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Una excursión botánica.
Con el Padre Vicente Jiménez Gámez por la campiña de Jerez en 1915.


Junto a los variados testimonios gráficos y documentales que sobre la flora y vegetación del entorno de la ciudad se conservan, sobresale por su especial valor didáctico el de D. Vicente Martínez Gámez. Presbítero, Camarero de honor de su Santidad y Catedrático de Historia Natural en el Instituto de Jerez, Martínez Gámez fue también un enseñante innovador en el campo de las Ciencias Naturales y en la utilización de los recursos del entorno como recurso didáctico.

Durante su etapa de trabajo en nuestra ciudad, en la segunda década del siglo pasado, publicó un curioso libro que con el título “Recuerdo de unas excursiones botánicas” (1) recoge una muestra de los trabajos que realizó con sus alumnos. En esta pequeña publicación de gran valor documental, deja testimonio de las especies arbóreas y arbustivas que podían ser vistas en el Jerez de 1915, así como una selección de las plantas herbáceas más significativas que crecían en los alrededores de la ciudad, con especial mención a las orquídeas.

Algunos apuntes biográficos.

Hijo de una familia acomodada, nació en 1870 en Jimena, Jaén. Se ordena sacerdote y estudia Ciencias Naturales, su gran vocación y ya desde 1897 figura como miembro de la Real Sociedad Española de Historia Natural. En 1906 lo encontramos como profesor de Ciencias Naturales en el sevillano Colegio Calasancio, formando también parte de la Junta Directiva de la citada Sociedad donde ocupa el cargo de vicesecretario en la sección de Sevilla (2). Será en este año cuando publique, como especialista en el estudio de las aves, sus “Apuntes para la Ornitología andaluza y de España en general” (3). Entre otros muchos datos de interés, se recogen en esta obra citas sobre la presencia de la rara malvasía en nuestro entorno (4).

En 1910, año de su llegada al Instituto de Jerez, La Correspondencia de España da cuenta en su sección de Mundo Eclesiástico que “el virtuoso sacerdote y doctor en Ciencias, D. Vicente Martínez Gámez, ha sido nombrado camarero de honor de Su Santidad” (5). Entre 1910 y 1015, durante su estancia en el Instituto jerezano que se ubicaba entonces en la Alameda de Cristina, realizará con sus alumnos diferentes excursiones. Además del libro ya mencionado, publicará también un folleto sobre orquídeas con láminas en colores (6). Del Instituto de Jerez pasará al de Cádiz, donde repetirá las excursiones y visitará con sus alumnos en diferentes ocasiones los pinares de Las Canteras de Puerto Real, desplazándose en tren desde la capital. De una de estas excursiones, la que realiza en la primavera de 1920, saldrán después las notas para su libro “El paraíso de las orquídeas”, que verá la luz en 1921, un delicioso trabajo en el que amplía y completa los estudios sobre estas plantas ya iniciado en Jerez unos años antes (7).

En 1934 lo encontramos en el Instituto Alfonso X el Sabio de Murcia y el curso siguiente, pasará a ocupar la plaza de catedrático de Historia Natural y Fisiología e Higiene en el Instituto de Castellón (8). En este mismo año publica “Fábulas Morales”, un libro para niños con deliciosos grabados a linóleo (9). Lamentablemente, su vida tendrá un trágico final y en plena Guerra Civil, el 15 de mayo de 1937, cuando contaba la edad de 67 años, fue asesinado, como otros sacerdotes, en Paterna (Valencia) (10).

Un profesor innovador.

Pero volvamos a sus años en el Instituto de Jerez, en la segunda década del siglo pasado, donde Martínez Gámez llega con 40 años y donde desarrolla una interesante labor educativa. Y es que, además del valor testimonial que tienen sus trabajos sobre la flora de nuestro entorno, vistos un siglo después, la aportación del padre Vicente Martínez tiene un marcado carácter pedagógico que conecta con las corrientes más innovadoras del momento. La utilización del medio como elemento didáctico estuvo presente en los movimientos educativos renovadores de finales del siglo XIX representados en España por la Institución Libre de Enseñanza. De la mano de su creador, D. Francisco Giner de los Ríos, el estudio de la naturaleza, las excursiones geológicas y botánicas y la observación científica, cobraron un inusitado protagonismo. Las experiencias de D. Vicente Martínez, así como la de otros profesores del Instituto de Jerez, entroncan con esta misma línea renovadora.

Como apoyo práctico a los programas académicos, no dudaba en combinar las explicaciones teóricas con los trabajos prácticos en el Laboratorio de Ciencias Naturales y las excursiones con finalidad didáctica. Entre 1910 y 1915, las memorias del instituto recogen las salidas con sus alumnos a los pinares de Las Canteras de Puerto Real, a la Estación Sericícola o las Dunas del Guadalete en El Puerto de Santa María, o a la Granja Escuela de Jerez (11). De la misma manera organiza excursiones por los alrededores de la ciudad al objeto de estudiar la flora y vegetación, los minerales, los animales... Entre los lugares destino de esas salidas se encuentran La Sierra de San Cristóbal, Cerro Frutos, Los Albarizones, La Cartuja, Los Garciagos, La Torre de Melgarejo, La Alcubilla, los llanos de Caulina, la Laguna de Torrox, La Corta o las playas de San Telmo.



De todas ellas el padre Martínez ofrece amenos relatos salpicados de los datos científicos de sus hallazgos y de consideraciones pedagógicas acerca del valor de la observación directa. Junto a las salidas al campo se aborda también el estudio de la naturaleza en la ciudad: "También pusimos empeño, por creerlo de interés, en que nuestros alumnos conociesen los árboles de los arrecifes, parques, jardines y paseos de la ciudad, así como las plantas ornamentales exóticas más principales -siquiera muchas no estaban en condiciones de clasificación- que se cultivan por doquier en tierra tan amante de las flores, puesto que en Jerez... cada azotea es un huerto, un jardín cada balcón y cada patio un edén. No de otro modo podrían darse cuenta del sinnúmero de plantas raras, de otras regiones, que saltan a la vista de un mediano observador en plazas, parques y jardines" (12).

Más de cincuenta especies de árboles y arbustos presentes en nuestras calles y plazas son mencionadas en sus trabajos (casuarina, araucaria, magnolio, aromo, acacia, árbol del amor, jacarandá, …). Mención especial merecen los ejemplares de boj y tejo presentes en el patio del Instituto, los cedros del Líbano, así como varias especies de eucaliptos (E. rostrata, E. amygdalina), hoy ausentes en nuestros jardines. En su librito, el padre Vicente Martínez, se lamenta del poco eco que han tenido entre sus paisanos los trabajos del célebre botánico jerezano José María Pérez Lara, a quien se debe la primera gran obra sistemática de la flora de la provincia “Florula gaditana”, y quien le acompañó en no pocas excursiones por los alrededores de la ciudad. Sobre él escribió “… es justo que aquí le rindamos tributo de respeto y consideración. Con un par de aficionados a las exploraciones botánicas, de su talla en cada provincia, pronto se llegaría a conocer la flora completa de nuestra Península, la más rica, interesante y variada de toda Europa” (13).

Las orquídeas de nuestra campiña.



En su librito realiza numerosos comentarios de carácter didáctico, así como de las ventajas de aprender de manera directa, en contacto con el medio natural. Apunta, por ejemplo, curiosas observaciones sobre el mimetismo de las flores del género Oprhys, así como sobre las características de las Orquidáceas, centrando su atención en la localización geográfica de las distintas especies encontradas. Algunas veces, exagera en cuanto a la presencia de especies en nuestro país en relación a la flora europea (“las cuatro quintas partes”) que en realidad no supera el 60%.

De gran interés son también sus referencias a la flora y vegetación de la campiña, apuntando las especies más significativas de arbustos y planteas herbáceas de los alrededores de la ciudad, así como su distribución en los diferentes rincones de nuestro término.

En ocasiones, algunos de los hallazgos que considera más significativos llegan a reflejarse, incluso, en las memorias anuales del instituto, como en el caso de la liliácea Fritillaria hispánica, anotado en la del curso 1910/11 (14). En sus excursiones, realizadas durante la primera quincena de abril de 1915, el padre Martínez Gámez menciona más de setenta especies de plantas herbáceas silvestres que crecen en torno a la ciudad.



Por citar sólo algunos ejemplos, en los Llanos de Caulina anota la existencia de numerosos palmitos, gamones, candilitos o lirios; en el parque de Tempul y sus alrededores cita nueza negra, aro, amor de hortelano, parietaria… En las zonas encharcadizas de Torrox y sus cercanías menciona los ranúnculos, lirios, hinojos. “Robustos ejemplares de la Scrofularia sambucifolia, que alcanzaban metro y medio de altura”, llaman su atención en el Balneario de San Telmo con sus inflorescencias rojas.



En el pinar junto a Las Cruces, donde confluyen los términos de El Puerto y Jerez, el padre Martínez Gámez se recrea en las delicadas flores del jacinto bastardo, o en las vistosas florecillas lilas y amarillas de Lupinus hirsutus y L. luteus, especies “que llenarían su cometido en los jardines mejor que muchísimas de las que se cultivan como de adorno”, al igual que otras, también muy vistosas, de los géneros Mathiola, Iberis, Lobularia, Arenaria… que describe en este mismo paraje (15).

Sin embargo, las que más atraen su atención, a juzgar por las descripciones que les dedica, son las Orquídeas: “las pertenecientes al género Ophrys llevan ese nombre, porque dicha palabra significa en griego, entre otras acepciones, arrogancia, lujo, fastuosidad…”. A estas especies dedicará no pocas observaciones realizando también varias acuarelas con cuyas láminas ilustra la publicación de sus trabajos. De la misma manera, detalla el lugar donde las encuentra: “las especies de orquidáceas recolectadas son la Ophrys apifera Huds, la



speculum Lk., la bombyliflora Lk., la lutea Cav., yla fusca Lk. La primera y la segunda crecen en abundancia en el pinar que hay, pasadas Las Cruces a la izquierda de la carretera de Jerez al Puerto de Santa María, y también cogimos un ejemplar… por encima de la fuente de Los Albarizones, próxima a Cartuja.

En este mismo sitio recolectamos diez o doce ejemplares de la bombyliflora, que luego recogimos en mayor cantidad en los Garciagos, pasada la llamada Torre de Melgarejo, así como también la Ophrys lutea, único punto donde pudimos estudiarla. La Ophrys fusca, la encontramos en las canteras de la mencionada Sierra de San Cristóbal, y solamente recogimos tres ejemplares en buen estado” (16).



Esta nómina de orquídeas la ampliará después con las que encuentra en el pinar de Las Canteras de Puerto Real en las excursiones que realiza con los alumnos de Jerez, y, especialmente, con los del Instituto de Cádiz. De ello da cuenta en una de sus publicaciones más conocidas que verá la luz en 1921: “El paraíso de las orquídeas” (17).

Junto a las ya citadas, encontradas en los alrededores de Jerez, presentes también en Las Canteras, se suman aquí nuevos hallazgos como Ophrys scolopax, O. iricolor, O. tenthredinifera y O. arachnites (hoy se la denomina O. fuciflora). Para completar el catálogo de orquídeas hallado, a estas nueve especies del género Ophrys, Martínez Gámez sumó la llamativa Orchis longicruris (conocida hoy día como O. italica), que halló también en Las Canteras (18).



Un siglo después hemos vuelto a recorrer en abril estos mimos rincones en busca de las especies descritas por el padre Vicente Martínez. Buena parte de estos lugares que se encontraban en ambientes rurales, han sido “colonizados” por la ciudad o afectados por obras públicas. Junto a Las Cruces, se conserva todavía un pinar y en sus proximidades, en S. Cristóbal hemos visto la llamativa Ophrys apifera. En el cerro de Lomopardo, aún pueden observarse algunas de las especies que se mencionan en esta publicación, como Ophrys fusca, junto a otra que no figura en sus listados pero que es verdaderamente hermosa, Orchis itálica (la O. longicruris que Martínez Gámez encontró en Las Canteras de Puerto Real). El entorno de Los Garciagos ha sido urbanizado, aunque en sus cercanías, junto al Cerro Naranja, hemos fotografiado también O. apifera. En Los Cejos, junto a la Laguna de Medina, hemos encontrado O. speculum. Las fotografías de todas ellas y de las otras especies citadas en Las Canteras por el padre Martínez Gámez, nos han sido facilitadas por nuestro amigo José Manuel Amarillo Vargas para ilustrar este artículo, que se acompañan de los dibujos en acuarela tomados de las obras del autor.



Como hiciera nuestro botánico, “no terminaremos sin consignar, en honor suyo, los nombres de los alumnos que nos acompañaron en las excursiones, de las cuales, a decir de ellos mismos, conservarán siempre gratísimo recuerdo: Manuel Sandoval, Pedro Máximo Ruiz, Vicente Chamorro Latorre, Eduardo Bohórquez Lacave, Pedro Ruiz-Berdejo, José Pomar Atienza, J.A. Fernández Azpitarte, Manuel Peñalver Ávila, José Mato Soto, J. María García Figueras, Ramón Pérez Más y Manuel García Pelayo” (19). En otra ocasión, “saldremos de excursión” con el Padre Vicente Martínez a la búsqueda de rocas y minerales y para hacer curiosas observaciones geológicas en torno a Jerez.

Para saber más:
(1) Martínez Gámez, V.: Recuerdo de unas excursiones botánicas. Imprenta y Litografía Jerezana, Jerez, 1915.
(2) Las referencias pueden consultarse en: http://bibdigital.rjb.csic.es/Imagenes/P0021_06/P0021_06_003.pdf y en el enlace: https://archive.org/stream/boletndelasoci06soci/boletndelasoci06soci_djvu.txt
(3) Martínez Gámez, V.: Apuntes para la Ornitología andaluza y de España en general, Edit. Ricardo Rojas, 1906.
(4) Ministerio de Medio Ambiente: Comentario de textos publicados sobre la Malvasía, disponible en el siguiente enlace consultado el 07/05/2018: http://www.mapama.gob.es/es/biodiversidad/temas/conservacion-de-especies-amenazadas/cap08_2_tcm30-195434.pdf
(5) La Correspondencia de España, “Mundo Eclesiástico”, Año LXI, nº 18.987 de 5 de febrero de 1910, p. 4.
(6) Rodríguez Doblas, M.ª D.: Instituto Padre Luis Coloma: 150 años de Historia, Cuadernos de Divulgación, nº 2, Biblioteca de Urbanismo y Cultura, p. 127.
(7) Martínez Gámez, V.: El paraíso de las orquídeas del género Ophrys en España, Instituto General y Técnico de Cádiz. Trabajos de Investigación y Vulgarización Científica. Escuelas Profesionales salesianas de Artes y Oficios, Cádiz, 1921
(8) Escalafón de los Catedráticos Numerarios de los Institutos Nacionales de Segunda Enseñanza, Redactado por la Revista Minerva, Imprenta de L. Rubio, Madrid, 1934
(9) Martínez Gámez, V.: Fábulas Morales, Imprenta de Joaquín Barberá, Castellón, 1934.
(10) Sobre esta cuestión puede consultarse Cobo Romero., F. y Ortega López, T. M.ª.: “Encarcelados, represaliados y ejecutados: La violencia política y el mundo penitenciario durante la guerra civil en una provincia de retaguardia: presos políticos y represión en las comarcas rurales jiennenses, 1936-1939”, en: Els camps de concentració i el món penitenciari a Espanya durant la guerra civil i el franquisme, Barcelona. Museo de Historia de Cataluña-Universidad Autónoma de Barcelona, 2002, p. 491. En esta fuente se señala que, junto a Vicente, fueron también asesinados sus hermanos Mariano y Francisco, propietarios. También: https://archive.is/pG5d0 y
http://www.memoriarepublicana.com/guerracivil/
(11) La cita figura en la Memoria del curso 1910-1911, p. 12 como se apunta en: http://museo.iescoloma.es/catalogo/index.php?option=com_content&view=article&id=239&Itemid=95&limitstart=2, consultada el 09/05/2018. También puede consultarse: Rodríguez Doblas, Mª D.: Instituto… op. cit., p. 80
(12) Martínez Gámez, V.: Recuerdo… op. cit., p. 42.
(13) Ibidem, p. 25.
(14) http://museo.iescoloma.es/catalogo/index.php?option=com_content&view=article&id=239&Itemid= 95&limitstart=2, consultada el 09/05/2018.
(15) Martínez Gámez, V.: Recuerdo… op. cit., pp. 37-41.
(16) Ibidem, p. 36-37.
(17) “El libro fue publicado en el tomo extraordinario de 1921 de las Memorias de la Real Sociedad Española de Historia Natural. Está considerado un clásico en la botánica española y es la referencia primigenia sobre la que se construye el trabajo inmenso de catalogación e identificación de las especies de orquídeas ibéricas”: cita tomada de http://www.puertorealweb.es/spip2/cultura/puerto-real-en-la-historia/article/puerto-real-en-la-historia-parque-de-las-canteras, consultada el 13/05/2018.
(18) Martínez Gámez, V.: El paraíso… op. cit. pp.25-39.
(19) Martínez Gámez, V.: Recuerdo… op. cit., p. 45.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Flora y fauna, El Paisaje y su gente, Parajes naturales

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 20/05/2018

De colores.
Un recorrido por los colores y la toponimia de la campiña (y 2).




La semana pasada iniciamos un recorrido en el que proponíamos a los lectores un curioso itinerario por nuestros paisajes, poniendo nuestra mirada en aquellos lugares cuyos nombres guardaban alguna vinculación con los colores. Así, nos ocupamos de todos aquellos relacionados con el blanco y el negro, muy abundantes en distintos rincones de nuestro término. Si les apetece, hoy vamos a terminar este singular periplo recordando otros muchos lugares en los que están presentes una variada gama de tonalidades.

Pardo, bermejo, colorado, rojo.

El color pardo es, a decir del Diccionario de la R.A.E., “semejante al de la tierra y que tira a marrón o a rojizo”. Siendo el color de la tierra, por excelencia, en nuestro extenso alfoz, no podían faltar referencias a las tonalidades pardas de los paisajes del entorno. En relación con él, uno de los topónimos más conocidos es el de Lomopardo, que da nombre a un cerro próximo al Monasterio de La Cartuja, y a la barriada rural que se asienta a sus pies, a orillas de la Cañada de Albadalejo. Hace unas décadas, sus laderas fueron alteradas por las labores de una cantera que extraía las margas tableadas que afloran en esta pequeña elevación desde la que se domina el valle del arroyo Salado y su confluencia con el Guadalete en el Vado de Medina. Este paraje, conocido en siglos pasados como Cerros del Real, está cargado de historia debido a su estratégica situación y debe su nombre a los tonos ocres y marrones de las lomas que se extienden hacia Estella y Salto al Cielo.



Con el nombre de Mataparda se denomina una zona de monte adehesado ubicada en las faldas occidentales de la Sierra de Gibalbin que caen hacia la Laguna de Los Tollos. Colindantes con la provincia de Sevilla, las tierras de Mataparda fueron en los pasados siglos un extenso encinar y aún hoy, sobreviven entre los sembrados numerosos ejemplares de estos hermosos árboles. Las encinas crecen aquí sobre un suelo de tonos pardos y rojizos, desarrollado sobre los glacis pleistocenos en el piedemonte de la sierra.

El color bermejo está también muy presente en la toponimia de la comarca, y ha de entenderse como rojo o rojizo, haciendo alusión a la coloración del suelo, de las rocas o de los cortes del terreno de los parajes a los que se asocia. Así, por ejemplo, el arroyo Bermejo debe su nombre a la tonalidad de las tierras que atraviesa, cuyos lodos rojizos arrastran sus aguas. Corre por las faldas de Gibalbín y Mataparda siendo retenido en el embalse del Pellejero, en el Cortijo de la Sierra, para continuar después hacia la zona de Romanina.



Muy conocido es también el arroyo de Fuente Bermeja principal curso de los que alimentan la Laguna de Medina y que tiene su origen en la dehesa y el cortijo del mismo nombre. Este topónimo alude a la naturaleza ferruginosa de las aguas del pequeño manantial que nutre al arroyo, denominado como Pocillo de Fuentebermeja en la relación de fuentes herrumbrosas y medicinales que a mediados del siglo XVIII apunta el Historiador Bartolomé Gutiérrez (1) y mencionado también por Madoz, en su Diccionario Geográfico (2).



Un bermejal es una extensión grande de terreno bermejo o una zona rocosa donde predomina o destaca este color, de ahí que Los Bermejales de nombre a las laderas de la Dehesa de la Atalaya que caen sobre el Majaceite, donde sobresalen algunas paredes rocosas de arenisca de esa tonalidad, en un paraje situado frente a la antigua zona recreativa de Los Hurones. Por la misma razón (la coloración de la tierra) se conoce también como Los Bermejales a una dehesa arcense en las proximidades de La Perdiz, situada junto a la carretera de Algar y colindante con el embalse de Guadalcacín.

Con la denominación de torcal de Cancha Bermeja es conocido un curioso roquedo calizo que se alza en las proximidades de la Sima del Republicano, en Villaluenga, donde pueden admirarse las clásicas formas geológicas del modelado kárstico y en los que los tonos rojizos tiñen las paredes rocosas de este paraje.



De similar significación que bermejo es colorado, que hace alusión al color rojizo del suelo o de determinadas edificaciones que, por presentar esta tonalidad, eran un hito de referencia en el paisaje. Ta es el caso de Viña Colorada o La Colorada, haza de tierra en Matacardillo junto a la antigua Trocha de El Puerto, así denominada por los tonos bermejos de su suelo.


El Colorado, un paraje situado entre Cuartillo, el Rancho del Liberal y la cañada de las Ánimas, debe su nombre a la especial gama rojiza de las margas triásicas donde se asienta. A diferencias de los anteriores, otros topónimos, como la Casa del Colorado (junto a la Casa de Picado Alto, por donde pasa el Túnel de Las Cabras del acueducto de Los Hurones), debían hacer alusión a algún rasgo físico del propietario. Muy conocido es también el caso de la Casa Colorada o Colorá, que con sus llamativas paredes de color almagra presidía una colina situada junto a la Laguna de Medina. Ya desaparecida por los desmontes de la cantera que abastece de margas a la fábrica de cementos, era un hito en el paisaje y todavía en la actualidad, este paraje situado en el acceso a la laguna se conoce como La Casa Colorá.

El rojo también está presente en nuestra toponimia de la mano de Rojitán o Rogitán. Este curioso y llamativo topónimo da nombre en la actualidad a un cortijo y a la Dehesa que lo alberga, incluida en los Montes de Propios de Jerez.



El cortijo, de fácil acceso desde el desvío que conduce al poblado del Charco de los Hurones, fue restaurado hace dos décadas y desde entonces se dedica a alojamiento rural. Desde el siglo XVI se menciona ya en documentos sobre Señalamiento de las dehesas de Montes de Propios el “Buhedo de Rusitan” (3) y un curioso plano sobre pergamino el siglo XVIII conservado en el Archivo Municipal de Jerez recoge el topónimo de “Roxitan”, con una tachadura y una posterior corrección para reubicarlo en otro lugar próximo, anotándose ya la forma de “Rojitán” (4). A mediados del XIX encontramos también la forma “Rogitán” en el Nomenclator oficial del gobierno de España de 1850. El primer Mapa Topográfico Nacional del Instituto Geográfico (1917) incluye la forma de “Rojitán”, que se mantendrá también en los mapas de la Diputación Provincial de la segunda mitad del pasado siglo y que ha perdurado hasta nuestros días. Por nuestra parte planteamos la hipótesis de que este curioso topónimo, pueda estar vinculado en su origen con la forma latina “russus” (rojo) de la que, a través de diferentes modificaciones a lo largo de más de cuatro siglos, se habría podido llegar a la denominación actual. La evolución del vocablo podría haber sido la de Rusitán (o Rusitano) > Roxitán> Rojitán/ Rogitán. La justificación del nombre inicial de estos parajes, requiere ya aventurarse en los territorios de la especulación… ¿Tal vez por el color pardo o rojizo de los roquedos de arenisca del Aljibe que constituyen estos montes? ¿Quizás por el apelativo de un antiguo propietario, “Rusitano”, que aludiese a alguna característica personal como su color de pelo o de piel? (5).



frente a Rojitán y la Jarda, como máxima altura del gran lomo rocoso de Montenegro, los mapas del I.G.N sitúan al Peñón Rosado. En esta ocasión nos tememos que no se trata de un topónimo relacionado con los colores del paisaje, ni con los de las rocas de arenisca del Aljibe presentes en este lugar. Creemos que se trata de un error cartográfico ya que el nombre de esta cumbre es la de Peñón Rodado. Lo mismo sucede con la cercana majada de Rosita, que figura también en el miso mapa y que debiera figurar como majada de Rositán o Rojitán.

Verde, amarillo y… azul.



A pesar de que junto a los del suelo y de las rocas, el verde es uno de los colores más presentes en nuestros paisajes, la toponimia no es muy pródiga en lugares en los que se haga referencia a este color. Con todo, hay algunos ejemplos muy significativos. Así, próximo al conocido Cerro de la Cuna, en Los Llanos del Valle, se encuentra el paraje conocido como Cruz Verde, perteneciente al término de Jerez pero colindante también con los de Alcalá de los Gazules y San José del Valle. Aunque desconocemos el origen de este curioso topónimo, el verde está bien presente durante casi todo el año en estos paisajes de suaves colinas, cubiertas de prados, en cuyas laderas nace el río Fraja y donde es fácil ver pastar al ganado retinto.



Un topónimo histórico relacionado con el color verde, resulta hoy de difícil localización al no haber llegado hasta nuestros días dando nombre a un lugar concreto. Sabemos de él porque figuran en el documento de deslinde de términos entre Jerez y Arcos, aprobado por Alfonso X en 1274 donde, entre otros machares o cortijos árabes, se menciona el de Machar Haní (“lugar verdeante, o de color verde intenso”) cercano a los límites del término de Arcos y ubicado en las cercanías de Jédula y del actual Cortijo de Vicos (9) donde abundaban las zonas de prados y dehesas. Aunque no pertenece a nuestro término, no podemos dejar de mencionar un lugar conocido por muchos lectores: la Garganta Verde, un impresionante y estrecho cañón tallado por las aguas del río Bocaleones en las paredes calizas del monte de Las Cambroneras. Se trata de un hermoso paraje cercano a Zahara e incluido en el Parque Natural de la Sierra de Grazalema, cuyo nombre se debe a la densa vegetación que por muchos rincones cubre las paredes de esta garganta (7).

Por extraño que parezca, también hay referencias en algunos rincones de nuestras campiñas a colores poco frecuentes en la toponimia, como el amarillo o el azul.

En las cercanías de la Presa de Guadalcacín, formando parte de las estribaciones de Sierra Valleja, encontramos el Peñón Amarillo, un abrupto lomo rocoso en el que desde antiguo han existido canteras de las que se extraen grandes bloques de caliza que presentan unas curiosas tonalidades ocres y amarillentas. En sus proximidades se encuentra la conocida Cueva del Higueral y a sus pies se extiende la gran lámina de agua del embalse de Guadalcacín.



La cantera, que muestra una gran actividad, ha dejado al descubierto grandes cantiles verticales donde se muestran a los ojos del visitante la singular coloración amarillenta de su roquedo. Este lugar se encuentra en el término municipal de Arcos de la Frontera. En el pago de Montealegre existió la Viña Amarillo que, en este caso, aludía al apellido de los propietarios.



Para terminar, el azul nos deja también un par de curiosas referencias. La primera es la de la Hacienda de la Rosa Celeste, donde estuvo ubicado el Balneario del mismo nombre. Este paraje situado en las cercanías de la ciudad, estuvo dedicado a campos de labor y se encontraba ubicado en los terrenos que en la actualidad ocupan la barriada de la Vid y el Campus Universitario, junto a la avenida de las Delicias. Hoy día, aún se conserva el topónimo que da nombre a una farmacia y a un edificio. Como relata Antonio Mariscal, a mediados del siglo XIX, mientras se excavaba un pozo para riego, afloró un manantial de aguas sulfurosas. Las tierras fueron adquiridas años después por D- Manuel Ponce de León, quien llego a construir en esta finca el que sería conocido como Balneario de la Rosa Celeste, del que se tiene noticia hasta el segundo tercio del siglo XIX (8).
Menos conocido es el topónimo de Arroyo de Ojos Azules, un pequeño curso de agua, tributario del Majaceite, que desagua en la actualidad en el embalse de Guadalcacín, en las cercanías del cortijo de las Vegas de Elvira. Cuando hace ciento cincuenta años se construyó el acueducto de Tempul, que en 1869 traería a Jerez las aguas del famoso manantial, fue preciso salvar el cauce de este arroyo con un puente. Junto al Puente del Bollo, en la garganta del mismo nombre, el Puente de Ojos Azules, es el mayor de esta gran obra de ingeniería, constando de cuatro arcos con 6 metros de luz cada uno. El viajero que discurre por la carretera de Cortes, puede aún ver este puente, que se vislumbra entre la vegetación del arroyo entre las Vegas de Elvira y los Romerales, mirando hacia el embalse (9).

De Colores.

Para terminar con este recorrido por los colores en la toponimia de nuestros paisajes hemos dejado para el final el más singular de todos: Rancho de Colores, también conocido como Rancho Colores o de los Colores. Con este nombre se conoce una finca y un cerro en el que desde la década de los 80 del siglo pasado se ubica el Colegio de Sordos de Jerez. Visible desde la Autovía de El Puerto en una colina próxima a las Bodegas de Williams Humberto, frente al campo de Golf, este curioso topónimo no debe su nombre a la especial policromía del paraje donde se encuentra, sino al apellido de una ilustre familia jerezana que fue en su día propietaria del mismo. Tenemos noticia del apellido Colores, al menos desde mediados del siglo XVII. Sebastián Marocho, en sus Cosas Notables ocurridas en Xerez de la Frontera desde 1647 a 1729, da noticias de los caballeros residentes en la ciudad entre los que menciona a Fernando Colores, residente en la calle Liebre, quien a decir de Marocho, al igual que otros caballeros de Jerez, tenían “en la sala principal de sus casas, en vez de cuadros y láminas, colgadas de las paredes, lanzas, adargas, petos y morriones y brazaletes” (10).



Como pueden ver, nuestras sierras y campiñas son más “coloristas” de lo que imaginábamos y los lectores curiosos, no tienen ya escusas para darse un paseo y disfrutar de los colores que nos ofrece en torno a Jerez.

Para saber más:
(1) Gutiérrez, B.: Historia de la Muy Noble y Leal Ciudad de Xerez de la Frontera, (Jerez, 1886 edición facsimilar de 1989, t. IV, p. 319.
(2) Diccionario Geográfico Estadístico Histórico MADOZ. Tomo CADIZ. Edición facsímil. Ámbito Ediciones. Salamanca, 1986, p. 246.
(3) Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 2004, pg. 258-259.
(4) Fragmentos de un mapa de las sierras del término de ciudad de Jerez. Anónimo en pergamino. S. XVIII, AMJF. C.12, nº 4 Bis.
(5) A. y J. García Lázaro: Por las tierras de Rojitán: un curioso topónimo y un alcornoque monumental. Diario de Jerez, 25 de Enero de 2015.
(6) Martín Gutiérrez, E.: “Análisis de la toponimia y aplicación al estudio del poblamiento: el alfoz de Jerez de la Frontera durante la Baja Edad Media”, HID, 30 (2003), 278-7; Abellán Pérez, J.: La cora de Sidonia, Málaga, 2004, P.77; Martínez Ruiz, Juan: “Toponimia gaditana del siglo XIII”, en Cádiz en el siglo XIII. Actas de las Jornadas conmemorativas del VII centenario de la muerte de Alfonso X el Sabio, Cádiz, 1983, p. 119.
(7) A. y J. García Lázaro: Por la Garganta Verde. Un sorprendente cañón tallado por el Bocaleones. Diario de Jerez, 29 de Noviembre de 2015.
(8) Mariscal Trujillo, A.: La sanidad jerezana 1800-1975. Apuntes Históricos. EJE, 2001, pp. 35-38.
(9) Ángel Mayo.: memoria relativa a las obras del acueducto de Tempul para el abastecimiento de aguas a Jerez de la Frontera. Anales de Obras Públicas, nº 3, 1877, pp. 58 y 64
(10) Marocho, S.: Cosas notables ocurridas en Xerez de la Frontera desde 1647 a 1729, Publicaciones de la Sociedad de Estudios Históricos Jerezanos, Primera serie, numero 3, 1939, p. 41. Transcripción y notas de José Soto Molina.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 29/01/2017

 
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