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Rempujeros: nuestros niños yunteros.
Las difíciles condiciones de vida de los niños, hace apenas un siglo.




Hoy, domingo 20 de noviembre, se conmemora el Día Universal de los Derechos de la Infancia, también conocido como Día Universal de la Infancia. Se trata de uno de esos Días "D" en el que los medios de comunicación ponen el foco en los graves problemas que tienen aún en tantos lugares del mundo, millones de niños y niñas cuyos derechos más básicos no son respetados.

En días como el de hoy se recuerda cada año de manera especial que la infancia es el colectivo más vulnerable, el que más sufre las guerras y las crisis y se subraya el enorme trabajo que queda aún por realizar para que la Declaración de los Derechos del Niño, aprobada por la Asamblea General de la ONU en 1959, y lo acordado en 1989 en la Convención sobre los Derechos del Niño, y suscrito en la actualidad por 191 países, sea una realidad. La protección de la infancia y el derecho de los menores a la salud, la educación, la supervivencia y el desarrollo, el bienestar, la no explotación,… son ya retos conseguidos en muchos lugares… y asignaturas pendientes en otros muchos, razón por la cual sigue siendo necesario dedicar todos nuestros esfuerzos a esta causa.



Desde estas páginas de Entornoajerez, queremos proponer al lector una reflexión sobre estas cuestiones, recordando como hace apenas un siglo en unos casos, y tan sólo algunas décadas en otros, los derechos de la infancia también eran una asignatura pendiente en nuestro territorio más cercano, en nuestro medio rural, en nuestra propia ciudad. Si miramos atrás encontramos relatos y escenas que aún nos conmueven, en las que “nuestros” niños y niñas más desfavorecidos eran los tristes protagonistas.

El trabajo de los niños: la visión de Ramón de Cala.

Uno de los políticos jerezanos más destacados del siglo XIX fue sin duda Ramón de Cala (1827-1902). Organizador del Partido Republicano en nuestra comarca, participó activamente en “La Gloriosa”, la Revolución de 1868, siendo nombrado Presidente de la Junta Revolucionaria de Jerez. Diputado y senador por la ciudad en las Cortes Constituyentes de 1869-1871, y en las de la Primera República de 1873-1874, llegó a ser vicepresidente del Congreso (1). En su actividad política y en sus escritos mostró siempre un gran interés por los aspectos sociales. La instrucción pública, las cuestiones sanitarias, la defensa de los derechos de los trabajadores, la denuncia de las condiciones de vida de las clases populares y, en especial de los niños… estuvieron entre sus preocupaciones constantes. Buena parte de sus ideas se recogen en una de sus obras más conocidas, El problema de la miseria resuelto por La harmonía de los intereses humanos, publicada en 1884 (2).

En ellas, tras describir las duras condiciones de vida de los obreros del campo y de los trabajadores adultos, plantea una serie de reflexiones comparándolas con las que sufren los niños “… a quienes la necesidad obliga a trabajar”. Al respecto, nuestro político y escritor ofrece la siguiente reflexión: “El obrero adulto representa el tiempo que acaba, el niño trabajador representa la esperanza, el porvenir. Doloroso es que el primero consuma entre amarguras y fatigas los restos de su existencia; pero aún es más doloroso que el pobre niño salga á la vida prensado en la máquina del trabajo que lo deforma y desmoraliza. ¡Cual será el porvenir de las venideras generaciones formadas con esos niños que vemos en los talleres raquíticos, escuálidos, amarillentos y con señales de una existencia corta y llena de penalidades!”, se lamenta amargamente Cala (3).

Al retratar las condiciones de vida de los niños trabajadores, apunta comentarios muy actuales y señala como indirectamente se les priva de la infancia y del juego: “...por lo común los niños empiezan a trabajar antes de tiempo, y lo que es peor todavía, en ocupación ingrata que no distrae, ni origina placer de ninguna especie. Sometidos al yugo del aprendizaje que los retiene en sujeción durante horas continuas, ven contrariadas durante las tendencias de su naturaleza hacia la libertad, el movimiento y la alternativa desordenada, alegra y bulliciosa”.

La falta de tiempo libre, de educación, el embrutecimiento de las largas jornadas laborales, la ausencia de instrucción profesional básica, el destino final de los niños que trabajan… son otras tantas cuestiones que denuncia Cala: “ni siquiera reciben metódicamente la enseñanza de un oficio… Ni una lección les instruye, ni les guía un consejo… y así que por el transcurso de largos años… sus manos han tomado la costumbre de formar instintivamente parte de las herramientas, se hallan casi sin saberlo convertidos en operarios capaces de ganar el jornal, para entrar en una senda diferente de la fatigada peregrinación de su existencia”.

Las penosas condiciones de vida de los niños de la familias más desfavorecidas del Jerez de finales del XIX son expuestas también por Ramón de Cala con toda su crudeza: “… la vida del niño en casa de sus padres, que no es buena por punto general, y peor si los padres son trabajadores. Debía ser el niño la alegría de la casa y es la perturbación. No tiene espacio para moverse siendo tan bullicioso, y lo acuñan donde no cabe”. Estos comentarios no hacen sino poner en evidencia uno de los problemas del Jerez de la época que sufrían muy especialmente los niños: el hacinamiento de las familias obreras. El historiador Diego Caro Cancela, a modo de ejemplo que ilustra este grave problema, nos recuerda como en 1872 se daban algunos casos extremos y así, “en la calle Mariñiguez, en la casa situada en el



número seis, residían –es un decir- 16 familias, igual que en el número 15 de las calle Molineros. Y dos casas de la Puerta del Sol, las números 4 y 10, tenían censadas cada una hasta 17 familias”. La comisión formada en el Ayuntamiento de Jerez en ese año para inspeccionar las viviendas informaba que en las casas de vecindad “se albergan desde 4 vecinos hasta 14 y aún más, según la capacidad de estos edificios… Por lo general ocupa cada familia de dos a tres habitaciones, aunque en muchos casos se limitan a una sola
” (4)

No es de extrañar que, en estas condiciones de hacinamiento, las dificultades para el normal desarrollo de los niños fueran más que evidentes, lo que lleva a afirmar a Ramón de Cala que “Todos sus juegos se convierten en diabluras y rueda de un lugar a otro, revolviendo el pobre mobiliario entre gritos y pescozones. Su carácter principia a torcerse por la contradicción perpetua… ¡Cómo ha de comprender el niño que debe embutirse en un rincón sin movimientos, cuando toda su naturaleza lo impulsa a la movilidad y al bullicio! Al poco tiempo es menester alejarlo del hogar, porque estorba… y lo colocan de aprendiz, si no desde el primer instante de trabajador, porteando escombros para que gane algo inmediatamente

Con respecto al acceso a la educación de los hijos de los trabajadores del campo, Caro Cancela pone en evidencia que, ante la preocupación por satisfacer cada día las necesidades más primarias, como las de comer y vestirse, el interés por la educación pasaba a ser un asunto marginal en la conciencia de estos trabajadores que no podían atender adecuadamente las necesidades de sus hijos. En este sentido, recuerda que ya en 1850 el cuestionario de la Sociedad Económica de Amigos del País reconocía que en Jerez “la educación de los infelices trabajadores del campo (…) puede decirse que es ninguna, pues los hijos de éstos, en razón a vivir llenos de andrajos, sucios y hambrientos, no se recogen en las escuelas gratuitas, porque los menos desgraciados, siquiera vestidos, huyen de ellos: por tanto, se crían como salvages e idiotas” (sic). Estos hijos de jornaleros –añadía-, “viven miserables pidiendo por las calles medio desnudos o vestidos de harapos, recojiendo (sic) el mendrugo y los desperdicios, y de este modo pasan el tiempo, y crecen hasta que logran, ya que tienen fuerzas, acomodarse en el campo para zagales y trabajos menores” (5).

Los rempujeros: nuestros niños yunteros.

Obligados por la necesidad, muchos niños de familias sin recursos trabajaban en los cortijos realizando tareas agrícolas o de cuidado de animales en largas y agotadoras jornadas por las que apenas recibían poco más que una escasa y mala comida. Los niños participaban en el rebusco o en la recogida de semillas y hacían de porqueros, vaqueros, cabreros, paveros, aguadores… Guardamos de todo ello singulares relatos que dejamos para otra ocasión y que nos han hecho llegar algunos familiares de aquellos que, hace menos de un siglo, perdieron su niñez trabajando de sol a sol.



Una de estas esclarecedoras escenas de trabajo infantil la encontramos en La Bodega la famosa novela de Vicente Blasco Ibáñez que vio la luz en 1905 después de una visita que el escritor y político valenciano realiza a Jerez en 1902 acompañando a Alejandro Lerroux. En ella aprovechará para documentarse y recabar datos de primera mano sobre la realidad social de la vida de los jornaleros en nuestra campiña. El médico y político jerezano Fermín Aranda, y el sindicalista Manuel Moreno Mendoza, militantes también de su partido Unión Republicana, le acompañarán en sus recorridos y le facilitarán información precisa sobre los problemas sociales de nuestra ciudad y su entorno rural (6).

Blasco Ibáñez, en un conmovedor pasaje de La Bodega, se refiere a los “rempujeros” que, salvando algunas diferencias, tanto nos recuerda mucho a la figura del “niño yuntero” a la que dedica un conocido poema Miguel Hernández. Comparando la vida de los niños que trabajaban en los cortijos de la campiña, escribe Blasco Ibáñez: “Los hombres empezaban de pequeños el aprendizaje de la fatiga, del hambre engañada. A la edad en que otros niños más felices iban a la escuela, ellos eran zagales de labranza por un real y los tres gazpachos. En verano servían de rempujeros, marchando tras las carretas, cargadas de mies, como los mastines que caminan a la zaga de los carros, recogiendo las espigas que se derramaban en el camino y esquivando los latigazos de los carreteros que los trataban como a las bestias”.

El futuro de estos niños que perdían su infancia ante la necesidad de trabajar para ayudar a sus familias, es descrito también por el autor de La Bodega con toda crudeza: “Después eran gañanes, trabajaban la tierra, entregándose a la faena con el entusiasmo de la juventud, con la necesidad de movimiento y el alarde fanfarrón de fuerza, propios del exceso de vida. Derrochaban su vigor con una generosidad que aprovechaban los amos. Estos preferían siempre para sus labores la inexperiencia de los mozos y de las muchachas. Y cuando no habían llegado a los treinta y cinco años se sentían viejos, agrietados por dentro, como si se desplomase su vida, y comenzaban a ver rechazados sus brazos en los cortijos…” (7).

El rempujero figuraba en el último lugar del “escalafón”, en lo que al trabajo agrario se refiere y 30 años después de la publicación de La Bodega nos los encontramos -al menos- incluidos en la relación de salarios entre patronos y obreros, cerrando las listas de jornales. Así, en 1932, los zagales rempujeros cobraban 3,50 ptas., la mitad del sueldo más bajo de todos los incluidos en las Bases de Trabajo en el campo (8). Apenas unos años más tarde, en 1936, el “niño rempujero” que participaba en las faenas de trilla o que trabajaba en las eras, ganaba 4,25 ptas., como quedaba recogido en las Bases de Trabajo Agrícola para la campiña de Jerez (9). La figura del niño o zagal rempujero, pervivió hasta la década de los 50 del siglo pasado y la contemplaban, por ejemplo, las Reglamentaciones del Trabajo en el campo de 1948 (10).

El poeta Miguel Hernández, en su “Niño yuntero” escribía: “Me duele este niño hambriento/ como una grandiosa espina, / y su vivir ceniciento / revuelve mi alma de encina. / Lo veo arar los rastrojos, / y devorar un mendrugo, / y declarar con los ojos/ que por qué es carne de yugo” … Y nosotros, al evocar el sufrimiento de aquellos niños sin infancia que trabajaban para poder sobrevivir en nuestros campos, no podemos sino recordar de nuevo –con tristeza- estos versos.

Para saber más:
(1) Caro Cancela, D.: Ramón de Cala: republicanismo y fourierismo, en Serrano García, R. (Coord) “Figuras de “La Gloriosa”. Aproximación biográfica al Sexenio Democrático”, Valladolid, 2006, págs. 49-72.
(2) Ramón de Cala: El problema de la miseria resuelto por la harmonía de los intereses humanos (1884) Edición Facsímil (2002), pp. 115-118. Editada por el Ayuntamiento de Jerez y coordinada por Joaquín Carrera Moreno
(3) Este comentario y los siguientes atribuidos a Ramón de Cala han sido tomados de Ramón de Cala: El problema… pp. 92-94.
(4) Caro Cancela D.: Burguesía y jornaleros. Jerez de la Frontera en el Sexenio Democrático (1868-1874). Caja de ahorros de Jerez, 1990. pp. 265-266
(5) Caro Cancela D.: Burguesía.. p. 266.
(6) García Lázaro, A. y García Lázaro, J.: Con Vicente Blasco Ibáñez por la campiña jerezana. Los paisajes que recorrió el autor de La Bodega. Diario de Jerez, 18 de Mayo de 2014. También puede verse: http://www.entornoajerez.com/2014/05/con-vicente-blasco-ibanez-por-la.html
(7) Blasco Ibáñez, Vicente.: La bodega. Plaza Janés Editores, 1979. A esta edición pertenecen los fragmentos que figuran en el texto.
(8) ABC de Sevilla, 3 de Mayo de 1932.
(9) El Yaidín, nº10 22/9/04 16:41 Página 38
(10) Ortega López, T.M.: Trabajadores y jornaleros contra patronos y verticalistas, Universidad de Granada, 2001, p. 563.


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Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar El paisaje en la literatura, El paisaje y su gente, Miscelánea

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 20/11/2016


Canción triste de las gañanías




Cuando el paseante recorre los hermosos paisajes de la campiña o cuando se acerca a conocer la rica arquitectura popular de nuestras casas de viña, cortijos y haciendas no suele reparar en quienes, en buena medida, hicieron posible que nuestros campos dieran fruto y riqueza. Hemos olvidado la “deuda histórica” que nuestra tierra tiene con los “gañanes”, con tantos jornaleros del campo a los que nunca se levantarán monumentos en ninguna plaza ni en ninguna avenida.



En un libro publicado hace unos años, Flamencos de Gañanía, la escritora y periodista americana Estela Zatania rescata, en un interesante estudio de corte antropológico, el cante flamenco que en los años de la posguerra se mantuvo vivo por transmisión oral en muchos cortijos del entorno del bajo Guadalquivir. Como un bálsamo, el cante servía aquí para aliviar las difíciles condiciones de vida que muchas familias compartían en las “gañanías” de aquellos cortijos de Utrera, Lebrija, Trebujena y Jerez (Zangarriana, La Mariscala, Frías...) en los que, como señala la investigadora americana donde, la única diversión fue el flamenco. (1)

Esta misma visión parece apuntarse ya por el Padre Coloma en un relato que con el título de Ranoque forma parte de su Colección de lecturas recreativas (1887): “Había llegado la noche, fresca y serena como en Andalucía suelen serlo las de noviembre, y reinaba una profunda calma en el extenso caserío del cortijo D***, cuyas inmensas dehesas suben y se extienden por los laberintos de la sierra. Escapábanse, sin embargo, por las ventanas de la gañanía algunos reflejos de tenue luz, y una voz de hombre, acompañada por una guitarra, dejaba oír dentro esas armoniosas modulaciones de los cantares andaluces, ya alegres, ya tristes, siempre originales y melancólicamente bellas, que a veces el capricho de los dilettanti transporta con gran desventaja, de los encinares y dehesas de un cortijo, a los estrechos límites de salones y teatros”. (2)



En las gañanías de los cortijos se cantaba… Sin embargo, durante muchas décadas, como telón de fondo al duro trabajo de los jornaleros del campo, la copla que más se escuchó en las gañanías fue una canción triste.

La dura vida de los gañanes.



El profesor e historiador Diego Caro Cancela, en su obra Burguesía y jornaleros. Jerez de la Frontera en el Sexenio Democrático (1868-1874), se refiere así a la dura vida de los trabajadores de los cortijos de nuestra campiña: “En 1850, la sección de Agricultura de la Sociedad Económica de Amigos del País de Jerez, en respuesta a una encuesta del Ministerio de Comercio, Instrucción y Obras Públicas describía así la comida que ingería el jornalero que trabajaba en los cortijos: 'come todo el año miga caliente o fresca de pan, ajo, pimiento, mal



aceite, vinagre fuerte, y duerme en cama dura'. Cincuenta años después, las condiciones de los trabajadores de los cortijos habían cambiado poco según se desprende de la 'Memoria sobre las condiciones sanitarias de Jerez de la Frontera' redactada en 1894 por el ingeniero y vocal de la Junta de Sanidad, Gumersindo Fernández de la Rosa, en la que señala que 'rarísima vez come otra cosa que el pan llamado de ginete, aderezado en los interminables gazpachos fríos o calientes con aceite y vinagre'
”. (3)

Esta visión de las penosas condiciones de vida en las gañanías viene a coincidir con la que aportan las fuentes literarias de la época. En un interesante trabajo de Leopoldo Porras Granero sobre “El pueblo en la novela española del XIX”, se recoge un retrato del gañán, de finales de siglo: "Gana... la comida y dos reales diarios: a tres llega pocas veces. Come... pan a discreción y gazpachos fríos y calientes y a veces un cocido de legumbres, pero no prueba la carne en todo el año: en caso de grandes trabajos se le da un guiso de garbanzos. Duerme... en el 'poyo' de la gañanía del cortijo, en los establos, en el pajar, en la cocina, sobre una saca de paja o en el hato sobre un banco, con una manta o sin ella; pero nunca en camas, porque no las hay en los cortijos, y siempre en comandita con los demás gañanes que tienen su misma desgraciada suerte… Vive... separado constantemente de su familia, a la que va a ver al pueblo cada quince días o cada



mes si puede y se lo permiten; es muy frecuente la soltería, porque no da el oficio para sostener ni soportar el matrimonio; la familia, cuando la tiene, se busca por su cuenta la vida, por ser muy escasa la cantidad, que para ayudar a vivir a su mujer e hijos, puede proporcionar el padre de familia
." (4)

“Una vida que se confunde con la de las bestias...”

De las dificultades de los jornaleros del campo y de las penurias y escaseces de la vida en las gañanías del primer tercio del siglo XX, Blas Infante, el “padre de la patria andaluza”, escribió un texto revelador que aún hoy estremece: «Yo tengo clavada en la conciencia, desde mi infancia, la visión sombría del jornalero… los he contemplado en los cortijos, desarrollando una vida que se confunde con la de las bestias; les he visto dormir hacinados en sus sucias gañanías, comer el negro pan de los esclavos, esponjando en el gazpacho mal oliente, y servido, como a manadas de ciervos en el dornillo común, trabajar de sol a sol, empapados por la lluvia en el invierno, caldeados en la siega por los ardores de la canícula… Y, después, he sentido vergüenza al leer en escritos extranjeros que el escándalo de su existencia miserable ha traspasado las fronteras, para vergüenza de España y de Andalucía».(5)



En parecidos términos se manifiesta también el célebre hispanista Gerald Brenan en su conocida obra El laberinto español (1943). Refiriéndose a la dura vida de los obreros del campo y las gañanías escribe:



En la sementera y la recolección, es decir, durante una serie de meses, los jornaleros se ven precisados a abandonar a sus familias y dormir en los vastos cortijos, distantes a menudo quince o veinte kilómetros del pueblo.



Allí duermen, en ocasiones hasta un centenar, juntamente hombres y mujeres, en el suelo de una gran pieza llamada la «gañanía», con un hogar al fondo. El amo les aporta la comida, la cual, excepto en la época de siega, en que se le añaden judías, consiste exclusivamente en «gazpacho», una especie de sopa de aceite, vinagre y agua, con pan flotando por encima.



El gazpacho se toma caliente para desayuno, frío a mediodía y caliente otra vez por la noche. A veces, a esta dieta de pan de maíz y aceite, se añaden patatas y ajo. Cuando es el amo el que proporciona la comida, los jornales rara vez suben de 1,50 pesetas, por cuya cantidad hay que trabajar una jornada de doce horas, con descansos.



Tales condiciones de vida en la baja Andalucía, descritas por primera vez por Blasco Ibáñez en La bodega, y más tarde por Marvaud y otros investigadores, no han cambiado de modo apreciable; de ello puedo dar testimonio por mi experiencia personal
”. (6)



En la próxima entrega recorreremos las gañanías de las campiñas jerezanas con Manuel Moreno Mendoza y Vicente Blasco Ibáñez, de la mano de La Bodega.

Para saber más:
(1) Estela Zatania: Flamencos de gañanía. Ediciones Girlada, 2007
(2) Luis Coloma: Ranoque, en “Colección de lecturas recreativas” 1887.
(3) Caro Cancela D.: Burguesía y jornaleros. Jerez de la Frontera en el Sexenio Democrático (1868-1874). Caja de ahorros de Jerez, 1990. p. 114
(4) Porras Granero L.: El pueblo en la novela española del siglo XIX. Servicio de Publicaciones de la Univ. De La Laguna, 2005. pg. 150. Recoge esta cita de M. Tuñón de Lara, La España del siglo XIX. Barcelona, Laia, 4ª Edic. 1973. p.359.
(5) Hiniesta, E.: El siglo de Blas Infante, 1883-1981. Alegato frente a una ocultación. Recoge la cita de B. Infante sobre las condiciones de vida de los jornaleros que reproducimos.
(6) Brenan, G.: El laberinto español. Antecedentes sociales y políticos de la guerra civil. E. Ruedo ibérico. París. Pg. 79


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Otros enlaces que pueden interesarte: El paisaje y su gente, El paisaje en la Literatura y Con Vicente Blasco Ibáñez por la campiña jerezana. Los paisajes que recorrió el autor de La Bodega.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 11/05/2014


Historia de Medina Sidonia


Pulsar sobre la imagen para consultar el índice de la obraHistoria de Medina Sidonia es el título de una obra, integrada por tres tomos, editada por el Servicio de Publicaciones de la Diputación de Cádiz con la colaboración del Ayuntamiento de Medina Sidonia.

Como señala en la presentación de la obra su coordinador, el profesor Diego Caro Cancela, esta ciudad no ha sido olvidada por cronistas e historiadores, más bien al contrario: “el hecho de dar su nombre a una de las casas nobiliarias más conocidas de España, su riquísimo pasado, su indudable protagonismo en las épocas romana y musulmana, todo ello hizo posible una abundante bibliografía que ha continuado hasta nuestros días.” Por estas razones, lo que esta reciente publicación añade, desde su concepción como Historia General de la localidad, es la sistematización y puesta al día de de las numerosas investigaciones parciales realizadas en las últimas décadas. Y todo ello combinando el rigor científico del historiador con la labor divulgativa que los autores han sabido imprimir a la obra, para hacer de ella un trabajo de interés general y de atractiva lectura.



La Historia de Medina Sidonia está integrada por tres tomos. El primero abarca de los orígenes a la época medieval, el segundo se ocupa de las épocas Moderna y Contemporánea y el tercero y último está exclusivamente dedicado al rico patrimonio histórico artístico de la ciudad. Todos ellos nos permiten profundizar en el conocimiento de la historia y el arte, pero además nos acercan también al marco geográfico, aportando numerosas claves económicas, sociológicas, políticas y culturales que han condicionado el devenir histórico de esta importantelocalidad gaditana. A buen seguro esta obra será de gran interés para los lectores curiosos, o para todos aquellos que ya conocen Medina o tienen previsto visitarla. Después de asomarnos y detenernos en su lectura encontraremos nuevos motivos para volver a esta ciudad y disfrutar, aún más, de sus paisajes y de su historia.

Por no extendernos en demasía, resaltaremos aquí el contenido del primero de sus tomos: “De los orígenes a la época medieval”, de imprescindible lectura para comprender también muchas claves de la historia de las poblaciones cercanas (Jerez, Alcalá, Benalup, Vejer, Arcos…) y aún de la historia provincial.

Ana Mª Niveau y Ester López Rosendo se ocupan, en un prime capítulo, de desgranar la Prehistoria y Protohistoria, aportando datos sobre la presencia fenicia y el impacto orientalizante en la campiña baja gaditana, así como de la importancia de la ciudad en la época turdetana.

La antigüedad romana de Medina Sidonia es estudiada por el profesor Lázaro Lagóstena quien aborda uno de los periodos en los que la ciudad, la antigua Asido Caesarina, alcanza un indiscutible protagonismo. Su entorno geográfico, su territorio cívico y político, la red de comunicaciones, el poblamiento rural y los núcleos secundarios dependientes de Asido … son otros tantos temas que se desarrollan en este interesante capítulo, en el que se estudian también la evolución histórica y urbana de la ciudad o la sociedad asidonense en época romana. Esta completa síntesis, bien merecería un libro en exclusiva dada la importancia que este periodo tuvo para la historia de la ciudad.

De Medina Sidonia en la época medieval, el tercero –y más extenso- de los capítulos de este libro, se ocupa el profesor Emilio Martín Gutiérrez a cuyos trabajos recurrimos en tantas ocasiones en estas páginas de “entornoajerez”. Tanto en la época visigoda como en el periodo bizantino, Asido jugará un papel determinante en el contexto regional, siendo también sede episcopal. El obispado asidonense, las ermitas dependientes de él erigidas por el entorno de Medina, los yacimientos tardorromanos repartidos por la campiña… son estudiados en este apartado.

En la época islámica la ciudad amplia su influencia siendo una de las más importantes de la Cora de Sidonia. El autor rastrea sus huellas en los distintos periodos de la dominación árabe (Emirato, Califato, Taifa, período almorávide, época almohade…) y ofrece una completa visión de la Cora de Sidonia y su ámbito geográfico, sus ciudades y núcleos de población más relevantes, la organización de poblamiento y el paisaje rural, las actividades comerciales, los grupo sociales… sin eludir la polémica sobre el nombre de la ciudad y los topónimos vinculados a ella: Siduna y Madinat Ibn al-Salim.

De gran interés y actualidad -ahora que acaban de cumplirse XIII siglos de aquel acontecimiento histórico- son las páginas dedicadas a la batalla de Guadalete, a las que remitimos al lector interesado por tratarse de una lograda síntesis de este hecho histórico sobre el que tanto se ha escrito. El autor sitúa aquel episodio en el marco del control del espacio por los árabes, apuntando también datos relevantes sobre el itinerario de los conquistadores, la polémica de la ubicación de la batalla y la conquista de Medina, aspectos que deben contemplarse en estrecha relación.



Todo ello no es sino una prueba más de lo que ya se apuntaba: la lectura de esta Historia de Medina Sidonia, proporciona claves que trascienden lo meramente local para proporcionar elementos de reflexión que nos ayudan a entender también la historia de las ciudades cercanas, la historia del espacio provincial y, en suma, nuestra propia historia. No se la pierdan.

Pulsar aquí o sobre la imagen de la portada para consultar el índice.

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“100 años de imágenes de Jerez”


Portada del libroLa librería La Luna Nueva ha publicado recientemente uno de esos libros que “se estaban esperando desde siempre”, una de esas obras que se echaban de menos en nuestro panorama editorial y que, por la complejidad que entrañaba su elaboración, estaban aún “pendientes” de abordarse. Pero el momento ha llegado y el resultado no ha podido ser mejor: “100 años de imágenes de Jerez”.

El libro, del que son autores Diego Caro Cancela, Ramón Clavijo y Fátima González, trata de nuestra historia más reciente y lo hace con el apoyo de una amplia selección de imágenes, muchas de las cuales se publican por primera vez. Si lo prefieren, también puede ser definido como un libro de imágenes que reflejan los más variados aspectos de la ciudad y su entorno en los dos últimos siglos, pero que cuenta con el apoyo imprescindible de un relato histórico riguroso. Sencillamente, algo que hasta ahora nunca se había hecho y que, por ello, convierte a este trabajo en un valioso testimonio para conocer mejor nuestro pasado reciente.

Puente de Cartuja y monasterioComo señalan los autores en la presentación, el propósito de “100 años de imágenes de Jerez” ha sido “hacer un libro de historia armonizando textos e imágenes. O dicho de otra manera, que unos breves textos puedan servir para contextualizar y explicar adecuadamente las numerosas imágenes que se ofrecen, con la pretensión de conocer mejor nuestro reciente pasado”. Las fotografías seleccionadas por los autores se convierten así en algo más que meras ilustraciones, siendo un soporte visual de primer orden que permite acercarnos mejor a los principales acontecimientos de la ciudad, a la comprensión de su vida cotidiana, de su fisonomía urbana y de su entorno.

El libro se estructura en nueve capítulos. Los que se ocupan del medio físico y el paisaje, la ciudad, las fiestas, la cultura y la vida cotidiana han sido escritos por Ramón Clavijo, Director de la red de Bibliotecas municipales y autor de otras muchas publicaciones sobre temas locales. Los dedicados a la descripción de las actividades económicas, la evolución de los grupos sociales y los principales sucesos políticos que marcaron la vida jerezana de los últimos dos siglos son obra de Diego Caro, profesor de la UCA, historiador e investigador de reconocido prestigio, coordinador y coautor (entre otros muchos títulos) de la mejor y más completa Historia de Jerez. Fátima González, bibliotecaria e investigadora, ha colaborado en las tareas de búsqueda y organización del material gráfico que se ofrece: una valiosa selección de 274 documentos visuales (fotografías, grabados, dibujos, mapas…) que hacen de este libro una obra singular y muy valiosa.

Cada capítulo nos introduce en un ámbito de la vida de nuestra ciudad de la mano de unos cuidados textos –un logrado esfuerzo de síntesis histórica en la que se combinan el rigor de los datos y la amena narración de los hechos descritos- y de un selecto repertorio de testimonios fotográficos, grabados y mapas, como no habíamos visto hasta ahora en ninguna otra obra. No es de extrañar por ello que se haya conseguido reflejar con tanto acierto la profunda transformación que la ciudad, su entorno y, muy especialmente, sus habitantes, han experimentado en estos dos últimos siglos.

Como señalan los autores en la presentación, a lo largo de las páginas del libro podremos contemplar “una ciudad que vio como cambiaban sus calles y plazas, cómo nacía, se desarrollaba y entraba en crisis su industria vinícola, que fue testigo del paso de varios reyes, de dos dictaduras y dos repúblicas, y que presenció como sus tradiciones y fiestas también cambiaron, algunas hasta desaparecer, mientras otras alcanzaban más pujanza y esplendor. Una ciudad que vio llegar los adelantos tecnológicos de la moderna civilización industrial como el ferrocarril, el automóvil, la electricidad o el cinematógrafo, pero que también ha mantenido hasta hoy su impronta agraria, ganadera, bodeguera y flamenca. Una ciudad, en fin, que se ve reflejada en instantes fugaces, pero imborrables, que ha dado nombres fundamentales a la cultura contemporánea y que ha creado y mantenido unas señas de identidad, tan propias, como inconfundibles, en la reciente historia de España”.

El libro está abierto a incorporar, en futuras ediciones, nuevas fotografías, nuevos testimonios y documentos visuales que amplíen aún más, si se nos permite la expresión, la “historia gráfica y visual de la ciudad” que ya, de manera tan completa se nos presenta en este trabajo. Justo es reconocer aquí el gran esfuerzo editorial que sus promotores, la librería jerezana “La Luna Nueva”, han realizado, ” uno más en su trayectoria de apoyo a la difusión de la cultura en esta ciudad”.

Para quienes se interesan por la historia de Jerez y, en general, para todos aquellos que quieran acercarse al conocimiento de nuestra ciudad en estos dos últimos siglos, “100 años de imágenes de Jerez” es un libro de obligada lectura, un “pequeño tesoro” que ganará aún más valor en el futuro por ser el testimonio escrito y visual de una época. Un libro de esos que no pueden faltar en nuestra biblioteca.

Nota.- Las 3 últimas fotografías que aparecen en esta entrada son reproducciones de las contenidas en la obra de referencia.

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