Del Puerto de Gáliz al Mojón de la Víbora.
Por Los Alcornocales (2).




En nuestro camino desde El Puerto de Gáliz hacia el Mojón de la Víbora, cruzando por estos inigualables parajes del Parque Natural de Los Alcornocales, hemos dejado atrás los pinares de pino negral que flanquean la calzada. Entre los pk 14 y 13 la carretera discurre por las laderas forestales del Cancho de las Caretas. Los pequeños muretes que la acompañan en algunos tramos están formados por bloques de piedra de la roca conocida como arenisca del Aljibe”, principal constituyente de estos montes que descubrimos por sus llamativos colores. En ocasiones el bosque se salpica con grandes bloques rocosos, con peñas o mogotes que emergen entre la arboleda. En las zonas en las que el alcornocal es menos denso, o donde se encuentra más aclarado, el suelo se cubre con un espeso brezal que desde finales del invierno se cubre ya con sus diminutas flores rosadas y blancas. Escobones, aulagas, jara pringosa, helechos … son algunas de las muchas especies que abundan también, junto a los brezos, en los lugares más abiertos. Junto a la carretera, en los linderos del bosque, no faltan tampoco ejemplares de madroños, quejigos, labiérnagos… Aunque no es frecuente, los animales que pueblan el bosque se “asoman” de vez en cuando a las orillas de la carretera y, a modo de ejemplo, en nuestro último recorrido pudimos ver ciervos, meloncillos y una salamandra de buen tamaño que cruzaba “imprudentemente” sin reparar en riesgos.



Avanza nuestro camino entre curvas y mogotes de arenisca. A la derecha queda la cancela que da acceso a las casas de la Loma de Gamí (pk. 14) y que desciende hasta las hondonadas por donde fluye el Arroyo del Parrón y de las Casas del Abanto. Un pinar de repoblación sube aquí, a nuestra izquierda por las laderas del Cancho de las Caretas.



Como el viajero habrá podido adivinar, las diferentes especies de pinos que crecen en estos montes han sido introducidas y son por tanto, ajenas a estos parajes. Junto al pino piñonero, destaca también el pino de Monterrey, que hemos podido ver en los primeros tramos de nuestro recorrido poblando las faldas y cumbres de La Gallina. Con todo, el más abundante es el pino negral o resinero, que constituye estos pinares cercanos a la carretera. Esta especie es la mejor adaptada a la naturaleza acidófila y pobre del substrato silíceo al que da lugar la “arenisca del Aljibe”, sobre el que se desarrolla con éxito, llegando a competir con el alcornoque al que puede dificultar su regeneración y normal crecimiento. El viajero podrá comprobar como la densidad de estos pinarillos de pino negral es tan alta que apenas crecen bajo su espesa sombra otras plantas. El sotobosque es aquí bastante pobre y su suelo está cubierto por un grueso manto de acículas secas, conocidas como pinocha o pinaza, que, como se alerta en la “Guía de los Montes de Propios”, “…representan un alto riesgo de incendio por su contenido en compuestos inflamables. Solamente algunas plantas del alcornocal pueden neutralizar los efectos inhibitorios de estas condiciones, especialmente madroño y brezos, cuyos ejemplares algo ahilados crecen entre los troncos de los pinos”.



Entre el los km 13 y 12 el paisaje se abre en algunos tramos y nos deja ver, a la derecha, el valle de la Garganta de los Corcitos y, algo más lejos, los mogotes de roca caliza que constituyen el Cerro de las Motillas, a cuyos pies corre el arroyo de Pasada Blanca. Este cerro, al que volveremos otro día, encierra en su interior un sistema de cuevas y galerías de gran interés geológico y arqueológico. En los lugares donde el boque se hace menos denso el sotobosque está dominado por el helecho común, que se extiende como un tapiz herbáceo. Si en el otoño nos ofrece sus hojas rojizas y ocres, en primavera despliega sus grandes hojas divididas llenando de verdor los alcornocales y pinares y creciendo hasta los bordes mismos de la carretera. Nuestro camino pasa ahora junto a la Casa de los Canchos en cuyas cercanías crece otro pinar de repoblación con un denso rodal de altísimos árboles de porte ahilado.

A partir del pk.12, el paisaje se torna más despejado y en algunos trechos podremos ver en la lejanía, a nuestra izquierda, los perfiles de la sierra de Grazalema y las lomas de Cerro Verdugo en las que se adivina el caserío de Prado del Rey. Nos acompañan ahora las faldas de Loma de La Novia. En las proximidades del pk. 11 queda, a la izquierda, la Casa de los Barracones, sede de la guardería forestal de la Dehesa del Toronjil (Montes de Propios de Jerez), que encierra parajes de gran belleza y a la que se accede desde este lugar.



Algo más abajo, una curva cerrada en la carretera se traza sobre un puentecillo cuyos pretiles han derribado la fuerza de las aguas de un torrente. A la altura del pk. 10, despunta, a la izquierda de la ruta, el Cerro o Peñón del Jabato, uno de los llamativos mogotes de arenisca que jalonan este tramo. Algo más adelante llamará la atención del viajero otro de estos peñones: la Piedra de la Novia. Entre ambos puntos la carretera describe un arco de más de un km. en cuyo seno nace la Garganta de la Miel, uno de los típicos “canutos” de estas montañas del Parque Natural de los Alcornocales donde es posible observar la vegetación acompañante de estos arroyos.

Pasado el pk. 8, queda a nuestra izquierda el Cerro de la Novia y algo más adelante, la carretera se abre camino ente una pared rocosa en una de cuyas peñas se ha tallado un arco para facilitar el paso. Estamos ahora en las proximidades de la Dehesa del Cándalo (pk. 7), cuya casa queda a la derecha. Algo más adelante, reclama nuestra atención una gran roca, que se alza en forma de aguja junto a la cuneta izquierda de la carretera (pk. 6).



Muchas de estas llamativas peñas o rocas aisladas tienen (o tenían) nombre propio por constituir auténticos “hitos” naturales y visibles, que jugaron un importante papel para orientarse en los confusos caminos del bosque. Aunque algunos de ellos han pervivido en el tiempo, de otros sólo nos quedan referencias escritas o las que aportan viejos mapas y planos como el Parcelario de Adolfo López Cepero (1904). En él aún podemos ver como tan sólo en el tramo de algo más de 6 km. comprendido entre la citada Casa de los Barracones (pkm 11) y la de Ventalleja (pkm. 5) se suceden junto a la carretera la Piedra del Cuchillo, el Peñón del Jabato, la Piedra de la Novia, Piedras Aspadas, Piedra Mojón, Piedra de la Cruz, Piedra del Selladero, Piedra de la Salinilla

Tras dejar atrás las tierras de la Dehesa del Cándalo, y un poco antes de llegar al pk. 5, podemos ver a la derecha un cerrado valle por el que corre la Garganta del Enemigo flanqueada por una hermosa aliseda. Al poco, un claro se abre a la izquierda de la carretera y en un pequeño llano se alza la casa de Ventalleja (la Venta de Lleja, como era conocida tiempo atrás). Desde este lugar se accede a los caminos que conducen a Garganta Millán y Peñón de Merino, parajes situados en los límites de los términos de Ubrique y Jerez, ya en las proximidades de la depresión en cuyo seno se encuentra el embalse de los Hurones.

Entre los pk 4 y 3, la carretera bordea el Cerro del Enemigo y el Bujeo del Cuerno (a la derecha) en cuyas laderas crece un magnífico alcornocal con un sotobosque aclarado por el pastoreo de cabras, ovejas, cochinos de montanera... El camino asciende suavemente hasta el Puerto del Cuerno y nos ofrece, a la izquierda curiosas vistas de las sierras de Grazalema y Ubrique, de los perfiles de la Sierra de la Silla, del macizo de las cumbres del Endrinal, del blanco caserío de Benaocaz, -que se nos antoja desde aquí como colgado en la montaña-, de las cumbres del Albarracín, de la crestería del Pinar… Más cerca de la carretera, también a nuestra izquierda, queda el valle de Garganta Millán, que se pierde a lo lejos entre una masa continua de alcornoques y quejigos.

A partir del pk.3 se inicia un suave descenso. A la izquierda quedan los prados del cerro de Majar Alto (pk.2), donde pastan rebaños de ovejas y cuyas laderas nos ofrecen hermosas y “bucólicas estampas pastoriles”. A la derecha, una cancela da paso a una pista que se interna en el alcornocal del cortijo y Dehesa de La Fantasma, como se conoce este paraje. Al poco, veremos en la lejanía, frente a nosotros, mientras nos dejamos llevar por la la carretera en un suave descenso, la cumbre aislada del Peñón del Berrueco y Ubrique, que queda a la izquierda, a los pies de la sierra.

Las Casas del Mojón de la Víbora, nos anuncian ya el final de nuestro recorrido y, antes de acercarnos hasta la Venta a reponer fuerzas, hacemos un alto en el camino para deleitarnos con las vistas panorámicas que nos ofrece el Mirador del Mojón de la Vibora.



La sierra de Grazalema se nos presenta aquí en toda su magnitud con el telón de fondo de la mole caliza del Pinar coronada por el Torreón. A la izquierda, la Sierra de la Silla nos muestra el espolón rocoso sobre el que se alzan las ruinas del Castillo de Fátima o Cardela, asomado sobre el Charco de los Hurones. A la derecha, la sierra de Ubrique exhibe sus llamativos paredones rocosos donde se aprecian imponentes saltos de falla. Frente a nosotros, ocupando la posición central de esta inigualable vista, Ubrique, cuyo caserío se nos antoja desde aquí más blanco que nunca.



Ver Del Puerto de Gáliz al Mojón de la Víbora en un mapa más grande

Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Por si te interesa, también hemos publicado en este blog otros temas relacionados con el que aquí se trata. Puedes verlos en Carreteras con encanto, En el Puerto de Gáliz. Un recuerdo a Juan “el Igualeja”, El Peñón de Ballesteros. En el Puerto de Gáliz con el general Ballesteros y Del Puerto de Gáliz al Mojón de la Víbora. Una carretera con encanto (1).

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 4/01/2015

Del Puerto de Gáliz al Mojón de la Víbora.
Una carretera con “encanto” (1)




A comienzos del siglo XX la sociedad jerezana estaba embarcada en una serie de grandes proyectos de obras públicas. Se pretendía con ello intentar paliar la crisis provocada por la plaga de la filoxera que a finales del XIX había arruinado el viñedo y con él, la principal fuente de ingresos de todo el marco de Jerez. Junto a la presa de Guadalcacín y el Ferrocarril de la Sierra, el otro gran reto que la ciudad se había planteado era la construcción de la carretera de Cortes, vía de comunicación indispensable para conectar la ciudad con su extenso alfoz y facilitar así una salida comercial a las producciones de las grandes fincas agrícolas, ganaderas y forestales que se extendían al este del vasto término municipal jerezano, cuyos confines lindaban con la provincia de Málaga.

La carretera de Cortes: un sueño hecho realidad.

Antonio Gallegos, quien fuera ingeniero director de la presa de Guadalcacín, expresaba en una de las conferencias que sobre estas cuestiones organizó el Ateneo Jerezano en 1916 la necesidad de construir esta carretera, de “interés excepcional para la ciudad… al ser la arteria central que en dirección de Occidente a Oriente ha de cruzar el extenso término municipal, desarrollando un recorrido de 90 kilómetros para llegar al término de Cortes, en la Provincia de Málaga”. En esos años ya se encuentran muy avanzadas las obras entre Jerez y El Mimbral, habiéndose adjudicado también las que unían El Mimbral con el “Puerto de Galis”.

El tramo más dificultoso, por lo abrupto del terreno era el comprendido entre este último lugar y el Mojón de la Víbora. A este respecto, el ingeniero apuntaba que “…por último, entre el Puerto de Galis y el límite del término habrán de construirse otros 10 km á lo largo de la Loma de la Novia, en la sierra de la Gallina; y es tal el deseo y el interés que por esta obra han demostrado los propietarios de aquellas dehesas, que hace tiempo se dijo que con el fin de facilitar la ejecución y evitar los trámites de expropiación, habían ofrecido al Estado ceder gratuitamente los terrenos que hubiera de ocupar la nueva carretera".

Consciente de las dificultades, pero también de la necesidad de la obra para el progreso de una extensa zona de la provincia, Gallegos era optimista y defendía que ..."en plazo no lejano podría quedar esta vía disponible para el tráfico; pero es que este camino tiene un carácter muy especial: constrúyense carreteras en todas partes para servir a los pueblos de la comarca y aquí, en 90 kilómetros no ha de servirse más pueblo que Jerez, sin que por esto haya de ser poco frecuentada; antes bien ha de sufrir un tráfico muy intenso, pues aparte de su carácter estratégico, tiene otro aspecto muy importante; no se construye para servir antiguos pueblos, se construye para crear pueblos que no existen y debieran existir".



Cien años después les invitamos a recorrer este último tramo de la carretera de Cortes, el comprendido entre El Puerto de Galiz (o Galis) y el Mojón de la Víbora, en los límites de los términos de Jerez, Cortes y Ubrique, una ruta de apenas 20 km que, a nuestro juicio, pasa por ser una de las carreteras secundarias con mayor “encanto” de la provincia. ¿Nos acompañan?

En el Puerto de Gáliz.



Nuestra ruta comienza en el Puerto de Gáliz (pk. 20), donde hemos dejado atrás su conocida Venta en el cruce donde confluyen los caminos de Jimena, Ubrique y Alcalá de los Gazules, junto a la singular mole rocosa del Peñón de Ballesteros.



El peñón, una enorme roca de arenisca que destaca, aislada, entre los prados que se abren en el alcornocal, es un hito natural de primer orden, todo un monumento geológico al que la erosión ha dado formas redondeadas. A su lado se construyó el primer ventorrillo de estos parajes que hoy nos muestra sus ruinas y que hace apenas dos décadas regentaba el entrañable “Juan el Igualeja” junto a su esposa Catalina.



Desde hace unos años, se ha instalado a sus pies una improvisada “capilla” al aire libre a la “Virgen de los Milagros de Puerto de Gáliz”, una nueva advocación más pagana que religiosa, rodeada de “exvotos” y “ofrendas” de lo más kitsch, cuya hornacina de corcho ha sido instalada en una pequeña oquedad de esta mole rocosa rompiendo, a nuestro entender, el natural encanto del lugar.

Dejamos atrás el Peñón (que debe su nombre al general Francisco Ballesteros quien anduvo por estos parajes combatiendo a los franceses en la Guerra de la Independencia) para tomar la carretera en dirección a Ubrique. En su primer tramo discurre por un trazado paralelo al que llevaba el antiguo camino que unía esta población serrana con Alcalá y que se conserva aún parcialmente como vía pecuaria. Desde los primeros kilómetros, el viajero descubre que transita por una ruta muy especial, escoltada por las arboledas del bosque que se desarrolla en las faldas de la Sierra de la Gallina, que queda a nuestra izquierda. Con 787 m el Pico de la Gallina constituye la máxima elevación del término municipal de Jerez, prolongándose en una misma formación montañosa con las lomas de La Novia (752 m) y de La Gitana (705 m). Cruzamos aquí por tierras de la Dehesa de El Marrufo, que en otros tiempos formó parte de los Montes de Propios de Jerez hasta que en 1859 fue sacada a pública subasta.

Apenas hemos recorrido un par de kilómetros, la carretera atraviesa una zona más despejada que deja a la vista, frente a nosotros, el caserío de El Marrufo que se adivina entre las arboledas y los prados que descienden, ladera abajo, hasta la Garganta de la Sauceda. El Marrufo (pk. 17) es una gran explotación de 1.000 hectáreas de superficie y uno de los más singulares cortijos del término, dedicado a los aprovechamientos del bosque y sus recursos forestales, cinegéticos y ganaderos.

Sus edificios, visibles desde la carretera, se organizan en torno a un amplio patio central, muy abierto, donde se aprecian las estancias del señorío, las viviendas y gañanías, así como su peculiar capilla de estilo neogótico, coronada por una curiosa espadaña de cantería. Tras la edificación se aprecian tres naves gemelas construidas con muros de mampostería de piedra vista, dedicadas a almacenes, cuadras y estancias.



Siempre que pasamos por este lugar, hacemos un alto en el camino frente a la capilla, en recuerdo de las mujeres y niños de la cercana aldea de La Sauceda, que en noviembre de 1936 fueron aquí encerrados antes de ser fusilados. Sus cuerpos fueron sepultados en las cercanías del cortijo, en una de las mayores fosas comunes de Andalucía, en la que hace sólo dos años han comenzado a exhumarse las primeras víctimas.

Entre bosques de alcornoques.

Dejando atrás El Marrufo, veremos a la izquierda sendas cancelas que dan paso a pistas forestales que se internan en el bosque. La primera, junto a una fuente, cruza la Loma del Torero. Por la segunda se accede a la antigua “Casa de los Colonos” que estuvo habitada, como otras que encontramos repartidas por estos montes, por las familias que se dedicaban a los trabajos forestales.

Seguimos nuestra ruta, dejándonos llevar por una carretera que traza por aquí curvas cerradas y que, a tramos, parece techarse por las copas de los árboles que la escoltan a sus orillas. Muy pronto, a la izquierda, veremos la entrada a la Dehesa del Quejigal (pk. 16) que forma parte de los Montes de Propios de Jerez. Crece en ella un magnífico alcornocal -con abundantes quejigos en las zonas umbrosas- que se cruza a través de una pista forestal que se interna en un bosque cuyas arboledas se extienden por las faldas de La Gallina y del Cancho de las Caretas, a los pies de unos llamativos riscos de arenisca conocidos como Tajos del Sol.

La carretera trepa ahora hasta un puertecillo (el antiguo Puerto de la Cruz), hasta el que subía el camino de Cortes y que descubrimos aún tras una cancela que da paso a la pista que conduce a las Casas del Abanto, y que queda a nuestra derecha. En este tramo, cruzamos por un denso alcornocal en el que reclamaran la atención del viajero los troncos marcados con números de muchos árboles que observamos a ambos lados del camino (pk. 16).

José María Sánchez, Ingeniero de Montes, buen conocedor del Parque de Los Alcornocales, nos explica el origen de este curioso “bosque de los números” que tiene su origen en la práctica de marcar ciertos árboles con el último dígito del año en el que ha sido descorchado. Así, nos informa que, tradicionalmente, “las fincas corcheras tienen organizadas los “tramos” de descorche con límites fácilmente identificables, de tal modo que sus gestores saben que la pela correspondiente a tal año acaba -o comienza- en tal arroyo, divisoria o camino. No obstante, en algunas ocasiones se pueden producir confusiones. Por ejemplo, si un año hubo que interrumpir el descorche porque el corcho no se daba bien, y esa zona se suma al descorche del año o años siguientes, el límite entre tramos o pelas se ve modificado… Entonces los gestores marcan ciertos árboles para indicar hasta dónde llegó la pela”.

Por lo general, el descorche tiene lugar cada nueve años, pero “suele ser habitual que las explotaciones de gran extensión no descorchen todos los árboles de un mismo sector a la vez y repartan las pelas en años sucesivos. Con esta práctica no se expone toda la finca a la vez a los riesgos de daños graves tras un descorche (por incendios, sequías, plagas...), dado que el árbol queda temporalmente sin defensas. A ello hay que sumar también las ventajas económicas ya que al dividir la cosecha en distintos años se reparten los ingresos y se equilibran los precios de venta, que pueden variar mucho de unos años a otros”.



En estos casos se realiza el marcado de los troncos pelados de cada sector para distinguirlos con claridad en espera del turno de nueve años cuando serán de nuevo descorchados. “Para evitar confusiones se recurre también entonces a marcar algunos árboles que delimitan aproximadamente la pela. El número empleado en la marca suele ser el último dígito del año que se descorchó, por tanto, del 0 al 9
”.

Continuamos nuestro camino no sin antes pararnos en algún recodo de la carretera para “asomarnos” a las vallonadas forestales que divisamos, a vista de pájaro, en la margen derecha, entre las que descubrimos las Casas del Abanto en el ameno valle del arroyo del Parrón. La carretera cruza ahora entre un pinar de pino negral o resinero que crece en las faldas del Cancho de las Caretas cuyos altos y espigados ejemplares forman un tupido dosel vegetal sobre la calzada, que aparece en muchos tramos (pk. 15-14) totalmente sombreada. Las agujas secas de los pinos -la pinaza- se amontona en las cunetas llegando a los bordes del asfalto, dando así a la carretera un aspecto más agreste y “natural”, como de pista forestal que discurriera por el interior de un bosque. En uno de los pinos, en la cuneta derecha, se ha instalado una pequeña capillita de corcho con una imagen de la virgen, desde cuyas cercanías podremos obtener buenas vistas del caserío del Abanto.



Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Por si te interesa, también hemos publicado en este blog otros temas relacionados con el que aquí se trata. Puedes verlos en Carreteras con encanto, En el Puerto de Gáliz. Un recuerdo a Juan “el Igualeja”, El Peñón de Ballesteros. En el Puerto de Gáliz con el general Ballesteros y Del Puerto de Gáliz al Mojón de la Víbora. Por Los Alcornocales (2).

Nota: La fotografía de Antonio Gallegos ha sido tomada del blog de Antonio Mariscal Trujillo

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 28/12/2014

 
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