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Jerez y los elefantes.
Un curioso paseo por la historia con los elefantes como protagonistas.


En nuestra entrega de hoy “entornoajerez”, les proponemos un curioso paseo por la historia y los paisajes de Jerez y sus alrededores de la mano de los elefantes. Si, aunque les suene extraño, vamos a tomar la figura de este singular animal como hilo conductor de pequeñas historias que tienen como protagonistas a los elefantes que, de una u otra manera, tuvieron algún vínculo con la ciudad y su territorio. ¿Nos acompañan?

Los primeros elefantes. Una “visita” al Paleolítico.

En una pequeña elevación a orillas de un río, sin nombre todavía, una banda de cazadores nómadas ha instalado su campamento. En estos parajes, próximos a su desembocadura, su corriente es muy caudalosa y sus aguas se extienden por la llanura formando un gran pantano.

Por el lugar han avistado algunos caballos y ciervos que salen de entre los bosques cercanos y acuden aquí a beber y a pastar. Pero sobre todo han puesto sus ojos en los grandes elefantes que merodean por las orillas, a los que han observado moviéndose torpemente por estos aguazales. Han realizado un largo viaje desde la parte alta del valle, donde los animales son menos abundante y deciden establecerse por un tiempo para cazar, construyendo sus cabañas temporales con ramas y pieles en un lugar protegido entre los árboles desde donde se divisa el río.

Esta singular escena, u otra parecida, era posible observarla en tiempos remotos, durante el Paleolítico, en diferentes puntos de nuestra campiña, junto al Guadalete. Donde hoy sólo corretean entre los lentiscos y los acebuches los conejos, las perdices y algún meloncillo, en el mismo lugar donde pastan actualmente los caballos de la yeguada de El Palmar del Conde entre Las Quinientas y El Portal, podían verse en estos mismos parajes de la vega baja del Guadalete hipopótamos, rinocerontes, grandes ciervos o caballos salvajes… y elefantes. Hace de ello “sólo” 200.000 años (milenio más, milenio



menos), cuando el clima era más cálido y húmedo en nuestras latitudes. Estas mismas escenas, también con la presencia de grandes elefantes, se repetían durante el Paleolítico inferior en las laderas de Garrapilos (1) donde hoy se aloja la Yeguada Militar, en las proximidades de La Barca, o durante el Paleolítico Medio en Majarromaque, junto a las riberas del río.

Estos y otros muchos datos de gran interés, fueron aportados por los hallazgos que, hace ya un cuarto de siglo, llevaron a cabo un equipo de arqueólogos dirigido por Francisco Giles Pacheco, en el marco de un ambicioso programa de Investigación titulado “Prospecciones Arqueológicas Sistemáticas en la cuenca fluvial del río Guadalete” en el que, entre la paleo fauna de nuestro entorno cercano destaca la presencia en los parajes ribereños de los primeros elefantes de los que tenemos constancia en nuestro territorio (2). En 1989, cuando el equipo del Proyecto Guadalete realizaba el estudio arqueológico de los paquetes de arenas y cantos rodados que iban a ser explotados en la gravera de El Palmar del Conde (3), en las proximidades de El Portal, salieron a la luz numerosos cantos tallados, así como algunos restos fósiles de grandes mamíferos, entre ellos de elefantes.

Estos enormes paquidermos, de tamaño superior a los actuales, pertenecían a la especie Paleoloxodon antiquus y se extinguieron hace aproximadamente 30.000 años. Podían alcanzar los 4 m de altura y llegar a pesar entre 6 y 7 toneladas. Sus largos colmillos eran más rectos que los de los elefantes actuales, curvándose ligeramente hacia arriba.

Noticia de elefantes en la antigüedad.



Otra curiosa referencia a los elefantes en relación con nuestro entorno cercano nos la ofrece la numismática. En este caso no se trata de su presencia real en nuestros paisajes sino de su imagen, muy repetida, en las monedas de la antigua Lascuta, una ciudad estipendaria del imperio romano que acuño monedas de tipo libio-fenicio.

Aunque no está clara todavía la localización de este enclave (que pudo hallarse en Alcalá de los Gazules o en la Torre del Esparragal, en las proximidades de Gigonza…) lo cierto es que este territorio fue ya desde la antigüedad dependiente de “nuestra” Asta Regia, tal como se desprende del conocido Bronce de Lascuta. Se trata de un excepcional documento epigráfico fechado en el 189 a.C. (el más antiguo referido a la presencia romana en Hispania) en el que el general romano Lucio Paulo Emilio decreta que “los siervos hastenses que habitaban en la Torre Lascutana fueran libres y, así mismo, ordenó que tomaran y mantuvieran el campo y la plaza fuerte que en aquel momento poseían mientras así lo quisiera el pueblo y el senado romano” (4).



Sea como fuere, lo que aquí nos interesa destacar es que, entre las monedas atribuidas a la ceca de Lascuta, son frecuentes las que muestran en el reverso la silueta de un elefante. Una buena selección de ellas puede verse en la ya clásica obra de D. Antonio Delgado, “Medallas Autónomas de España” en la que figuran distintos ejemplares de monedas procedentes del entorno de Alcalá de los Gazules y de Mesas del Esparragal, procedentes de la antigua Lascuta. Muchas de estas monedas, con inscripciones en caracteres libio-fenices, muestran en su reverso la silueta de un elefante que simboliza a África, continente de procedencia de sus primeros habitantes, tal como apunta Francisco Mateos Gago, autor del capítulo dedicado a Lascuta (5)

Elefantes en Jerez en los siglos XV y XVIII.

A falta de nuevos datos que puedan desmentirlo, casi podemos afirmar que hubo que esperar hasta finales del siglo XV para que en nuestra ciudad pudiera verse un elefante. Este singular suceso tuvo lugar en el año 1480 como puede leerse en la obra Cronicón de Benito de Cárdenas, transcrita y publicada por el profesor Juan Abellán y en la que se da cuenta de los sucesos más importantes ocurridos en Jerez entre los años 1471 y 1483.

Entre la relación de hechos del año 1480 encontramos este curioso apunte: “Truxeron un elefante a esta çibdad de Xeres que nunca vino tal cosa a ella, vino de toda Castilla, que ganavan dineros por que lo viesen. Vino sábado a dies dias del mes de março de IVCCCCLCCC.” (6).

En aquel año, se viven en Jerez momentos de tensión y algunos caballeros veinticuatro han denunciado ante el rey al corregidor Juan de Robles, a quien acusan de haber vendido trigo a Portugal en la guerra que hasta octubre de 1479 había mantenido con Castilla. Son también los días en los que el jerezano Pedro de Vera, acaba de ser nombrado por los Reyes Católicos Gobernador de Gran Canaria para impulsar la conquista de las islas, y en los que se prepara la gran armada que para tal fin, partirá en agosto desde El Puerto de Santa María.

Y a ese Jerez llegó por primera vez un elefante el sábado 10 de marzo de 1480. A juzgar por la noticia, debía formar parte de alguna atracción ambulante que en su periplo habia recorrido “toda Castilla” despertando la admiración allá por donde pasaba como lo haría en nuestra ciudad. En el Jerez medieval no debieron ser muchos los entretenimientos públicos y junto a los juegos de cañas y lanzas que se celebraban en el Arenal, se hacían también pequeñas representaciones teatrales. A buen seguro que debió contarse para el ocio de las clases populares con las actuaciones de juglares, cómicos y saltimbanquis que de manera itinerante acudían por pueblos y ciudades. Sin embargo, la presencia del elefante, tuvo que suponer una atracción muy singular y muy rentable para sus propietarios “que ganavan dineros por que lo viesen” y para lo que debieron de contar con un recinto cerrado o con algún corral cercado donde presentar este fantástico animal.

La exhibición de animales exóticos, monstruosos o que presentaban algún rasgo fuera de lo común, fue siempre motivo de interés. De ello encontramos en nuestra ciudad algunos curiosos ejemplos que llamaron la atención de historiadores y cronistas. Este es el caso de un enorme cerdo que en el año 1674 fue mostrado en un privilegiado escenario y del que tenemos noticia por Sebastian Marocho quien en sus “Cosas notables ocuridas en Xerez de la Frontera desde 1647 a 1729” nos informa, entre los hechos destacados de ese año, que “trajeron a Jerez un marrano que pesó 430 libras; estuvo en la casa de las Comedias” (8). Ya en el siglo XVIII el mismo autor da cuenta de otra de estas exhibiciones muy del gusto de las clases populares y en esta ocasión cuenta como en 1737 “se vió este año un caballo blanco, comprado en Villamartín, con la natura en la cola como si fuera hembra” (9).

Pero si el primer elefante que visitó la ciudad en 1480 causo expectación, no debió ser menor la que provocó el segundo del que queda constancia documental. Y es que casi tres siglos después, volvemos a tener noticia de otro elefante en Jerez.



Sabemos de él por un curioso libro de Juan de Trillo y Borbóndonde están apuntadas todas las novedades acaecidas en esta ciudad… desde el año 1753” hasta 1836. En una escueta noticia fechada el viernes 12 de agosto de 1773 se dice que “pasó por esta ciudad, para regalo que llevaban al Rey, el elefante, y se fue al día siguiente” (10).

La visita debió suponer también una enorme atracción en una ciudad que en aquellos tiempos no ganaba para tragedias. Apenas unos meses antes, el lunes 5 de abril de ese mismo año, a las cinco de la mañana, Jerez se había visto sacudida por un terremoto que había despertado grandes temores, por lo que tres días después “salió en procesión de penitencia Nuestra Sra. de las Angustias, y fue al Calvario; y al sábado siguiente salió el Sto. Cristo de la Espiración y fue a la Iglesia Mayor”. Para colmo de desdichas “se quemó la casa de Comedias que estaba en la bajada de la Cárcel". Aunque para suceso desafortunado el que tuvo lugar el último día de ese año, cuando “pusieron la Cruz en la media naranja de la Iglesia Mayor y hubo un gran repique. Y al día siguiente 1º de Enero del año 74, cantando el Tedeum laudamus, estando en el repique el esquilón grande cogió a Antonio Orellana, y lo tiró a la calle, donde cayó muerto, rotos todos sus huesos” (11).

Este segundo elefante que pudo ser visto en Jerez tiene una curiosa historia que ha sido estudiada en distintas publicaciones (12). En ella se relata como a finales de julio de 1773 la fragata Venus de la Real Armada española, que procedente de Manila había realizado una larga travesía, desembarco en la Isla de León “un elefante asiático adulto que el gobernador de Filipinas don Simón de Anda remitía al rey Carlos III” (13). El elefante fue conducido hasta la corte por una partida militar y de operarios encargados de los cuidados del animal que recorrió a pie durante 42 días en etapas de 2/3 leguas, el largo itinerario que separaba San Fernando de la Granja de San Ildefonso, donde se encontraba el rey. En este largo viaje pasó por Jerez, Écija, La Carlota, Córdoba, Andújar, Bailén, Valdepeñas, Aranjuez o Carabanchel, hasta llegar a la Corte en La Granja. Partieron de la Isla de León la tarde del 16 de agosto, llegando a Jerez la mañana del 18. En este primer tramo del recorrido, el elefante y la partida que lo conducía, tomaron la Cañada de la Ysla y de Cádiz, llegando a Jerez procedente de Puerto Real después de rodear el estuario del Guadalete, por un camino que coincide con la actual “carretera de Bolaños”. El elefante cruzó el puente del río pasando por La Cartuja (14), acercándose a la ciudad para continuar después su ruta hacia Las Cabezas de San Juan por el camino de Sevilla y seguir después por El Arahal, Marchena y Écija hasta Córdoba.

Aunque no conocemos testimonios documentales de la respuesta de los jerezanos a su paso, más allá de la cita de Trillo y Borbón, suponemos que la expectación creada fue grande, como sucedió por todos los lugares por los que pasaba. En Córdoba, por ejemplo, un gran gentío seguía al elefante, debiéndose cortar los accesos al puente para evitar problemas. Tras su muerte en 1977 este elefante que pasó por Jerez fue naturalizado por el célebre taxidermista Juan Bautista Bru, pasando a los fondos del Museo de Ciencias Naturales donde desde entonces está expuesto, tal como muestran las fotografías que hemos incluido en esta página.

Este curioso episodio nos recuerda a la deliciosa novela de José SaramagoEl viaje del elefante”, en el que recrea un suceso parecido, cuando a mediados del siglo XVI el rey Juan II de Portugal ofrece a su primo, el archiduque Maximiliano de Austria, un elefante asiático como regalo que deberá recorrer media Europa hasta llegar a su destino (15).

Y la elefanta Buba…

Junto a los ya mencionados, otros muchos elefantes vinieron a la ciudad ya desde finales del siglo XIX y a lo largo del XX de la mano del circo. El historiador Jesús Caballero Ragel menciona incluso algún espectáculo (¡qué horror!) de lucha de elefantes contra toros, que tuvo lugar en el coso jerezano, a partir de su reedificación por F. Hernández Rubio en 1894 (16). Aunque tenemos constancia de espectáculos de este tipo en Madrid, no hemos podido encontrar referencias documentales de los celebrados en Jerez a los que hace alusión este autor.

No podíamos cerrar este recorrido por los elefantes vinculados a Jerez sin mencionar a Buba, la elefanta africana que durante casi 24 años vivió en nuestro parque zoológico haciendo las delicias de grandes y mayores. Este entrañable animal, llegó al zoo jerezano en marzo de 1988, cuando era todavía una cría de cinco años, al ser adquirida a un zoológico de Lisboa donde había llegado desde Namibia, gracias “a una colecta de los niños jerezanos” con la ayuda de otros patrocinadores (17). Desde el primer momento, Buba fue una de las principales atracciones del parque, por lo que su marcha a comienzos de octubre de 2011 al zoo húngaro de Sóstó supuso una gran tristeza. Y a la vez una gran alegría al saber que el largo viaje que emprendía tenía como objetivo formar parte de “un grupo de elefantes amplio en el que va a tener la posibilidad de reproducirse” (18). Hace ahora justo un año, dos trabajadoras de nuestro parque zoológico tuvieron ocasión de visitar a Buba, “la última elefanta de Jerez”, en la reserva húngara de Sóstó donde vive actualmente. El encuentro fue emocionante y el animal reaccionó a las llamadas de sus antiguas cuidadoras reconociendo sus voces y mostrándose atenta a sus palabras… (19)-.



Ojalá que dentro de unos años pudiese volver a nuestro “Tempul”, ya con su familia, donde a buen seguro sería de nuevo la atracción del zoo y donde todos aguardan su regreso, un retorno que nos gusta pensar que tendrá lugar algún día. Y es que, como escribe José Saramago al comienzo de su delicioso El viaje del elefante: “Siempre acabamos llegando a donde nos esperan”.

Para saber más:
(1) Giles, F.; Santiago, A.; Gutiérrez, J.M.: Mata, E.; Aguilera, L.; (2001): “El registro arqueológico de los primeros grupos humanos en la comarca de Jerez y su contexto en el sur de la península. Resultados de un proyecto de investigación. Revista de Historia de Jerez, N.º 7. Cuaderno de arqueología. 2001, págs. 14-19.
(2) Giles, F..; Gutiérrez, J.M.; Santiago, A.; Mata, E. y Gracia, F.J. (1993): “Prospecciones Arqueológicas y análisis geocronológicos y sedimentológicos en la cuenca del río Guadalete. Secuencia fluvial y paleolítica del río Guadalete (Cádiz). Resultados de las investigaciones hasta 1993”. Investigaciones Arqueológicas de Andalucía 1985-1992. Proyectos. 211-227. Huelva.
(3) Giles, F.; Santiago, A.; Gutiérrez, J.M.: Mata, E.; Aguilera, L.; (1990): “Un tecnocomplejo del Pleistoceno Medio en la desembocadura del río Guadalete: el yacimiento achelense del Palmar del Conde”, Revista de Historia de El Puerto, 5.11-30. Sobre este mismo yacimiento: Giles, F.; Santiago, A.; Gutiérrez, J.M.: Mata, E.; Rodríguez, V.; (1990): “Aproximación a un complejo técnico del Pleistoceno Medio en la cuenca baja del río Guadalete. Casa del Palmar del Conde (Jerez de la Frontera, Cádiz)”. Xábiga. Revista de Cultura, 6. 83-97.
(4) González Rodríguez L. y Ruiz Mata, D.: Prehistoria e Historia Antigua de Jerez, en “Historia de Jerez de la Frontera. De los orígenes a la época medieval”. Tomo 1. Diputación de Cádiz. 1999, pp. 113-114.
(5) Delgado, A.: Nuevo método de clasificación de las medallas autónomas de España, Sevilla, 1873, T. II, pp. 160-171 y láminas XLVI y XLVII.
(6) Abellán Pérez, J.: Cronicón de Benito de Cárdenas, Peripecias Libros, 2014, p. 47 y siguientes.
(7) Trillo y Borbón, J.: Libro en donde están apuntadas todas las novedades acaecidas en esta ciudad de Xerez de la Frontera desde el año 1753 y algunas otras que han ocurrido fuera de ella. Curiosidad observada por D. Juan de Trillo y Borbón, desde el referido año, en el cual comenzó a tener uso y retensión para ello. Jerez: 1890, Imprenta de Melchor García Ruiz, pp. 9-11.
(8) Marocho, S.: Cosas notables ocurridas en Xerez de la Frontera desde 1647 a 1729, Transcripción y notas de José Soto y Molina, Larache, Sociedad de Estudios Históricos Jerezanos y Ayuntamiento de Jerez de la Frontera, 1939, pp. 26.
(9) Ibidem, p. 38.
(10) Trillo y Borbón, J. de: Libro…, p. 10.
(11) Ibidem, pp. 9-11.
(12) Una síntesis completa puede verse en Sánchez Espinosa, G.:Un episodio en la recepción cultural dieciochesca de lo exótico: la llegada del elefante a Madrid en 1773”, en Goya, 295-296, Madrid, 2003, pp. 269-285. Las referencias a Jerez en la p. 270.
(13) Ibidem p. 270
(14) Torrejón Chaves, J.: El elefante que llegó a la Isla de León, Diario de Jerez, 6 de diciembre de 2016.
(15) Saramago, J.: El viaje del elefante, Alfaguara, 2008.
(16) Caballero Ragel, J.: La Feria de Ganados de Caulina, Diario de Jerez, 23 de marzo de 2010.
(17) “El Zoo contará con un elefante comprado por los niños de Jerez”, Diario de Jerez 29 de agosto de 1987.
(18) Miró, J.: Buba viaja camino de su nuevo hogar en un zoológico de Hungría. Diario de Jerez, 4 de octubre de 2011, p. 17.
(19) “Un emocionante encuentro con Buba cinco años después”, La Voz del Sur, 18 de octubre de 2016.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Miscelánea, Paisajes con historia.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 15/10/2017

Majarromaque.
Un paseo por sus paisajes y su historia.




Entre los poblados de colonización y las barriadas rurales repartidos por la Vega del Guadalete, siempre hemos sentido una especial atracción por Majarromaque y los paisajes de su entorno. El río, procedente de la Vega de Albardén, cambia aquí su curso al llegar a un pequeño promontorio sobre el que se emplaza el blanco y ordenado caserío de esta población.

Levantada en 1954 sobre las tierras del antiguo cortijo de Majarromaque, se le dio oficialmente el nombre de “José Antonio”, si bien este nunca llegó a cuajar ya que desde sus orígenes convivió con el antiguo y sonoro nombre del lugar que ha terminado por imponerse.

Los primeros habitantes de estos parajes.

A medio camino entre La Barca de la Florida y la Junta de los Ríos, este enclave rural se sitúa sobre una antigua terraza fluvial del Guadalete de la que dan testimonio los numerosos cantos rodados que se aprecian en los campos de cultivo próximos a la carretera o junto a las riberas del río, donde se explotaron en su día varias graveras para la extracción de áridos.



En los depósitos de estas misma terrazas, un equipo de arqueólogos dirigido por Francisco Giles (1) localizó en 1990 varios yacimientos del Paleolítico Inferior y del Paleolítico Medio con materiales líticos. En el tramo superior del yacimiento atribuido a este último periodo se obtuvieron también fragmentos óseos de bóvido (Bos primigenius), de cérvido (Cervus elaphus), y de elefante (Paleoloxodon antiquus) que nos ayudan a reconstruir el antiguo ecosistema de este territorio. El nulo rodamiento de las piezas líticas, la buena conservación de la serie dental superior del bóvido en conexión anatómica y de piezas más frágiles como vértebras y fragmentos de extremidades junto a otras que, como molares y defensas, se erosionan menos por el transporte fluvial, llevaron a concluir a los arqueólogos la posición primaria del yacimiento, lo que supone que pudiendo ser un sitio de ocupación.

En su estudio apuntan que este yacimiento de Majarromaque “ha retenido entre sus sedimentos una instantánea de la más remota historia del hombre en estas tierras. En su momento el yacimiento se colocaba en un meandro con aguas someras alejado del cauce principal del antiguo Guadalete, un sitio ideal para la aguada de los herbívoros. Un grupo de individuos que portaban consigo sus herramientas de trabajo…bien abatió o aprovechó las carcasas de un elefante, un bóvido y un ciervo” (2). Los restos encontrados nos relatan cómo después se abandonaron las dentaduras del bóvido y el cérvido y los fragmentos de los colmillos del elefante, partes todas ellas con menor aprovechamiento para el hombre del paleolítico. Una fascinante historia que nos hace recrear como pudieron ser, entre 40.000 y 100.000 años atrás, estos parajes.

Majarromaque: un paseo por la historia.



Más cercanos en el tiempo, hay que recordar que en las proximidades de Majarromaque, en un paraje junto al río conocido como cerro de Alcolea situado en la Vega de Albardén, se hallaron vestigios ibero-turdetanos y romanos. Entre los últimos, junto a los restos cerámicos, se hallaron varias tumbas así como otros elementos constructivos y una estructura abovedada de notables dimensiones relacionada con la captación y recogida de agua que actualmente se encuentra cegada (3).

Todo ello viene a confirmar la existencia de asentamientos para la explotación de estas ricas vegas ya desde la antigüedad, tal como lo atestiguan también otros enclaves rurales cercanos, habitados ya en la época romana, como Casablanca y Casinas -en la cercana Junta de los Ríos-, Vicos o Jédula.





A falta de que la arqueología lo confirme, creemos también que en estos parajes debió existir un enclave andalusí del que, como principal referencia ha persistido hasta nuestros días el topónimo de Majarromaque. Su sonoridad y su rareza encierran un hermoso origen ya que se trata de un topónimo árabe que procede de la adición de las voces “maysar” (cortijo o cortijada) y “rummak” (yegüero): “el cortijo del yegüero” (4). No deja de ser curioso que, hace ya un milenio, este rincón de la campiña era conocido por que aquí se criaban caballos, como sucede hoy en Vicos y en Garrapilos, colindantes con Majarromaque.

A propósito de este apelativo, conviene recordar que los árabes usaban la voz “maysar” para referirse a este tipo de propiedades rústicas. El vocablo ha dado origen, entre otras, a las formas “machar” o



“majar” presentes en muchos de los nombres de antiguas aldeas y caseríos diseminados por nuestras campiñas, algunos de los cuales han llegado hasta nuestros días como este de Majarromaque o los de Macharnudo, Majarrazotán o Macharaví. Como señala el profesor V. Martínez Enamorado, “distintos autores han interpretado el machar como un tipo de explotación agraria que no es suficientemente amplia para confundirla como un núcleo de población o también como una unidad agraria elemental” (5). A diferencia de la alquería (“qarya”), para la que se propone una cierta entidad de población y una unidad de propiedad, el cortijo árabe (“maysar”) es un núcleo de orden inferior, dependiente de una ciudad o alquería, destinado básicamente a la producción agropecuaria. (6)

No nos debe extrañar la presencia andalusí en este lugar ya que la explotación de los recursos agrícolas y ganaderos de la vega del Guadalete y de los secanos y dehesas de la campiña, trajo de la mano la ocupación de numerosos enclaves en las cercanías del río.



Entre ellos destacó Qalsāna (Calsena), ciudad árabe que estuvo ubicada en la cercana Junta de los Ríos, en las proximidades del cortijo de Casinas. Esta ciudad llegó a ser capital de la Cora de Sidonia y cobró importancia, como Šarīš (Jerez), a partir del declive de Šidūna (Castillo de Doña Blanca) tras las incursiones normandas del año 844, trasladándose posteriormente la capitalidad al interior de la provincia, a Calsena, que fue por este motivo una gran ciudad desde mediados del s. IX y durante el s. X (7).



Es posible que en el entorno de Calsena, al calor de su pujanza y de su protección, se establecieran en esos siglos alquerías y pequeñas explotaciones rurales como la de Jédula y, tal vez, la de Majarromaque. Y ahí están también los topónimos de origen andalusí Albardén y Alcolea (“el castillejo” o la pequeña fortaleza…) dando pistas de las que nos ocuparemos en otra ocasión.

Macharrama, Matharrami, Marrumaque.

Sea como fuere, lo cierto es que ya desde los siglos XIII y XIV, encontramos en las fuentes documentales referencias a Majarromaque en formas castellanizadas. Así, en la “Carta de previllexio de Alfonso X” (1274), estableciendo los términos de Jerez, aparecen las primeras menciones: “do parte término Matharrami, que finca a Jerez” (8).



Como Macharrama se menciona ya en el s. XIV en la “Carta de previlexio donando el castillo de Tenpul” (9) donde se señalan los mojones entre Jerez y Tempul que en esta zona se trazaban “…fasta la Torrecilla que está sobre el Rio del Sotillo é caba adelante el Aldea del Alvadin atraviesa el Rio de Guadalete y va á mojon cubierto de Macharrama” (10). En los siglos medievales la aldea de Majarrocán se encontraba en el donadío y dehesa de Majarromaque, repartida entre los castellanos en 1269 (11).



Durante los siglos medievales, predominaban en el entorno de Majorramaque las dehesas de encinas y el monte bajo, y ya con este nombre nos lo encontramos a comienzos del siglo XVII en la relación de los primeros seis grandes cotos de caza mayor y menor que el Ayuntamiento de Jerez crea y por los que consigue considerables rentas para las arcas municipales. Este coto abarcaba “desde Majarromaque hasta los molinos del Sotillo” (12) aprovechando las buenas condiciones para el refugio de los animales de caza que proporcionaban las espesuras vegetales de las riberas del Guadalete y los escarpes a ambos lados del río.

Con diferentes formas según las fuentes documentales se recoge también el nombre en los siglos XIX y comienzos del XX. Así, como Marramaque o Marramaqui aparece en los planos catastrales de 1897 (13). Pero sin duda, el más popular y conocido ha sido el nombre de Marrumaque, que aún es usado por muchos y que es el que figura en el primer mapa topográfico oficial de 1917 (14). Curiosamente, esta forma es la que mejor enlaza con el primitivo topónimo andalusí derivado de “rummak” (el yegüero).

Con la construcción del poblado de colonización a comienzos de los 50 del siglo pasado, se le dio a este enclave el nombre de José Antonio, si bien nunca ha dejado de conocerse por su hermoso nombre de origen andalusí: Majarromaque, el cortijo del yegüero.



Majarromaque en la literatura.

Tal vez por la sonoridad de su nombre o tal vez por la curiosidad que despierta el mismo, lo cierto es que Majarromaque, este peculiar y llamativo topónimo, ha sido llevado también a la literatura en diferentes obras.

La referencia más reciente la hallamos en la magnífica novela Llamé al cielo y no me oyó, publicada en 2015, de la que es autor el abogado y escritor jerezano Juan Pedro Cosano. En uno de sus capítulos se relata la historia de Isabel Ruiz Vela, sirvienta de uno de los personajes de ficción de este relato que transcurre en el Jerez de mediados del S. XVIII: don Juan Bautista Basurto y Espinosa de los Monteros, señor de Majarromaque, caballero veinticuatro de Jerez y regidor perpetuo de su concejo (15).

También el escritor Sebastián Rubiales, en un hermoso libro titulado Los lugares prohibidos –lugares, que en palabras del propio autor, son más bien “imaginariamente deseados”- dedica uno de los capítulos a Majarromaque:

"Hay nombres rotundos. Palabras cuyos sonidos tienen en sí mismos significados; como si la sucesión de letras y fonemas, su orden exacto, fuera indicando la naturaleza del lugar al que se refieren. Majarromaque suena como un tiroteo que espanta una bandada de palomas torcaces. Evoca un revuelo de plumas blancas y pólvora seca. Alpiste, cebada y panizo…“.

En este mismo capítulo, el autor evoca sus recuerdos de infancia, dejándonos unas bellas imágenes en las que describe las sensaciones que, en una visita a Majarromaque, le produce su encuentro con un pozo:

"El camino de entrada al caserío se eleva poco a poco y, en su costado derecho, aprovechando el desnivel, se acomoda una construcción cilíndrica, rematada por un techo semicircular, en cuyo interior hay una fuente. Una tarde de chicharra entré por una abertura parecida a un ventanuco. La fuente murmuraba sobre el depósito que retenía el agua. Cuatro o cinco carpas rojas y grises se movían despacio abriendo la boca para coger oxígeno. Lentamente. En la oscuridad del pequeño recinto el frescor de la humedad acariciaba la piel y se concentraba un olor de romero y de lavanda. Cuando introduje los pies en el agua, la frescura me inundó el alma. Como un descendimiento de la conciencia hacia los territorios en los que no se sufre. Un sedante para los sentidos.

Las carpas se movían despacio, ignorantes y confiadas. Las carpas, rojas y grises. Grises y rojas. La emoción serena, casi alegría, que comencé a sentir estuvo a punto de arrojarme al agua. Me refresqué la cara y los brazos. Bebí el agua clara. Evoqué el encuentro con la Verónica, cuando la mujer le ofrece, al Cristo, un paño para enjugarle el sudor y las lágrimas.



Sobre un poyete me quedé dormido, soñando con la luz de la luna en un bosque de álamos blancos junto al río y aromas de lavanda y romero, y con una bandada de palomas torcaces. Soñé que no me despertaba. Y no me desperté. Desde entonces jamás he regresado de este sueño en el que permanezco voluntariamente. Al abrigo de las horas, y del sol, y del viento.” (16)


…Un pozo. Un humilde y viejo pozo. Aunque ahora no nadan las carpas en sus aguas secretas, este pozo de Majarromaque, que resiste al tiempo al pie de la carretera, nos traerá ya siempre las hermosas imágenes que en “Los lugares prohibidos” nos ha dejado Sebastián Rubiales.

Para saber más:
(1) Equipo de Investigación Proyecto Guadalete 1984-1994. Integrado por Francisco Giles Pacheco, Esperanza Mata Almonte, Antonio Santiago Pérez, José María Gutiérrez López y Luis Aguilera Rodríguez.
(2) Equipo de Investigación Proyecto Guadalete 1984-1994: Antonio Santiago Pérez, José María Gutiérrez López, Francisco Giles Pacheco, Esperanza Mata Almonte y Luis Aguilera Rodríguez: Cuaderno de Arqueología: El Registro arqueológico de los primeros grupos humanos en la comarca de Jerez y su contexto en el sur de la península. Resultados de un Proyecto de Investigación. Centro de Estudios Históricos Jerezanos, Diputación Provincial de Cádiz y Ayuntamiento de Jerez. Educación y Cultura. Separata de la Revista de Historia de Jerez, nº 7, 2001, p. 19-20
(3) Carta Arqueológica de Arcos. Ayuntamiento de Arcos, 2009, Vol. III, pp. 223-230. El yacimiento de El Albardén es citado también por G. Chic García en “Lacca” . Habis, 10-11, 1979-1980, pp. 255-276.
(4) Martín Gutiérrez, E.:Análisis de la toponimia y aplicación al estudio del poblamiento: el alfoz de Jerez de la Frontera durante la Baja Edad Media”, HID, 30 (2003), 257-300, p. 279,
(5) Gutiérrez López, J.Mª y Martínez Enamorado, V.: “Matrera (Villamartín): una fortaleza andalusí en el alfoz de Arcos”. I Congreso de Historia de Arcos de la Frontera. Ayuntamiento de Arcos, 2003, p. 114-115.
(6) Abellán Pérez, J.: La cora de Sidonia, Málaga, 2004. P. 78.
(7) Borrego Soto, M.A.: La capital itinerante: Sidonia entre los siglos VIII y X. Presea ediciones, Jerez, 2013.
(8) CARTA DE PREVILLEXIO DE ALFONSO X (Estableciendo los términos de Jerez). Cuéllar, 3 de agosto, 1274. Archivo de la Catedral de Cádiz. Manuscrito, cortijo de los Siletes. Fols 214r-230r. Citado por: MARTINEZ RUIZ, J.: “Toponimia gaditana del siglo XIII”, en Cádiz en el siglo XIII, Actas de las Jornadas conmemorativas del VII centenario de la muerte de Alfonso X el Sabio, Cádiz, 1983, pg. 118.
(9) “Y ba al moxón cubierto de Macharrama” Carta de previlexio donando el castillo de Tenpul. Sevilla, 30 de diciembre de 1351. Archivo de la Catedral de Cádiz. Citado por: MARTINEZ RUIZ, J.: “Toponimia gaditana del siglo XIII”, en Cádiz en el siglo XIII, Actas de las Jornadas conmemorativas del VII centenario de la muerte de Alfonso X el Sabio, Cádiz, 1983, pg. 120
(10) Gutiérrez, B.: Historia y Anales de la muy noble y muy leal ciudad de Xerez de la Frontera, Edición facsímil. Tomo I. BUC .Jerez, 1989, vol. I, pg. 192.
(11) Martín Gutiérrez, E.:Análisis de la toponimia y aplicación al estudio del poblamiento: el alfoz de Jerez de la Frontera durante la Baja Edad Media”, HID, 30 (2003), 257-300, pág. 279
(12) Pérez Cebada, J.D. (2009): Regulación cinegética y extinción de especies. Jerez, siglos XV-XIX. En Revista de Historia de Jerez nº 14-15, 2008/2009. pp. 211-212.
(13) Archivo Histórico Provincial de Cádiz.: Trabajos Topográficos. Provincia de Cádiz. Ayuntamiento de Jerez de la Frontera. Escala 1:25.000, 1897
(14) Mapa del IGN, Hoja 1048, edición de 1917.
(15) Juan Pedro Cosano: Llamé al cielo y no me oyó. Ed. Martínez Roca, 2015
(16) Sebastián Rubiales Bonilla: Los lugares prohibidos. Ed. Renacimiento. 2006


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar en Paisajes con Historia, Toponimia, El paisaje en la literatura, Fuentes, manantiales y pozos.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 24/01/2016

 
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