Una ciudad sedienta: en busca del agua con el ingeniero Ángel Mayo




Meses atrás los ciudadanos de Jerez hemos visto como se privatizaba la gestión del agua pasando de las manos de AJEMSA, -la empresa municipal creada en 1983- a Aquajerez, la sociedad conformada por distintas filiales del grupo FCC que lidera la marca Aqualia. Se cerraba así un ciclo que comenzó en 1868, con la creación de la Sociedad Anónima de Abastecimiento de Aguas Potables y Riego de Jerez de la Frontera, que en 1936 cedería las acciones al ayuntamiento de la ciudad para crearse, 6 años más tarde el Servicio Municipalizado de Aguas.

Pero este es el final de una historia que empezó, hace ahora ciento cincuenta años, en una ciudad sedienta: el Jerez de mediados del XIX. Vamos a recordarla.

Una ciudad sedienta.

Desde el siglo XVI, de manera recurrente, el concejo jerezano anduvo embarcado en dos grandes empresas: la traída de aguas y la canalización del Guadalete y su unión con el Guadalquivir. Si bien la mejora de la navegación por el Guadalete y, el sueño de acercar el río y el mar a los pies de la ciudad ha conocido tantas frustraciones como proyectos se han sucedido en todos estos siglos, el abastecimiento de agua potable se convirtió en uno de los mayores logros de la historia de Jerez.

A mediados del XIX Jerez era ya una de las grandes ciudades del país. En plena expansión y con más de 60.000 habitantes, no había resuelto todavía el problema del abastecimiento de agua potable llegando a afirmarse que era más fácil conseguir un vaso de vino que uno de agua. Desde los pozos y manantiales ubicados en las cercanías del casco urbano, el agua llegaba a las escasas fuentes públicas de Jerez, dependientes del Ayuntamiento o de particulares, que la distribuían y vendían por la ciudad a través de los aguadores. Estos menguados recursos proporcionaban poco más de cuatro litros por habitante y día, cuando las necesidades que reclamaba una ciudad como la nuestra se estimaban en unos ciento cincuenta litros.

No es exagerado afirmar que la necesidad de dotar a la ciudad con un suministro estable era uno de los principales sueños colectivos. Un sueño que se había visto frustrado en los siglos anteriores, debido a que los proyectos planeados tropezaban con dificultades técnicas y económicas insalvables. Como señalaba la Revista de Obras Públicas (1869) “El abastecimiento que se hacía en los algibes y el caudal de algunas fuentes particulares no eran a veces suficientes para llenar las necesidades del vecindario, y a consecuencia de ello resentíase la salud pública, y la vegetación en los alrededores de la localidad, y en los paseos eran tan escasas, que no sin gran trabajo se salvaban los árboles plantados para mejorar las condiciones higiénicas y climatológicas de la ciudad”

Consciente de esta gran necesidad, el Gobernador Civil de la provincia Sr. Méndez Vigo, se propuso retomar las iniciativas y solicitó la colaboración de la Real Sociedad Económica. El propósito que se planteaba entonces era llevar a cabo una obra que permitiera el abastecimiento conjunto de las ciudades de Jerez y Cádiz, de manera mancomunada, tomando el agua en la confluencia de los ríos Majaceite y Guadalete. Sin embargo, en 1861, la Real Sociedad Económica desestimó la propuesta al no considerar adecuado el lugar de la toma (Junta de los Ríos), de dudosas condiciones sanitarias. A ello había que añadir además que se dañaban los intereses de los agricultores ribereños y de los molinos instalados en sus cauces. Como alternativas se plantearon la traída de aguas desde los manantiales de la Sierra de Gibalbín, de los situados en Mesas de Asta o de los pozos de La Piedad, en el valle de Sidueña, junto a Doña Blanca.

Los primeros proyectos.

Será a mediados del siglo XIX, cuando ingenieros de diferentes empresas nacionales y extranjeras realicen estudios en la zona al objeto de tratar de resolver el problema de abastecimiento de las principales ciudades de la provincia. Así, el 19 de enero de 1861, el diario local “El Guadalete” publicaba los datos de los aforos del manantial de Tempul que había realizado el ingeniero francés Pablo Roaulht de Fleury. Las mediciones, tomadas de su caudal “…por orden y en presencia del señor alcalde corregidor era muy reducido por la escasez de agua de los años anteriores y del verano de 1852 daba 54 pulgadas fontaneras. El agua de Tempul deposita mucha toba o sea carbonato de cal”. La escasez de estos caudales (medidos en un año especialmente seco) y la “mala calidad” de las aguas, descartaban este manantial, a juicio del ingeniero francés, quien en el mismo informe daba cuenta también de la visita que realizó a los manantiales de la Sierra de Gibalbín.

Al ser un tema de interés público, la prensa escrita del momento se hacía eco de estos debates, apostando por una solución “local”, que pasaba por realizar la traída de aguas desde los ríos Guadalete o Majaceite o de los manantiales del Tempul, de la mano de una Sociedad que contara con la participación del Ayuntamiento y de las “fuerzas vivas” de la ciudad. Así las cosas, se constituye la Sociedad Anónima de Abastecimiento de Aguas potables y Riego de Jerez de la Frontera, bajo la presidencia de Rafael Rivero de la Tixera, encargándose al prestigioso ingeniero Ángel Mayo los estudios necesarios que comenzará, sin demora, en el mes de agosto de 1861. En su “Memoria relativa a las Obras el Acueducto de Tempul” estima que el volumen de agua que llegaba a Jerez procedente de fuentes y pozos era de 216 m3 diarios, cantidad a todas luces insuficiente. Era necesario, por tanto, conocer detenidamente los recursos del entorno y analizar todas las opciones posibles que permitieran dotar a la ciudad de un abastecimiento estable y en cantidad suficiente para las crecientes necesidades de su población y de una industria vinatera en clara expansión.

En busca del agua con el ingeniero Ángel Mayo.

Desde agosto de 1861 y durante varios meses, Ángel Mayo recorre el término de Jerez y los de otras poblaciones de la provincia aforando fuentes y manantiales para estudiar las posibilidades de la conducción de sus aguas a la ciudad. En su periplo visitará los manantiales y pozos de Mesas de Asta, de la Sierra de Gibalbín (La Torre, Las Navas, Romanina, …), así como los de San Andrés, en las cercanías del cortijo del mismo nombre, entre Arcos y Bornos.

También estudiará la posibilidad de realizar tomas, mediante la construcción de azudes, en el Río Guadalete, en el lugar conocido como Cerrada o Angostura de Bornos (donde casi un siglo después se construiría la presa), en el propio río Majaceite a la altura de la Angostura de Arcos, o en el Guadalete en la zona del Puente de La Cartuja, el punto más próximo a Jerez, con aguas de peor calidad que sería necesario elevar mediante bombeo utilizando máquinas de vapor.

En su afán por asegurar el abastecimiento, Ángel Mayo exploró también fuentes y manantiales de localidades próximas, como los de La Piedad, en el Puerto de Santa María, los diferentes manaderos de la sierra del Calvario en Bornos, o la copiosa fuente del Nacimiento, en Benamahoma, que aunque muy alejada de nuestra ciudad era y es la más caudalosa de la provincia. Ya en nuestro término, pero en puntos mucho más alejados de Jerez, aforó los manantiales de la sierra del Aljibe o los de Ortela, en las faldas de Montifarti, frente a la Jarda. En su periplo no de dejó de visitar el conocido manantial de Tempul, cuyas virtualidades había descartado ese mismo año el ingeniero francés P. Rouaulth que apostaba por traer a la ciudad el agua desde el río Guadalete en el Puente de Cartuja, mediante una estación de bombeo movida por una máquina de vapor que elevaría el agua hasta un depósito ubicado en el Cerro del Real (Lomopardo), desde donde llegaría a la ciudad por gravedad.

Junto a estos manantiales, Ángel Mayo aportó también en su Memoria nuevos estudios de otros puntos de abastecimiento próximos a la ciudad como las Fuentes de La Canaleja, La Teja, el Clérigo, La Vaquera o Pedro Díaz, ubicadas en el Pago de Montealegre, en las vertientes de Albadalejo y Los Albarizones.

El manantial de Tempul como solución

En este periplo “en busca del agua” Mayo fue descartando, por razones muy diversas, la mayoría de los puntos estudiados. Si bien los manantiales del Aljibe, Ortela y Benamahoma presentaban aguas de buena calidad, en la práctica quedaban demasiado lejos de Jerez, lo que encarecía notablemente su posible conducción. Otros como los de Bornos y La Piedad, abastecían ya a otras poblaciones y se utilizaban para el riego de huerta, por lo que planteaban un posible conflicto de intereses. Los manantiales de Gibalbín, Mesas de Asta, San Andrés o la Canaleja, eran irregulares y tenían caudales escasos, como los pozos y fuentes de las proximidades de la población…

Así las cosas, las opciones finales se centraron en tres posibles puntos: el río Majaceite en la Angostura de Arcos (donde se levantaría medio siglo después la presa de Guadalcacín), el Río Guadalete en una zona próxima al Puente de La Cartuja, y el manantial del Tempul, al que en caso de necesidad, se podían sumar las aguas de los manantiales del Aljibe.

Después de estudiar los presupuestos económicos y los proyectos técnicos de las tres opciones, se apostó por las fuentes de Tempul, situadas a 46 km. de la ciudad en la falda de la Sierra de Las Cabras, en razón de la potabilidad de sus aguas certificadas por la Academia de Medicina de Madrid, a las que no sería necesario aplicar los costosos filtros requeridos para las otras opciones. Junto a ello, la altura adecuada del manantial, que permitiría su conducción rodada por gravedad hasta la ciudad, sin necesidad de maquinaria para su elevación, supondría también un ahorro de costes. A todo esto había que añadir la suficiencia de su caudal que, aunque menor del que podía tomarse de los ríos, bastaba para las necesidades calculadas. Después de su largo periplo, ángel mayo había llegado a la misma solución que los ingenieros romanos habían adoptado casi dos mil años atrás cuando se construyó el acueducto de Tempul a Gades, una de las obras públicas más notables de la antigüedad.

Sin mucho tiempo que perder, en Junio de 1863 se autorizan las obras y en mayo de 1864 se iniciarán los trabajos de acuerdo al proyecto de Ángel Mayo que, no sin dificultades, posibilitarían finalmente que “el día 16 de julio de 1869, coincidiendo con la fiesta en honor de la Santísima madre del Carmelo, las aguas del rico e inagotable manantial de Tempul se elevaron a gran altura, y corrieron por primera vez por nuestras calles y plazas…”.



La ciudad contrajo una deuda de gratitud con el célebre ingeniero que en esos mismos años también intervino en el proyecto de la primera línea de ferrocarril de Andalucía de Jerez al Trocadero. No es de extrañar por ello que se sintiera con gran pesar la noticia de su muerte, el 24 de Agosto de 1884, tras las graves heridas sufridas en un accidente ferroviario en las proximidades de Astorga, cuando contaba con 57 años de edad.



Su periplo por nuestras tierras “en busca del agua”, y los frutos de sus proyectos y de su riguroso trabajo, bien merecen ser recordados ahora que se cumplen ciento cincuenta años del inicio de los trabajos.



Ver En busca del agua con el ingeniero Ángel Mayo: fuentes y manantiales en un mapa más grande

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Para saber más:
- Arcila Garrido, M.Luis.: La figura de Ángel Mayo vista por la prensa de la época" en Aguas de Jerez. Tempul: entre el medio natural y la técnica hidráulica. Coord. J. M.Barragán Muñoz, Ed. Ajemsa. Jerez de la Frontera, 1993. Las ilustraciones de los aguadores en la fuente de Los Albarizones y de los planos de Proyecto del Acueducto del Tempul, han sido tomados de esta obra.
- Barragán Muñoz, M. Coord.: Agua, ciudad y territorio. aproximación geohistórica al abastecimiento de agua a Cádiz. Ed. Servicio de Publicaciones de la UCA, Cádiz, 1993.
- Barragán Muñoz, M. Coord.: Aguas de Jerez. Evolución del abastecimiento urbano. Ed. Ajemsa. Jerez de la Frontera, 1993.
-Inauguración de las Aguas de Tempul. Revista de Obras Públicas. 1869. Tomo 15-2, pg. 177


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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 05/10/2013


Un rico patrimonio en torno a Jerez




Habitualmente, cuando nos referimos al patrimonio histórico o monumental de Jerez, tendemos a pensar en clave urbana, limitando así los elementos que integran nuestro rico legado a aquellos edificios, iglesias, monumentos, o jardines históricos que podemos admirar en la ciudad. Junto a ellos, conviene recordar que entre los Bienes Catalogados de nuestro municipio y de los de las localidades vecinas, aparecen otros muchos que se encuentran dispersos en distintos rincones de las campiñas y sierras cercanas. Una parte de ellos están amparados bajo el régimen de protección de Bien de Interés Cultural (B.I.C.), constituyendo en muchos casos un referente de primer orden en el paisaje en el que se enclavan y al que se encuentran vinculados por razones históricas y culturales. Así, a modo de ejemplo, no se conciben ya lo sotos y riberas del Vado de Medina sin los perfiles del Monasterio y del viejo Puente de Cartuja.

Al encuentro del patrimonio y de la historia.

Sin lugar a dudas, el más conocido de estos elementos relevantes de nuestro patrimonio es el Monasterio de La Cartuja, que fue ya declarado Monumento Nacional en 1856, el primero de nuestra provincia en gozar de esta calificación. De gran interés son también las torres, atalayas y castillos repartidos por la campiña, incluidos todos ellos en la categoría de “Monumento” y entre los que destacan el castillo de Berroquejo, el torreón de Torre Cera, las torres de Macharnudo, Gibalbín o Melgarejo, todas ellas en Jerez. Muy ligados a nuestra historia están también los castillos de Tempul y Gigonza, en San José del Valle, o el de Doña Blanca en las tierras portuenses de Sidueña. Por su singularidad, destaca en esta relación de Bienes Catalogados la Cueva de las Motillas, complejo de cavidades kársticas que albergan pinturas rupestres del paleolítico superior, ubicada en las proximidades de La Sauceda, en los confines más orientales del término municipal jerezano,

La base de datos del patrimonio inmueble del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico, incluye un buen número de yacimientos en los alrededores de Jerez y otras localidades cercanas entre los que figuran apasando por la Edad del Cobre, la Época romana o la andalusí.

Entre todos ellos merecen subrayarse Zonas Arqueológicas como la de Mesas de Asta, el Poblado de las Cumbres (en la Sierra de San Cristóbal) , o el Castillo de Doña Blanca, estas dos últimas en El Puerto. El yacimiento de Asta Regia, ubicado en la barriada rural de Mesas de Asta, duerme el sueño de los justos desde 1956, año en el que D. Manuel Esteve llevara a cabo la última campaña de excavaciones. Con presencia ininterrumpida desde el neolítico hasta el periodo califal de la época islámica, Mesas de Asta es un enclave de primer orden para conocer nuestra propia historia. Lo mismo puede decirse de la Sierra de Gibalbín, en cuyas laderas y cumbres se encuentran también importantes vestigios arqueológicos (La Mazmorra), al igual que sucede en otros muchos puntos del término. Como ejemplo mencionaremos los restos del antiguo acueducto romano de Tempul a Gades, una de las más notables obras de ingeniería de la antigüedad, que aún se conservan en algunos parajes de nuestras sierras y campiñas. Estos yacimientos merecerían ser investigados, conocidos y puestos en valor para que, como ya sucede en otros lugares de nuestro país, contribuyeran también al desarrollo de los núcleos rurales y el territorio donde se ubican.

Un singular patrimonio etnográfico y cultural.

Junto a los ya mencionados, queremos recabar la atención del lector sobre otros elementos de nuestro legado histórico y etnográfico disperso en la zona rural que, a nuestro modesto entender, debiera también contar con algún tipo de protección por sus valores singulares. Nos referimos, por ejemplo, al rico patrimonio ligado a la cultura del vino, a las viñas y las bodegas. Convendría a tal respecto, promover iniciativas como la que hace unos años planteara Casto Sánchez Mellado -“Jerez, Ciudad del Vino”- que incluía un completo estudio para que se declarase Bien de Interés Cultural, de manera genérica, al conjunto patrimonial, etnográfico y cultural ligado al vino.





En relación con estas cuestiones, consideramos también de gran interés las numerosas construcciones repartidas por la campiña (cortijos, casas de viña, haciendas de olivar…), magníficos ejemplos de arquitectura popular en unos casos, o edificios de gran valor arquitectónico en otros. Por citar sólo algunos de ellos, mencionaremos la casa de la Viña de Cerro Nuevo, el cortijo y Ermita de Salto al Cielo, vinculada en su día a La Cartuja, la Viña El Majuelo y el conjunto de edificaciones en torno a la torre de Macharnudo, o los cortijos de El Marrufo y La Alcaría, ya en el ámbito serrano de nuestro término.

Perdida ya la Ermita del Mimbral bajo las aguas de la presa de Guadalcacín, sería necesario proteger y restaurar como se merece la Ermita de La Ina, del siglo XIV y de traza mudéjar, que se encuentra muy alterada, fruto de diferentes intervenciones “urgentes” ante el estado de deterioro y abandono que padecía.



Muy ligadas también a la ciudad, las viejas Canteras de la Sierra de San Cristóbal, auténticas “catedrales subterráneas” como las definiera César Manrique, por su vinculación histórica a obras arquitectónicas de gran valor (catedrales de Sevilla y Jerez, casas señoriales del entorno de la Bahía…) y por sus propios valores, bien merecerían un mayor cuidado y una mejor protección antes de que acaben enterradas por escombros y basuras.

Desde nuestro interés por lo “pequeño” y por esos elementos que a veces pasan desapercibidos, no queremos olvidarnos del rico patrimonio etnográfico disperso en los cortijos, haciendas, casas de viñas y lagares repartidos por el entorno de la campiña. Muchas de estas edificaciones rurales conservan elementos singulares como forjados, rejas, veletas, paneles cerámicos y azulejos devocionales, pozos y abrevaderos, plazas tentaderos y plazas de toros, palomares,… que encierran también un notable interés patrimonial y etnográfico que conviene preservar y conocer.

Patrimonio hidráulico y obras públicas singulares.

Relativamente cercanos en el tiempo, pero no por ello de menor importancia histórica y cultural, los elementos patrimoniales ligados a obras de ingeniería o a la arquitectura industrial, están siendo protegidos en numerosos puntos del país. Tal vez, con esta misma consideración, debieran dotarse de algún tipo de protección a los distintos elementos del Acueducto de Tempul (1864-69) que se conservan a lo largo de sus 46 km. de recorrido (manantiales, estanques, depósitos, minas, puentes-acueductos, puentes-sifones, casetas de registro,..). Conviene recordar que pronto se cumplirán ciento cincuenta años de su construcción. Proyectado por Ángel Mayo, fue considerada durante décadas una obra de ingeniería ejemplar y tomada como modelo para otras obras de abastecimiento y traída de aguas. Uno de los puentes del acueducto, el de San Patricio en La Barca de La Florida (1925), se debe al ingeniero Eduardo Torroja, y fue la primera obra de nuestro país en la que se utilizó el hormigón pretensando. Aunque sólo fuera por esa razón, que la hace figurar en todos los trabajos de historia de la arquitectura, merecería ya su inclusión en el inventario de Bienes Catalogados como lo ha conseguido otra obra del mismo autor: la gran Bodega Tío Pepe, proyectada en 1960, un año antes de su muerte.

Construidos en el siglo XX, tienen también gran interés patrimonial los canales, puentes, sifones y acueductos vinculados a los regadíos del Guadalcacín; o las conducciones de agua potable del acueducto de Los Hurones, que pueden verse en muchos puntos de la campiña. Los sifones del Majaceite y Guadalete en la Junta de los Ríos, son sin duda las obras más notables y, como el puente atirantado de Torroja, están incluidos en el catálogo de Patrimonio Hidráulico de Andalucía. Aunque menos
relevantes, el puente-acueducto de los Llanos de la Ina, o los de Arroyodulce, el Zumajo y El Alamillo, el puente-arco de La Barca… son también algunas de estas obras a proteger por su estrecha vinculación con los paisajes de la campiña.

Junto a estas manifestaciones de la ingeniería y de la arquitectura industrial, no podemos dejar de subrayar los puentes sobre el Guadalete y el Majaceite. Entre los más antiguos, figuran aquellos de hierro, construidos con vigas en celosía y piezas unidas mediante roblones remachados y que aún sobreviven, luchando contra el óxido, el olvido y el vandalismo en Villamartín o en la Junta de los Ríos. Estos puentes (nuestros “Puentes de Madison”, si se nos permite la expresión) debieran ser protegidos o “salvados” como el que se rescató “in extremis” en el Puerto de Santa María sobre el Guadalete que proyectara Ángel Mayo para la línea del ferrocarril al Trocadero. El Puente de San Miguel en Arcos o el Puente de Hierro en La Barca, auténtico símbolo de esta localidad, han corrido mejor suerte y han sido objeto de restauraciones en estos últimos años, que debieran completarse mediante alguna medida de protección patrimonial.



Y dejamos para el final el Puente de Cartuja. Levantado en la primera mitad del siglo XVI, es el más antiguo que se conserva en la cuenca y el único construido con cantos. Auténtico monumento cuajado de historia, historia en sí mismo, ha sido objeto de una desafortunada restauración que tal vez le ha privado ya para siempre, de su posible reconocimiento como BIC. Un ejemplo de lo que no hay que hacer cuando de restaurar y rescatar nuestro patrimonio se trata.

Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 28/08/2013

 
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