En el mirador de la Sierra de Cádiz.
Un paseo por el Monte Albarracín (1).




Entre Benamahoma y El Bosque, ceñido por los ríos Majaceite y Tavizna, se alza el monte Albarracín, un lomo alargado en dirección Norte-Sur integrado por cerros calizos que llegan a alcanzar en su punto más alto 975 m. de altitud. El recorrido que hoy les proponemos, partiendo desde Benamahoma, es una de las muchas vías posibles para acceder a la cima de este monte desde la que obtendremos magníficas vistas de muchos rincones de este sector de la provincia, y en especial de las cumbres de la Sierra del Pinar, que se alzan cercanas frente a nosotros. No en balde, muchos denominan al Albarracín como el “mirador de la Sierra de Cádiz”.

Saliendo de esta población en dirección a los Llanos del Campo, y poco antes de llegar a la Fuente del Descansadero, la carretera da una curva pronunciada a la izquierda. Justo en este punto, a la derecha, veremos una cancela verde junto a una cabreriza, lugar donde se inicia la senda de acceso al Albarracín.

Salvo en su tramo final, donde el paseante encontrará las mayores pendientes, el camino no presenta grandes dificultades para salvar los 2,5 km que nos separan del vértice geodésico del Albarracín, en cuyo recorrido invertiremos poco más de dos horas (ida). Los hermosos parajes que atraviesa, los restos de antiguas casas aisladas en el monte, las magníficas vistas que contemplaremos y el encuentro con la historia de este rincón serrano a buen seguro que compensaran el esfuerzo invertido en la travesía.

Caminando entre el bosque.



Iniciamos nuestra ruta una soleada mañana de finales de primavera dejando atrás la cancela que marca el inicio del camino. Un cartel nos aconseja que no abandonemos los senderos ya que el lugar es frecuentado por cazadores, siendo preciso atender las indicaciones que nos previenen de ello. Un joven cabrero sale a nuestro encuentro y aprovechamos para charlar con él sobre su trabajo y sobre el éxito de los quesos de la serranía de la mano de los conocidos “payoyos” que, a su entender, no se ha traducido en un incremento en el precio de la leche, “que se sigue pagando igual de mal que siempre”. Dejando el cercado de ganado a nuestra derecha, retomamos el camino que en estos tramos iniciales se encuentra bien marcada por el paso frecuente de vacas y cabras y, en menor medida, de cazadores y senderistas.

La vereda asciende suavemente entre el roquedo calizo de las faldas del monte Albarracín sombreada por la copa de grandes encinas, algarrobos y quejigos que forman en estas empinadas laderas de umbría un bosque cerrado. Al poco, apenas ganamos algo de altura, divisamos a nuestra derecha el pueblo de Benamahoma. La senda serpentea ahora entre grandes bloques rocosos, apreciándose en algunos lugares pequeños muretes de piedra que sujetan algunas rampas y que antaño facilitaban el paso de las bestias de carga, habida cuenta de que por este tramo inicial subían los arrieros y carboneros hasta la cercana Casa de las Zahurdas.

En una de las vueltas del camino, se abre a la izquierda una pequeña oquedad en la pared rocosa, un abrigo que en tiempos pasados debió de servir de refugio a los pastores. En otra, el tronco de una gran encina arrancada por el viento, corta parcialmente el paso. Por muchos rincones, vemos pacer las vacas que en sus idas y venidas trazan por todas partes pequeñas sendas que pueden confundirnos en este tramo del camino, donde habremos de estar atento a algunos hitos de piedras apiladas que nos indican en todo momento la dirección correcta.



A medida que vamos ascendiendo podemos contemplar, a vista de pájaro, el blanco caserío de Benamahoma con el telón de fondo que ponen las moles de la Sierra del Labradillo y la Sierra del Pinar. Entre ambas montañas, se apuntan las cumbres de Zafalgar donde despunta el cerro del Pilar.

En la Casa de las Zahurdas.

Cuando apenas llevamos media hora de camino y hemos recorrido unos 800 m. desde que iniciamos la ruta, el boque se aclara y deja paso a una suave ladera con prados, entre los que vemos ejemplares aislados de encinas, lentiscos, algarrobos o espinos y que nos anuncian la cercanía de la Casa de las Zahurdas. Al poco, descubrimos los restos de esta antigua vivienda rural, a la izquierda del sendero, en un hermoso paraje donde crece un bosquete de grandes eucaliptos, plantados aquí por los últimos vaqueros que habitaron la casa, hace unos cuarenta años.



La de las Zahurdas era una típica casa serrana entre cuyas ruinas aún es posible descubrir algunos de los elementos que caracterizaban a estas construcciones aisladas en el monte, que aún se conservan en muchos rincones de la Sierra. Por su aspecto y tipología, debió edificarse en la segunda mitad del siglo XIX, tiempos prósperos para las Huertas de Benamahoma en los que se levantaron también molinos, batanes y martinetes. La casa ya figura en uno de los primeros mapas trazados sobre la zona, el de geólogo Juan Gavala Laborde, en 1917. Un año después, cuando se publica la primera edición del Mapa Topográfico Nacional, también se recoge esta casa con este topónimo de “Las Zahurdas”, que apunta su origen ganadero.

Sus muros, aún en pie, delatan que fue una casa grande y espaciosa, de dos alturas, con graneros, habitaciones, cocina, cuadras y establos… Entre otros mucho detalles, se conservan en ella algunas rejas y ventanas, los restos de la bóveda de un horno de pan, los huecos de sus alacenas o lo que debió ser un curioso fregadero de barro vidriado… El tejado, arruinado ya, aún deja ver la clásica teja árabe dispuesta en dos hileras, para combatir mejor el impacto de la lluvia sobre los muros, a la manera que aún hoy podemos ver en muchas viviendas serranas.

Junto a la casa se conservan pequeños muros de piedra que forman rellanos aterrazados y que en su día debieron acoger pequeños huertos. Se descubren también algunos árboles frutales, destacando entre todos ellos un llamativo almendro cuyo tronco retorcido, modelado tal vez por el abrazo implacable de las hiedras, nos recuerda a las columnas salomónicas.



En las cercanías de la casa hay un gran pozo que mantiene un buen nivel de agua, con el que se alimentaba un pilón donde en otros tiempos abrevaba el ganado. En los últimos años se le ha añadido una de esas “bañeras” omnipresentes en todos los rincones serranos, que tanto afea la escena campestre. Muy próxima a las ruinas hay también otra pequeña construcción junto a la que encontramos un segundo pozo, sombreado por encinas y algarrobos, algo más pequeño que el anterior, pero más rústico y profundo, junto al que se conserva un viejo pilón de piedra tallado de una pieza en un gran bloque de piedra caliza. En los alrededores de Las Zahúrdas pueden verse restos de otras construcciones. Así, unos 150 m ladera arriba se adivinan los muros de una cabreriza, todavía en uso, y unos 200 m vaguada abajo, en dirección sureste, se encuentran las ruinas de otra casa.


Todo ello no hace sino confirmarnos como hace apenas medio siglo, muchas familias vivían del monte y del bosque. Este paraje, de suaves laderas y hermosos prados salpicados de árboles y rodeado de montes escarpados, tiene un encanto especial y a pesar de estar algo aislado, debió de ser un lugar más frecuentado en tiempos pasados para los arrieros que transitaban entre las cercanas Huertas de Benamahoma y las de Tavizna. A estas últimas, situadas a menos de 3 km en dirección sur, llegamos siguiendo la vaguada que se forma a los pies de la Casa de las Zahurdas y que se entalla entre las faldas del Cerro Ponce (a la derecha), y el lomo rocoso conocido como Albarracinejo (a la izquierda).

Caminado por el monte.

Después de un pequeño descanso retomamos nuestra ruta dejando atrás este apacible paraje, para subir desde aquí hasta el pequeño lomo que corona los prados en dirección al monte Albarracín, que ahora se nos oculta parcialmente. Dejamos atrás la Casa de las Zahurdas, arruinada en los últimos quince años, recordando con nostalgia los tiempos en los que aún estaba habitable y conservaba sus techumbres, tal como nos muestra la fotografía de 1988, cedida por nuestro amigo José Manuel Amarillo.



En nuestro camino pasamos por la cercana cabreriza, aún en uso, donde se encierra el ganado que vemos pastando por los alrededores. Ascendemos ahora por una suave ladera en la que afloran los estratos rocosos de calizas liásicas, casi verticales, que forman estas sierras. Desde lo alto se nos ofrece un hermoso espectáculo y, si volvemos la vista atrás, admiraremos frente a nosotros las imponentes cumbres de la Serranía de Grazalema entre las que sobresalen, de izquierda a derecha, la Sierra del Labradillo, la de Zafalgar, el collado donde se abre el Puerto del Pinar, la mole del Torreón presidiendo la Sierra del Pinar y las cumbres del Endrinal, por citar sólo los relieves más sobresalientes que constituyen las mayores alturas de la provincia y el núcleo montañoso del Parque Natural de la Sierra de Grazalema que desde aquí contemplamos en la cercanía.



En dirección este se levantan ante nosotros las empinadas faldas del Monte Albarracín, a la derecha, y del Cerro Ponce, unido al anterior, algo más a la izquierda. Ambas cumbres se encuentran separadas por un amplio collado por el que discurre la senda que nos llevará hasta las cumbres. Abundan en estas laderas encinas, algarrobos, acebuches, lentiscos, espinos…, parasitados estos últimos, en muchos casos, por el inconfundible muérdago. Algunos de estos arbustos han adoptado un inusual porte arbóreo y, como podrá comprobar el paseante, presentan una curiosa copa de forma aparasolada, modelada por el ramoneo de vacas y cabras que en las épocas en las que el pasto escasea, aprovechan también los brotes tiernos de las ramas de lentisco, de espino o de labiérnago. Como nos decía un pastor, “en los años secos, cuando escasea el forraje, el ganado se come hasta la leña”.
(Continuará)...

Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Otras entradas relacionadas: Parajes naturales, Rutas e itinerarios, Paisajes con Historia.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 11/06/2017

Bosques-isla en los “mares” de la campiña.
Un paseo por nuestros “oasis” forestales entre tierras de cultivo.



Antes que los viñedos y los olivares, antes que el monte bajo y las dehesas, mucho antes de que las lomas y las tierras llanas se transformasen en cultivos y labrantíos, en el paisaje de nuestro entorno predominaban las formaciones vegetales propias del bosque mediterráneo. Pinares, encinares, alcornocales, quejigales, acebuchales, bosques de ribera… ocupaban aquí y allá, en función de las características del suelo y la humedad, cerros y lomas, valles y llanos.

Siglos de intervención humana sobre el medio natural, en especial desde la romanización hasta nuestros días, han provocado cambios sustanciales en el territorio y el paisaje de la mano de las progresivas roturaciones y de la imparable extensión de la agricultura y la ganadería. Ello ha traído como consecuencia que en el marco de la campiña, los espacios forestales se fueran fragmentando, alterando y reduciendo hasta llegar, casi, a desaparecer.



Pese a todo, aún se conservan reductos de vegetación, “oasis” forestales, que como auténticos “bosques-isla” permanecen a duras penas entre el “mar” de terrenos agrícolas de nuestras campiñas. Mientras que en unos casos se trata de espacios naturales en los que sobreviven especies arbóreas y arbustivas autóctonas propias de nuestro entorno, en otros encontramos bosquetes fruto de repoblaciones llevadas a cabo en los últimos cincuenta años. El caso es que allí están, resistiendo a pesar de todo, para recordarnos que en esos paisajes en los que hoy vemos grandes extensiones de cereal hubo en otro tiempo encinares, que donde hoy prospera el viñedo, crecían bosques de acebuches y algarrobos, que los llanos donde se cultiva el algodón, estuvieron un día cubiertos de frondosos pinares.

Los bosques-isla, aunque reducidos a su mínima expresión, juegan un papel ecológico fundamental al actuar como reservas y refugio de la vegetación natural, la flora y la fauna silvestre de nuestro territorio, de cuyo antiguo esplendor son fieles testigos. Junto a ello, aportan a los paisajes tantas veces monótonos de los cultivos agrícolas y a la uniformidad de los horizontes de sembrados, una vistosa diversidad, variedad y contraste de formas y colores que los enriquecen y los hacen más atractivos.

Los bosques-isla de la campiña de Jerez.

Afortunadamente, de un tiempo a esta parte, se están considerando los recursos naturales y paisajísticos de nuestro entorno como un elemento importante a conservar, proteger y potenciar y, en territorios como nuestra campiña, se han empezado a reconocer los valores que aportan los “bosques-isla”.

Una primera catalogación y estudio de los mismos se llevó a cabo con la publicación en 2001 de un estudio de gran interés que vio la luz también en formato libro: “Bosques-isla de la provincia de Cádiz” (1). En él se da cuenta de un primer inventario de estos espacios naturales, que representan auténticas “islas de vegetación rodeadas de un medio hostil y diferente, son restos interesantes de ecosistemas pretéritos que preservan en su interior las condiciones para la supervivencia de especies animales y vegetales que de otra forma ya habrían desaparecido. Su valor además se incrementa al poder servir de nexos de unión o corredores, junto con los bosques de ribera, que permitan los desplazamientos de las especies entre distintos espacios naturales protegidos" (2).

Este estudio llevado a cabo por los investigadores Carola Pérez Porras, Guillermo Ceballos y Abelardo Aparicio, aporta interesantes datos sobre 159 enclaves pertenecientes a 18 municipios de la provincia que comparten el territorio de las campiñas. De ellos, los alcornocales son los que ocupan mayor superficie (2.007 Ha), seguidos de los pinares y los acebuchales. Junto a las citadas, otras de las formaciones arbóreas descritas son los bosques mixtos (alcornoque, pino y acebuche), los encinares y finalmente los quejigales y los bosques de ribera, estas dos últimas menos representadas en los parajes campiñeses. De cada “bosque-isla” se aportan en el mencionado estudio interesantes datos sobre localización, superficie, flora y vegetación así como el listado de especies más significativas que hacen de esta publicación un valioso documento para el conocimiento de nuestro entorno.



En el término municipal de Jerez se catalogaron 30 bosques-isla entre los que encontramos una variada selección de las distintas formaciones forestales. Los más representados son los pinares, de los que han sido incluidos 14 enclaves en la campiña, seguidos de los alcornocales (6) y los acebuchales (4).

Pinares y alcornocales.



Aunque desde el siglo XVIII hay constancia de la existencia de pinares en la campiña y en las proximidades de la ciudad, buena parte de ellos ya habían desaparecido a comienzos del siglo XX (3), manteniéndose algunos bosquetes aislados, pertenecientes en su mayor parte a la especie Pinus pinea (pino piñonero) y, en menor medida, a P. halepensis (pino carrasco). A lo largo del siglo pasado, y especialmente tras la creación de los poblados de colonización de la vega del Bajo Guadalete se repoblaron con pinos distintos espacios degradados. Este es el caso de varios enclaves próximos a Estella del Marqués donde, medio siglo después, encontramos hoy dos pequeños pinares. Uno junto a la Venta de La Cueva, colindante con la carretera de Cortes y otro a las afueras de esta población en la carretera de Lomopardo en terrenos baldíos muy alterados por antiguas canteras y caleras, recuperados hoy como espacio forestal. Ambos pinares, de pequeña extensión están en los márgenes del parque de Las Aguilillas.



Muy llamativos son también los pinares del Cerro de la Harina y de Cabeza de Santa María, en Torrecera, ambos sobre cerros de margas y yesos triásicos. El primero de ellos, en Torrecera la Vieja, despunta junto al Guadalete. El segundo, en las proximidades del cortijo del mismo nombre, sobresale entre olivares junto al arroyo Salado de Paterna en el Valle de Los Arquillos.



En todos ellos la especie dominante es el pino carrasco, al igual que sucede en el pinar que crece en torno a la Potabilizadora de Cuartillos, donde también están presentes ejemplares de pino piñonero. En el parque periurbano de La Suara, hay también pinarillos de P. pinea, como en los llanos de Malabrigo y Los Isletes, próximos a aquél.



En estos parajes encontramos uno de los pinares de mayor interés y extensión de la campiña, el de La Guita, con una superficie de casi 30 Ha, donde el pino piñonero se mezcla con encinas y alcornoques.



Próximo a él están los pinares del Montecillo y el del Cerrado de Malabrigo, donde crecen estas mismas especies.



Al este de la ciudad encontramos los pinares-isla de la Sierra de San Cristóbal, o el de Las Quinientas, cuya densa arboleda cubre un cerro que se alza en los llanos del mismo nombre, junto a las antiguas caballerizas del cortijo. Ambos son de pino carrasco, a diferencia de los bosquetes de pinares de La Parra, en las proximidades del aeropuerto, donde el protagonista es el pino piñonero.


Los alcornocales, tan abundantes en la zona de los Montes de Propios, apenas forman masas puras en el territorio campiñés que puedan ser consideradas bosques-isla. Con todo destacan algunas manchas importantes, como las de Berlanguilla, donde se conservan varios bosquetes de alcornoques rodeados de cultivos de algarrobos. En los alrededores del cruce de la antigua Venta San Miguel, en la zona conocida como El Chaparrito, podemos encontrar también otros tres pequeños alcornocales catalogados.



Acebuchales y encinares.

El acebuche u olivo silvestre forma masas de gran superficie en las zonas del interior de la provincia, en los términos de Medina, Arcos o Vejer, donde llega a ser en muchos lugares la especie dominante. En Jerez hay también acebuchales de gran interés, que forman auténticos bosques-isla en distintos parajes de la campiña. Este es el caso del de La Guillena, en las faldas de la Sierra de Gibalbín próximo a la localidad sevillana de El Cuervo y a la laguna de Los Tollos, donde los árboles alcanzan gran desarrollo.

De menores dimensiones son los acebuchales de Torrecera o de Gigonza, donde en las proximidades del Castillo y de los antiguos Baños, se forman también masas forestales de gran densidad, como sucede en los Cejos del Inglés.



Este último acebuchal se extiende en los cerros próximos a la Laguna de Medina presentando laderas donde el bosque se encuentra muy desarrollado, tal como puede verse desde las proximidades de la Ermita de la Ina o del Puente de las Carretas.



De gran interés es también el bosque-isla de acebuches que crece en el Cerro del León, a orillas del Guadalete y junto a la barriada rural del Palomar de Zurita. Aunque no figura en el catálogo provincial, presenta árboles de gran tamaño y es una formación sobreviviente de los desmontes que en sus alrededores se produjeron con la extracción de gravas y arenas.



Los encinares ocuparon tiempo atrás grandes espacios en la campiña que se fueron aclarando con el paso de los siglos para su transformación en dehesas, hasta casi desaparecer. El viajero que recorra la carretera de Cortes entre Cuartillos y La Barca, puede hacerse una idea de lo que pudieron ser estos bosques y dehesas al contemplar los numerosos pies de encinas centenarias que se observan todavía entre los sembrados en tierras de Cuartillos, Las Majadillas, La Guareña o Magallanes. Sin embargo, son escasos los lugares en los que las encinas forman masas forestales de cierta entidad, como sucede en la dehesa de Garrapilos, junto a la Barca de la Florida, en terrenos que pertenecen en una buena parte a la Yeguada Militar.



Con todo, la más sobresaliente de estas formaciones es sin duda el Encinar de Vicos, situado entre la Barca y el Cortijo de Vicos, donde las encinas llegan a formar un hermoso bosque de llanura y en el que encontramos ejemplares centenarios de hermoso porte.

Bosques mixtos y formaciones antrópicas.

Junto a los bosques-isla ya mencionados, donde una especie es predominante sobre las demás, encontramos también otros espacios forestales en la campiña, donde aparecen mezcladas varias de ellas, no formando masas puras. Se trata de bosques mixtos, como el que encontramos en el Cerrado de Malabrigo, de 88 Ha, entre La Barca y san José del Valle, situado en la orilla izquierda de la carretera. Se trata de una formación forestal en llanura donde junto a un alcornocal adehesado, sin matorral, crece un pinar de pino piñonero, estando también presentes otras especies arbóreas como encinas, olivos, alcornoques, espinos… El arroyo del Zumajo atraviesa este bosque mixto, y en sus orillas no faltan tampoco quejigos, sauces y en menor medida olmos.



Más conocidos por los lectores son los bosques-isla de La Suara y Las Aguilillas. Se trata de de lo que podíamos denominar formaciones antrópicas, es decir, espacios forestales fruto de repoblaciones en lugares que estaban fuertemente degradados y que apenas conservaban restos de la vegetación natural.

La Suara, de 211 Ha, es un amplio espacio forestal situado en las cercanías de La Barca de la Florida, sobre una antigua terraza escalonada del río Guadalete. Repoblado a partir de los años 50 del pasado siglo, se trata de un eucaliptar-pinar en el que progresivamente van ganando espacio algunas de las especies propias del terreno como los acebuches o, en menor medida, los quejigos, estos últimos junto a los arroyos.

En la actualidad La Suara hace las funciones de parque periurbano, sirviendo de zona de ocio a la ciudad de Jerez y a otras poblaciones vecinas.



Algo parecido sucede con el parque de Las Aguilillas, junto a Estella del Marqués, a 5 km de Jerez por la carretera de Cortes. En este bosque-isla, predomina en distintos sectores el pino carrasco, que forma una masa forestal en la que también están presentes los eucaliptos y, en menor medida, especies que formaban parte de la vegetación natural: coscoja, lentisco, acebuche, sanguino y palmito.

Estos pinares, que por su proximidad a la ciudad son un espacio muy utilizado para paseos y comidas familiares, han sido objeto de tratamientos silvícolas de aclareo que pretenden la progresiva eliminación de los eucaliptos y la recuperación de las especies autóctonas.



Bosques-Isla: pequeñas formaciones forestales en el “mar de la campiña, lugares tranquilos en los que pasear y disfrutar de la naturaleza muy cerca de la ciudad.

Para saber más:
(1) Aparicio, A., Pérez, C. y Ceballos, G.: Bosques-isla de la provincia de Cádiz. Junta de Andalucía, Consejería de Medio Ambiente. Jerez, 2001.
(2) Ibídem, p. 15.
(3) J. y A. García Lázaro: Pinos y Pinares, Diario de Jerez, 22 de Febrero de 2017


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 4/06/2017

 
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