Un resplandor en la noche.
Con Zurbarán por las riberas del Guadalete en el Sotillo.

Publicada en 28/5/17
Como muchos lectores saben, la Cartuja de Jerez tuvo entre sus numerosos tesoros artísticos diferentes obras del insigne Francisco de Zurbarán, uno de los maestros de la pintura española del Siglo de Oro.

Es conocido que, tras la desamortización de Mendizábal en 1836, se dispersaron los bienes del monasterio y en especial sus cuadros y esculturas, encontrándose hoy repartidos por algunos de los museos más importantes del mundo. Buena parte de las tablas y lienzos que el célebre pintor de Fuente de Cantos realizó para la cartuja jerezana, se conservan en la actualidad en el Museo Provincial de Cádiz, mientras que cuatro de sus cuadros se exhiben en el Museo de Grenoble y en el polaco de Poznan lo hace la Virgen del Rosario, una pintura de grandes dimensiones.

Junto a todos ellos, el titulado “La batalla de Jerez”, la que fuera la pieza central del retablo de la Cartuja, es el que por muchas razones se considera una de sus obras más lograda, pudiendo admirarse hoy en el Metropolitan Museum of Art de New York. De este famoso cuadro y de su vinculación con la historia de la Cartuja y con un célebre episodio bélico ocurrido a mediados del siglo XIV a orillas del Guadalete, vamos a ocuparnos en las siguientes líneas.

Con Zurbarán por las orillas del Guadalete en El Sotillo.

En 1638, cuando Francisco de Zurbarán recibe el encargo del Monasterio de Santa María de la Defensión para pintar un retablo destinado a su altar mayor, así como otros cuadros para distintas dependencias, cuenta con 40 años de edad y es ya un reconocido maestro. Tras una estancia en Madrid en la que visita a su amigo Diego Velázquez y se relaciona con los pintores italianos que trabajan en la corte, comenzará a abandonar el tenebrismo de sus comienzos, ganado sus cuadros en claridad con tonos menos contrastados. Reconocido con el título de "Pintor del Rey", vuelve a Llerena donde tiene su taller en el que trabaja también, junto al encargo de la Cartuja jerezana, en otros cuadros de motivos religiosos para el mercado americano.



Como pieza central del retablo solicitado, nuestro pintor concibe un lienzo de grandes dimensiones (335 x 191 cm) en el que representa al óleo un motivo basado en una antigua leyenda. Con el título de “La batalla entre moros y cristianos en El Sotillo” (o también la “La Batalla de Jerez” o “La batalla del Sotillo”), el cuadro recrea un enfrentamiento bélico enmarcado en las luchas de frontera que tiene como trasfondo un hecho histórico sucedido a orillas del Guadalete, en un paraje conocido como El Sotillo en el que se había edificado el monasterio.

La pintura nos ofrece una escena nocturna, planteada con un claro y original carácter narrativo, en la que Zurbarán demuestra su maestría en el tratamiento de la luz (1). En medio de la noche, en primer plano, un soldado –que nos recuerda a los personajes del Cuadro de las lanzas de Velázquez- muestra al espectador lo que sucede en el fondo. Entre las arboledas que crecen junto al río, se desarrolla una reñida batalla.



Jinetes a caballo, portando lanzas y escudos, combaten duramente. Los cristianos -con cascos, petos y armaduras- luchan contra los moros -con turbantes- que aguardaban escondidos entre las espesuras de los sotos del Guadalete, al amparo de la oscuridad, para sorprender en una emboscada a los jerezanos que han salido en su busca. Sin embargo, el paraje se ha iluminado de pronto gracias a una milagrosa intervención de la Virgen, que ocupa la parte superior del cuadro, proyectando su luz dorada sobre las riberas del río. Los enemigos que esperaban al acecho han sido descubiertos y vencidos. Para perpetuar el recuerdo de esta batalla se construye allí una ermita, que aparece en el centro de la escena.

La Batalla de Jerez” fue pensada inicialmente, como se ha dicho, para ocupar el centro del primer cuerpo del retablo del altar mayor de la iglesia de La Cartuja, si bien parece ser que aún en época de Zurbarán, éste sufrió modificaciones siendo trasladados algunos lienzos a otras dependencias del monasterio. Entre ellos este que nos ocupa, -que fue sustituido por una escultura- así como otra pintura de idénticas dimensiones y formato, La Virgen del Rosario (2).

De ello da cuenta Antonio Ponz, quien visita el Monasterio en 1791 y deja escrito que “… en dos retablitos del Coro de los Legos, hay dos excelentes pinturas del citado Zurbarán, y de su mano son igualmente dos grandes cuadros puestos en las paredes de este recinto: el uno representa á Nuestra Señora con el Niño Dios, y a diferentes Monges de rodillas, en el otro está Nuestra Señora como auxiliando á los Xerezanos en una batalla que ganaron a los moros en estos contornos, en la qual pendieron al Régulo Aben-faha, que lo enviaron en presente a Alfonso XI, todavía niño. Á dicha pintura llaman de la Defensión” (3).

Una pintura con trasfondo histórico.

Como se ha dicho, Zurbarán debió ser informado por los cartujos de la leyenda de la aparición milagrosa de la Virgen de la Defensión en El Sotillo, lo que serviría de inspiración para la obra más emblemática del retablo. ¿Qué trasfondo histórico había en aquella historia de intervenciones sobrenaturales a favor de los cristianos?

Para acercarnos a los orígenes de la leyenda, conviene recordar que a la muerte de Alfonso XI y durante el reinado de los primeros monarcas de la dinastía Tras támara, los conflictos sucesorios y las luchas nobiliarias “impidieron de forma efectiva continuar con la política de Reconquista” y, de alguna manera, la frontera se mostró más vulnerable (4). Por esta razón, las campiñas y sierras jerezanas, situadas en un espacio inseguro, fueron a lo largo del último tercio del siglo XIV el escenario de no pocos enfrentamientos entre musulmanes y cristianos.

Aunque éstos no llegaron a romper el equilibrio en la zona por no ser de gran trascendencia, quedaron recogidos por los historiadores locales quienes, en algunos casos, elevaron a la categoría de batallas épicas lo que no fueron sino pequeñas escaramuzas o refriegas de poca relevancia.

Este es el caso, por ejemplo, de las batallas de Gigonza (1371) y Vallehermoso (1372).

En la primera, las tropas de Jerez combatieron y vencieron en las cercanías de la Torre de Gigonza a “los moros de Ronda y del Estrecho, que favorecidos de todo el Reino de Granada hacían muchas entradas en nuestro término… Fue esta batalla tan durable que les cogió la noche peleando, trayendo más de mil cautivos” (5). En Vallehermoso, los jerezanos hicieron frente y derrotaron a las huestes del “moro Zaide”, alcaide de Ximena, quien “juntó 400 caballeros y muchos peones; y con esta tropa se vino a los campos de Medina, donde hizo grandes daños robando gentes, ganados y víveres… y se entraron por los xerezanos terrenos para hacer lo mismo” (6). Junto a las anteriores -y por su importancia posterior en la historiografía jerezana- hay que destacar la conocida como Batalla del Sotillo, (1370), cuyo desenlace tendría implicación indirecta en la fundación del monasterio de La Cartuja.


La batalla del Sotillo.



Este enfrentamiento fronterizo tuvo lugar en un paraje cercano a la confluencia del Arroyo Salado con el río Guadalete a escasos 4 km de la ciudad. En las alamedas del río se escondieron durante la noche “un grupo de soldados musulmanes y según cuenta la leyenda piadosa, gracias a la intervención de la Virgen se hizo la luz y las tropas cristianas pudieron ver a sus enemigos”. En este mismo lugar se levantaría, apenas un siglo después el monasterio de La Cartuja que, en recuerdo al suceso milagroso que tuvo lugar en este paraje, tomaría la advocación de Santa María de la Defensión (7).



Como es de suponer, este hecho de armas ha sido ensalzado y elevado a la categoría de épico en la historiografía tradicional jerezana. Así lo describe, a mediados del XVII, Esteban Rallón, que sitúa la historia en los días en los que el rey Pedro I (El Cruel) veía ya peligrar su reinado en las luchas con su hermano Enrique: “Los moros andaban victoriosos y les pareció que era fácil acometer a nuestras fronteras. Marcharon hacia Xerez, que salió con aviso de que un grande escuadrón de moros de Ronda, Gibraltar y Ximena, les corrían sus campos. Llegaron a donde hoy es el convento de Cartuja a cuyo sitio llamaron los antiguos El Sotillo, entre cuyas matas estaban escondidos muchos moros, para dar en los cristianos, al paso malo del Salado, que estaba sin la puentecilla que hoy tiene. Peligro de que los libró Nuestra Señora, descubriéndose a todos en una nube refulgente, cuyos resplandores descubrieron los moros emboscados y cautivaron gran número, por lo cual, reconoció Xerez a tal favor, labró en el mismo sitio una ermita y le dio por nombre Nuestra Señora de la Defensión” (8).

Esta versión, con pequeñas variaciones, fue repetida por muchos autores quienes atribuían la victoria cristiana en aquella escaramuza a la milagrosa intervención de la virgen. Pedro de Madrazo, quien sitúa este episodio bélico erróneamente en el reinado de Alfonso X, lo describe en términos similares “…habiendo salido los de Jerez contra los moros que talaban sus campos, estos les tenían dispuesta una celada en una gran mata de olivares llamada el Sotillo, donde hoy se eleva la Cartuja. Los cristianos, al llegar de noche al paraje de la emboscada, fueron favorecidos por una luz sobrenatural y repentina que les descubrió el lugar donde estaban ocultos los infieles, y cayendo sobre ellos los pusieron en completa derrota. Acercándose luego al paraje de donde salía la gran claridad, vieron una imagen de la Virgen” (9).

El historiador Manuel de Bertemati, atribuye este suceso a Abu Zeid alcaide de Jimena, “el 'moro Zaide'” de las crónicas cristianas. Protagonista de otras incursiones en las campiñas fronterizas en las que talaba las huertas y olivares, robaba ganados y cautivaba campesinos, Zaide era, a decir de Bertemati un “verdadero bandido, rara vez presentaba sus huestes en abierta lid frente al enemigo: su habilidad consistía en ofender sin ser ofendido; robaba, mataba, cautivaba y huía á uña de caballo. De la célebre emboscada del Sotillo en 1368, cuando ya el rey D. Pedro hacía sus últimos esfuerzos por salvar la corona y la vida, quedó memoria en la ermita de Nuestra Señora de la Defensión, hoy ex monasterio de la Cartuja, levantada en el sitio mismo del combate por la piedad de los que milagrosamente se salvaron de aquella pérfida acechanza". Nuestro historiador, hombre ilustrado y miembro de la Real Sociedad Económica Xerezana, de la que era su secretario, omite en su relato la intervención milagrosa de la Virgen, tratando tal vez con ello de dar una explicación “racional” a aquel suceso que en los siglos anteriores se tenía por sobrenatural. Así lo cuenta: “Escondidos entre los jarales que allí abundaban, cerca del vado del río, esperaron los moros á los xerezanos al espirar la tarde de un nebuloso día; pero el cielo, que se despejó de improviso, dando paso á los purpúreos rayos del sol poniente, iluminó senderos y matorrales, dejando descubiertos á los enemigos que, sin tener tiempo para levantarse y embestir, fueron alanceados y cautivados en gran número" (10).

La Ermita de la Defensión.



La historiografía local recuerda que para conmemorar aquella “batalla”, la ciudad mando levantar entre las alamedas de El Sotillo, donde habían tenido lugar los hechos, una ermita como exvoto a la Virgen, a cuya intervención en “defensión de los cristianos”, atribuían los jerezanos la victoria sobre los moros (11).

Como apunta Madrazo la ermita “con el título de Nuestra Señora de la Defensión, y la imagen de la Madre de Dios pintada en ella para memoria del suceso, en medio de una nube resplandeciente con los moros y caballeros jerezanos al pie, duró largos siglos atrayendo hasta nuestros días el devoto y numeroso concurso de los fieles del país, entre los cuales aún se conserva fresca memoria de los beneficios debidos a Nuestra Señora. La ermita, transformada en pequeña iglesia aneja al monasterio, quedó en cierto modo exenta, con una puerta al campo para que pudiera ser frecuentada sin ofensa para la clausura” (12).



Heredera de esta ermita, que aparece también representada simbólicamente en la parte central del cuadro de Zurbarán junto a los sotos del río, es la que hoy se conoce como Capilla de los Caminantes. Se accede a ella tras atravesar la fachada principal que da acceso al atrio. Situada junto a la antigua Hospedería del monasterio, en cuyo patio destaca una escultura de mármol de San Bruno obra de Pedro Laboria (1761), la capilla "es una construcción de mediados del siglo XVIII levantada sobre la primitiva ermita de Nuestra Señora de la Defensión... Su estructura actual presenta una sola nave y atrio de arcos de medio punto sobre columnas de mármol" (13).

En el porche de la capilla, a ambos lados de su puerta de acceso pueden verse sendos paneles cerámicos sobre la Virgen de la Merced y sobre la historia del Monasterio. En este último se recuerda también la Batalla del Sotillo.

Nos gusta acercarnos a La Cartuja y recorrer despacio el gran patio que se abre ante la fachada de la Iglesia, haciendo un alto en la Capilla de los Caminantes, siempre abierta, o pasear por los jardines de acceso al monasterio y detenernos después en la vieja Cruz de la Defensión. Y luego, cuando cae la tarde, antes de abandonar este lugar, nos gusta sobre todo asomarnos a la antigua huerta de la Cartuja, flanqueada por las alamedas del Guadalete, en las riberas del Sotillo, donde tuvo lugar aquel enfrentamiento ente moros y cristianos que recreara Zurbarán en “La Batalla de Jerez” y que ya para siempre imaginamos tal y como él la pintó.


Para saber más:
(1) Sánchez Quevedo, M.I.: Zurbarán, Ediciones Akal, 2000, p.31
(2) Ibídem, p. 33
(3) Ponz, A.: Viage de España. Tomo XVII, Carta VI. Madrid, 1792, p. 278.
(4) Martín Gutiérrez, E. y Marín Rodríguez, J.A.: “Tercera parte. La época Cristiana” (1264-1492), en Caro Cancela, D. (Coord.): Historia de Jerez de la Frontera. De los orígenes a la época medieval. Tomo 1, Diputación de Cádiz, 1999, p.269
(5) Gutiérrez, B.: Historia del estado presente y antiguo de la Muy Noble y Leal Ciudad de Xerez de la Frontera, Jerez 1886, Ed. facsímil de 1989, L. II, p. 234.
(6) Ibídem, p. 235
(7) Romero Bejarano, M.: De los orígenes a Pilar Sánchez. Breve Historia de Jerez. Ediciones Remedios,9, 2009, pp. 30-31.
(8) Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. II, p. 120.
(9) Madrazo, P.: Sevilla y Cádiz, Barcelona, 1884, pp. 581-582.
(10) Bertemati y Troncoso, M.: Discurso sobre las historias y los historiadores de Xerez de la Frontera: dirigido a la Real Sociedad Económica Xerezana en noviembre de 1863, Imprenta del Guadalete, Jerez, 1883 p. 162.
(11) Pomar Rodil, P.J. y Mariscal Rodríguez, M.A.: Jerez: guía artística y monumental, Sílex Ediciones, 2004, p. 226
(12) Madrazo, P.: Sevilla y Cádiz… p. 582.
(13) Pomar Rodil, P.J. y Mariscal Rodríguez, M.A.: Jerez: guía artística… p. 229


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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 28/05/2017

Una leyenda para un castillo.
En la Torre de Melgarejo con Fernán Caballero.




Publicada el 4/1/2014

Ahora que la Torre de Melgarejo amenaza ruina, recuperamos parte de su historia, tal como la escribimos en enero de 2014:

A veces, de manera inesperada, la literatura puede ser una fuente de primer orden para el conocimiento de nuestros paisajes y de su historia. Así, de la mano de ciertos textos literarios descubrimos el aspecto que ofrecían en el pasado parajes y rincones de nuestro entorno, edificios o monumentos que, alterados en la actualidad por el inexorable paso del tiempo, o víctimas de la desidia y de la incuria, se perderían para siempre en el olvido de no haber sido retenidos en las páginas de un libro. En muchas ocasiones algunos fragmentos de cuentos y relatos incorporan también personajes reales o imaginarios, historias ciertas o leyendas a estos escenarios de manera que, ya para siempre, unos y otros pasan a formar parte inseparable de un mismo paisaje.

Es lo que sucede en la visita que hoy les proponemos. Nuestra guía en esta ocasión es la célebre escritora Cecilia Böhl de Faber y Larrea, más conocida por su seudónimo de Fernán Caballero. El lugar elegido para este paseo literario por la historia y la literatura es el Castillo de Melgarejo y sus alrededores. Estamos en 1852 y hemos salido de Jerez en dirección hacia Arcos. El carruaje que traslada a nuestra autora discurre entre los palmitares de los dilatados y monótonos Llanos de Caulina y, poco antes de subir la cuesta hacia el camino de la Sierra, hace una parada. Un viejo torreón llama entonces su atención…. Pero dejemos que sea “Doña Cecilia” quien nos lo describa, tal como lo hace en el comienzo de “Lucas García”, cuento que forma parte de su obra “Cuadros de costumbres” publicada en 1862. (1)

Saliendo de Jerez en dirección á los montes de Ronda, que se van escalonando gradualmente, como para formarle un adecuado pedestal al bien denominado San Cristóbal, se atraviesa una extensa llanura, que lleva el nombre de Llanos de Caulina. El uniforme y desnudo camino, después arrastrarse dos leguas por entre palmitos, hace alto al pié de la primera elevación de terreno, donde se tiende al sol un perezoso arroyo, que en verano se estanta (sic) y trueca sus aguas en fango.



Vese á la derecha el castillo de Melgarejo, que es de las pocas construcciones moriscas, que no han llegado á destruir el tiempo y la impericia, su fiel auxiliadora en la destrucción. El tiempo hace ruinas, las agrupa, las corona de guirnaldas y adorna con follaje, como si de ellas hiciese su recreo y su lugar de descanso. Pero la impericia aun á las ruinas hostiliza; como el bárbaro que no da cuartel al vencido; porque su recreo es el polvo, su descanso el yermo, su fin la nada.

Flanquean los ángulos del castillo cuatro torres cuadradas, las cuales, así como las murallas de todo el recinto, están coronadas de bien formadas almenas, que se alinean uniformes, firmes y sin mella, como los dientes de una hermosa boca
”.

El castillo de Melgarejo

El castillo de Melgarejo, obra tal vez del siglo XIV, cumplía un importante papel en el control territorial de este sector del alfoz y, especialmente, de los llanos de Caulina y de los caminos que conducían a la sierra por Arcos y Bornos. Formó parte del sistema defensivo que integraban un buen número de torres y atalayas dispuestas en torno a la ciudad y desde él se establecía conexión visual con las torres de Santiago de Fe (Mesas de Santiago), Pedro Díaz o Hinojosa, Gibalbín y Espartinas, entre otras.

En esos mismos años en el que lo retrata Fernán Caballero, mediando el siglo XIX, otro ilustre personaje, Pedro de Madrazo y Kuntz, escritor, pintor y crítico de arte, repara también en el castillo de Melgarejo cuando se encuentra recorriendo la provincia preparando su libro “Sevilla y Cádiz”, que verá la luz en 1856. Su descripción del castillo –al que nombra como Margarejo- es más detallada que la que apunta Fernán Caballero, no en balde está destinada a una guía sobre las provincias de Cádiz y Sevilla, que forma parte de un amplio proyecto editorial: “España, sus monumentos y artes, su naturaleza y su historia”. Madrazo nos deja en ella estas precisas referencias:



Este castillo es un robusto torreón del cual arranca un lienzo de muralla que circuye un gran patio, por donde se llega a una pequeña puerta que da ingreso al interior de la fortaleza. El torreón es de dos cuerpos, cuadrangular el inferior y octogonal el superior, el cual está coronado de almenas dispuestas de dos en dos sobre sendos arcos cuyo parapeto estaba sostenido en matacanes. La pequeña puerta mencionada tiene en su dintel un escudo con la cruz de Calatrava, y se eleva sobre un pretil, debajo del cual hay un gran arco ojival que conduce a una espaciosa bóveda. El salón que cae encima, principal del castillo, tiene una bóveda con pechinas en degradación. A la derecha del torreón hay un cuerpo de fábrica que presenta una ventanita de arco de herradura tapiada”. (2)

En 1901, el historiador arcense Miguel Macheño retrata ya el deterioro del castillo y las primeras grandes modificaciones que sufre su edificio que se acentuarán a lo largo del siglo XX: “sobre una no muy elevada eminencia que domina la extensa planicie de Caulina, se levanta el morisco castillo.
El recinto murado conserva aun algunas maltratadas almenas, y en el centro se alza esbelta la torre poligonal á la que da entrada un hermoso arco de herradura. Convertida hoy en cortijo la que fue vigilante atalaya, sus actuales dueños la afean y desfiguran cada día con innovaciones en que atienden más á la propia comodidad que al buen gusto y a la propiedad histórica. Entre otros anacronismos, recientemente aparece por debajo de un elegante ajimez de angrelados arcos, un feo y amazacotado cierro de cristales pintado de verde!. Hasta hace unas décadas aún se podía ver el cierro en la parte trasera del muro. Al menos consuela saber que el ajimez debe conservarse camuflado o cubierto tras ella…
(3)

Una imagen bastante aproximada del aspecto de la fachada principal del castillo que contemplaron Fernán Caballero y Madrazo, es la que nos ofrece la fotografía que de él se incluye en el Catálogo de los monumentos históricos y artísticos de la provincia de Cádiz, (1908), de Enrique Romero de Torres y que aquí reproducimos. En ella ya se aprecian, no obstante los signos de su transformación en casa de labor observándose los restos de construcciones adosadas. (4)



Ya más cerca de nuestro tiempo, Manuel Esteve, en su ya clásica obra Jerez de la Frontera. Guía Oficial de Arte (1953), nos apunta otras descripción del castillo, ya bastante deteriorado destacando que “… su gran patio de armas y torre cuadrada que en su planta superior se transforma en octógono, coronada de almenas y en la que aún perduran restos de los primitivos matacanes, que se eleva junto a la puerta que, aun cuando reformada, conserva sobre ella el paso de ronda, flanqueado en el interior y exterior por almenas y con el escudo de los Melgarejo, a los que perteneciera, encima del arco de entrada y de los que otro existe en uno de los lados de la torre, en cuya fachada lateral derecha hasta hace unos años existió una ventana con arco de herradura. Este castillo…aun cuando muy reformado, pues es casa de labor, conserva diversos departamentos, mas es fácil hacerse idea de su forma primitiva”. Descripción muy similar, como vemos, a la que hiciera Madrazo un siglo antes. (5)

Un siglo y medio después, aunque el castillo conserva todavía su estampa altiva, poco queda ya de sus torres cuadradas y de sus muros almenados, “sin mella”, como apuntaba nuestra escritora. Se adivinan aún, entre las dependencias del cortijo actual adosadas a la cerca, los que en otros tiempos fueron lienzos del recinto murado que hacían de este enclave una plaza fuerte. Como apuntaban José y Jesús de las Cuevas¿No habría forma de quitarle estos aditamentos e intentar lavarle la cara un poco, en razón de toda la historia que ha vivido?” (6).

Una leyenda para un castillo.

Pero sigamos el relato de Fernán Caballero en “Lucas García” con la leyenda que guardan estos muros y que, ya para siempre, formarán parte de él:

Este castillo fue denominado de Melgarejo, por haber sido conquistado por un caballero jerezano de este nombre. La manera como llevó á cabo esta hazaña, es tan curiosa que no resistimos al deseo de referirla, para aquellos que no estén al cabo de las hazañas parciales de que abundan los anales de Jerez.

Ocupaban este castillo, por los años de mil trescientos y tantos, ciento y cincuenta moros con sus familias. Vestían de blanco, al uso de su nación, y montaban caballos tordos. Encerrados como se hallaban, procurábanse el sustento, haciendo de noche correrías, y trayéndose todo el botín que podían recoger.

Melgarejo se propuso conquistar el fuerte castillo, que rodeaba un ancho foso, que á la sazón ha dejado de existir, y que fué la zanja que los mismos moros abrieron para servirles después de sepultura. Prometió el caballero cristiano la libertad á un esclavo que tenia si se consagraba á secundarlo en la empresa que meditaba. Convenidos amo y criado, encargó el primero al segundo, muy buen jinete, que enseñase á saltar fosos á una yegua, singularmente ligera, que poseía, ensanchando el foso gradualmente, hasta que llegase á tener la anchura del que cercaba el castillo sarraceno.



Conseguido esto, reunió Melgarejo sus parciales, los disfrazó de moros, haciéndoles cubrir sus caballos con mantas blancas, y una noche que habían salido los defensores del castillo, se dirigió con los suyos hacia él. Los que estaban esperando á los moros, vieron acercarse esta hueste sin recelo, tomándola por la que aguardaban. Cuando la cristiana estuvo cerca, reconocieron su error, y quisieron levantar el puente: mas ya el esclavo de Melgarejo, montado en su ligera yegua, había saltado el foso y cortado las cuerdas de la compuerta; por lo que no pudieron alzarla, y los jerezanos se hicieron dueños de la fortaleza.

Este fuerte castillo, -por el que ha pasado el tiempo destrozador sin dejar mas huella que la que dejaría la pisada de un pájaro,- transpone á uno con tal fuerza de ilusión á lo pasado, que se extraña no ver tremolarse en sus torres el pendón de la media luna, y se echa de menos detrás de cada almena, un blanco turbante. ¡Qué sitio tan á propósito es este para la representación de un simulacro ó de un torneo entre moros y cristianos!
” (1)

Aún se cuenta sobre La Torre otra leyenda, la de la “Amarga Cena” (que da también nombre a la calle que está junto al castillo) y que, a diferencia de la anterior, es la que popularmente está asociada a sus muros. Escribía Juan Pedro Simó hace unos años que el relato se remonta a los tiempos de Alfonso X El Sabio. “Perdida la ciudad de Jerez, los moros se retiraron. En su huida, moros



disfrazados rebanaron el pescuezo al conde y a mandos cristianos que celebraban en ese momento una cena en la estancia principal de la torre. La historia dice que este acontecimiento fue conocido por 'Melgarejo', que en su traducción al castellano significaba 'Cena amarga'
“ (7). Esta es también la versión del guarda de la finca y de los vecinos de Torremelgarejo. Como ven, demasiado cruenta y un tanto desvariada en cuanto a la “traducción”…



Nosotros preferimos quedarnos con la de Fernán Caballero y cada vez que pasamos por Torremelgarejo volvemos la vista hacia su castillo coronado con la “media luna” de la veleta que, como queriendo satisfacer los deseos de Doña Cecilia, se colocó en lo más alto de la torre. Sobre las almenas no se ven “blancos turbantes” pero no faltan nunca las negras siluetas de las grajillas y, sobre todo, el aleteo de las palomas bravías, auténticas señoras del torreón.

Para saber más:
(1) Hemos extraído los fragmentos entrecomillados del cuento “Lucas García”, de Fernán Caballero, incluido en su obra “Cuadros de costumbres” pp. 209-210), editada en Leipzig, 1865, disponible en internet.
(2) Pedro de Madrazo.:. Recuerdos y bellezas de España. Sevilla y Cádiz, Imprenta de Cipriano López, 1856. p.586. Otra edición de esta misma obra puede consultarse en Ed. Daniel Cortezo y Cª. Barcelona, 1884, p.803.
(3) Mancheño y Olivares, Miguel: Antigüedades del Partido Judicial de Arcos de la Frontera y pueblos que existieron en él. Imprenta del Arcobricense, 1901, pp. 147-148.
(4) Romero de Torres, Enrique.: Catálogo de los monumentos históricos y artísticos de la provincia de Cádiz. 1908, Tomo VIII. Manuscrito con fotografías.
(5) Esteve Guerrero, Manuel.: Jerez de la Frontera. Guía Oficial de arte. Segunda Edición refundida y ampliada. Jerez Gráfico, 1952, p. 203.
(6) De las Cuevas J. y J.: Arcos de la Frontera. Diputación de Cádiz. 1985. Pg 13
(7) Simó J.Pedro.: La soledad de La Torre. Diario de Jerez, 02/05/2010

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 4/01/2014

 
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