Salimos y saldremos.
Un repaso a la historia epidemiológica de Jerez.




Hace justo un año, el 12 de abril de 2020, cuando apenas habían pasado unas semanas del inicio de la pandemia, el doctor José Rodríguez Carrión, escritor, docente e investigador, escribía un alentador artículo que con su optimista final, hacía un llamamiento a la esperanza en aquellos días de temor y confusión. Conocía como nadie la historia de las epidemias en Jerez y había escrito sobre ellas por lo que, sus aportaciones y opiniones fueron muy compartidas. Muy amablemente me permitió también publicar en este blog aquel celebrado artículo que ahora volvemos a reproducir y que en apenas una semana recibió más de 10.000 visitas. M. Ángel Borrego soto, Director de la revista de Historia de Jerez y compañero del C.E.H.J., contactó conmigo para que le pidiésemos a Pepe R. Carrión, en su calidad también de historiador de la medicina, un artículo más extenso para la Revista, sabedor de que era un gran especialista en este tema, encargo que Pepe asumió con gran interés... aunque no pudo terminarlo.
José Rodríguez Carrión, nuestro querido y recordado amigo Pepe, nos dejó el pasado 8 de septiembre pero sus trabajos, sus publicaciones y, especialmente su recuerdo de hombre de bien, siguen  muy vivos entre nosotros.

SALIMOS Y SALDREMOS. UN REPASO A LA HISTPORIA EPIDEMIOLÓGICA DE JEREZ

Por José Rodríguez Carrión, Médico.

Sí, así es, y confiemos así será. Muchas veces pasó Jerez calamidades, no como ésta, sino mucho peores, y de todas salió adelante. Ahora, si Dios quiere, también saldremos. No les quepa duda. La historia se repetirá y Jerez volverá a levantarse de lo que quede tras la epidemia. Volveremos a nuestra rutina, y en pocos años olvidaremos, una vez más, la gran enseñanza de esta y otras epidemias que diezmaron nuestra población y nuestra economía: que cuando se pierde la salud, todos lo demás que poseemos no es sino algo inservible, que de nada nos protege. Y cuando hayan pasado unos años y tengamos la vacuna, esto será una batallita más que contar a quienes nos sucedan y decirles… yo estuve allí, y sobreviví.

Pero por desgracia volveremos a olvidar la inversión en Salud Pública y en prevención, porque sus resultados no son palpables de inmediato y ningún político quiere invertir a futuro para que el rédito lo recoja otro cuando ocurra una calamidad. Olvidaremos de nuevo que un sanitario, de la especialidad que sea, es más importante para nuestras vidas que muchos famosos con sueldos impensables por entretenernos los domingos. Los sanitarios volverán a su quehacer diario, salvar vidas. Lo harán con sus salarios de miseria y seguirán formándose cada día a costa de su peculio para estar preparados cuando llegue otra de estas, que llegará (ojalá tarde, pero llegará), y suplir con sus conocimientos la ignorancia de quienes obligados por el cortoplacismo de sus estancias en el poder necesitan los votos de hoy, y no a los ciudadanos de mañana, que vaya usted a saber lo que votarán. Pero si algo demuestran las múltiples epidemias padecidas por Jerez a lo largo de su historia es que esta es cíclica y se repite, y siempre debemos, o al menos deberíamos aprender cosas:

La primera y más importante, que de todas ellas (la peste de 1348, 1518, 1600, 1648… las tercianas y cuartanas de 1784, la fiebre amarilla de 1800, 1804, 1820, el cólera morbo de 1834 y 1854, o la gripe de 1918), se consiguió salir y la ciudad cambió, con sus pros y sus contras, pero siguiendo adelante. De hecho, aquí estamos, ¿no? ¡No olvidemos eso… salimos y saldremos!

La segunda, que llámese Yersinia Pestis, Vibrio Cholerae, Fiebre Amarilla, Paludismo, Gripe o Coronavirus, ninguna de estas bacterias o virus distingue de clases sociales. Son por sí mismo igualitarias y nos demuestran que la salud sigue siendo lo más importante, te llames Bill Gates o Pepe Carrión. Así lo describió ya en noviembre de 1800, el anónimo autor del Manuscrito Riquelme que describió la terrible epidemia de Fiebre Amarilla que diezmó la ciudad de Jerez y en la que él mismo murió: “… dicen que pronto daremos a Dios acción de gracias, pero no paro de ver y oir pasar el carro de los muertos. Esta sí que es la Gran Justicia. Igual para todos. Mañana volverá la de los hombres, y de esta tomará ejemplo, pues no es posible que se olvide lo que estamos viendo y sufriendo”.

Hoy afortunadamente, al menos aquí, la cosa no llega a esos extremos, pero por los medios informativos sabemos que “el bicho” no entiende de clase social, credo, color de sangre ni rimbombancia de apellido. Afecta a todos por igual, o al menos así lo parece. Importante sería para sacar conclusiones y aprendizajes a futuro, que como preconiza la Dra. Traverso, al acabar esto, que ya va quedando menos, se analizará cómo afectó la epidemia en función del Código Postal en que se vive. Cosa distinta será que a los políticos les interese saberlo y más complicado, que quieran contárnoslo.

Peste, tercianas, viruelas...

La historia nos muestra que en epidemias anteriores, fueron los arrabales (collaciones de Santiago y San Miguel), donde se concentraban los temporeros que acudían a las labores agrícolas, los más azotados. Juan Daza, que vivió en primera persona la Peste que afligió la ciudad entre 1518 y 1523, lo narra así: “en el mes de abril andaba ya la pestilencia y se encendia asy como se enciende el fuego y como entro mayo cada dia yva creciendo en gran manera que un dia enterravan diez y otro dia treinta y… ovo semana que se enterraron quatrocientos cuerpos y mas… que unos ydos y otros muertos y otros huidos no avia gente ninguna enla cibdad…” ¿les suena?

Pues sí, de aquella, también salimos, para llegar a otra terrible, también de peste en 1600, en la cual falleció el Hermano Juan Pecador (hoy San Juan Grande) atendiendo enfermos en su Hospital de la Candelaria (La Salle de Cristina). Y trabajo no habría de faltarle, pues según las Actas Capitulares (AC) de julio de ese año, entre el 1 de abril y el 12 de junio, fueron afectadas más de 2.000 personas, y en las AC de 30 de agosto, se recoge que ya eran más de 5.000 los afectados. Y también se salió de aquello.

Y en 1648, de nuevo nos visitó la peste descrita por los médicos en las AC de marzo de 1649 de la siguiente escueta manera… “no ha habido barrio ni arrabal en que no haya munchos muertos y enfermos del contagio”. Sin embargo, también Jerez se recuperó de aquella calamidad. Y con la llegada de la Ilustración, se vivieron años más o menos saludables hasta la epidemia de tercianas y viruelas de 1785, que de nuevo puso de manifiesto la situación de la ciudad, descrita por los propios médicos como “… la extensión de sus términos, fertilidad de sus campos, y abundantes cosechas, con la falta de proporciones para la comodidad de la vida en la mayoría del vecindario… parece imposible unir riqueza y mendicidad… problema fácil de resolver, si reflexamos que Xerez produce la miseria de sus propias abundancias”. Y añaden algo que serviría para hoy “… si Xerez no tiene otro giro q.e su agricultura y en ella tiene todas su riquezas, si por ella se sostiene la mayor parte de su vecindario ¿qué será de esta quando aquella no la ocupe? ¿Qué se hará de tan gran porción del pueblo si se descuidan las Artes y se pone solo atención en la agricultura y cria del ganado? Perecer en la miseria, respondemos nosotros como ha sucedido en Xerez en la presente epidemia”.

Pero conseguimos salir también de esta, para enfrentarnos a la peor de todas: la Fiebre Amarilla. Diezmó la ciudad en 1800 y en menor medida varios años después.

Fiebre Amarilla, Cólera Morbo y Gripe Española.

Según datos de la propia Junta de Sanidad, enfermaron 46.000 personas y fallecieron más de 10.000. Si tenemos en cuenta de que según el Censo de Floridablanca de 1787, la población de Jerez en esa fecha era de 44.382 habitantes, darían por hecho que enfermó toda la población y falleció en torno al 20%. No sería extraño, teniendo en cuenta que el número de muertos de los que hay constancia documental fueron 5.491.

Maltrecho y renqueante, también salió Jerez de esta terrible epidemia, y de las siguientes, para afrontar la del Cólera Morbo de 1834 y luego la de 1854, en la que según nos cuenta el profesor Caro Cancela, enfermó casi el 10% de la población (4.437), y de estos murieron uno de cada cuatro. Como toda epidemia deja héroes, en esta ocasión, fue el alcalde Rafael Rivero de la Tijera quien lideró las medidas que hicieron posible el confinamiento, curación y posterior recuperación de la ciudad.

Ya en pleno siglo XX, será la denominada Gripe Española la que azotará la ciudad en 1918. Ahora, si no aquella, su prima hermana, lo hace cada año. Ahora la llamamos Gripe A, B o C, y cada año la esperamos para combatirla como mejor podemos. Ojalá en poco tiempo este virus coronado forme parte de ese calendario estacional para el que cada año nos preparamos.

Aislamiento, hospitales y sanitarios “héroes”.

La tercera enseñanza que debemos extraer de nuestra historia epidemiológica, es que siempre las medidas fueron similares: el aislamiento. Desde el cierre de las entradas de la ciudad en la peste, la fiebre amarilla o el cólera, a pesar de la oposición en ocasiones del gobierno central, hasta aventuras más osadas como la de aprovechar que El Puerto tenía peste en 1648 y había que protegerse, para construir un canal que unió los ríos Salado (S. Pedro) y Guadalete haciéndolos navegables hasta Cádiz y conseguir así llevar los productos para América sin pasar por el vecino. Así lo demuestra el interesantísimo documento “Discurso demostrable en desengaño de las causas que dieron motivo a abrir la comunicación de el Salado al río Guadalete”. Pero esa es otra historia de la que hablaremos otro día. Hoy, cada uno de nosotros hemos construido nuestra propia aduana en la puerta de nuestro hogar para protegernos de la infección. Pero a pesar de los miedos, la solidaridad hace cada día saltar esa muralla ficticia para preguntar al vecino si necesita algo, o para ayudar en lo que se pueda. ¿Cómo no vamos a salir de esta? ¡Y lo principal es que saldremos mejores!

Por último, las epidemias padecidas en Jerez nos dejan otra enseñanza. Los sanitarios siempre estuvieron a su suerte, siempre fueron unos héroes, y a pesar de caer unos tras otros en muchas epidemias (el 8 de febrero de 1649 se recogen en las AC que los médicos que entran a curar en el hospital mueren antes de cumplir el mes que se les paga por adelantado, y tras la epidemia de 1800 solo quedó un miembro de la Junta de Sanidad), siempre estuvieron, están y seguirán estando ahí, para garantizar nuestra salud aún a costa de la suya. Tiempo habrá de escribir sobre las condiciones en que lo hacen y medios con los que cuentan. Los jerezanos, siempre por delante, no paran de inventar y fabricar aquello que pueda protegerlos supliendo los déficits que puedan tener los gobernantes.

Tampoco el sistema hospitalario y su capacidad escapa al acontecer histórico, si bien aquí tenemos buenas noticias. A lo largo de los siglos hubo que ir construyendo sobre la marcha hospitales de campaña para acoger a los contagiados en las distintas epidemias. En el Tinte (zona de Madre de Dios) para los afectados de peste, en el Lazareto de las Cuatro Norias (Camino de Espera), para los de la fiebre amarilla.

De aquellas epidemias sacamos enseñanzas como la necesidad de evitar entierros por doquier y construir cementerios generales, como el que durante años se ubicó en el Muladar de Santo Domingo, o centralizar la acogida de enfermos en hospitales generales, como el de Santa Isabel, primero de esta guisa y predecesor del actual Hospital General. Un hospital que se ha mostrado preparado y capaz para lo que se venía encima, y que nos da la tranquilidad, junto a todos y cada uno de quienes de una u otra forma ayudan a hacernos la vida más fácil en estos días, de que una vez más en nuestra historia de las epidemias, los jerezanos salimos de aquellas, y ahora… ¡saldremos de esta!

Referencias documentales:
-Rodríguez Carrión, J. Estudio Epidemiológico de la Peste en Jerez 1648-1650. Tesis de Licenciatura. 1986.
-Ibidem. Medicina y Sociedad en el jerez de la Ilustración. Tesis Doctoral. 1993
-Ibidem. El Lazareto de la Cuatro Norias de Jerez de la Frontera. Premio J. León de Carranza. Real Academia de Medicina y Cirugía de Cádiz. 1983
-Ibidem. Jerez, 1800. Epidemia de Fiebre Amarilla. CEHJ. 1980
-Ibidem. Apuntes históricos del Hospital de la Candelaria de Jerez. Todo Hospital. 1984.
-Caro Cancela, D. El cólera Morbo en Jerez. La epidemia de 1854. Trocadero, 1 (3), 117-155. 1991.
-Sancho de Sopranis, H. Estracto de las ocurrencias de la peste que aflixió a esta ciudad (Jerez de la frontera) en el año 1518 hasta el de 1523, por Juan Daza. SEHJ, nº 1. 1938.


Publicado en Diario de Jerez el 12 de abril de 2020 y reproducido con autorización del autor, a quien agradecemos su cortesía.

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