentra el Castillo de Doña Blanca, en cuyo entorno viven los personajes de la historia. No podían faltar por tanto referencias a este enclave en el relato del Padre Coloma, en cuya descripción se aprecia, en palabras del profesor López Romero, un marcado “retoricismo”.



Así es como el autor de Caín nos lo presenta: “En aquel sitio se levanto esta importante fortaleza armada de ocho torres que la fortificaban. Es opinión fundadísima que la reina de Castilla doña Blanca de Borbón, vino a llorar entre aquellos muros los desdenes del rey don Pedro, y allí, por orden de éste, el ballestero Juan Pérez de Rebolledo le dio un tósigo, por haberse negado a este crimen, con gran valor y nobleza, Iñigo Ortiz de Zúñiga, primitivo guardador de la regia prisionera.

Hoy, gracias a una mano cuidadosa que supo incrustar como en un relicario lo que el tiempo y el abandono habían dejado de aquellos muros, que tanto han visto y tanto saben, queda del castillo de Sidueñas una de sus ocho torres, la de Doña Blanca, que se alza sobre el cerro que cubre sus ruinas, como una cruz sobre una sepultura, como una corona sobre la tumba de un héroe. Encaramada sobre un alto pedestal, no tiene una flor que la adorne, ni siquiera una guirnalda de hierba que la abrace y la sostenga.



Severa como cuadra a la guardiana de una tumba, altiva como corresponde a la última morada de una reina, se ciñe su corona de almenas y muestra en su frente un escudo, en que, bajo una corona de marqués, campea el león de Castilla y se destacan las tres barras de Aragón
”.



Las descripciones que Coloma realiza en Caín sobre las ruinas que observa en el paraje del Castillo, son de gran interés para la arqueología y no pasaron desapercibidas en la revisión historiográfica que Diego Ruiz Mata realiza en su obra “El poblado Fenicio del castillo de Doña Blanca”, donde se ocupa de las referencias a las huellas de la muralla turdetana que pudo observar Coloma con algunos de sus restos todavía erguidos y a la vista hace siglo y medio.

En relación a su alusión a la “…importante fortaleza, armada de ocho torres” que asigna a la época de Doña Blanca de Castilla, Ruiz Mata corrige así la interpretación de Coloma: “El castillo medieval, al que se refiere, no existió nunca, pero pudo advertir los restos de ocho torres pertenecientes a los siglos IV/III a.n.e. Las excavaciones de estos últimos años han exhumado restos de cuatro de ellas”. Estos vestigios serán visibles, cuando menos hasta 1923, cuando el presbítero jerezano Ventura F. López, en sus artículos del Diario del Guadalete sobre Tartessos, “también pudo ver erguidos restos de viviendas y de la muralla turdetana”. (2)



Las huertas de Sidueña.

En Caín, no faltan tampoco las descripciones de las huertas de tomates, melones y frutales que se cultivaban -y aún se cultivan- junto al “arrecife”, en el Valle de Sidueña, mencionándose, a modo de ejemplo el “cojumbral” de Juan Pita. Se hace referencia también a otros caminos y veredas de estos parajes como el que en cierta ocasión toma Juan Pita, quien se aparta del arrecife y “…por un atajo que llaman La Trocha retrocedió hacia Jerez donde pensaba vender su canasta de tomates”. Aún se conserva todavía La Trocha, que atraviesa el arroyo del Carrillo por el puente de Matarrocines, en las inmediaciones del cortijo Espanta Rodrigo y, pasando por las viñas de Matacardillo, llega hasta la ciudad en las inmediaciones del campo de golf. Esa misma vereda que fue trágico escenario de no pocos fusilamientos en 1936.


Junto a todo ello, el relato ofrece valiosas referencias a los manantiales de Sidueña, en las proximidades del Castillo de Doña Blanca, de los que se abasteció El Puerto de Santa María: “Rodean aquel cerro triste y pelado, a la manera que para disimular el horror de la muerte circundan un sepulcro de jardines, cuatro frondosas huertas: la Martela, la de los Nogales, la del Algarrobo y la del Alcaide. Nace en esta última, al abrigo de una porción de álamos blancos, un manantial que lleva el dulce nombre de La Piedad y que, pródigo y compasivo con su nombre, manda uno de sus caños a fertilizar las huertas, mientras el otro sigue el camino del Puerto de Santa María, se detiene ante una ermita arruinada, para acatar la majestad caída…

Algunos de estos manantiales a los que alude el relato de Coloma, como los de La Piedad, cuentan con una historia de siglos de la que nos ocuparemos en otra ocasión, si bien los registros de sus pozos de captación de agua y sus conducciones, sufren hoy día un lamentable abandono.



Volveremos a las tierras de Sidueña, a esos parajes en los que el profesor e investigador Miguel Ángel Borrego sitúa la Shiduna árabe (3), aquella que, al decir del historiador Ahmad al-Razi (m. 955) fue “muy grande a maravilla” con un monte sobre ella “de muchas fuentes que dan muchas aguas” (4). Estos lugares que el Padre Luis Coloma quiso también dejar para siempre en las páginas de sus libros.


Para saber más:
(1) López Romero, José.: Edición de Caín del Padre Luis Coloma. Biblioteca Virtual Cervantes. También puede consultarse en Biblioteca on-line del C.E.H.J.: http://www.cehj.org. 2007.
(2) Ruiz Mata, Diego y Pérez, Carmen J.: El Poblado fenicio del Castillo de Doña Blanca. Biblioteca de Temas Portuenses, nº 5 . Ayuntamiento de El Puerto, 1995 p. 32
(3) Borrego Soto, M. Ángel.: “La ciudad andalusí de Shiduna (Siglos VIII-XI)”, Al-Andalus--Magreb, 14 (Cádiz, 2007), pp. 5-18. De este mismo autor, puede consultarse también: “Jerez, los orígenes de una ciudad islámica” C.E.H.J.
(4) García Romero, F.A.: Xerez Saduña, aportaciones al testimonio de Al-Razi. Revista de Historia de Jerez 10 (2004), Jerez de la Frontera, Centro de Estudios Históricos Jerezanos, 229-233.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 27/12/2015

 
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