El Palomar de Zurita.
Un lugar de interés etnológico olvidado.




El viajero que circula por la carretera que une el Puente de Cartuja con Torrecera puede disfrutar del hermoso paisaje de los Llanos de la Ina entre los que el Guadalete se abre camino escoltado por las arboledas de sus riberas. La Venta de las Carretas y el Puente de la Greduela, La Ermita de la Ina, las barriadas rurales de La Ina, Rajamancera, Cañada del León… salen a nuestro encuentro mostrándonos escenas de paisajes rurales que guardan no pocos atractivos.



Atendiendo a la amable invitación de las delegadas de alcaldía de La Ina y Rajamancera hemos servido de “guías” en una visita a uno de los rincones más singulares de este sector de la campiña, del que ya subrayamos en otra ocasión su gran valor como patrimonio etnológico: el Palomar de Zurita. Nos han acompañado en esta ocasión personal técnico de Cáritas Diocesana, del GDR Campiña de Jerez, así como un grupo de profesores y profesoras de los CEIPs de La Ina y Pablo Picaso, de Estella del Marqués, empeñados todos en un mismo objetivo: conocer y divulgar nuestro patrimonio para ponerlo en valor como elemento educativo y como fuente de riqueza.

Un poco de historia

El palomar se encuentra situado junto a la estación de servicio de Rajamancera, a la izquierda de la carretera en sentido Torrecera, a los pies del Cerro del León. La simple apariencia exterior de su construcción le hace pasar desapercibido, aunque tampoco es difícil que así sea ya que se encuentra semioculto entre los montones de tierra de la cantera de El León –hoy sin actividad-, junto a Rajamancera, en un enclave rural cuyo topónimo lleva el nombre que durante más de un siglo identifico a este lugar: El Palomar de Zurita.

Sus primeros propietarios y promotores fueron miembros de esta conocida familia jerezana, cuyo apellido dio nombre al palomar y, aunque a falta de una investigación más detenida sobre su origen no podamos datar con exactitud la fecha de su construcción, estimamos que el palomar fue levantado a mediados del siglo XIX o quizás unas décadas antes.



Esta singular explotación “ganadera”, destinada a la producción de pichones y palomas y al aprovechamiento como abono de las deyecciones de las aves, la preciada palomina, debió gozar de reconocida fama siendo un elemento relevante en el paisaje de este rincón de la vega baja del Guadalete, en las proximidades del Cerro del León y El Alamillo, junto al Camino de la Sierra. Esta ruta, muy utilizada durante los siglos XVIII y XIX para la comunicación con el rincón oriental del término, partía del Puente de Cartuja y continuaba hacia el Este a través de la cuesta del Infierno, en Torrecera. Los vados de El León (por donde cruzaba el Guadalete la Cañada del mismo nombre) o del Alamillo, donde existió una barca que cruzaba hacia las tierra de El Torno y La Florida, hacían de estos parajes un lugar de paso en el que El Palomar de Zurita fue siempre un referente en el paisaje.

Así lo vemos ya recogido en el mapa de Ángel Mayo (1877), quien inicio los trabajos de campo quince años antes, y en el que vemos ya reflejado el Palomar de Zurita, como un referente claro de este sector de la vega. Lo mismo sucede en otra fuente posterior, el Plano Parcelario de Adolfo López Cepero (1904) donde también figura el palomar, con nombre propio, cuando todavía no han empezado siquiera a configurarse otros enclaves cercanos como Rajamancera, La Ina, Cañada del León o Torrrecera.

Por testimonios orales de nuestro amigo Juan Silva, cuya familia vivió en la finca, sabemos que dejó de utilizarse a mediados del siglo XX. La aparición de las graveras y de las primeras plantas de extracción de áridos en sus cercanías a finales de los 70 del siglo pasado, sentenciaron definitivamente su suerte.

Una construcción singular.



Desde las cercanías de la estación de servicio de Rajamancera, o desde el cercano Cerro del León, podremos ver por fuera esta singular construcción. El palomar es de planta cuadrada, con una dimensión aproximada de 14 m. de lado en su exterior, y una altura en todos sus muros de 6 m. Pese a su reducida superficie (200 m2) en comparación con los grandes palomares españoles como el de Huerta Noble (en La Redondela, Isla Cristina) o La Breña (Barbate), el de Zurita encierra una notable sorpresa, como veremos, superando en densidad de nidos y aún en número a algunos de los mayores palomares del país. Al igual que su “vecino”, el palomar de La Greduela (del que nos ocuparemos en otra ocasión) es una construcción sin techo, abierta al exterior para permitir el fácil acceso de las palomas. En uno de sus costados se adosó posteriormente una dependencia como almacén.

Se accede al palomar por una pequeña puerta de 1,70 m de altura y apenas 1 m de ancha, encontrando al entrar una calle perimetral que rodea la cara interna de sus muros exteriores. Se configura así un segundo espacio interior, de planta cuadrada, accesible mediante un arco de ladrillo de 1,90 de altura, situado frente a la puerta de entrada. Este espacio está divido, a su vez, en 7 calles interiores paralelas a cuyos lados se levantan muros de 6 m. de altura y unos 85 cm. de grosor. Los muros están construidos con las hornillas o vasijas cerámicas que sirven de nido a las palomas, unidas entre si por argamasa de arena y cal o yeso.

Estas calles interiores, al igual que las perimetrales, tienen una anchura que oscila entre 80 y 85 cm., más estrechas que las del palomar de La Greduela, por lo que ofrecen al visitante cierta sensación de agobio. Sus ajustadas dimensiones permiten, no obstante, un mejor aprovechamiento del espacio si bien debieron dificultar las tareas de mantenimiento y limpieza. Las calles se comunican entre ellas con estrechos huecos de paso en los muros divisorios, resueltos también con arcos de ladrillo visto. En su parte superior, la luz penetra por un estrecho rectángulo de apenas 50 cm. de anchura ya que sobre el remate de los muros sobrevuela un alero de hasta tres filas de ladrillos sobresalientes para evitar que el agua de lluvia penetre en el interior de las hornillas y, a su vez, impedir el acceso de posibles animales predadores (ratas, gatos, comadrejas, hurones…) que pudieran “descolgarse”



hasta los nidos. De la misma manera, se dificultaba también con ello que algunas rapaces (cernícalos, gavilanes, halcones…) pudieran acceder fácilmente al palomar ya que la envergadura de sus alas es de mayores dimensiones.

En algunas de las calles crecen ahora higueras bravías que amenazan seriamente con dañar la construcción. En otra se ha colocado una red en el techo y en una tercera, se aprecia lo que pudo ser un pequeño bebedero para las palomas. Una barra de hierro cruza una de las calles, tal vez para servir de apoyo a las escaleras que se utilizaban en las tareas de mantenimiento de los nidales. En el suelo de las calles abundan los restos de ladrillos y de fragmentos de vasijas que han sido destruidas por los “visitantes” desaprensivos, todo ello cubierto por una capa de palomina, lo que da idea de que todavía muchas palomas acuden al palomar de manera ocasional.

Pero sin duda, lo que más llama la atención del visitante curioso, son los miles de nidales o palomeras que se alinean en toda la superficie de las paredes.

Tanto los muros perimetrales interiores como los que separan las calles, presentan por todas sus caras las hornillas o nidos que, como se ha dicho, han sido construidos con vasijas de cerámica. Estos singulares cuencos de barro cocido nos muestran su boca circular, sin presentar resaltes o bordes en el paramento, de modo que parecen empotradas en los muros. Aunque no son todas iguales y algunas revelan imperfecciones, mantienen un diámetro de boca con dimensiones muy parecidas que oscilan entre los 10-12 cm. El interior de su “vientre” se ensancha hasta los 20 cm de diámetro y su fondo tiene una profundidad media que varía entre los 20-24 cm. En algunos puntos donde el muro ha sido parcialmente destruido para arrancar las hornillas, se aprecia como las vasijas tienen su cara externa con pequeñas hendiduras o estrías que facilitarían la adherencia de la argamasa.

Los nidos se disponen en filas paralelas estando alineadas unas con respecto a otras, bien siguiendo una trama ortogonal, bien al tresbolillo. Los muros presentan a lo largo de su altura, cuatro bandas o divisiones separadas con una hilera de ladrillos que sobresale no más de 10 cm de la pared y que tiene la doble función de impedir el acceso de posibles animales predadores y de permitir el apoyo de las palomas. Lamentablemente la mayoría de estos resaltes ya se han roto. Estos cuatro bandas en los que quedan divididos los muros del palomar contienen, desde el suelo hasta la cornisa que techa el muro, siete, cinco, seis y siete hileras de nidos respectivamente, lo que hace un total de 25 filas en altura. Como puede apreciarse, la superficie de los muros entre las bocas de las hornillas aparece perfectamente lisa, cubierta de un estuco de yeso o de arena y cal para impedir el acceso de posibles predadores que pudieran haber penetrado en el interior del palomar.

Un palomar de “record”.

Llegados a este punto, el visitante asombrado ante la gran cantidad de hornillas que le rodean por todas partes, empieza inevitablemente a hacer números para intentar calcular mentalmente cuántas vasijas puede contener el palomar.

Sepamos para ello que las filas de los muros perimetrales interiores albergan 50 nidos por cada uno de los cuatro lados, mientas que en los lados menores de este pasillo se cuentan 38 nidos por fila. Pero aún hay más: cada una de las 7 calles interiores del palomar tiene también la misma disposición y por lo tanto presenta 25 alturas de nidos. En cada fila se cuentan 40 nidos a ambos lados de la calle y en los lados más estrechos (de 80-90 cm de anchura) que cierran las calles, hay también 4 nidos por fila…

Según un cálculo aproximado que hemos realizado sobre el terreno, descontando las superficies de los huecos de paso y de las puertas, podemos apuntar la cifra de unos 23.000 nidales. Todo un record si tenemos en cuenta que otros palomares monumentales como el de La Huerta Noble en La Redondela (Isla Cristina), el mayor de España , cuenta con unos 36.000 nidos en una superficie muchísimo mayor, o que el de La Breña, que figura como el tercero de Europa, alberga en una superficie de 460 m2 con 7.700 hornillas.

Teniendo en cuenta que todos ellos son de mayor superficie, las cifras de “record” que nos ofrece nuestro más modesto Palomar de Zurita hay que buscarlas en sus estudiadas dimensiones, en la calculada estrechez de sus calles, en la ajustada disposición de sus hornillas y, especialmente, en la peculiar estructura de su calle perimetral interior que “multiplica” la superficie de muros disponibles, permitiendo así una mayor densidad de nidos por cada metro cuadrado de palomar. En suma, una obra única y singular que debió ser trazada y levantada por un hábil constructor de palomares.

Rodeado como lo vemos hoy por los montones de tierra de la cantera que se explotaba en sus alrededores, cercado por viejos camiones y excavadoras, por los grandes e inservibles neumáticos de la maquinaria pesada utilizada en la extracción de arena, el Palomar de Zurita, pasa desapercibido a las miradas de los viajeros que transitan por la carretera que une La Ina y Torrecera, pensando tal vez que se trata de un viejo almacén. Sus muros, aguantan como pueden el paso de los años, aunque uno de ellos, el de la puerta de acceso, presenta una preocupante grieta.

Antes de que sea demasiado tarde y este excepcional palomar se transforme en una irrecuperable ruina, desde Entornoajerez, trasladando también el sentir de los vecinos de estos enclaves rurales, queremos hacer un llamamiento a su protección, a su recuperación y a su inclusión como Lugar de Interés Etnológico por la administración autonómica. El Palomar de Zurita –como el de La Greduela y otros palomares de la campiña- reúne sobrados méritos para ello.

Observación: Las fotografías de las hornillas de barro cocido del palomar de El Gato (San José del Valle) son cortesía de A. Carrasco y S. Rueda"

Situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Puedes ver otros artículos relacionados en nuestro blog enlazando con Los palomares en el paisaje de la campiña, Un “monumento etnológico” junto al Guadalete: el palomar de La Greduela y Patrimonio en el medio rural.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 7/12/2013

Paisaje con ciudad al fondo.
La vista de Xeres de la Frontera de Joris Hoefnagel (S. XVI).




Un hombre lleva sobre sus espaldas un pesado odre. Camina con dificultad detrás de unos arrieros que conducen una recua de mulos cargados de sacos hacia la ciudad que se nos muestra cercana, extendida en el horizonte sobre las lomas de la campiña. Ocupando el centro de la escena, en primer plano, un distinguido personaje, vestido con ricos atuendos, sujeta por la empuñadura su espada envainada mientras tiende la mano a una dama. En sus cercanías dos jinetes, portando lanzas y escudos, escaramuzan junto al “camino para el Puerto de S. María y para Cádiz”. Al fondo del grabado, cercada de muros, una ciudad nos muestra su dilatado caserío en el que despuntan las torres de sus iglesias. Una ciudad, Jerez, que es ya a mediados del siglo XVI una de las más pobladas del reino. Esta es la estampa que ofrece Hoefnagel en su vista de Xeres de la Frontera realizada entre 1563 y 1567. (1)

Jerez en el primer atlas moderno.

Esta ilustración forma parte de una magna obra que con el título de Civitates Orbis Terrarum, vio la luz entre 1572 y 1617 editada por el impresor Georg Braun y en la que se incluían también grabados del cartógrafo y pintor Franz Hogenberg. Concebida como complemento al atlas del mundo de Abraham Ortelius (Theatrum Orbis Terrarum), en esta obra monumental colaboraron más de un centenar de cartógrafos, dibujantes y pintores paisajistas que dejaron testimonio de numerosos rincones de todos los continentes conocidos, lo que nos ha permitido retener en imágenes muchos aspectos relevantes de la vida cotidiana y la fisonomía de las ciudades del siglo XVI.

Uno de estos colaboradores que viajó por diferentes países europeos dibujando y pintando vistas fue el artista flamenco Joris Hoefnagel, quien pudo visitar Jerez entre los años 1563 y 1567, dejando así testimonio gráfico de Jerez con este singular grabado de gran valor histórico, que ha quedado ya como una de las primeras estampas en las que se aprecian muchos detalles de cómo era nuestra ciudad a mediados del siglo XVI. Esta vista de Xeres de la Frontera será incluida en la selección de 480 ciudades de todo el mundo que integrarán la colosal obra Civitates Orbis Terrarum.

Algunos autores mantienen que el trabajo de Hoefnagel pudo estar inspirado en uno anterior realizado por el dibujante paisajista flamenco Anton Vanden Wyngaerde, quien recorre España desde 1561 por encargo de Felipe II para dibujar una colección de 62 vistas de las ciudades más notables del reino, y quien dedica también varios de sus dibujos a Jerez (2). Si bien las vistas de “Antonio de las Viñas” (como se conoce también a Wyngaerde, y de quien nos ocuparemos en otra ocasión) son más detallistas y meticulosas, las de Hoefnagel son más espectaculares y luminosas, más coloristas y escenográficas. Como esta de Jerez que comentamos. O como las dedicadas a Conil, Vejer, Setenil, Bornos, Zahara, Los Palacios, Las Cabezas, Lebrija y otras muchas ciudades andaluzas que se deben también a su mano.



El Jerez del XVI: una gran ciudad en expansión.

En estos años en los que Hoefnagel visita Jerez, entre 1563 y 1567, la ciudad cuenta con numerosas iglesias y conventos y las obras de la Cartuja están ya muy avanzadas. Son los años en los que se termina la Cruz de la Defensión y en los que el puente del Guadalete en el Vado de Medina lleva ya dos décadas prestando sus servicios. Los Hospitalarios de San Juan de Dios de instalan en el Llano de San Sebastián, actual Alameda Cristina. Como cuenta Rallón (3), el cabildo planea construir una calzada desde la ciudad a El Portal, para facilitar el transporte de vinos hasta el embarcadero, así como de mejorar el camino hasta el convento agustino de Guía. De la misma manera, se estudian los proyectos de acercar el río hasta la Puerta Nueva presentados por ingenieros holandeses, o los que pretenden traer el agua desde la fuentes de Badalejo y Pedro Díaz como propone el licenciado Bravo. Rallón nos recuerda que en 1567 “florecía en esta ciudad un siervo de Dios llamado Juan Pecador” que pretendía hacer un hospital para los pobres necesitados y enfermos… Pero volvamos a la vista de Hoefnagel.

Manuel Mª González Gordon, en su conocida obra Jerez, Xerez, Sherish, nos aporta un valioso testimonio de aquel Jerez reflejado el grabado de Hoefnagel: la traducción de algunos fragmentos del texto latino que figuraba al dorso del grabado, en el atlas en el que fue publicado en 1565, traducidos por D. Teodoro Molina Escribano quien fuera abad del la Colegiata de Jerez. En él se afirma que Jerez es una “…ciudad conspicua por lo espaciosos de su asiento y amplitud de sus muros…Sus campos, plantados de viñedos y cereales, feraces en vinos, aceite, trigo y todo género de frutos, de tal suerte son productivos que se muestran en cualquier tiempo, contra la credulidad de los hombres, como en una perenne primavera y perpetuo verdor que matiza sus variadas mieses y sus vastísimos prados, cubiertos y vestidos del verdor de sus granos y flores, constituyen el encanto de quien los contempla… De aquí proceden los famosos vinos que son exportados hasta las gentes de la India, y Alemania, Francia, Inglaterra, Escocia, Holanda y a todas las regiones del Universo son exportados todos los años… Es tal la cantidad de vino que anualmente produce este territorio a sus cultivadores, que apenas bastan para almacenarle 40.000 vasijas de tres anas cada una, y alguna vez se ha comprobado que el número de estas vasijas de madera pasó de 80.000. Esta región produce prestantísimos caballos entre todas las regiones de España, principalmente de carrera… son educados por nobles con una industria admirable divirtiéndose grandemente con sus carreras en los hipódromos cuando celebran combates a caballo en los que mutuamente se ejercitan con cañas en vez de lanzas, a la manera como los moros suelen manejar las lanzas y arrojarlas contra los enemigos. En la lengua patria estos juegos se llaman “Juegos de Cañas”. (4)

La vista de Xeres de la Frontera.

A nadie escapa que las vistas de ciudades aportan una valiosa información para el estudio del paisaje urbano, de su entorno natural y del medio físico donde se enclavan. Por esta razón cuando observamos detenidamente estos primeros grabados de Jerez que han llegado hasta nuestros días y, en especial los realizados en el siglo XVI, hace ya 450 años, podemos conocer también algunas claves del contexto geográfico, político, económico y comercial de nuestra ciudad.

Así, en la escena que nos ofrece Hoefnagel aparecen ya los rasgos definitorios del paisaje de la campiña tal como hoy pueden contemplarse todavía, destacando las suaves lomas que rodean de la ciudad en las que ya ha desaparecido la vegetación natural que ha sido sustituida por cultivos. Entre ellos destacan especialmente los viñedos, que alternan en la imagen con lo que posiblemente podrían ser campos de cereal y con prados que llegan hasta los mismos muros. Son las tierras de los pagos de Torrox, Anaferas, Gibalcón… que desde las faldas de San Cristóbal se extienden hasta las cercanías de la ciudad. El casco urbano se adapta también a esta topografía irregular de la que la imagen de Hoegnagel ha sabido captar sus rasgos más llamativos. En el extremo de la derecha se aprecia el punto más elevado ocupado por el Alcázar, reflejándose también el pequeño valle del Arroyo de Curtidores, cuyas laderas condicionan la disposición del muro y el caserío.

La imagen muestra también algunas construcciones relevantes en los extramuros de la ciudad, apreciándose en el centro, en segundo plano, la ermita de “Nuestra Señora de Guía” junto a la que hay también otras edificaciones. En estos años, este lugar es un monasterio agustino del que los frailes se trasladarán en 1643 al que fuera Hospital del Pilar. De la misma manera se refleja también en la escena el antiguo camino de “los Puertos y Cádiz”, a la izquierda de la imagen, que partía de la ciudad por la Puerta del Arroyo, abierta en 1500. El grabado lo señala explícitamente con la leyenda “Camino para el Puerto S. María y para Cádiz”, y es normal que así se destaque ya que era una de las vías de comunicación más importantes y transitadas de nuestro entorno, que cruzaba el mencionado arroyo por una alcantarilla situada junto a la Ermita de Guía, como parece reflejarse en el grabado. Algunos de los caminos que bajan de la Sierra de San Cristóbal se aprecian también en la imagen, así como una curiosa cuesta muy empinada que nos recuerda, por su situación a los pies del Alcázar y del barrio de extramuros de San Miguel, a la actual “Cuesta de la Alcubilla”.

Hoefnagel ha reflejado como rasgo de identidad de nuestra imagen urbana, el recinto murado, apreciándose detalles de los lienzos de muralla, de la barbacana, de las torres, de la Puerta de Rota, del Alcázar… Entre el caserío destacan las torres y los edificios de algunas iglesias como la de San Salvador, San Mateo, tal vez San Marcos…, distinguiéndose lo que al parecer son casas palaciegas y otras construcciones de mayor envergadura, muy posiblemente bodegas. En las afueras de la ciudad se aprecian ya los barrios de extramuros de Santiago (izquierda) y San Miguel (derecha). Lo que pudiera ser una pequeña ermita con su espadaña se dibuja también en las cercanías del Alcázar, a la izquierda del camino que sube hacia la ciudad.

Las claves simbólicas del grabado de Hoefnagel.

Los profesores Javier Navarro Luna y Antonio García Gómez (5), en un interesante estudio titulado Las vistas de ciudades. Una imagen geográfica de las ciudades andaluzas en el siglo XVI, aportan algunas claves de análisis que nos ayudan a interpretar mejor este grabado



de Xerez en sus aspectos simbólicos. A su entender, como sucede también en las vistas de otros lugares, el autor quiere destacar aquí la actividad económica más significativa de la ciudad centrada en el cultivo de la vid y la producción y comercialización de vino “… y es la principal imagen que trata de transmitir el grabado de Hoefnagel, donde con gran minuciosidad se dibuja un paisaje de suaves lomas cubiertas de viñedos, en ordenadas parcelas”. En el libro original, el grabado de Jerez aparece junto al de Conil, donde, como en Jerez, también se muestra la principal actividad económica de esta villa: la pesca del atún en almadrabas y las diferentes fases de su elaboración y preparación.

Pero la vista de Xerez aporta otras muchas claves y junto al paisaje modificado por la actividad humana nos habla también de sus pobladores. Como señalan acertadamente los mencionados autores, “…la imagen presenta dos grandes planos. El primero recoge escenas y personajes costumbristas, a un lado dos caballeros luchando, símbolo quizás de su posición fronteriza – de ahí su nombre- durante muchos años entre los reinos cristiano y nazarí, seguidos de dos personajes cuyos ropajes los identifican como los dos grandes poderes de la ciudad, el uno eclesiástico y el otro nobiliario. Por último, aparece el pueblo llano en las figuras de trabajadores que dirigen una recua de mulas hacia la ciudad, y otro que carga un saco a sus espaldas y los sigue”. En relación a las dos figuras centrales otros autores, como Ferrán Soldevila (6), interpretan que los personajes centrales son “una dama y un caballero”. Sea como fuere Hoefnagel deja constancia de los diferentes estamentos de la ciudad y los representa, de manera estereotipada si se quiere, realizando aquellas actividades que cabe esperar de su posición social, vestidos y ataviados con las indumentarias propias de su rango.

Y como decorado de fondo, Jerez: “Al fondo aparece la ciudad rodeada de un imponente lienzo de murallas dado su carácter fronterizo. A lo largo del perfil urbano, que ocupa todo el frontal del fondo, se nos muestra un caserío muy concentrado, entre los que destacan las siluetas de los grandes edificios religiosos – iglesia de San Salvador- y civiles –casas palacio y bodegas- Aunque apenas se vislumbra `por la perspectiva adoptada, indicar que el paso de la ciudad islámica a la cristiano supuso una transformación radical ni en las viviendas, ni en la morfología urbana”.

En estos días fríos que anuncian ya el invierno hemos querido volver a las afueras de la ciudad para situarnos en el lugar aproximado que Joris Hoefnagel debió escoger hace 450 años para realizar su vista de Jerez. En la fotografía se refleja lo que hemos contemplado. Ni que decir tiene que nos quedamos con la imagen de nuestro dibujante flamenco.


Para saber más:
(1) Enlace con la “Vista de Xeres” de J. Hoefnagel: http://historic-cities.huji.ac.il/spain/jerez/maps/braun_hogenberg_II_6_2.html
(2) Marías, Julián.: Las ciudades de Antonio de las Viñas ABC de Madrid. 08/05/1987.
(3) Rallón, Esteban.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación. Edición de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. III P 151-162.
(4) González Gordon, Manuel Mª.: Jerez-Xerez-Sherish. Ed. Gráficas del Exportador. Jerez. Edición de 1970. Pg. 53.
(5) Navarro Luna. Javier y García Gómez, Antonio.: Las vistas de ciudades. La imagen geográfica de las ciudades andaluzas en el siglo XVI. Dpto. de Geografía Física y A.G.R. Univ. De Sevilla. 2009
(6) Ferrán Soldevila.: Historia de España. Volumen 3. Ediciones Ariel, 1952. pg. 182

Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 30/11/2013

 
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