Las Salinas de Fortuna.
Un rincón desconocido de nuestra campiña.




A los maestros Francisco Giles y Santiago Valiente, desde la admiración por su trabajo.

Desde la antigüedad, la sal ha sido considerada como un elemento fundamental en la vida de los hombres y su extracción y disponibilidad ha condicionado, en buena medida, la disposición de asentamientos humanos y la ocupación de muchos de los rincones del territorio provincial. En el caso de la sal marina, está muy documentada y estudiada su utilización desde la antigüedad y especialmente en las factorías de salazones romanas de distintos puntos de la costa gaditana, siendo imprescindible para la elaboración de las conservas de pescado. Para todas las culturas la sal ha sido también indispensable como condimento culinario y como ingrediente en la conservación de muchos alimentos, además de como complemento en la producción ganadera, en ritos y ceremonias. A pesar de la relativa facilidad para la obtención de este producto en la zona por la proximidad de las salinas costeras, para los habitantes de los espacios serranos y campiñeses han sido de vital importancia las salinas de interior, ligadas a la presencia de manantiales salobres, presentes en muchos lugares de nuestro entorno cercano.

En otras ocasiones, en estas páginas de entornoajerez nos hemos ocupado de algunas de estas salinas, como Las Salinillas de Estella del Marqués, próximas al Arroyo Salado de Caulina o Las Salinillas del cortijo de Santo Domingo, junto a la carretera del Calvario.



Hoy vamos a visitar otras menos conocidas pero que han sido, tal vez, las de mayor interés de cuantas llegaron a explotarse en las cercanías de la ciudad: las antiguas Salinas de Fortuna, ubicadas junto al Arroyo Salado, en el paraje de Los Entrechuelos.

Conocidas también como Salinas de Doña Benita o de La Matanza, estuvieron en uso, según testimonios orales, hasta comienzos de la década de los cincuenta. Al tratarse de un enclave situado en fincas privadas, es preciso solicitar permiso para acceder a él y así, llegamos hasta este lugar desde el cortijo de La Matanza, a través de las pistas interiores del parque eólico Doña Benita-Cuéllar, que nos acercan hasta la Casa de la Matanza. Los 22 aerogeneradores del parque nos acompañarán por todos los rincones de estos parajes como auténticos colosos mecánicos, con rotores tripala de 88 m de diámetro. En otras ocasiones hemos accedido a las salinas desde Doña Benita La Alta en cuyas inmediaciones parte un camino que nos conduce también hasta la Casa de la Matanza. Desde aquí puede bajarse por la pista abierta en su día para la explotación de una antigua cantera –hoy sin actividad- hasta el mismo lecho del arroyo Salado.



El Salado: un arroyo singular.

Las antiguas salinas se encuentran, como se ha dicho, junto al Arroyo Salado, un cauce tributario del Guadalete al que se une en los Tajos del Infierno, entre El Cerro del Castillo de



Torrecera y el Peñón de La Batida. Pese a ser un riachuelo modesto y secundario, puede llegar a tener grandes crecidas que en épocas de lluvias intensas han llegado a cortar la carretera que une La Ina con Torrecera.

El Salado se forma por la unión de otros dos arroyos, el de Fuente Rey y el La Matanza, que drenan a su vez las tierras de los cortijos que les dan nombre. El de Fuente Rey se represa en un embalse aguas arriba de su unión con el de La Matanza. Ambos arroyos suman ya sus aguas en el cauce del Salado en los campos de La Matancilla, a los pies del cerro de la Sierrezuela (160 m). Desde este lugar, el arroyo se abre paso entre empinados cerros, por un rincón de la campiña conocido como Los Entrechuelos Altos. En su margen derecha destaca el Cerro de la Harina, un mogote cónico cubierto con una densa vegetación de monte bajo que con 116 m es el de mayor altitud de la zona. A la izquierda escoltan su cauce las Lomas del Cuartel y los cerros de Doña Benita la Alta, desde los que baja un modesto arroyo en cuya confluencia con el Salado se encuentran las salinas. Paralelo a este pequeño curso de agua discurría el antiguo Camino de Jerez a Paterna que, procedente de las cercanías de La Ermita de la Ina, llegaba hasta este lugar pasando por la Laguna del Rey (hoy desecada, en tierras de El Mojo) y por el cortijo de Doña Benita La Alta, para seguir después por Fuente de Rey y Las Piletas hasta Paterna. El trazado de esta vía de comunicación, ya en desuso, puede seguirse en el Plano Parcelario de A. López Cepero de 1904 (1).



Dejando atrás las salinas, el arroyo Salado discurre encajado entre los cerros de los Entrechuelos Bajos, recibiendo por la izquierda las aguas del arroyo de la Mimbre, que corre paralelo a la Cañada de la Cuesta del Infierno y, por la derecha, el de los Fosos, que cruza por las lomas de la finca de Torrecera donde es embalsado.



En su tramo final, el Salado forma una pequeña vega que cruza la carretera de Torrecera, a los pies del Cerro del Castillo, para unirse al Guadalete en los Tajos del Infierno.



Como ocurre en tantos otros rincones de las campiñas gaditanas, donde encontramos otros “arroyos salados”, el carácter salobre de sus aguas se debe a causas geológicas.



Los materiales que forman el sustrato de estos parajes y que están también presentes en los terrenos circundantes de estas pequeñas cuencas endorreicas, está integrado principalmente por yesos y margas de edad triásica, con alto contenido en sales que, al ser disueltas por las aguas superficiales, confieren “carácter salado” a las aguas de este arroyo (2).

Un poco de historia.

Aunque se desconoce su origen, existen motivos para pensar que son conocidas desde la antigüedad, al igual que sucede con otras salinas y salinillas de interior como las de Iptuci, Peña Arpada, Vicos o Gigonza. A falta de un estudio arqueológico que pueda aportar datos más precisos, en sus cercanías se han encontrado en superficie materiales que apuntan ya a la presencia romana en estos parajes: fragmentos de ánforas, tégulas y de otros recipientes cerámicos.

También existen noticias de su posible explotación en los siglos medievales. El profesor Juan Abellán recuerda la existencia en las cercanías de estas salinas de la alquería andalusí de Margalihud (3). De esta alquería ya tenemos constancia por Fray Esteban Rallón (mediados del s. XVII) quien sitúa en sus proximidades los enfrentamientos que los jerezanos tuvieron con los moros, en 1325 en las conocidas batallas de La Matanza y La Matancilla. Sobre ello escribe que “el sitio de La Matanza se llamó primero Margarihud; nombre arábigo, y después que fue de los cristianos se llamaba la aldea de Pedro Gallego” (4). Un siglo más tarde, el historiador Bartolomé Gutiérrez también menciona la menciona “llamábase este sitio que ocupaban los moros en su lengua arábiga Margarihud” (5).

El topónimo de esta alquería o alcaría de Margalihud apunta a que estaba situada "en lo que habría sido una propiedad de la comunidad hebraica xericiense, en los siglos XII-XIII. La voz Margalihud, es un compuesto de dos vocablos árabes: marŷ, "prado", y al-yahūd, "los judíos". El topónimo pues procedería de una hipotética qaryat marŷ al-yahūd, "alquería del prado de los judíos" (6)

El profesor Abellán ha estudiado cómo los deslindes realizados en 1435 en estos parajes permiten reconocer ciertos puntos de la geografía del entorno de esta alquería y así, "el aludido río Salado no es otro que el que recibe, antes de desembocar en el Guadalete, las aguas del arroyo de los Fosos; las mentadas salinas se corresponden con las que en la actualidad conocemos como Salinas de Doña Benita, y la Matanza, la actual cortijada del mismo nombre. En consecuencia, pensamos que el centro de la alquería hispano-musulmana de Margalihud debió situarse entre la Matanza y las Salinas” (7). Actualmente, el caserío de La Matanza está a menos de 1,5 km. del paraje de las Salinas,



siendo el punto que permite un mejor acceso a ellas, por lo que cabe pensar, siguiendo a este autor, que en los siglos medievales la alquería de Margalihud estuviera en un lugar aún más cercano, siendo muy factible el aprovechamiento por sus habitantes de la sal. A este enclave andalusí habría que sumar en las proximidades de las salinas al menos otros dos situados a unos 3 km: la alquería de al–Husayn, en el actual cortijo de Alhocén (8), y el Cerro del Castillo, donde se conservan los restos de la torre almohade de Torrecera.

Tras la conquista cristiana la salinas, pese a la despoblación de muchas alquerías, es probable que también fueran explotadas por la continuidad de la aldea de Margalihud con la denominación de Pedro Gallego. El profesor Emilio Martín apunta en este sentido, que en el Jerez medieval las fuentes documentales revelan la existencia de varias salinas de interior como las denominadas Salinas Mayores (en las proximidades de Torrox), Las Salinillas (en la dehesa de la Fuente del Suero), las de la Dehesa de Gigonza y las situadas en la Dehesa de La Matanza (9) “que se corresponden con la actual Salina de Fortuna” (10) denominadas en otras fuentes como de Doña Benita.

Pocos datos existen de estas salinas en los siglos posteriores. El Catastro de Ensenada (1755) no las menciona aunque se hace en él alusión a la figura del Administrador de Salinas de la ciudad (11). Un siglo después, ni el diccionario Madoz, ni el mapa provincial de Francisco Coello (1848), ni las Minutas Cartográficas o los Planos Catastrales de finales del XIX dan cuenta de ellas. Tampoco el Plano de Lechuga y Florido (1897) recoge referencia alguna a estas salinas aunque si señala las de la carretera del Calvario. Hay que pensar que durante el siglo XVIII y, especialmente el XIX, las salinas de la Bahía de Cádiz estaban ya en plena explotación y la sal pasó a ser un producto relativamente asequible en nuestra zona, por lo que muchas de las salinas de interior quedaron sólo para el pequeño consumo de los habitantes de los cortijos cercanos a ellas. Un dato de interés es el aportado por la Estadística Minera de España de 1896 donde se informa que la producción de sal en la provincia fue de 282.410 toneladas de las que 280.000 correspondieron a las salinas de la Bahía de Cádiz, y el resto a las de Sanlúcar. Con respecto a las de interior, tan sólo las salinas de Hortales constan en esta estadística con una producción simbólica, mencionándose en Jerez una única explotación La Salinilla (en el Cortijo de Santo Domingo, a la que ya hicimos alusión) que produce anualmente 3 toneladas, no haciéndose mención de las Salinas de Fortuna (12).



Habrá que esperar a 1904 para que el Plano Parcelario de López Cepero incluya la primera referencia a estas salinas que situa en el lecho mismo del Arroyo Salado, en un punto a la derecha del Camino de Jerez a Paterna y en los límites de las Dehesas de los Entrechuelos Bajos y Doña Benita la Alta. El Plano recoge también una construcción junto a las Salinas, que fue conocida como la “Casa del Salinero” y de la que todavía quedan los cimientos.

La primera edición del Mapa Topográfico Nacional de 1917 incluye por primera vez el nombre de Salinas de Fortuna, repitiéndose en la de 1918, con los cristalizadores ubicados en el margen derecho del Salado. Una referencia a estas salinas la encontramos también en 1940, cuando aún estaban activas, de la mano del geógrafo Juan Dantín. En su estudio sobre la aridez en España, ofrece casi los últimos datos sobre su funcionamiento. Al referirse a la pequeña Laguna de los Fosos, próxima a la carretera de El Pedroso a Paterna escribe que de ella “efiere el arroyo de los Fosos, no en todo tiempo fluente, pero que cuando corre vierte al arroyo Salado, en cuyo cauce se halla la Salina de Fortuna” (13). En la edición de 1968 de la hoja del MTN de Paterna (1062), aparecen con su antigua denominación de Salinas de Doña Benita, mientras que en la del año 2000 y siguientes se las denomina como Salinar de Fortuna.






El paraje de las salinas hoy.

De acuerdo a lo comentado, y con una larga historia detrás, creemos que el último episodio de la historia de estas salinas arranca a comienzos del siglo XX cuando se reflejan ya en la cartografía y cuando, tal vez se renuevan o construyen las balsas de evaporación o cristalizadores que existieron en la margen derecha el cauce del Salado, como reflejan los mapas.



Estas pequeñas balsas, que bien pudieron tener su origen en la antigüedad o en los siglos medievales, no se aprecian hoy en superficie pudiendo haber sido arrastradas por sus aguas o cubiertas por los sedimentos del arroyo, aunque en distintos lugares se adivinan lo que pudieran ser hiladas de piedras.

Lo que si han llegado hasta nuestros días son los restos de la denominada “Casa del salinero”, que vemos sobre una pequeña elevación en la margen izquierda del arroyo, en el lugar donde se le une un pequeño cauce que baja desde Doña Benita la Alta, paralelo al cual discurría el antiguo camino de Jerez a Paterna. Por testimonios orales de vecinos del Mojo, Baldío Gallardo, Torrecera y el cortijo de La Matanza sabemos que estuvo habitada hasta finales de los 40 o comienzos de los 50 del siglo pasado, fechas en las que aún se recogía sal que se guardaba en grandes tinajones. La sal era demandada por los cortijos cercanos y requerida por los ganaderos y pastores. Algunos arrieros de Paterna la distribuían también en el entorno de esta población.



En las proximidades de la casa, bajo un espolón rocoso, un manantial de aguas sulfurosas aporta un pequeño caudal al arroyo que en verano presenta una modesta corriente que alimenta las pozas que encontramos en su cauce.



En invierno, la lámina de agua del arroyo llega a inundar las riberas, escoltadas de tarajes, que en la zona de las salinas se llegan a ensanchar hasta 30 o 40 m. En verano, debido a la evaporación, todo este paraje presenta en las orillas del Salado un increible aspecto ya que se forma una fina capa de sal en las riberas, formándose un hermoso manto blanco que cubre las arenas, guijarros y rocas del cauce a lo largo de casi 300 m y que nos desvela la singularidad de este desconocido rincón de la campiña de Jerez.



Algo más alejado de la orilla, en la margen izquierda del arroyo, llama la atención del visitante un gran pino piñonero que según testimonios orales fue plantado en 1947, cuando se repoblaron también los cerros próximos a Torrecera. En sus cercanías se aprecián también lo que pudieron ser restos de otra construcción, a los pies del Cerro de la Harina, junto al camino de Paterna.



Salinas de Fortuna o de Doña Benita, un incrible paraje de nuestra campiña cargado de historia.

Para saber más:
(1) López-Cepero, A.: Plano Parcelario del término de Jerez de la Frontera. Dedicado al Excmo. Sr. D. Pedro Guerrero y Castro y al Sr. D. Patricio Garvey y Capdepón. 1904. patrocinadores del proyecto, por D. Adolfo López Cepero.- Año de 1904. Escala 1:25.000
(2) Gutiérrez Mas, J.M. et al.: Introducción a la Geología de la Provincia de Cádiz. Universidad de Cádiz. 1991
(3) Abellán, J.: Aproximación al espacio rural jerezano en la Edad Media: la alquería de Margalihud, Al-Andalus Magreb, 7 (1999) 13-20.
(4) Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los Reyes que la dominaron desde su primera fundación. Ed. Ángel Marín y Emilio Martín. Cádiz: Universidad-Excmo. Ayuntamiento de Jerez de la Frontera, 1998, II, 31.
(5) Gutiérrez, B.: Historia de la Muy Noble y Leal Ciudad de Xerez de la Frontera, (Jerez, 1886. Edición facsimilar de 1989, t. I, p. 182. También se refiere a este lugar en las pp. 35 y 184, confirmando que existía unos años después de la batalla en 1330.
(6) Abellán, J.: Aproximación al espacio rural… p. 17.
(7) Ibídem, p. 19.
(8) Abellán, J.: Nuevos datos sobre la organización espacial del Jerez islámico: el pozo y la alquería de al-Husayn o Husayn, en Qurtuba. Estudios andalusíes, 5 (2000), 7-15
(9) Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz, 2004, p. 92.
(10) Ibídem, p. 195. Otras referencias a estas salinas en las páginas 92 y 179. En esta última, con el nombre de Salinas de Doña Benita
(11) Orellana González, C.: “El Catastro de Ensenada en Jerez de la Frontera”, Revista de Historia de Jerez nº 8, 2002, colección de monografías, nº 2. p. 38.
(12) Dirección General de Agricultura, Industria y Comercio.: Estadística Minera de España correspondiente al año de 1896, Madrid, 1897, p.75.
(13) Dantín Cereceda, J.: “La aridez y el endorreismo en España. El endorreismo bético” .Estudios Geográficos,año 1, nº 1, Octubre de 1940, pp. 75-117. Las referencias a las Salinas de Fortuna en p. 110


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Otras entradas sobre Paisajes con historia, Las Salinillas de la carretera del Calvario. Un pequeño humedal salobre con curiosas sorpresas., Salinas con historia junto a Estella del Marqués.
Un paseo por Las Salinillas
y Lagunas y humedales "entornoajerez"...

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 2/07/2017


Con Gustavo Doré por la Cartuja de Jerez





Mucho antes de que la fotografía hiciese su aparición, una de las imágenes más conocidas de Jerez y su entorno es la que nos ofrecen diferentes grabados que desde el siglo XVI y hasta bien entrado el XIX, repiten invariablemente una misma escena: la ciudad vista en la lejanía desde algún rincón del camino de El Puerto, con la Ermita de Guía en primer plano. El segundo lugar, a buen seguro, lo ocupan las ilustraciones que tienen como motivo el Monasterio de La Cartuja y sus alrededores.

Viajeros en La Cartuja de Jerez.

Es sobradamente conocido que junto a nuestras bodegas, una obra tan singular como el cenobio cartujano, era parada obligada para cuantos visitantes acudían a la ciudad, tal como se puede deducirse de los numerosos testimonios escritos que sobre La Cartuja han dejado viajeros románticos e ilustrados, historiadores, artistas o escritores y que conocemos, en buena medida, gracias a los trabajos de Ramón Clavijo Provencio (1).

La mayoría de estos autores se centran en los aspectos artísticos y arquitectónicos del monasterio a la vez que se lamentan por el estado de deterioro y abandono que sufre el monumento. Algunos de estos viajeros, como Antoine de Latour describen también los claustros, los patios y jardines, las dependencias o los caminos de acceso. Otros, como Antonio Ponz, nos aportan datos hasta de los curiosos árboles que crecen junto a la puerta de acceso… Pocos, sin embargo, mencionan la Cruz de la Defensión, que aún se conserva en el jardín exterior, junto a la puerta principal de entrada al monasterio. Aunque en los relatos de los viajeros no se alude a este sencillo monumento, este singular crucero mereció la atención de uno de los mejores ilustradores y grabadores del siglo XIX; el francés Gustavo Doré quien dejó para siempre testimonio gráfico de cómo la contempló en 1862.

En compañía del barón Jean Charles Davillier, un célebre escritor e historiador del arte al que hoy calificaríamos como “hispanista”, Doré viajará por toda España encargándose de ilustrar las crónicas que aquel escribe “por entregas” para la revista de viajes "Le tour du Monde", que por entonces publica la editorial francesa Hachette. Las crónicas tendrán un gran éxito popular y se recopilarán unos años después en un libro con el título “l’Espagne". Este “Viaje por España” ,como será conocido en la versión que se editó en nuestro país, romperá en parte los tópicos que los viajeros románticos habían venido ofreciendo hasta entonces sobre nuestro país, aportando una visión más real y ajustada de la España de esa época. A ello contribuyeron vivamente las casi 500 ilustraciones de Gustavo Doré que contenía la obra.

Gustavo Doré en la Cartuja.

Una de las ciudades que figura en el recorrido de estos autores fue Jerez, donde visitaron sus principales calles y monumentos o las bodegas de Pedro Domecq, como nos recuerda José Luis Jiménez a propósito del comentario sobre un grabado de Doré dedicado a los vendimiadores (2). Y entre estas visitas no podía faltar La Cartuja, donde cabe suponer que Doré tomaría los apuntes para el grabado que comentamos (3), en el que nos llama la atención, junto a su limpio y preciso trazo, la ausencia de vegetación junto a la entrada del monasterio.

El grabado nos muestra en primer plano la Cruz de la Defensión, a cuyos pies parece descansar una mujer con su cántaro. Otra mujer, con un cántaro en la cabeza aparece en la escena delante del pórtico, obra del maestro Andrés de Ribera, que se muestra también en la ilustración, al igual que el crucero, con un gran realismo.



Sin embargo no hay rastro de los árboles que setenta años atrás describiera Antonio Ponz en este lugar. La imagen de Doré contrasta igualmente con la de los jardines que en la actualidad pueden verse en la entrada de La Cartuja cuyos árboles (cipreses, naranjos, algarrobos, falsos pimenteros, palmeras…) envuelven, literalmente, al crucero.

Lo que no resulta extraño en el grabado de Gustavo Doré es la presencia de mujeres con cantaros que, a buen seguro, acudirían a buscar agua a la fuente que ofrecía agua a los caminantes y que se ubicaba en una de las paredes del convento, proveniente de una canalización realizada para el monasterio desde el cercano manantial de Los Albarizones que también abastecía a la fuente de la Alcubilla. En una curiosa “guía para viajeros” publicada a mediados del siglo XVIII, de la que nos da cuenta J. Jurado Sánchez, se describe el itinerario que se sigue de Medina a Jerez y se informa ya de la existencia de esta fuente. Tras cruzar el puente sobre el Guadalete: “se pasa por las puertas del convento de La Cartuja de Xerez, que es muy dilatado en fábrica y tiene dos patios, en uno un estanque grande de agua con galápagos y otro en el otro con peces, y en una pared de dicho convento está una fuente al mismo camino” (4).

El grabado de Doré (1862) ofrece una visión “amable” del Monasterio que, por aquel entonces, ya sufría el deterioro que siguió a la exclaustración provocada por la desamortización de Mendizábal (1835). Apenas una década después de la marcha de los monjes apunta Madoz en su célebre Diccionario, refiriéndose a los monumentos más destacados del término municipal, que “Uno de los objetos más notables… es el célebre monasterio de la Cartuja, el cual va desapareciendo insensiblemente por el descuido e incuria con que se le tiene” (5). Muy cercano en el tiempo a la visita de Gustavo Doré, contamos también con el testimonio del sacerdote francés N. Léon Godard, quién en su condición de historiador y arqueólogo visito la Cartuja en 1861 aportando su visión del deterioro del Monasterio en su obra L´Espagne, moeurs et paysages, editada al año siguiente.

Otros muchos autores nos dejarán testimonio de la preocupante situación que a medidados del siglo XIX mostraba La Cartuja, que pese a que en 1856 se declararía Monumento Histórico Artístico Nacional, el primero de la provincia de Cádiz, requería urgentes obras de consolidación y restauración. Así por ejemplo, José Bisso, refleja en su Crónica General de España publicada en 1868, apenas unos años después de la visita de Doré lo siguiente: “…la Cartuja de Jerez subsiste todavía desafiando los rigores del tiempo y presentándose a nuestros ojos como recuerdo vivo de épocas memorables; pero difícil es calcular su duración en este siglo de universal movimiento, y al ver como se apodera la industria de tantos edificios históricos como vemos convertidos en grandes establecimientos fabriles, no pueden menos de abrigarse serios temores sobre la existencia de ese monumento que quisiéramos se procurarse a toda costa conservar” (6).

Afortunadamente, el Monasterio de la Cartuja pudo superar la ocupación de las tropas francesas que lo convirtieron en cuartel y sobrevivir al deterioro de su utilización como presidio de soldados carlistas, a las paulatinas pérdidas que sufrió cuando el ejército español lo utilizó como depósito de caballos sementales o a los permanentes saqueos de sus dependencias por los propios vecinos de Jerez tras la marcha de los monjes…

El Crucero hoy.



Las diferentes restauraciones que se acometieron en el monumento durante el último tercio del siglo XIX y la primera mitad del siglo XIX, también repararon en el el crucero, que fue salvado de la ruina mediante la instalación de unos aros de hierro en torno a los diferentes elementos de su base.

Como es conocido, la Cartuja contó con varias cruces repartidas por distintas dependencias del monasterio. La más conocida es la denominada Cruz de la Defensión, que como hiciera Doré, los visitantes pueden contemplar en los jardines exteriores situados delante de la monumental portada de acceso, obra esta última de Andrés de Ribera. El profesor Antonio Aguayo Cobo, que ha realizado un completo estudio de este crucero (7), apunta también que el historiador H. Sancho de Sopranis cuestiona que esta sea la cruz del Humilladero, mencionada en las fuentes documentales, toda vez que existieron también otras cruces junto al estanque de los galápagos, en el jardín del claustro o en el exterior de los muros del monasterio, junto a la torre del molino de aceite en las proximidades del río (8).

Sea como fuere, el crucero ha llegado hasta nuestros días mostrándonos en los bloques calizos que conforman su base las muchas vicisitudes sufridas en estos siglos. En palabras del profesor Aguayo, “se trata de una hermosa cruz pétrea, que conmemora la victoria de las tropas cristianas sobre las sarracenas, gracias a la intervención milagrosa de la Virgen, que da lugar al nombre de Defensión, que adopta la cartuja jerezana”. Apunta este autor que la cruz se levanta bajo el priorato de Tomás Rodríguez, constituyendo “una bella obra del Renacimiento jerezano”.

Rodeada actualmente por la arboleda del jardín exterior de La Cartuja, que la oculta parcialmente, el visitante puede sentarse tranquilamente a contemplarla en alguno de los bancos instalados en su entorno. Para ello, nada mejor que hacerlo siguiendo la descripción que de ella realiza el citado autor: “la cruz se yergue sobre una alta columna corintia, con el fuste ornado con paños. Se asienta sobre basa cuadrada, en cuyo interior se inscriben varios relieves. El conjunto se asienta sobre una semiesfera rebajada, situada sobre gradas. La cruz se halla tallada por ambas caras, representando en un lado la figura de Cristo crucificado, y en el otro a la Virgen María, Madre de Dios. A pesar de la dureza del material, la calidad de la talla se puede considerar como algo más que aceptable.


La base de la columna se encuentra tallada en sus cuatro caras. En cada uno de los relieves se representan diferentes instrumentos de la Pasión de Cristo: corona de espinas, columna de los azotes y cuerda, túnica sin costuras, y los clavos de la crucifixión. Estos elementos, además de ser los instrumentos de la Pasión, constituyen los símbolos que conforman el escudo de la cartuja jerezana, adquiriendo, por tanto, un doble significado. [...] por su estilo y aspecto debe pertenecer a los últimos años del siglo XVI, debiendo su factura a la mano de un artista local
”. (9)

Cada vez que nos acercamos a la puerta del monasterio, nos alegra comprobar que el dibujo y posterior grabado que hiciese Gustavo Doré en 1862, pudiera haberlo realizado en estos tiempos, con la única salvedad de que en él aparecería, junto a la Cruz de la Defensión y la portada de Andrés de Ribera, la arboleda del jardín que recibe hoy día a los visitantes de La Cartuja. Esperemos que en tiempos no muy lejanos, el crucero pueda ser restaurado como merece.


Para saber más:
(1) Clavijo Provencio, R.: Jerez y los viajeros del XIX. B.U.C. Jerez, 1989. Del mismo autor, rsulta también de obligada lectura, Viajeros apasionados. Testimonios Extranjeros sobre la provincia de Cádiz 1830-1930. Diputación de Cádiz, 1997.
(2) Jiménez, J.L.: Doré y el barón Davillier visitaron Jerez en 1862.La Voz. 30/04/2006.
(3) El grabado de G. Dore, ha sido tomado de Diccionario Geográfico Estadístico Histórico Madoz. Tomo CADIZ. Edición facsímil. Ámbito Ediciones. Salamanca, 1986. pg. 238.
(4) Jurado Sánchez, J.: Caminos y pueblos de Andalucía (s. XVIII). Ed. Andaluzas Unidas S.A. 1989. pg. 133. Recoge copia de un Manuscrito Anónimo de la Biblioteca Nacional.
(5) Diccionario Geográfico Estadístico Histórico Madoz. Tomo CADIZ. Edición facsímil. Ámbito Ediciones. Salamanca, 1986. pg. 245.
(6) Bisso, J.: Crónica General de España. Provincia de Cádiz. Ed. Rubio, Grilo y Vitturi, 1868. Edición Facsímil. Editorial Maxtor. Valladolid 2006. Pg. 42.
(6) Aguayo Cobo, A.: Arquitectura religiosa del renacimiento en Jerez II. Cartuja de la Defensión. Convento de Santo Domingo. UCA, 2006, pp. 23-24.
(8) García Lázaro A. y J.: Un rincón olvidado de la Cartuja: el humilladero y el mirador sobre el Guadalete. Diario de Jerez 09/032014.
(9) Aguayo Cobo, A, obra citada. Pg. 23.
La fotografía de G. Dore, ha sido tomada de: http://agaudi.files.wordpress.com/2008/10/paul_gustave_dore_by_felix_nadar_1855-1859.jpg


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Otros enlaces que pueden interesarte:
- Signos y dibujos en el patio de la Cartuja. Un paseo con Antoine de Latour.
- Con Antonio Ponz en el patio de La Cartuja. Una visita en 1791 con noticia de unos curiosos árboles.
- Paisajes con historia
- Vertidos junto al Monasterio de la Cartuja
- Un rincón olvidado de La Cartuja: el humilladero y el mirador sobre el Guadalete.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 5/10/2014

 
Subir a Inicio