Palmas, palmitos y palmares.
Algunas curiosidades sobre nuestras palmeras autóctonas.




La fitotoponimia, aquella parcela de la toponimia que se ocupa del estudio de los nombres de lugares relacionados con plantas o formaciones vegetales, aporta datos muy valiosos para el conocimiento de nuestro entorno. En ocasiones, supone una fuente de información de primer orden que permite explicar los cambios experimentados en nuestros paisajes al facilitar datos sobre la vegetación que, en tiempos pasados, motivó que algunos parajes fueran bautizados con el nombre de determinadas especies. Hoy vamos a centrar nuestra atención en los topónimos relacionados con el palmito (conocido también como palma), acercándonos también a algunas referencias históricas y literarias para conocer mejor esta curiosa palmera tan familiar en nuestro entorno.

El palmito: nuestra palmera autóctona.

El palmito (Chamaerops humilis L.), es una especie característica de la región mediterránea y es la única palma autóctona que crece en nuestro territorio. Presente en todos los rincones de la provincia de Cádiz, en la actualidad apenas constituyen masas puras y suele ser acompañante de otras especies propias del matorral mediterráneo en espacios y suelos muy variados, desde las cercanías del mar, hasta las laderas montañosas de la Sierra



de Grazalema, donde llega a crecer a más de 1.000 m de altitud. Con todo, se desarrolla con mayor profusión en las campiñas de Jerez, Medina y Alcalá de los Gazules, llegando a formar en algunos parajes extensas manchas, especialmente sobre terrenos margosos del triásico y en las lomas y mesetas de suelo arenoso del cuaternario. En estas formaciones, suelen presentarse asociados a lentiscos, retamas, coscojas, y otras especies arbustivas y herbáceas propias del matorral mediterráneo (1).

En los parajes donde los palmitos se presentan con mayor densidad, puede hablarse de palmares o palmitares, formaciones vegetales de talla baja o media donde llegan a ser la especie dominante. Entre ellos suele haber abundantes claros cubiertos por un pastizal pobre y, en muchas ocasiones nitrificado, “ya que el uso más habitual de los palmitares es el de pastadero”. Entre las herbáceas que colonizan los claros junto a los palmitos las más numerosas son las liliáceas (Asphodelus –gamones-, Urginea –cebolla albarrana-, Scilla), las gramíneas (Stipa) y las compuestas (Anthemis, Anacylus –manzanillas-) (2).

La persistencia en la actualidad de palmares, de extensión cada vez más reducida y confinados en terrenos marginales, podría explicarse por la resistencia al fuego del palmito y su gran capacidad de rebrote, y en su rechazo por el ganado, factores que le hacen competir con mayor éxito en matorrales y pastizales frente a otras especies más vulnerables o más apetecibles para ovejas y cabras (3). Con todo, conviene recordar que se trata de formaciones vegetales amenazadas y en regresión, por lo que los palmitos están protegidos por la legislación ambiental.

Un poco de historia.

El palmito y los palmares formaron siempre parte de nuestros paisajes. No es de extrañar por ello que existan muchas referencias en las fuentes documentales que confirmen su distribución



por todo nuestro término. Así, por ejemplo, se tiene constancia de su presencia en incontables parajes porque se les menciona en los expedientes de amojonamiento o en los pleitos por lindes
de tierras. Por citar sólo algunos casos de los estudiados por el profesor Emilio Martín Gutiérrez, en 1434 el juez de términos Alfonso Núñez utiliza en numerosas ocasiones a las palmas u otros arbustos y árboles como hitos naturales en la descripción de lindes. Se hace alusión así a cerros con palmares, ribazos o valladares cubiertos de palmitos, “cabeços palmosos”, “palmarejos”… Mención aparte merecen algunos ejemplares singulares y aislados citados en estos antiguos documentos (“en somo de una palma”, “en una palma grande”, “sobre una palmilla”…) que actuarían como mojones por ser elementos relevantes en los parajes descritos.

Este mismo autor, tomando como base un documento de 1621, “Ejecutoria de las tierras que querían vender”, depositado en el Archivo Municipal de Jerez, analiza, entre otras muchas cuestiones, la vegetación natural presente en el alfoz jerezano. En casi todos los rincones aparecen los palmares que abundan especialmente en las tierras comprendidas entre el Camino de Sevilla y el río Guadalete (Llanos de Caulina) y en los baldíos del camino de Medina. Son descritos también en otros lugares del término como en el pago de “Tosina”, en el donadío de Romanina, en la Dehesa de la Torre de Sepúlveda… (4).



Las fuentes históricas describen también la paulatina desaparición de nuestros palmares de la mano de las roturaciones de baldíos y espacios incultos que practicaban tanto vecinos sin tierra como los grandes propietarios, usurpando los terrenos comunales: lo mismo que sucede en la actualidad. El grito de “a desalambrar” tuvo un antiguo precedente: “a despalmitar” o “a despalmar”, si se nos acepta la licencia. De ello nos informa también el profesor Martín Gutiérrez que cita muchos ejemplos de vecinos instalados en espacios públicos o de propietarios como Alfonso López, quien en 1434 “había ocupado tierras, palmares y carrascales” junto a sus propiedades de la Dehesa del Almirante. El mismo autor apunta que “en 1630, el prior (de la Cartuja) don Sebastián de la Cruz despalmó y descarrascó 110 aranzadas de tierra… en la dehesa de la Greduela… y 120 aranzadas… en la dehesa de la Peñuela” para plantar viñas (5).

La progresiva desaparición de los palmares ya no tendrá vuelta atrás y durante los siglos posteriores la puesta en cultivo de baldíos, la pérdida de espacios forestales, el desmonte de dehesas y la ocupación de cañadas y vías pecuarias dejó los palmares relegados a su mínima expresión y confinados a los terrenos más marginales e improductivos. En el alfoz jerezano uno de esos espacios donde el palmito llegó a formar extensas masas que se mantuvieron durante siglos, fue la zona conocida como Llanos de Caulina. La escritora Fernán Caballero, deja testimonio literario de ello y en el comienzo de uno de sus cuentos, “Lucas García”, publicado en 1862, nos describe los palmares que pueblan estos parajes: Saliendo de Jerez en dirección á los montes de Ronda, que se van escalonando gradualmente, como para formarle un adecuado pedestal al bien denominado San Cristóbal, se atraviesa una extensa llanura, que lleva el nombre de Llanos de Caulina. El uniforme y desnudo camino, después arrastrarse dos leguas por entre palmitos, hace alto al pié de la primera elevación de terreno, donde se tiende al sol un perezoso arroyo, que en verano se estanta (sic) y trueca sus aguas en fango. Vese á la derecha el castillo de Melgarejo, que es de las pocas construcciones moriscas, que no han llegado á destruir el tiempo y la impericia, su fiel auxiliadora en la destrucción…” (6).

Tan sólo unos años más tarde (1869-1870), los ingenieros de montes y botánicos que realizan los trabajos de catalogación para la Comisión de la Flora Forestal Española, realizan una excursión a los alrededores de la Torre de Melgarejo, donde estudian las especies vegetales presentes. En su informe describen el camino de Jerez hasta la Dehesa de La Torre: "Ésta dista de la ciudad unas dos leguas, siguiendo la carretera de Arcos. Caminando por esta, se encuentran á ambos lados viñedos protegidos por grandes setos de tunas ó chumberas... Al cabo de unos tres cuartos de hora se entra en los "Llanos de Caulina", extenso palmitar de vegetación poco variada, destinado á pastos". El informe también los cita en la Dehesa de los Garciagos. Como dato curioso recogen la existencia de un palmito de dimensiones excepcionales en Vejer: "en un pequeño saliente de una de las paredes de la Iglesia hay una palma (Chamaerops humilis), cuyo estípite tiene unos seis metros. Hace pocos años, el viento derribó otro ejemplar parecido, y para conservar el que queda se le ha atado por su parte superior a una reja de la Iglesia” (7). Una década después, en 1879, el ingeniero de montes Salvador Cerón, cifraba en 90.000 Has la superficie ocupada por el palmito en nuestro país y en 10.000 las cubiertas por los palmares en nuestra provincia, incluyéndose aquí las formaciones de matorral en las que el palmito era especie dominante o secundaria. Tan sólo las provincias Alicante, Valencia, Murcia y Málaga superaban a Cádiz en la extensión de sus palmitares (8).

Pese a que los palmares como el de Caulina se mantuvieron hasta bien entrado el siglo XX, lo cierto es que en la actualidad, la puesta en cultivo de muchos de los espacios en los que crecían, ha hecho disminuir enormemente su presencia y en nuestros días esta especie rara vez forma masas puras, no quedando apenas palmares de mediana extensión. Los palmitos crecen hoy en terrenos marginales, donde han logrado sobrevivir a las roturaciones pudiendo verse todavía en bordes de caminos, roquedos, márgenes de vías pecuarias, convexidades de cerros de difícil laboreo, o acompañando a lentiscos y acebuches en bosquetes y dehesas.

Palmitos, palmas y palmares en la toponimia.

Sin embargo, ahí están todavía presentes en la toponimia para recordarnos que, como se desprende también de numerosas fuentes documentales de siglos pasados, buena parte de nuestros paisajes naturales y rurales contaron con la presencia de esta especie. Veamos algunos ejemplos:

Aunque en ocasiones su forma más sencilla, La Palma o Las Palmas, puede hacer referencia a la presencia de una palmera, lo más frecuente es que se haga alusión con este nombre al palmito, en especial con aquellos topónimos de los que se tiene constancia varios siglos atrás, cuando ni la palmera canaria (Phoenix canariensis) ni la datilera (P. dactylifera) estaban presentes en el medio rural. Así, La Palma está presente en Chipiona, Puerto de Santa María, Torre Alháquime o Jimena. En Jerez, tres viñas tienen el nombre de La Palma –Tizón, Añina, Balbaína- y una el de Las Palmas, aunque en estos casos creemos que se deben a las palmeras que había junto a ellas. En Tarifa un cerro tiene también este nombre.



Las Palmas bautiza al puerto que se encuentra justo en la linde de los términos de Jerez y Arcos, junto al depósito de aguas de Jédula y el Haza de La Palmas es un sector del cortijo de Casablanca al borde de las marismas. En Villamartín da nombre a un antiguo rancho como sucede también en Ubrique y Prado del Rey. Zahara es pródiga en Palmas y en su toponimia local se encuentran una loma, un cerro y un puerto de “las palmas”. En Rota están el pozo y la casa de Las Palmas y en Alcalá, la cañada de este nombre. En S. José del Valle se encuentra el Puerto del Palmito (Dehesa de Puerto Frontino) y en Jerez la Dehesa de El Palmito entre las de Picado y Los Castillejos. En Medina el Cancho del Palmito y la Colada de los Palmitos.



Los palmares, lugares donde crecen palmitos, están muy extendidos también en la toponimia provincial. No es de extrañar por ello que con el nombre de El Palmar se conozcan muchos lugares y parajes como sucede en Espera, Conil, Vejer (donde llevan este nombre una conocida playa y a una dehesa), Chiclana, Pto. Real, Sanlúcar… En Arcos se encuentra el Cerro del Palmar. En muchos casos, los palmares tienen “nombre propio”. En Medina encontramos el Palmar de Doña Ana o el Palmar de Lesmi; en Alcalá, el Palmar de Juan Gallo; en Puerto Real y en El Pto. De Sta. María, El Palmar de la Victoria; en Sanlúcar, el Palmar de San Sebastián. Uno de los más conocidos es el jerezano Palmar del Conde, paraje célebre por sus hallazgos paleontológicos. En Jerez se encuentra también el Palmar de las Monjas, junto a Las Quinientas, el arroyo del Palmar de Zacarías y el Haza del Palmar, junto a las Marismas de Maritata.

A veces encontramos el topónimo en su forma diminutiva y así, en Benaocaz está El Palmarejo; en Ubrique, el Descansadero del Puerto del Palmarejo; en los Montes de Propios de Jerez, junto al arroyo del Quejigal, la Cabezada del Palmarejo; en Medina, Las Palmitas y en Jerez, frente a Cerro Viejo, el Haza Palmilla, por citar sólo algunos ejemplos. Otras veces este topónimo se presenta en su forma aumentativa, como en la Hijuela de Palmones (La Carrahola, Jerez) o en Los Barrios; o en plural dando lugar a Palmares o Los Palmares, como en Olvera, Algodonales o Los Barrios, población donde también da nombre a un cortijo.



El sufijo –oso, alude a “abundancia de”. Palmoso o palmitoso se utiliza por tanto para referirse a un lugar donde abundan (o abundaban) especialmente las palmas. El Palmitoso es el nombre de un paraje de Medina o de un cortijo de Alcalá, municipios donde también encontramos el topónimo de La Palmosa. El paraje de La Palmosa en Alcalá es conocido porque en él se encuentra el Área de Servicio de la Autovía de Los Barrios, pero también da nombre a un polígono industrial, a un cabezo, a una vega, a un cortijo y a una fuente: la de la Hoya de La Palmosa. Su versión en diminutivo “La(s) Palmosilla(s)”, la encontramos en Tarifa y también en Villamartín, donde un cerro y un cortijo llevan este nombre. En el Haza Palmosa de Jerez se construyeron las nuevas Bodegas de W. & H.



Otras derivaciones de estos mismos nombres están presentes también en toda la geografía provincial. Es el caso del paraje de Palmarote (Sanlúcar) o de los cortijos de Palmarón (Villamartín) o, el de otro topónimo de más dudosa procedencia: Palmetín (Medina, Chiclana). La Dehesa del Palmetín o el arroyo, breña, cañada, suertes… del mismo nombre, aparecen también en S. José del Valle, siendo un paraje muy conocido, en las cercanías de la Sierra de Dos Hermanas, cruzado por el acueducto del Tempul. Por último, como testigo de la permanente regresión y desmonte de los palmares por las roturaciones, nos queda un elocuente topónimo que encontramos en Alcalá de los Gazules: Cortijo del Despalmado.

Volveremos en otra ocasión a ocuparnos de esta curiosa planta para hablar de sus aprovechamientos desde el punto de vista de la etnobotánica y de sus muchas utilidades en la artesanía tradicional.

Para saber más:
(1) Ceballos, L. y Martin Bolaños, M. Estudio sobre la Vegetación forestal de la provincia de Cádiz, I.F.I.E. 1930. Ed. Facsímil, Consejería de Medio ambiente, 2000, págs. 180-184
(2) Ceballos, L. y Martin Bolaños, M.: Estudio…, Op. cit., p. 181
(3) Mapa Forestal de España, Escala 1: 200.000 Cádiz, Hoja 3-12, ICONA, Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, Madrid, 1992, p. 62
(4) Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 2004.
(5) Martín Gutiérrez, E.: La organización… Op. cit., p. 120
(6) Hemos extraído los fragmentos entrecomillados del cuento “Lucas García”, de Fernán Caballero, incluido en su obra “Cuadros de costumbres” pp. 209-210), editada en Leipzig, 1865, disponible en Internet .
(7) Comisión de la Flora Forestal Española. Resumen de los trabajos verificados por la misma durante los años de 1869 y 1870, Madrid, Tipografía del Colegio Nacional de Sordo-Mudos y de Ciegos, 1872, pp. 86 y 91. Debemos a nuestro amigo Pedro Oteo Barranco, la localización de este interesante estudio.
(8) Cerón, S.: Industria forestal-agrícola, Cádiz, 1879, p. 181. Agradecemos a nuestro amigo Francisco Jordi Sánchez las facilidades para consultar este libro.


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Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar Flora y fauna, Paisajes con Historia, Toponimia.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 4/12/2016

Las aguas del olvido.
Un paseo con Antonio Muñoz Molina por el Guadalete y sus mitos.



Nadie cruzaba el río, aunque estaba muy cerca la otra orilla, tal vez porque la mirada no podía encontrar en ella nada que no hubiera a este lado, y porque quien cruza un río parece que deba exigir alguna compensación simbólica, que en este caso quedaba descartada por la cercanía y la similitud. Todo era igual a ambos lados, las mismas dunas y yerbazales tendidos por el viento del mar, el mismo brillo salino en las crestas de arena. El perro, Saúl, cruzó el río por la mañana, persiguiendo algo que Márquez había arrojado a la otra orilla con un rápido ademán en el que entonces no advertí premeditación, sino una de esas decisiones baldías que dicta el tedio. Saúl nadó ávida y ruidosamente, alzando el hocico sobre el agua revuelta, y cuando emergió al otro lado pareció que se hubiera extraviado. Sacudiéndose la pelambre empapada deambuló por la orilla y estuvo ladrando un rato con quejidos de lobo, sin atender al silbido ni a las voces de Márquez. A media tarde me di cuenta de que aún no había regresado.

Esta mañana, mientras tomábamos el aperitivo en la penumbra de la biblioteca, Márquez me dijo el nombre del río, Guadalete, y apeló a un par de diccionarios geográficos para explicarme su etimología. Siento no haberlo escuchado entonces; supongo que si lo hubiera hecho no habría sabido evitar nada. Márquez abrió uno de sus diccionarios y buscó la palabra, deteniendo en ella su dedo índice, pero yo casi no le hice caso; atento a mi martini, a la ventana que da a la pista de tenis, a las dunas de este lado, al río. “Palabra compuesta de una doble raíz griega y árabe”, dijo Márquez, leyendo


Con este misterioso comienzo arranca el relato “Las aguas del olvido”, del escritor Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956), una de las piezas más sugerentes que integran Nada del otro mundo (1993) obra de recopilación de distintos textos de narrativa breve de este autor, uno de los mejores novelistas de nuestros tiempos (1).

Publicado por primera vez el 5 de agosto de 1987 en la edición impresa del diario El País, en la sección de Lecturas de Verano, guardábamos en nuestros archivos este relato puesto que en el cobra un especial protagonismo nuestro río, el Guadalete, y los mitos que en torno a él y al origen de su nombre se han tejido a lo largo de los siglos.

Guadalete: el río del olvido. Los ecos de un mito.



En uno de los pasajes del relato, Muñoz Molina, en boca de uno de sus personajes recuerda que etimológicamente Guadalete significa “el río del olvido”, dejándose así arrastrar por la plácida corriente de los mitos.

Y es que el nombre de nuestro río no cuenta todavía con explicaciones convincentes y fuentes documentales que confirmen su origen cierto, por lo que resulta mucho más sugerente adentrarse en ese paisaje difuso que la mitología y las leyendas se han encargado de dibujar a lo largo de los siglos y que ha estado presente en la historiografía clásica. Así, nuestros eruditos empiezan y no terminan en lo que a la atribución de nombres fabulosos a nuestro río se refiere: Eumenio, Tanagra, Belo o Belión (por la celeridad o velocidad con que corre, como decía Gamaza). Avieno lo identifica con el Chryso o Chrysauro por ser tierra rica en metales, que tomara su nombre de Gera Chrysaor, padre de Gerión, como recuerdan también Bartolomé Gutiérrez y Francisco Mesa Xinete. (2). Sin embargo, el nombre que cuenta con más adeptos es el de Lete (o el de sus formas Lethe, Leteo o Letheo), que encierra tras de sí no pocas leyendas de las que no dudaron en apropiarse los historiadores locales.

Como bien recuerda Parada y Barreto, el nombre del nuestro río fue el “culpable” de esta inevitable tendencia a situar en nuestra tierra numerosos escenarios de la mitología clásica ya



que “todo lo que se cuenta en los antiguos escritores sobre la ciudad y los campos de Tartesia, se ha aplicado á Jerez como se le ha aplicado también todos los cuentos mitológicos de la Bética, y cuanto la antigüedad nos ha transmitido de esta rica y fértil comarca: no habiendo contribuido poco a estas suposiciones el nombre del Guadalete que ha servido para suponerlo el famoso Lethe mitológico ó río del olvido" (3).

Conviene recordar que, en la mitología griega, el Lete, río del olvido, es uno los que fluye por el Hades, el inframundo donde también se encuentra el Tártaro, nuestro Infierno. El Lete o Leteo recorre los Campos Elíseos y en sus plácidas orillas vagan las almas de los muertos que, bebiendo de sus tranquilas aguas, se olvidan de todo lo que fueron en su vida terrestre. Beber las aguas del Leteo hace olvidar el pasado.



Desde antiguo, numerosos autores aluden a la vinculación de nuestro Guadalete con el mítico río Leteo. Suarez de Salazar (1610), refiriéndose a él, señala que “a este río llamaron Lethe, que es lo mismo que olvido, o muerte” (4), y Sebastián de Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana (1611) escribe que Guadaletevale tanto como el río del olvido” (5).

El jesuita Martín de Roa (1617), en una deliciosa descripción geográfica del Guadalete, se deja llevar de la mano del nombre del río relacionando nuestra comarca con los escenarios de los mitos griegos. Así, refiriéndose al territorio que recorre escribe que: “Toda la tierra que baña es por estremo fertil, apazible, templada en el ibierno, i no rigurosa en el estio. De aquí fue la invención de los Campos Elisios, donde fingieron los Poetas, que olvidadas las almas de las miserias de la vida pasada, gozavan de otra feliz, y bienaventurada: siendo asi… que ninguna otra cosa querían significar con esto, sino que eran dichosos i bienaventurados aquellos, a quien cupo en suerte la abitacion desta tierra: cuya lindeza, frescura i conmodidades, tales, i tantas eran, que gustandolas los Griegos inventores destas



fabulas, avian olvidado su patria, i avezindadose en esta. De aquí tomó primero el nombre de Lethe, o de olvido, que es lo mismo. Confirmole después, según escriven algunos de nuestros Autores, con las pazes que allí juraron los Cartagineses, i andaluzes de la costa, anegando en sus aguas la memoria de las injurias pasadas
” (6).

En este breve relato, apunta ya Martín de Roa las distintas variantes a las que se atribuye el nombre de “río del olvido”. La primera es su mítica vinculación con el Leteo que atraviesa los Campos Elíseos que hace olvidar el pasado a quien bebe sus aguas. La segunda interpretación apunta a como las bondades del territorio que baña, retienen a sus visitantes haciéndoles olvidarse de sus familias y de su tierras. La tercera, las treguas y acuerdos de paz que en sus orillas establecieron los cartagineses y los antiguos pobladores de la región, lo que supuso el “olvido” de las guerras y contiendas mantenidas por el dominio del territorio. Estas versiones se repetirán, con diferentes variantes y añadidos, en todos los autores que desde el siglo XVI se refirieron al “río del olvido”.

Uno de los muchos testimonios que abundan en estas versiones es el que aporta, casi por las mismas fechas, el escritor y mitógrafo franciscano Baltasar de Vitoria en su Teatro de los dioses de la gentilidad (1620). Refiriéndose a Caronte escribe que “El río en que este fiero Barquero trae su Barca se llama Leteo: es nombre Griego, y en Latín corresponde a oblivio, que quiere decir olvido”. Tras señalar las distintas localizaciones apuntadas por autores clásicos se inclina por que “la más cierta opinión de todas, es que el río de Guadalete, que entra en la baya del Puerto de Santa María, y Cádiz, es el Leteo; y esto se confirma con la etymología del vocablo, que antiguamente no se llamaba sino Lete, que quiere decir olvido, a la qual palabra, los Árabes Moros que ocuparon España, le añadieron esta palabra, Guada, que quiere dezir río; y así Guadalete quiere dezir Rio Leteo…. El mencionado autor apunta también otra fuente de autoridad, haciendo alusión del relato del historiador romano Lucio Aneo Floro: “Y confirma bien esta opinión lo que dize Lucio Floro que los soldados de Decio Bruto rehusaron pasar el Río Guadalete, temiendo olvidarse de su patria Roma, de sus hijos y mugeres; y llámale este autor refiriendo esto Flumen oblivionis” (7).

En las orillas del Leteo.



Junto a los testimonios de muchos autores que identifican por la similitud fonética nuestro Guadalete con aquel mítico Lete o Leteo, no faltan tampoco quienes reservan este nombre para el Limia, río gallego a cuyas aguas se atribuyen también las mismas propiedades de hacer olvidar el pasado a quien las cruza y bebe y en cuyas orillas sitúan también el episodio descrito por Lucio Floro. Éste, por su fuerte carácter simbólico, ha sido uno de los más repetidos por los historiadores. En él se alude a un hecho protagonizado por el general romano Décimo Junio Bruto (siglo II a.C.) quien en sus acciones militares contra los rebeldes indígenas, llegó hasta las orillas del legendario Leteo (nuestro Guadalete para unos o el Limia para otros). Los soldados se negaron entonces a cruzar sus aguas por temor a olvidarse de su identidad, de sus mujeres e hijos y de su patria. Junio Bruto tomó entonces el estandarte de la legión, cruzó las aguas del Leteo y, desde la otra orilla comenzó a llamar uno a uno a sus soldados. Mencionó sus nombres y sus lugares de origen, convenciéndolos de que no tenían que temer olvidar nada al cruzar sus aguas, con lo que, libres de los prejuicios del mito, así lo hicieron (8).

Otra de las leyendas ligadas a nuestro Guadalete y a la vinculación de su etimología con el olvido, es la que hace alusión al hecho de que en sus orillas firmaron paces y treguas, olvidando las rencillas pasadas los cartagineses y sus aliados afincados en las Islas Gaditanas, con los Menesteos e indígenas, ocupantes de los territorios situados en la orilla derecha del río. Muy repetida en la historiografía clásica, traemos aquí el relato recogido por Rallón, en su Historia de Xerez, donde la descripción de la escena alcanza tintes épicos.

Comenzaron a marchar los dos campos por las dos orillas de el Guadalete. El de los cartagineses salió de Cadiz por tierra, y ocupó la ribera oriental de este río, hasta llegar en frente de la sierra que hoy llamamos de San Cristóbal. Los del Puerto (Menesteos) salieron por la opuesta, y llegaron a donde están hoy las huertas de Sidueña, y se pusieron los dos ejércitos a la vista, teniendo el río en medio, y aguardando cada uno a que el enemigo lo esguazase para comenzar la batalla. Los cartagineses, que no entendieron que el negocio llegara a aquel estado, ni que los menesteos pudieran agregar tan poderoso ejército,



trataron de tregua por algunas horas, en las cuales comenzaron a moverse tratos de paz; y quebrado el primer furor, se concertaron sin llegar a las manos. Hiciéronse las paces… y para que fueran firmes, juraron los unos y los otros que en general olvidarían las injurias, ofensas y agravios pasados, sin que quedase memoria, ni rencor, ni satisfaccion; quedando tan sin acuerdo, como si no hubieran sucedido
”. A partir de entonces, escribe Rallón, llamaron al río “con el nombre Letes… que quiere decir agua de olvido, el cual le dura hasta nuestro tiempo, con el adito de Guada, que los moros le pusieron en su lengua arábiga, llamandole Guadalete" (9).

Las aguas del olvido: con Antonio Muñoz Molina por el Guadalete.



El Guadalete fluye en la actualidad placido y lento a su paso por Jerez y al dejar atrás El Portal, divaga por una extensa marisma antes de llegar a El Puerto de Santa María para unirse al océano. En sus aguas navegan también los mitos y leyendas que se han ido creando en veinticinco siglos de historia y que ya para siempre lo asocian al “Río del olvido”. El simbolismo de esta idea (quien lo cruza y bebe sus aguas olvida su pasado) inspiró sin duda a Antonio Muñoz Molina para escribir el relato “Las aguas del Olvido”, con el que iniciamos este artículo, y en el que se recrea en nuestro río y sus mitos.

Con un trasfondo de suspense, el autor logra crear una atmósfera envuelta por un aire de misterio donde el narrador descubre que en su origen etimológico, el nombre del Guadalete guarda una grave advertencia: quien cruce sus aguas perderá la memoria de cuanto ha sido. Y eso es lo que les sucede inexorablemente, uno tras otro, a sus personajes. El perro Saúl, al lanzarse al río persiguiendo un objeto que su dueño ha lanzado a la otra orilla, saldrá del agua desorientado y extraviado. Una sirvienta del hotel donde transcurre la historia, nadará una noche hasta la ribera opuesta del Guadalete para un encuentro amorosa y, a la vuelta, regresará habiendo olvidado todo lo que sabía. Un marido celoso, Márquez, encontrará la forma de deshacerse del amante de su mujer haciéndole cruzar el río, consiguiendo así que deje atrás su memoria y no reconozca a nadie… El propio Márquez, protagonista del relato –junto al Guadalete- atraviesa finalmente “las aguas del olvido” en una suerte de suicidio, para desprenderse así de sus desdichas y su anodina vida, consciente de que cuando vuelva no recordará nada de su vida anterior….

Y es que, al identificar el Guadalete con el Leteo y recrearse en su etimología de “río del olvido”, Muñoz Molina pone la clave de su relato en la fuerte carga simbólica del mito porque, como escribe: “el río del olvido…era la frontera entre el reino de los vivos y el de los muertos. Quien lo cruza pierde la memoria”.



No dejen ustedes de leer este hermoso relato, mejor a orillas de nuestro Guadalete. Pero por si acaso absténganse de cruzarlo…

Para saber más:
(1) Muñoz Molina, A.: “Las aguas del olvido”, en Nada del otro mundo, Seix Barral, Biblioteca Breve, 1993. Publicado por primera vez en El País, Relatos de verano, 05/08/1987.
(2) De las Cuevas, J. y J.: Puerto Serrano, Departamento de Publicaciones de la Diputación provincial de Cádiz, 1964, pp. 23-24
(3) Parada y Barreto D.I.: Hombres ilustres de la ciudad de Jerez de la Frontera. Imprenta del Guadalete, Jerez, 1878, pg. IV.
(4) Suarez de Salazar, J.B.: Grandezas y antigüedades de la ciudad de Cádiz, 1610, lib. I, cap. V, pg. 62-63., disponible en internet.
(5) Covarrubias, S.: Tesoro de la lengua castellana, 1611, pg. 452, voz Guadalete
(6) Martín de Roa (1617): “Santos Honorio, Eutichio, Eſtevan, Patronos de Xerez de la Frontera”. Edición Facsímil, Ed. Extramuros Edición S.L., 2007. Cap XVI, pp. 54-55.
(7 ) Baltasar de Vitoria: Teatro de los dioses de la gentilidad, Valencia, Edición de 1646, Libro 4, Cap. 7, pp. 396-397. Citado también en Gutiérrez, B.: Historia de la Muy Noble y Leal Ciudad de Xerez de la Frontera, (Jerez, 1886 edición facsimilar de 1989, t. I, p. 144.
(8) Así lo cuenta también, con algunas variaciones, Gutiérrez, B.: Historia de la Muy Noble y Leal Ciudad de Xerez de la Frontera, (Jerez, 1886 edición facsimilar de 1989, t. I, pp. 144-145.
(9) Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Ed. de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. I, p. 40.


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Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar El paisaje en la literatura, Paisajes con Historia, Río Guadalete

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 27/11/2016

 
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