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De ruta por el bajo Guadalete.
Una excursión con el Aula de Mayores de la UCA.




Atendiendo a la amable invitación de nuestro amigo Juan Martín Pruaño, presidente de la Asociación de Estudiantes Universitarios del Aula de Mayores de la UCA en el Campus de Jerez, el sábado pasado tuvimos la oportunidad de guiar una excursión por el Bajo Guadalete. La salida tenía como objetivo el acercamiento a los paisajes y la historia de este rincón de la campiña desde una perspectiva interdisciplinar.

Para ello realizamos un itinerario en autobús, que partiendo del campus a las 9 de la mañana, nos llevó a visitar La Barca de la Florida, la Torre de Torrecera y la bodega Entrechuelos, la Ermita de la Ina y el Puente de Cartuja. En todos estos lugares, como también durante los trayectos entre ellos, destacamos los aspectos más relevantes de estos parajes que muchas veces resultan desconocidos pese a su cercanía a la ciudad. Este recorrido, que hemos realizado en muchas ocasiones y con distintas variantes es recomendable para quienes quieran conocer mejor nuestro entorno rural. ¿Nos acompañan?

Camino de Cuartillo.

Tomando la carretera de Arcos, para enlazar con la de Cortes a través de la Ronda Este, hacemos unas primeras referencias a esta zona de la ciudad, cargada de historia, conocida en tiempos pasados como El Pinar, antesala de los Llanos de Caulina. Ya en la carretera de Cortes recordamos la importancia que a comienzos del s. XX tuvo su construcción para Jerez junto a otras obras como el Pantano de Guadalcacín y el Ferrocarril de la Sierra.

Junto al puente de la autopista pasamos ahora por el que fuera descansadero de Albadalejo, donde aún se conserva una antigua fuente de la que ya en el s. XVI se quisieron traer sus aguas a Jerez. Desde siglos atrás existieron en este lugar dos alcantarillas que cruzaban el Arroyo Salado, uno de los últimos afluentes del Guadalete que, desde la Sierra de Gibalbín drena los Llanos de Caulina para unirse con él junto a Viveros Olmedo. Con el nombre de Albadalejo se estuvo a punto de “bautizar” el pueblo de Estella del Marqués, levantado en sus cercanías en 1956.

Camino de Cuartillos, la carretera divide en dos el Parque Forestal de Las Aguilillas, un espacio incluido en el catálogo de “Bosques-Isla”. Aunque hace 50 años se hicieron aquí repoblaciones de pino carrasco y eucalipto, la vegetación propia del monte mediterráneo se ha ido regenerando poco a poco estando presentes especies como lentisco, coscoja, acebuche, palmito, jara… Al paso por la barriada rural de Cuartillo, construida en buena parte en terrenos



de una antigua cañada, llaman la atención dos pinos centenarios que sirvieron en otros tiempos de hitos para los enfilamientos de los barcos que llegaban a la Bahía de Cádiz. Junto a ellos, la estación potabilizadora reclama también la atención del viajero, como una obra sobresaliente de los Abastecimientos a la Zona Gaditana. Obra del ingeniero Juan Delgado Morales (1956) cuenta en su interior con magníficos murales cerámicos.

La carretera deja ahora a la derecha el Arroyo de las Cruces y los cerros de Salto al Cielo, donde despunta la bóveda en media naranja de esta antigua ermita cartujana. Al pasar por Las Majadillas se abren ante nosotros los horizontes del valle del Guadalete que nos muestran, en primer plano los restos adehesados de los encinares que cubrieron estas lomas. El cerro de alcántara o el de Domecq, quedan a nuestra izquierda mientras nos acercamos a los llanos de Magallanes y La Guareña que tienen como telón de fondo el Encinar de Vicos por donde discurre la Cañada Real de Albadalejo o Cuartillos buscando las tierras del Este de nuestro término municipal.

En La Barca de la Florida.

La primera parada es junto al Puente de La Barca, donde a orillas del río recordamos los aspectos más sobresalientes acerca de la colonización agraria de la vega del Guadalete y la fundación de La Barca de la Florida en 1948, que se convirtió desde el primer momento en centro económico y de servicios de otros poblados de colonización de la zona. Levantado en las cercanías del antiguo Vado de La Florida, en tierras próximas al cortijo del mismo nombre, comentamos aquí la importancia de este lugar, por el que cruzaba el río desde los siglos medievales la Cañada Real de la Sierra para seguir su camino hacia el Valle, El Mimbral y Tempul. En La Florida arrancaba también hacia el norte la Cañada de Albardén, en dirección a la Junta de los Ríos y Arcos, así como los caminos que llevaban a los cercanos cortijos de Berlanga, Berlanguilla o La Suara y al descansadero de Mesas del Corral, situado al otro lado del río (1). Un lugar, en suma, que constituía un auténtico nudo de comunicaciones y cruce de caminos del Jerez rural.

Como no podía ser de otra manera, nos recreamos aquí en las pequeñas historias de las barcas que cruzaban el río. Existen ya referencias de una primera barca en este lugar en 1725. La Barca, aparece también en un mapa francés elaborado en la primera mitad del siglo XIX y de ella da cuenta Madoz en 1854, que la denomina indistintamente como “barca de la Florida” o “de Berlanga” y que sitúa en el Vado de La Florida. Sobre la última de las barcas, nos informa Juan Leiva en el delicioso libro que coordinó y que lleva por título “La Barca de la Florida. Historia de un pueblo joven con viejas raíces”. En él se relata como en este lugar se encontraba en los años veinte del siglo pasado el conocido “Rancho de Benalí”. Su dueño, “Francisco Robles Pérez, alias “Benalí”, compró una barca de 12 metros de eslora por 7 de manga, que fue transportada hasta el río por don Antonio Guerrero (propietario del cortijo de La Florida), e instalada por “Benalí” para pasar el Guadalete, en el mismo lugar donde se encuentra en la



actualidad el puente de La Barca de La Florida… la barca funcionaba mediante poleas instaladas a ambos lados del río, de las que tiraba el propio “Benalí”. Era un auténtico transbordador, en el que pasaban personas, animales y todo tipo de mercancías. Los rebaños, las “jarreas” de mulos y las recuas de burros, cargados de carbón de la sierra, pasaban la barca, camino de Jerez, cuando el río llevaba mucha agua
”.

Frente a nosotros, el “Puente de Hierro”, el puente en arco del Acueducto de Los Hurones y el puente atirantado del Acueducto de Tempul nos llevan también a recordar su pequeña historia y los aspectos más relevantes de estas interesantes obras públicas. El conocido como “Puente de San Patricio”, obra del prestigioso ingeniero Eduardo Torroja, figura en todos los manuales de



historia de la ingeniería como una obra pionera en la utilización del hormigón pretensado. Construido entre 1925 y 1927, vino a sustituir en al antiguo puente-sifón que construyera el ingeniero Ángel Mayo para el paso de la conducción de la traída de aguas a Jerez entre 1864 y 1869. El viejo puente, que contaba con dos apoyos en el lecho del río fue arrastrado por la gran riada de 1917, siendo sustituido años después por el de Torroja que adopto para evitar los pilares centrales una solución ingeniosa. El cajón central, de 20 m, se apoyaba en los laterales que, suspendidos mediante tirantes de acero recubiertos de hormigón pretensado de las pilas cimentadas en las riberas, evitaban así los apoyos en el río y los riesgos de ser arrastrados por las avenidas. El tramo central del puente-acueducto de 57 m de luz fue todo un record de la época de este puente que pronto cumplirá un siglo.

El primer arco del conocido como Puente de Hierro, fue construido en 1924 para dar paso a la carretera de Cortes, ampliándose con otros dos tramos en 1936. El arco de hormigón por el que salva el río la conducción que procede del pantano de los Hurones, fue levantado en 1957 cuando se realizaron las obras del Abastecimiento a la Zona Gaditana.

Camino de Torrecera.

Retomamos nuestro camino hacia Torrecera dejando a nuestra izquierda la Estación Elevadora de La Barca, las granjas de Berlanguilla y los terrenos de la antigua Huerta del Coronel con cultivos de algarrobos. Nos desviamos a la derecha por el cruce hacia La Suara, pasando por el Arroyo de Cabañas y las Mesas del Corral, antiguo descansadero de ganado. En La Suara, espacio forestal que se extiende sobre una antigua terraza fluvial del Guadalete, se conservan importantes manchas de alcornoques, encinas, coscojas y quejigos junto a los que crecen pinos y eucaliptos, fruto de las repoblaciones que hace medio siglo realizó el Instituto Nacional de Colonización. Este parque periurbano, lugar de ocio y esparcimiento de muchos jerezanos, está catalogado como bosque-isla.

A la derecha de la carretera se observan las cicatrices que dejaron en el paisaje las antiguas canteras para la extracción de áridos que se abrieron en la ribera del río. En estas graveras de Torrecera y la Dehesa Boyal se encontraron restos de la presencia del hombre en el paleolítico medio. Por aquí cruza el camino que desde Jerez se dirigía a los Baños de Gigonza y en esté rincón, donde hoy se levanta un centro ecuestre y de turismo rural, estuvieron la fuente y la barca del Boyal.



Pasamos ahora junto a Torrecera, poblado de colonización levantado en 1947 junto a los cerros donde el Arroyo Salado de Paterna se une al Guadalete. Aún quedan en Torrecera la Baja, a los pies del Cerro de la Harina, algunas de las primeras viviendas que se construyeron durante la Reforma Agraria de la II República (1933), en una iniciativa que planificó el reparto de tierras de las fincas Cabeza de Santa María, Los Isletes, Doña Benita y Torrecera y que quedó frustrada tras el golpe de estado de 1936.

En el cerro del Castillo y la bodega Entrechuelos.



Dejando atrás Torrecera, el autobús asciende ahora las empinadas rampas de la Cuesta del Infierno para desviarse hacia la Bodega Entrechuelos. Desde su aparcamiento llegamos, en un cómodo paseo, hasta lo más alto del Cerro del Castillo donde se alzan los restos de una torre almohade visibles desde muchos lugares de la campiña. La torre, levantada probablemente a finales del s. XII o comienzos del XIII, está construida con la técnica de tapial, al igual que la cerca almohade de Jerez. En el muro norte se aprecia una oquedad a modo de puerta o ventana, en cuya parte superior se conservan los restos de un arco de ladrillo. El muro orientado hacia el este se ha desplomado y bien merecería consolidarse y restaurarse como se ha hecho en la torre de Matrera. En las tapias llaman la atención del visitante los mechinales, esos huecos que dejaron al descomponerse con el tiempo las maderas en las que se apoyaban los cajones del encofrado.

La torre cumplía una clara función de vigía y control del territorio, en los siglos en los que estas tierras lo fueron de frontera y en especial del camino que corría en paralelo al Arroyo Salado de Paterna y de los que discurrían junto al Guadalete, a cuyas orillas existían fértiles vegas. A los pies de la Torre estuvo el conocido Vado de Sera, ya mencionado en la Crónica de Alfonso XI, rey que



acampó aquí sus tropas en 1333 en su camino hacia Alcalá de los Gazules, en el marco de una operación militar para liberar a la fortaleza de Gibraltar del cerco al que le había sometido el infante Abu-Malik.

Las vistas que se contemplan desde la torre son excepcionales y así, junto a los principales relieves de la provincia y de la campiña, desde este privilegiado balcón podemos observar como el valle del Guadalete, que ha venido manteniendo desde Puerto Serrano una orientación NE-SO, cambia bruscamente a los pies del Cerro del Castillo para dar un giro de noventa grados hasta tomar el rumbo NO, camino de la Bahía. A a partir de la dominación cristiana, la Torre de Cera o de Sera, como se le denominaba entonces, pasó a formar parte del cinturón de torres vigía, atalayas o almenaras que, con carácter defensivo,



estaban distribuidas por la campiña. Con muchas de ellas mantenía una buena conexión visual como las de Gigonza, el castillo de Medina Sidonia, Torre Estrella, el castillo de Arcos, Jerez, o las torres de la Sierra de San Cristóbal o Gibalbín, visibles desde aquí.



Desde la torre bajamos a visitar la Bodega Entrechuelos, una moderna construcción que cuenta con magníficas instalaciones industriales y de restauración y desde la que se obtienen inigualables vistas sobre su entorno circundante. De la mano de Juan Carrillo, su Maestro de Bodega, fuimos recorriendo las distintas dependencias y conociendo el proceso de transformación de la uva, recogida en los viñedos del Cerro del Castillo, hasta su embotellado y comercialización bajo las distintas marcas que llevan nombres de topónimos de su entorno cercano (Entrechuelos, Alhocén, Talayón…), una muestra más de su estrecha vinculación con la tierra.

En la Ermita de la Ina.



De nuevo en la carretera, pasamos ahora por el vado del Arroyo Salado e los Entrechuelos junto al que vemos los canales de riego del embalse de Guadalcacín. Al poco llegamos a la entrada del cortijo de Spínola y al conocido como Cerro de la Batida, el último escarpe a orillas del Guadalete constituido por rocas de yeso que fueron explotadas para su uso industrial por una fábrica cerrada hace dos décadas. Este curioso enclave natural ofrece magníficas panorámicas “a vista de pájaro” sobre las galerías del río y sobre las Vegas de El Torno. En sus verticales tajos, que caen a plomo sobre el río, se refugian rapaces y aves de roca que ya en 1910, merecieron la atención de los naturalistas ingleses W. Buck y A. Chapman, quienes lo describen en su obra La España Inexplorada (1910).

Camino de los Llanos de la Ina, al pasar por el Cerro del León, dejamos a la derecha de la ruta el Palomar de Zurita, un auténtico monumento etnográfico. Obra del primer tercio del siglo XIX, guarda en su interior casi 25.000 nidales y amenaza con desplomarse si no se hace nada por evitarlo. Algo más adelante cruzamos por Rajamancera en cuyos campos existió una importante laguna que fue desecada a mediados del siglo pasado, transformando su vaso en tierras de cultivo, en el lugar donde hoy se encuentra una pista de ultraligeros, un poco antes de llegar a la barriada rural de La Ina.



La siguiente parada es en la Ermita de la Ina que visitamos de la mano de Isabel Chico, miembro de su Asociación Parroquial, siempre tan amable. Desconocida para muchos jerezanos, el edificio, aunque muy reformado por sucesivas obras, es de estilo mudéjar y tiene su origen en una construcción del último tercio del s. XIV. De planta rectangular y tejado a dos aguas, su interior consta de tres naves con arcos de herradura apuntados, apoyados sobre pilares cuadrados. Destruida en 1838 por un huracán y restaurada en 1952, la ermita fue construida por acuerdo del cabildo jerezano para conmemorar la victoria de las tropas cristianas en 1339 contra las del infante Abu Malik, que había instalado su campamento en los Cerros del Real (Lomopardo) teniendo cercada la ciudad. En esta acción tuvo un papel decisivo Diego Fernández de Herrera, auténtico héroe jerezano cuya hazaña es bien conocida por haber quedado reflejada en toda la historiografía tradicional. La Crónica de Alfonso XI desdice sin embargo estas historias, situando la muerte del rey de Algeciras, “Abomelique el infante tuerto”, en las Vegas de Pagana, junto a Alcalá de los Gazules.

Sea como fuere, en nuestra visita evocamos esta y otras historias, y recordamos como el origen el topónimo “La Ina”, leyendo también algunos textos del geógrafo andalusí Ibn Said (s. XIII) o de los poetas jerezano-andalusíes Ibn Lubbal (s. XII) o Ibn Giyat (s. XII) en los que se recrean los idílicos parajes de estos llanos junto al Guadalete, para los que remitimos a los trabajos del arabista M.A. Borrego Soto.

En el Puente de Cartuja.

Dejando atrás La Ina, pasamos junto al Puente de la Greduela, donde hasta afínales delos sesenta del siglo pasado existió, junto a la Venta de las Carretas, una barca de sirga para cruzar el río.

En sus campos, La Greduela guarda uno de los últimos palomares de la campiña que, como el de Zurita debiera ser declarado “monumento etnográfico”.



La última parada de nuestro itinerario es en el Puente de Cartuja, junto a su estribo izquierdo, donde podemos apreciar los recientes trabajos arqueológicos que han sacado a la luz lo que pudo ser un antiguo embarcadero y el arranque de los muros del viejo azud del molino. Junto al puente recordamos como en el origen de su construcción primaron los intereses militares, para facilitar el auxilio de las tropas jerezanas a los ataques de los piratas turcos y berberiscos a las costas gaditanas. Iniciadas sus obras en 1525 y terminadas en 1541, debe su traza a Fortún Jiménez de Vertendona y en su construcción intervinieron diferentes maestros como Pedro Fernández de la Zarza, D. Jiménez de Alcalá o Hernán Álvarez. Entre 1581 y 1582 se construyó en uno de los arcos del puente el molino de la villa, como reza en la lápida que aún se conserva en uno de los pilares junto a la Venta de Cartuja, cuyo edificio se levantó unos años después como dependencias y almacenes del molino.



En nuestro paseo por el puente pudimos también comentar las muchas vicisitudes por las que atravesaron estas obras, que precisaron continuas reparaciones a lo largo de estos siglos. De la misma manera elogiamos -como no podía ser de otro modo- las obras de restauración ambiental que en los últimos años han retirado de las riberas y del lecho del río miles de toneladas de lodos y de pies de eucaliptos, recuperando este histórico paraje del Vado de Medina, su antigua fisonomía, esa que nos recuerdan los viejos grabados y fotografías de hace un siglo. La repoblación con álamos y fresnos que ha tenido lugar en estos días, pone la guinda a este recuperado tramo del Guadalete en el que el puente, el “viejo puente de Cartuja”, destaca aún más hermoso.

La tarde se echaba encima y, por falta de tiempo tuvimos que dejar para otro día las paradas previstas en La Cartuja, La Corta y El Portal, para completar este recorrido por el bajo Guadalete, un itinerario que les recomendamos y del que no saldrán decepcionados. Gracias a los amigos del Aula de Mayores de la UCA por permitirnos acompañarlos.

Agradecemos a nuestro amigo José Castillo las fotografías de la excursión que ilustran este reportaje.

Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto. Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Rutas e itinerarios, Río Guadalete, Patrimonio en el medio rural, Carreteras secundarias.

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 18/02/2018

MAS FOTOGRAFÍAS DE ESTA RUTA EN EL SIGUIENTE ENLACE: http://aumjerez.blogspot.com/2018/02/ruta-del-bajo-guadalete-con-el-profesor.html

El palomar de La Greduela.
Un “monumento etnológico” junto al Guadalete.




A los pies del Cerro de los Yesos, donde el Guadalete parece recrearse en su lento discurrir ceñido por las colinas de Salto Al Cielo, hay un hermoso paraje donde, en nuestro imaginario particular, nos gusta situar aquel florido vergel del que hablan las fuentes árabes y del que ha escrito mejor que nadie el arabista M. Ángel Borrego Soto: las alamedas de “al-Ŷāna” (1). Resguardado entre las arboledas del río, en el seno de un cerrado meandro de difícil acceso hasta que hace apenas cuarenta años se construyó un puente para llegar a él, este rincón de la vega es conocido como La Greduela.

En tiempos pasados, estas tierras se llamaron también de La Graderuela, de la Graduela, de la Dehesa de Morales… Desde su puesta en regadío en la segunda mitad del pasado siglo, La Greduela fue sinónimo de naranjales, que con el paso del tiempo han ido desapareciendo cediendo su lugar a otros cultivos. Pero mucho antes, hace casi dos siglos, cuando sólo se podía llegar hasta este rincón de la vega a través de intrincados carriles que cruzaban los cerros de Lomopardo y de Los Yesos…, el nombre de La Greduela evocaba bandadas de palomas sobrevolando las alamedas y sotos ribereños, yendo y viniendo por entre los olivares, los carrascales y los palmares en busca de grano. Y eso fue así porque aquí se levantó uno de los más poblados palomares de Andalucía del que aún se conserva buena parte de su edificio original. De él nos ocuparemos en nuestro “paseo” de hoy en torno a Jerez.

Por las riberas del Guadalete en La Greduela.

Apenas hemos cruzado el remozado puente levantado junto a la venta de Las Carretas, se abre ante nosotros el llano de La Greduela. Al pie de suaves colinas, en el ángulo izquierdo de la escena, se aprecia el caserío del antiguo Cortijo de La Greduela (o Graderuela) y un poco más a la izquierda, nos llama la atención una construcción de planta casi cuadrada, sin tejados, algo separada del cortijo: el palomar.



Desconocemos la fecha en la que fue edificado pero creemos que puede ser coetáneo del cercano Palomar de Zurita, esto es, de mediados del siglo XIX, o tal vez algo anterior en el tiempo a juzgar por el empleo en su construcción de materiales más toscos. Aunque el palomar no aparece mencionado de manera explícita, las casas de La Graderuela ya figuran en el mapa de Francisco Coello (1868) o en el de Ángel Mayo (1877). En el primero de ellos se reflejan incluso las construcciones separadas que representan el cortijo y, tal vez, el edificio del palomar.

A nuestro entender, existen razones para pensar que pudo ser realizado por los mismos alarifes que levantaron el Palomar de Zurita, pues en ambos casos se han utilizado idénticos detalles constructivos y las mismas soluciones técnicas para la edificación de los muros, enlucido de los paramentos, trazado de arcos de paso entre calles, dinteles en las puertas de entrada, disposición de los nidales u hornillas, resaltes ente las bandas, aleros y remates… Incluso las medidas de los distintos elementos son también muy parecidas si bien en el Palomar de Zurita se ha reducido ligeramente la anchura de calles para aprovechar de manera más eficiente la superficie del edificio y albergar el máximo número de nidos posible.

Un monumento etnológico y de la arquitectura popular.

Lo primero que llama la atención en el palomar de La Greduela es la simpleza y armonía de sus formas. La impresión inicial nos puede hacer pensar en una construcción inacabada a la que le falta el tejado.



Sus muros son lisos, sin huecos ni ventanas, más allá de la pequeña puerta de entrada, que cuesta trabajo descubrir en el extremo de la pared orientada al sur. Diríamos hoy que se trata de una obra funcional y sin concesiones a los elementos que pudieran resultar superfluos para otra cosa que no sea su principal misión: la cría de palomas y pichones. Sus atractivos, sin embargo, están en el interior.

El palomar tiene planta rectangular, casi cuadrada, como el de Zurita, aunque de dimensiones algo más grandes que aquel, con lados de 14,50 m y 16,50 y una superficie aproximada de 240 m2. Sus muros exteriores tienen diferentes alturas. El delantero, orientado al sur, donde se encuentra la pequeña puerta de acceso, se eleva hasta los 6 m. El trasero, algo más alto, llega hasta los 7,50 m. Su espesor también varía, desde 1,30 a 1 m. (aprox.) presentando una ligera inclinación desde su base hasta la media altura. A juzgar por las marcas que se aprecian, en el muro trasero debieron existir unas dependencias adosadas. A sus pies encontramos hoy una curiosa piedra de molino, tal vez procedente del que fuera antiguo molino de La Cartuja, cercano al palomar.

Como el de Zurita, el palomar de La Greduela no está techado lo que permite una fácil entrada y salida de las aves. Más difícil lo tenían otros “visitantes” no deseados ya que los muros eran perfectamente lisos y sin resaltes, con un repellado a prueba de animales trepadores. Ratas, comadrejas, hurones, culebras, gatos… nada tenían que hacer en sus intentos por acceder al palomar, al que sólo se podía entrar por una pequeña puerta de 1,70 de altura y 85 cm. de ancha que permanecía siempre cerrada. Situada en el extremo del muro, al cruzarla, se observa una “galería” formada por arcos de ladrillo, de las mismas dimensiones que la puerta “principal” Estos arcos se han abierto en los muros interiores para comunicar las distintas calles en las que se organiza el palomar. Estas 7 calles paralelas, a modo de estrechos pasillos, tienen una longitud de 14,50 m. y una anchura variable, entre 95 y 115 cm., siendo más anchas que las de su vecino, el palomar de Zurita. A ambos lados de las calles se levantan muros de 6 m. de altura y unos 85 cm. de grosor. Estos muros albergan los nidales u hornillas, pequeñas vasijas cerámicas unidas entre sí por argamasa, que podían alojar cada una pareja de palomas, aunque por regla general, en este tipo de explotaciones, un tercio de los nidos permanecían desocupados. Algunas de las calles interiores están ocupadas por higueras de porte espigado, cuyas raíces amenazan seriamente las filas más bajas de nidos del palomar. Al igual que en el de Zurita, en el suelo de las calles no faltan ladrillos desprendidos de los aleros y restos de hornillas, producto del vandalismo de quienes han intentado arrancarlas de las paredes, destruyéndolas para siempre, razón por la cual debiera protegerse el acceso.

Nidales de palomas en vasijas cerámicas.

Sorprende siempre a quienes se asoman al interior del palomar la contemplación de los miles de hornillas cerámicas que se alinean en 24 filas o “pisos” a lo largo de los muros interiores. Para ilustrar al lector de su forma, hemos incluido en este reportaje fotografías de hornillas del Palomar de El Gato, en San José del Valle, cedidas amablemente por sus propietarios y de dimensiones similares a las de La Greduela.

Estos nidales, salidos uno a uno de las manos de adiestrados alfareros, se cuentan entre los más elaborados de los que habitualmente se utilizaban en los palomares de otros puntos del país. Así lo entiende Augusto de Burgos en su delicioso “Diccionario de agricultura práctica y economía rural”, una obra publicada en 1853, en un tiempo cercano a las fechas en las que pudieron ser levantados estos palomares (2).

Expone el autor como la forma de los nidos variaba de unas provincias a otras. En algunos lugares los construían con tablas de madera (las de castaño y roble eran las más apreciadas), materiales menos costosos que los cerámicos, pero que tendían a llenarse de piojuelo, insecto que parasitaba a las palomas. En otras regiones se utilizaban cestillas de mimbre, que era necesario reemplazar cada tres o cuatro años por su progresivo deterioro. Los ladrillos, colocados en forma de triángulo, eran más frecuentes para la construcción de los nidales y una solución más duradera, al igual que las tejas o, en menor medida, los cilindros cerámicos. Este es el procedimiento constructivo adoptado en el Palomar de la Breña, en Barbate, como puede apreciarse en la fotografía que acompañamos. Sin embargo, como ya apunta el mencionado autor, “En otras partes construyen para esto espresamente vasijas de barro en que la paloma vive á su gusto; pero es difícil colocar las escaleras para limpiar el palomar sin romper muchas vasijas…”.

En el caso de nuestros palomares, la solución adoptada para evitar la rotura de las vasijas fue embutirlas en los muros de manera que no presentaran bordes sobresalientes de la superficie del paramento. Además de facilitar la limpieza y el acceso al interior de las hornillas para recoger los pichones, esta forma de disponerlas, sin presentar salientes, impedía también que accedieran a ellas serpientes, ratas, gatos o comadrejas, enemigos más habituales de las palomas.

Recordando los palomares romanos.

De estas hornillas de barro cocido ya nos hablaba, veinte siglos atrás Lucio Junio Moderato, más conocido por Columela, el célebre escritor agronómico romano nacido en Cádiz, quien incluye en su conocida obra Res rustica, (Los trabajos del campo), un apartado dedicado a las palomas y palomares (3). En el Libro VIII, capítulo VIII de esta magna obra escrita a mediados del siglo I de nuestra era, bajo el título “Del modo de engordar las palomas torcaces y de otras castas, y del establecimiento del palomar” nos describe con todo detalle unas prácticas que, aunque están referidas a veinte siglos atrás, encuentran gran parecido a las que leemos en los tratados de agricultura y colombicultura del siglo XIX. Al leer los fragmentos en los que describe el palomar, estamos viendo en ellos nuestros palomares actuales: “Sus paredes… se excavarán con órdenes de hornillas, como hemos prevenido para el gallinero, o si no acomodare de este modo se meterán en la pared unos palos, y sobre ellos se pondrán tablas que recibirán casilleros, en los cuales las aves harán sus nidos, u hornillas de barro con sus vestíbulos por delante para que puedan llegar a los nidos. Todo el palomar y las mismas hornillas de las palomas deben cubrirse con un enlucido blanco, porque es el color con
que se deleita principalmente esta especie de aves…
" (4).

En el palomar de la Greduela, que estuvo también enlucido de blanco por dentro y por fuera, estas hornillas tapizan literalmente la superficie de todos los muros interiores de las siete calles en las que se organiza el palomar, mostrándonos sus bocas circulares que tienen un diámetro cuya longitud es casi uniforme con escasas variaciones comprendidas entre 10 y 12 cm. En su interior, el vientre de las vasijas se ensancha hasta los 20 cm. de diámetro y su profundidad media oscila entre 20 y 23 cm. aproximadamente. En suma, unas dimensiones similares a las de las hornillas del Palomar de Zurita, por lo que creemos que han podido ser fabricadas en la misma alfarería, tal vez en algunas de las que existían al pie de los cerros de los pagos de Anaferas y Torrox o las que en el siglo XIX se ubicaban en las proximidades de la Ermita de Guía.

Los muros se dividen en 6 bandas paralelas, separadas por un resalte de ladrillo. En cada banda se disponen las filas de hornillas. La primera de ellas presenta cinco alturas y tiene su primera fila separada del suelo unos 60 cm. evitando así el acceso de posibles “enemigos” de las palomas. Las cuatro bandas siguientes tienen cuatro filas cada una. Finalmente, el último de estos “pisos” presenta una altura variable, ya que, como se ha dicho, los muros laterales tienen forma de trapecio para salvar el desnivel de 1,5 m. existente entre el muro trasero y el delantero. Así, mientras que en las primeras calles vemos tres nidos de altura, en la última se cuentan hasta 10 filas de nidales.

Más de 22.000 hornillas.



¿Cuántas hornillas tiene el palomar de la Greduela? En un cálculo aproximado comprobamos que cada una de las 7 calles interiores del palomar tiene un mínimo de 23 alturas de nidos. Cada tiene 62 vasijas a ambos lados de la calle y en los lados más estrechos que cierran las calles pueden verse 5 cuencos por fila. A ello hay que sumar las hornillas que contamos en esa última banda, con filas variables… Ya sólo nos queda restar las palomeras que cabrían en los huecos de paso para llegar así a una cifra aproximada de 22.400 nidales, una cantidad muy próxima a la cifra de 23.000 que calculamos para el palomar de Zurita. En todo caso, una cantidad muy respetable que sitúa a nuestros palomares entre los de mayor capacidad de cría del país. Si recordamos que el de La Breña tenía 7.700 hornillas y que algunos estudios de los afamados palomares de Tierra de Campos arrojan medias en torno a las 1000 palomeras, convendremos que, a los valores propios de la arquitectura rural, nuestros palomares añaden los de su gran capacidad de cría y producción de pichones y palomina. No hace falta insistir en ello para reclamar su protección, y solicitar a la Dirección general de Bienes Culturales de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía… o a quien corresponda, su declaración como Lugar de Interés Etnológico… antes de que avance su deterioro o de que acabe por destruirse definitivamente.



Nos vamos de La Greduela imaginando como, ciento cincuenta años atrás, el palomar ofrecía una estampa sin igual, con miles de aves revoloteando a su alrededor, entre los cerros y las alamedas. Entonces era un importante centro productor de carne fresca para los mercados de la ciudad, a la vez que proporcionaba pichones vivos que se transportaban en jaulas a los puertos cercanos, para garantizar el suministro en los viajes y travesías marítimas. De todo ello nos queda el recuerdo en los muros de este “monumento etnológico” que no debemos dejar perder.

Para saber más:
(1) Borrego Soto, M. A. (2008): "Poetas del Jerez islámico", Al-Andalus Magreb, 15: 41-78. De estemismo autor, puede consultarse también: Gala del mundo y adorno de los almimbares. El esplendor literario del Jerez andalusí. Col. EH Al-Andalus, Jerez, 2011.
(2) De Burgos, A.: Diccionario de agricultura práctica y economía rural. Vol. 5, pgs. 74-78.
(3) Souto Silva, M.: La cría de palomas en la historia. En “Los palomares en el sur de Aragón (Teruel)”. DGA, 2002.
(4) Lucio J. Moderato Columela: Los doce Libros de Agricultura. Traducción del latín y notas por Carlos J. Castro. Prólogo Emiliano Aguilera. Iberia, Barcelona, 1959. Tomamos la cita de M. Souto Silva.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 28/09/2014

 
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