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Las Salinillas de Vicos.
Un paraje singular entre cerros de albariza.




A Paco Giles y Santiago Valiente, “maestros salineros”

En estas páginas en las que recorremos los rincones de la campiña “en torno a Jerez”, nos hemos ocupado en distintas ocasiones de las pequeñas lagunas o humedales salobres, donde “cuaja la sal”, que encontramos repartidas por nuestro término. Para ello hemos dedicado artículos a las Salinillas de Estella del Marqués, a las Salinas de Fortuna situadas entre los cortijos de Doña Benita y La Matanza o las Salinillas de Santo Domingo, junto a la carretera del Calvario (1), por citar sólo algunas. Hoy, en este recorrido por la geografía de las pequeñas salinas de interior, les proponemos una visita a un lugar poco conocido donde se encuentran las Salinillas de Vicos, también conocidas como Salinillas de Jédula.

Un escondido paraje.

Si bien las fuentes documentales que se refieren a él son escasas, este paraje con el nombre de Salinillas de Vicos, figura ya en el Plano Parcelario del término de Jerez, elaborado en 1904 por A. López-Cepero (4). Aunque está situado en las proximidades de Vicos y Jédula no se



muestra fácilmente a los ojos del paseante. Y ello es debido a que se encuentra rodeado por pequeños cerros que ocultan su vista a quienes transitan por la carretera de Arcos o por la Cañada de Vicos o de las Mesas, que discurren a penas a 1 km de este lugar.

Al norte lo protegen las lomas de albarizas del cerro de Monte Corto (117 m) y Cerro Blanco (154 m), donde se encuentra el cortijo de Monte Corto Alto. Al oeste, el de Rodahuevos (118 m) y al sur los cerros de Totanlán (117 m) y Totanlancillo (118 m) colindantes con la carretera de Arcos junto a la que despuntan frente a los llanos del cortijo de Vicos. Tan sólo hacia levante se abre un poco este rincón dejando paso al arroyo que cruza las salinillas, un pequeño curso sin nombre que se forma por la confluencia de los que bajan de los citados cerros y se explaya a los pies de la pequeña garganta que se forma entre los mencionados cerros. Se trata, en todo caso, de pequeños cursos de agua tributarios del Arroyo de Montecorto que lo es a su vez del Salado de Caulina, en el que desagua junto al cortijo de Jarilla Jareta.

Las Salinillas de Vicos o de Jédula.



Llegamos a las Salinillas desde la autovía de Jerez-Arcos, tomando la salida que conduce al cortijo de Vicos. Una rotonda nos desvía entonces hacia Jédula y a la Vía Pecuaria, dirección esta última que será la que tomemos. Se trata de la Cañada de Vicos o de las Mesas, un camino -tal vez milenario, como veremos- que conduce hacia Gibalbín pasando por las Mesas de Santiago.

Lamentablemente, en muchos de sus tramos, los márgenes de la cañada han sido ocupados, para instalar huertos y casetas que se extiende casi hasta el cortijo de Campo Real. En su tramo inicial, el camino deja a la derecha antiguas instalaciones de la Yeguada Militar, hoy abandonadas, y a la izquierda las pronunciadas laderas de la falda este del Cerro de Totanlán en el que se han venido realizando, años atrás, trabajos de repoblación forestal -sin mucho éxito-para frenar la fuerte erosión de estas lomas.



A unos 600 m nos llama la atención a la izquierda, en las laderas del cerro, una profunda cárcava excavada por las aguas de lluvia que por aquí se canalizan y que llegan a formar a sus pies una gran lámina de agua que inunda el camino, cuando aquellas son copiosas. En sus proximidades, en el lado derecho de la cañada, aflora una pequeña surgencia en el interior de los terrenos militares, en torno a la cual está presente la vegetación propia de los suelos húmedos.

Delatada por el color blanquecino de su fondo y por las plantas propias de los suelos salobres que crecen en su perímetro, como las salicornias, esta pequeña laguna estacional es también conocida como La Salinilla de Vicos o de Jédula, aunque nosotros preferimos reservar este nombre para el siguiente paraje -menos conocido- que visitaremos.

En los meses del estío, los limos blanquecinos de la albariza arrastrada por las escorrentías de las laderas del cerro que constituyen su fondo, se cubren de un delgado velo de sal que desaparece con las primeras lluvias. En el lecho de esta pequeña laguna y en sus laderas, “se han documentado fragmentos cerámicos del Bronce Final y Orientalizante junto a otros a torno de época medieval” lo que testimonia la utilización de los recursos que proporcionaba este espacio desde tiempos remotos (3).



Siguiendo nuestro camino por la vía pecuaria y dejando atrás este paraje, observaremos que unos 300 m más adelante, el paisaje se abre a la izquierda mostrándonos el pequeño valle por el que discurre en dirección oeste el Arroyo de Monte Corto Bajo. En este punto, abandonaremos la cañada desviándonos a la izquierda por un estrecho sendero que discurre a los pies del cerro de Totanlán. Tras superar un pequeño collado veremos frente a nosotros el paraje de Las Salinillas, al que llegaremos tras recorrer apenas un km. desde que dejamos la cañada.

En nuestro camino se divisa a la derecha, entre cerros sembrados de girasol y cereal, el cortijo de Montecorto Bajo, que da nombre al arroyo. Bajo las lomas de su margen derecha se trazó el conocido como “túnel de Jédula”, una obra de más de 4 km que atraviesa un canal de riego que asoma en el cortijo de Montecorto, y que permitió llevar el agua del pantano de Guadalcacín a los llanos de Caulina a través de los sifones de la Junta de los Ríos (4).

Después de un corto paseo, el paisaje se abre formándose un llano entre los cerros en el que desaguan varios arroyos que bajan desde Cerro Blanco y desde las laderas de los cerros de Totanlán y Totanlancillo, a cuyos pies nos encontramos. Si visitamos estos parajes en primavera, disfrutaremos del verdor de estas lomas, donde crecen también espinos, acebuches, coscojas, aladiernos, peruétanos… y, sobre todo, del de las orillas de estos arroyos, pobladas de tarajes que por algunos lugares llegar a formar pequeños bosquetes.

En verano, apenas un hilo de agua corre por su cauce que, por algunos rincones, se extiende en amplias zonas llanas y nos muestra en la base de los cerros curiosas formas erosivas en la



roca albariza
en las que los amantes de la geología podrán realizar curiosas observaciones. Caminando por la orilla, aguas arriba, podemos remontar el arroyo hasta su cabecera en un corto paseo de algo más de un km, donde una pequeña surgencia aporta en verano un mínimo caudal. A medida que avanzamos, el valle se encajona entre los cerros y se estrecha, formando pequeños meandros en los que la erosión fluvial ha labrado caprichosas formas en sus laderas.



En la estación seca, una lámina blanquecina cubre los depósitos de lodos que se extienden a las orillas del cauce, delatando el carácter salobre de sus aguas. Con todo, la concentración salina de estos arroyos es menor que la que apreciamos en otros parajes salinos de la campiña jerezana (Las Salinillas de Santo Domingo, Las Salinillas de Estella del Marqués, Las Salinas de Fortuna…) y de las que nos hemos ocupado en estas páginas (5). Por esta razón, aunque una tenue película blanca recubra las orillas y el lecho del arroyo, solo cuaja la sal de una manera llamativa en algunos puntos donde se ha retenido mayor cantidad de agua. En todo caso, el paseante curioso, podrá observar cómo se visten de blanco los tallos de la vegetación de las orillas o como se forman curiosas figuras en el lecho cuarteado del arroyo cubiertas por una delicada capa blanca.



La sal forma pequeños grumos sobre antiguas traviesas de ferrocarril que llaman la atención desperdigadas por distintos rincones de este paraje. Proceden del desmontaje de la antigua traza del Ferrocarril de la Sierra que pasaba por el cercano cortijo de Monte Corto Bajo, y fueron utilizadas para los cercados de las viñas de Cerro Blanco, siendo arrastradas por las aguas torrenciales tras erosionar las laderas.

Esta circunstancia -la erosión tras la puesta en cultivo de estas lomas que antaño estuvieron cubiertas de monte bajo- ha hecho también que, en las últimas décadas, según testimonios orales de vecinos y pastores de la zona, los arrastres de tierra por el arroyo hayan disminuido y enmascarado los depósitos salinos.

Con respecto a su posible explotación no poseemos datos, pero dudamos de que, por las razones comentadas, la sal pudiera ser extraída de manera regular como si se hizo en las Salinillas de la carretera del Calvario o en las de Fortuna, junto a Doña Benita.



Creemos que, en todo caso, tal vez se pudo hacer un uso muy puntual de los pequeños depósitos de sal para la extracción ocasional de pequeñas cantidades por parte de los habitantes de enclaves rurales cercanos, así como para uso ganadero. Aunque no han quedado testimonios documentales de ello, es posible que en tiempos remotos Las Salinillas tuviesen algún tipo de aprovechamiento a juzgar por los restos de cerámica que se observan en sus alrededores, y por los diferentes asentamientos rurales que desde la antigüedad y los siglos medievales se hallaban en su entorno cercano.

Un paraje con historia.



En las cercanías de Las Salinillas de Vicos, existen no pocos enclaves de interés, algunos de los cuales han sido ocupados desde la antigüedad. Por citar sólo los más cercanos, en un radio de 2 km se encuentran los cortijos de Vicos, Montecorto, Campo Real o la población de Jédula, lugar este último con yacimientos romanos y huellas de presencia andalusí (6). A 3 km se ubica La Peñuela, con restos romanos y tardo-romanos (7), y a unos 5 Km Mesas de Santiago, cortijo de Jara y Encinar de Vicos, todos ellos con importantes vestigios de época antigua y medieval.

El enclave de Vicos, muy cercano a Las Salinillas, de donde toma su nombre, tiene ya en su topónimo sugerentes vinculaciones con la posible presencia romana en la zona. Derivado del sustantivo latino Vicus, y con el significado de pago, aldea o cortijo, apunta ya a la ocupación antigua de este territorio, cuyo nombre se ha mantenido desde los primeros días de la conquista tal como queda recogido en las fuentes escritas castellanas (8).

Junto a la presencia romana, destaca especialmente la ocupación andalusí de este territorio en el que debieron existir distintas alquerías de las que dependían las pequeñas propiedades rústicas (“maysar”): los machares o cortijos andalusíes (9). Algunos de sus nombres han llegado hasta nosotros y figuran ya en el documento de deslinde de términos entre Jerez y Arcos, aprobado por Alfonso X en 1274. Son los de Machar Xebut, Machar Almidax (“camino trillado”) y Machar Allha, (próximos todos a la zona del actual cortijo de Vicos y a Jédula), así como el de Machar Haní (“lugar verdeante, o de color verde intenso”) más cercano al término de Arcos y en el mismo sector (10). Junto a la aldea de Vicos, el más cercano a Las Salinillas debió ser el de Machar Almidax del sabemos que lindaba con Vicos al que estaba estaba unido por un camino: “la carrera que ba de Mathaz Almida por Vico”. Luis Iglesias García plantea su posible emplazamiento en el actual cortijo de Campo Real (11). Con respecto a Machar Xebut, Astillero Ramos sugiere su ubicación en las cercanas tierras de los actuales cortijos de Casa Blanca y Albardén (12).



Sea como fuere, de lo que no cabe duda es de que estos parajes estuvieron poblados y bien comunicados. Por sus cercanías pasaba también una importante vía de comunicación en la época andalusí que unía Algeciras con Sevilla, tal como describe al-Idrisi en el siglo XII. Procedente de Medina Sidonia, cruzaba el Guadalete y se dirigía hacia Gibalbín para llegar después a Torres de Alocaz, desde donde continuaba hasta Sevilla (13). Un camino similar al seguido cuatro siglos antes por Musa Ibn Nusayr que, a decir del historiador F. Hernández, entre Medina y Alocaz, iría por el camino viejo de Arcos, yendo a cruzar el Guadalete por el Vado de Sera (Torrecera), desde el que se proseguiría hasta el Puerto de Las Palmas (entre Las Salinillas y Jédula), para dirigirse desde aquí por la antigua Venta del Cantero (Gibalbín) hasta Alocaz (14).



Cuando regresamos de nuestra visita a Las Salinillas, dejando atrás los paisajes y la historia de este poco conocido rincón de nuestra campiña, subimos hasta el Cerro de Totanlán desde el que obtenemos unas magníficas vistas de este singular paraje. Que tengan ustedes buen verano.

Para saber más:
(1) Sobre otras salinas y salinillas en la campiña de jerez puede consultarse: García Lázaro, J. y A.: “Las Salinillas de la carretera del Calvario”. Diario de Jerez, 19 de junio de 2016. "Salinas con historia junto a Estella del Marqués", Diario de Jerez, 28 de junio de 2015; "Las Salinas de Fortuna. Un rincón desconocido de nuestra campiña", Diario de Jerez, 2 de julio de 2017.
(2) López-Cepero, Adolfo.: Plano Parcelario del término de Jerez de la Frontera. Dedicado al Excmo. Sr. D. Pedro Guerrero y Castro y al Sr. D. Patricio Garvey y Capdepón. 1904. patrocinadores del proyecto, por D. Adolfo López-Cepero, Año de 1904. Escala 1:25.000.
(3) Santiago Valiente Cánovas, S., Giles Pacheco, F., Gutiérrez López, J.M., Reinoso del Río, Mª C. y Giles Guzmán, F.: “Humedales salobres como fuente de extracción de sal en jerez de la frontera y su entorno: Cortijo de Salinillas y “Las Salinillas” de Estella del Marqués”, en línea [https://www.academia.edu/35517485/Humedales_salobres_como_fuente_de_extracci%C3%B3n_de_sal_en_Jerez_de_la_Frontera_y_su_entorno_Cortijo_de_Salinillas_y_Las_Salinillas_de_Estella_del_Marqu%C3%A9s]; consulta realizada el 04/07/2018.
(4) Sobre el túnel de Jédula puede verse García Lázaro, J. y A.: “El acueducto de la Canaleja: una pequeña obra con un gran valor, Diario de Jerez, 22 de febrero de 2014. De los mismos autores, véase también "Tras las huellas de una histórica "Matanza". Por tierras de Jédula", Diario de Jerez, 5 de febrero de 2017.
(5) Ver referencias en nota 1.
(6) Sobré los yacimientos arqueológicos de Jédula puede consultarse Carta Arqueológica del término municipal de Arcos de la frontera, 2009, Vol. I, pp. 51 y 58. Véase también, Astillero Ramos J.M.: “La formación del término de Arcos de la Frontera: 1249-1544”, en M. González Jiménez y R. Sánchez Saus (coord.), Arcos y el nacimiento de la frontera andaluza (1264-1330), Ed. UCA, Ed. Universidad de Sevilla, Ayuntamiento de Arcos de la Frontera, 2016, p.134.
(7) Rodríguez Oliva, P.: La caja de sarcófago decorada de "La Peñuela". Museo Arqueológico Municipal de Jerez/Asociación de Amigos del Museo. La pieza del mes, 21 de marzo de 2015. En línea [http://www.jerez.es/fileadmin/Image_Archive/Museo/LA_CAJA_DE_SARCOFAGO_DE_LA_PENUELA.pdf], consulta realizada el 04/07/2018.
(8) Martínez Ruiz, Juan: “Toponimia gaditana del siglo XIII”, en Cádiz en el siglo XIII. Actas de las Jornadas conmemorativas del VII centenario de a muerte de Alfonso X el Sabio, Cádiz, 1983, pp. 100-101; Martín Gutiérrez, E.: “Análisis de la toponimia y aplicación al estudio del poblamiento: el alfoz de Jerez de la Frontera durante la Baja Edad Media”, HID, 30 (2003), p. 282.; Gordón Peral. Mª D.: “Toponimia e Historia. Estudio histórico-lingüístico de los nombres de lugar de Marchena”. En Actas de las XIII Jornadas Sobre Historia de Marchena. Marchena. Ayuntamiento de Marchena. 2009, p.27; González Jiménez, M. (Ed), Diplomatario andaluz de Alfonso X, El Monte, Caja de Huelva y Sevilla, 1991. Doc. 416, pp. 440-443.
(9) Gutiérrez López, J.Mª y Martínez Enamorado, V.: “Matrera (Villamartín): una fortaleza andalusí en el alfoz de Arcos”. I Congreso de Historia de Arcos de la Frontera. Ayuntamiento de Arcos, 2003, p. 114-115.
(10) González Jiménez, M. (Ed), Diplomatario… pp. 440-443.; Martín Gutiérrez, E.: “Análisis de la toponimia… op. cit., pp. 278-279; Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 2004. Pp. 171, 278-279.
(11) Iglesias García, L.: Jerez durante la baja Edad Media: transformaciones territoriales. Revista de Historia de Jerez, 19 (2016) 37-70. p 51.
(12) Astillero Ramos J.M.: “La formación del término de Arcos de la Frontera: 1249-1544”, en M. González Jiménez y R. Sánchez Saus (coord.), Arcos y el nacimiento de la frontera andaluza (1264-1330), Ed. UCA, Ed. Universidad de Sevilla, Ayuntamiento de Arcos de la Frontera, 2016, p.135.
(13) Abellán Pérez, J.: La cora de Sidonia, Málaga, 2004, p.34-35 Abellán Pérez, J.: “Las vías de comunicación gaditanas en el siglo XIII”, en Cádiz en el siglo XIII. Actas de las Jornadas conmemorativas del VII centenario de a muerte de Alfonso X el Sabio, Cádiz, 1983, pp. 128-129.
(14) Abellán Pérez, J.: La cora… p. 40; Abellán Pérez, J.: “Las vías de comunicación… p.132.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Geología y paisajes, Lagunas y humedales, Paisajes con historia, Parajes naturales.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 8/07/2018

Los Llanos de Caulina y la Batalla de Guadalete
La versión del historiador Adolfo de Castro.




Hace unos años, en 2011, se cumplieron XIII siglos de la famosa Batalla de Guadalete, una de las más renombradas y decisiva de cuantas se han librado en nuestro territorio y que de manera determinante marcó la Historia de España.

En los orígenes de este episodio se confunden los mitos y las leyendas con los hechos históricos que tienen como principales protagonistas a Musa, Tarif, Táriq, Don Rodrigo, el conde Don Julián y su hija Florinda, los hijos de Witiza… Tras una primera expedición de Tarif, diferentes historiadores árabes refieren que a lo largo del mes de Rayab del año 92 H., o del mes de Shaban (abril o mayo de 711 d. de C.) Táriq Ibn Ziyad, gobernador de Tánger, siguiendo las instrucciones del wali de la región, Musa ibn Nusayr, fue desembarcando tropas al abrigo del monte que luego tomaría su nombre, Yabal Táriq (Gibraltar), hasta conformar una fuerza militar con la que emprender la conquista de al-Andalus. Apenas dos meses después, las tropas de Táriq y las de Rodrigo se van a enfrentar a orillas del Guadalete, el 19 de julio de 711, en un duro y prolongado combate que una semana después, el 26 de julio, se saldará a favor de los musulmanes.

ero si en lo relativo a las fechas en las que aconteció la famosa batalla hay bastantes coincidencias, en lo que se refiere al escenario geográfico de la contienda, se disparan las hipótesis más peregrinas. Dejamos para otra ocasión la larga controversia académica sobre el lugar exacto donde tuvo lugar aquella confrontación histórica, aquel “choque de civilizaciones” que supuso la desaparición de la Hispania visigoda. El río Barbate, la Laguna de La Janda, las inmediaciones de Vejer o Medina, los alrededores de Sidueña, los campos de Sangonera, en Murcia... han sido otros tantos escenarios donde los historiadores han querido ubicar esta decisiva contienda.

Sea como fuere, en la historiografía tradicional y aún en el imaginario colectivo, se habla siempre de la batalla de Guadalete para aludir a este suceso histórico y que historiadores como Claudio Sánchez Albornoz ubican en las orillas del Wadi Lakka, nuestro Guadalete. Dada la cercanía del río a nuestra ciudad, muchos autores han vinculado algunos parajes de la campiña próximos al Guadalete, con el posible escenario de esta batalla. Así, por ejemplo, A. Ponz o el francés A. de Latour, la sitúan en los Llanos de La Ina, mientras que otros como Gabriel Alonso de Herrera o Adolfo de Castro apuestan por los Llanos de Caulina.

Los Llanos de Caulina como escenario de la Batalla.

Sin más fundamento que su intuición y dejándose llevar de la mano de una visión romántica y legendaria de la historia, el célebre historiador gaditano Adolfo de Castro, señala que los campos situados entre Jerez, Espera y Arcos, los parajes que se extienden a los pies de las sierras de Gibalbín y Gamaza, las Mesas de Santiago y, en especial, los Llanos de Caulina, fueron el escenario de las luchas entre Rodrigo y Táriq.

“Los tiempos son como ríos que no pueden volver atrás. De ellos queda en la memoria de los hombres el recuerdo de las hazañas más insignes así en valor y en virtud como en maldad. Senda estrecha y trabajosa es por donde camina el historiador, y en la que se hallan más tropiezos y estorbos de cuantos están en el campo abierto que ofrecen al entendimiento humano las buenas letras. Sin la verdad y la crítica imposibles es mover por ella con seguro pié los pasos”. Con esta solemne reflexión sobre el díficil trabajo del historiador comienza la “Historia de Cádiz y su provincia desde los tiempos remotos hasta 1814” escrita por Adolfo de Castro y publicada en Cádiz por la Imprenta de la Revista Médica en 1858 (1).



Adolfo de Castro (1823-1898), escritor, historiador y erudito, fue también alcalde de Cádiz y gobernador de Cádiz y Huelva. A él se deben, entre otros trabajos que abordan temas vinculados con la provincia, una Historia de Jerez (1845) y su más conocida “Historia de Cádiz”, de la que extraemos las hipótesis y argumentos que sobre la Batalla de Guadalete, vierte en su autor.

Señala en esta obra el historiador gaditano que Rodrigo, tras conocer las primeras noticias de la invasión, encamina su ejército hacia el sur especulando acerca del itinerario seguido por sus tropas que “… Al ir hacia los sitios que ocupaban los invasores, que eran Gibraltar y su campo, claramente se infiera que no había de dirijirse por Montellano y otras sierras con un ejército cuya fuerza mayor consistía en tropas á caballo. Rodrigo tomaría el mismo camino real por Utrera y Lebrija hacia Jerez que fue lo mismo que para recuperar las Algeciras hizo con su ejército don Alonso XI.” Para Adolfo de Castro, Táriq, en su avance, habría evitado los terrenos quebrados y montuosos para salir al encuentro de Rodrigo con su ejército de doce mil hombres y “…haría lo que todo invasor en sus entradas: llevar a su gente por los caminos reales hasta presentar la batalla al enemigo que salga á impedir el paso. La extensión de los llanos de Caulina, tan inmediatos á a la antigua vía romana y al camino real moderno, y próximos al Guadalete, lugar el más á propósito para una batalla, y batalla en que combatió mucha caballería, desde luego con las observaciones que he presentado ofrece la historiador motivos para la conjetura de que fue teatro de la sangrienta lucha que originó la pérdida de España, como en parte fue teatro de la acción, no menos terrible, en que César venció a los hijos de Pompeyo” (2).

Ya tenemos pues, según la opinión de Castro, un escenario probable para esta batalla, un espacio físico en el que, a su entender, encajan la “lógica” de la estrategia militar, las razones de índole geográfico, y las antiguas vías de comunicación que tendrían que haber seguido los ejércitos contendientes: los Llanos de Caulina.


Los campamentos musulmanes: entre Arcos y Espera.



Nuestro erudito historiador aún encuentra otros argumentos en auxilio de su tesis, recurriendo a la toponimia. Así, cree ver confirmada y “perpetuada” en los nombres de dos arroyos de la zona, la presencia de los dos principales caudillos árabes. Veamos su ingenioso razonamiento que hoy se nos antoja una fantasía de erudito ingenioso: “En dos arroyos se conservan nombres, en mi entender alusivos á la batalla del Guadalete. Uno en el arroyo Fontetar, corrupción indudable de Fonte Táriq ó la fuente de Táriq, del mismo modo que “Gebal-Táriq se dijo Gibraltar. Aquí, pues, está consignado el nombre del caudillo de la expedición. El otro es el arroyo Musas, donde aún dura, ligeramente corrompido por el vulgo el nombre de Músa ben Nossayr, lugarteniente del Califa y por tanto el jefe del ejército, si bien no se hallaba presente. Esto prueba que por este sitio debió colocarse el campamento de los árabes. No están ambos arroyos muy distantes de Arcos ni del Guadalete: sabido es también que los llanos de Caulina se encuentran entre Arcos y Jerez” (3).

Adolfo de Castro acude aquí al valor probatorio de los registros toponímicos al afirmar que “…Imposible parecería que del sitio de un hecho tan notable no se hubiese conservado la memoria por nombres que de generación en generación el vulgo repitiera, aún sin saber lo que decía…De sucesos tan trascendentales para la historia de una nación ó se mantiene vivo el recuerdo en inscripciones, ó en los nombres de los sitios donde han ocurrido”. Está claro que, a falta de lo primero, ante la ausencia de monumentos conmemorativos, lápidas y vestigios arqueológicos, hay que apoyarse en lo segundo, en la toponimia, y nuestro historiador cree haber encontrado la prueba que busca: “En los arroyos Fontetar y Musas, encuentra el investigador dilijente de estas memorias las pruebas bastantes á designar los lugares de la victoria de Táriq, el caudillo enviado de Músa” (4).

El historiador gaditano, de la mano de estos dos topónimos tan sugerentes como “forzados”, hace situar los campamentos de las tropas invasoras en las tierras que hoy se sitúan entre Arcos y Espera desde donde saldrían al encuentro de las huestes de Rodrigo, apenas detectada su presencia dirigiéndose hacia los Llanos de Caulina a través de las Mesas de Santiago. Veamos como lo cuenta: “El campo de Táriq, estuvo entre Arcos y Espera, según mis conjeturas. El arroyo Fontetar ó Fonte Tariq corre a un cuarto de legua del Guadalete, y el de Músas, casi paralelo a Fontetar, dista de este mismo Arroyo como tres cuartos de legua. La batalla empezaría en la tierra quebrada que media entre el lugar del campamento y los Llanos de Caulina, terminándose en estos. El ser inferior Táriq a Rodrigo en caballería hace verosímil que por este lado fueran los combates primeros” (5).

Un paseo por los “escenarios” de la historia y la leyenda.

¿Qué queda hoy de estos topónimos que sirvieron de base a sus conjeturas? Si el lector curioso consulta la cartografía del Instituto Geográfico Nacional, así como los inventarios toponímicos comprobará que en las diferentes ediciones de la Hoja 1049 (Arcos), no aparece ninguna referencia a estos arroyos en los lugares mencionados por Adolfo de Castro, que se corresponden con el espacio por el que discurre la carretera entre Arcos y Espera.

Esta vía la cruzan hoy pequeños cursos fluviales. Uno de ellos, el más próximo a Arcos atraviesa las tierras de la Pequeña Holanda y pasa junto a la Cooperativa Agrícola Arcense (a unos 4 km de Arcos) cuyas instalaciones se ubican al pie de la citada carretera. Se trata del arroyo denominado de Fronteta. Con este nombre figura (“deformado” a nuestro entender) en la primera edición de la citada hoja 1049 (1917) y con este mismo se mantiene en las siguientes ediciones hasta la más moderna de 2005, (la hoja 1049-1 de Bornos del MTN-25). Se trata sin duda del Arroyo de Fontetar (o de “Fuente de Táriq”) al que alude Adolfo de Castro y que arranca de las inmediaciones del Cortijo de San Andrés, en la cercana Sierra del Calvario, para desembocar en el Salado de Espera en las proximidades de El Peral y Jadramil. De más difícil localización es el arroyo de Musas o de Musa, al que alude nuestro historiador y que identificamos con el actual Arroyo de La Saucedilla. Como el anterior, también cruza la carretera Arcos-Espera, en este caso junto al cortijo del Chupón, para embalsarse en una pantaneta en sus cercanías.

¿De dónde tomó pues estos nombres Adolfo de Castro, su principal argumento para ubicar los escenarios de la batalla de Guadalete? Creemos que lo hizo del mapa de Tomás López (6). Se trata del Mapa geográfico de los términos de Xerez de la Frontera Tempul Algar sus despoblados y pueblos confinantes, publicado en Madrid en 1787 y del que nos hemos ocupado en otras ocasiones en estas páginas de “entornoajerez” (7). En él se aprecian con claridad estos dos topónimos que, a buen seguro, llamarían la atención de un erudito como Adolfo de Castro quien encontró importantes piezas para el puzle que trataba de encajar.



No pasó desapercibido tampoco para el historiador otro topónimo que figura en el citado mapa, esta vez junto al Guadalete, aguas debajo de El Portal: la Barca de Florinda En estas referencias a los nombres de lugares que pudieran estar vinculados a los protagonistas de la Batalla de Guadalete, no ignora Adolfo de Castro el personaje de Florinda, protagonista de la leyenda de La Cava, tan ligada al episodio que desencadenó la invasión árabe. Este curioso topónimo debe su nombre a una barca de pasaje que existió en este lugar explotada por la familia Florinda (8). Afortunadamente, en este caso, las conjeturas del historiador son más prudentes y sin dejarse llevar por los sugestivos ecos de la leyenda de La Cava, descarta cualquier relación directa con la contienda: “Hay un pasaje del Guadalete entre Jerez y Puerto real llamado la Barca de Florinda. Ignoro el tiempo en que se impuso. Sea como quiera, no puede significar que en aquel sitio ocurrió la batalla” (9).

Al recorrer en estos días los campos de Espera, las tierras de El Peral y Jadramil, las soledades de Sierra Gamaza, las suaves lomas de las Mesas de Santiago… no podemos sino recordar las conjeturas de Adolfo de Castro imaginando con él, las tropas de Táriq acampadas en espera de la contienda con el ejército de Rodrigo que ya se aproxima, camino del Guadalete, por los Llanos de Caulina.

Para saber más:
(1) Castro de, Adolfo: Historia de Cádiz y su provincia desde los tiempos remotos hasta 1814. Cádiz. Imprenta de la Revista Médica, 1858.
(2) Ibidem, p. 214.
(3) Ibidem, p. 214.
(4) Ibidem, p. 214.
(5) Ibidem, p. 239
(6) López, Tomás: Mapa geográfico de los términos de Xerez de la Frontera Tempul Algar sus despoblados y pueblos confinantes: Dedicado al Excmo. Señor Conde de Florida Blanca... Por los cabildos Eclesiástico y secular de dicha ciudad y por mano del Ilmo. Señor Baylio Don Francisco Zarzana. Madrid 1787. (Agradecemos a nuestro amigo el profesor F.B. Zuleta Alejandre la copia digitalizada de dicho mapa). Otra copia del mismo puede consultarse en el Archivo Municipal.
(7) García Lázaro, J. y A.: El mapa de Tomás López: un recorrido por los términos de Xerez y Tempul a finales del siglo XVIII. Diario de Jerez 15/02/2015 y 22/02/2015.
(8) García Lázaro, J. y A. : Al pasar la barca. Una pequeña historia de las barcas que cruzaban el río Guadalete (1). Diario de Jerez, 29/05/2016.
(9) Castro de, Adolfo: Historia de Cádiz… p. 214.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Trece siglos de Guadalete, Guadalete, Paisajes con Historia, Por los Llanos de la Ina con don Rodrigo y Orelia. La Batalla de Guadalete en la versión de Antoine de Latour (I).,
  • Los Llanos de la Ina y la Batalla de Guadalete. El relato de Antoine de Latour (y II).


  • Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 1/10/2017

     
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