La pesca en el Guadalete.
Una mirada ciento cincuenta años atrás.




Publicada el 5 de julio de 2015

La fauna piscícola en el Guadalete y sus afluentes se limita en la actualidad a muy pocas especies. Al margen de las exóticas introducidas en los embalses, las tres más representativas de nuestro río son el barbo, la boga y el cachuelo. La colmilleja, un pequeño pez alargado que vive asociado al fondo del lecho fluvial, se ha detectado también en los tramos más bajos, al igual que el fartet, un pez de pequeño tamaño en peligro de extinción. Este endemismo de la fauna ibérica, que está presente en algunos arroyos y caños del estuario del Guadalete, esta adaptado tanto a la vida en agua dulce como a las aguas salobres próximas al litoral (1).

Sin embargo, antes de la construcción de las presas y azudes, auténticas barreras infranqueables para la mayoría de los peces, en las aguas del Guadalete existía una gran variedad de especies piscícolas migradoras que a través del estuario remontaban el curso del río para desovar aguas arriba y llegaban también hasta alguno de sus principales afluentes. La anguila era frecuente en las aguas del Majaceite, Guadalporcún y en el propio Guadalete, donde quizás fueran también esporádicas las lampreas y diferentes especies como lisas y róbalos. (1)



Una rica fauna piscícola que se ha perdido.

Una pista aproximada de la rica variedad de peces que poblaban las aguas de nuestro río podemos obtenerla en algunos textos del historiador jerezano Joaquín Portillo, quien en varias de sus obras apunta las que se pescaban a mediados del siglo XIX cuando el curso bajo, desde el puente de Cartuja hasta el Puerto de Santa María, se encontraba libre de presas y azudes y la carrera de la marea llegaba hasta aguas arriba del Monasterio. En sus Noches Jerezanas (1839), describiendo los frutos que aporta el campo a los mercados apunta también que “…y para que nada falte a sus apetitos, el Guadalete abunda en sábalos, róbalos, albures, barbos, bogas y anguilas, con que muchas veces suple la falta de pescados que niega el mar en sus grandes alteraciones y temporales” (2). Se mencionan aquí, junto a las especies autóctonas propias de agua dulce (barbos y bogas), otras que llegan desde el mar que, como los sábalos, constituían el principal aporte en la dieta de pescado de la población local.

En otra de sus obras, Joaquín Portillo amplía esta nómina de especies piscícolas y nos proporciona, además, algunos datos sobre las artes de pesca más habituales utilizadas en el río. Así, en sus Concisos Recuerdos de Jerez de la Frontera (1847), señala que: “Tan antiguo Río, abunda en sábalos o trisas, cogiéndose un año con otro unos 6.000 con velos y zarampañas con el llamado tablonazo, que ponen en el molino denominado del Puente de Cartuja; a más cría la delicada y sabrosa trucha, la cabezuda liza, el gustoso aunque espinoso barbo, la larga, ligera y delgada anguila, el suave, sano y sumamente blanco albur, y la poca espinosa boga, con que infinitas ocasiones, suplen la falta de pescados, que niega el mar, en sus grandes alteraciones y temporales” (3). Aunque como vemos, la “coletilla” final es la misma, su descripción es de un inestimable valor, en cuanto que apunta la existencia en el curso bajo del Guadalete, en las inmediaciones del Puente y del Monasterio de La Cartuja, de especies que desde la década de los sesenta del siglo pasado ya no han vuelto a poblar sus aguas.



La pesca del sábalo y las zarampañas.

No cabe duda, leyendo a Portillo, de que el Guadalete fue en otros tiempos un río lleno de vida, con una rica fauna piscícola que desapareció de su curso bajo con la contaminación y la construcción de azudes y presas.

Por esta razón, la pesca, actividad tradicional a la que hasta finales de la década de los sesenta del siglo pasado se dedicaban muchos vecinos de La Corta y El Portal, ha dejado de ser una fuente de ingresos complementaria con la que contaban las familias que residían en estos lugares. La estampa que Joaquín Portillo nos presenta en 1847 pudo contemplarse también hasta hace algo apenas medio siglo, cuando se pescaban en el Guadalete lisas, sábalos, róbalos, anguilas y angulas… incluso corvinas, lenguados y palometas.

Atrás quedan los tiempos en los que más de 150 personas vivían directamente de la pesca. A mediados de los sesenta del siglo pasado treinta y seis familias tenían a su cargo otras tantas zarampañas (o zalampañas).

Este arte de pesca tradicional consistía en una gran red rectangular, dos de cuyos extremos se amarraban con cabos a sendos postes o árboles de una orilla del río, mientras que los otros dos eran elevados por medio de tornos situados en la orilla opuesta, cuando la red estaba llena. Los peces quedaban retenidos en una especie de bolsa en el centro de la red (zambullo). Colocando las barcas debajo de la misma y abriéndola, se recogía la “cosecha” de pescado. Lo recuerda el escritor Manuel Ruiz Lagos en Guadalete espejo oscuro: “…Guadalete, en sus efímeras y planas aguas, era el tiempo retenido en el reflejo, musitado en su leve oleaje que traía, de vez en vez, el aroma de la alta marea y el olor de los barros yodados de la bajamar. El crujir de la zarampaña, en cuyo vientre saltaban los sábalos futuros del adobo casero, atrapados junto a la vieja azucarera que, allá en el Portal, levantaba sus escuálidos muros, desmonte de una fábrica que quiso ser y no pudo”.



Los puestos donde se tendían las zarampañas (36 a partir de La Corta y hasta la desembocadura) eran subastados entre los pescadores por un periodo comprendido de noviembre a marzo, mientras duraba la veda. Durante esta época no faltaban en los mercados de Jerez pescados procedentes del Guadalete, que eran capturados, además de con la mencionada zarampaña, con otras artes como trasmallos, e incluso con cañas (4).

Con la construcción del azud móvil hace unos años se perdió la oportunidad de instalar escalas de peces que posibilitaran el remonte, río arriba, de las especies del estuario que ya no pueblan sus aguas. En todo caso, existe la posibilidad física de que la apertura de las compuertas pueda permitir que la fauna piscicola llegue al menos hasta La Corta, donde ya la represa existente supone una barrera infranqueable.



¿Volveremos a ver en el río las especies que mencionaba Joaquín Portillo en 1847? ¿Será el Guadalete, de nuevo, un bullir de lisas y sábalos, de anguilas y albures? Esperemos que así sea.

Para saber más:
(1) Clavero Salvador, Juan.: El Guadalete empieza a vivir. Campaña ciudadana para la recuperación de un río. Sevilla, 2004.
(2) Portillo, Joaquín.: Noches Jerezanas. Tomo Segundo. Imprenta de D. Juan Mallén. Jerez, 1839. pp. 165
(3) Portillo, Joaquín.: Concisos Recuerdos de Jerez de la Frontera. Año de 1847. Edición facsimil. B.U.C. Ayuntamiento de Jerez, 1992, p. 42.
(4) García Lázaro, A. : El Guadalete, Cuadernos de Jerez. Cuaderno del Profesor. Ayuntamiento de Jerez, 1989. pp.55-57.


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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 5/07/2015

Salinas con historia junto a Estella del Marqués.
Un paseo por Las Salinillas




A Santiago Valiente, amigo y maestro.

En estos días azules que nos regalan los primeros días del verano, cuando el calor aprieta, nos gusta visitar algunos pequeños humedales de nuestro entorno cercano para “descubrir” el pequeño tesoro que encierran sus aguas: la sal. Eso era al menos lo que pensaban nuestros convecinos cuando, en los siglos medievales, acudían a estas pequeñas lagunas salobres que se reparten por los alrededores de la ciudad para abastecerse de esta indispensable sustancia.



En próximas salidas recorreremos algunos de estos humedales salinos, centrándonos hoy en uno de los más conocidos, el de Las Salinillas, situado en los Llanos de La Catalana junto a Estella del Marqués.

Humedales salobres en torno a Jerez.

Junto a las lagunas más conocidas de nuestro entorno (Medina, Los Tollos, Canteras, Tejón, lagunas de El Puerto), la mayoría de ellas de agua “dulce” y de carácter permanente, existen en las cercanías de la ciudad no pocas lagunas o zonas encharcables de carácter estacional que, a diferencia de aquellas, presentan en sus aguas elevadas concentraciones de sal que, en algunos casos, permiten calificar a estos humedales como “salados”. El material geológico que forma su sustrato o que está presente en los terrenos circundantes de estas pequeñas cuencas endorreicas, está integrado principalmente por yesos y margas de edad triásica, con alto contenido en sales que, al ser disueltas por las aguas superficiales, confieren este “carácter salado” a numerosos arroyos y pequeñas lagunas de buena parte de la provincia (1).

Por señalar sólo algunos ejemplos de parajes donde podemos encontrar este tipo de pequeñas lagunas, mencionaremos la que puede observarse junto al Arroyo de la Loba, -al inicio de la carretera del Calvario, a mano izquierda- que en los meses de verano, apenas aprieta el calor y el agua se evapora, nos muestra su fondo blanquecino, con una película de sal que delata la naturaleza salobre de sus aguas. Este rincón entre viñas, conocido también como Las Salinillas, es quizás uno de los más representativos de los que pueden encontrarse en las cercanías de la ciudad.

Otras zonas encharcables, donde se forman pequeñas lagunas estacionales con presencia de la vegetación propia de terrenos ricos en sal las encontramos junto a la Cañada del Amarguillo, en las proximidades de los Cortijos de Roa La Bota y Fuente Suero, en el Rincón de La Tapa, junto al cortijo de Espantarrodrigo, en la Cañada de Morales, en Doña Benita y La Matanza, en las cercanías del Cortijo de Vicos… Todas ellas tienen en común que la naturaleza del suelo sobre el que se asientan, o las laderas que forma parte de su “cuenca de recepción”, están constituidas por materiales del triásico, como se ha dicho, de carácter margoso, ricos en yesos y sales.



Sin embargo en pocos lugares queda en evidencia este alto contenido salino de las aguas como en el paraje de Las Salinillas (de similar nombre que el primero que citamos), próximo a Estella del Marqués, del que nos vamos a ocupar hoy.

Por los Llanos de La Catalana.

La mejor forma para acceder al lugar, o bien para contemplarlo desde la distancia, es tomando la carretera que une Estella del Marqués con Lomopardo. Si salimos de la primera población, al poco de abandonar el casco urbano observaremos a la derecha de la carretera una hondonada, rodeada de viñedos. En los meses de verano nos llama la atención una lámina blanca de sal que ocupa el lecho de una pequeña laguna estacional que durante buena parte del año se forma en este lugar. Tomando un carril a la derecha, (frente al que se dirige a la Venta La Dehesa) podremos llegar fácilmente hasta Las Salinillas, por cuyos llanos cruza la gran tubería del Acueducto de Abastecimiento de agua potable de la Zona Gaditana, procedente del pantano de Los Hurones después de haber pasado por la Potabilizadora de Cuartillos. Esta conducción, actualmente cubierta por un “muro” de tierra, hubo de ser reconstruida por que la naturaleza salobre de estos suelos, encharcados buena parte del año, actuaron como elemento “corrosivo” de los elementos metálicos de la misma.

Rodeado de viñedos y de tierras de labor, el fondo de este pequeño valle -por el que discurre también el Arroyo Salado de Caulina, en paralelo a la Autopista Sevilla Cádiz-, ha formado una pequeña cuenca donde se embalsa el agua sobre el sustrato “impermeable” de las margas y arcillas triásicas, ricas en sales, que ha dado origen a esta pequeña laguna salada. Estos materiales pueden apreciarse, por ejemplo, en el cercano parque periurbano de Las Aguilillas. Las laderas sobre las que se desarrolla el viñedo (hacia Lomopardo) son de tierras albarizas (Mioceno), mientras que los materiales geológicos que encontramos en el otro lado de la vaguada, hacia Estella del Marqués, son de origen más moderno (Plioceno) y de consistencia más arenosa. Un curioso “corte geológico” que nos permite apreciar la naturaleza de estos últimos materiales puede verse en las paredes rocosas, cortadas a pico, junto a la entrada de la Venta La Cueva, en Estella (2).

Unas salinas con historia.



Una vez en Las Salinillas, observaremos que las zonas más encharcadas, mantienen la típica vegetación lagunar (tarajes, juncos, carrizos…), mientras que las que se secan en verano, más ricas en sal, presentan algunas de las especies propias de los terrenos salobres, entre las que sobresalen las salicornias (Salicornia ramosissima) (3).


Es también frecuente la presencia de aves propias de terrenos inundados destacando por su fidelidad al lugar las cigüeñuelas que pueden verse casi con total seguridad cuando visitamos el humedal.



Entre los fangos cuarteados de las orillas o la zona central de esta pequeña laguna, se forma, cuando se evapora el agua, una lámina de sal que lo cubre todo y que justifica claramente el topónimo con el que desde la Edad Media es conocido este paraje: Las Salinillas.



La utilización de las aguas, fangos y sales para diversos fines está documentada ya desde el siglo XV. El profesor Emilio Martín Gutiérrez, recoge varias citas referidas a Las Salinillas.

En una de ellas, fechada en 1434, se menciona un amojonamiento realizado por Alfonso Núñez, juez de términos, en el que se alude a esta laguna salada, ubicada en las cercanías de Jerez que era utilizada por los vecinos “para echar las ruedas de las carretas en el agua de las dichas salinas”. Se conseguía así el doble efecto de ajustar mejor las piezas, al “hincharse con el agua” y conservar mejor la madera por efecto de la sal.

En otra cita, referida a un amojonamiento realizado por el licenciado Francisco Cano en 1524, se hace también alusión a unas “salinas” en la zona de la “Dehesa de la Catalana o del Salado”, en las proximidades de la “pasada del Salado”, que se identifican con este paraje de Las Salinillas, donde se también se extraía sal para su consumo en la población (4).



Para quienes se acerquen a este paraje, conviene recordar que pese a la apariencia firme del suelo del lecho de esta pequeña laguna cubierta por algunos rincones de una costra de sal, los fangos son muy superficiales y su aspecto puede llamar a engaño, ya que es fácil que se se nos hundan los zapatos en el barro húmedo que se esconde bajo la película de sal, en especial en las cercanías de los manantiales a los que no conviene acercarse mucho. Los lugareños cuentan como no faltan ejemplos de animales atrapados en los fangos salobres e incluso relatan como un burrillo se hundió en la boca de uno de los manantiales debido a la fragilidad del suelo. Sean o no ciertos estos comentarios, conviene tenerlos en cuenta.

Las Salinillas es un paraje singular muy cercano a la ciudad, cargado también de historia, que bien merece una visita.

Para saber más:
(1) Gutiérrez Mas, J.M. et al.: Introducción a la Geología de la Provincia de Cádiz. Universidad de Cádiz. 1991
(2) Mapa Geológico de España. Hoja 1.048. Jerez de la Frontera. Instituto Geológico y Minero de España. 1988.
(3) Sánchez García I. et al. : Guía de las plantas acuáticas de las reservas naturales de las lagunas de Cádiz. Junta de Andalucía. Consejería de Cultura y Medio Ambiente. 1992
(4) Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 2004.


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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 28/06/2015

 
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