Los Llanos de la Ina como escenario de la Batalla de Guadalete: la versión de Antoine de Latour (II)


Latour no se resiste a presentarnos también lo que hoy llamaríamos “un final alternativo”, una de las muchas versiones que las crónicas más tradicionales, desde el padre Mariana hasta el romancero y las leyendas populares apuntan. En ellas Rodrigo no muere en la batalla y abandona de manera anónima la historia para expiar sus culpas. De este modo, cuando la batalla ya está perdida, los pocos godos que sobrevivieron a la traición de Oppas, obispo de Sevilla, “…escaparon y corrieron a agruparse en torno a su rey diciéndoles que el obispo se había hecho moro. Rodrigo permaneció largo tiempo sin proferir palabra y decía para sus adentros que su hora había llegado lo que confirmó cuando vio flaquear a los cristianos. Entonces se despojó de su brillante vestimenta con la que podía ser reconocido y se lanzó al combate para cumplir con su deber de soldado y de cristiano. Sólo buscaba ya la muerte, la victoria había decididamente pasado a manos de los infieles. Separado de los suyos por los azares de la lucha, el rey se esforzó inútilmente en reunirse con ellos. Cuando comprobó que todos habían muerto o huido se dirigió al otro lado y conquistó el sólo una colina que dominaba toda la llanura. Desde allí, examinando todo el campo de batalla, buscó por donde regresar, pero por lejos que dirigió su mirada, no vio de pie a ninguno de los suyos. Reconoció entonces que la suerte de los godos estaba decidida y deplorando amargamente su destino y el de España, soltó la brida de su caballo Orelia. El buen servidor, abrumado por el peso de su amo y por el de su armadura ensangrentada, siguió lánguidamente las orillas del Guadalete. Pasó un ermitaño que, impresionado por la desesperación del rey, le aconsejó que se resignase a la voluntad de Dios.

El rey no podría conseguirlo mientras siguiera oyendo el clamor lejano de la batalla. Pero cuando aquellos rumores se debilitaron prestó mayor atención a las prudentes palabras del ermitaño y se dejó convencer de que lo mejor que podía hacer era emplear el resto de su vida en expirar su pasado. Acto seguido reemprendió su camino y el ermitaño lo vio a lo lejos descabalgar y adentrarse en las incipientes tinieblas de la noche después de abandonar, en un pantano cercano, su caballo, la corona, sus espléndidas armas y sus arneses cubiertos de oro y de pedrería, signos externos de una realeza que en verdad ya había perdido. Aquel rocín, cubierto de golpes y aquellos ricos despojos esparcidos por las riberas del Guadalete hicieron creer que el rey había desaparecido al atravesar el río
”. No han faltado historiadores locales que han querido ver en esa “colina que dominaba la llanura” los cerros de Lomopardo o de Cabeza del Real, próximos al río, en el entorno del Monasterio de la Cartuja. La llanura donde se libra la batalla y que contempla un desconsolado don Rodrigo no da lugar a equívocos: los Llanos de La Ina.

Latour recoge gustoso en su amplio relato las crónicas que narran como Rodrigo, salvado así del desastre de Guadalete, se dirige hacia tierras lusitanas: “…marchando siempre en dirección a Portugal llegó a orillas del mar y se encontró a la puerta de una ermita donde desde hacía cuarenta años un santo varón servía a Dios. El ermitaño lo acogió como a un hermano, lo consoló, lo invitó a vivir junto a él y a compartir su humilde celda; siempre encontraría un pan de cebada y en todo momento la soledad compañera de los buenos pensamientos. Al cabo de tres días el ermitaño murió dejando a su huésped en las más santas disposiciones y piadosamente decidido a no separarse de la regla de penitencia que el bienaventurado le había trazado al morir. ..

Nuestro escritor recupera después las antiguas crónicas que recogen una curiosa leyenda en la que Rodrigo muere en circunstancias trágicas devorado por una culebra. Si bien se recrea en estas historias a las que tiene por fabulaciones, no duda en introducir elementos de autoridad para dejar una puerta abierta a la suerte que finalmente pudiera correr don Rodrigo: “…aquí acaba la leyenda, porque lo que sigue es casi histórico. Alfonso X el Sabio cuenta en su Crónica que después que los cristianos reconquistaran Viseu a los moros se encontró en el campo y ante la puerta de una iglesia una piedra con esta inscripción: “aquí yace don Rodrigo, último rey de los godos”.

Como resistiéndose a desautorizar los hechos narrados por la leyenda, apunta Latour: “¿Reposaba Rodrigo bajo esa piedra? ¿Es cierto que sobrevivió a su derrota y que en su huida errante llegó hasta Portugal?” Pero esa es otra historia sobre la que volveremos en estas páginas.

Latour recoge también diferentes romances que abundan en estas mismas historias y sitúan la batalla de Guadalete en nuestro entorno. Después de dedicar muchas páginas a este hecho bélico y a sus principales protagonistas (bastantes más de las que dedica a la ciudad) justifica su fascinación por este asunto: “Se comprenderá ahora fácilmente que melancólico interés me atrajo hacia Jerez la primera vez que fui a visitar la ciudad y sus alrededores, por qué desde entonces cada vez que en ella entraba me dirigía en primer lugar hacia el campo de batalla de don Rodrigo y por qué en sus alrededores siempre e desvié hacia La Batalla del Guadalete según la Enciclopedia Álvarezlas orillas del Guadalete –como Ulises ante la zanja de sangre de la Odisea- para interrogar a la triste sombra de los godos vencidos. Apoyado en el último arco del puente contemplé esta llanura cuya aparente esterilidad contrasta con la alegre naturaleza que le sirve de entorno. Busqué sorprender en el murmullo del río cuyas límpidas aguas rozaban mis pies y entre el susurro de sus juncos atormentados por el viento de la tarde, los rumores desvaídos del combate. ¿A qué colina se retiró Rodrigo ensangrentado antes de alejarse para contemplar por última vez aquel nefasto lugar en el que rey, dejó su corona y soldado, su espada rota? ¿Era por aquí o más allá por donde atravesó el río cuando la sangre de su buen caballo Orelia se derramaba a borbotones? Todos los incidentes de esa historia pasaron ante mis ojos y los mantuvieron atentos y emocionados con las peripecias de un drama del que sólo la escena existe actualmente. ¿Cuál es el poder de la emoción que se conserva así ligado a la memoria de las cosas ya desaparecidas y que aún hoy turba al recordar la batalla que hace once siglos entregó España a los moros, cuando hace ya siglos también que los moros fueron expulsados de España?

Estas mismas preguntas de Antoine de Latour, casi dos siglos después, son las que nos hacemos cuando recorremos estos parajes (poco importa que fueran o no los escenarios reales) donde desde hace trece siglos el “imaginario colectivo” sitúa la Batalla de Guadalete.

Para saber más:
- La Bahía de Cádiz de Antoine de Latour. Traducción y notas: Lola Bermúdez e Inmaculada García. Diputación de Cádiz., 1986. De esta obra (pp- 123-134) han sido tomadas las citas textuales entrecomilladas.

- Clavijo Provencio, R.: Jerez y los viajeros del XIX. B.U.C. Jerez, 1989.
- Clavijo Provencio, R.: Viajeros apasionados. Testimonios Extranjeros sobre la provincia de Cádiz 1830-1930. Diputación de Cádiz, 1997.


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Por los Llanos de la Ina con don Rodrigo y Orelia (I).
La Batalla de Guadalete en la versión de Antoine de Latour


En la particular “cuenta atrás” que hemos emprendido en “entornoajerez” para la conmemoración en julio de 2011 de los XIII siglos de la Batalla de Guadalete, vamos a seguir difundiendo algunas páginas de nuestra historiografía local y nacional, del romancero tradicional o de las fuentes árabes que, a modo de “ilustraciones”, contribuyan a recordar aquel hecho histórico y el marco físico donde pudieron suceder. Hoy recorreremos los Llanos de la Ina y Antoin de Latourlos alrededores del monasterio de La Cartuja y Lomopardo donde sitúa el escenario de aquella batalla el escritor Antoine de Latour.

Considerado como uno de los primeros hispanistas franceses, Antoine de Latour llega a nuestro país en 1848 residiendo en Sevilla donde trabajó como secretario de los Duques de Montpensier, quienes habían instalado en esta ciudad su “corte” tras salir de Francia, agitada en aquellos años por los episodios convulsos que darían lugar a la segunda república. Nuestro personaje visita Jerez, mostrando su admiración por los “inmensos campos de viñas” que encuentra en el camino que recorre desde El Puerto de Santa María. En el relato de su viaje no faltan referencias a la ciudad y sus bodegas, sus calles, al Alcázar, la Cartuja o al embarcadero de El Portal. Pero si algo llama la atención en sus consideraciones son sus amplias referencias a la Batalla del Guadalete.

En el prólogo del libro “La Bahía de Cádiz de Antoine de Latour”, Juan Manuel Suárez Japón repara también en el interés del escritor francés por este trascendental episodio bélico señalando que “…el Latour viajero y curioso, observador y narrador versátil, se nos marcha tras su imaginación desatada y romántica hasta el cercano Guadalete donde él decide situar el recuerdo de la batalla final de D. Rodrigo”. Vamos nosotros, de la mano de sus escritos y fabulaciones a recorrer de nuevo estos parajes, testigos de la batalla.

La visita al Monasterio de la Cartuja ha sido una constante en todos los viajeros que han pasado por Jerez. Latour cumplirá también con este rito y, al describir los alrededores del monasterio anota: “… el río rodeaba melancólicamente el campo de batalla de don Rodrigo para perderse luego en la serranía de Ronda, llena también del recuerdo de los moros”. Tras dirigir su mirada a los Llanos de la Ina no puede por menos que evocar los episodios históricos a los que añade tintes épicos: “Esta llanura del Guadalete es uno de esos circos que parecen formados para siempre para presenciar el desenlace, en un día Padre Marianadeterminado, de algunos de los enormes dramas que marcan las fases de la historia. Detengámonos un momento ante aquella fecha fatal de 711 y ante la gran catástrofe que tanto sitio ocupó en los anales de España… ¿Cómo narra la historia el brusco final de la dominación goda? Digo la historia y no los historiadores pues si los modernos, instruidos en una crítica más difícil y en una ciencia más exacta desecharon rigurosamente la leyenda, los antiguos fueron menos escrupulosos”.

Latour pasa revista a los relatos que sobre la Batalla de Guadalete escribieron los autores más relevantes. Critica al padre Mariana quien en su monumental obra Historia general de España (1592), a decir de Latour, “no rechaza lo que la imaginación algo crédula de sus compatriotas fue añadiendo al primitivo reato de la caída de Don Rodrigo”. Al referirse a otro famoso historiador, Antonio Conde y a su célebre obra Historia de la dominación de los árabes en España (1820), le reconoce el mérito de fundamentar sus estudios de manera más sólida al ser “quien primero consultó en los autores árabes los elementos de su narración”, desterrando así muchos episodios procedentes de la leyenda y del que dice que “ni siquiera nombra a la hija del conde Julián” a quien todos los relatos de la historiografía más tradicional mencionan como un personaje “histórico” al que autores anteriores venían asignado un papel importante en los hechos que desencadenaron la Batalla.

El Guadalete en el puente de CartujaLatour elogia también los estudios de Modesto Lafuente, otro célebre historiador que publica su gran obra Historia general de España (1850-1857) en los años en los que el escritor francés reside en Sevilla. De sus aportaciones sobre los hechos de Guadalete dice Latour: “don Modesto Lafuente que en España y en el momento en que escribo eleva a su país un monumento en el que cada parte nueva extiende y consagra su autoridad, recuerda la tradición pero ajustándose, como Conde, a las causas verdaderas y a los hechos incontestables”. Antoine de Latour está dispuesto a ser riguroso en su relato sobre la Batalla de Guadalete, pero deja entrever que no desdeñará las referencias que aporta la leyenda: “Sería Modesto Lafuentemala voluntad por mi parte el no seguir tales ejemplos aunque más adelante enfrente la tradición a la historia y busque la parte de verdad que en alguna medida se mezcla siempre a la fábula”.

Así las cosas, Latour relata cómo Teodomiro, lugarteniente de Roderico, al mando del ejército godo, hace frente con mil setecientos jinetes a los doce mil hombres mandados por Tareg-ben-Zain (Tariq) a quienes no puede contener en Algeciras. La petición de ayuda a Roderico lo sorprende en el norte luchando contra los partidarios de Witiza: “intentó Witizainmediatamente aliarse con ellos frente a aquellos que él, ignorante de la traición, llamaba el enemigo común… Roderico envió rápidamente lo que le quedaba de la caballería para reforzar el insuficiente ejército de Teodomiro. Esta ayuda, de por si escasa, llegó agotada e incapaz de detener las incursiones que ya habían alanzado Medina Sidonia”.

Tareg-ben-Zain (Tariq)Llegados a este punto del relato Latour comienza con las primeras concesiones a la fábula cuando escribe “el 25 o 26 de julio de 711, los dos ejércitos se encontraron a orillas del Guadalete cerca del lugar donde más tarde se elevaría Jerez. El lugarteniente del emir, en una carta que envió a Muza tras la batalla, cuenta que Roderico avanzaba en el combate sobre u carro adornado con mármol y tirado por dos mulas blancas. Tenía sobre la cabeza una corona de perlas y sobre sus hombros un manto púrpura bordado en oro”. Y añade: “este detalle parece verosímil conocido el gusto de los bárbaros por el fasto”.

Don Rodrigo ne la batalla de Guadalete (Marcelino Unceta)Tras los primeros enfrentamientos, descritos por Latour en términos épicos, y ante el estancamiento de la batalla, Tariq, al ver flaquear a sus tropas arenga a los soldados: “Conquistadores del Magreb, ¿adónde vais? ¿adónde os lleva una huída tan vergonzosa e imprudente?, delante de vosotros está el enemigo y detrás el mar. El único refugio está en vuestro valor y en la ayuda de Dios. Haced, musulmanes lo mismo que yo”. Terminando con estas palabras, lanzó su caballo contra las filas enemigas buscando a Roderico con mirada fiera. El rey, por su parte, había descendido de su carro y mandado traer Muerte de don Rodrigoa su caballo Orelia. Si creemos a los historiadores árabes apenas si tuvo tiempo de ponerse a la defensiva: Tareg, se lanzó sobre él con todo el furor de su caballo y lo atravesó con su lanza y derribándolo le cortó la cabeza que envío al emir como testimonio de su victoria. Los moros, siguiendo su ejemplo se lanzaron sobre los cristianos con renovado ardor e hicieron una horrible matanza: “durante mucho tiempo, cuenta el historiador árabe, esta tierra permaneció cubierta de huesos blanqueados”… “Así termina la batalla del Guadalete, así acaba la monarquía de los godos en España…”.

Para saber más:
- La Bahía de Cádiz de Antoine de Latour. Traducción y notas: Lola Bermúdez e Inmaculada García. Diputación de Cádiz., 1986. De esta obra (pp- 123-134) han sido tomadas las citas textuales entrecomilladas.

- Clavijo Provencio, R.: Jerez y los viajeros del XIX. B.U.C. Jerez, 1989.
- Clavijo Provencio, R.: Viajeros apasionados. Testimonios Extranjeros sobre la provincia de Cádiz 1830-1930. Diputación de Cádiz, 1997.

Nota: la fotografia del cuadro de Marcelino Unceta, Don Rodrigo en la balla de Guadalete, nos ha sido facilitada por José L. Jiménez


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Una visita al Monasterio de Caños Santos (II)


El monasterio

Como el visitante podrá comprobar, el de Caños Santos fue un cenobio de notables proporciones. Sin duda lo más destacado del conjunto es la torre y la fachada de la iglesia, construidas con piedra labrada, ambas obras del siglo XVII. En esta última, se aprecian dos cuerpos con dobles pilastras entre las que se abren hornacinas. En el cuerpo inferior se enmarca la puerta y en el superior un curioso óculo. La torre, de cuatro cuerpos, es uno de los elementos mejor conservados de la obra original y ha llegado en buen estado hasta nuestros días. De aspecto recio y sólido, está coronada por un campanario ochavado que se eleva sobre la arboleda que rodea el conjunto, siendo el elemento más visible para los viajeros que divisan el monasterio desde la carretera de Olvera a Campillos.

El templo tiene planta rectangular, con una sola nave que perdió su techumbre ya en el siglo XIX, habiendo sido recientemente restaurado, por lo que conserva pocos elementos originales. Sin embargo aún podemos apreciar la robustez de los muros del primitivo edificio que han sido consolidados. Por una puerta lateral se accedía al claustro, ubicado en el costado izquierdo de la iglesia. Junto a él se encuentra el gran edificio que albergaba las celdas y dependencias del convento, repartidas en varias plantas y al que se quiere dar un uso turístico como restaurante y hotel. En su parte baja, al pie de los muros hay un singular mirador que, a modo de balcón, se asoma sobre el paisaje circundante ofreciendo magníficas vistas.

El conjunto se completa con otros edificios situados frente a la iglesia, que albergaron la panadería del convento y la hospedería. En la base de este último edificio, de altos muros brota la fuente de Caños Santos, en cuyas aguas encontrará el viajero recompensa a su caminata.

Agua y sombra

Pero si el conjunto monumental llama la atención del visitante por lo inesperado de su aparición y por la amplitud y solidez de las edificaciones, sin duda es la belleza del paraje natural en el que se enclava el monasterio lo que convierte a este lugar en uno de los de mayor atractivo de la comarca.

A la vegetación natural que prospera en las laderas del abrigo rocoso que rodea al monasterio, se suma la frondosa arboleda en la que conviven especies traídas de otras tierras. Un magnífico castaño de indias comparte la recoleta explanada que se abre frente a la iglesia con espigados cipreses y palmeras. Las acacias blancas se hallan también presentes aquí, destacando un viejo ejemplar situado en la parte trasera de la iglesia. Pero sin duda son los olmos la especie arbórea más abundante, aunque de unos años a esta parte muchos se han perdido azotados por la grafiosis, una enfermedad que afecta a buena parte de los olmos de toda la península. Formando una cerrada y estrecha galería escoltaban los olmos el camino viejo de Olvera que desde la fuente del monasterio se perdía ladera abajo hacia las huertas y que hoy, en su primer tramo, ha sido recuperado con una gran escalinata.

Este lugar no sería el mismo sin los árboles que crecen aquí y allá en torno a las diferentes dependencias del convento, o sin la densa vegetación que tapiza las laderas y los paredones rocosos que protegen el lugar y entre los que se abren pequeñas cuevas y oquedades naturales. De una de ellas, donde se halla el primitivo manantial, brota el agua que conducida por una cañería oculta, alimenta todavía la fuente de Caños Santos y llena un pilar del que rebosa después, de manera permanente, un reguero de agua hasta las huertas. Un hermoso lugar en el que es todo frescor y sosiego.

Las vistas

Ya ha quedado dicho que el paraje en el que se alza el convento, se encuentra "colgado" a modo de balcón en las faldas de umbría de la Loma de la Cordillera, convirtiéndose así en un espléndido mirador sobre la amplia región de las Sierras Subbéticas, donde se confunden las provincias de Sevilla, Cádiz y Málaga.

Desde diferentes rincones pueden obtenerse magnificas vistas sobre este abierto y despejado paisaje que, en primer término y a vista de pájaro nos muestra las laderas y el fondo del estrecho valle por el que discurre la carretera de Olvera a Campillo. En la ladera opuesta las tierras de Valle Hermoso Bajo y Alto se salpican con los mogotes rocosos que despuntan entre las suaves lomas. Son los peñones, que ya habíamos citado en el camino, entre los que divisamos cercano el de Montentier. Como telón de fondo y cerrando el horizonte se distinguen los perfiles de las paredes peladas de la Sierra del Tablón, en tierras de la localidad sevillana de Algámitas, siendo la elevación de mayor altitud de la provincia de Sevilla. Esta sierra es fácilmente reconocible por su cima amesetada en la que destaca el Terril, su máxima altura, que alcanza los 1129 metros, a cuyos pies nace el río Guadamanil.


El campo olvereño, salpicado de olivares, se pierde hacia poniente mientras que al este, una sucesión de pequeños cerros marcan ya los límites de la provincia de Cádiz, desde donde el todavía joven río Corbones inicia su camino entre la sierra sur de Sevilla buscando el Guadalquivir.

La romería

Uno de los factores que sin duda más ha contribuido a la conservación del lugar es la romería que todos los años se celebra en Caños Santos el 1 de mayo. En sus orígenes, varios siglos atrás, todos los pueblos de la zona acudían al monasterio. Ya fuera de los sevillanos Pruna y Algámitas, de los malagueños Cañete la Real o Cuevas o de los gaditanos Setenil, Olvera y Alcalá del Valle, año tras año la romería de Caños Santos congregaba a las gentes de la zona. Con el paso del tiempo es esta última localidad la que celebra la fiesta, preferentemente, lo que le llevó a comprar los restos del convento y sus tierras circundantes al municipio de Olvera, en cuyo término municipal se encuentra.

El ambiente de la romería, es similar al de todas las fiestas de este tipo. Desde Alcalá del Valle, bien caminando, bien en coches, carretas y tractores engalanados para la ocasión, se llega hasta el monasterio, a unos 6 km. del pueblo. En la explanada frente a la iglesia se celebra la misa de romeros que deja paso después a las típicas comidas campestres y a la fiesta popular.

Aunque cualquier momento del año puede ser bueno para conocer el lugar se aconseja visitarlo en primavera, cuando los campos de Olvera y Alcalá se hallan cubiertos de verde. Para los amigos de fiestas y diversiones la fecha más aconsejable sería la del 1 de mayo, día de la romería. Pero si el visitante se aventura en los meses de verano, cuando amarillean los prados y el calor aprieta, Caños Santos le guardará como recompensa la fresca sombra de su frondosa arboleda y, como el mejor de los regalos, el agua fría de su fuente.

Caños Santos en la literatura

Otro regalo es el que nos ofrece Sebastián Rubiales, escritor jerezano, quien en su obra “Los lugares prohibidos” (Ed. Renacimiento, 2004), dedica un capítulo a Caños Santos. La visión que el monasterio, rodeado de vegetación, ofrece en la lejanía a quien lo contempla desde la carretera es descrita como “…una edificación que se hurta a la mirada del viajero”. El autor, quien visita el monasterio cuando todavía está en ruinas, escribe “…las veces que me he acercado al paraje de Caños Santos, un temblor me aflige como un azogado…”. Y expresa, ciertamente, lo que sentimos cuando circulando por Vallehermoso, vemos en las laderas de la Loma de la Cordillera la silueta enigmática de la torre de su iglesia: “…Un silbido aterciopelado como una llamada amorosa trata de robar la atención hacia lo alto”.


Para saber más:
- Bel Ortega, C. y García Lázaro, A.:
Rutas por la comarca de Olvera. Cádiz. 1996.
- Del Río Cabrera, J. A y Siles Guerrero, F.: “De todos o ninguno: la sucesión devocional de la Virgen de Caños santos a la Virgen de los Remedios en las sierras de Cádiz Sevilla y Málaga”, en La religiosidad popular y Almería. Actas de las III Jornadas, pgs. 69-76. Instituto de Estudios Almerienses de la Diputación Provincial de Almería. Almería, 2004. (De esta publicación hemos tomado el grabado de la Virgen de Caños Santos).
- Del Río Cabrera, J. A.: “La leyenda del hallazgo de la Virgen de Caños Santos”. Revista de Olvera, 42: 62-67. Olvera, 2005.
- Dorado Rueda, J. M.: Caños Santos (1515-1996). Alcalá del Valle, 1996.
- Jiménez M., Siles F. y Ramírez S.: La Tercera Orden Regular en Andalucía. Caños Santos. Historia y vida de un desierto franciscano en los confines del Reino de Sevilla. Ed. La Serranía, Ronda, 2008
-Mesa Gil, A.: Ocurrió en Valle Hermoso. Caños Santos. Cañete la Real (Málaga), 1994.
-Rubiales Bonilla, S.: Los lugares prohibidos. Ed. Renacimiento, Sevilla, 2006


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Una visita al Monasterio de Caños Santos (I)


Hay un rincón en nuestra provincia que pasa por ser el más alejado de la capital, del que la separan casi 150 km. A este lugar, apartado de las principales vías de comunicación, donde las tierras de Cádiz se confunden con las campiñas y sierras malagueñas y sevillanas, dirigimos hoy nuestros pasos para visitar el que en otros tiempos fuera el célebre Monasterio de Caños Santos.

Grabado antiguo de la Virgen de Caños SantosEste antiguo convento franciscano, que como consta en las respuestas al catastro de Ensenada (1749) llegó a contar con 59 monjes, se encuentra enclavado en el término municipal de Olvera y próximo a Alcalá del Valle a cuyo ayuntamiento pertenece en propiedad el monasterio y sus tierras circundantes. Territorio fronterizo entre los antiguos reinos de Sevilla y Granada, entre las diócesis hispalense y malagueña, la historia que rodea al monasterio ha estado marcada también por esta singular posición geográfica, a caballo entre tres provincias y subrayada por el hecho de que la Virgen de Caños Santos sea la patrona de una tercera población, limítrofe con estos parajes e igualmente muy vinculada al monasterio: la localidad malagueña de Cañete la Real.

Cómo llegar.

Venta del GranadalEl Monasterio se encuentra apenas a 6 km de Alcalá del Valle, desde donde puede accederse a través de la carretera CA-9107 que se dirige a Olvera, y de la que se desvía después a la izquierda un camino bien señalizado. Nosotros, sin embargo, hemos llegado desde Olvera, donde se toma la carretera A-384 en dirección a Campillos y de la que nos desviaremos después a la derecha, tras recorrer unos 13 km, para seguir la ya citada carretera provincial hacia Alcalá del Valle. Desde este cruce, perfectamente señalizado, en cuyas proximidades se encuentra el cortijo de Lora y la antigua Venta del Granadal, la carretera trepa por la Loma de la Cordillera. Tras 7 km de recorrido y frente al cortijo de La Munición, encontraremos a la derecha el desvío al Monasterio al que llegaremos a través de un camino que discurre unos 3 km entre olivares.

Peñón en Valle HermosoSi nos gusta venir desde Olvera es porque el camino desde esta población nos permite disfrutar de los parajes de Valle Hermoso por los que discurre la carretera de Campillos. Se trata de una amplia vaguada natural que desciende suavemente hacía el río Corbones y que se encaja entre las laderas de la Loma de la Cordillera (a la derecha) y unas curiosas formaciones geológicas que salpican todo el recorrido a la izquierda del camino: los peñones. Se trata de pequeñas elevaciones rocosas que emergen más o menos aisladas entre las lomas circundantes, formando una serie de singulares hitos en el paisaje. Así, desde Olvera hasta el cruce del río Corbones se suceden el Cerro de las Carastas, la Peña de Zapapaldar - que con sus 847 m. es el más alto de todos , el Peñón de la Cañada, el Cerro del Linarejo y el Peñón de Montentier, todos ellos por encima de los 700 m. Por este paraje Monasterio de Caños Santosde Valle Hermoso, podrá observar también el viajero los últimos vestigios de la antigua traza de aquel frustrado sueño del Ferrocarril de la Sierra que, en este tramo entre Olvera y Almargen está pendiente todavía de recuperación como vía verde.

Un paraje singular.

Pero volvamos de nuevo al Monasterio y a su privilegiado enclave, colgado literalmente en ladera norte de la Loma de la Cordillera desde donde se divisa un soberbio panorama. Esta pequeña sierra de forma alargada, por cuya parte más elevada alcanza alturas cercanas a los 900 metros, traza el límite entre los términos de Olvera y Alcalá del Valle. Cubiertas en su mayor parte de monte bajo, estas lomas fueron cultivadas en otras épocas allí donde las pendientes lo permitían. Campos sembrados de cereales, olivares y espárragos , cultivo que en Alcalá del Valle es muy frecuente, se entremezclan con zonas, donde la vegetación autóctona -encinas, lentiscos, acebuches, jaras...- aún muestra su primitiva composición.

Tal es el caso del lugar donde se levanta el convento, cuyas edificaciones aparecen entre la espesura rodeadas de vegetación y cobijadas al abrigo de una pared rocosa, permaneciendo casi ocultas a los ojos del viajero, que las descubre como una aparición cuando el camino que conduce hasta ellas desciende bruscamente por la ladera y se encaja entre taludes, para desembocar directamente en el convento. Es entonces cuando sentimos que hemos llegado a un lugar muy especial donde se dan la mano la historia y la naturaleza.

Una imagen y una leyenda.

Donde hay un monasterio, hay una leyenda. En el caso de Caños Santos, como señalan los investigadores Juan Antonio del Río y Francisco Siles en un interesante estudio, la leyenda fundacional “…es, desde la perspectiva etnológica, obviamente muy parecida a las de otros santuarios destacados y está relacionada con los acontecimientos fronterizos. Parte de una supuesta población muy antigua que, en tiempos de los godos, era ya sólo una pequeña villa”. No faltan en esta historia ninguno de los elementos propios de otras similares: una imagen de la virgen amenazada por los infieles que es preciso salvar, una gruta escondida y de difícil acceso, un pastor Tello Pascual que localiza la imagen de manera casi milagrosa, un noble protector a cuyas expensas se edifica una primera ermita, la devoción de los vecinos de las poblaciones cercanas que consolida el mito…

En el caso de Caños Santos, la leyenda se remonta a los primeros tiempos de la dominación musulmana de la península. La tradición popular cuenta que los habitantes de una supuesta aldea visigoda, Cenosía, ubicada en las cercanías de Olvera, escondieron una imagen de la virgen en una cueva para ponerla a salvo de las “profanaciones” que los invasores llevaban a cabo. Ocho siglos tuvieron que pasar hasta que en 1512, un humilde pastor, Tello Pascual, apacentaba sus vacas por las lomas de Valle Hermoso, en las cercanías de Caños Santos. Como quiera que todos los días una res se escapaba ladera arriba, Tello decide seguirla hallándola recostada en un fresco prado, por cuyas cercanías fluía un arroyo. Intentando averiguar el origen de dicho manantial, el pastor anduvo monte arriba hasta dar con una pared rocosa en la que una pequeña cueva llamó su atención. En el interior de la gruta una luz resplandeciente rodeaba, como no podía ser de otra manera, la imagen de la Virgen María. Tello Pascual, de vuelta a Olvera, comunica a las autoridades civiles y al clero lo sucedido, decidiéndose trasladar la imagen a la iglesia de la villa. Milagrosamente la talla desaparece siendo hallada en la cueva en la que Tello Pascual la encontrara por primera vez. Aunque de nuevo es llevada a Olvera, el hecho se repite hasta tres veces, en vista de lo cual se decide levantar una ermita en el lugar, al interpretarse que este es el "deseo de la Virgen".

Pero es en 1542, treinta años después de la primera aparición, cuando el monasterio comienza a edificarse. D. Juan Téllez Girón, Conde de Ureña, propone al franciscano Fray Martín de las Cruces, el establecimiento de una comunidad de frailes que a partir de entonces se harían cargo de los cultos en el convento que sustituyó a la primitiva ermita. Tal como recogen diferentes estudios, la devoción popular por la Virgen de Caños Santos se extendió por todos los pueblos de la zona atribuyéndosele numerosos milagros.

En 1810, con la llegada de las tropas invasoras francesas al lugar, los frailes escondieron la imagen de la virgen que fue trasladada a la vecina población de Cañete , donde permaneció durante unos años y a donde volvería definitivamente en la década de 1830, si bien acabaría siendo destruida en 1936 durante la Guerra Civil. La decadencia del convento vino con la Desamortización que provocó su abandono y su lenta y posterior destrucción. Aún hoy, en la iglesia parroquial de Alcalá del Valle se conserva la pila bautismal del monasterio y un relieve, salvado también de las ruinas del convento en el que se representa el momento en que Tello Pascual, buscando su vaca, encuentra a la Virgen.

Cuando visitamos Caños Santos por primera vez, hace veinticinco años, el convento se encontraba en ruinas y el lugar aparecía rodeado de una densa vegetación. Años después, en otras visitas, pudimos hacer algunas de las fotografías que acompañan este reportaje y que dan muestra del abandono que sufría el lugar. En una de estas imágenes un rebaño de ovejas ocupaba la nave de la iglesia, entonces sin techumbre. Estas escenas pastoriles nos recordaron aquellas otras de Tello Pascual si bien, lamentablemente, anunciaban la definitiva destrucción de lo que aún quedaba en pie.

Afortunadamente, en 1996 las ruinas del convento de Caños Santos pasaron a formar parte del Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz y dos años después se iniciaron los trabajos de restauración y recuperación de la iglesia, la torre, el convento y el resto de edificaciones, tareas que con no pocas vicisitudes se han prolongado durante más de una década con desigual empuje. El objetivo final es conseguir que el antiguo monasterio se convierta en un espacio de uso cultural y turístico tal y como se apunta en los proyectos existentes para un futuro cercano.

Para saber más:
- Bel Ortega, C. y García Lázaro, A.: Rutas por la comarca de Olvera. Cádiz. 1996.
- Del Río Cabrera, J. A y Siles Guerrero, F.: “De todos o ninguno: la sucesión devocional de la Virgen de Caños santos a la Virgen de los Remedios en las sierras de Cádiz Sevilla y Málaga”, en La religiosidad popular y Almería. Actas de las III Jornadas, pgs. 69-76. Instituto de Estudios Almerienses de la Diputación Provincial de Almería. Almería, 2004. (De esta publicación hemos tomado el grabado de la Virgen de Caños Santos).
- Del Río Cabrera, J. A.:La leyenda del hallazgo de la Virgen de Caños Santos”. Revista de Olvera, 42: 62-67. Olvera, 2005.
- Dorado Rueda, J. M.: Caños Santos (1515-1996). Alcalá del Valle, 1996.
- Jiménez M., Siles F. y Ramírez S.: La Tercera Orden Regular en Andalucía. Caños Santos. Historia y vida de un desierto franciscano en los confines del Reino de Sevilla. Ed. La Serranía, Ronda, 2008
- Mesa Gil, A.: Ocurrió en Valle Hermoso. Caños Santos. Cañete la Real (Málaga), 1994.


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