Un recorrido por las torres y castillos en torno a Jerez




Durante los siglos medievales nuestro territorio fue un espacio fronterizo, escenario de numerosos enfrentamientos entre cristianos y musulmanes. No es de extrañar por ello que unos y otros construyeran castillos y fortalezas, torres y atalayas repartidas por la campiña y las serranías en torno a Jerez, algunas de las cuales han llegado hasta nuestros días. Los orígenes, funciones y tipología constructiva de cada una de ellas son muy variados pero, en líneas generales, obedecen a un propósito defensivo y de control del territorio, estando ubicadas en puntos estratégicos (sierras, cerros sobresalientes, peñones rocosos) desde los que se divisa un amplio horizonte y desde los que, en muchos casos, se tiene contacto visual con otras torres y fortalezas.

El historiador Bartolomé Gutiérrez señala en relación a su disposición espacial, y al papel que desempeñaban en la defensa de la ciudad estas construcciones militares, que “…son puestas en tal disposición que se ven unas a otras; y estas y las de la costa, que pertenecen a otras poblaciones (como las de tierra adentro) eran atalayas para enemigos, avisándose de unas a otras con los hachos encendidos; de modo que en corto espacio de tiempo, se noticiaban las novedades que ocurrían en toda la costa y su comarca; distinguiendo la urgencia según el modo de la señal con ahumadas o con luces y otras diferencias”. (1)



Para comunicar posibles amenazas, los castillos, atalayas y torres de almenara se valían de fuegos y ahumadas, permitiendo así la conexión de puntos distantes del alfoz, incluidas las zonas costeras, con la ciudad. En nuestro “recorrido” de hoy nos proponemos visitar aquellas de las que se conserva algún vestigio, así como otras de cuya existencia se guarda memoria en las fuentes documentales.

Torres en la campiña.



De entre las levantadas en época islámica, destaca la de Torrecera, una torre vigía construida en tapial y levantada por los almohades, probablemente en las primeras décadas del s. XIIII. La torre, que aún mantiene en pie tres de sus muros, está ubicada en el Cerro del Castillo, una pequeña elevación visible desde grandes distancias, en conexión visual con la ciudad y con Medina Sidonia. Desde su altura domina un amplio espacio de la vega baja del Guadalete así como el valle del arroyo Salado de Paterna, vía de comunicación natural con Alcalá y la zona sur de la provincia. Esta ruta fue seguida, entre otros, por Alfonso XI y su ejército en 1333 para la toma de Gibraltar.

De esta misma época puede ser también la cerca, también de tapial, que rodea la torre ubicada en las cumbres de la Sierra de Gibalbín, si bien los restos que se conservan de este torreón, reconstruido en distintos momentos, son de época cristiana. En sus lienzos, todavía pueden observarse grandes sillares procedentes de la ciudad romana que se levantó en las cumbres y las



faldas de esta sierra junto al cercano cortijo de La Mazmorra, de los que aún se aprecian las ruinas de distintas construcciones. A los pies de esta sierra aún se conservan también vestigios de otra antigua torre vigía: la Torre de la Hinojosa o de Pedro Díaz. Integrados en el actual



cortijo de La Torre de Pedro Díaz, aún pueden apreciarse los sillares y muros e tapial de la que fuera una sólida torres que despunta entre el caserío que la rodea.

También de época andalusí, como la anterior, fue la torre de Mesas de Asta, fabricada con tapiales y de cuya existencia hay constancia desde el siglo XIII hasta bien entrado el s. XVIII, aunque en la actualidad nada se conserva de ella. Esta torre debió estar en conexión con la que se alzaba en Los Alíjares, ubicada en un cerro que domina el antiguo camino de Sanlúcar y cuya base forma hoy parte de las construcciones del actual cortijo de Alíjar. Algo parecido sucede con la Torre de Macharnudo, también de origen medieval, que hoy vemos completamente remozada formando parte de las dependencias de la viña El Majuelo. Esta torre, levantada sobre un cerro que domina un gran territorio, enlaza visualmente con las de Gibalbín, Mesas de Asta, Alíjar y Espartinas, permitiendo el control de un amplio territorio.

Castillos y fortalezas.

En el punto más alejado del extenso alfoz jerezano se levantaba el Castillo de Tempul a cuyos pies se encontraba una aldea que, con la fortaleza y sus términos, fueron puestos por Alfonso XI bajo la jurisdicción directa del concejo jerezano en el siglo XIV. El castillo, jugó un importante papel en la época



medieval y aún en la actualidad se conservan los restos de algunos muros y el arranque de una de sus torres. Su emplazamiento, en un lugar muy próximo al copioso manantial, era de gran importancia estratégica en las luchas de frontera. La fortaleza, encaramada sobre un peñasco de roca ofítica, era de acceso muy difícil, controlándose desde este punto el paso natural del río



Majaceite, que corre a sus pies, y las comunicaciones con la Serranía. Hay que recordar que hasta la toma de Jimena y posteriormente de Cardela y de las demás fortalezas de la Serranía de Grazalema, bien entrado el siglo XV, el sector más oriental de los términos de Jerez fueron una frontera inestable con el reino nazarí de Granada, por lo que el Castillo de Tempul jugó un papel estratégico en la defensa del alfoz jerezano.



Entre los castillos medievales mejor conservados en la actualidad en el entorno rural de la campiña destaca el de Gigonza. Ubicado en las faldas de la Sierra del Valle, aún se mantienen en pie sus recios torreones y su cerca almenada. En su entorno existió una aldea medieval y



durante el siglo XIX y el primer tercio del XX acogió también un establecimiento balneario que se aprovechaban de sus manantiales de aguas sulfurosas. Desde Gigonza existe conexión visual con Torrecera, así como con los castillos de Arcos y Medina controlándose también las vías de comunicación entre ambas poblaciones.

Tras la conquista de Jerez por Alfonso X, se levantarán otras fortalezas y torres para el control de la zona de frontera y la defensa del territorio y se aprovecharán y reforzarán algunas de las ya existentes. De época cristiana es ya la Torre de Sidueña, posteriormente conocida como Castillo de Doña Blanca, ubicada a los pies de la Sierra de San Cristóbal, sobre el antiguo emplazamiento de la Shidûna andalusí, en una colina que domina el estuario del Guadalete, bajo la que se encuentran también los restos de un enclave fenicio presente aquí desde la primera mitad del siglo VIII a.C. La Torre ocupaba un lugar estratégico en el camino que unía Jerez y el Puerto de Santa María, siendo construida entre los siglos XIV y XV. Utilizada también como ermita, debió ejercer un papel de control sobre las embarcaciones que remontaban el Guadalete, navegable entonces hasta La Corta. Esta torre, conservada en la actualidad y recientemente restaurada, debió estar en conexión con la existente en las cumbres de la Sierra de San Cristóbal, ya desaparecida. Esta última, por su privilegiado enclave entre Jerez y el mar, jugó un papel fundamental para dar aviso a la ciudad de las amenazas procedentes de la costa al enlazar visualmente con la Torre de la Atalaya (también conocida como de la “Vela”, del Reloj” y del “Concejo”, adosada a la Iglesia de San Dionisio. Del valor estratégico de la desaparecida torre de San Cristóbal da cuenta Fray Esteban Rallón en su Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera, al referirse a ella como “…el castillo y atalaya, árbitro del océano y de la tierra, índice de la paz y de la guerra que con sus fuegos y albarradas avisa a nuestra ciudad y su comarca de lo uno y lo otro”. (2)



Torres en los caminos de la sierra.

En el camino de Arcos, dominando los Llanos de Caulina y los accesos a la Sierra se levanta la Torre de Melgarejo. Hasta mediados del XIX, estuvo rodeada de un recinto murado (parcialmente destruido y muy reformado) y en los siglos medievales llegó a contar con dependencias subterráneas y foso. Esta torre, que fue construida probablemente en el s. XIV, formaba parte del sistema defensivo y de alerta de la ciudad en los siglos medievales y desde ella se enlazaba visualmente con la mayoría de las situadas en el sector norte del alfoz jerezano. Fernán Caballero, en su novela Lucas Garcia (1852), nos aporta una curiosa descripción de la torre y de sus leyendas.



Lamentablemente, el pasado verano, su esquina de poniente sufrió un desplome, viniéndose abajo parte de sus muros, dejando a la vista la bóveda de cañón de una de las antiguas salas el castillo. El cono de derrubios formado a los pies de los muros presagia la ruina de esta parte del castillo si no se actúa para frenarla.


Situado al sur del Guadalete, el Castilllo de Berroquejo controlaba los caminos hacia Medina y Vejer, siendo su ubicación de gran valor estratégico al ser este territorio el paso obligado para las rutas que unían el Estrecho con las campiñas. Emplazado sobre un peñasco calizo de difícil acceso, en un paraje cercano a Fuente Rey, aún hoy se conserva parte de su cerca y los muros de una de sus torres, desde la que se mantiene contacto visual con los castillos de Medina y Torre Estrella. El castillo Berroquejo es nombrado en las Crónicas de Alfonso XI y durante el primer tercio del siglo XIV verá acampar las tropas castellanas a sus pies en varias de las expediciones militares hacia Tarifa, Algeciras y Gibraltar.



Junto a los anteriores, se tiene también noticia de otras fortalezas y atalayas, ya desaparecidas. Una de las más referidas en la historiografía jerezana es la Torre de Santiago de Fé o de Efé (como escribe B. Gutiérrez) que se alzaba en el paraje de Las Mesas de Santiago, junto al camino de Bornos, en el emplazamiento que hoy ocupa el Cortijo de las Mesas de Santiago, donde hubo también una aldea medieval. Desde esta torre se enlazaba visualmente con las de Torremelgarejo, Gibalbín y Torre de Pedro Díaz, y se controlaban también los caminos de Bornos, Espera y el que se dirigía a Alocaz y las Cabezas por Gibalbín.

La Torre del Sotillo estuvo ubicada en el paraje de este nombre, junto al Río Guadalete en el lugar que actualmente ocupa la Cartuja, levantada probablemente sobre alguna de las pequeñas elevaciones próximas al río y desde las que se controlaba el paso natural conocido como “vado de Medina”. La Torre de Martín Dávila, de la que no se conservan restos, estuvo también próxima a otro vado del río. Se tiene constancia documental de otras atalayas ubicadas en La Suara, La Jarda, las Mesas de Soto Gordo (junto a Algar), Espartinas…

En el Cerro de la Torre, pequeña elevación que domina el valle del Arroyo Salado de Paterna, frente al Cortijo de Los Arquillos, se conservan también restos de una antigua torre y de otra más en el citado cortijo. En ambos casos, nada tienen que ver estas construcciones con instalaciones militares o de control del territorio, sino que están asociadas al acueducto romano del Tempul.

El profesor Emilio Martín Gutiérrez nos recuerda que las Ordenanzas Municipales de 1450 dedicadas a la guerra, prestan gran importancia al mantenimiento de estas atalayas: “Yten, que se de orden como en el tienpo que ouiere rebato, todos los ganados e los omes que estouieren en el campo, lo sepan por almenara o ahumadas fechas en los lugares do puedan ser vistas. E que luego que por ellos fueren vistas, dexen todas las fasiendas e se vengan a la çibdad… E para esto aya omes deputados e tengan cargo de faser las dichas almenaras e ahumadas cada uno en su lugar çierto, cada que les fuere mandado. E que tenga cargo los que primero vieren las dichas almenaras e ahumadas de llamar e apellidar a los otros çercanos dellos que no las vieren. E los que este cargo tosieren, porque mejor lo fagan, sean quitos de otros seuicios. E los lugares donde las tales personas deuen estar, son estos: en san Cristóual, en la Cabeça del Real, en la Torre de Diego Dias, en la Cabeça de Esprynas, en el Torrejón de asta, en el Cabeça de Macharnudo”. (3)



El rico legado histórico y cultural que suponen las torres y castillos repartidos por la campiña corre serio peligro de terminar por desaparecer si no se plantean intervenciones de consolidación, restauración y puesta en valor de los elementos más relevantes..Con independencia de las distintas figuras de protección de algunos de los castillos y torres mencionados, todos ellos están incluidos en la declaración genérica de Bienes de Interés Cultural de 1985. Lamentablemente, el inexorable paso del tiempo y la falta de actuación de los propietarios y de las administraciones, nos viene a recordar que para frenar el deterioro de nuestro patrimonio, hacen falta algo más que normas.

Para saber más:
- (1)- GUTIÉRREZ, B.: Coord.: Historia de la Muy Noble y Leal Ciudad de Xerez de la Frontera. Jerez, 1886 edición facsimilar de 1989, t. I, pg. 31..
- (2) - RALLÓN, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación. Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. I, pg. 2.
- (3)- MARTÍN GUTIÉRREZ, E. Y MARÍN RODRÍGUEZ J.A.: “La época cristiana (1264-1492)" en CARO CANCELA, Diego (coord.), Historia de Jerez de la Frontera. De los orígenes a la época medieval, I, Cádiz, 1999, p. 282-283.

Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Otras entradas sobre Patrimonio en el medio rural, Mapas y Paisajes con Historia entornoajerez...

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 23/11/2013


Un recorrido por el patrimonio rural en torno a Jerez.


Atendiendo a la amable invitación del Ateneo de Jerez, el próximo jueves 29 de noviembre a las 19:00, haremos un recorrido por el rico y variado patrimonio en torno a Jerez. En la charla se abordarán seis grandes bloques de contenidos en los que se pasa revista a los elementos más relevantes de nuestro patrimonio rural.

El primero, dedicado a las Zonas Arqueológicas, se ocupa de los principales yacimientos del término municipal o cercanos a Jerez como Mesas de Asta, Gibalbín, Doña Blanca y el Poblado de las Cumbres, así como a los restos que se conservan del Acueducto Romano de Tempul.

Un segundo bloque está dedicado a las torres y castillos repartidos por nuestro alfoz, englobados la mayoría en la declaración genérica de Bien de Interés Cultural de 1985. Las torres de Melgarejo, Torrecera, Gibalbín, Doña Blanca, Macharnudo o los castillos de Tempul, Gigonza, Berroquejo son algunas de los comentadas, junto a otros menos conocidos como las de torres de Alíjar o Pedro Díaz.

Este recorrido por el patrimonio rural se detendrá también en las iglesias, monasterios y ermitas: La Cartuja, las Ermitas de la Ina y Salto al cielo o las ya desaparecidas del Mimbral o el Valle. Nos asomaremos también a algunas curiosas capillas de cortijos, así como a las cruces, cruceros y otros monumentos religiosos repartidos por muchos lugares de la campiña. Los cortijos, las casas de viña y las haciendas de olivar ocuparan otro de los apartados de la charla con ejemplos significativos de cada una de estas construcciones rurales, ligadas a la explotación de los recursos agrícolas, ganaderos y forestales, tan características de nuestros paisajes.

El patrimonio etnográfico, por la gran variedad de sus manifestaciones, será uno de los bloques más curiosos que se aborden. Así, entre otras cuestiones recorreremos algunos ejemplos relevantes de plazas de toros y tentaderos, palomares, azulejos devocionales y paneles cerámicos, puertas y rejas, veletas, silos, depósitos y chimeneas… En este bloque trataremos de las canteras históricas, de construcciones singulares dispersas en la campiña, de hitos y mojones o de los restos que se conservan del patrimonio ferroviario en el medio rural.

Para terminar, nos ocuparemos del patrimonio hidráulico. Así, haremos un rápido repaso por el relacionado con el abastecimiento de agua, haciendo referencia a fuentes, pozos y abrevaderos, a las infraestructuras de los siglos medievales, al acueducto de Los Albarizones a la Alcubilla, al acueducto de Tempul del siglo XIX o al patrimonio del Abastecimiento a la Zona Gaditana. El regadío y sus infraestructuras ocuparan la segunda parte de este bloque donde repasaremos los regadíos de La Corta y los del pantano de Guadalcacín, haciendo también un breve recorrido por las presas y embalses de la cuenca. Por último, y dentro también del patrimonio hidráulico y ligado al río, hablaremos del Puente de Cartuja y de los antiguos puentes y alcantarillas cuyos restos se conservan en nuestro término, con una mirada más detenida a los viejos puentes de hierro y a los nuevos puentes y viaductos, para terminar con los azudes.

Como no puede ser de otra manera, la charla no puede profundizar en todos y cada uno de los elementos patrimoniales mencionados, de ahí que la misma se aborde, como indica el título, a modo de recorrido visual (se exponen más de 700 fotografías) que sirva para mostrar la riqueza y amplitud del patrimonio rural en torno a Jerez.

Quedan todos ustedes invitados.


Mosto, paisajes e historia.
Por las Tablas y Añina.



Artículo publicado el 10/12/2017

Como ya conocen nuestros lectores, en estas páginas de “entornoajerez” nos gusta pasear sin prisas por los rincones menos transitados de la campiña, recreándonos en los paisajes y en la historia. Y para ello nada mejor que recorrer esas poco frecuentadas carreteras secundarias que se adentran por los parajes serranos, en los amplios espacios marismeños o las que, en los alrededores de la ciudad, nos permiten acercarnos a los tradicionales pagos de viñas.

Hoy les proponemos un paseo por la conocida como carretera de La Tablas (CA-3100), una vía de 4 km de recorrido perteneciente a la red provincial (1) que une la Autovía de Sanlúcar con la carretera de El Barroso, también conocida como de Bonanza, de “Las Viñas” o “del Calvario” (2). Un siglo atrás, este camino era denominado Cañada de Marihernández y por su primer tramo discurría también, desde mediados del siglo XIX -como veremos- el Ferrocarril de Jerez a Bonanza. La carretera cruza hoy un hermoso paraje dejando a sus lados afamados pagos de viña, aunque lamentablemente ya se han perdido muchas de ellas. Así, a la derecha de la ruta se extienden, por este orden, los viñedos de los pagos de San Julián, Zarzuela y Añina mientras que a la izquierda lo hacen los de Marihernández, Las Tablas y Añina (3). ¿Nos acompañan?

Tras las huellas de Roma.



Nuestro recorrido comienza tomando el desvío señalizado en la autovía de Sanlúcar que deja a la derecha la viña Santa Honorata. Pintado en los tejados de sus lagares, como era tradicional hace unas décadas, se aprecia desde la carretera el nombre de la casa propietaria de estos viñedos: Sánchez Romate. Junto a la bodega está el carril de acceso al cercano enclave diseminado de El Polila que con Las Tablas y Añina forman una misma barriada rural. Este lugar toma el nombre de un conocido ventorrillo que a comienzos de la década de los 60 del siglo pasado se abrió en la zona. Por el apodo de “El Polila” era conocido su propietario, llegado de Trebujena, en torno a cuya venta se establecieron otras viviendas (4).

Ya en la carretera de Las Tablas, sale a nuestro encuentro, a la izquierda, la antigua viña de Candelero, que cuenta hoy con un establecimiento de hostelería, un “mosto”, que figura, junto al de Añina, entre los más renombrados de la campiña. En sus accesos, el paseante podrá observar una curiosa muestra de antigua maquinaria agrícola que se utilizaba en las faenas de la viña y la bodega, entre las que destaca una singular prensa. No en balde, la viña de Candelero, cuenta con más de un siglo y medio de historia a sus espaldas siendo una de las pocas de estos pagos que no ha cambiado de nombre tal como puede comprobarse en los planos y mapas de época.

Según distintos autores, este camino por el que ahora se traza la carretera pudo ser el que recorría hace 20 siglos la Vía Augusta, una de las más importantes de cuantas cruzaban la Bética (5). Partiendo de Gades (Cádiz) y pasando por el Portus Gaditanus (El Puerto de Santa María), esta antigua vía romana atravesaba las tierras de Añina en dirección a Hasta Regia para continuar después su largo recorrido hacia Roma. En épocas no muy lejanas, a mediados del siglo XIX, el mapa provincial de Francisco Coello (1868) aún daba constancia de ello señalando en estos parajes su hipotético trazado con la leyenda “vestigios de la vía romana” (6). Todavía hoy, la fotografía aérea nos revela el trayecto que seguía entre El Barroso y el cortijo de Tabajete hasta las inmediaciones de las Mesas de Asta, donde se encontraba la ciudad romana de Hasta Regia (7).

No es de extrañar por ello la aparición en estos parajes de restos romanos. De algunos nos daba cuenta ya en el siglo XVIII el historiador Bartolomé Gutiérrez quien al hacer balance de los vestigios arqueológicos jerezanos relata: “De estas Romanas memorias tenemos otras dos lápidas halladas a una legua de Xerez, en el pago llamado de San Julián. Agostando en la viña de D. Gerónimo Mures, Presvítero, descubrieron una Bóbeda ó Sepulcro de bien labrada Arquitectura con dos lápidas en los estremos, y sobre él una piedra ó Losa grande sin rótulo pero las otras dos estaban escritas con un epitafio cada una que contenían los enterramientos de Padre e hijo” (8). Una de estas lápidas tenía grabado el nombre de LVCIUS, mientras que la otra, en caracteres latinos rezaba “En este sitio reposa Lucio Alpidio hijo de Lucio. Séate la tierra ligera” (9).

Otra posible muestra de esta antigua presencia romana en la zona es el propio topónimo “Añina”. Al igual que sucede con Balbaina, al que se pone en relación con las posesiones de la familia de los Balbo, de la Gades romana; según distintos autores el nombre de Añina, de origen latino, apunta a un posible nomen possessoris, el de un romano llamado Annius (o Anius), nombre que consta en la epigrafía gaditana y que tal vez fuera uno de los primeros propietarios de viñas de la zona (10).

Continuando con nuestro camino, y dejando atrás Candelero, la carretera inicia ahora un suave descenso que deja a la derecha las tierras del pago de San Julián. Una puerta enrejada nos anuncia el camino de acceso a la antigua viña Las Conchas. Juan Pedro Simó desvelaba como este curioso patronímico femenino era debido a cuatro mujeres de nombre “Concha”, pertenecientes a la familia Pérez-Lila, antigua propietaria de la hacienda (11), que tiene su caserío principal en El Paraíso, una hermosa estancia rodeada de una frondosa arboleda y un cuidado jardín, visible desde la Cañada de Cantarranas.



Algo más adelante, frente a las primeras casas de Las Tablas y lindando con Las Conchas, una portada reclama nuestra atención: “Phelipe Zarzana Spínola”. Se trata del acceso a los cuidados viñedos de Ximénez-Spínola que, desde el s. XVIII vienen cultivando en exclusiva la variedad Pedro Ximénez, produciendo unos vinos sencillamente excepcionales, situados ya entre los de mayor calidad del marco.

Las Tablas. Un curioso pasado ferroviario.

Como se ha dicho, el primer tramo de la carretera por la que venimos recorriendo estos paisajes, sigue la huella de la antigua Cañada de Marihernández, pero como dato curioso, hace tan sólo cincuenta años podía verse también, junto al camino, la traza del Ferrocarril de Jerez a Bonanza que, con 29 km de recorrido, tenía parada en Las Tablas, donde se construyó un apeadero en el km 11,5 de la línea. Como nos recuerda el investigador Francisco Sánchez Martínez, el mejor estudioso de nuestro pasado ferroviario, “el apeadero fue abierto al servicio cuando se inauguró el trozo de Alcubilla a Sanlúcar el 30 de agosto de 1877 y se cerró cuando fue clausurada la línea el 1 de octubre de 1965, posteriormente fue demolido” (12). Se ha cumplido por tanto el 150 aniversario de la puesta en marcha de aquella línea que permitió que, durante casi un siglo, el tren circulara por estos pagos transportando hasta el embarcadero de Bonanza las botas de los caldos jerezanos y prestando un gran servicio a los trabajadores de las viñas de estos pagos.



Recuerda el citado autor que ya desde sus inicios todos sus trenes en ambos sentidos (hasta 8 servicios en 1878) paraban en el apeadero de Las Tablas “debido posiblemente al número de viticultores que se desplazarían a trabajar en las viñas colindantes” (13). Hasta tal punto debió estar concurrido el apeadero que la Dirección de los Ferrocarriles Andaluces reclamó ya en 1878 vigilancia de una pareja de guardias de la Guardia Rural jerezana en la estación de Las Tablas para que estuviesen presentes en las horas de salidas y llegadas de los trenes, al objeto de “observar un buen orden”, como sucedió. Una muestra de la permanente utilización de esta pequeña estación-apeadero fue la construcción en 1931 por parte del Ayuntamiento de una variante que desde el camino vecinal del Barroso (actual carretera del Calvario) enlazaba con la Estación de Las Tablas, esa misma vía que se conocería después como carretera de Añina-Las Tablas (14). Como recuerdo de aquel concurrido apeadero nos queda la imagen conservada por el Club Ferroviario Jerezano (15).

El núcleo rural de Las Tablas comenzó a desarrollarse a partir de la década de los 20 del siglo pasado cuando en torno al apeadero comenzaron a construirse las primeras chozas de los jornaleros de las viñas, en el llano conocido como Descansadero de las Tablas.



Este lugar, donde hoy se levanta la barriada, era un amplio espacio público de “10 aranzadas de extensión” situado en el cruce de la Cañada de las Tablas (que venía desde Montana) con la de Marihernández (16). Sin embargo, estos parajes tuvieron ya desde antiguo una importante población diseminada. De los pagos cercanos a la ciudad, las tierras de Añina, San Julián y Las Tablas siempre se encontraron entre las que contaban con más casas de viña, muchas con población estable. Por citar sólo algunos datos, recordaremos que, en el Nomenclátor de 1850, época de expansión del viñedo, se citan para Añina 55 viviendas, 33 para San Julián y 3 para El Barroso. Las Tablas no aparece todavía como diseminado. A finales de siglo, en 1892 se cuentan ya en Añina 74 edificios diseminados con 174 habitantes. San Julián tiene 21 edificios con 144 habitantes (17). En la década de los noventa del siglo pasado, entre los tres núcleos que integran la barriada rural de las Tablas, sumaban 500 vecinos. Hoy cuenta con unos 300 habitantes que se multiplican cada fin de semana con los muchos visitantes de sus conocidas ventas para degustar el mosto, el ajo campero y la berza. No en balde aquí se celebra desde 2004 en diciembre la popular Fiesta del Mosto, cita gastronómica ineludible que atrae cada año cientos de visitantes, como ha vuelto a suceder el pasado viernes 8 de diciembre en su XIV edición.

Por el pago de Añina.



Saliendo de Las Tablas, la carretera deja a la derecha la viña La Zarzuela, una finca segregada de Las Conchas, que cuenta con renovadas instalaciones de la mano de la empresa Spirit Sherry y donde se realizan interesantes actividades de enoturismo. Junto a ella están también las tierras de la antigua viña de la Vera Cruz que hoy se presenta ante el paseante en su portada con el nombre de “G.L.”.



La carretera sube ahora, camino de Añina, por una pequeña cuesta dejando a ambos lados tradicionales viñedos. A la izquierda, casi oculta entre los cipreses la Casa Viña del Alcalde, que fuera del editor y escritor Vicente Fernández de Bobadilla. Esta viña es la "protagonista" de su primer libro: "Huésped de mi viña", publicado en 1950 y que ha conocido recientemente una reedición en cuya portada figura un hermoso dibujo de esta viña.



Su autor fue uno de los máximos responsables de la prestigiosa revista Selecciones del Reader Digest, de la que llegó a ser vicepresidente y director de la edición para España e Iberoamérica. En su obra, recoge unas deliciosas descripciones de la vida en la viña, de sus tareas y de los paisajes de estos pagos de Las Tablas y de Añina.

A la izquierda del camino, aislado entre las cepas, llama la atención del paseante un antiguo caserón (Casa de María) desde el que se observa un amplio panorama.

Llegamos así al pequeño núcleo rural de Añina, construido en el descansadero del mismo nombre donde se cruzan la carretera de Las Tablas con la Hijuela de Añina.

Como se ha comentado, el nombre de Añina puede tener origen latino, lo que podría confirmar la antigua ocupación de estas tierras de albariza para el cultivo de la vid hace ya veinte siglos.

De lo que si hay constancia documental es de la presencia de viñedos en el Pago de San Julián, al menos desde 1392 y en Añina desde finales del siglo XV, por lo que los paisajes de vides y la elaboración de mostos y vinos viene desde antiguo (18).



Una parada en Añina, que cuenta también con un famoso “mosto” donde degustar los productos de la campiña, puede ser el pretexto para pasear por el camino que conduce a la Viña El Álamo, desde cuyo tramo final puede contemplarse un hermoso paisaje con las tierras de Montana, Prunes y Tabajete en el horizonte; o mejor aún, hacerlo por la Hijuela de Añina, que arranca junto al Mosto Añina por la que el paseante puede conectar con la cañada de Cantarranas. En ambos casos podremos observar los curiosos pozos de viña que se conservan a orillas del camino. Con bóveda de ladrillo y encalados de blanco, o construidos en sillares de arenisca de la Sierra de San Cristóbal, los pozos son ya valiosas muestras del patrimonio rural de la campiña que se están perdiendo con el tiempo y que bien merecerían conservarse ya que dan valor al paisaje del viñedo donde se asientan.



Siguiendo nuestro camino, vamos dejando a los lados antiguas casas de viña de nombres populares como La Blanquita-Las Boneas, a la izquierda, o Santa Luisa a la derecha, por citar sólo algunas. Pasado el km 1, a la izquierda de la carretera, se conserva una de las más antiguas que mantiene aún la fisonomía tradicional: El Almendral. Algo más lejos, adivinamos oculta entre cipreses sobre una colina la antigua viña El Aljibe, que se cuenta también entre las más nombradas de estos pagos como atestiguan los antiguos planos y mapas.



Nuestro camino llega a su fin y frente a nosotros vemos ya las dependencias del cortijo de El Barroso donde la carretera de las Tablas se une a la de Las Viñas o del Calvario. Este lugar, donde tradicionalmente hace su parada (“rengue”) la hermandad del Rocío de Jerez, era un importante descansadero de ganado conocido como Prado del Toro. Frente a él, a la derecha de la ruta, en su tramo final la finca colindante con la carretera lleva el curioso nombre de Haza del Mármol, un topónimo que de nuevo nos remite a la historia y a la presencia romana en estas tierras de Añina. El viajero podrá observar aquí, casi llegando al cruce, dos antiquísimos pozos con abrevaderos. Junto a ellos se descubrió en 1893 una importante inscripción romana de la que sólo pudo extraerse un fragmento, tal como se relata en el escrito que el entonces archivero municipal de Jerez, D. Agustín Muñoz Gómez, remite a Fidel Fita, presidente de la Real Academia de la Historia relatando el hallazgo.



En su carta, nuestro archivero informa de una "preciosísima reliquia epigráfica del siglo IV con calco”, señalando también que ”existe otra parte, pero es muy difícil recuperar". Al parecer, había tenido conocimiento de ella en una visita a casa de D. Juan Fadrique Lassaletta y Salazar, su descubridor, en cuya finca de El Higuerón los trabajadores encontraron la inscripción (“el mármol”) que localizaron aproximadamente “…en el vallado… frente al pozo del cortijo del Barroso”. Lamentablemente sólo pudieron tomar de ella un pequeño fragmento ya que, como recuerda Muñoz y Gómez en su carta a Fita: “Respecto á la importante lápida cristiana de “Hasta Regia”…al excavar para reformar el vallado, salió en lo más hondo de la excavación la piedra; comprendiéndose que, no pudiendo los operarios quitarla, por lo grande, procuraron partirla de cualquier modo. Según nuestro archivero, el texto legible en el fragmento de lápida recuperada decía lo siguiente: “(Roma) la Sacra Roma, dióle la vida, el aliento y nombre: Así el (Dios) uno y trino conceda gozar del cielo...” (19).

Ya en el cruce de la carretera del Calvario, una vez terminado nuestro recorrido, regresamos a Jerez dejando atrás las tierras de Las Tablas y de Añina a las que volveremos de nuevo en primavera, cuando las viñas empiecen a pintar de verde las albarizas de estos hermosos paisajes cargados de historia.

Para saber más:
(1) Red de carreteras de Andalucía. Provincia de Cádiz, Consejería de Obras Públicas y Transportes, Junta de Andalucía, 2008, p. 29
(2) García Lázaro, J. y A.: Por la carretera del Calvario: buscando el Guadalquivir (1), Diario de Jerez, 1 de junio de 2014.
(3) Una visión de los pagos de viñas y del viñedo de este sector de la campiña, tal como era hace un siglo puede obtenerse consultando López-Cepero, Adolfo.: Plano Parcelario del término de Jerez de la Frontera. Dedicado al Excmo. Sr. D. Pedro Guerrero y Castro y al Sr. D. Patricio Garvey y Capdepón. 1904. patrocinadores del proyecto, por D. Adolfo López Cepero.- Año de 1904. Escala 1:25.000.
(4) Plan Especial de Hábitat Rural Diseminado El Polila. Área de Planeamiento, Delegación de Urbanismo, Ayuntamiento de Jerez, 2012, p. 5.
(5) Ruiz Castellanos A., Vega Geán E.J. y García Romero F.A.: Inscripciones latinas de Jerez de la Frontera. Epigrafía y contexto, Editorial UCA – Diputación de Cádiz, 2016, p. 173. Ver también, a este respecto: López Amador J.J. y Pérez Fernández E.: El Puerto Gaditano de Balbo. El Puerto de Santa María. Cádiz. Ediciones El Boletín. 2013, págs. 163-164.
(6) Coello F.: Mapa provincial de Cádiz. 1868
(7) López Amador J.J. y Pérez Fernández E.: El Puerto Gaditano de Balbo, Op. Cit., p. 164.
(8) Gutiérrez, B.: Historia de la Muy Noble y Leal Ciudad de Xerez de la Frontera, Jerez, 1886 edición facsimilar de 1989, t. I, p 82.
(9) Ruiz Castellanos A., Vega Geán E.J. y García Romero F.A.: Inscripciones latinas… Op. Cit. p.174-175
(10) Ibidem, p. 173 y Padilla Monge, A.: La transferencia del poder de Gades a Asido. Su estudio a través de la perspectiva social. Habis, 21, 1990, pg. 249.
(11) Simó J.P.: José Luis Torres: empresario; Diario de Jerez, 21 de septiembre de 2014.
(12) Sánchez Martínez, F.: Las estaciones jerezanas, Revista de Historia de Jerez, Vol. 16-17, pp. 249-275, 2010, p. 265.
(13) Sánchez Martínez, F.: Ferrocarril de Jerez a Sanlúcar de Barrameda y Bonanza (1877-1965), Revista de Historia de Jerez, Vol. 14-15, pp. 311-330, 2008-2009, p. 320.
(14) Sánchez Martínez, F.: Las estaciones jerezanas… Op. cit. p. 265.
(15) La imagen del apeadero de Las Tablas está tomada de la magnífica página web del Club Ferroviario Jerezano, imprescindible para conocer nuestro pasado ferroviario.
(16) Clasificación de las Vías Pecuarias Término municipal de Jerez. Ayuntamiento de Jerez, 1948.
(17) Los datos han sido tomados del Nomenclátor de la provincia de Cádiz. 1850 y del Nomenclátor de las ciudades villas, lugares… de España, en 1º de Enero de 1888. Cuaderno 11, provincia de Cádiz, ambos disponibles en el Archivo Municipal de Jerez.
(18) Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 2004, pp. 147 y 154.
(19) García Lázaro, J. y A.: Por la carretera del Calvario: buscando el Guadalquivir (1), Diario de Jerez, 1 de junio de 2014. Agradecemos a nuestro amigo, el historiador Jesús Caballero Ragel, la transcripción del documento titulado "Carta de A. Muñoz y Gómez donde informa a F. Fita del hallazgo de una "preciosísima reliquia epigráfica del siglo IV" con calco; existe otra parte, pero es muy difícil recuperar", donde se da cuenta de los restos encontrados en El Higuerón en 1893. Puede consultarse en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Paisajes con Historia, Carreteras secundarias, Cortijos, viñas y haciendas, Rutas e itinerarios

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 10/12/2017

 
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