El Pinsapo de las Escaleretas.
Un árbol monumental que se muere de viejo.




A nuestros amigos Juan Manuel Grilo y Yiye Melero

Los lectores que, como nosotros, sientan admiración por los árboles, a buen seguro que sabrán apreciar especialmente aquellos ejemplares que, por sus características sobresalientes, se han incluido en el Catálogo de Árboles Singulares de Andalucía. Ocupando un escalón superior en este selecto grupo, se encuentran aquellos que por sus excepcionales valores han sido reconocidos como Monumento Natural de Andalucía. Uno de ellos es el conocido como Pinsapo de las Escaleretas, que crece en las estribaciones del Cerro Alcojona, en el término municipal de Parauta, en un hermoso paraje enclavado en el Parque Natural Sierra de las Nieves, destino de nuestra salida de hoy.

En diferentes ocasiones hemos visitado este impresionante ejemplar, varias veces centenario y todo un símbolo de estas serranías, habiendo sido testigos de su lento, pero -al parecer- imparable deterioro. Y es que, como indican los expertos que han estudiado la progresiva sequía de sus ramas, la “enfermedad” que aqueja a este viejo pinsapo no es otra que el inexorable paso de los siglos: el Pinsapo de las Escaleretas se muere de viejo. Para rendirle un sencillo homenaje y dejar aquí constancia de nuestra admiración por este viejo árbol y su entorno, vamos a volver a visitarlo -aunque nos duela tanto contemplarlo en este estado-, a recorrer de nuevo los caminos que nos llevan hasta él recordando también sus historias. ¿Nos acompañan?

Por la Sierra de las Nieves hacia La Escalereta.

Para llegar hasta el lugar donde crece este “monumental” pinsapo, hemos salido de Ronda en dirección a San Pedro de Alcántara. Tras recorrer aproximadamente 12 km, dejaremos a la derecha el cruce de Parauta para seguir, unos 2,5 km



más, hasta encontrar a la izquierda de la carretera el desvío, bien señalizado, hacia el Parque Natural de la Sierra de Las Nieves. Desde aquí, una pista forestal en buen estado nos conduce, entre un monte adehesado de encinas y pinos de repoblación, hasta el cortijo de La Nava, una finca que cuenta con alojamientos rurales. Desde sus cercanías la pista continúa ascendiendo hasta un paraje en el que nos encontramos una bifurcación.

En este punto podremos dejar los vehículos, tras haber recorrido algo menos de 7 km desde el inicio de la ruta. El camino de la derecha asciende hacia Los Quejigales (a 2,7 km), mientras que el de la izquierda, en dirección a Tolox, desciende por las laderas de la sierra hasta La Escalereta (2, 4 Km), lugar al que nos dirigimos.

Iniciamos así nuestro paseo, caminando cómodamente por esta pista y disfrutando de las magníficas vistas que, a nuestra derecha, nos ofrecen las faldas del pico Alcojona (también conocido como Cerro Alcor, de 1420 m), en las que crece un denso bosque de pinsapos. A los pies de este cerro de perfiles cónicos, en el fondo de un pequeño valle, vemos el caserío y los prados de la finca La Nava, que hemos dejado atrás en nuestra subida. A la izquierda del camino se alzan las verticales paredes de las laderas de solana de las moles montañosas que conforman el núcleo de la Sierra de las Nieves: el Alcazaba y el Torrecilla (1.919 m). Este último, es la cumbre más alta de la provincia de Málaga y durante buena parte del invierno puede verse cubierto de nieve.

En algunos puntos del camino, magníficos ejemplares de pinsapos salen a nuestro encuentro, como anticipo del bosque que nos espera y que ya intuimos cuando, tras cruzar un pinar, llegamos a la zona conocida como Llano de la Laguna, donde la pista se adentra ya en un bosque cerrado y denso. La luz, perezosa, se filtra tamizada entre las copas de los pinos, de los pinsapos, de los quejigos… haciéndonos sentir una indescriptible sensación de paz. Apenas hemos recorrido unos centenares de metros por el bosque, un cartel nos indica el desvió, a la derecha, hacia el “Sendero de las Escaleretas” una cómoda senda que, tras recorrer algo más de 500 m por el bosque de pinsapos, nos lleva hasta los pies del Pinsapo de las Escaleretas.

Junto al Pinsapo de las Escaleretas.

Conforme nos vamos acercando, apunta ya entre el bosque la copa del pinsapo que da muestras, desde lejos, de la sequedad de sus ramas. El paraje donde crece es fácilmente reconocible ya que en él se ha instalado un pequeño mirador para contemplar, desde una perspectiva adecuada, este monumental árbol que, a diferencia de unos años atrás en los que se mostraba vigoroso y lozano, nos provoca ahora una impresión de pesar.

Un panel informativo nos aporta los datos básicos de este árbol singular hasta cuyos pies no nos resistimos a bajar, y al que llegamos fácilmente a través de las grandes lajas de piedra caliza que, dispuestas a modo de escalones, nos facilitan el descenso hasta el bosque. Como no podía ser de otra manera, esta curiosa formación rocosa que pone al descubierto los estratos horizontales de caliza, ha bautizado a este paraje y al Pinsapo, con el nombre de “Las Escaleretas”.

Ahora, junto a su enorme tronco, bajo la sombra ya menguante de su copa nos sorprende sus imponentes ramas principales y contemplamos con pena como muchas de sus ramas secundarias están secas.

Donde hace unos años el árbol tendía una densa maraña vegetal sobre nuestras cabezas, hoy se nos muestra seriamente afectado por los estragos del tiempo y de la edad.

Permanecemos en silencio y recordamos que durante siglos se produjo aquí una feliz conjunción de sucesos que libraron a este viejo pinsapo de incendios y de rayos, de hachas



y carboneo, de pastoreo, de insectos y hongos parásitos, de talas para los astilleros de la Marina… Y nos lamentamos ahora de que, al final, el inexorable paso de los años está haciendo que este espectacular pinsapo “se muera de viejo”.

Sin embargo, no queremos dejar de recordar que, desde el 23 de noviembre de 2001, el Pinsapo de las Escaleretas fue declarado Monumento Natural de Andalucía, por “los valores naturales relevantes de carácter biótico que reúne”, que es tanto como decir que se le situó en el más alto escalón de protección.



Y no era para menos ya que este soberbio ejemplar, al que se le calcula una edad entre los 350 y los 500 años, destaca por las grandes dimensiones de su tronco (de 5,10 m de perímetro medidos a 1 m. del suelo) que supera 1,60 m de diámetro. Su altura de 26 m es también excepcional, como lo es (o mejor debiéramos decir, “era”) su frondosa copa, que a diferencia de la que exhiben mayoría de los pinsapos que hemos visto en el bosque, no es cónica, sino amplia, abierta y ramificada, proyectando una sombra de más de 200 metros cuadrados.
Muchas de sus ramas son también de buenas proporciones y a unos 3 m de altura, el tronco principal se divide en tres gruesas ramas cuyo calibre se acerca a 1 m de diámetro. Sin embargo, como hemos dicho, de unos años a esta parte, las ramas bajas han empezado a secarse y algunas de ellas las encontramos, ya vencidas, a los pies del árbol, como nos muestran varias de las imágenes que acompañan este reportaje, captadas hace tan solo unos días por nuestro amigo Juan Manuel Grilo Reina.

Cuando nos alejamos de este umbroso paraje, caminando ladera arriba, la copa del pinsapo descuella entre los árboles dejando claro que, aunque “malherido”, este viejo árbol sigue siendo el “señor del bosque”. Como todo viejo árbol, el Pinsapo de Las Escaleretas guarda una hermosa historia, como se relata en el panel informativo: “cuenta la leyenda que este pinsapo creció, como “faro y guía de los caminantes”, en el mismo sitio donde fue enterrada una señora del lugar cuya bondad y hospitalidad con los transeúntes era motivo de veneración ente los que la conocieron”.

Mientras lo contemplamos, pensamos en ello y en cuanto nos gustaría que los problemas que le afectan fueran pasajeros y que, en nuestra próxima visita viéramos rebrotando en su tronco nuevas ramas que sustituyan a las que ahora parecen perderse sin remedio.

El ”falso Pinsapo de las Escaleretas”.



Después de descansar un rato, retomamos ladera arriba el sendero conocido como Cuesta de las Lajas, que discurre ya por zonas donde la vegetación se aclara y donde pueden verse también sabinas de buen porte y, sobre todo, enebros. Apenas hemos recorrido 500 m, llegamos a los pies de otro árbol excepcional que, en buena parte nos recuerda al que acabamos de ver. Es el conocido como “Falso Pinsapo de las Escaleretas”.

El pinsapo preside con derecho propio El Puntal de la Mesa, paraje en el que se encuentra, sobresaliendo en medio de la vegetación que ya no forma aquí un bosque denso. Por sus grandes dimensiones, tiene poco que envidiar a su “hermano mayor”, el pinsapo de las Escaleretas, si bien su copa es más redondeada y cerrada y, visto desde la distancia, no ofrece tampoco los perfiles típicos que esperamos ver en esta especie de abetos. De su grueso tronco, apenas a metro y medio del suelo, arrancan enormes ramas secundarias que, vistas desde lejos, dan al árbol el aspecto de un gran candelabro. Como curiosidad puede observarse una rama lateral que une, a modo de peldaño de una escalera, dos de estas enormes ramas secundarias. La copa del pinsapo exhibe sus “ramilletes” de piñas y a los pies del árbol, pueden verse durante meses las brácteas de las piñas del año anterior tapizando el suelo. De continuar el deterioro de su “hermano mayor”, este “Falso Pinsapo de las Escaleretas” terminará por ser el nuevo “rey del bosque”. Ojalá que aún queden muchos años para ello.

Continuamos el sendero algo más arriba hasta alcanzar la cordal del Cerro Alcojona, dejando a nuestras espaldas las cumbres del Torrecilla. Al poco, no sin cierto vértigo, se abre ante nosotros un magnífico panorama que premia el esfuerzo realizado para llegar hasta este lugar. A nuestros pies, discurre el valle del Río Verde, que contemplamos desde aquí a vista de pájaro, flanqueado por la Sierra Palmitera, cuyas laderas desnudas guardan aún el recuerdo del incendio que hace unos años asoló sus bosques. Y a lo lejos, entre los montes y las nubes, como un espejo en el horizonte, se adivina el Mediterráneo, el mar de Málaga surcado por barcos que apenas se dejan ver entre las brumas.

Regresamos de nuevo sobre nuestros pasos y volvemos a detenernos a los pies de los viejos pinsapos. Dejamos atrás estos bosques y, cuando aún no nos hemos ido, ya estamos pensando en volver esperando, como en aquel hermoso poema de Machado, que, en nuestra próxima visita en el viejo Pinsapo de las Escaleretas, se produzca “otro milagro de la primavera”.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Árboles singulares, Flora y fauna, Rutas e itinerarios, Parajes naturales.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 25/02/2018

De ruta por el bajo Guadalete.
Una excursión con el Aula de Mayores de la UCA.




Atendiendo a la amable invitación de nuestro amigo Juan Martín Pruaño, presidente de la Asociación de Estudiantes Universitarios del Aula de Mayores de la UCA en el Campus de Jerez, el sábado pasado tuvimos la oportunidad de guiar una excursión por el Bajo Guadalete. La salida tenía como objetivo el acercamiento a los paisajes y la historia de este rincón de la campiña desde una perspectiva interdisciplinar.

Para ello realizamos un itinerario en autobús, que partiendo del campus a las 9 de la mañana, nos llevó a visitar La Barca de la Florida, la Torre de Torrecera y la bodega Entrechuelos, la Ermita de la Ina y el Puente de Cartuja. En todos estos lugares, como también durante los trayectos entre ellos, destacamos los aspectos más relevantes de estos parajes que muchas veces resultan desconocidos pese a su cercanía a la ciudad. Este recorrido, que hemos realizado en muchas ocasiones y con distintas variantes es recomendable para quienes quieran conocer mejor nuestro entorno rural. ¿Nos acompañan?

Camino de Cuartillo.

Tomando la carretera de Arcos, para enlazar con la de Cortes a través de la Ronda Este, hacemos unas primeras referencias a esta zona de la ciudad, cargada de historia, conocida en tiempos pasados como El Pinar, antesala de los Llanos de Caulina. Ya en la carretera de Cortes recordamos la importancia que a comienzos del s. XX tuvo su construcción para Jerez junto a otras obras como el Pantano de Guadalcacín y el Ferrocarril de la Sierra.

Junto al puente de la autopista pasamos ahora por el que fuera descansadero de Albadalejo, donde aún se conserva una antigua fuente de la que ya en el s. XVI se quisieron traer sus aguas a Jerez. Desde siglos atrás existieron en este lugar dos alcantarillas que cruzaban el Arroyo Salado, uno de los últimos afluentes del Guadalete que, desde la Sierra de Gibalbín drena los Llanos de Caulina para unirse con él junto a Viveros Olmedo. Con el nombre de Albadalejo se estuvo a punto de “bautizar” el pueblo de Estella del Marqués, levantado en sus cercanías en 1956.

Camino de Cuartillos, la carretera divide en dos el Parque Forestal de Las Aguilillas, un espacio incluido en el catálogo de “Bosques-Isla”. Aunque hace 50 años se hicieron aquí repoblaciones de pino carrasco y eucalipto, la vegetación propia del monte mediterráneo se ha ido regenerando poco a poco estando presentes especies como lentisco, coscoja, acebuche, palmito, jara… Al paso por la barriada rural de Cuartillo, construida en buena parte en terrenos



de una antigua cañada, llaman la atención dos pinos centenarios que sirvieron en otros tiempos de hitos para los enfilamientos de los barcos que llegaban a la Bahía de Cádiz. Junto a ellos, la estación potabilizadora reclama también la atención del viajero, como una obra sobresaliente de los Abastecimientos a la Zona Gaditana. Obra del ingeniero Juan Delgado Morales (1956) cuenta en su interior con magníficos murales cerámicos.

La carretera deja ahora a la derecha el Arroyo de las Cruces y los cerros de Salto al Cielo, donde despunta la bóveda en media naranja de esta antigua ermita cartujana. Al pasar por Las Majadillas se abren ante nosotros los horizontes del valle del Guadalete que nos muestran, en primer plano los restos adehesados de los encinares que cubrieron estas lomas. El cerro de alcántara o el de Domecq, quedan a nuestra izquierda mientras nos acercamos a los llanos de Magallanes y La Guareña que tienen como telón de fondo el Encinar de Vicos por donde discurre la Cañada Real de Albadalejo o Cuartillos buscando las tierras del Este de nuestro término municipal.

En La Barca de la Florida.

La primera parada es junto al Puente de La Barca, donde a orillas del río recordamos los aspectos más sobresalientes acerca de la colonización agraria de la vega del Guadalete y la fundación de La Barca de la Florida en 1948, que se convirtió desde el primer momento en centro económico y de servicios de otros poblados de colonización de la zona. Levantado en las cercanías del antiguo Vado de La Florida, en tierras próximas al cortijo del mismo nombre, comentamos aquí la importancia de este lugar, por el que cruzaba el río desde los siglos medievales la Cañada Real de la Sierra para seguir su camino hacia el Valle, El Mimbral y Tempul. En La Florida arrancaba también hacia el norte la Cañada de Albardén, en dirección a la Junta de los Ríos y Arcos, así como los caminos que llevaban a los cercanos cortijos de Berlanga, Berlanguilla o La Suara y al descansadero de Mesas del Corral, situado al otro lado del río (1). Un lugar, en suma, que constituía un auténtico nudo de comunicaciones y cruce de caminos del Jerez rural.

Como no podía ser de otra manera, nos recreamos aquí en las pequeñas historias de las barcas que cruzaban el río. Existen ya referencias de una primera barca en este lugar en 1725. La Barca, aparece también en un mapa francés elaborado en la primera mitad del siglo XIX y de ella da cuenta Madoz en 1854, que la denomina indistintamente como “barca de la Florida” o “de Berlanga” y que sitúa en el Vado de La Florida. Sobre la última de las barcas, nos informa Juan Leiva en el delicioso libro que coordinó y que lleva por título “La Barca de la Florida. Historia de un pueblo joven con viejas raíces”. En él se relata como en este lugar se encontraba en los años veinte del siglo pasado el conocido “Rancho de Benalí”. Su dueño, “Francisco Robles Pérez, alias “Benalí”, compró una barca de 12 metros de eslora por 7 de manga, que fue transportada hasta el río por don Antonio Guerrero (propietario del cortijo de La Florida), e instalada por “Benalí” para pasar el Guadalete, en el mismo lugar donde se encuentra en la



actualidad el puente de La Barca de La Florida… la barca funcionaba mediante poleas instaladas a ambos lados del río, de las que tiraba el propio “Benalí”. Era un auténtico transbordador, en el que pasaban personas, animales y todo tipo de mercancías. Los rebaños, las “jarreas” de mulos y las recuas de burros, cargados de carbón de la sierra, pasaban la barca, camino de Jerez, cuando el río llevaba mucha agua
”.

Frente a nosotros, el “Puente de Hierro”, el puente en arco del Acueducto de Los Hurones y el puente atirantado del Acueducto de Tempul nos llevan también a recordar su pequeña historia y los aspectos más relevantes de estas interesantes obras públicas. El conocido como “Puente de San Patricio”, obra del prestigioso ingeniero Eduardo Torroja, figura en todos los manuales de



historia de la ingeniería como una obra pionera en la utilización del hormigón pretensado. Construido entre 1925 y 1927, vino a sustituir en al antiguo puente-sifón que construyera el ingeniero Ángel Mayo para el paso de la conducción de la traída de aguas a Jerez entre 1864 y 1869. El viejo puente, que contaba con dos apoyos en el lecho del río fue arrastrado por la gran riada de 1917, siendo sustituido años después por el de Torroja que adopto para evitar los pilares centrales una solución ingeniosa. El cajón central, de 20 m, se apoyaba en los laterales que, suspendidos mediante tirantes de acero recubiertos de hormigón pretensado de las pilas cimentadas en las riberas, evitaban así los apoyos en el río y los riesgos de ser arrastrados por las avenidas. El tramo central del puente-acueducto de 57 m de luz fue todo un record de la época de este puente que pronto cumplirá un siglo.

El primer arco del conocido como Puente de Hierro, fue construido en 1924 para dar paso a la carretera de Cortes, ampliándose con otros dos tramos en 1936. El arco de hormigón por el que salva el río la conducción que procede del pantano de los Hurones, fue levantado en 1957 cuando se realizaron las obras del Abastecimiento a la Zona Gaditana.

Camino de Torrecera.

Retomamos nuestro camino hacia Torrecera dejando a nuestra izquierda la Estación Elevadora de La Barca, las granjas de Berlanguilla y los terrenos de la antigua Huerta del Coronel con cultivos de algarrobos. Nos desviamos a la derecha por el cruce hacia La Suara, pasando por el Arroyo de Cabañas y las Mesas del Corral, antiguo descansadero de ganado. En La Suara, espacio forestal que se extiende sobre una antigua terraza fluvial del Guadalete, se conservan importantes manchas de alcornoques, encinas, coscojas y quejigos junto a los que crecen pinos y eucaliptos, fruto de las repoblaciones que hace medio siglo realizó el Instituto Nacional de Colonización. Este parque periurbano, lugar de ocio y esparcimiento de muchos jerezanos, está catalogado como bosque-isla.

A la derecha de la carretera se observan las cicatrices que dejaron en el paisaje las antiguas canteras para la extracción de áridos que se abrieron en la ribera del río. En estas graveras de Torrecera y la Dehesa Boyal se encontraron restos de la presencia del hombre en el paleolítico medio. Por aquí cruza el camino que desde Jerez se dirigía a los Baños de Gigonza y en esté rincón, donde hoy se levanta un centro ecuestre y de turismo rural, estuvieron la fuente y la barca del Boyal.



Pasamos ahora junto a Torrecera, poblado de colonización levantado en 1947 junto a los cerros donde el Arroyo Salado de Paterna se une al Guadalete. Aún quedan en Torrecera la Baja, a los pies del Cerro de la Harina, algunas de las primeras viviendas que se construyeron durante la Reforma Agraria de la II República (1933), en una iniciativa que planificó el reparto de tierras de las fincas Cabeza de Santa María, Los Isletes, Doña Benita y Torrecera y que quedó frustrada tras el golpe de estado de 1936.

En el cerro del Castillo y la bodega Entrechuelos.



Dejando atrás Torrecera, el autobús asciende ahora las empinadas rampas de la Cuesta del Infierno para desviarse hacia la Bodega Entrechuelos. Desde su aparcamiento llegamos, en un cómodo paseo, hasta lo más alto del Cerro del Castillo donde se alzan los restos de una torre almohade visibles desde muchos lugares de la campiña. La torre, levantada probablemente a finales del s. XII o comienzos del XIII, está construida con la técnica de tapial, al igual que la cerca almohade de Jerez. En el muro norte se aprecia una oquedad a modo de puerta o ventana, en cuya parte superior se conservan los restos de un arco de ladrillo. El muro orientado hacia el este se ha desplomado y bien merecería consolidarse y restaurarse como se ha hecho en la torre de Matrera. En las tapias llaman la atención del visitante los mechinales, esos huecos que dejaron al descomponerse con el tiempo las maderas en las que se apoyaban los cajones del encofrado.

La torre cumplía una clara función de vigía y control del territorio, en los siglos en los que estas tierras lo fueron de frontera y en especial del camino que corría en paralelo al Arroyo Salado de Paterna y de los que discurrían junto al Guadalete, a cuyas orillas existían fértiles vegas. A los pies de la Torre estuvo el conocido Vado de Sera, ya mencionado en la Crónica de Alfonso XI, rey que



acampó aquí sus tropas en 1333 en su camino hacia Alcalá de los Gazules, en el marco de una operación militar para liberar a la fortaleza de Gibraltar del cerco al que le había sometido el infante Abu-Malik.

Las vistas que se contemplan desde la torre son excepcionales y así, junto a los principales relieves de la provincia y de la campiña, desde este privilegiado balcón podemos observar como el valle del Guadalete, que ha venido manteniendo desde Puerto Serrano una orientación NE-SO, cambia bruscamente a los pies del Cerro del Castillo para dar un giro de noventa grados hasta tomar el rumbo NO, camino de la Bahía. A a partir de la dominación cristiana, la Torre de Cera o de Sera, como se le denominaba entonces, pasó a formar parte del cinturón de torres vigía, atalayas o almenaras que, con carácter defensivo,



estaban distribuidas por la campiña. Con muchas de ellas mantenía una buena conexión visual como las de Gigonza, el castillo de Medina Sidonia, Torre Estrella, el castillo de Arcos, Jerez, o las torres de la Sierra de San Cristóbal o Gibalbín, visibles desde aquí.



Desde la torre bajamos a visitar la Bodega Entrechuelos, una moderna construcción que cuenta con magníficas instalaciones industriales y de restauración y desde la que se obtienen inigualables vistas sobre su entorno circundante. De la mano de Juan Carrillo, su Maestro de Bodega, fuimos recorriendo las distintas dependencias y conociendo el proceso de transformación de la uva, recogida en los viñedos del Cerro del Castillo, hasta su embotellado y comercialización bajo las distintas marcas que llevan nombres de topónimos de su entorno cercano (Entrechuelos, Alhocén, Talayón…), una muestra más de su estrecha vinculación con la tierra.

En la Ermita de la Ina.



De nuevo en la carretera, pasamos ahora por el vado del Arroyo Salado e los Entrechuelos junto al que vemos los canales de riego del embalse de Guadalcacín. Al poco llegamos a la entrada del cortijo de Spínola y al conocido como Cerro de la Batida, el último escarpe a orillas del Guadalete constituido por rocas de yeso que fueron explotadas para su uso industrial por una fábrica cerrada hace dos décadas. Este curioso enclave natural ofrece magníficas panorámicas “a vista de pájaro” sobre las galerías del río y sobre las Vegas de El Torno. En sus verticales tajos, que caen a plomo sobre el río, se refugian rapaces y aves de roca que ya en 1910, merecieron la atención de los naturalistas ingleses W. Buck y A. Chapman, quienes lo describen en su obra La España Inexplorada (1910).

Camino de los Llanos de la Ina, al pasar por el Cerro del León, dejamos a la derecha de la ruta el Palomar de Zurita, un auténtico monumento etnográfico. Obra del primer tercio del siglo XIX, guarda en su interior casi 25.000 nidales y amenaza con desplomarse si no se hace nada por evitarlo. Algo más adelante cruzamos por Rajamancera en cuyos campos existió una importante laguna que fue desecada a mediados del siglo pasado, transformando su vaso en tierras de cultivo, en el lugar donde hoy se encuentra una pista de ultraligeros, un poco antes de llegar a la barriada rural de La Ina.



La siguiente parada es en la Ermita de la Ina que visitamos de la mano de Isabel Chico, miembro de su Asociación Parroquial, siempre tan amable. Desconocida para muchos jerezanos, el edificio, aunque muy reformado por sucesivas obras, es de estilo mudéjar y tiene su origen en una construcción del último tercio del s. XIV. De planta rectangular y tejado a dos aguas, su interior consta de tres naves con arcos de herradura apuntados, apoyados sobre pilares cuadrados. Destruida en 1838 por un huracán y restaurada en 1952, la ermita fue construida por acuerdo del cabildo jerezano para conmemorar la victoria de las tropas cristianas en 1339 contra las del infante Abu Malik, que había instalado su campamento en los Cerros del Real (Lomopardo) teniendo cercada la ciudad. En esta acción tuvo un papel decisivo Diego Fernández de Herrera, auténtico héroe jerezano cuya hazaña es bien conocida por haber quedado reflejada en toda la historiografía tradicional. La Crónica de Alfonso XI desdice sin embargo estas historias, situando la muerte del rey de Algeciras, “Abomelique el infante tuerto”, en las Vegas de Pagana, junto a Alcalá de los Gazules.

Sea como fuere, en nuestra visita evocamos esta y otras historias, y recordamos como el origen el topónimo “La Ina”, leyendo también algunos textos del geógrafo andalusí Ibn Said (s. XIII) o de los poetas jerezano-andalusíes Ibn Lubbal (s. XII) o Ibn Giyat (s. XII) en los que se recrean los idílicos parajes de estos llanos junto al Guadalete, para los que remitimos a los trabajos del arabista M.A. Borrego Soto.

En el Puente de Cartuja.

Dejando atrás La Ina, pasamos junto al Puente de la Greduela, donde hasta afínales delos sesenta del siglo pasado existió, junto a la Venta de las Carretas, una barca de sirga para cruzar el río.

En sus campos, La Greduela guarda uno de los últimos palomares de la campiña que, como el de Zurita debiera ser declarado “monumento etnográfico”.



La última parada de nuestro itinerario es en el Puente de Cartuja, junto a su estribo izquierdo, donde podemos apreciar los recientes trabajos arqueológicos que han sacado a la luz lo que pudo ser un antiguo embarcadero y el arranque de los muros del viejo azud del molino. Junto al puente recordamos como en el origen de su construcción primaron los intereses militares, para facilitar el auxilio de las tropas jerezanas a los ataques de los piratas turcos y berberiscos a las costas gaditanas. Iniciadas sus obras en 1525 y terminadas en 1541, debe su traza a Fortún Jiménez de Vertendona y en su construcción intervinieron diferentes maestros como Pedro Fernández de la Zarza, D. Jiménez de Alcalá o Hernán Álvarez. Entre 1581 y 1582 se construyó en uno de los arcos del puente el molino de la villa, como reza en la lápida que aún se conserva en uno de los pilares junto a la Venta de Cartuja, cuyo edificio se levantó unos años después como dependencias y almacenes del molino.



En nuestro paseo por el puente pudimos también comentar las muchas vicisitudes por las que atravesaron estas obras, que precisaron continuas reparaciones a lo largo de estos siglos. De la misma manera elogiamos -como no podía ser de otro modo- las obras de restauración ambiental que en los últimos años han retirado de las riberas y del lecho del río miles de toneladas de lodos y de pies de eucaliptos, recuperando este histórico paraje del Vado de Medina, su antigua fisonomía, esa que nos recuerdan los viejos grabados y fotografías de hace un siglo. La repoblación con álamos y fresnos que ha tenido lugar en estos días, pone la guinda a este recuperado tramo del Guadalete en el que el puente, el “viejo puente de Cartuja”, destaca aún más hermoso.

La tarde se echaba encima y, por falta de tiempo tuvimos que dejar para otro día las paradas previstas en La Cartuja, La Corta y El Portal, para completar este recorrido por el bajo Guadalete, un itinerario que les recomendamos y del que no saldrán decepcionados. Gracias a los amigos del Aula de Mayores de la UCA por permitirnos acompañarlos.

Agradecemos a nuestro amigo José Castillo las fotografías de la excursión que ilustran este reportaje.

Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Rutas e itinerarios, Río Guadalete, Patrimonio en el medio rural, Carreteras secundarias.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 18/02/2018

 
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