Elogio de las “malas hierbas”.
Otra vez la primavera.




Fiel al ritmo de los días y al cotidiano repetirse de las estaciones, con esa precisión con la que los sabios calculan el incesante movimiento de los astros, la primavera de 2015 ha comenzado puntualmente, según cálculos del Observatorio Astronómico Nacional, el pasado “viernes 20 de marzo a las 23h 45m hora oficial peninsular”. En su rigor teórico, los astrónomos han previsto que durará 92 días y que terminará el 20 de junio para dar paso al verano. Pero en la práctica, la primavera lleva ya entre nosotros unas semanas desde que las lluvias regaron generosamente la tierra y el sol ha hecho renacer todo lo vegetal.

Por los carriles de las viñas.

Ya está aquí la primavera y de nuevo los brotes de los árboles y arbustos, las hierbas y las flores van cambiando el aspecto del campo, del paisaje. Recorremos los caminos de la campiña y sale la primavera a nuestro encuentro en todos los rincones. De esta hermosa manera lo expresaba hace unos años, en su sección A cepa revuelta, de Diario de Jerez, el abogado y escritor Jesús Rodríguez Gómez:



Esta mañana he estado paseando por la Cañada de la Loba. Los verdes tenían belleza y vitalidad de adolescentes y se paseaban por las besanas, fatigándolo todo. He tomado la vereda que lleva a la viña de mi amigo Frasquito… ¡Las veredas del campo! Sendas humildes hechas con pasos ajenos… En la albarrada que hace linde con el trigal se agolpaban amapolas, jacintos, lavandas, labiérnagos, coscojas, aulagas, torviscos… Y entre ellas, subrepticias, las flores anónimas que se prende abril en sus mañanas. Esas que lo inundan todo con su color y su nombre clandestino. Sólo sabemos de ellas su lozanía y su querencia por lindes y ribazos, pero desconocemos cómo se llaman. La gente del campo las nombra, como si nada: carmentinas, todabuenas, sanchecias, algazules, escarchadas, hierba doncellas, mocos de pavo, palos de cochino, aguaturmas, ombligos de venus, dividivis, amormíos…"; y nosotros, los de ciudad, nos quedamos asombrados con ese santoral de la modestia. Estas flores de nombres ignorados, se pierden, como las monjas, por la humildad, y por eso agarran en lo menos evidente. Vamos andando entre los pasiles del roquedo y las vemos emerger de entre sus fisuras y gravillas, haciendo del aire, con su breve olor, una cañada de hermosura.



Cuando las descubrimos, hacemos una parada en nuestro paseo para admirar aquellas piedras florecidas, y después, agradecemos de corazón a la primavera que colonice con frutos de belleza hasta lo más inhóspito. En su humildad, sin embargo, llevan también su desgracia, porque no saber cómo se llaman quita a los hombres apego y nadie se lamenta si una de esas flores desconocidas es tronchada por el pie, la rueda o los cascos de la yegua…
” (1).

A nosotros también nos gusta pasear por los caminos que se trazan entre los campos en torno a Jerez, por las antiguas cañadas que se ramifican en hijuelas y padrones, en veredas y sendas entre los sembrados de cereal, entre las huertas, entre los viñedos… Y allí descubrimos ese esplendor generoso de humildes y desconocidas plantas que transforman las cunetas y linderos en hermosos parterres floridos. Un buen conocedor de nuestra campiña, Juan Luis Vega Cordero, pone nombre a buena parte de ese cortejo vegetal:

En primavera las cunetas de los carriles de las viñas de Jerez es el jardín natural más impresionante que uno se pueda imaginar, un mundo botánico lleno de vida y color. Todo tipo de plantas de espigas, como las avenas locas, los alpistillos o la cebadillas de ratón; ramilletes inmensos de flores azules, como las viboreras o chupamieles; de las comestibles borrajas, que brotan ya en el invierno; los blancos de las manzanillas y margaritones, los traviesos pepinillos del diablo, las peligrosas cicutas, hierbalocas o perejil de burro o de las viznagas, de elegantes pompones blancos…, inundan los campos jerezanos al final de mayo y junio, antes de enroscarse para el verano. Gamas de amarillos de todas las clases, vinagretas para chupar, jaramagos para los canarios, hinojos para el guiso de caracoles o para el aliño de aceitunas y tagarninas para esparragar; los tonos rosados de las corregüelas, campanillas y de los conejitos o bocas de dragón, que a veces crecen hasta en mismos tejados de las iglesias del centro. Morados de las tristes malvas y de las duras achicorias y el rojo impresionante de las zullas, que derraman su 'sangre' por los campos jerezanos cuando llega la Semana Santa…” (2).



Entre trigales.



Si la primavera se deja sentir entre las lomas de albariza donde crecen los viñedos, en otros rincones de la campiña se hace aún más patente y los trigales se nos muestran con un verde intenso que alegra los sentidos. Manuel Romero Bejarano, en un hermoso artículo publicado hace unos años en estas páginas de Diario de Jerez con el título de Trigales Verdes hace este hermoso llamamiento ante el inicio de la primavera: “Llegó el tiempo de volver a los cerros, el día soñado de abandonar Jerez para subir a la tierra blanca. Hace meses que la flor del almendro comenzó a desvanecer el frío. El perfume del azahar acudió en su ayuda… Quedarse quietos con los ojos abiertos días enteros. Junto a parras retorcidas que renacen tras el invierno. Junto a casas vacías en las que ya nadie se alegra de ver crecer la cosecha. Al lado de pozos de edad inmemorial. Campos arrugados que se asombran cada año de ver el trigo granar. … Peregrinar por reinos míticos que no dejan de sorprenderse al llegar la primavera. Volver a pronunciar nombres antiguos que se adentran en lo más profundo de la memoria. Alfaraz. Balbaína. Cantarranas. Macharnudo. Orbaneja. Tabajete. Valcargado. Almocadén. Los Tercios. Capirete. Marihernández. Tizón. Añina. Cerronuevo. Burujena. Carrahola…



Cientos de primaveras. Miles de jerezanos que nacieron y murieron en estos pagos esperando alcanzar un abril más. Deseando otear el horizonte y contemplar con júbilo cómo una vez más el trigo verde estaba granado...
” (3).



Los viñedos, los trigales, los sotos y alamedas del río, los linderos del bosque… cualquier lugar depara no pocas sorpresas en este renacer de lo vegetal. Pero nosotros, entre todos los regalos con los que la primavera nos obsequia, sentimos especial predilección por estas flores silvestres, humildes, discretas, “vulgares”, con nombres apenas conocidos, esas que crecen en las cunetas, en los bordes de los campos y de los caminos, las que, como los jaramagos, tapizan los baldíos. Esas que pasan desapercibidas y a las que muchos califican como “malas hierbas”. A buen seguro, algunas de estas especies vegetales resultan poco recomendables y causan perjuicios a agricultores y viñistas, a jardineros y a quienes se ocupan del mantenimiento de caminos y carreteras… pero no puede ya concebirse el paisaje sin ellas. Con la primavera, estas “malas hierbas”, esas que crecen “donde no deben”, donde no se las quiere, se hacen presentes en todos los rincones y, pese a las molestias que causan a algunos, nos compensan a todos con la belleza de sus flores.

En cierta ocasión, paseando por la Cañada de Espera, un hombre que llevaba en la mano una bandera, cubierto con un impermeable, nos hizo señas desde unas decenas de metros, en medio de un campo. Al poco se nos acercó y nos previno de las pasadas que una avioneta que volaba a lo lejos: “está fumigando para matar las malas hierbas”. Macizos de margaritas y amapolas, de viboreras y malvas, de borrajas y vinagretas, de zullas, de azureas, de jaramagos… llenaban las cunetas, ocultando los palmitos, y crecían también entre un olivar cercano y en los linderos de una loma sembrada de cereal. Malas hierbas…

Nos alejamos entonces del camino y en esas divagaciones ociosas que entretienen el paso lento de los caminantes, pensamos si estas “malas hierbas”, si estas hierbas que hermoseaban con sus flores los bordes de las hijuelas y los campos, estás que formaban parte de esa “lista negra” para la agricultura, serían consideradas “buenas hierbas” en algún lugar. Y allí, a buen seguro, que lejos de fumigarlas y rozarlas para acabar con ellas, se las trataría con el mimo que se dispensa a las flores que aquí cultivamos en los jardines.



“Es seguro, -pensamos-, que en algún remoto paisaje, las mejores praderas estarán tapizadas por estas “malas hierbas” que aquí tratamos de eliminar de nuestros campos con herbicidas. Es de justicia que así sea, -pensábamos mientras se acercaba la avioneta-, y de que puedan gozar allí de una lluvia de agua fina, de rocío limpio cada mañana y de que sean bien tratadas y admiradas”. Rescatamos, a modo de divertimento, aquellas disquisiciones en estos días de marzo cuando vuelven de nuevo a brotar con fuerza todas las hierbas (las “buenas” y las “malas”), algunas de cuyas flores les dejamos, junto a estas líneas para que los lectores valoren su condición.

Un hermoso y premiado poemario de nuestra admirada Josefa Parra lleva por título “Elogio de la mala yerba” (4) y nosotros, modestamente, lo tomamos prestado para dar la bienvenida a esta nueva estación que ahora comienza. Nos vamos recordando de nuevo la palabras de Jesús Rodríguez para decir que, paseando estos días por cualquier cañada de nuestra campiña, admirando los prodigios que obra la primavera en los ribazos de los campos, en los setos de los caminos, en las laderas incultas, en las orillas de los arroyos… disfrutando del renacer y el empuje de la naturaleza, sentimos “…lo mismo que debió sentir Dios aquel día tercero en que creó las cosas vegetales y vio que eran buenas”.


Para saber más:
(1) Rodríguez Gómez, Jesús:A cepa revuelta: La primera visita al campo”. Diario de Jerez, 21/03/2010.
(2) Vega Cordero, Juan Luis:Primavera en los viñedos jerezanos”, Diario de Jerez, 11/05/2013.
(3) Romero Bejarano, Manuel:Trigales Verdes”, Diario de Jerez, 18/04/2010.
(4) Parra Ramos, Josefa:Elogio de la mala yerba”, Visor Libros, 1996.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 22/03/2015

Con nombre de mujer.
Topónimos femeninos en la campiña de Jerez (y 2).




Como continuación de nuestro artículo de la semana anterior, en el que hacíamos un recorrido por los distintos lugares de la campiña que tienen nombre de mujer, les proponemos hoy un nuevo “paseo” para recordar otros muchos topónimos femeninos que aún se conservan. No siempre es fácil distinguir si algunos nombres de fincas, dehesas, caminos o parajes hacen referencia a las mujeres con las que estuvieron vinculados o si



por el contrario se ha adoptado la forma femenina para indicar la posesión de un propietario con un determinado apellido, como era habitual en algunas viñas. Sea como fuere, todavía es posible encontrar muchos de esos rincones con nombre de mujer.

Con nombre propio

Algunos lugares de nuestro entorno conservan el nombre propio de las que en tiempos pasados fueron sus poseedoras. Es el caso, por señalar sólo algunos ejemplos, de las hazas de Doña Rosa (en las Mesas de Santa Rosa, junto a Cañada Ancha), Doña Ana (en La Mariscala), Doña Inés (en El Barroso) o Doña Isabel (junto al Rancho de los Colores).



Entre las viñas, muchas llevan también nombre propio de mujer y así, repartidas por los alrededores de la ciudad, mencionamos las de Agustina (Cuartillos), Angélica (Solete), Carmen (Torrox), Emilia e Isabel (Macharnudo Bajo), La Ramona y La Ramoncita (ambas



en el Pago de Almocadén), como ejemplo de las muchas que aún se conservan. Una muy conocida es la de Dos Mercedes, cuyo caserío corona el cerro desde el que se domina todo el pago de Carrascal.

Las Vegas de Elvira es el nombre de un cortijo y de un rincón de la campiña en las proximidades del embalse de Guadalcacín, por cuyas tierras pasaba el acueducto romano de Tempul-Gades y pasan aún los acueductos de Tempul (s. XIX) y de los Hurones (S. XX).

La Dolores da nombre a unas tierras inundables junto a la cañada de Burujena. Otra antigua cañada, la de Juana Franco, es también conocida como la de Doña Juana, antropónimo con el que se denomina igualmente a unas tierras cercanas al Caño del Bujón, colindantes con el Arroyo Blanquillo y con el Cerro de Doña Inés.


Algunos apellidos.



Si en nuestro anterior paseo hicimos un recorrido por algunos lugares que vinculados con apellidos que se remontan muchos siglos atrás (La Catalana, La Suara, La Rendona, La Bernala, La Basurta, Las Pachecas, Las Pavonas…), queremos ahora recordar otros no menos singulares. Así, por ejemplo, La Guillena, da nombre a una dehesa, un cortijo y un arroyo en las faldas de la Sierra de Gibalbín y La Cortés a otro muy conocido situado en Los Llanos del Valle, frente a la Boca de la Foz. Más dudoso es el topónimo de La Gordilla, referido a una dehesa y una garganta junto al Cortijo de Rojitán que puede ser también interpretado como un apelativo. El arroyo de La Carriona, hace honor al apellido de una dama, como sucede con La Marañona, una loma situada junto al cortijo de Alijar donde hoy se levanta un parque eólico, o La Marrufa, nombre con el que se conoce a un


sector de la Dehesa de la Alcaría, en los Montes de Jerez.

Entre las viñas son abundantes las que hacen referencia a los apellidos de sus poseedoras aunque, en algún caso, también eran denominadas con la forma femenina siendo su propietario un hombre. Como ejemplos señalamos el de La Panesa (Alta, Baja y Grande), un hermoso viñedo que perteneció a la familia del marqués de Villapanés, ubicado en el pago de Carrascal y desde el que se obtienen unas magníficas vistas sobre las marismas de Asta. Junto a La Panesa está también la viña de La Pavona, con su caserío erigido en sillares de arenisca. En la carretera de Trebujena otra viña, la de La Carreña, nos muestra todavía su singular entrada, sus lagares y su caserío, habilitado hoy como alojamiento rural.



En Cerro Pelado, en un paraje alejado de los caminos, sobrevive La Gallarda (o la Pinta Gallarda), otro magnífico ejemplo de casa de viña que se asoma a las marismas de Tabajete.



Peor suerte ha corrido el caserío de La Polanca, una gran construcción arruinada en buena parte, que destaca en las laderas del cerro de Santiago, a espaldas de la viña Cerro Viejo, dominando los llanos por los que discurre la cañada del Amarguillo

Oficios y ocupaciones.

Son muy habituales las viñas y los parajes en los pagos de viñedo con nombres que aluden a profesiones, oficios u ocupaciones de sus antiguos poseedores y también los relacionados con algún apelativo con el que eran conocidas sus familias. En algunos casos, estos nombres no indican forzosamente que su titular fuese una mujer, ya que a veces era también costumbre denominar a la
viña con la forma femenina de la ocupación de su propietario.

Entre los ejemplos más significativos encontramos los de de La Doctora, que da nombre a una propiedad en el pago de La Carrahola, o La Boticaria, que hace lo propio con otra del Pago de Cuartillos. Como La Sobajanera (la moza –o el mozo- que, en los cortijos, hacía los recados en la ciudad) es conocida una antigua viña y una hijuela entre el Cerro de



Santiago y la Cañada del Amarguillo. La Carpintera da nombre a sendas casas de viña ubicadas en los pagos de Balbaina, junto a la carretera de Rota y de Almocadén. Junto a esta última discurre la colada de La Pescadera, otro apelativo femenino que se remonta al siglo XIX.



En este catálogo de oficios y ocupaciones de mujeres que nos ofrece la toponimia de la campiña no faltan tampoco La Relojera (en el pago de Balbaina), La Candelera (Mesas de Santiago), el rancho y viña de La Cartera (en la carretera del Calvario) o el Rancho de La Carnicera, en el pago de Parpalana, junto al cerro de la Liebre, camino de El Portal. La Hortelana y La Escribana son viñas del pago de Macharnudo Bajo, aunque esta última da también nombre a otra del pago de Almocadén. La Vaquera (casa, hijuela y fuente) nombran a una finca de Montealegre que encontramos en la Hijuela del Serrallo, y que se asoma al valle del Salado y Lomopardo. En sus tierras aflora una célebre fuente en la que en el siglo XIX se realizaron estudios para contribuir con sus aguas al abastecimiento de la ciudad. La Lechera y La Calderera se encuentran en el pago de viñas de Cuartillos. Esta última da también nombre a otras dos viñas en Parpalana. La Carbonera se ubica junto al Rancho de los Colores, en el Guadajabaque, la viña y la hijuela de La Recovera en el Pago de Rui Díaz y La Pavera junto a la viña-bodega de Vistahermosa. En los confines del término, en la Dehesa del Quejigal, encontramos también la Cañada de La Cantarera.

Como nombres llamativos traemos aquí los del Rancho de La Contrabandista, en la Cañada de los Isletes, junto a San José del Valle y el de la viña de La Carabinera, en Macharnudo Bajo, ambos lugares convenientemente separados por muchos kilómetros de distancia para evitar posibles disputas entre sus propietarias.

Distinciones, rangos y títulos…

No menos curiosos son los topónimos femeninos que nos hablan de rangos distinciones y títulos. La Doña da nombre a unas tierras junto a las marismas de Rajaldabas y Las Dueñas a una zona de prados en las cercanías de Mesas de Asta. Un conocido cortijo en la carretera de Trebujena, es el de La Mariscala, también situado junto a Mesas de Asta, cabecera de una gran explotación agrícola y habilitado hoy como alojamiento rural.



Un nombre más cuestionable es el de “Capitana”, que puede aludir a la graduación militar del marido de las propietarias o, simplemente (y lo más probable) derivar del apellido Capitán. En todo caso conocemos el Rancho de La Capitana (en la Cañada Ancha) y las viñas de La Capitana en el Cerro de Santiago, próxima a Cerro Viejo y también junto a la carretera de Rota, en la cañada de las Huertas. En las cercanías de esta última viña encontramos la de La Condesa. El Haza de La Condesa es también el nombre de una finca agrícola junto a la Cañada de La Loba, así como de unas tierras cercanas a los cortijos del Parralejo y el Algarrobillo. El Cortijo de La Condesa otra propiedad del pago de La Gallega. No faltan tampoco en nuestra campiña topónimos similares como el de La Condesilla o el de La Marquesa. Este último bautiza un sector ya absorbido por el casco urbano colindante con la Ronda Este. Con todo, uno de los más llamativos lo hallamos en las cercanías del Cortijo de Picado: el enigmático Arroyo de la Reina Loca.



Gentilicios.

A veces, los nombres de lugares y de algunas propiedades delatan el lugar de procedencia, el gentilicio, de sus antiguas propietarias o de las mujeres relacionadas con ellos. Estos son los casos de La Gallega, que da nombre a un pago de viñedos situado junto a la carretera de Rota y a dos casas de viña, una de ellas en la Cañada de las Huertas y la otra en Macharnudo Bajo. La Canaria la encontramos en Torrox, junto a la Cañada del Carrillo y el Rancho de la Montejaqueña, colindante con El Granado, en las proximidades de San José del Valle.

En el Pago de Ducha, próxima a la Viña del Diablo, aún pueden verse las ruinas de la antigua casa de La Francesa y en las faldas del cerro de Macharnudo, a los pies de la Torre, encontramos la viña de La Panameña.



Otros topónimos femeninos curiosos.

Sin pretender agotar el tema ni la paciencia de los lectores, no queremos terminar este recorrido sin mencionar algunos topónimos curiosos que aluden también a mujeres anónimas pero que han pervivido en nuestros paisajes. Así, en la zona de los Montes de Propios de Jerez llaman nuestra atención el Cerro y Piedra de La Novia (Dehesa del Cándalo) o la Loma y Puerto de La Gitana (Dehesa de Garganta Millán). Junto al cortijo de Zarpa, en la conocida como carretera de Morabita, está el Haza de las Doncellas, y en Burujena, próxima ya a las marismas de Maritata, La Doncellita. En el pago de la Gallega, junto a la Cañada de las Huertas, se encuentra la antigua viña de La Churumbela, reconvertida hoy en centro ecuestre. Otra viña de Cuartillos es conocida como La Chavala y junto al cortijo del Chorreadero encontramos el Arroyo de la Chica. Entre el Cerro de los Silos y el cortijo de Fuente Rey discurre la Cañada de La Mujer en la que encontramos también el Pozo de la Mujer, mientras que en el pago del Amarguillo se ubica la viña de La Comadre. Junto a La Arenosa, en las cercanías de San José del Valle, están las tierras de La Borracha y en la zona de los Montes de Jerez el Llano y Pozo de La Papicha, apelativo con el que también se conoce un paraje ubicado junto a Fuente Rey y el Berroquejo. Con todo, uno de los topónimos más misteriosos es el que da nombra a una dehesa y a un arroyo próximo al Mojón de la Víbora, en los confines del término de Jerez: La Fantasma.



Otros nombres de lugares como Dos Hermanas o Dos Hermanillas no aluden a mujeres, sino a cumbres gemelas que se alzan en parajes serranos. De la misma manera, algunos topónimos singulares como los de Mari cuerda, Mar Ibáñez, Marihernandez o Maritata, no guardan relación con mujeres y de su curioso significado nos ocuparemos en otra ocasión. También sería muy extensa la relación de nombres de viñas, parajes y rincones de nuestra campiña vinculados al santoral o a lo religioso (Las Monjas, La Santa, La Beata…). De todos ellos tendremos oportunidad de tratar en futuros paseos “entornoajerez”.

Para saber más:
- Clasificación de las Vías Pecuarias Término municipal de Jerez 1948. Ayto. de Jerez.
- Domecq, B.: Los pagos de los viñedos de Jerez. Diario de Jerez, 01/03/2014
- García de Luján, A.: La viticultura del Jerez. Mundi-Prensa Libros, S.A. Madrid, 1997.
- García del Barrio Ambrosy, I.: La tierra del vino de Jerez. Ed. Sexta S.A. Imp. Gráficas del Exportador. Jerez, 1979. Véase también De Las Cuevas J. y J.: Vida y milagros del vino de Jerez. Ed. Sexta S.A. Imp. Gráficas del Exportador. Jerez, 1979
- González Gordon, M.M.: Jerez-Xerez-Sherish. Ed. Gráficas del Exportador. Jerez. Edición de 1970.
- Lechuga y Florido, A.: Plano del Término Municipal de Jerez de la Frontera. Arreglado a la escala 1/100.000 para la Guía de Jerez de 1897. Incluyendo una información similar al anterior Plano, es también de gran interés el plano de detalle titulado Plano de los Viñedos de Jerez de la Frontera. Litografía y Tipografía de M. Hurtado, 1897.
- López-Cepero, Adolfo.: Plano Parcelario del término de Jerez de la Frontera. Dedicado al Excmo. Sr. D. Pedro Guerrero y Castro y al Sr. D. Patricio Garvey y Capdepón. 1904. patrocinadores del proyecto, por D. Adolfo López Cepero.- Año de 1904. Escala 1:25.000
- Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 2004,
- Pemartín, J.: Diccionario del vino de Jerez. Ed. Gustavo Gili. Barcelona, 1965.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 15/03/2015

 
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