Por las Tablas y Añina.
Mosto, paisajes e historia.




Como ya conocen nuestros lectores, en estas páginas de “entornoajerez” nos gusta pasear sin prisas por los rincones menos transitados de la campiña, recreándonos en los paisajes y en la historia. Y para ello nada mejor que recorrer esas poco frecuentadas carreteras secundarias que se adentran por los parajes serranos, en los amplios espacios marismeños o las que, en los alrededores de la ciudad, nos permiten acercarnos a los tradicionales pagos de viñas.

Hoy les proponemos un paseo por la conocida como carretera de La Tablas (CA-3100), una vía de 4 km de recorrido perteneciente a la red provincial (1) que une la Autovía de Sanlúcar con la carretera de El Barroso, también conocida como de Bonanza, de “Las Viñas” o “del Calvario” (2). Un siglo atrás, este camino era denominado Cañada de Marihernández y por su primer tramo discurría también, desde mediados del siglo XIX -como veremos- el Ferrocarril de Jerez a Bonanza. La carretera cruza hoy un hermoso paraje dejando a sus lados afamados pagos de viña, aunque lamentablemente ya se han perdido muchas de ellas. Así, a la derecha de la ruta se extienden, por este orden, los viñedos de los pagos de San Julián, Zarzuela y Añina mientras que a la izquierda lo hacen los de Marihernández, Las Tablas y Añina (3). ¿Nos acompañan?

Tras las huellas de Roma.



Nuestro recorrido comienza tomando el desvío señalizado en la autovía de Sanlúcar que deja a la derecha la viña Santa Honorata. Pintado en los tejados de sus lagares, como era tradicional hace unas décadas, se aprecia desde la carretera el nombre de la casa propietaria de estos viñedos: Sánchez Romate. Junto a la bodega está el carril de acceso al cercano enclave diseminado de El Polila que con Las Tablas y Añina forman una misma barriada rural. Este lugar toma el nombre de un conocido ventorrillo que a comienzos de la década de los 60 del siglo pasado se abrió en la zona. Por el apodo de “El Polila” era conocido su propietario, llegado de Trebujena, en torno a cuya venta se establecieron otras viviendas (4).

Ya en la carretera de Las Tablas, sale a nuestro encuentro, a la izquierda, la antigua viña de Candelero, que cuenta hoy con un establecimiento de hostelería, un “mosto”, que figura, junto al de Añina, entre los más renombrados de la campiña. En sus accesos, el paseante podrá observar una curiosa muestra de antigua maquinaria agrícola que se utilizaba en las faenas de la viña y la bodega, entre las que destaca una singular prensa. No en balde, la viña de Candelero, cuenta con más de un siglo y medio de historia a sus espaldas siendo una de las pocas de estos pagos que no ha cambiado de nombre tal como puede comprobarse en los planos y mapas de época.

Según distintos autores, este camino por el que ahora se traza la carretera pudo ser el que recorría hace 20 siglos la Vía Augusta, una de las más importantes de cuantas cruzaban la Bética (5). Partiendo de Gades (Cádiz) y pasando por el Portus Gaditanus (El Puerto de Santa María), esta antigua vía romana atravesaba las tierras de Añina en dirección a Hasta Regia para continuar después su largo recorrido hacia Roma. En épocas no muy lejanas, a mediados del siglo XIX, el mapa provincial de Francisco Coello (1868) aún daba constancia de ello señalando en estos parajes su hipotético trazado con la leyenda “vestigios de la vía romana” (6). Todavía hoy, la fotografía aérea nos revela el trayecto que seguía entre El Barroso y el cortijo de Tabajete hasta las inmediaciones de las Mesas de Asta, donde se encontraba la ciudad romana de Hasta Regia (7).

No es de extrañar por ello la aparición en estos parajes de restos romanos. De algunos nos daba cuenta ya en el siglo XVIII el historiador Bartolomé Gutiérrez quien al hacer balance de los vestigios arqueológicos jerezanos relata: “De estas Romanas memorias tenemos otras dos lápidas halladas a una legua de Xerez, en el pago llamado de San Julián. Agostando en la viña de D. Gerónimo Mures, Presvítero, descubrieron una Bóbeda ó Sepulcro de bien labrada Arquitectura con dos lápidas en los estremos, y sobre él una piedra ó Losa grande sin rótulo pero las otras dos estaban escritas con un epitafio cada una que contenían los enterramientos de Padre e hijo” (8). Una de estas lápidas tenía grabado el nombre de LVCIUS, mientras que la otra, en caracteres latinos rezaba “En este sitio reposa Lucio Alpidio hijo de Lucio. Séate la tierra ligera” (9).

Otra posible muestra de esta antigua presencia romana en la zona es el propio topónimo “Añina”. Al igual que sucede con Balbaina, al que se pone en relación con las posesiones de la familia de los Balbo, de la Gades romana; según distintos autores el nombre de Añina, de origen latino, apunta a un posible nomen possessoris, el de un romano llamado Annius (o Anius), nombre que consta en la epigrafía gaditana y que tal vez fuera uno de los primeros propietarios de viñas de la zona (10).

Continuando con nuestro camino, y dejando atrás Candelero, la carretera inicia ahora un suave descenso que deja a la derecha las tierras del pago de San Julián. Una puerta enrejada nos anuncia el camino de acceso a la antigua viña Las Conchas. Juan Pedro Simó desvelaba como este curioso patronímico femenino era debido a cuatro mujeres de nombre “Concha”, pertenecientes a la familia Pérez-Lila, antigua propietaria de la hacienda (11), que tiene su caserío principal en El Paraíso, una hermosa estancia rodeada de una frondosa arboleda y un cuidado jardín, visible desde la Cañada de Cantarranas.



Algo más adelante, frente a las primeras casas de Las Tablas y lindando con Las Conchas, una portada reclama nuestra atención: “Phelipe Zarzana Spínola”. Se trata del acceso a los cuidados viñedos de Ximénez-Spínola que, desde el s. XVIII vienen cultivando en exclusiva la variedad Pedro Ximénez, produciendo unos vinos sencillamente excepcionales, situados ya entre los de mayor calidad del marco.

Las Tablas. Un curioso pasado ferroviario.

Como se ha dicho, el primer tramo de la carretera por la que venimos recorriendo estos paisajes, sigue la huella de la antigua Cañada de Marihernández, pero como dato curioso, hace tan sólo cincuenta años podía verse también, junto al camino, la traza del Ferrocarril de Jerez a Bonanza que, con 29 km de recorrido, tenía parada en Las Tablas, donde se construyó un apeadero en el km 11,5 de la línea. Como nos recuerda el investigador Francisco Sánchez Martínez, el mejor estudioso de nuestro pasado ferroviario, “el apeadero fue abierto al servicio cuando se inauguró el trozo de Alcubilla a Sanlúcar el 30 de agosto de 1877 y se cerró cuando fue clausurada la línea el 1 de octubre de 1965, posteriormente fue demolido” (12). Se ha cumplido por tanto el 150 aniversario de la puesta en marcha de aquella línea que permitió que, durante casi un siglo, el tren circulara por estos pagos transportando hasta el embarcadero de Bonanza las botas de los caldos jerezanos y prestando un gran servicio a los trabajadores de las viñas de estos pagos.



Recuerda el citado autor que ya desde sus inicios todos sus trenes en ambos sentidos (hasta 8 servicios en 1878) paraban en el apeadero de Las Tablas “debido posiblemente al número de viticultores que se desplazarían a trabajar en las viñas colindantes” (13). Hasta tal punto debió estar concurrido el apeadero que la Dirección de los Ferrocarriles Andaluces reclamó ya en 1878 vigilancia de una pareja de guardias de la Guardia Rural jerezana en la estación de Las Tablas para que estuviesen presentes en las horas de salidas y llegadas de los trenes, al objeto de “observar un buen orden”, como sucedió. Una muestra de la permanente utilización de esta pequeña estación-apeadero fue la construcción en 1931 por parte del Ayuntamiento de una variante que desde el camino vecinal del Barroso (actual carretera del Calvario) enlazaba con la Estación de Las Tablas, esa misma vía que se conocería después como carretera de Añina-Las Tablas (14). Como recuerdo de aquel concurrido apeadero nos queda la imagen conservada por el Club Ferroviario Jerezano (15).

El núcleo rural de Las Tablas comenzó a desarrollarse a partir de la década de los 20 del siglo pasado cuando en torno al apeadero comenzaron a construirse las primeras chozas de los jornaleros de las viñas, en el llano conocido como Descansadero de las Tablas.



Este lugar, donde hoy se levanta la barriada, era un amplio espacio público de “10 aranzadas de extensión” situado en el cruce de la Cañada de las Tablas (que venía desde Montana) con la de Marihernández (16). Sin embargo, estos parajes tuvieron ya desde antiguo una importante población diseminada. De los pagos cercanos a la ciudad, las tierras de Añina, San Julián y Las Tablas siempre se encontraron entre las que contaban con más casas de viña, muchas con población estable. Por citar sólo algunos datos, recordaremos que, en el Nomenclátor de 1850, época de expansión del viñedo, se citan para Añina 55 viviendas, 33 para San Julián y 3 para El Barroso. Las Tablas no aparece todavía como diseminado. A finales de siglo, en 1892 se cuentan ya en Añina 74 edificios diseminados con 174 habitantes. San Julián tiene 21 edificios con 144 habitantes (17). En la década de los noventa del siglo pasado, entre los tres núcleos que integran la barriada rural de las Tablas, sumaban 500 vecinos. Hoy cuenta con unos 300 habitantes que se multiplican cada fin de semana con los muchos visitantes de sus conocidas ventas para degustar el mosto, el ajo campero y la berza. No en balde aquí se celebra desde 2004 en diciembre la popular Fiesta del Mosto, cita gastronómica ineludible que atrae cada año cientos de visitantes, como ha vuelto a suceder el pasado viernes 8 de diciembre en su XIV edición.

Por el pago de Añina.



Saliendo de Las Tablas, la carretera deja a la derecha la viña La Zarzuela, una finca segregada de Las Conchas, que cuenta con renovadas instalaciones de la mano de la empresa Spirit Sherry y donde se realizan interesantes actividades de enoturismo. Junto a ella están también las tierras de la antigua viña de la Vera Cruz que hoy se presenta ante el paseante en su portada con el nombre de “G.L.”.



La carretera sube ahora, camino de Añina, por una pequeña cuesta dejando a ambos lados tradicionales viñedos. A la izquierda, casi oculta entre los cipreses la Casa Viña del Alcalde, que fuera del editor y escritor Vicente Fernández de Bobadilla. Esta viña es la "protagonista" de su primer libro: "Huésped de mi viña", publicado en 1950 y que ha conocido recientemente una reedición en cuya portada figura un hermoso dibujo de esta viña.



Su autor fue uno de los máximos responsables de la prestigiosa revista Selecciones del Reader Digest, de la que llegó a ser vicepresidente y director de la edición para España e Iberoamérica. En su obra, recoge unas deliciosas descripciones de la vida en la viña, de sus tareas y de los paisajes de estos pagos de Las Tablas y de Añina.

A la izquierda del camino, aislado entre las cepas, llama la atención del paseante un antiguo caserón (Casa de María) desde el que se observa un amplio panorama.

Llegamos así al pequeño núcleo rural de Añina, construido en el descansadero del mismo nombre donde se cruzan la carretera de Las Tablas con la Hijuela de Añina.

Como se ha comentado, el nombre de Añina puede tener origen latino, lo que podría confirmar la antigua ocupación de estas tierras de albariza para el cultivo de la vid hace ya veinte siglos.

De lo que si hay constancia documental es de la presencia de viñedos en el Pago de San Julián, al menos desde 1392 y en Añina desde finales del siglo XV, por lo que los paisajes de vides y la elaboración de mostos y vinos viene desde antiguo (18).



Una parada en Añina, que cuenta también con un famoso “mosto” donde degustar los productos de la campiña, puede ser el pretexto para pasear por el camino que conduce a la Viña El Álamo, desde cuyo tramo final puede contemplarse un hermoso paisaje con las tierras de Montana, Prunes y Tabajete en el horizonte; o mejor aún, hacerlo por la Hijuela de Añina, que arranca junto al Mosto Añina por la que el paseante puede conectar con la cañada de Cantarranas. En ambos casos podremos observar los curiosos pozos de viña que se conservan a orillas del camino. Con bóveda de ladrillo y encalados de blanco, o construidos en sillares de arenisca de la Sierra de San Cristóbal, los pozos son ya valiosas muestras del patrimonio rural de la campiña que se están perdiendo con el tiempo y que bien merecerían conservarse ya que dan valor al paisaje del viñedo donde se asientan.



Siguiendo nuestro camino, vamos dejando a los lados antiguas casas de viña de nombres populares como La Blanquita-Las Boneas, a la izquierda, o Santa Luisa a la derecha, por citar sólo algunas. Pasado el km 1, a la izquierda de la carretera, se conserva una de las más antiguas que mantiene aún la fisonomía tradicional: El Almendral. Algo más lejos, adivinamos oculta entre cipreses sobre una colina la antigua viña El Aljibe, que se cuenta también entre las más nombradas de estos pagos como atestiguan los antiguos planos y mapas.



Nuestro camino llega a su fin y frente a nosotros vemos ya las dependencias del cortijo de El Barroso donde la carretera de las Tablas se une a la de Las Viñas o del Calvario. Este lugar, donde tradicionalmente hace su parada (“rengue”) la hermandad del Rocío de Jerez, era un importante descansadero de ganado conocido como Prado del Toro. Frente a él, a la derecha de la ruta, en su tramo final la finca colindante con la carretera lleva el curioso nombre de Haza del Mármol, un topónimo que de nuevo nos remite a la historia y a la presencia romana en estas tierras de Añina. El viajero podrá observar aquí, casi llegando al cruce, dos antiquísimos pozos con abrevaderos. Junto a ellos se descubrió en 1893 una importante inscripción romana de la que sólo pudo extraerse un fragmento, tal como se relata en el escrito que el entonces archivero municipal de Jerez, D. Agustín Muñoz Gómez, remite a Fidel Fita, presidente de la Real Academia de la Historia relatando el hallazgo.



En su carta, nuestro archivero informa de una "preciosísima reliquia epigráfica del siglo IV con calco”, señalando también que ”existe otra parte, pero es muy difícil recuperar". Al parecer, había tenido conocimiento de ella en una visita a casa de D. Juan Fadrique Lassaletta y Salazar, su descubridor, en cuya finca de El Higuerón los trabajadores encontraron la inscripción (“el mármol”) que localizaron aproximadamente “…en el vallado… frente al pozo del cortijo del Barroso”. Lamentablemente sólo pudieron tomar de ella un pequeño fragmento ya que, como recuerda Muñoz y Gómez en su carta a Fita: “Respecto á la importante lápida cristiana de “Hasta Regia”…al excavar para reformar el vallado, salió en lo más hondo de la excavación la piedra; comprendiéndose que, no pudiendo los operarios quitarla, por lo grande, procuraron partirla de cualquier modo. Según nuestro archivero, el texto legible en el fragmento de lápida recuperada decía lo siguiente: “(Roma) la Sacra Roma, dióle la vida, el aliento y nombre: Así el (Dios) uno y trino conceda gozar del cielo...” (19).

Ya en el cruce de la carretera del Calvario, una vez terminado nuestro recorrido, regresamos a Jerez dejando atrás las tierras de Las Tablas y de Añina a las que volveremos de nuevo en primavera, cuando las viñas empiecen a pintar de verde las albarizas de estos hermosos paisajes cargados de historia.

Para saber más:
(1) Red de carreteras de Andalucía. Provincia de Cádiz, Consejería de Obras Públicas y Transportes, Junta de Andalucía, 2008, p. 29
(2) García Lázaro, J. y A.: Por la carretera del Calvario: buscando el Guadalquivir (1), Diario de Jerez, 1 de junio de 2014.
(3) Una visión de los pagos de viñas y del viñedo de este sector de la campiña, tal como era hace un siglo puede obtenerse consultando López-Cepero, Adolfo.: Plano Parcelario del término de Jerez de la Frontera. Dedicado al Excmo. Sr. D. Pedro Guerrero y Castro y al Sr. D. Patricio Garvey y Capdepón. 1904. patrocinadores del proyecto, por D. Adolfo López Cepero.- Año de 1904. Escala 1:25.000.
(4) Plan Especial de Hábitat Rural Diseminado El Polila. Área de Planeamiento, Delegación de Urbanismo, Ayuntamiento de Jerez, 2012, p. 5.
(5) Ruiz Castellanos A., Vega Geán E.J. y García Romero F.A.: Inscripciones latinas de Jerez de la Frontera. Epigrafía y contexto, Editorial UCA – Diputación de Cádiz, 2016, p. 173. Ver también, a este respecto: López Amador J.J. y Pérez Fernández E.: El Puerto Gaditano de Balbo. El Puerto de Santa María. Cádiz. Ediciones El Boletín. 2013, págs. 163-164.
(6) Coello F.: Mapa provincial de Cádiz. 1868
(7) López Amador J.J. y Pérez Fernández E.: El Puerto Gaditano de Balbo, Op. Cit., p. 164.
(8) Gutiérrez, B.: Historia de la Muy Noble y Leal Ciudad de Xerez de la Frontera, Jerez, 1886 edición facsimilar de 1989, t. I, p 82.
(9) Ruiz Castellanos A., Vega Geán E.J. y García Romero F.A.: Inscripciones latinas… Op. Cit. p.174-175
(10) Ibidem, p. 173 y Padilla Monge, A.: La transferencia del poder de Gades a Asido. Su estudio a través de la perspectiva social. Habis, 21, 1990, pg. 249.
(11) Simó J.P.: José Luis Torres: empresario; Diario de Jerez, 21 de septiembre de 2014.
(12) Sánchez Martínez, F.: Las estaciones jerezanas, Revista de Historia de Jerez, Vol. 16-17, pp. 249-275, 2010, p. 265.
(13) Sánchez Martínez, F.: Ferrocarril de Jerez a Sanlúcar de Barrameda y Bonanza (1877-1965), Revista de Historia de Jerez, Vol. 14-15, pp. 311-330, 2008-2009, p. 320.
(14) Sánchez Martínez, F.: Las estaciones jerezanas… Op. cit. p. 265.
(15) La imagen del apeadero de Las Tablas está tomada de la magnífica página web del Club Ferroviario Jerezano, imprescindible para conocer nuestro pasado ferroviario.
(16) Clasificación de las Vías Pecuarias Término municipal de Jerez. Ayuntamiento de Jerez, 1948.
(17) Los datos han sido tomados del Nomenclátor de la provincia de Cádiz. 1850 y del Nomenclátor de las ciudades villas, lugares… de España, en 1º de Enero de 1888. Cuaderno 11, provincia de Cádiz, ambos disponibles en el Archivo Municipal de Jerez.
(18) Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 2004, pp. 147 y 154.
(19) García Lázaro, J. y A.: Por la carretera del Calvario: buscando el Guadalquivir (1), Diario de Jerez, 1 de junio de 2014. Agradecemos a nuestro amigo, el historiador Jesús Caballero Ragel, la transcripción del documento titulado "Carta de A. Muñoz y Gómez donde informa a F. Fita del hallazgo de una "preciosísima reliquia epigráfica del siglo IV" con calco; existe otra parte, pero es muy difícil recuperar", donde se da cuenta de los restos encontrados en El Higuerón en 1893. Puede consultarse en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Paisajes con Historia, Carreteras secundarias, Cortijos, viñas y haciendas, Rutas e itinerarios

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 10/12/2017

Los Llanos de la Ina y la Batalla de Guadalete.
El relato de Antoine de Latour (y II).




La semana pasada iniciamos un recorrido por los Llanos de la Ina, de la mano del escritor e hispanista francés Antoine de Latour quien sitúa en estos parajes la Batalla de Guadalete. En la visita que realiza a estos lugares a mediados del siglo XIX hace un alto en el monasterio de La Cartuja y se acerca hasta a las orillas del río donde evoca la famosa contienda. Junto a los arcos del puente fantasea, sobrecogido por el escenario donde “se perdió el reino visigodo”, acerca del desarrollo de la batalla en el paraje de los Llanos, a los pies de los cerros de Las Pachecas, Lomopardo. En la crónica del domingo anterior terminábamos con la escena donde Latour narra la muerte de don Rodrigo a manos de Tariq, quien lo atraviesa con su lanza y, derribándolo, “…le cortó la cabeza que envío al emir como testimonio de su victoria”.

La leyenda de don Rodrigo.

Sin embargo, para un escritor romántico como Latour, el destino que la historia depara para don Rodrigo era demasiado previsible y no se resiste a presentarnos también lo que hoy llamaríamos “un final alternativo”, una de las muchas versiones que las crónicas más tradicionales, desde el padre Mariana hasta el romancero y las leyendas populares apuntan. En ellas D. Rodrigo no muere en Guadalete y abandona de manera anónima los escenarios de la batalla -y también las páginas de historia- para expiar sus culpas.



El hispanista francés, se deja llevar también por las fuertes corrientes de la leyenda y relata que, cuando la batalla ya está perdida ante el empuje de los mahometanos, los pocos godos que sobrevivieron a la traición de Oppas, obispo de Sevilla, “…escaparon y corrieron a agruparse en torno a su rey diciéndoles que el obispo se había hecho moro. Rodrigo permaneció largo tiempo sin proferir palabra y decía para sus adentros que su hora había llegado lo que confirmó cuando vio flaquear a los cristianos” (1).

Como una concesión postrera al valor de don Rodrigo y a su deseo de intentar salvar el reino visigodo hasta su último aliento, nos lo presenta entregado a la batalla y poniendo en juego su vida: “…Entonces se despojó de su brillante vestimenta con la que podía ser reconocido y se lanzó al combate para cumplir con su deber de soldado y de cristiano. Sólo buscaba ya la muerte, la victoria había decididamente pasado a manos de los infieles. Separado de los suyos por los azares de la lucha, el rey se esforzó inútilmente en reunirse con ellos. Cuando comprobó que todos habían muerto o huido se dirigió al otro lado y conquistó el sólo una colina que dominaba toda la llanura.



Desde allí, examinando todo el campo de batalla, buscó por donde regresar, pero por lejos que dirigió su mirada, no vio de pie a ninguno de los suyos. Reconoció entonces que la suerte de los godos estaba decidida y deplorando amargamente su destino y el de España, soltó la brida de su caballo Orelia. El buen servidor, abrumado por el peso de su amo y por el de su armadura ensangrentada, siguió



lánguidamente las orillas del Guadalete
. Pasó un ermitaño que, impresionado por la desesperación del rey, le aconsejó que se resignase a la voluntad de Dios
”.

Y he aquí que encontramos entonces a don Rodrigo, sobreviviente a la aciaga batalla en la que perdió su reino, vagando por los Llanos en donde se desprende de sus atributos reales, de sus armas y de su caballo para no ser reconocido. Todo lo deja a orillas del Guadalete para que quien llegara a encontrarlos piense que ha perdido la vida al intentar atravesar el río: “…El rey no podría conseguirlo mientras siguiera oyendo el clamor lejano de la batalla. Pero cuando aquellos rumores se debilitaron prestó mayor atención a las prudentes palabras del ermitaño y se dejó convencer de que lo mejor que podía hacer era emplear el resto de su vida en expiar su pasado. Acto seguido reemprendió su camino y el ermitaño lo vio a lo lejos descabalgar y adentrarse en las incipientes tinieblas de la noche después de abandonar, en un pantano cercano, su caballo, la corona, sus espléndidas armas y sus arneses cubiertos de oro y de pedrería, signos externos de una realeza que en verdad ya había perdido. Aquel rocín, cubierto de golpes y aquellos ricos despojos esparcidos por las riberas del Guadalete hicieron creer que el rey había desaparecido al atravesar el río.” Como ya puede suponer el lector, a falta de datos históricos ciertos, no han faltado historiadores locales que han querido ver en esa “colina que dominaba la llanura” los cerros de Lomopardo o de Cabeza del Real, próximos al río, en el entorno del Monasterio de la Cartuja. La llanura donde se libra la batalla y que contempla un desconsolado don Rodrigo no da lugar a equívocos: los Llanos de La Ina, que se convierten así en el escenario ideal para una leyenda, como apuntaba el escritor francés en su versión de la famosa batalla.

Don Rodrigo murió en Portugal.

Pero aquí no termina el asunto y Latour recoge gustoso en su amplio relato el eco de las leyendas forjadas en los siglos anteriores que narran como Rodrigo, salvado así del desastre de Guadalete, se dirige hacia tierras lusitanas: “…marchando siempre en dirección a Portugal llegó a orillas del mar y se encontró a la puerta de una ermita donde desde hacía cuarenta años un santo varón servía a Dios. El ermitaño lo acogió como a un hermano, lo consoló, lo invitó a vivir junto a él y a compartir su humilde celda; siempre encontraría un pan de cebada y en todo momento la soledad compañera de los buenos pensamientos. Al cabo de tres días el ermitaño murió dejando a su huésped en las más santas disposiciones y piadosamente decidido a no separarse de la regla de penitencia que el bienaventurado le había trazado al morir...

Nuestro escritor recupera después las antiguas crónicas que mencionan una curiosa leyenda en la que Rodrigo muere en circunstancias trágicas devorado por una culebra. Si bien se recrea en estas historias a las que tiene por fabulaciones, no duda en introducir elementos de autoridad para dejar una puerta abierta a la suerte que finalmente pudiera correr don Rodrigo: “…aquí acaba la leyenda, porque lo que sigue es casi histórico. Alfonso X el Sabio cuenta en su Crónica que después que los cristianos reconquistaran Viseu a los moros se encontró en el campo y ante la puerta de una iglesia una piedra con esta inscripción: “aquí yace don Rodrigo, último rey de los godos”.

Como resistiéndose a desautorizar los hechos narrados por la leyenda, se pregunta el hispanista: “¿Reposaba Rodrigo bajo esa piedra? ¿Es cierto que sobrevivió a su derrota y que en su huida errante llegó hasta Portugal?” Pero esa es una larga historia sobre la que volveremos en otra ocasión.

Latour recoge también diferentes romances que abundan en estas mismas leyendas y que sitúan la batalla de Guadalete en nuestro entorno. Después de dedicar muchas páginas a este hecho bélico y a sus principales protagonistas (bastantes más de las que dedica a describir la ciudad y sus alrededores) justifica su fascinación por este asunto: “Se comprenderá ahora fácilmente que melancólico interés me atrajo hacia Jerez la primera vez que fui a visitar la ciudad y sus alrededores, por qué desde entonces cada vez que en ella entraba me dirigía en primer lugar hacia el campo de batalla de don Rodrigo y por qué en sus alrededores siempre me desvié hacia las orillas del Guadalete –como Ulises ante la zanja de sangre de la Odisea- para interrogar a la triste sombra de los godos vencidos”.

Latour en el puente de Cartuja.



Como colofón a su relato, el escritor se detiene en el Puente de Cartuja: “Apoyado en el último arco del puente contemplé esta llanura cuya aparente esterilidad contrasta con la alegre naturaleza que le sirve de entorno. Busqué sorprender en el murmullo del río cuyas límpidas aguas rozaban mis pies y entre el susurro de sus juncos atormentados por el viento de la tarde, los rumores desvaídos del combate”.

Y allí, junto al puente, una vez más Latour se deja llevar por su imaginación y a la vista de los extensos llanos, de las cercanas lomas de Las Pachecas, de los Cejos, de la Sierrezuela y de Lomopardo que cierran el horizonte de este “fabuloso escenario de la historia” se pregunta: "¿A qué colina se retiró Rodrigo ensangrentado antes de alejarse para contemplar por última vez aquel nefasto lugar en el que rey, dejó >su corona y soldado, su espada rota? ¿Era por aquí o más allá por donde atravesó el río cuando la sangre de su buen caballo Orelia se derramaba a borbotones? Todos los incidentes de esa historia pasaron ante mis ojos y los mantuvieron atentos y emocionados con las peripecias de un drama del que sólo la escena existe actualmente. ¿Cuál es el poder de la emoción que se conserva así ligado a la memoria de las cosas ya desaparecidas y que aún hoy turba al recordar la batalla que hace once siglos entregó España a los moros, cuando hace ya siglos también que los moros fueron expulsados de España?



Estas mismas preguntas de Antoine de Latour, casi dos siglos después, son las que nos hacemos cuando recorremos estos parajes -poco importa que estos fueran o no los escenarios reales de aquella histórica contienda- donde desde hace trece siglos el “imaginario colectivo” sitúa la Batalla de Guadalete.

Para saber más:
(1) La Bahía de Cádiz de Antoine de Latour. Traducción y notas: Lola Bermúdez e Inmaculada García. Diputación de Cádiz., 1986. De esta obra (pp. 123-134) han sido tomadas las citas textuales entrecomilladas.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Paisajes con Historia, XIII siglos. Batalla de Guadalete, Los Llanos de Caulina como escenario de la Batalla de Guadalete: la versión del historiador Adolfo de Castro.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 3/12/2017

 
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