Del puente a la alameda.
Un paseo por la ribera del Guadalete en Lomopardo.



A nuestro querido amigo J. Antonio Gómez Machuca

Ahora que los días son largos y el buen tiempo invita a salir de paseo (real o virtual, siempre dentro de los límites marcados por el confinamiento), les proponemos ir al encuentro de la primavera dando un cómodo paseo junto al río en uno de los tramos más cercanos a la ciudad y de fácil acceso: las riberas del Guadalete en Lomopardo. Partiendo de la Venta de Cartuja o de la barriada rural de Lomopardo iniciaremos nuestro recorrido en un sendero que arranca a los pies de los nuevos puentes de la autovía de Los Barrios o del mismo Puente de Cartuja, algo más abajo.  El itinerario recorre 1,5 km por las orillas del río, “aguas arriba”, por lo que la distancia total será de unos 3 km que podremos realizar sin esfuerzo en poco más de una hora. En ocasiones iremos caminando junto al río, entre la arboleda,  y en otras, por el linde de los campos de cultivo o por el carril que circunda la ribera.



En el tramo inicial, aún pueden observarse grandes pies de eucaliptos, árbol que llegó a dominar completamente los sotos fluviales desplazando a las especies autóctonas. Los trabajos de restauración  de riberas que se vienen realizando desde hace unos años, han traído como consecuencia la tala de eucaliptos para favorecer la regeneración natural de la alameda original del río y evitar los aterramientos de lodos que provocaban estos grandes árboles, muchos de los cuales habían crecido en el interior del cauce. Diferentes carteles a lo largo del recorrido (prohibiendo el pastoreo) nos informan de que en esta orilla se ha realizado también una repoblación forestal con especies propias de ribera, como delatan los tubos de protección de los plantones que veremos a lo largo de todo el recorrido.



Apenas iniciado nuestro paseo nos llamará la atención que desde el puente de Cartuja y durante casi trescientos metros, el río se bifurca en dos canales dejando en su zona central una pequeña “isla” alargada en forma de huso que ha sido repoblada con álamos, fresnos y sauces. Salvo en los periodos de lluvia y en los meses del invierno, esta “isla” es accesible ya que el cauce secundario del río, el más próximo a nuestra senda, permanece seco pudiéndose pasear por él.

Por este lugar debió circular también el antiguo canal de derivación de aguas hacia el Molino de la Villa (actual Venta de Cartuja) que estuvo en funcionamiento hasta finales del siglo XIX, tal como muestran las fotografías de la época.



Entre los sotos ribereños.

A la sombra del espeso dosel vegetal que forman los álamos y los eucaliptos, la ribera está aquí cubierta por un amplio cortejo de especies herbáceas entre las que  llama la atención el aro, de lustrosas hojas verdes y llamativa inflorescencia en forma de espiga en la que destaca su eje carnoso al que envuelve una espata y que nos recuerda por su parecido a las flores de las calas.

Apenas hemos recorrido doscientos metros se incorpora a la ribera el colector que procede de la pequeña depuradora de Lomopardo. En este punto una rampa baja hasta la misma orilla del río -que ya discurre en un solo cauce-, por la que podremos continuar nuestro paseo. La vegetación se aclara y los taludes de la ribera pierden su altura. Aparecen aquí los primeros sauces y tarajes que forman un pequeño bosquete con ejemplares añosos y de buen porte.



Junto a la orilla, podremos ver especies vegetales propias de zonas húmedas como carrizos, aneas (con sus típicos “puritos”) y juncos. Desde finales del invierno el suelo está tapizado por los primeros brotes de una herbácea muy abundante en los claros de la ribera, la altabaca o matamoscas, que avanzada la primavera nos ofrecerá sus vistosas flores amarillas.



El cauce del río se estrecha y en algunos puntos  las ramas de los álamos de ambas orillas se entrelazan formando un auténtico dosel vegetal. Un claro en la arboleda nos permitirá ver el cerro de Lomopardo con el caserío de esta barriada rural a sus pies. En este punto llamará nuestra atención un pequeño poste metálico que con las iniciales de C.H.G. marca el deslinde de la ribera, separando así las parcelas de cultivo de la zona incluida en el Dominio Público Hidráulico y que, por tanto, nos pertenece a todos.



Unos parajes llenos de historia.

Estos parajes próximos al Puente de Cartuja y al Cerro de Lomopardo por los que cruza nuestro sendero han sido también testigos del paso de la historia. El Vado de Medina, lugar por el que desde tiempo inmemorial se franqueaba el río,  fue siempre una encrucijada de los caminos que unían la campiña con las tierras del Estrecho y de la Bahía de Cádiz. En las cumbres de estos cerros, antes de que una cantera quebrara sus perfiles, se localizó un yacimiento con vestigios del Paleolítico Inferior y Medio. La historiografía tradicional jerezana y los relatos literarios de algunos viajeros de los siglos XVIII y XIX (A. Ponz, A. de Latour…), sitúan también en estos mismos rincones los escenarios de la mítica Batalla de Guadalete (711).

En el siglo XIV estas colinas de Lomopardo, conocidas también como Cabeza del Real, vieron acampar las tropas del caudillo Abd al-Malik, hijo de Abul Hassan, rey de Marruecos, quien instaló en este lugar su campamento durante las operaciones de asedio a la ciudad de Jerez (1339). Los historiadores locales (Gonzalo de Padilla, M. de Roa, E.Rallón, B.Gutiérrez…) dieron carácter de leyenda a las hazañas que en estos parajes protagonizó el jerezano Diego Fernández de Herrera quien, vestido a la usanza árabe y arriesgando su vida, logró internarse en el campamento musulmán dando muerte al “Infante Tuerto”, como era conocido Abd al-Malik. En los años siguientes a este suceso las laderas del Cerro del Real y estas mismas riberas del Guadalete colindantes con el vado de Medina y el Salado verían acampar en diferentes ocasiones al ejército de Alfonso XI (1340, 1342 y 1349) en las campañas que el monarca castellano realizó contra Tarifa, Algeciras y Gibraltar. En los siglos medievales se ubicó en estas mismas tierras la Dehesa de la Cabeza del Real, donde pastaban los bueyes del Monasterio de la Cartuja al que pertenecían, así como la aldea del mismo nombre, a los pies del cerro.



Ya en la segunda mitad del siglo XIX, estos parajes cobrarían de nuevo cierto protagonismo de la mano de distintos proyectos para la traída de agua potable a la ciudad. El ingeniero francés Pablo Rohault de Fleury y, pocos años después, el español Ángel Mayo planearon la posibilidad de captar el agua del río Guadalete en el azud del Molino de Cartuja, aguas arriba del puente, para elevarla después mediante una máquina de vapor a un gran depósito que se construiría en el Cerro de Lomopardo. Desde este lugar, por gravedad, llegaría hasta Jerez a través de un sifón que cruzaría los Llanos de la Catalana. Finalmente, la poca calidad de las aguas en este punto del río, hizo desestimar los proyectos. Pero dejemos atrás la historia y retomemos nuestro camino…



Por las alamedas del Guadalete.



Apenas llevamos recorrido 800 m.,  el cauce da un giro de noventa grados frente a unos grandes montones de tierra blanca cubiertos ahora de flores silvestres. Aparecen aquí, junto a la orilla, los primeros fresnos y la alameda adquiere mayor espesura cubriéndose su sotobosque de zarzales. Algo más adelante, se une a la ribera un carril que baja desde la cercana carretera de Lomopardo por el que seguiremos otros doscientos metros hasta la entrada a una finca agrícola. El cortijo ocupa la parte central del interior de un amplio  meandro que el río describe a los pies de unos pequeños cerros. Sus tierras fueron, hace tan sólo unas décadas, un hermoso naranjal del que hoy sólo quedan los ejemplares que escoltan el camino hasta la casa.


Desde la entrada del cortijo continuaremos el sendero a la orilla del río, por el carril que discurre junto a la alameda, tras haber recorrido ya hasta este punto un kilómetro desde que iniciamos nuestro paseo.



Los sotos ribereños adquieren aquí gran espesura y, de vez en cuando, se observan algunos pequeños claros de antiguos huertos que en otros tiempos se abrieron entre la arboleda. Por todas partes se desarrolla un enmarañado zarzal, en el que no faltan los rosales silvestres, las zarzaparrillas y, en especial, las zarzamoras con sus flores blancas y ligeramente rosadas que se transformarán después en las llamativas y sabrosas moras. De ellas darán cuenta no pocas especies de aves que viven en el bosque galería y que, desde que iniciamos nuestro paseo, habremos venido escuchando cantar entre los árboles.



Junto a los álamos, abundan en este rincón los fresnos reconocibles por sus hojas compuestas y por sus ramilletes de sámaras colgantes. La alameda adquiere en este tramo un gran desarrollo y en muchos puntos apenas podemos ver el río por la espesura que adquiere la vegetación acompañante donde abundan también los tarajes y, en menor medida, los sauces. En primavera nos llamará la atención, cubriendo el suelo o flotando en el río, una capa blanca formada por los penachos lanosos de los amentos (las inflorescencias colgantes de los álamos) que lo cubren todo. Estos pelillos de aspecto algodonoso, se desprenden tapizando de blanco las riberas y las orillas de los campos cercanos, como si de una nevada se tratase.



Nuestra senda discurre ya por el interior del meandro de Lomopardo y cuando hemos recorrido unos trescientos metros desde la puerta del cortijo, llegaremos al lecho de una antigua cantera. Tras la explotación de una gravera en la parte más próxima al río, de la que se extrajeron arenas y gravas, quedó como huella en el paisaje un claro desnivel, ahora ocupado por los campos de cultivo,  que se encharca con las grandes lluvias y las crecidas, formándose una lagunilla temporal en la que podremos observar las aves típicas de las zonas húmedas. En algunos de estos rincones se han establecido huertos que si penetran en la arboleda, como sucede en la orilla opuesta del río, pueden suponer una amenaza a la vegetación de ribera.



Ya en el seno del meandro, después de recorrer 1,5 Km. desde el punto de partida, la vereda se termina en una deliciosa alameda donde la espesura de la vegetación forma un bosquete de gran belleza plástica e interés botánico donde a las especies anteriormente citadas se suman



otras como clemátides o nueza negra que, junto a las zarzaparrilla enmarañan estos sotos fluviales.

Debemos elegir el camino de regreso. Si lo hacemos por la misma ruta, ya conocemos el sendero. Si optamos por una variante, a la altura de la curva del río, podremos regresar por otro camino alternativo, añadiendo sólo quinientos metros más a nuestro recorrido.



Seguiremos para ello el carril que sube hasta la cercana carretera de Lomopardo para después de pasar por esta barriada rural, regresar al punto de partida, junto a la Venta de Cartuja. En este tramo podremos observar el contraste entre los suelos de color rojizo -margas y yesos de edad triásica- y las tierras de colores claros -albarizas o moronitas-,  rocas de las que podremos observar detenidamente su textura rocosa en los cortados junto a la carretera de Lomopardo.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 12/04/2015

Salimos y saldremos.
Un repaso a la historia epidemiológica de Jerez.




Hace justo un año, el 12 de abril de 2020, cuando apenas habían pasado unas semanas del inicio de la pandemia, el doctor José Rodríguez Carrión, escritor, docente e investigador, escribía un alentador artículo que con su optimista final, hacía un llamamiento a la esperanza en aquellos días de temor y confusión. Conocía como nadie la historia de las epidemias en Jerez y había escrito sobre ellas por lo que, sus aportaciones y opiniones fueron muy compartidas. Muy amablemente me permitió también publicar en este blog aquel celebrado artículo que ahora volvemos a reproducir y que en apenas una semana recibió más de 10.000 visitas. M. Ángel Borrego soto, Director de la revista de Historia de Jerez y compañero del C.E.H.J., contactó conmigo para que le pidiésemos a Pepe R. Carrión, en su calidad también de historiador de la medicina, un artículo más extenso para la Revista, sabedor de que era un gran especialista en este tema, encargo que Pepe asumió con gran interés... aunque no pudo terminarlo.
José Rodríguez Carrión, nuestro querido y recordado amigo Pepe, nos dejó el pasado 8 de septiembre pero sus trabajos, sus publicaciones y, especialmente su recuerdo de hombre de bien, siguen  muy vivos entre nosotros.

SALIMOS Y SALDREMOS. UN REPASO A LA HISTPORIA EPIDEMIOLÓGICA DE JEREZ

Por José Rodríguez Carrión, Médico.

Sí, así es, y confiemos así será. Muchas veces pasó Jerez calamidades, no como ésta, sino mucho peores, y de todas salió adelante. Ahora, si Dios quiere, también saldremos. No les quepa duda. La historia se repetirá y Jerez volverá a levantarse de lo que quede tras la epidemia. Volveremos a nuestra rutina, y en pocos años olvidaremos, una vez más, la gran enseñanza de esta y otras epidemias que diezmaron nuestra población y nuestra economía: que cuando se pierde la salud, todos lo demás que poseemos no es sino algo inservible, que de nada nos protege. Y cuando hayan pasado unos años y tengamos la vacuna, esto será una batallita más que contar a quienes nos sucedan y decirles… yo estuve allí, y sobreviví.

Pero por desgracia volveremos a olvidar la inversión en Salud Pública y en prevención, porque sus resultados no son palpables de inmediato y ningún político quiere invertir a futuro para que el rédito lo recoja otro cuando ocurra una calamidad. Olvidaremos de nuevo que un sanitario, de la especialidad que sea, es más importante para nuestras vidas que muchos famosos con sueldos impensables por entretenernos los domingos. Los sanitarios volverán a su quehacer diario, salvar vidas. Lo harán con sus salarios de miseria y seguirán formándose cada día a costa de su peculio para estar preparados cuando llegue otra de estas, que llegará (ojalá tarde, pero llegará), y suplir con sus conocimientos la ignorancia de quienes obligados por el cortoplacismo de sus estancias en el poder necesitan los votos de hoy, y no a los ciudadanos de mañana, que vaya usted a saber lo que votarán. Pero si algo demuestran las múltiples epidemias padecidas por Jerez a lo largo de su historia es que esta es cíclica y se repite, y siempre debemos, o al menos deberíamos aprender cosas:

La primera y más importante, que de todas ellas (la peste de 1348, 1518, 1600, 1648… las tercianas y cuartanas de 1784, la fiebre amarilla de 1800, 1804, 1820, el cólera morbo de 1834 y 1854, o la gripe de 1918), se consiguió salir y la ciudad cambió, con sus pros y sus contras, pero siguiendo adelante. De hecho, aquí estamos, ¿no? ¡No olvidemos eso… salimos y saldremos!

La segunda, que llámese Yersinia Pestis, Vibrio Cholerae, Fiebre Amarilla, Paludismo, Gripe o Coronavirus, ninguna de estas bacterias o virus distingue de clases sociales. Son por sí mismo igualitarias y nos demuestran que la salud sigue siendo lo más importante, te llames Bill Gates o Pepe Carrión. Así lo describió ya en noviembre de 1800, el anónimo autor del Manuscrito Riquelme que describió la terrible epidemia de Fiebre Amarilla que diezmó la ciudad de Jerez y en la que él mismo murió: “… dicen que pronto daremos a Dios acción de gracias, pero no paro de ver y oir pasar el carro de los muertos. Esta sí que es la Gran Justicia. Igual para todos. Mañana volverá la de los hombres, y de esta tomará ejemplo, pues no es posible que se olvide lo que estamos viendo y sufriendo”.

Hoy afortunadamente, al menos aquí, la cosa no llega a esos extremos, pero por los medios informativos sabemos que “el bicho” no entiende de clase social, credo, color de sangre ni rimbombancia de apellido. Afecta a todos por igual, o al menos así lo parece. Importante sería para sacar conclusiones y aprendizajes a futuro, que como preconiza la Dra. Traverso, al acabar esto, que ya va quedando menos, se analizará cómo afectó la epidemia en función del Código Postal en que se vive. Cosa distinta será que a los políticos les interese saberlo y más complicado, que quieran contárnoslo.

Peste, tercianas, viruelas...

La historia nos muestra que en epidemias anteriores, fueron los arrabales (collaciones de Santiago y San Miguel), donde se concentraban los temporeros que acudían a las labores agrícolas, los más azotados. Juan Daza, que vivió en primera persona la Peste que afligió la ciudad entre 1518 y 1523, lo narra así: “en el mes de abril andaba ya la pestilencia y se encendia asy como se enciende el fuego y como entro mayo cada dia yva creciendo en gran manera que un dia enterravan diez y otro dia treinta y… ovo semana que se enterraron quatrocientos cuerpos y mas… que unos ydos y otros muertos y otros huidos no avia gente ninguna enla cibdad…” ¿les suena?

Pues sí, de aquella, también salimos, para llegar a otra terrible, también de peste en 1600, en la cual falleció el Hermano Juan Pecador (hoy San Juan Grande) atendiendo enfermos en su Hospital de la Candelaria (La Salle de Cristina). Y trabajo no habría de faltarle, pues según las Actas Capitulares (AC) de julio de ese año, entre el 1 de abril y el 12 de junio, fueron afectadas más de 2.000 personas, y en las AC de 30 de agosto, se recoge que ya eran más de 5.000 los afectados. Y también se salió de aquello.

Y en 1648, de nuevo nos visitó la peste descrita por los médicos en las AC de marzo de 1649 de la siguiente escueta manera… “no ha habido barrio ni arrabal en que no haya munchos muertos y enfermos del contagio”. Sin embargo, también Jerez se recuperó de aquella calamidad. Y con la llegada de la Ilustración, se vivieron años más o menos saludables hasta la epidemia de tercianas y viruelas de 1785, que de nuevo puso de manifiesto la situación de la ciudad, descrita por los propios médicos como “… la extensión de sus términos, fertilidad de sus campos, y abundantes cosechas, con la falta de proporciones para la comodidad de la vida en la mayoría del vecindario… parece imposible unir riqueza y mendicidad… problema fácil de resolver, si reflexamos que Xerez produce la miseria de sus propias abundancias”. Y añaden algo que serviría para hoy “… si Xerez no tiene otro giro q.e su agricultura y en ella tiene todas su riquezas, si por ella se sostiene la mayor parte de su vecindario ¿qué será de esta quando aquella no la ocupe? ¿Qué se hará de tan gran porción del pueblo si se descuidan las Artes y se pone solo atención en la agricultura y cria del ganado? Perecer en la miseria, respondemos nosotros como ha sucedido en Xerez en la presente epidemia”.

Pero conseguimos salir también de esta, para enfrentarnos a la peor de todas: la Fiebre Amarilla. Diezmó la ciudad en 1800 y en menor medida varios años después.

Fiebre Amarilla, Cólera Morbo y Gripe Española.

Según datos de la propia Junta de Sanidad, enfermaron 46.000 personas y fallecieron más de 10.000. Si tenemos en cuenta de que según el Censo de Floridablanca de 1787, la población de Jerez en esa fecha era de 44.382 habitantes, darían por hecho que enfermó toda la población y falleció en torno al 20%. No sería extraño, teniendo en cuenta que el número de muertos de los que hay constancia documental fueron 5.491.

Maltrecho y renqueante, también salió Jerez de esta terrible epidemia, y de las siguientes, para afrontar la del Cólera Morbo de 1834 y luego la de 1854, en la que según nos cuenta el profesor Caro Cancela, enfermó casi el 10% de la población (4.437), y de estos murieron uno de cada cuatro. Como toda epidemia deja héroes, en esta ocasión, fue el alcalde Rafael Rivero de la Tijera quien lideró las medidas que hicieron posible el confinamiento, curación y posterior recuperación de la ciudad.

Ya en pleno siglo XX, será la denominada Gripe Española la que azotará la ciudad en 1918. Ahora, si no aquella, su prima hermana, lo hace cada año. Ahora la llamamos Gripe A, B o C, y cada año la esperamos para combatirla como mejor podemos. Ojalá en poco tiempo este virus coronado forme parte de ese calendario estacional para el que cada año nos preparamos.

Aislamiento, hospitales y sanitarios “héroes”.

La tercera enseñanza que debemos extraer de nuestra historia epidemiológica, es que siempre las medidas fueron similares: el aislamiento. Desde el cierre de las entradas de la ciudad en la peste, la fiebre amarilla o el cólera, a pesar de la oposición en ocasiones del gobierno central, hasta aventuras más osadas como la de aprovechar que El Puerto tenía peste en 1648 y había que protegerse, para construir un canal que unió los ríos Salado (S. Pedro) y Guadalete haciéndolos navegables hasta Cádiz y conseguir así llevar los productos para América sin pasar por el vecino. Así lo demuestra el interesantísimo documento “Discurso demostrable en desengaño de las causas que dieron motivo a abrir la comunicación de el Salado al río Guadalete”. Pero esa es otra historia de la que hablaremos otro día. Hoy, cada uno de nosotros hemos construido nuestra propia aduana en la puerta de nuestro hogar para protegernos de la infección. Pero a pesar de los miedos, la solidaridad hace cada día saltar esa muralla ficticia para preguntar al vecino si necesita algo, o para ayudar en lo que se pueda. ¿Cómo no vamos a salir de esta? ¡Y lo principal es que saldremos mejores!

Por último, las epidemias padecidas en Jerez nos dejan otra enseñanza. Los sanitarios siempre estuvieron a su suerte, siempre fueron unos héroes, y a pesar de caer unos tras otros en muchas epidemias (el 8 de febrero de 1649 se recogen en las AC que los médicos que entran a curar en el hospital mueren antes de cumplir el mes que se les paga por adelantado, y tras la epidemia de 1800 solo quedó un miembro de la Junta de Sanidad), siempre estuvieron, están y seguirán estando ahí, para garantizar nuestra salud aún a costa de la suya. Tiempo habrá de escribir sobre las condiciones en que lo hacen y medios con los que cuentan. Los jerezanos, siempre por delante, no paran de inventar y fabricar aquello que pueda protegerlos supliendo los déficits que puedan tener los gobernantes.

Tampoco el sistema hospitalario y su capacidad escapa al acontecer histórico, si bien aquí tenemos buenas noticias. A lo largo de los siglos hubo que ir construyendo sobre la marcha hospitales de campaña para acoger a los contagiados en las distintas epidemias. En el Tinte (zona de Madre de Dios) para los afectados de peste, en el Lazareto de las Cuatro Norias (Camino de Espera), para los de la fiebre amarilla.

De aquellas epidemias sacamos enseñanzas como la necesidad de evitar entierros por doquier y construir cementerios generales, como el que durante años se ubicó en el Muladar de Santo Domingo, o centralizar la acogida de enfermos en hospitales generales, como el de Santa Isabel, primero de esta guisa y predecesor del actual Hospital General. Un hospital que se ha mostrado preparado y capaz para lo que se venía encima, y que nos da la tranquilidad, junto a todos y cada uno de quienes de una u otra forma ayudan a hacernos la vida más fácil en estos días, de que una vez más en nuestra historia de las epidemias, los jerezanos salimos de aquellas, y ahora… ¡saldremos de esta!

Referencias documentales:
-Rodríguez Carrión, J. Estudio Epidemiológico de la Peste en Jerez 1648-1650. Tesis de Licenciatura. 1986.
-Ibidem. Medicina y Sociedad en el jerez de la Ilustración. Tesis Doctoral. 1993
-Ibidem. El Lazareto de la Cuatro Norias de Jerez de la Frontera. Premio J. León de Carranza. Real Academia de Medicina y Cirugía de Cádiz. 1983
-Ibidem. Jerez, 1800. Epidemia de Fiebre Amarilla. CEHJ. 1980
-Ibidem. Apuntes históricos del Hospital de la Candelaria de Jerez. Todo Hospital. 1984.
-Caro Cancela, D. El cólera Morbo en Jerez. La epidemia de 1854. Trocadero, 1 (3), 117-155. 1991.
-Sancho de Sopranis, H. Estracto de las ocurrencias de la peste que aflixió a esta ciudad (Jerez de la frontera) en el año 1518 hasta el de 1523, por Juan Daza. SEHJ, nº 1. 1938.


Publicado en Diario de Jerez el 12 de abril de 2020 y reproducido con autorización del autor, a quien agradecemos su cortesía.


S.O.S. por el muro de la Huerta de La Cartuja




En diferentes ocasiones nos hemos ocupado en estas páginas de “entornoajerez” del patrimonio cultural disperso en la campiña que se encuentra en mal estado o “amenazado” por su deterioro y/o abandono. Hace algo más de dos años provocó un gran revuelo en los medios de comunicación locales y nacionales el desplome de uno de los ángulos de los muros de la Torre de Melgarejo y la posterior colocación de las chapas de galvanizado que provocó también una alarma social y “cultural” por el claro referente identitario que tiene esta fortaleza para los habitantes de la barriada rural de Torremelgarejo.



Hoy queremos también encender todas las alarmas ante el reciente desplome de una parte de los muros de las Huerta de la Cartuja. Muros cargados de historia que ya presentaban un lamentable estado fruto del abandono que han venido sufriendo desde hace décadas. Si el río con sus crecidas ha venido socavando algunos de sus tramos, la falta de cuidados y de las necesarias reparaciones, han dejado en manos del paso del tiempo que esta singular obra se vaya arruinando poco a poco.



Sin embargo NO PODEMO PERMITIR QUE SE PIERDA y que su ruina vaya a más, reclamando que las grandes inversiones que se han venido acometiendo por parte del Estado en La Cartuja, contemplen también algunos fondos para este emblemático muro e impidan que su desplome continúe.

En estos meses en los que se ha venido hablando del proyecto de Sendero Fluvial por el Guadalete, conviene recordar que uno de sus tramos pasaba justamente junto a este muro de la Huerta del Monasterio, un elemento patrimonial valioso que añadía a este tramo del sendero un importante aliciente.



Por esta y otras razones, su conservación y consolidación se hace ya urgentemente necesaria. Antes de que se acabe perdiendo definitivamente.



 
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