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Las aguas del olvido.
Un paseo con Antonio Muñoz Molina por el Guadalete y sus mitos.



Nadie cruzaba el río, aunque estaba muy cerca la otra orilla, tal vez porque la mirada no podía encontrar en ella nada que no hubiera a este lado, y porque quien cruza un río parece que deba exigir alguna compensación simbólica, que en este caso quedaba descartada por la cercanía y la similitud. Todo era igual a ambos lados, las mismas dunas y yerbazales tendidos por el viento del mar, el mismo brillo salino en las crestas de arena. El perro, Saúl, cruzó el río por la mañana, persiguiendo algo que Márquez había arrojado a la otra orilla con un rápido ademán en el que entonces no advertí premeditación, sino una de esas decisiones baldías que dicta el tedio. Saúl nadó ávida y ruidosamente, alzando el hocico sobre el agua revuelta, y cuando emergió al otro lado pareció que se hubiera extraviado. Sacudiéndose la pelambre empapada deambuló por la orilla y estuvo ladrando un rato con quejidos de lobo, sin atender al silbido ni a las voces de Márquez. A media tarde me di cuenta de que aún no había regresado.

Esta mañana, mientras tomábamos el aperitivo en la penumbra de la biblioteca, Márquez me dijo el nombre del río, Guadalete, y apeló a un par de diccionarios geográficos para explicarme su etimología. Siento no haberlo escuchado entonces; supongo que si lo hubiera hecho no habría sabido evitar nada. Márquez abrió uno de sus diccionarios y buscó la palabra, deteniendo en ella su dedo índice, pero yo casi no le hice caso; atento a mi martini, a la ventana que da a la pista de tenis, a las dunas de este lado, al río. “Palabra compuesta de una doble raíz griega y árabe”, dijo Márquez, leyendo


Con este misterioso comienzo arranca el relato “Las aguas del olvido”, del escritor Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956), una de las piezas más sugerentes que integran Nada del otro mundo (1993) obra de recopilación de distintos textos de narrativa breve de este autor, uno de los mejores novelistas de nuestros tiempos (1).

Publicado por primera vez el 5 de agosto de 1987 en la edición impresa del diario El País, en la sección de Lecturas de Verano, guardábamos en nuestros archivos este relato puesto que en el cobra un especial protagonismo nuestro río, el Guadalete, y los mitos que en torno a él y al origen de su nombre se han tejido a lo largo de los siglos.

Guadalete: el río del olvido. Los ecos de un mito.



En uno de los pasajes del relato, Muñoz Molina, en boca de uno de sus personajes recuerda que etimológicamente Guadalete significa “el río del olvido”, dejándose así arrastrar por la plácida corriente de los mitos.

Y es que el nombre de nuestro río no cuenta todavía con explicaciones convincentes y fuentes documentales que confirmen su origen cierto, por lo que resulta mucho más sugerente adentrarse en ese paisaje difuso que la mitología y las leyendas se han encargado de dibujar a lo largo de los siglos y que ha estado presente en la historiografía clásica. Así, nuestros eruditos empiezan y no terminan en lo que a la atribución de nombres fabulosos a nuestro río se refiere: Eumenio, Tanagra, Belo o Belión (por la celeridad o velocidad con que corre, como decía Gamaza). Avieno lo identifica con el Chryso o Chrysauro por ser tierra rica en metales, que tomara su nombre de Gera Chrysaor, padre de Gerión, como recuerdan también Bartolomé Gutiérrez y Francisco Mesa Xinete. (2). Sin embargo, el nombre que cuenta con más adeptos es el de Lete (o el de sus formas Lethe, Leteo o Letheo), que encierra tras de sí no pocas leyendas de las que no dudaron en apropiarse los historiadores locales.

Como bien recuerda Parada y Barreto, el nombre del nuestro río fue el “culpable” de esta inevitable tendencia a situar en nuestra tierra numerosos escenarios de la mitología clásica ya



que “todo lo que se cuenta en los antiguos escritores sobre la ciudad y los campos de Tartesia, se ha aplicado á Jerez como se le ha aplicado también todos los cuentos mitológicos de la Bética, y cuanto la antigüedad nos ha transmitido de esta rica y fértil comarca: no habiendo contribuido poco a estas suposiciones el nombre del Guadalete que ha servido para suponerlo el famoso Lethe mitológico ó río del olvido" (3).

Conviene recordar que, en la mitología griega, el Lete, río del olvido, es uno los que fluye por el Hades, el inframundo donde también se encuentra el Tártaro, nuestro Infierno. El Lete o Leteo recorre los Campos Elíseos y en sus plácidas orillas vagan las almas de los muertos que, bebiendo de sus tranquilas aguas, se olvidan de todo lo que fueron en su vida terrestre. Beber las aguas del Leteo hace olvidar el pasado.



Desde antiguo, numerosos autores aluden a la vinculación de nuestro Guadalete con el mítico río Leteo. Suarez de Salazar (1610), refiriéndose a él, señala que “a este río llamaron Lethe, que es lo mismo que olvido, o muerte” (4), y Sebastián de Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana (1611) escribe que Guadaletevale tanto como el río del olvido” (5).

El jesuita Martín de Roa (1617), en una deliciosa descripción geográfica del Guadalete, se deja llevar de la mano del nombre del río relacionando nuestra comarca con los escenarios de los mitos griegos. Así, refiriéndose al territorio que recorre escribe que: “Toda la tierra que baña es por estremo fertil, apazible, templada en el ibierno, i no rigurosa en el estio. De aquí fue la invención de los Campos Elisios, donde fingieron los Poetas, que olvidadas las almas de las miserias de la vida pasada, gozavan de otra feliz, y bienaventurada: siendo asi… que ninguna otra cosa querían significar con esto, sino que eran dichosos i bienaventurados aquellos, a quien cupo en suerte la abitacion desta tierra: cuya lindeza, frescura i conmodidades, tales, i tantas eran, que gustandolas los Griegos inventores destas



fabulas, avian olvidado su patria, i avezindadose en esta. De aquí tomó primero el nombre de Lethe, o de olvido, que es lo mismo. Confirmole después, según escriven algunos de nuestros Autores, con las pazes que allí juraron los Cartagineses, i andaluzes de la costa, anegando en sus aguas la memoria de las injurias pasadas
” (6).

En este breve relato, apunta ya Martín de Roa las distintas variantes a las que se atribuye el nombre de “río del olvido”. La primera es su mítica vinculación con el Leteo que atraviesa los Campos Elíseos que hace olvidar el pasado a quien bebe sus aguas. La segunda interpretación apunta a como las bondades del territorio que baña, retienen a sus visitantes haciéndoles olvidarse de sus familias y de su tierras. La tercera, las treguas y acuerdos de paz que en sus orillas establecieron los cartagineses y los antiguos pobladores de la región, lo que supuso el “olvido” de las guerras y contiendas mantenidas por el dominio del territorio. Estas versiones se repetirán, con diferentes variantes y añadidos, en todos los autores que desde el siglo XVI se refirieron al “río del olvido”.

Uno de los muchos testimonios que abundan en estas versiones es el que aporta, casi por las mismas fechas, el escritor y mitógrafo franciscano Baltasar de Vitoria en su Teatro de los dioses de la gentilidad (1620). Refiriéndose a Caronte escribe que “El río en que este fiero Barquero trae su Barca se llama Leteo: es nombre Griego, y en Latín corresponde a oblivio, que quiere decir olvido”. Tras señalar las distintas localizaciones apuntadas por autores clásicos se inclina por que “la más cierta opinión de todas, es que el río de Guadalete, que entra en la baya del Puerto de Santa María, y Cádiz, es el Leteo; y esto se confirma con la etymología del vocablo, que antiguamente no se llamaba sino Lete, que quiere decir olvido, a la qual palabra, los Árabes Moros que ocuparon España, le añadieron esta palabra, Guada, que quiere dezir río; y así Guadalete quiere dezir Rio Leteo…. El mencionado autor apunta también otra fuente de autoridad, haciendo alusión del relato del historiador romano Lucio Aneo Floro: “Y confirma bien esta opinión lo que dize Lucio Floro que los soldados de Decio Bruto rehusaron pasar el Río Guadalete, temiendo olvidarse de su patria Roma, de sus hijos y mugeres; y llámale este autor refiriendo esto Flumen oblivionis” (7).

En las orillas del Leteo.



Junto a los testimonios de muchos autores que identifican por la similitud fonética nuestro Guadalete con aquel mítico Lete o Leteo, no faltan tampoco quienes reservan este nombre para el Limia, río gallego a cuyas aguas se atribuyen también las mismas propiedades de hacer olvidar el pasado a quien las cruza y bebe y en cuyas orillas sitúan también el episodio descrito por Lucio Floro. Éste, por su fuerte carácter simbólico, ha sido uno de los más repetidos por los historiadores. En él se alude a un hecho protagonizado por el general romano Décimo Junio Bruto (siglo II a.C.) quien en sus acciones militares contra los rebeldes indígenas, llegó hasta las orillas del legendario Leteo (nuestro Guadalete para unos o el Limia para otros). Los soldados se negaron entonces a cruzar sus aguas por temor a olvidarse de su identidad, de sus mujeres e hijos y de su patria. Junio Bruto tomó entonces el estandarte de la legión, cruzó las aguas del Leteo y, desde la otra orilla comenzó a llamar uno a uno a sus soldados. Mencionó sus nombres y sus lugares de origen, convenciéndolos de que no tenían que temer olvidar nada al cruzar sus aguas, con lo que, libres de los prejuicios del mito, así lo hicieron (8).

Otra de las leyendas ligadas a nuestro Guadalete y a la vinculación de su etimología con el olvido, es la que hace alusión al hecho de que en sus orillas firmaron paces y treguas, olvidando las rencillas pasadas los cartagineses y sus aliados afincados en las Islas Gaditanas, con los Menesteos e indígenas, ocupantes de los territorios situados en la orilla derecha del río. Muy repetida en la historiografía clásica, traemos aquí el relato recogido por Rallón, en su Historia de Xerez, donde la descripción de la escena alcanza tintes épicos.

Comenzaron a marchar los dos campos por las dos orillas de el Guadalete. El de los cartagineses salió de Cadiz por tierra, y ocupó la ribera oriental de este río, hasta llegar en frente de la sierra que hoy llamamos de San Cristóbal. Los del Puerto (Menesteos) salieron por la opuesta, y llegaron a donde están hoy las huertas de Sidueña, y se pusieron los dos ejércitos a la vista, teniendo el río en medio, y aguardando cada uno a que el enemigo lo esguazase para comenzar la batalla. Los cartagineses, que no entendieron que el negocio llegara a aquel estado, ni que los menesteos pudieran agregar tan poderoso ejército,



trataron de tregua por algunas horas, en las cuales comenzaron a moverse tratos de paz; y quebrado el primer furor, se concertaron sin llegar a las manos. Hiciéronse las paces… y para que fueran firmes, juraron los unos y los otros que en general olvidarían las injurias, ofensas y agravios pasados, sin que quedase memoria, ni rencor, ni satisfaccion; quedando tan sin acuerdo, como si no hubieran sucedido
”. A partir de entonces, escribe Rallón, llamaron al río “con el nombre Letes… que quiere decir agua de olvido, el cual le dura hasta nuestro tiempo, con el adito de Guada, que los moros le pusieron en su lengua arábiga, llamandole Guadalete" (9).

Las aguas del olvido: con Antonio Muñoz Molina por el Guadalete.



El Guadalete fluye en la actualidad placido y lento a su paso por Jerez y al dejar atrás El Portal, divaga por una extensa marisma antes de llegar a El Puerto de Santa María para unirse al océano. En sus aguas navegan también los mitos y leyendas que se han ido creando en veinticinco siglos de historia y que ya para siempre lo asocian al “Río del olvido”. El simbolismo de esta idea (quien lo cruza y bebe sus aguas olvida su pasado) inspiró sin duda a Antonio Muñoz Molina para escribir el relato “Las aguas del Olvido”, con el que iniciamos este artículo, y en el que se recrea en nuestro río y sus mitos.

Con un trasfondo de suspense, el autor logra crear una atmósfera envuelta por un aire de misterio donde el narrador descubre que en su origen etimológico, el nombre del Guadalete guarda una grave advertencia: quien cruce sus aguas perderá la memoria de cuanto ha sido. Y eso es lo que les sucede inexorablemente, uno tras otro, a sus personajes. El perro Saúl, al lanzarse al río persiguiendo un objeto que su dueño ha lanzado a la otra orilla, saldrá del agua desorientado y extraviado. Una sirvienta del hotel donde transcurre la historia, nadará una noche hasta la ribera opuesta del Guadalete para un encuentro amorosa y, a la vuelta, regresará habiendo olvidado todo lo que sabía. Un marido celoso, Márquez, encontrará la forma de deshacerse del amante de su mujer haciéndole cruzar el río, consiguiendo así que deje atrás su memoria y no reconozca a nadie… El propio Márquez, protagonista del relato –junto al Guadalete- atraviesa finalmente “las aguas del olvido” en una suerte de suicidio, para desprenderse así de sus desdichas y su anodina vida, consciente de que cuando vuelva no recordará nada de su vida anterior….

Y es que, al identificar el Guadalete con el Leteo y recrearse en su etimología de “río del olvido”, Muñoz Molina pone la clave de su relato en la fuerte carga simbólica del mito porque, como escribe: “el río del olvido…era la frontera entre el reino de los vivos y el de los muertos. Quien lo cruza pierde la memoria”.



No dejen ustedes de leer este hermoso relato, mejor a orillas de nuestro Guadalete. Pero por si acaso absténganse de cruzarlo…

Para saber más:
(1) Muñoz Molina, A.: “Las aguas del olvido”, en Nada del otro mundo, Seix Barral, Biblioteca Breve, 1993. Publicado por primera vez en El País, Relatos de verano, 05/08/1987.
(2) De las Cuevas, J. y J.: Puerto Serrano, Departamento de Publicaciones de la Diputación provincial de Cádiz, 1964, pp. 23-24
(3) Parada y Barreto D.I.: Hombres ilustres de la ciudad de Jerez de la Frontera. Imprenta del Guadalete, Jerez, 1878, pg. IV.
(4) Suarez de Salazar, J.B.: Grandezas y antigüedades de la ciudad de Cádiz, 1610, lib. I, cap. V, pg. 62-63., disponible en internet.
(5) Covarrubias, S.: Tesoro de la lengua castellana, 1611, pg. 452, voz Guadalete
(6) Martín de Roa (1617): “Santos Honorio, Eutichio, Eſtevan, Patronos de Xerez de la Frontera”. Edición Facsímil, Ed. Extramuros Edición S.L., 2007. Cap XVI, pp. 54-55.
(7 ) Baltasar de Vitoria: Teatro de los dioses de la gentilidad, Valencia, Edición de 1646, Libro 4, Cap. 7, pp. 396-397. Citado también en Gutiérrez, B.: Historia de la Muy Noble y Leal Ciudad de Xerez de la Frontera, (Jerez, 1886 edición facsimilar de 1989, t. I, p. 144.
(8) Así lo cuenta también, con algunas variaciones, Gutiérrez, B.: Historia de la Muy Noble y Leal Ciudad de Xerez de la Frontera, (Jerez, 1886 edición facsimilar de 1989, t. I, pp. 144-145.
(9) Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Ed. de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. I, p. 40.


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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 27/11/2016

En los “elíseos jerezanos prados” con Don Quijote.
Un recorrido por los paisajes de la campiña de la mano de Cervantes




A buen seguro que todos los lectores conocen que el primero y más grande propagandista de la bondad de nuestros caldos fue William Shakespeare cuando, a través de Fasltaff, uno de los personajes de su obra Enrique IV, dice al príncipe Harry antes de la batalla aquello que, desde entonces, es el mayor de los elogios que pueda hacerse al vino de Jerez: “Si mil hijos tuviera, el primer principio humano que les enseñaría sería abjurar de toda bebida insípida y dedicarse por entero al jerez”.

Pero si el insigne dramaturgo inglés se fijo en nuestros vinos, otra de las primeras figuras de la literatura universal, su coetáneo y no menos célebre Miguel de Cervantes, lo hizo en nuestros campos. A diferencia de lo que sucedió con la famosa frase de Shakespeare, las palabras de Cervantes sobre los campos y las tierras de Jerez, no han gozado del mismo reconocimiento y han sido mucho menos recordadas, siendo tanto o más elogiosas que aquellas.

Hace tan sólo unos años, con motivo de la celebración del cuarto centenario de la publicación de El Quijote, diferentes estudios y artículos nos ilustraron acerca de la relación de Cervantes y El Quijote con Jerez y con Andalucía. Como denominador común, junto a múltiples referencias a personajes, y lugares vinculados con esta tierra, figuraba en todos ellos una hermosa cita en la que se hace alusión a



una escena recogida en el capítulo XVIII de esta obra. Se relata aquí como Don Quijote y Sancho contemplan sobre una loma dos grandes rebaños de ovejas “que a Don Quijote se le hicieron ejércitos”. Nuestro personaje, en su delirio, comienza a dar detalles de los caballeros que componen las huestes, así como los lugares de procedencia de las tropas diciendo:

"En estotro escuadrón vienen los que beben las corrientes cristalinas del olivífero Betis; los que tersan y pulen sus rostros con el licor del siempre rico y dorado Tajo; los que gozan las provechosas aguas del divino Genil; los que pisan los tartesios campos, de pastos abundantes; los que se alegran en los elíseos jerezanos prados; los manchegos ricos y coronados de rubias espigas; los de hierro vestidos, reliquias antiguas de la sangre goda…”

Con esas escuetas y hermosas palabras puestas en boca de Don Quijote, está refiriéndose Cervantes a los caballeros jerezanos y definiendo nuestra tierra, diciendo de ella que es un “paraíso”. Aunque el epíteto de “elíseos” siempre se asocia a “campos”, Cervantes utiliza el sustantivo “prados”, tal vez para evitar la repetición del vocablo ya que en la misma enumeración se acaba de referir a “los tartesios campos”. Sea como fuere, el más universal de nuestros escritores está equiparando nuestra tierra, nada menos que con los Campos Elíseos.

Los Campos Elíseos y la campiña de Jerez.



En la mitología griega, los Campos Elíseos eran algo parecido al cielo, al paraíso: un lugar sagrado y apacible, un territorio afortunado, donde las almas de los hombres justos, favorecidos por los dioses, llevaban una existencia dichosa y feliz. Todo ello en medio de hermosos paisajes verdes y floridos en los que reinaba una eterna primavera y donde se disfrutaban los placeres que más se habían deseado. Estos lugares deliciosos estaban surcados por el río Leteo, cuyas aguas hacen olvidar a quienes las beben todos los males de la vida.

Al calificar de “elíseos” nuestros “prados”, Cervantes no hace sino recoger una tradición, de la que encontramos muchas referencias en la historiografía jerezana, que desde antiguo se recrea en el mito de que el río Guadalete debe su nombre a aquel Leteo (también denominado Letheo o Lete), con el que lo identificaron eruditos e historiadores locales. Los campos jerezanos por los que cruza dicho río deben ser, por esa razón, los Campos Elíseos.

A comienzos del siglo XVI, el Padre Martín de Roa ya da cuenta de ello en su obra “Santos Honorio, Eutichio, Eſtevan, Patronos de Xerez de la Frontera”. Así, en el capítulo XVI que dedica al Guadalete, señala (literalmente) que : “Toda la tierra que baña es por estremo fértil, apazible, téplada en el ibierno, i no rigurosa en el estio. De aquí fue la invención de los campos Elisios, donde fingieron los Poetas, que olvidadas las almas de las miserias de la



vida pasada, gozavan de otra feliz, i bienaventurada: siendo asi… que ninguna otra cosa querian significar en esto, sino, a quien cupo en suerte la abitación de esta tierra, cuya lindeza, frescura i conmodidades tales, i tantas eran, que gustandolas los Griegos inventores destas fabulas, avian olvidado su patria, i avezindadose en esta. De aquí tomó primero el nombre de Lethe, o del olvido, que es lo mismo
”. (1)

A mediados del s. XVII, Fray Esteban Rallón en su Historia de la Ciudad de Xerez de la Frontera (2), abunda también en esta idea que la historiografía más tradicional de nuestra ciudad recoge con gran profusión. Aunque lo cita en muchos pasajes de su obra, es en el capítulo XIX de su Tratado Último, titulado “Lo que los antiguos sintieron y dijeron de esta tierra y porqué eran llamados los Campos Elísios”, donde Rallón argumenta largo y tendido sobre las bondades de nuestra tierra y ubica en nuestros campos, regados por el Guadalete, este lugar mitológico. Así es como lo narra: “Está esta tierra situada debajo de tan favorables constelaciones que la ha hecho siempre apreciable a la naturaleza humana, convidando a los hombres con sus comodidades, y atrayendo sus voluntades, con tanta violencia, que les ha hecho olvidar la tierra de su nacimiento. Y así hemos de decir que los poetas antiguos, que ignoraban la bienaventuranza juzgando lo natural y que los dioses tenían algún sitio en la tierra separado para ella, no hallando otro de mayores comodidades para premio de buenas obras que este, dijeron que en él habían de gozar de descanso los que lo mereciesen



por sus buenas obras…
(pg. 184-185). En otro pasaje de esta misma obra menciona que: “Y si por algún sitio del mundo pudieron fingir los poetas de que los hombres que llegaban a él se olvidaban de sus patrias, y se quedaban a morar en él como en paraíso de la tierra, es este (refiriéndose a la tierra de Jerez) y toda la comarca de la Andalucía,… y en ellos fingieron el paraíso porque el que llegaba a esta tierra no se acordaba de otra, por lo cual llamaron río del Olvido a nuestro Guadalete, porque , como si sus aguas lo infundieran, dijeron que ellas lo suyo citaban en los que las bebían, haciendo ficción de la verdad y atribuyendo al agua lo que obra la abundancia de la tierra, la serenidad del aire, el temple de la situación, la alegría de su suelo, mar y cielo…” (pg. 174).

El historiador Bartolomé Gutiérrez, en su Historia de Xerez de la Frontera (1787) se hace también eco de los mitos relativos a los Campos Elíseos y el Leteo: “Después de pasar el Rio Letheo, que es nuestro Guadalete, viniendo de el estrecho hacia el Betis, se colocaban los Elisios campos, hasta dar con el Rio Tarteso, que es el Guadalquivir; y en nuestro Guadalete decían estaba la Barca de Acheronte, para pasr las almas del lugar que les pertenecía, según sus obras, al que presentaba buenos méritos entraba a gozar de las fertilidades, y sosiego de los Elisios campos; pero al que llevaba malos papeles lo conducía el Barquero por el Rio abajo, y dando en la entrada del Oceano con la boca del Tarteso, lo entregaba en aquella tartárea región para que fuese a penar sus delitos”. (3)



Todos estos autores publicaron sus obras con posterioridad a la aparición de El Quijote, por lo que Cervantes se debió nutrir de las numerosas referencias que aparecen en obras anteriores, que abundaban en la extendida creencia de que los Campos Elíseos y el río Leteo se ubicaban en nuestro territorio.

En un completo estudio sobre “Jerez en El Quijote” el profesor Marciano Breña recoge también esta cita y amplía la interpretación tradicional hacia otras consideraciones de gran interés. Señala así que Cervantes “…cita a los prados, pero ¿como sinónimo de viñas o en el sentido de praderas, y campiñas en general, agradables de ver y vivir?. Los califica de elíseos, equiparándolos hiperbólicamente a los campos donde, en la mitología griega, habitan las almas de los hombres tras la muerte y, de hecho, en la literatura clásica no era rara la asimilación entre la sensación que provoca el vino y la situación del alma desligada de



materia. Sin embargo el predominio de la viña en el paisaje jerezano es posterior a la época de los libros de caballería y a la de Cervantes porque su lugar estaba ocupado por el olivar y los pastos, lo que no obsta para una inveterada fama de sus vinos; pero la expresión “alegran” alguien puede traducirla sin metáfora por “embriagan”. La explicación está en el gusto por el uso de palabras y frases con doble sentido muy propio de Cervantes cuando habla por sí mismo, como precursor del conceptismo, reservando el culteranismo como modo expresivo del ingenioso hidalgo (aunque en tal caso paradójicamente éste es el que habla)
. (4)

En esta cita repara también, el profesor Francisco Antonio García Romero quien en un interesante estudio titulado “Jerez en El Quijote (y viceversa)” señala que “...era lógico que fueran “elíseos” los “jerezanos prados”, si al Guadalete se lo identificaba tradicionalmente con el Lete, el infernal río “del olvido”.(5)



Y a nosotros ya sólo nos resta recrearnos, una vez más, en nuestros campos, en las colinas y vegas de esta tierra cruzada por el Guadalete (al que hemos sorprendido estos días transformado en el mítico Leteo), en la belleza serena de los paisajes de la campiña… para acabar pensando, como Cervantes, que estos son los auténticos “elíseos jerezanos prados”.


Para saber más:
(1) Martín de Roa (1617): Santos Honorio, Eutichio, Eſtevan, Patronos de Xerez de la Frontera. Edición Facsimil, Ed.Extramuros Edición S.L., 2007.
(2) Rallón, Esteban.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación. Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. IV.
(3) Gutiérrez, Bartolomé.: Historia del estado presente y antiguo de la mui noble y mui leal ciudad de Xerez de la Frontera. Edición facsimil. BUC. Ayuntamiento de Jerez, 1989, vol II, pg. 142.
(4) Breña Galán, M.: Jerez en El Quijote. Celtiberia.net, 13/07/2006
(5) García Romero F.A.: Jerez en El Quijote (y viceversa). Real Academia de San Dionisio.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 14/12/2013

 
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