El Molino de marea de Goyena.
Un paseo por las marismas de Las Aletas.




Para los amantes de los paseos tranquilos, por lugares escasamente frecuentados y de fácil recorrido, nada mejor que aventurarse por los parajes marismeños en torno a Jerez. Pese a tratarse de rincones cercanos a la ciudad, son por lo general poco conocidos y en su aparente monotonía de líneas horizontales y dilatadas vistas, albergan curiosas sorpresas. Como muestra de ello, proponemos a nuestros lectores una visita a las marismas colindantes con el Río San Pedro, a las que puede accederse por diferentes carriles y pistas que se abren en la carretera que une el Puente de Cartuja con Puerto Real, también conocida como “carretera de Bolaños”. Se trata de un camino milenario que conoció el paso de la Vía Augusta y, siglos más tarde, el de la Cañada Real de La Isla y Cádiz.

Un paseo por las marismas de Las Aletas.

En estos parajes de extensas marismas confluyen los términos municipales de Puerto Real, El Puerto de Santa María y Jerez. Son las tierras del Rincón de La Tapa, de Doña Blanca, de Las Salinas, de las marismas de Cetina, de las Aletas… que ocupan el antiguo estuario del Guadalete, colmatado por los aportes del río en los dos últimos milenios. A mediados de la década de los cincuenta del siglo pasado, el Instituto Nacional de Colonización puso en marcha un proceso de desecación y transformación de estas fincas con las que se pretendía compensar a los propietarios de los terrenos donde se instalaría la Base Naval de Rota. La vocación “salinera” y “marismeña” de estos espacios chocaría enseguida con los proyectos agrícolas que se saldarían con un solemne fracaso. De ello dieron cuenta en apenas dos décadas los canales destruidos, las compuertas inutilizadas, los campos desecados en los que afloraba la sal, la destrucción del entorno natural, las vastas soledades de estos terrenos que, si en un tiempo fueron marismas llenas de vida, en poco tiempo se vieron transformados en campos muertos.



Hace unos años se planearon nuevos usos para estos espacios en el sector de las marismas desecadas de Las Aletas, próximas a Puerto Real, un enclave donde llegó a anunciarse la construcción de un gran polígono industrial y tecnológico -que hoy sigue paralizado- y que contó desde el principio con la oposición de no pocos colectivos conservacionistas y ecologistas por afectar a suelos protegidos en el entorno del Parque Natural de la Bahía de Cádiz.

Un espejismo en las marismas: el Molino de Marea de Goyena.



Estos días en los que ya se muestran en el paisaje los signos de la primavera hemos vuelto a las marismas de Cetina y Las Aletas recordando la primera vez que, hace más de diez años, paseando por las orillas del río San Pedro vimos, como si de un espejismo se tratara, las ruinas del Molino de Goyena, perdidas, casi camufladas, en un recóndito rincón de estas vastas soledades del estuario. Se trata de un singular molino de marea cuya historia se remonta doscientos cincuenta años atrás.

A mediados del siglo XVIII, Cádiz, La Isla de León y su entorno, viven momentos de gran esplendor de la mano de la actividad comercial y militar ligada al traslado de la Casa de Contratación y a la omnipresencia de la Marina. En la década de los cuarenta de este siglo ya encontramos afincado en Cádiz a Juan Esteban de Goyena y Jijante. De origen navarro (Murillo el Fruto, 1707), Goyena ocupará el cargo de Director de las Reales Provisiones de Víveres de la ciudad de Cádiz y su Partido, como señala el investigador Julio Molina Font en su libro “Molinos de Marea de la Bahía de Cádiz”, de obligada consulta para acercarnos al conocimiento de este rico patrimonio, y al que recurrimos para trazar la historia de este molino.

Nuestro personaje es el máximo responsable de la intendencia de una ciudad que, con su cercana área de influencia, se cuenta entonces entre las más importantes del país. Ante las necesidades de víveres y provisiones, Goyena promueve la construcción de un molino harinero, cercano a la Bahía, para lo que en 1754 solicita permiso al cabildo de la villa de Puerto Real al objeto levantarlo en terrenos de propiedad municipal. El lugar elegido es una zona de esteros, el caño de la Marina, conectada con el Río San Pedro, un punto que se encuentra bien comunicado con las poblaciones cercanas a las que ha de abastecer y en especial con los puertos y embarcaderos de la Bahía.

La concesión se autoriza cediéndose 40 aranzadas para levantar un “molino de pan moler”, con sus almacenes y estanques, que aprovecharía la fuerza de las mareas para mover sus piedras. Aunque la navegación por el río San Pedro estaba vedada en la época, se atiende también su petición -“por razones de utilidad para la “Real Hacienda y al Común de la Villa”- de que puedan transportarse por el río los granos que constituirían su materia prima y las harinas fabricadas en el molino. Las barcas y barcazas, los inconfundibles faluchos de vela latina, los viejos candrays de dos proas… surcarán durante décadas el San Pedro y el Caño de la Marina en continuos viajes entre los puertos y el molino, aprovechando el flujo de las mareas, trayendo y llevando trigos, harinas y salvados.

Juan Esteban de Goyena desarrolló así una actividad industrial, que junto a sus cargos oficiales, debió procurarle una holgada posición económica (a juzgar por sus generosas contribuciones a la iglesia de su pueblo natal) y una distinguida posición social, de la que es un ejemplo su ingresó en la orden de Calatrava en 1757.

A su muerte, el molino y sus posesiones debieron pasar a su hijo Juan Antonio Goyena y Laiglesia quien fue también, como su padre, caballero calatravo. Hay constancia de que las propiedades de la familia fueron heredadas por uno de sus nietos, José Ramón de Goyena y Sayol quien aparece como contribuyente en Puerto Real en diferentes ejercicios entre 1829 y 1849, donde figura así mismo su tributación por varias casas, una posada, pinar y manchones. Tal como apunta Molina Font, en 1867 el molino deja de pertenecer a la familia Goyena y es arrendado por Francisco Chozas, pasando posteriormente a manos de don José Manuel Derqui Lozano, ultimo propietario conocido quien lo dedica a la pesca de estero.

Un molino de marea singular.



El molino, que inicialmente fue conocido con el nombre de su constructor, Goyena, era denominado en el último tercio del siglo XIX con el nombre de “La Albina” (1867), topónimo que hace alusión a los esteros o lagunas que se forman con las aguas del mar en las tierras bajas, como las del paraje en el que se enclava esta construcción. Posteriormente, y en alusión a uno de sus arrendatarios, fue conocido también como Molino de Chozas (plano del Catastro de 1897). Otro de sus nombres fue el de Molino de Galacho, nombre con el que se designan las barranqueras excavadas por el agua al correr por las pendientes del terreno. Cercano a Goyena todavía se encuentra el Arroyo Barranco de Puerto Real, tributario del San Pedro. Sea como fuere, el nombre de Goyena es el que durante más tiempo (más de un siglo) ha identificado a este curioso molino de marea de seis piedras.

En su entorno, donde hoy sólo vemos las marismas desecadas de Las Aletas, estuvo también el “Pinar de Goyena” y, en dirección a la Dehesa de Las Yeguas, el “Bosque de Goyena”. Todos estos significativos topónimos pueden descubrirse en el mapa “Contornos de Cádiz” de Francisco Coello (1868) perteneciente al "Atlas de España y sus posesiones de ultramar" que este cartógrafo elaboró como complemento del "Diccionario geográfico-estadístico-histórico" de Pascual Madoz (1845-1850). El citado mapa nos muestra la zona donde se enclava el molino de Goyena en un momento en el que acababa de construir el primer puente colgante sobre el río San Pedro (1846) o las líneas férreas de Jerez al Trocadero (1856) y de Jerez a Cádiz (1861). Y junto a todo ello, testigo del progreso que avanza deprisa por estas tierras, el viejo molino de marea que cuenta ya en sus piedras cuando Francisco Coello traza su preciso mapa, con más de un siglo de existencia.



En la actualidad, si el paseante se acerca a las ruinas del Molino desde Las Aletas, descubre aún en pie, sobre el antiguo caño de La Marina, alimentado por las aguas mareales del río San Pedro, restos de sus muros, y edificaciones, tajamares, arcos, embalses... Dejemos que Molina Font, nos lo describa: “La sala de molienda tenía forma rectangular con varias edificaciones añadidas en su cara suroeste que servirían como vivienda del molinero y almacenes de granos.



Estaba construida su fábrica de piedra ostionera de cantería. En la actualidad se conserva toda la estructura de los bajos del molino como cárcavos y canal de entrada custodiados de elegantes tajamares de forma de medias pirámides. El muro de cerramiento situado en su cara oeste todavía se sostiene en pie gracias a los tajamares... que le sirven de contrafuertes, abriéndose en él tres vanos de ventanas, uno pequeño y dos de mayor tamaño. Este molino constaba de seis piedras molturadoras y un arco como canal de entrada de agua que se encuentra a la derecha de su cara oeste, construido como todo el edificio de piedra de cantería sobriamente talladas
”.

Si visitamos el lugar en la bajamar podemos hacernos una idea del funcionamiento del molino. En su parte trasera, aguas arriba del caño, pueden apreciarse los muros que rodeaban el embalse donde se retenía el agua con la pleamar. Al bajar la marea, comenzaba el vaciado del agua retenida conducida por los pequeños tajamares interiores (que aún se conservan) hacia las bocas de entrada de los saetillos, que aparecen aquí tapados por pequeñas compuertas. Los saetillos eran las estrechas canalizaciones por donde las aguas vaciantes circulaba a gran velocidad aprovechando la corriente originada por el desnivel existente en la bajamar. El chorro incidía a gran presión, de forma tangencial, sobre los álabes o palas del rodezno, una rueda metálica que al girar trasmitía el movimiento a la piedra situada en su parte superior, ya en la sala de molienda.



Con cada pleamar se llenaba de nuevo el embalse y en cada bajamar podían entrar de nuevo en funcionamiento los rodeznos y las piedras, con lo que los molinos, como este de Goyena, tenían energía asegurada de manera cíclica, cada seis horas de acuerdo al ritmo de las mareas.



Con todo, la parte más llamativa del molino es la fachada delantera de la sala de molienda, donde se albergaron seis piedras, que aún se mantiene en pie gracias a los sólidos y curiosos tajamares, labrados en grandes bloques de piedra ostionera que han sobrevivido al paso de los siglos. Junto a ellos se aprecian también los muros de la ría hasta la que llegaban los faluchos y los candrays cargados de trigo y partían llevando la harina a los puertos cercanos o a los grandes barcos anclados en la bahía.

En uno de los flancos aún se aprecia el pequeño muelle de embarque, construido con grandes sillares a modo de graderío.

A través de los vanos del muro, por los huecos de las ventanas de lo que fue su sólido edificio, se recortan al fondo, los perfiles de los bloques de apartamentos de Valdelagrana, la Bahía de Cádiz, las soledades de la marisma...

En estos tiempos se habla mucho de poner en valor el patrimonio histórico, arquitectónico y etnográfico de nuestros espacios naturales, como un recurso que podría atraer el turismo cultural y como complemento a la oferta de sol y playa ya existente en la Bahía. Por esta razón, creemos que pueden ser también el momento de recuperar el viejo Molino de Goyena, como se ha hecho con el existente en El Puerto



de Santa María. Antes de que el tiempo y la desidia arruinen definitivamente sus muros, podría acometerse su restauración, la regeneración de su entorno, el rescate de su historia... De esa historia que durante siglos han escrito los molinos de marea de la Bahía que hoy conocemos mejor gracias a trabajos como los de Julio Molina Font.

Para saber más:
- Molina Font, Julio (2001): Molinos de Marea de la Bahía de Cádiz (siglos XVI-XIX). Consejería de Medio Ambiente. Junta de Andalucía. Pgs. 92-96.
- Diccionario Geográfico Estadístico Histórico MADOZ. Tomo CADIZ. Edición facsímil. Ámbito Ediciones. Salamanca, 1986. Incluye el mapa de Francisco Coello: “Contornos de Cádiz”. Mapa escala 1:100.000.


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El molino de marea de El Puerto de Santa María

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 16/03/2014

Un rincón olvidado de La Cartuja.
El humilladero y el mirador sobre el Guadalete.




Como es conocido, el monasterio de la Cartuja de Santa María de la Defensión fue considerado desde antiguo como un conjunto arquitectónico y artístico de gran valor, habiendo sido el primer Monumento Nacional (1856) declarado en nuestra provincia. Iniciada su construcción en el último cuarto del s. XV, sus siglos de gloria dieron paso, a un progresivo deterioro, que se inicia con la invasión napoleónica y se continúa con la marcha definitiva de los monjes tras la desamortización de Mendizábal. Durante más de un siglo, el monasterio sufrirá en sus edificios los estragos del tiempo, el vandalismo y la desidia de todos.



Como no podía ser de otra forma, si el abandono y la ruina se apoderaron del cenobio, los elementos exteriores del conjunto monumental se llevaron, tal vez, la peor parte. Con la vuelta de la comunidad cartujana en 1948, se comenzó una lenta reconstrucción y recuperación que afectó especialmente a las dependencias religiosas que quedaban dentro del recinto murado que protegía al monasterio. Sin embargo, poco pudo hacerse ya por el deterioro y aún la destrucción de las tapias que rodeaban la antigua Huerta de la Cartuja, de las “Puertas del Campo”, del molino de aceite o de algunas construcciones y elementos singulares como el “mirador” y el humilladero levantados extramuros, muy próximos al río.

Hace ya casi veinte años, cuando recorríamos las riberas del Guadalete aguas arriba de La Corta, a la altura de un recodo en ángulo recto que forma su cauce a los pies del Monasterio, nos sorprendió lo que parecía ser una extraña columna inclinada, de pequeñas dimensiones, que asomaba entre la vegetación en la cúspide de un mogote rocoso que se levanta apenas a treinta metros de la orilla del río. Cuando nos acercamos, no sin dificultad, abriéndonos paso entre los arbustos espinosos de Solanum bonariense que lo cercaban, reconocimos los restos de lo que pudo haber sido un crucero. Lo confirmamos después, al consultar antiguos planos y grabados de las dependencias del Monasterio que señalaban en este punto la existencia de un pequeño humilladero. A escasos metros de él se levantaba un mediano edificio, de planta rectangular y tejado a dos aguas, que se conocía como “Casa del guarda”, un antiguo mirador que amenazado por la ruina, aún conserva memoria de la hermosa dedicación que un día tuvieron sus estancias. Algo más lejos, sobresaliendo tras los altos muros que cercan el monasterio, mostrándonos aún toda su solidez de antaño, despuntaba una llamativa construcción en ladrillo: la torre de contrapeso del que fuera molino de aceite de La Cartuja.

Hace unos meses, cuando de nuevo volvimos a pasear por las orillas del río, quisimos “rescatar” la memoria de este lugar antes de que acabe perdiéndose definitivamente que es lo que pretendemos evitar, modestamente, con estas breves notas.

Un mirador asomado al río y la Bahía.



No conocemos a ciencia cierta cuando fueron construidos el molino, el mirador o este sencillo humilladero, aunque creemos que, al ser todos ellos edificios exteriores al monasterio, bien pudieran haberse levantado en la segunda mitad del siglo XVI o a comienzos del XVII, si bien todos sufrieron luego modificaciones. De algunos de ellos nos da pistas el Padre Rallón en su Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera, a mediados del XVII. Así, tras describir las principales dependencias del monasterio apunta que (el entrecomillado es nuestro):

(…) De esta plaza se baja a la huerta que es en la vega del río, donde se crían algunos árboles frutales y lo más de ella está poblado de diversas hortalizas para el gasto de la casa, todo regado con una azacaya sacada del río o del Salado que le sirve de cerca, y encima de ella, en el mismo ribazo en que está fundada la casa, está fundado un humilladero con un mirador labrado para esparcimiento de los religiosos donde se salen los días que les permite aflojar algún tanto la cuerda de su extremada observancia: son dos piezas una en otra muy hermosas y dilatadas. La primera es un soportal con mármoles blancos con sus poyos, y la segunda una espaciosa sala con sus asientos, donde se sientan en conversación al modo que los Padres del Yermo tenían sus juntas y colaciones…” (1)

Este mismo paraje es descrito también, dos siglos más tarde, en Noches Jerezanas (1839), por el historiador local Joaquín Portillo que, literalmente, plagia sin citarlo lo escrito por Fray Esteban Rallón. Juzguen ustedes:

De esta plaza se baja a la huerta que está en la vega del río, y cría algunos árboles frutales, aunque su primer destino era para la producción de la hortaliza necesaria para la casa. Toda ella es regada con una azacaya ó ramal que sale del río Salado que le sirve de cerca; en la parte superior de ella ó sea el ribazo en que está fundada la casa se formó un humilladero con su mirador que servía al recreo de los monjes en los días que les era permitido salir a él” (2).

En la descripción de Rallón se aportan interesantes datos que nos ayudan a interpretar el paisaje actual y sus elementos más relevantes, casi cuatro siglos después de que él los contemplara. Aunque no menciona la torre del molino (tal vez, obra posterior) si apunta ya la existencia del mirador que ha sufrido desde entonces algunas transformaciones importantes, tal vez para su adaptación a “casa del guarda” a la que fue destinada durante un tiempo. La primera de las estancias, que con sensibles cambios aún se conserva, es una sala cerrada, con ventanas a la huerta, en la que aún se adivinan los “poyos”, es decir, los bancos corridos arrimados a la pared, donde los cartujos se sentaban a conversar. Es curiosa la expresión “padres del Yermo”, referida a los monjes, pues con ella se hace alusión en el cristianismo a los primeros eremitas y anacoretas (“Padres del Desierto”), a los que Rallón compara con nuestros cartujos. La segunda dependencia era el mirador, propiamente dicho, abierto al mediodía, a modo de soportal con ventanales abiertos, coronados por arcos de medio punto sujetados por columnas de mármol blanco. Estos huecos fueron tapiados, si bien en su fachada aún se aprecian con nitidez, por el resalte de sus arcos en ladrillo, cuatro ventanas de 2,30 m de anchura y algo más de 3 m. de altura que guardan en sus enjutas la decoración de azulejos original. Son los “soportales” a los que alude Rallón en su descripción y que se cubrieron para transformar esta estancia abierta en un espacio cerrado. Desde su única ventana aún se contemplan magníficas vistas, limitadas ahora por la espesa arboleda del río. No en balde este fue el motivo de su elección: servir de distracción, de lugar de esparcimiento y de ocio a los monjes en esos escasos días “que les permite aflojar algún tanto la cuerda de su extremada observancia”.

La casa-mirador está orientada al sureste y desde ella se obtenían las mejores perspectivas que podían contemplarse desde el monasterio. En primer término permitía una muy cercana visión del Guadalete. Sus riberas, desprovistas de los eucaliptos que hoy casi ocultan la lámina de agua, quedaban entonces expuestas a la contemplación, mostrándose también un tramo recto del río hasta más allá de La Corta, lugar donde se encontraba el primitivo embarcadero de la ciudad que sería después trasladado a la aldea de El Portal. A lo lejos, la vista transportaba a los monjes hasta la Bahía de Cádiz. Así lo relata el propio padre Rallón al describir los horizontes que se contemplan hacia el mediodía:

Está fundada esta insigne fábrica sobre el ribazo del río Leteo, hoy Guadalete, que la baña por el medio día. Está situada a los cuatro vientos con alguna declinación al oriente, para gozar en invierno, más temprano, de las influencias del sol. Por esta parte del mediodía se descubre un dilatado horizonte, que fenece en el mar océano sin que algunos cerros que tiene, a un lado y a otro, le estorbe su dilatada vista que, a distancia proporcionada, alcanza ver la ciudad de Cádiz, descubre su bahía y registra sus embarcaciones” (3)

De nuevo Portillo, en sus Noches Jerezanas, al describir el lugar en 1839, dos siglos después que Rallón, vuelve a “copiarle” (sin citarlo) las mismas ideas. Compruébenlo:

La nunca vien elogiada obra de la Cartuja, monumento de la piedad de nuestros mayores, está situada sobre el ribazo del célebre río Gaudalete que le baña por el mediodía. Lo está también a los cuatro vientos, aunque declinando un poco sobre el oriente para paticipar en los inviernos de las bellas influencias del sol. Por la parte del mediodía se descubre un dilatado oriente que fenece en el mar occéano, sin que alguunos cerros que tiene por uno y otro lado le nieguen la dilatación de sus vistas que llegan hasta el punto de poder contemplar y distinguir las embarcaciones”. (4)



Sea como fuere, nuestro escritor decimonónico acierta de pleno al expresar la paz que se respira en este paraje, lo que se siente en este lugar al que los cartujos acudían a conversar y a distraerse contemplando el paisaje: “… Aquí se embelesa el alma hasta el punto de apetecer no perder jamás de vista unos sitios tan amenos y deliciosos que parece fueron formados para que los habitasen los ángeles de la soledad, ó los santos moradores del yermo”. (5). ¿Les suena lo de “los santos moradores del Yermo”?.

El humilladero del río.



Pero los padres cartujos no sólo acudían a este apartado rincón, junto al río, a contemplar el paisaje. Éste era también un lugar de recogimiento y de oración en el que se erigio un crucero, un humilladero.

Es sabido que la Cartuja contó con varias cruces repartidas por distintas dependencias del monasterio. La más conocida es la denominada Cruz de la Defensión, que todavía se conserva en los jardines exteriores situados delante de la monumental portada de acceso, obra esta última de Andrés de Ribera. El profesor Aguayo Cobo, que ha realizado un completo estudio de este crucero, apunta también como el historiador H. Sancho de Sopranis cuestiona que esta sea la cruz del Humilladero, mencionada en las fuentes documentales, toda vez que existieron también otras cruces junto al estanque de los galápagos o en el jardin del claustro (6). Y a todas ellas hay que añadir el sencillo crucero del que hoy nos ocupamos, cuyos restos se conservan cerca del río en el exterior de los muros del monasterio.

A buen seguro que este pequeño humilladero, menos ostentoso y monumental que los mencionados, gozó de las visitas de los monjes por lo apartado y recogido del paraje y el atractivo de sus vistas. Para su construcción se aprovecho la cúspide de un mogote rocoso de empinadas paredes, muy cercano al río. Este mirador natural ha sido tallado por el río dando lugar a un montículo en cuyas paredes sobresalen bloques de rocas de yeso engastados en las margas abigarradas y rojas de edad triásica.

En la descripción del antiguo Monasterio de la Cartuja de la Defensión que en su inventario de Patrimonio Inmueble de Andalucía presenta el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico, se menciona esta singular obra, junto a la vecina “casa del guarda” o mirador, diciéndose de ellas que: “

Por último habría que añadir aquí, a pesar de encontrarse al sur del claustro de los legos, el molino de aceite y la casa del guarda de la huerta. El primero, en estado de abandono, responde a la estructura de molino de hacienda de olivar, con una nave rectangular para la viga y un espacio cuadrado que corresponde a la torre de contrapeso. Al exterior, destaca el volumen de esta última, con tejado a cuatro aguas y especie de pináculos como remate. La casa del guarda por su parte, posee planta rectangular, con sencilla viguería como cubierta. Al exterior presenta sus muros ornamentados con arcos en resalte de ladrillo y decoración de triángulos con azulejos en sus enjutas. La cubierta exterior es a dos aguas. Como último elemento a tener en cuenta en el edificio conviene señalarse el humilladero, el cual presenta una sencilla estructura cuadrada con cuatro alturas distintas a modo de escalones, que culmina en un cuerpo circular con casquetes y otro hexagonal, y finalmente una cruz, hoy inexistente”.

El paseante que recorra las orillas del Guadalete puede aún comprobar que el humilladero es una sencilla obra que aún nos muestra con claridad su primitiva estructura, pese a los estragos del tiempo. El conjunto se asentaba sobre cuatro basas octogonales (y no cuadradas, como indica la ficha del IAPH) dispuestas a modo de gradas. La mayor de ellas, en la que se apoya toda la obra, tiene 1 55 cm de lado y es también la de mayor altura (55cm). Las otras van decreciendo en dimensiones (115, 95 y 78 cm. respectivamente) a la par que disminuye también la altura de los escalones que dejan entre ellas (27, 19 y 15 cm. respectivamente). El mortero del que están construidas presenta en superficie un tratamiento especial a imitación de ladrillos que puede haber sido añadido posteriormente.

Sobre estos peldaños se levanta un casquete esférico, labrado en una llamativa piedra negra, con ocho caras de 55 cm de lado en su base y 50 cm. de alto, en cuya parte superior entronca un prisma octogonal, del mismo material, que culmina con unas molduras y una pequeña semiesfera sobre la que en su día se alzaría la cruz, hoy perdida. Este último cuerpo tiene un metro de altura, por lo que todo el conjunto que hoy se conserva -sin la cruz- alcanzaría una altura total aproximada de 2,60 m.

En la actualidad, las basas se han agrietado, tal vez por fallos en su cimentación y por la acción de las raíces de los arbustos que han crecido entre ellas (esparragueras, S. bonariense, higueras, hinojos…) y que hemos podido retirar casi en su totalidad. Como consecuencia del deterioro de la base, el cuerpo superior ha perdido parte de su apoyo y se muestra inclinado, con riesgo de desprenderse.

Caballos junto al Monasterio de la CartujaHacer zoom sobre la imagen

Con todo, el encanto del lugar aún se mantiene, pese a la construcción en las orillas del río de una caseta para la extracción de agua muy cerca de este rincón. Por eso, cada vez que paseamos por las riberas del Guadalete, hacemos un alto a los pies del humilladero y del mirador de los cartujos para evocar aquellas tardes en la que los monjes acudían aquí y, “aflojada la cuerda de su extremada observancia”, conversaban entre ellos plácidamente mientras su vista se perdía, río abajo, hacia los lejanos horizontes de la Bahía.

Para saber más:
(1) Rallón, E.:
: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, . Ed. de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. IV, p. 174..
(2) Portillo, J.:: Noches Jerezanas. Tomo Segundo. . Imprenta de D. Juan Mallén. Jerez.
(3) Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez… vol. IV, p. 174.
(4) Portillo, J.:: Noches Jerezanas…. . Pp. 180-181.
(5) Portillo, J.:: Noches Jerezanas…. . Pp. 183.
(6) Aguayo Cobo, A.:: Arquitectura religiosa del renacimiento en Jerez II. Cartuja de la Defensión. Convento de Santo Domingo. .UCA, 2006, pp. 23-24.


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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 09/03/2014

 
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