El “Bosquejo” de Pérez Lara.
Una singular descripción de la provincia entre mediados del XIX al XX.


José María Pérez Lara es, sin duda, el más prolífico botánico en la historia natural de la provincia de Cádiz. Su magnífico trabajo “Florula Gaditana”, publicado por la Sociedad Española de Historia Natural a finales del siglo XIX, es todavía hoy una obra de referencia para expertos y aficionados a la botánica. Aún siendo autodidacta llegó a tratarse con eminentes botánicos coetáneos de España y Europa. Gracias a ello sus descubrimientos botánicos se publicaron en boletines y revistas de prestigio científico internacional. Su interés por la geografía provincial, mientras herborizaba subiendo sierras y recorriendo hasta los más insospechados rincones, hizo de él un profundo conocedor de la provincia. Fruto de ese intenso trabajo redactó el “Bosquejo Físico-Geográfico de la Provincia de Cádiz”.

El Bosquejo… de Pérez Lara, se fechó en 1916, aunque tiene dataciones del siglo anterior, y se publicó por entregas durante varios días, no consecutivos, de febrero de 1918 y en formato recortable y encuadernable (folletín de la época), en la primera página del periódico jerezano El Guadalete. Esto fue solo un par de meses antes de la muerte del autor, a la edad de 77 años por una dolencia cardíaca.

Entrando ya en materia de la citada publicación empezaremos diciendo que en su amplia descripción geográfica incluye Pérez Lara al Peñón de Gibraltar, (ya en su primera línea) como territorio de la provincia, aunque “bajo jurisdicción inglesa”. Este detalle denota la posible importancia socio-política a la vez que naturalista (como después veremos) que la Roca tenía para el autor.

El punto más septentrional de la provincia lo ubica al norte de la localidad de Espera. Este error geográfico se podría deber a que el paraje de Pozo Amargo, actual punto más septentrional de la provincia, no pasó a su actual municipio hasta los años 40 del siglo XX. O sea, de Morón (Sevilla) a Puerto Serrano (Cádiz). En cambio, sus distancias de longitud máxima



son bastante correctas: 112 km de Norte a Sur (cuando hay unos 115 del citado Pozo Amargo a
Tarifa, o 103 de Espera a Tarifa) y unos 120 km de Este a Oeste, cuando hay poco más de 121 km. de Punta del Perro (el punto más occidental, en Chipiona) al Peñón de Montentier (Olvera), allá metido entre las provincias de Sevilla y Málaga. Como extensión aporta el dato de 7.277 kms², cuando la actual es de 7.436.

Su descripción geológica parece basarse en datos propios y del “Bosquejo geológico de la provincia de Cádiz” del gaditano José MacPherson, al cual cita, y que se publicara en 1873.

En un par de ocasiones cita el cerro yesoso de “Gibalcón”, en las afueras de Jerez. Un topónimo casi perdido del actual cerro del Toruño, entre la laguna de Torrox y el polígono industrial de El Portal. En el extremo norte de este cerro se ubicaba el desaparecido balneario de San Telmo. También aparecen las minas de azufre de Conil y Arcos y dos manantiales salinos: el de Hortales (“en Arcos”, error de ubicación ya que pertenece a Prado del Rey) y la Salinilla que ubica a 3 km de Jerez (en la actual pedanía de Estella).



Anota una buena lista de balnearios repartidos por toda la provincia. Algunos desaparecidos como el de Braque (también citado como Brake) de Chiclana, que aprovechaba el agua de un pozo en casa del religioso Guillermo Brake. Otros en desuso como el de Pasada Blanca (entre Puerto de Galiz y Jimena) o el de Gibalbín, hoy en ruinas.

Describiendo las sierras calizas del centro provincial cita, junto a la Sierra de las Cabras, a la “Sierra del Alajar”, que después sería Sierra de Alazar y actualmente Sierra de la Sal; orónimo que por una deformación fonética o por error del topógrafo de turno fue cambiando su nombre al actual sin ningún sentido. Pues allí no hay sal, ni en fuente ni en mineral.



Cuando describe la campiña, dedicada principalmente al cereal, la viña y el olivo, la reseña como la zona más alterada de la provincia, y ahí se denota en Pérez Lara su querencia naturalista (casi ecologista, un término acuñado en 1869) cuando escribe: “Aquí es donde el cultivo ha alcanzado las proporciones mayores, y por tanto, donde la población natural de animales y plantas se encuentra amenguada en el número de especies y constreñida a más reducidos límites”. Y señala también que “escasea el arbolado por la necesidad de combustible y el diente del ganado que impide su reproducción”, salvando los pinares cercanos al litoral.

Yendo a la Sierra conviene destacar donde dice que “la Sierra del Pinar se llama así por su hermoso bosque de corpulentos pinsapos”, para después describir todo lo que se avista desde la máxima cumbre de la provincia: el “Cerro del Pinar de 1.651 metros”. Tras su lectura se puede deducir que Pérez Lara… o subió de noche, o durmió en la cumbre. En su entorno cita topónimos poco usados hoy como “Sierra del Espartal” (los Espartales) y la “Atalaya del Pajarraco” (por su descripción posiblemente la Sierra del Labradillo).



Interesante su comentario sobre un relicto rodal silvestre de Pino de Alepo en la Sierra de la Silla (Ubrique y Benaocaz).

En la Sierra del Endrinal, “por los endrinos o ciruelos silvestres que en ella crecen”, y que es “de penoso y difícil ascenso” ubica a el pico de “El Relox” (Reloj) y la “Sierra del Caos” (Sierra del Caíllo). En estos lares, a pesar de lo escabroso del terreno, “hay que abstenerse de asegurarse con las manos para evitar el caso de ponerlas sobre hierbecillas en que se halle oculta alguna temida víbora…”. A pesar de todo recomienda subir hasta lo más alto para el “gozo de la vista”.

A partir de la página doce Pérez Lara empieza a nombrar algunos de sus descubrimientos botánicos, unas especies nuevas para la ciencia y otras hasta entonces “fitográficamente desconocidas”.



Destaca, de una forma especial, la importancia geo-hidrológica del puerto del Mojón de la Víbora y refiere hitos de referencia histórica como la poco conocida “Piedra de la Salinilla” (que originalmente debió ser “de la sabinilla” con mejor razón), que queda cerca de la Ventalleja en



la común cabecera de la Garganta Millán y la Dehesa del Cándalo, hito geográfico que aparece por última vez en un mapa de 1904 de A. López Cepero.

Al pico del Aljibe debió subir a lomos de caballería, describiendo las vistas desde su cumbre como de las que “mejor remuneran su ascensión” y con el premio de poder visitar muy cerca de la cumbre un “Lugarillo de los moros”. Cuenta como la Armada bajaba troncos de esta sierra, a través de los ríos Majaceite y Guadalete, hasta la bahía de Cádiz. Y nombra aquí la conocida “Cancha del Pinar”, por su rodal relicto de Pinus pinaster, así como los Quercus pyrenaica (“Quercus toza” en ese momento) que destaca como los más meridionales de la península. Durante dos páginas describe la belleza de los canutos y gargantas del Aljibe, citando numerosas especies botánicas y acabando como un lugar que “difícilmente puede olvidarse”.

De las sierras de Algeciras destaca parajes como la Garganta del Capitán de las que su “difunto amigo Mr. Mauricio Willkomm, director del Jardín Botánico de Praga ha hablado con justo entusiasmo”.

Pasa después, en un indefinido capítulo hidrológico, a describir el Guadalete como el río más importante de la provincia, destacando sus principales afluentes, entre ellos el río Guadalporcún, también conocido como río de Olvera o de Zaframagón” y río abajo los arroyos Alberite y “Sojas” (que no hemos encontrado en cartografía pero que quizás sea el actual arroyo Zanjar). Con más detalle se para en el Majaceite, describiendo desde su nacimiento a sus afluentes y pasos más importantes: como la “angostura llamada de la Humbría” hoy bajo las aguas del embalse de los Hurones, la “garganta de la Asperilla del Charco de los Hurones” (donde hoy está la presa), el manantial de Tempul, las aguas de la “Boca de la Fox”, la “garganta de la Sierra Balleja” (Sierra Valleja, donde la actual presa de Guadalcacín), uniéndose finalmente al Guadalete en “La Pedrosa” (Junta de los Ríos, Arcos de la Frontera).



Tras una breve descripción de la cuenca del río Iro se para con más detenimiento en el Barbate, destacando “la notable Laguna de Janda” con una “longitud de E a O de unos 17 kilómetros”. Al describir la cuenca de captación de la laguna llega a las tarifeñas Sierra Luna y Sierra de Enmedio, y entre estas ubica el curioso topónimo de “las tetas de la Luz”, antiguo nombre del Pico de las Utreras, cumbre de Sierra Ojén, topónimo utilizado por marinos y pescadores como referencia para la navegación por Tarifa.



Sobre la cuenca del río Palmones destaca sus interesantes arroyos-afluentes que bajan de las sierras de Algeciras y Los Barrios, describiendo la “pintoresca cascada” de la Garganta del Capitán.

Se para también Pérez Lara a describir el Guadarranque y su cuenca, destacando su paso por “el hermoso bosque de la Almoraima” y su desembocadura “a la preciosa bahía de Algeciras”.

Para acabar con las descripciones de ríos se dedica al Hozgarganta y el Guadiaro fronterizo con Málaga. Del primero destaca que parte de su cuenca es de los terrenos “mas hermosos y pintorescos de la provincia”, con lugares como “Benahú, el Gamin (Gamir), la Moracha y la Javalinera”. Coincidiendo en esto con Mac-Pherson, del que copia una bella cita de esos parajes.



Pasa a describir después las lagunas de la provincia, a excepción de La Janda porque ya lo hiciera antes. De la laguna de Medina destaca su profundidad y sus animadas cacerías, que en ocasiones “han sido causa de lamentables desgracias”. La “laguna del Tollo”, compartida entre Jerez y Sevilla. Y luego toda una lista de lagunas más pequeñas, la mayoría todavía existentes.

De las “concavidades” de la provincia destaca las tres más importantes por su tamaño. La “Ermita de las Gargantas” de Zahara, de la que muestra una detallada y bellísima descripción que le ocupa casi dos páginas. Incluyendo lo escabroso de la bajada para la que tiene que ayudarse incluso con cuerdas. La “cueva de San Miguel del Peñón de Gibraltar” también es detallada por Pérez Lara, destacando algunas especies botánicas allí observadas “propias de los lugares húmedos”. Por último la Cueva de las Motillas, en el término de Jerez, “una verdadera caverna” que sirve de refugio a numerosos murciélagos, tantos que el dueño de la cueva recibió pingües beneficios por la venta de “sus naturales despojos y deyecciones”.



Luego cita otras cuevas notables en Sierra de Aznar, Dehesilla de Algar, Sierra de Dos Hermanas y en la Sierra de Grazalema, que no detallamos aquí y dejamos para su lectura.

Sobre los pisos climáticos de la provincia los clasifica en tres regiones: “la inferior, la montana y la subalpina”. Para ello se basa en una serie de observaciones meteorológicas que se detallan en el Bosquejo. Destaca el viento como fenómeno molesto durante muchos días del año y en cualquier parte de la provincia. Sobre la temperatura cita la bajada histórica que se dio el 9 de diciembre de 1883. Cuenta su experiencia personal de ese día en su ciudad, Jerez. Bajó el termómetro hasta los 3,5º bajo cero. Se helaron lagunas y se perdieron jardines y cultivos, incluso en la campiña “la mayor parte de tunas o nopales perecieron también congelados”. Sobre nevadas en la campiña solo recuerda la de un día de diciembre de 1867.



La región montana la extiende desde los 740 metros hasta los 1.435 de altitud. Más o menos entre la altitud de Sierra de Luna (Algeciras) y las cimas de la fronteriza Sierra de Líbar, donde la nieve en invierno puede durar “de pocos días hasta varias semanas”.

La región subalpina, caracterizada por zonas con “arbustos alpinos (Adenocarpus, Prunus, Erinacea)” se halla “entre los 1.435 y los 1.651 metros”, máxima altura provincial, comprendiendo sólo las cumbres de las sierras del “Pinar, Endrinal y del Caos”, donde dice que la nieve dura ¡¡desde diciembre hasta abril!!, algo impensable en nuestros días.

Las páginas 34 a 36 las dedica Pérez Lara a la flora gaditana. Expone aquí que la provincia cuenta con 1.983 especies (no muy lejos de las ~ 2.300 actuales), las cuales clasifica en número por familias y regiones climáticas. Detalla con nombres científicos las especies endémicas de la provincia (algunas descubiertas y descritas por él mismo), las de la península,



y luego contabiliza las especies presentes también en el norte de África, áreas mediterráneas, europeas, etc.… Hay que decir que los nombres científicos de muchas de estas plantas han variado en el tiempo por las revisiones y nuevas descripciones.

Las tres últimas páginas del Bosquejo están dedicadas a la fauna provincial. Detalla primero los mamíferos (también con sus nombres científicos, algunos ya han quedado anticuados), incluyendo al “mono africano” y donde destaca la ausencia en la lista del ciervo y la “rarísima presencia del lobo, el lince y la cabra montés”. Aunque lo cita, no existe evidencia científica de la presencia histórica del lince en la provincia de Cádiz. Siguen los anfibios, dando por común el sapo partero del que no se conoce su presencia en Andalucía y destacando que abundan las víboras en las sierras de Benaocaz y Grazalema.

En cuanto a los insectos Pérez Lara es parco en anotaciones; escribe que el “alacrán y la tarántula” son muy abundantes en los campos de Chiclana, y acaba anotando la presencia de artrópodos de todos los órdenes en toda la provincia.

No hay referencia alguna a peces y aves de la provincia; se ve que, como buen botánico, no tenía tiempo de mirar arriba en sus numerosos paseos por toda clase de terrenos y parajes gaditanos.

Para acabar su trabajo José María Pérez Lara ensalza a la provincia de Cádiz con un esmerado párrafo de alabanza a este “lugar privilegiado”.
José Manuel Amarillo (SGHN)

Para acceder a la reproducción facsímil (en pdf descargable) del Bosquejo de Pérez Lara ir a la web de la Sociedad Gaditana de Historia Natural (http://sociedadgaditanahistorianatural.com/) y abrir la pestaña biblioteca donde está alojada.

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