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Las lagunas “perdidas”.
Humedales en torno a Jerez (2).




El domingo pasado realizamos un recorrido por las lagunas más significativas de nuestro entorno, entre las que figuran las de Medina, Las Canteras y El Tejón, con el reconocimiento de Reserva Natural y por otras como Los Tollos y Las Quinientas que, aunque han sufrido graves agresiones en el pasado, están en vías de recuperación. El paseo que hoy proponemos será también un viaje en el tiempo en busca de las huellas de antiguos humedales. De algunos de ellas se perdieron las pistas y ya sólo nos quedan sus nombres, otros dejaron de existir como tales y unos pocos aún perviven, aunque pasen desapercibidos ante los ojos del viajero que recorre nuestras sierras y campiñas.

Antiguas lagunas citadas ya en el Medievo.

Además de las ya citadas, para conocer aquellas lagunas que estaban presentes en nuestro paisaje rural durante el Medievo, nada mejor que guiarnos de la mano del laborioso estudio de investigación sobre el alfoz jerezano realizado por el profesor Emilio Martín Gutiérrez (1). En los siglos medievales se citan ya numerosos humedales repartidos por el todo el término, y si bien algunos se perdieron con el paso del tiempo de la mano de roturaciones y drenajes, otros han llegado hasta nuestros días aunque con nombres diferentes.



Así, por ejemplo, en el Prado de las Dueñas, junto a Mesas de Asta, se encontraba la laguna del Mortero que aún se mantenía con ese nombre hasta comienzos del siglo XX, muy próxima a las marismas de Asta. Se trata de una laguna estacional cuya cubeta fue utilizada como balsa de vertidos industriales por la Azucarera de Guadalcacín durante más de 30 años desde finales de los 60 del siglo pasado, si bien ahora se encuentra en vías de recuperación. En la Dehesa de Sepúlveda, próxima a la Dehesa de los Potros y al arroyo Salado (junto a la actual pedanía de Estella del Marqués) se hallaba la laguna de Torres y en este lugar se conserva también el topónimo de “majada de las Lagunillas”. Este humedal desapareció tras los drenajes que se realizaron para mejorar las tierras repartidas a los colonos de Estella a mediados de los 50 del siglo pasado. Hoy la veríamos junto a la carretera que une esta pedanía con el circuito a la altura de la Finca Los Potros.



Muy cerca de este lugar, en el buhedo de Garciago, junto al Salado, “existía también otra laguna en medio de la vega”, cuyo recuerdo aún puede rescatarse en las albinas y grandes charcas que se forman hoy día en este mismo lugar, en la urbanización Prados de Montealegre, próxima a Montecastillo.



En la Dehesa del Almirante, junto a la Suara, estuvo la laguna Seca, ya desaparecida, en las proximidades del Guadalete, en terrenos que hace décadas alteraron las extracciones de gravas y arenas.



En la Dehesa de Chipipe, junto a la de Rajamancera (de la que luego nos ocuparemos) se menciona también otra pequeña laguna que, a diferencia de aquella, aún se conserva en la actualidad junto al cortijo del mismo nombre y a la que se accede por la barriada rural de Cañada del León.

De la que no queda rastro es de la laguna de Albadalejo, ubicada en la Dehesa de los Carniceros, en los Llanos de Caulina y que identificamos con las zonas encharcadizas que se sitúan en los accesos a la autopista de Sevilla en las cercanías del Hato de la Carne, donde los años de grandes lluvias pueden verse también algunas albinas.

En el donadío de Torrox se menciona la laguna del mismo nombre que fue alterada y transformada la década pasada en un gran estanque con aliviadero vertiente al río Guadalete. En la Dehesa de Diego Mirabal, en la zona sur del alfoz, entre las tierras de Martelilla y El Guadalete, se tiene noticia de las lagunas del Somidero y de las Aves. Emilio Martín recoge también registros documentales de la presencia de esteros, albinas y una laguna, la de las Cabras en la Dehesa de la Fuente de la Zarza, camino de Puerto Real, en cuyas proximidades están también las marismas de Cetina.



En la Dehesa de las Quinientas Aranzadas se ubicaba la laguna del mismo nombre (de la que ya nos ocupamos la semana pasada) y próxima a ella, la laguna de la Isleta, junto a la Cañada de Medina, en la zona de Las Pachecas, un humedal estacional parcialmente desaparecido.

En el sector oriental del término, en la Dehesa del Alcornocalejo aún persiste laguna de Marimorena, a la que se hace referencia con diferentes nombres en fuentes escritas desde los siglos medievales. Por último, en las faldas del Picacho y del Aljibe, en los confines del término de Jerez y próxima ya a las tierras de Cortes, se menciona la laguna de los Taconeros. En estas faldas se conserva todavía el topónimo de las Taconeras (2) y el citado humedal podría corresponderse con la actualmente denominada Laguna del Moral, a la que se accede desde La sauceda en una interesante ruta senderista.



Nuestros humedales en el siglo XIX.

Durante la época medieval y más tarde, con las roturaciones de tierras comunales y de baldíos llevadas a cabo en los siglos posteriores, algunos de estos humedales desaparecieron. Aunque de manera estacional muchos de ellos seguían encharcándose en los periodos de grandes lluvias, lo cierto es que sus nombres se pierden, poco a poco, en la memoria de los lugareños.



Una prueba de ello son las reducidas referencias a las lagunas y humedales de nuestro término que recoge Pascual Madoz (3), en su Diccionario Geográfico Estadístico Histórico de España (1845-1850). Entre las citadas figuran la Laguna de Alcornocalejo, ubicada en el actual término de San José del Valle y que en otras fuentes (4) se conoce también como Laguna de La Oscuridad, próxima al cortijo del mismo nombre. El mismo Madoz, al describir los caminos desde Arcos hasta El Valle, nos ofrece una tercera denominación de esta misma laguna (aunque se cita como otra distinta) al afirmar que “…sigue el camino por carriles de arena hasta llegar al cortijo del Sotillo, y pasando por su encinal, se vadea a ½ legua la garganta del Valle y se pasa por la laguna de Marimorena; a ½ legua de la barca del Majaceite…”. Marimorena, Alcornocalejo y La Oscuridad son tres nombres de un mismo humedal que aún se conserva en este mismo lugar en un hermoso paraje visible desde la Cañada de Arcos a Medina.



Al referirse a las lagunas más conocidas del término de Jerez, Madoz señala que “…son las tituladas de Torrós, Medina, El Cuervo, Rajamancera, Gami, Torres, Alcornocalejo y Caños de Uza.” Así, a las ya mencionadas de Medina y Alcornocalejo, se unen la de El Cuervo (otra denominación de la ya citada de Los Tollos o El Tollón) y la de Torrós, que no es sino la actual laguna de Torrox o Torró, como también se la denomina en otras fuentes.



La de Rajamancera, ya desaparecida, se situaba a los pies del Cerro de los Caravantes, y estaba próxima a la barriada rural del mismo nombre, y cercana también a La Ina, en un paraje próximo al cortijo de La Campana, donde se ubica una pista de aterrizaje de ultraligeros. Aún se observa en este lugar, junto a la carretera, el canal de drenaje que canaliza sus aguas al Guadalete, pese a lo cual, en los años de intensas lluvias, vuelve a encharcarse el vaso de este humedal.

La laguna de Torres, ya comentada, ocupaba una pequeña cuenca junto a la Cañada de Garciagos y de Bornos, en la finca Dehesa de Sepúlveda, en la zona que actualmente está comprendida entre la finca Los Potros y Los Garciagos, a la derecha de la carretera que une Estella con el Circuito.

No está claro si la laguna de los Caños de Uza mencionada por Madoz, se corresponde con el lecho encharcable de un antiguo meandro abandonado del Guadalete, o un pequeño vaso lagunar que debió existir en las tierras que se extienden junto al actual cortijo de Caños de Usa o de Aduza, junto al Palmar del Conde, en los Llanos de las Villas. En la actualidad, en el seno de los dos meandros que el río traza en este mismo paraje, situados frente a El Portal y la EDAR, y junto a las Casas de El Torno, se siguen conservando dos pequeñas lagunas formadas en los fosos de dos antiguas graveras abiertas en los años 60 del siglo pasado, que se mantienen con agua durante todo el año, al haberse alterado la capa freática y que se han naturalizado como nuevos humedales.



De todas las mencionadas por Madoz, la más alejada de la ciudad era la de Gami, pequeña laguna ubicada en las vallonadas forestales próximas a la Loma de Gami y al arroyo del Parrón, entre las casas de Abanto y Gami. Este paraje se encuentra a unos 8 km del Puerto de Gáliz, en dirección al Mojón de la Víbora, ya en los límites del término lindando con los montes de Cortes.

Noticia de otras lagunas en el siglo XX.



Damos otro salto en el tiempo para poner la atención sobre un valioso documento elaborado en 1948 denominado “Clasificación de las Vías pecuarias del Término de Jerez”, acompañado de un detallado plano que hemos podido consultar (5). Se mencionan aquí los trazados de las cañadas de nuestro alfoz, encontrándose también en él referencias a no pocos humedales. Un siglo después del Diccionario de Madoz, este documento vuelve a citar las lagunas de ya reseñadas por el citado autor, haciendo también alusión a la Laguna del Rey. Ya desaparecida, esta laguna de notable extensión, estuvo situada entre las dehesas de Sianca y Doña Benita, en las proximidades de la actual barriada rural de El Mojo, colindante con la Cañada de los Arquillos o de la Cuesta del Infierno. Actualmente estaría rodeada por los aerogeneradores del parque eólico de Doña Benita, y en los campos de cultivo de esta finca, todavía se puede apreciar la depresión del gran vaso que ocupaba, transformado hoy en tierra de cultivo al ser drenado con un canalillo que pasa junto a la actual estación depuradora de El Mojo.

Otro de los humedales mencionado a mediados del siglo pasado por el citado documento es la Laguna de la Isleta, ubicada en Las Pachecas, junto a la Cañada Real de Lomopardo o de Medina, en las proximidades del conocido pozo de Matasanos.



Esta laguna tenía forma circular y dejaba en su interior una pequeña isla, siendo modificada con las parcelaciones que en los años 50 y 60 del siglo pasado se hicieron en el diseminado de Las Pachecas.



En la actualidad aún se encharca de manera estacional su antiguo vaso, que se adivina rodeado de tarajes entre las casas de colonos de esta barriada rural y la fábrica de cemento.

No se llega a nombrar en este documento, ni en otros anteriores, la pequeña laguna de La Calera, situada frente a la conocida Casa de Postas que encontramos al pie de la antigua carretera de Arcos, en las proximidades de la Torre de Melgarejo, y que si figura en el Mapa Topográfico Nacional (edición de 1917), como una de las de mayores dimensiones de la zona. En este mismo lugar se construyó hace unos años un gran aparcamiento de vehículos para el Circuito de Velocidad, pero en sus márgenes hemos fotografiado en diferentes ocasiones las albinas que se forman en los años lluviosos y que nos recuerdan la existencia de este pequeño humedal.

El Inventario de Zonas Húmedas de 1985.

Nuestro recorrido, siguiendo el rastro documental y geográfico de las lagunas y humedales en torno a Jerez, nos lleva a 1985 cuando se publica el Inventario de Zonas Húmedas Naturales de la Provincia de Cádiz (6), donde de los 45 espacios naturales que se mencionan, 14 pertenecen al término de Jerez. Entre las lagunas figuran las más conocidas y ya citadas (Medina, Tejón, Canteras, Tollos, Quinientas, Torrox, Rajamancera…), incluyéndose además otras dos no mencionadas en los anteriores documentos: las lagunas de Mesas de Asta y de Bocanegra. La de Mesas de Asta se identifica con la antigua Laguna del Mortero.

La de Bocanegra se corresponde con una pequeña cubeta encharcable, en las proximidades del Cortijo de Roa la Bota, y colindante con la carretera que une El Portal con la laguna de Medina, alimentada por el arroyo del mismo nombre. Junto a ella se ha construido recientemente una subestación eléctrica si bien, parte de su superficie se ha rellenado.



No queremos alargar más esta relación de las lagunas que fueron y se perdieron y de aquellas que continúan existiendo, pero lo cierto es que nuestra campiña guarda muchos rincones donde aún se conservan humedales poco conocidos pero no por ello menos valiosos. Es el caso, por ejemplo, de las pequeñas lagunas de Besana Larga y de Los Fosos, ubicadas junto a la Casa de Las Piñas en la carretera de Paterna, a unos 2 km del cruce de El Pedroso; o la de Las Caballerías, en la finca del mismo nombre, en las proximidades de Martelilla y del Mojo y que en los años lluviosos puede apreciarse desde la Cañada de Medina, “la Puerta Verde de Jerez” (8).

En su “Guía de lagos y humedales de España” (7), los profesores e investigadores Santos Casado y Carlos Montes lamentan las amenazas y dan fe de la desaparición de algunas de nuestras lagunas señalando, en pasado, que “…sobre sedimentos modernos de origen fluvial… pueden citarse las lagunas de Las Quinientas, de la Isla o de las Pachecas, y de Rajamancera, que existían en el borde meridional de las terrazas del Guadalete, al pie de lomas margosas entre las que discurre la llanura aluvial. La intensa transformación agraria que han sufrido los fértiles terrenos de vega ha desfigurado casi por completo las características naturales de estos enclaves palustres”.

La próxima semana terminaremos nuestro recorrido por los humedales ocupándonos de las balsas y embalses agrícolas, transformados en nuevos humedales “naturalizados”, de las lagunas salobres y de las marismas en torno a Jerez.

Para saber más:
(1) Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 2004.
(2) Hoja del Mapa topográfico Nacional 1063 de Algar).
(3) Diccionario Geográfico Estadístico Histórico MADOZ. Tomo CADIZ. Edición facsímil. Ámbito Ediciones. Salamanca, 1986. Págs. 14, 82 y 246.
(4) Como por ejemplo en el PGMOU de 1986.
(5) Clasificación de las Vías Pecuarias Término municipal de Jerez 1948. Ayto. de Jerez.
(6) Atlas Hidrogeológico de la provincia de Cádiz. Diputación Provincial de Cádiz. 1985.
(7) Casado de Otaloa S. y Montes del Olmo C.: Guía de los lagos y humedales de España. AMA. Junta de Andalucía. 1995
(8) VV.AA.: Inventario de Toponimia andaluza. Cádiz. Consejería de Obras Públicas y Transportes. Sevilla 1990.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar en Lagunas y Humedales, Toponimia, Rutas e itinerarios, Parajes Naturales, Humedales en torno a Jerez (1). Un recorrido por las principales lagunas cercanas a la ciudad. y
  • Humedales en torno a Jerez (y 3). Un recorrido por las lagunas salobres, marismas y balsas.



  • Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 7/02/2016

    Con Buck y Chapman por los cerros de Chipipe.
    Un paseo al encuentro de la vida salvaje en torno a Jerez




    Jerez, primeros años del siglo XX. Dos hombres, Walter J. Buck y Abel Chapman, dos amigos naturalistas y cazadores casi a partes iguales, se disponen a salir una mañana de comienzos de mayo a un paraje situado en las cercanías de la ciudad para disfrutar de una agradable jornada de campo. Vamos a acompañarles a los cerros de Chipipe (también nombrados como Chipipi o Chipepe), para disfrutar del contacto con la vida salvaje y asomarnos con ellos a los tajos del Peñón de La Batida, cercano a Torrecera, junto al Guadalete.


    Walter J. Buck –Don Gualterio- se había establecido en Jerez en 1868 como exportador de vinos, asociándose unos años más tarde con la familia Sandeman. Agente consular británico y reconocido naturalista, tuvo su residencia desde 1879 en el Recreo de las Cadenas, donde en sus jardines mantenía una apreciable colección de animales en semilibertad y grandes pajareras. Entre otros, destacaba un lince al que tenía como “animal de compañía”, tal como nos recuerdan las fotografías de la época (1).


    En el Recreo de las Cadenas recibirá en muchas ocasiones a su buen amigo Abel Chapman, padrino de su hija Violet, prestigioso ornitólogo y cazador, toda una autoridad en caza mayor africana, con quien realizó numerosas expediciones cinegéticas y naturalistas por toda España.

    Algunas de estas correrías tienen por escenario parajes de nuestro entorno como las marismas y pinares de Doñana, la Sierra de Grazalema, la Sierra de las Cabras y del Valle, la Boca de la Foz… Buena parte de sus andanzas se recogerán después en dos libros, La España Agreste (1899) y La España Inexplorada (1910), que con el paso de los años se han convertido en una pieza clave de la “memoria naturalista” del territorio peninsular de aquella época. Con independencia de que algunos de sus relatos de caza -especialmente aquellos donde resultan abatidas especies actualmente protegidas- puedan resultar hoy llamativos y aún condenables por su crudeza, el valor de los mismos como testimonio de la riqueza natural y paisajística de nuestro entorno, resulta indiscutible. Pero dejemos que sus protagonistas nos cuenten una de sus salidas, tal como la relatan en La España Inexplorada (2):

    Un paraíso para la avifauna.



    “Cabalgando cómodamente durante medio día desde Jerez se llega a los riscos de Chipipi, que se levantan como niveles almenados desde el sinuoso río que está en su base. Es una bella mañana de mayo. Espantamos a docenas de palomas cuando cabalgamos por los bosquecillos de álamos blancos, y el aire suave está lleno de su coro de murmullos; las orillas cubiertas de arbustos resuenan con el canto de oropéndolas y ruiseñores, cucos y una veintena de mosquiteros, ruiseñores bastardos y currucas mirlonas, currucas cabecinegras, carriceros políglotas, mosquiteros papialbos. El bello alzacolas, aun cuando no muy buen cantor, es visible por todas partes, jugando con su cola fuertemente listada en forma de abanico que tanto llama la atención. Hay alcaudones, verdecillos, abubillas; chillan las azules carracas y los brillantes abejarucos se ciernen y parlotean sobre nosotros; sus nidos se hallan escondidos en la orilla del río, como si se tratara de una colonia de aviones zapadores. En las orillas cubiertas de sauces anidan los chorlitos carambolos y las nutrias toman el sol; mientas que en las oscuras profundidades bajo los mimbres ribereños los barbos se hallan al acecho, atento para saltar sobre los saltamontes o grillos rezagados”.



    Buck y Chapman nos describen con todo lujo de detalles la rica avifauna de los sotos ribereños del Guadalete que se extienden entre la Vega de El Torno y la Vega de Espínola, a los pies del actual Cerro de los Yesos, también conocido como Peñón de la Batida.



    Estos parajes conservan aún buena parte de la vegetación descrita (álamos, sauces, algunos fresnos y olmos…) si bien muchos ejemplares de aquellas especies autóctonas del bosque galería han sido desplazados por los eucaliptos. De la misma manera, algunas de las especies animales citadas ya no son tan frecuentes en las alamedas.



    En el mismo relato, los autores nos describen después una “cruenta” escena silvestre en la que un alcaudón real captura a un lagarto, o nos cuentan como dieron caza a “una culebra que tenía 5 pies y medio de largo y contenía en su interior dos conejos que habían sido tragados enteros por la cabeza; uno había sido digerido en parte”: ¡Naturaleza salvaje en estado puro en las cercanías de la ciudad!.



    De su interés científico por confirmar las diferentes especies que desconocen da prueba el siguiente hecho: ”otra serpiente, bastante pequeña, nos sorprendió pues no la habíamos visto nunca. La embotellamos en alcohol y la mandamos al British Museum, Posteriormente llegó la respuesta agradeciéndonos el “lagarto Blanus cinereus”. ¿Un lagarto? En fin, aprendimos la lección. Hay lagartos sin patas y éste era uno de ellos, la culebrilla ciega”.

    Águilas, búhos, alimoches… y mariposas.



    El paraje, aún depara más novedades zoológicas y nuevas escenas de caza, como aquella en la que una mantis religiosa se da un festín de mariposas: “en un sombreado claro se ven por doquier las alas de las mariposas. Si se examina de cerca algún arbusto, se descubrirá un ojo sin iris, tan inexpresivo como una perla gris. Se trata de una Santa Teresa, un insecto práctico pero no esteta pues devora los feos cuerpos y desecha las bellas alas”. Afortunadamente, en el lugar abundan los lepidópteros y Buck y Chapman relatan cómo “entre las mariposas nos encontramos aquí con la rara Thaïs polixena con ala de golondrina (que había aparecido el 3 de abril), la Vanessa polychloros, una gran fritilaria de alas delanteras con un fondo de color rojo sangre (Argynnis maia, Cramer), Euchloëbelia (marzo) y el curioso insecto que aquí hemos dibujado, que no sabemos lo que es”. Como nos indica nuestro amigo, el naturalista José Manuel Amarillo Vargas, es comprensible que nuestros personajes desconocieran esta curiosa "mariposa", endémica de la península ibérica  y de ciertas regiones de Francias y por tanto inexistente en las Islas Británicas. Se trata de Nemoptera bipennis, un insecto que morfológicamente recuerda a la vez a las mariposas y a las libélulas. La fotografía que aquí aparece, muy semejante al dibujo que de ella hacen Buck y Chapman, ha sido tomada por J.Manuel en la cercana Sierra de San Cristóbal..

    Después de estas descripciones los autores fijarán su atención en las rapaces ya que acuden a estos cortados rocosos de yeso, que caen a plomo sobre el Guadalete, atraídos por la presencia de las águilas a las que han venido observando desde hace varias décadas: “Durante más de treinta años, que nosotros sepamos (y probablemente desde muchos siglos antes) estos riscos han constituido el hogar del águila perdicera. Dos enormes nidos hechos de palos se proyectan visiblemente desde las grietas de las rocas, a unas cuarenta yardas de distancia. Hoy, 3 de abril, la ocupada aguilera contenía en su interior una cría cubierta de plumón, cuatro perdices y medio conejo, además de un huevo intacto de perdiz y unos cuantos pedazos de carne, todo bastante fresco. El nido estaba tapizado de ramitas verdes de olivo; enjambres de moscas carroñeras zumbaban alrededor, y un gran mariposa ortiguera se posó en el borde mientras estábamos todavía dentro. Los padres se cernían sobre nosotros, trayendo la hembra medio conejo, e, impaciente, empezó a devorarlo, posados ambos en una encina seca, permitiéndonos de este modo hacer este boceto… Su pecho blanco brillaba al sol con un destello satinado”.

    De gran interés es también el relato de su encuentro con el guarda de la finca, quien vigila ese territorio rico en caza que constituyen los cerros que se extienden entre la Dehesa de Espínola y el cortijo de Chipipe y el río. Esos mismos cerros que hoy en día se hayan cubiertos de una densa vegetación arbustiva (acebuche, coscoja, lentisco, carrasca…) que da cobijo a un buen número de especies animales. Así es como lo describen: “Las colinas cubiertas de matorral ralo que se levantan sobre nuestro cantil están protegidas, y habiéndonos encontrado al poco con el guardabosques intentamos (pues aquel total diario de cuatro perdices más unos cuantos conejos nos había impresionado mucho) defender a nuestras amigas las águilas, asegurándole que le prestaban un buen servicio al matar serpientes y lagartos (lo cual no es cierto). “Sí señor”, contestó, añadiendo “¡y los insectos!”



    Más allá de aquellos riscos encontramos dos nidos de alimoche, cada uno de los cuales contenía dos bellos huevos. Esta ave se construye un agradable hogar, cuya base es de ramas, pero cuyo huevo central está confortablemente protegido, adornado con antiguos huesos, vértebras de serpiente, cráneos de conejos, y ornamentos similares. Los nidos se hallaban en repisas salientes de una pared vertical, y al igual que los de las águilas, solo podía accederse a ellos por medio de una cuerda. Había una rata bastante grande, en uno de ellos. A los restantes habitantes de estos riscos no podemos sino nombrarlos. Un par de búhos reales (tenían crías completamente desarrolladas hacia el 10 de junio) en una profunda fisura de la roca, así mismo había muchos cuervos, muchos cernícalos primillas, y una colonia de ginetas”

    El Peñón de la Batida hoy.



    El viajero que circula desde la Ina hacia Torrecera, tras atravesar la Vega de Espínola, descubrirá las ruinas de la que, hace décadas, fuera la fábrica de “Yesos del Guadalete”, una planta de molienda y tratamiento de las rocas de este mineral que se extraían del Cerro de los Yesos, que se alza en este paraje junto al río. Las labores de la cantera han destruido buena parte de este mogote rocoso aislado, conocido también como Peñón o Cerro de La Batida, cuyas laderas se alzan verticales sobre las alamedas del Guadalete. Es el mismo paraje que Buck y Chapman describen como los “riscos de Chipipi”, aunque las casas del cortijo del mismo nombre se encuentran algo más alejadas, entre los cerros colindantes con este enclave.

    Todavía en nuestros días, se conservan en estos lugares interesantes manchas de monte mediterráneo, como las que crecen a ambos lados del canal de riego que atraviesa las lomas cubiertas de acebuches, lentiscos y coscojas. No es de extrañar que, amparados por la densidad de la vegetación, estos parajes representen un importante espacio de refugio para la fauna (aves de roca, córvidos, rapaces, pequeños mamíferos…).



    En las escabrosas paredes verticales del Cerro de la Batida (o de los Yesos), ya no hay aguileras, pero siguen anidando diferentes especies de aves entre las que cabe destacar una colonia de cernícalo primilla y una pareja de búho real, y si bien ya no se ven ginetas por aquí, aún es muy frecuente la presencia de meloncillos entre el matorral o de las nutrias, en las riberas casi inaccesibles del Guadalete. Entre los invertebrados se ha descrito aquí un endemismo del suroeste español, Macrothele calpeiana, una de las mayores arañas de Europa. Por todas estas razones, que hacen de este enclave un lugar con grandes valores naturales, desde el que se obtienen además magníficas vistas sobre el valle del Guadalete, pensamos que bien pudiera adoptarse alguna medida de protección (3).



    A ser posible antes de que este hermoso rincón se degrade para siempre, ya que en las últimas décadas han empezado a aparecer aquí vertidos de escombros en las laderas del cerro que caen al río. Algo que, a buen seguro denunciarían hoy, con todas sus fuerzas Walter J. Buck y Abel Chapman-

    Para saber más:
    (1) La fotografía que muestra un lince en el Recreo de las Cadenas la hemos tomado de FOTOTECA FORESTAL ESPAÑOLA DGB-INIA: http://wwwx.inia.es/fototeca/index.jsp
    (2) Chapman, A. y Buck, W.J..: La España Inexplorada. Junta de Andalucía y Patronato del Parque Nacional de Doñana. Sevilla, 1989. pp. 425-428. De estas páginas proceden todas las citas entrecomilladas así como los dibujos en negro.
    (3) Ecologistas en Acción-Jerez: Estudio de impactos ambientales en el Río Guadalete. Jerez, 2008.

    NOTA: Las imágenes de aves que ilustran esta entrada han sido tomadas de la obra VV.AA.: W.H. Riddell. Pintor y Naturalista 1880-1946. Caja San Fernando, Diputación de Cádiz y Asociación de amigos del parque Natural de los Alcornocales. 2002. Conviene recordar que W.H. Riddell estuvo casado con Violet Buck, hija de Walter J. Buck, con quien residió hasta su muerte en el Castillo de Arcos de la Frontera. Riddell fue también buen amigo de Abel Chapman.


    Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

    Otros enlaces que pueden interesarte: El paisaje y su gente, Flora y Fauna, http://www.entornoajerez.com/2009/07/rutas-e-itinerarios.html

    Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 6/04/2014

     
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