Las Salinas de Fortuna.
Un rincón desconocido de nuestra campiña.




A los maestros Francisco Giles y Santiago Valiente, desde la admiración por su trabajo.

Desde la antigüedad, la sal ha sido considerada como un elemento fundamental en la vida de los hombres y su extracción y disponibilidad ha condicionado, en buena medida, la disposición de asentamientos humanos y la ocupación de muchos de los rincones del territorio provincial. En el caso de la sal marina, está muy documentada y estudiada su utilización desde la antigüedad y especialmente en las factorías de salazones romanas de distintos puntos de la costa gaditana, siendo imprescindible para la elaboración de las conservas de pescado. Para todas las culturas la sal ha sido también indispensable como condimento culinario y como ingrediente en la conservación de muchos alimentos, además de como complemento en la producción ganadera, en ritos y ceremonias. A pesar de la relativa facilidad para la obtención de este producto en la zona por la proximidad de las salinas costeras, para los habitantes de los espacios serranos y campiñeses han sido de vital importancia las salinas de interior, ligadas a la presencia de manantiales salobres, presentes en muchos lugares de nuestro entorno cercano.

En otras ocasiones, en estas páginas de entornoajerez nos hemos ocupado de algunas de estas salinas, como Las Salinillas de Estella del Marqués, próximas al Arroyo Salado de Caulina o Las Salinillas del cortijo de Santo Domingo, junto a la carretera del Calvario.



Hoy vamos a visitar otras menos conocidas pero que han sido, tal vez, las de mayor interés de cuantas llegaron a explotarse en las cercanías de la ciudad: las antiguas Salinas de Fortuna, ubicadas junto al Arroyo Salado, en el paraje de Los Entrechuelos.

Conocidas también como Salinas de Doña Benita o de La Matanza, estuvieron en uso, según testimonios orales, hasta comienzos de la década de los cincuenta. Al tratarse de un enclave situado en fincas privadas, es preciso solicitar permiso para acceder a él y así, llegamos hasta este lugar desde el cortijo de La Matanza, a través de las pistas interiores del parque eólico Doña Benita-Cuéllar, que nos acercan hasta la Casa de la Matanza. Los 22 aerogeneradores del parque nos acompañarán por todos los rincones de estos parajes como auténticos colosos mecánicos, con rotores tripala de 88 m de diámetro. En otras ocasiones hemos accedido a las salinas desde Doña Benita La Alta en cuyas inmediaciones parte un camino que nos conduce también hasta la Casa de la Matanza. Desde aquí puede bajarse por la pista abierta en su día para la explotación de una antigua cantera –hoy sin actividad- hasta el mismo lecho del arroyo Salado.



El Salado: un arroyo singular.

Las antiguas salinas se encuentran, como se ha dicho, junto al Arroyo Salado, un cauce tributario del Guadalete al que se une en los Tajos del Infierno, entre El Cerro del Castillo de



Torrecera y el Peñón de La Batida. Pese a ser un riachuelo modesto y secundario, puede llegar a tener grandes crecidas que en épocas de lluvias intensas han llegado a cortar la carretera que une La Ina con Torrecera.

El Salado se forma por la unión de otros dos arroyos, el de Fuente Rey y el La Matanza, que drenan a su vez las tierras de los cortijos que les dan nombre. El de Fuente Rey se represa en un embalse aguas arriba de su unión con el de La Matanza. Ambos arroyos suman ya sus aguas en el cauce del Salado en los campos de La Matancilla, a los pies del cerro de la Sierrezuela (160 m). Desde este lugar, el arroyo se abre paso entre empinados cerros, por un rincón de la campiña conocido como Los Entrechuelos Altos. En su margen derecha destaca el Cerro de la Harina, un mogote cónico cubierto con una densa vegetación de monte bajo que con 116 m es el de mayor altitud de la zona. A la izquierda escoltan su cauce las Lomas del Cuartel y los cerros de Doña Benita la Alta, desde los que baja un modesto arroyo en cuya confluencia con el Salado se encuentran las salinas. Paralelo a este pequeño curso de agua discurría el antiguo Camino de Jerez a Paterna que, procedente de las cercanías de La Ermita de la Ina, llegaba hasta este lugar pasando por la Laguna del Rey (hoy desecada, en tierras de El Mojo) y por el cortijo de Doña Benita La Alta, para seguir después por Fuente de Rey y Las Piletas hasta Paterna. El trazado de esta vía de comunicación, ya en desuso, puede seguirse en el Plano Parcelario de A. López Cepero de 1904 (1).



Dejando atrás las salinas, el arroyo Salado discurre encajado entre los cerros de los Entrechuelos Bajos, recibiendo por la izquierda las aguas del arroyo de la Mimbre, que corre paralelo a la Cañada de la Cuesta del Infierno y, por la derecha, el de los Fosos, que cruza por las lomas de la finca de Torrecera donde es embalsado.



En su tramo final, el Salado forma una pequeña vega que cruza la carretera de Torrecera, a los pies del Cerro del Castillo, para unirse al Guadalete en los Tajos del Infierno.



Como ocurre en tantos otros rincones de las campiñas gaditanas, donde encontramos otros “arroyos salados”, el carácter salobre de sus aguas se debe a causas geológicas.



Los materiales que forman el sustrato de estos parajes y que están también presentes en los terrenos circundantes de estas pequeñas cuencas endorreicas, está integrado principalmente por yesos y margas de edad triásica, con alto contenido en sales que, al ser disueltas por las aguas superficiales, confieren “carácter salado” a las aguas de este arroyo (2).

Un poco de historia.

Aunque se desconoce su origen, existen motivos para pensar que son conocidas desde la antigüedad, al igual que sucede con otras salinas y salinillas de interior como las de Iptuci, Peña Arpada, Vicos o Gigonza. A falta de un estudio arqueológico que pueda aportar datos más precisos, en sus cercanías se han encontrado en superficie materiales que apuntan ya a la presencia romana en estos parajes: fragmentos de ánforas, tégulas y de otros recipientes cerámicos.

También existen noticias de su posible explotación en los siglos medievales. El profesor Juan Abellán recuerda la existencia en las cercanías de estas salinas de la alquería andalusí de Margalihud (3). De esta alquería ya tenemos constancia por Fray Esteban Rallón (mediados del s. XVII) quien sitúa en sus proximidades los enfrentamientos que los jerezanos tuvieron con los moros, en 1325 en las conocidas batallas de La Matanza y La Matancilla. Sobre ello escribe que “el sitio de La Matanza se llamó primero Margarihud; nombre arábigo, y después que fue de los cristianos se llamaba la aldea de Pedro Gallego” (4). Un siglo más tarde, el historiador Bartolomé Gutiérrez también menciona la menciona “llamábase este sitio que ocupaban los moros en su lengua arábiga Margarihud” (5).

El topónimo de esta alquería o alcaría de Margalihud apunta a que estaba situada "en lo que habría sido una propiedad de la comunidad hebraica xericiense, en los siglos XII-XIII. La voz Margalihud, es un compuesto de dos vocablos árabes: marŷ, "prado", y al-yahūd, "los judíos". El topónimo pues procedería de una hipotética qaryat marŷ al-yahūd, "alquería del prado de los judíos" (6)

El profesor Abellán ha estudiado cómo los deslindes realizados en 1435 en estos parajes permiten reconocer ciertos puntos de la geografía del entorno de esta alquería y así, "el aludido río Salado no es otro que el que recibe, antes de desembocar en el Guadalete, las aguas del arroyo de los Fosos; las mentadas salinas se corresponden con las que en la actualidad conocemos como Salinas de Doña Benita, y la Matanza, la actual cortijada del mismo nombre. En consecuencia, pensamos que el centro de la alquería hispano-musulmana de Margalihud debió situarse entre la Matanza y las Salinas” (7). Actualmente, el caserío de La Matanza está a menos de 1,5 km. del paraje de las Salinas,



siendo el punto que permite un mejor acceso a ellas, por lo que cabe pensar, siguiendo a este autor, que en los siglos medievales la alquería de Margalihud estuviera en un lugar aún más cercano, siendo muy factible el aprovechamiento por sus habitantes de la sal. A este enclave andalusí habría que sumar en las proximidades de las salinas al menos otros dos situados a unos 3 km: la alquería de al–Husayn, en el actual cortijo de Alhocén (8), y el Cerro del Castillo, donde se conservan los restos de la torre almohade de Torrecera.

Tras la conquista cristiana la salinas, pese a la despoblación de muchas alquerías, es probable que también fueran explotadas por la continuidad de la aldea de Margalihud con la denominación de Pedro Gallego. El profesor Emilio Martín apunta en este sentido, que en el Jerez medieval las fuentes documentales revelan la existencia de varias salinas de interior como las denominadas Salinas Mayores (en las proximidades de Torrox), Las Salinillas (en la dehesa de la Fuente del Suero), las de la Dehesa de Gigonza y las situadas en la Dehesa de La Matanza (9) “que se corresponden con la actual Salina de Fortuna” (10) denominadas en otras fuentes como de Doña Benita.

Pocos datos existen de estas salinas en los siglos posteriores. El Catastro de Ensenada (1755) no las menciona aunque se hace en él alusión a la figura del Administrador de Salinas de la ciudad (11). Un siglo después, ni el diccionario Madoz, ni el mapa provincial de Francisco Coello (1848), ni las Minutas Cartográficas o los Planos Catastrales de finales del XIX dan cuenta de ellas. Tampoco el Plano de Lechuga y Florido (1897) recoge referencia alguna a estas salinas aunque si señala las de la carretera del Calvario. Hay que pensar que durante el siglo XVIII y, especialmente el XIX, las salinas de la Bahía de Cádiz estaban ya en plena explotación y la sal pasó a ser un producto relativamente asequible en nuestra zona, por lo que muchas de las salinas de interior quedaron sólo para el pequeño consumo de los habitantes de los cortijos cercanos a ellas. Un dato de interés es el aportado por la Estadística Minera de España de 1896 donde se informa que la producción de sal en la provincia fue de 282.410 toneladas de las que 280.000 correspondieron a las salinas de la Bahía de Cádiz, y el resto a las de Sanlúcar. Con respecto a las de interior, tan sólo las salinas de Hortales constan en esta estadística con una producción simbólica, mencionándose en Jerez una única explotación La Salinilla (en el Cortijo de Santo Domingo, a la que ya hicimos alusión) que produce anualmente 3 toneladas, no haciéndose mención de las Salinas de Fortuna (12).



Habrá que esperar a 1904 para que el Plano Parcelario de López Cepero incluya la primera referencia a estas salinas que situa en el lecho mismo del Arroyo Salado, en un punto a la derecha del Camino de Jerez a Paterna y en los límites de las Dehesas de los Entrechuelos Bajos y Doña Benita la Alta. El Plano recoge también una construcción junto a las Salinas, que fue conocida como la “Casa del Salinero” y de la que todavía quedan los cimientos.

La primera edición del Mapa Topográfico Nacional de 1917 incluye por primera vez el nombre de Salinas de Fortuna, repitiéndose en la de 1918, con los cristalizadores ubicados en el margen derecho del Salado. Una referencia a estas salinas la encontramos también en 1940, cuando aún estaban activas, de la mano del geógrafo Juan Dantín. En su estudio sobre la aridez en España, ofrece casi los últimos datos sobre su funcionamiento. Al referirse a la pequeña Laguna de los Fosos, próxima a la carretera de El Pedroso a Paterna escribe que de ella “efiere el arroyo de los Fosos, no en todo tiempo fluente, pero que cuando corre vierte al arroyo Salado, en cuyo cauce se halla la Salina de Fortuna” (13). En la edición de 1968 de la hoja del MTN de Paterna (1062), aparecen con su antigua denominación de Salinas de Doña Benita, mientras que en la del año 2000 y siguientes se las denomina como Salinar de Fortuna.






El paraje de las salinas hoy.

De acuerdo a lo comentado, y con una larga historia detrás, creemos que el último episodio de la historia de estas salinas arranca a comienzos del siglo XX cuando se reflejan ya en la cartografía y cuando, tal vez se renuevan o construyen las balsas de evaporación o cristalizadores que existieron en la margen derecha el cauce del Salado, como reflejan los mapas.



Estas pequeñas balsas, que bien pudieron tener su origen en la antigüedad o en los siglos medievales, no se aprecian hoy en superficie pudiendo haber sido arrastradas por sus aguas o cubiertas por los sedimentos del arroyo, aunque en distintos lugares se adivinan lo que pudieran ser hiladas de piedras.

Lo que si han llegado hasta nuestros días son los restos de la denominada “Casa del salinero”, que vemos sobre una pequeña elevación en la margen izquierda del arroyo, en el lugar donde se le une un pequeño cauce que baja desde Doña Benita la Alta, paralelo al cual discurría el antiguo camino de Jerez a Paterna. Por testimonios orales de vecinos del Mojo, Baldío Gallardo, Torrecera y el cortijo de La Matanza sabemos que estuvo habitada hasta finales de los 40 o comienzos de los 50 del siglo pasado, fechas en las que aún se recogía sal que se guardaba en grandes tinajones. La sal era demandada por los cortijos cercanos y requerida por los ganaderos y pastores. Algunos arrieros de Paterna la distribuían también en el entorno de esta población.



En las proximidades de la casa, bajo un espolón rocoso, un manantial de aguas sulfurosas aporta un pequeño caudal al arroyo que en verano presenta una modesta corriente que alimenta las pozas que encontramos en su cauce.



En invierno, la lámina de agua del arroyo llega a inundar las riberas, escoltadas de tarajes, que en la zona de las salinas se llegan a ensanchar hasta 30 o 40 m. En verano, debido a la evaporación, todo este paraje presenta en las orillas del Salado un increible aspecto ya que se forma una fina capa de sal en las riberas, formándose un hermoso manto blanco que cubre las arenas, guijarros y rocas del cauce a lo largo de casi 300 m y que nos desvela la singularidad de este desconocido rincón de la campiña de Jerez.



Algo más alejado de la orilla, en la margen izquierda del arroyo, llama la atención del visitante un gran pino piñonero que según testimonios orales fue plantado en 1947, cuando se repoblaron también los cerros próximos a Torrecera. En sus cercanías se aprecián también lo que pudieron ser restos de otra construcción, a los pies del Cerro de la Harina, junto al camino de Paterna.



Salinas de Fortuna o de Doña Benita, un incrible paraje de nuestra campiña cargado de historia.

Para saber más:
(1) López-Cepero, A.: Plano Parcelario del término de Jerez de la Frontera. Dedicado al Excmo. Sr. D. Pedro Guerrero y Castro y al Sr. D. Patricio Garvey y Capdepón. 1904. patrocinadores del proyecto, por D. Adolfo López Cepero.- Año de 1904. Escala 1:25.000
(2) Gutiérrez Mas, J.M. et al.: Introducción a la Geología de la Provincia de Cádiz. Universidad de Cádiz. 1991
(3) Abellán, J.: Aproximación al espacio rural jerezano en la Edad Media: la alquería de Margalihud, Al-Andalus Magreb, 7 (1999) 13-20.
(4) Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los Reyes que la dominaron desde su primera fundación. Ed. Ángel Marín y Emilio Martín. Cádiz: Universidad-Excmo. Ayuntamiento de Jerez de la Frontera, 1998, II, 31.
(5) Gutiérrez, B.: Historia de la Muy Noble y Leal Ciudad de Xerez de la Frontera, (Jerez, 1886. Edición facsimilar de 1989, t. I, p. 182. También se refiere a este lugar en las pp. 35 y 184, confirmando que existía unos años después de la batalla en 1330.
(6) Abellán, J.: Aproximación al espacio rural… p. 17.
(7) Ibídem, p. 19.
(8) Abellán, J.: Nuevos datos sobre la organización espacial del Jerez islámico: el pozo y la alquería de al-Husayn o Husayn, en Qurtuba. Estudios andalusíes, 5 (2000), 7-15
(9) Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz, 2004, p. 92.
(10) Ibídem, p. 195. Otras referencias a estas salinas en las páginas 92 y 179. En esta última, con el nombre de Salinas de Doña Benita
(11) Orellana González, C.: “El Catastro de Ensenada en Jerez de la Frontera”, Revista de Historia de Jerez nº 8, 2002, colección de monografías, nº 2. p. 38.
(12) Dirección General de Agricultura, Industria y Comercio.: Estadística Minera de España correspondiente al año de 1896, Madrid, 1897, p.75.
(13) Dantín Cereceda, J.: “La aridez y el endorreismo en España. El endorreismo bético” .Estudios Geográficos,año 1, nº 1, Octubre de 1940, pp. 75-117. Las referencias a las Salinas de Fortuna en p. 110


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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Un paseo por Las Salinillas
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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 2/07/2017

De Jerez al cielo… pasando por el infierno.
Un paseo por curiosos topónimos de la campiña en torno a Jerez.



Los topónimos forman parte de la memoria colectiva y son, de alguna manera, propiedad de todos. Tanto si se trata de nombres de lugares usados en la actualidad, como si ya pertenecen al pasado y han dejado de utilizarse, son un elemento más del patrimonio cultural que han quedado ya para siempre ligados a nuestros paisajes.

Hoy vamos a ocuparnos de algunos de estos topónimos, que entre los más de tres mil que hemos podido registrar en el término municipal de Jerez, llaman la atención por su singularidad. Y para ello les proponemos un relajado paseo por los alrededores de la ciudad, caminando sin prisas por las antiguas cañadas e hijuelas que aún discurren entre viñedos. Iremos en primer lugar hasta el "Infierno" para visitar después el “Purgatorio” en busca de las “Ánimas”. Tras un breve descanso en el "Limbo", ascenderemos hasta el "Cielo" y el "Paraíso" para estar en "La Gloria"… Y todo ello sin salir de la campiña en torno a Jerez. ¿Nos acompañan?

Una visita a “los Infiernos”



Nuestros “infiernos” más cercanos están en las proximidades de Torrecera y en la Sierra de dos Hermanas, en San José del Valle. Con el nombre de Cañada de la Cuesta del Infierno se conoce también a la de Los Arquillos, una importante vía pecuaria que arranca de la Cañada Real de Medina, en la barriada rural de El Mojo y que cruza por terrenos de las dehesas de Espínola y Doña Benita y por las lomas de Los Entrechuelos. La Cuesta del Infierno se abre después camino entre el Guadalete y el cerro del Castillo, donde se asienta el torreón de Torrecera, por cuyas faldas traza empinados repechos. La cañada se abre paso aquí entre las albarizas y los materiales margosos del triásico, en los que se producen frecuentes deslizamientos que en otro tiempo, debieron transformar estos caminos en barrizales intransitables en épocas de lluvia.


El apelativo de “Cuesta del Infierno” se explica por estas malas condiciones del terreno, aunque hoy en día, con la modificación y reparación de la carretera entre Espínola y Torrecera la Baja, estos parajes del “Infierno” jerezano han perdido parte de su leyenda.

A los pies del cerro del Castillo, el viajero podrá asomarse a las Vegas de la Harina y de El Torno para disfrutar de la contemplación de los dilatados paisajes del bajo Guadalete. En este lugar, en el arcén junto a la carretera, llamará nuestra atención una pequeña hornacina con una imagen de la Virgen que, de manera simbólica, hace olvidar el antiguo nombre de este rincón de la campiña.

En las proximidades del cortijo de Fuente Imbro, en el término municipal de San José del Valle, persiste todavía otro de los “infiernos” de la campiña. Se trata el Arroyo de Infierno, que se abre paso en las vertientes occidentales de la Sierra de Dos Hermanas, bajando en acusada pendiente hasta el Majaceite, embalsado aquí en la presa de Guadalcacín. En los estratos basales de esta sierra caliza, en estos parajes del Infierno, el agua aflora por numerosas bocas cuando, después de episodios de intensas lluvias, se satura el acuífero. No es de extrañar por ello que el del Infierno sea un arroyo de furiosas crecidas como se aprecia en las paredes de su cauce. En algunos pequeños tramos, se labra en él una estrecha y profunda garganta en cuyas paredes se aprecian los paquetes de arenas y gravas erosionadas por la violencia de las aguas. Así puede verse, por ejemplo, en las cercanías de la cantera de la Sierra de Dos Hermanas donde un sólido puente salva el cauce del arroyo para dar paso a las conducciones del acueducto de los Hurones.

Por el Purgatorio, con las “Ánimas”.

Entre el infierno de la campiña (la Cuesta del Infierno) y el Cielo (la Ermita de Salto al Cielo), tenía que estar el purgatorio. Se trata en este caso de la Vaqueriza del Purgatorio, una mediana empresa ganadera y una de las mayores vaquerías de la campiña ubicada junto a San Isidro del Guadalete, a orillas del arroyo de Cuerpo de Hombre, otro curioso topónimo del que un día hablaremos. “El Purgatorio” es el topónimo de estos parajes, frente al Rancho Perea, colindantes con la carretera que desde Cuartillos nos trae hasta San Isidro y a donde llegamos poco después de haber pasado junto a Salto al Cielo. Frente a nosotros, despunta el Cerro de la Batida, al otro lado del río, y las cornisas de los Tajos del Infierno: Cielo, Purgatorio e Infierno…

En la toponimia de la campiña están también muy presentes las siempre inquietantes y misteriosas “animas”. Así, por ejemplo, nos encontramos con ellas en las cercanías de Estella del Marqués. Y es que La Hijuela o Cañada de las Ánimas discurría por el Pago de Cuartillos, entre Las Aguilillas y el antiguo Olivar de Domecq (ubicado tras la Potabilizadora). Hoy día aún podemos recorrer esta vía a través de un carril que arranca desde el mencionado parque periurbano (en la margen izquierda de la carretera de La Barca) y que discurre entre campos de labor y laderas de monte bajo hasta las proximidades de Cuartillos. En su tramo final, junto a la antigua casa de viña El Hacedor, podremos obtener unas magníficas vistas del entorno circundante.

Otra Cañada de las Ánimas sirve de límite para separar los términos de El Puerto de Santa María y Jerez, discurriendo por las tierras de los



pagos de Balbaína y Los Cuadros. Llegamos a ella tomando un desvío que encontramos a la derecha, en la carretera de Rota, pasada la Viña La Torre.

La cañada discurre por el hermoso paisaje que conforman los viñedos, salpicados de viejas casas de viña junto a las que despuntan los aerogeneradores del parque eólico La Rabia.

Tras dejar atrás la casa del Escudo y descender hasta el cruce del camino de Pocito Chico, la cañada trepa en cuesta por las laderas de Grañina conduciéndonos hasta los accesos de la Casa de la Viña de las Ánimas, como indican los azulejos de la puerta de entrada. El viejo caserón de esta viña, donde se localizó el posible emplazamiento del antiguo “Castillo de las Ánimas”, llama la atención por su curiosa estructura que le aporta también cierto toque de misterio. En lo más alto del muro que se orienta hacia la laguna del Gallo, aún se conserva un gran azulejo donde puede leerse “Las Ánimas”. En este paraje se ubicaba la antigua alquería medieval de Grañina, mencionada en el Libro de Repartimiento de El Puerto y podría corresponderse, en opinión del historiador J. A. Ruiz Gil, con la de Galyana o Ghaliana citada en fuentes árabes. Sea como fuere, un lugar cargado de historia.



Una parada en el Limbo.

En este mismo sector de la campiña, pero con su caserío en perfecto estado de conservación, encontramos El Limbo. Se trata de una antigua casa de viña, transformada actualmente en un negocio hostelero de celebración de fiestas y eventos. Accedemos hasta aquí desde la Carretera de Rota, por un desvío a la derecha bien señalizado, que se encuentra un poco antes del Centro Penitenciario Puerto II. Como reza en la inscripción de su fachada, la casa de El Limbo y Santa Ana se remonta a 1863. Rodeado por el hermoso paisaje de viñedos de las campiñas portuense y jerezana El Limbo no es el cielo, ni el paraíso, pero por su entorno diríamos que se encuentra muy cerca de ellos.



La Gloria…baja. Y “El Paraiso”.



Hemos tomado ahora la carretera de Sanlúcar para llegar hasta La Gloria. Se trata de “La Gloria Baja”, como reza el rótulo que leemos en los muros de una modesta construcción, lo que queda del antiguo Rancho del Pandero. Ubicada en el pago de Los Cuadros, esta vieja casa de viña ha perdido hasta las cepas que la rodeaban. Es, a todas luces, una gloria “venida a menos”, aunque su nombre hace alusión a la situación topográfica de la finca, al pie de las laderas cercanas, donde destacan los cuidados caseríos y cortijos de renombre como los de Alijarillo, el Herrador, Casa Alta, La Soledad….

Quien sí hace honor a su topónimo es el Cortijo del Paraíso. Lo encontramos en el pago de Añina, protegido por la espesa arboleda de un jardín centenario que oculta su el caserío de El Paraíso, como si de un edén secreto se tratase. Rodeado de viñedos, El Paraíso se alza en la parte elevada de la ladera de un cerro que comparte con la casa y lagares de la Viña Las Conchas. Frente a ellos despunta el Cerro de la Solana y entre ambos discurre la Cañada de Cantarranas, que une el asentamiento rural de Polila con la carretera del Calvario. Son los rincones más escondidos de los renombrados pagos de viñas de Añina, Cantarranas, El Corchuelo…

En los paisajes de la memoria queda ya la que fuera afamada Venta del Paraíso, situada en la salida de la carretera de Medina, junto al Puente de Cádiz, como recoge el primer mapa del IGN de 1917.

Y al Cielo… de un salto.

Y dejamos para el final el “cielo”, que está también presente en la toponimia de la campiña de una manera muy relevante de la mano de la “Cartuja Chica”, como se conoce popularmente a la Ermita de Salto Al Cielo. Distintas fuentes se refieren también a este topónimo como Alto Cielo. Con este nombre figura en el primer mapa del IGN (1917) o en la Clasificación de las Vías Pecuarias del Término Municipal de Jerez (1948), donde se menciona la Dehesa y la Cañada de Alto Cielo (o de las Parrillas), que desde Cuartillos se dirigía en dirección al río Guadalete, donde finaliza, pasando junto a la Ermita de Salto al Cielo. La tradición popular apunta que el nombre de esta ermita obedece a que a este lugar acudían los ancianos cartujos cuando ya estaban próximos a la muerte para dar el “Salto al Cielo”…

Recreándonos en estas viejas leyendas que adornan tantos rincones de nuestra campiña, de vuelta a casa, nos gustaría poder tomar una copita –en consonancia con el paseo- de aquellos viejos vinos para consagrar de Carrizosa y Garvey o de aquel otro de Carmona y López, la auténtica “Gloria” de Andalucía, como figura en estas singulares etiquetas que nos ha facilitado gentilmente J.L. Jiménez.






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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 12/10/2013

 
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