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Los otros “montes” de Jerez.




Cuando en Jerez nos referimos a los “montes”, casi todo el mundo lo asocia a los Montes de Propios, ese amplio territorio serrano de propiedad municipal que ocupa las tierras orientales de nuestro vasto término. Incluidos en el Parque Natural de Los Alcornocales, los Montes de Jerez se extienden sobre una superficie aproximada de 6.820 hectáreas repartidas en dos grandes fincas, La Jarda, de 6.000, y Montifarti, de 820 (1). La Sierra de Las Cabras, el Picacho de la Sierra del Aljibe o la Sierra de La Gallina están en todo o en parte contenidos en su demarcación dando a este enclave natural un aspecto montañoso y agreste al que contribuyen también los bosques de alcornoque que se extienden por estos parajes.

Sin embargo, en nuestro paseo de hoy por los paisajes y la historia, “entornoajerez”, no vamos a hablarles de estos Montes… sino de los “otros”. De esos “Montes” muy singulares que figuran en nuestra toponimia dando nombre a distintos rincones de nuestras campiñas y sierras y que en muchos casos no están referidos a relieves abruptos, pero que encierran también muchas historias. ¿Nos acompañan?

Montealto y Montealegre.



Entre esos otros “montes” más próximos a la ciudad, nos encontramos los de Montealto y Montealegre. Con 95 m de altitud, Montealto es uno de los lugares más elevados de las cercanías del casco histórico de Jerez, seguido muy de cerca por el cerro del Calvario (85 m), lugar este último donde en 1866 se construyeron los Depósitos de Agua del Acueducto de Tempul. Enclavado en el antiguo pago de Rabatún, y limitado a este y oeste por los caminos de Lebrija y de Trebujena, el cerro de Montealto domina un amplio panorama, especialmente en dirección norte. A sus pies corre el Arroyo del Zorro, tributario del Arroyo de la Loba (o Guadajabaque), que aún en los años lluviosos vemos inundando las zonas bajas en torno a la zona comercial de Área Sur.

En tiempos remotos penetraba por estos cauces un antiguo estero que, a modo de caño mareal, se inundaba al estar conectado con el paleoestuario del Guadalete a través del Guadajabaque. No es de extrañar que esta privilegiada posición geográfica reclamará ya desde la antigüedad la atención de las distintas culturas que se asentaron en el entorno de Jerez. Así lo atestiguan los hallazgos realizados en el yacimiento de Los Villares, en la parte más elevada del cerro de Montealto, excavado por la arqueóloga Esther López Rosendo entre 2003 y 2005 donde salió a la luz un asentamiento con vestigios que cubren un periodo muy amplio, desde la Edad de Cobre hasta las épocas tartésica y romana. De especial interés son los restos de un alfar y un enclave agrícola romanos, además de la existencia de una necrópolis (1). De la misma manera, el topónimo de Rabatún (que parece derivar del árabe ribat-al-Yun) apunta, según distintos autores, a la posible existencia en este paraje de una rábita, un puesto de vigilancia y defensa medieval, asociado tal vez al control de un camino de acceso al Jerez islámico, aprovechando su singular posición geográfica (2).

La excepcional situación de Montealto como máxima altura de las proximidades del casco urbano, fue también determinante para que en este emplazamiento se instalaran a finales de la década de los 60 del siglo pasado dos grandes Depósitos Reguladores de 10.000 m3 de capacidad cada uno, pertenecientes a la red de abastecimiento de agua de la Zona Gaditana, destinados a atender las necesidades urbanas de Jerez (3). Un bosquete de pinos los oculta hoy a la vista del paseante marcando, desde la lejanía, esta “máxima elevación” cercana a la ciudad.



Montealegre es también el topónimo que da nombre a un antiguo y afamado pago de viñas y que en la actualidad denomina a un amplio sector de tierras de las cercanías de la ciudad delimitado por la Ronda Este, el arroyo de la Canaleja, la autopista Sevilla Cádiz y la carretera de Cartuja. Con alturas máximas de 56 m, Montealegre no guarda en su territorio ninguna elevación que sobresalga de manera relevante, sino que se trata más bien de una amplia meseta, formada por conglomerados, arenas y limos del Plioceno, cubierta en su superficie por arenas finas rojas con arcillas. Estos últimos, más modernos, fueron depositados en el Pleistoceno (4) y forman un suelo característico, de tierra rojiza, en el que hasta el siglo pasado predominaban las viñas. Tan solo en su vertiente oriental, la que da a la autopista, se aprecian cortados y grandes desniveles, tallados por las aguas del arroyo Salado, al igual que ha hecho el de La Canaleja, en su sector norte, en las proximidades de la barriada de La Teja.

Estos materiales arenosos son muy permeables funcionando a nivel geológico como una gran “esponja”, por lo que el acuífero de Montealegre, que tiene en su suelo una gran capa de arcillas impermeables, es un verdadero depósito de reserva de aguas subterráneas. Desde antiguo se han explotado mediante grandes pozos o han aflorado al exterior de manera natural a través de fuentes y manantiales, allí donde existen cortes del terreno que lo permiten. Algunos de ellos son conocidos desde hace siglos si bien la mayoría presentan hoy en día un caudal muy menguado o han desaparecido. Entre los más notables citaremos los manantiales de La Canaleja o El Clérigo, ya perdidos, el de La Teja, en la finca homónima o la Fuente de Pedro Díaz, destruida con las obras de la Ronda que aún sigue manando en las proximidades de Monte Sierra. También se conservan la Fuente de La Vaquera, en la vertiente oriental que mira a Lomopardo, la de Albadalejo, en las proximidades del puente de Estella del Marqués o el más conocido de todos, el de Los Albarizones que en el siglo XVI se canalizó hasta Jerez con acueducto que terminaba en la Fuente de la Alcubilla (5).

La abundancia de agua favoreció desde antiguo la existencia de huertas, árboles frutales y arboledas en estos parajes de ahí que el nombre de Montealegre no pueda ser más apropiado para definir a ese “lugar ameno” por excelencia, donde todavía se mantienen viñedos, huertos tradicionales, y numerosos recreos con jardines y árboles ornamentales. Y esto es así desde hace siglo. Ya a mediados del XVII, el historiador Fray Esteban Rallón, describiendo los alrededores de La Cartuja apunta que “…Por la parte del norte se halla esa casa amparada de los rigores del cierzo, con los cerros que llaman de Montealegre, que se merecieron este nombre así por su eminencia, que señorea nuestra ciudad, como por su fertilidad. Esta todo vestido… de olivares, viñas, higuerales y diversos frutales, arroja de si diversas fuentes como la de la Baquera, la de Pedro Díaz, la del Badalejo y Alcubilla, y otras de menos nombre; y aunque por la parte que mira al convento no hay alguna que pueda valerse, ha suplido la industria y el arte la falta de la naturaleza con diversos barrenos que sele han dado, juntando y recogiendo con minas tan buena cantidad de agua, que tiene para sus claustros y oficina y, aunque no con mucha sobra, la bastante para la necesidad y hermosura como lo vemos” (6). Joaquín Portillo, se expresaba en similares términos con respecto a las bondades de Montealegre “cuyo nombre se mereció justamente no solo por su elevación y buena vista que manifiesta a sus moradores, sino igualmente por su fertilidad” (7).

Aún hoy día, es una delicia pasear por los caminos de Montealegre, o hacerlo por los alrededores de los Albarizones o La Cartuja, por la Hijuela de la Araña, entre Huertas, o por la del Serrallo, hasta el Monasterio. A todas estas posibilidades hay que unir, desde 2016, una nueva ruta habilitada para el senderismo y los paseos en bici o a caballo que utiliza el antiguo camino de servicio del Canal del Guadalcacín.

Partiendo de la rotonda nº 5 de la avenida rey Juan Carlos I, junto a la barriada de La Teja, esta ruta de casi cuatro kilómetros, discurre por el sector oriental de Montealegre y llega hasta las proximidades de Viveros Olmedo.



En su tramo inicial discurre por lo más alto de las “cornisas de Montealegre”, desde donde obtendremos magníficas vistas, para bajar después hasta la base de los cortados, y acercarse a las orillas del Arroyo Salado.

Montifarti y Montenegro.



Algo más alejados de la ciudad se encuentran otros dos parajes en los que nos encontramos topónimos que hacen alusión a “montes”: Montifarti y Montenegro. Montifarti, da nombre a una finca integrada en los Montes de Propios de Jerez, colindante con la Sierra de las Cabras. También conocida como Montifarte, en el origen de su nombre se encuentra una curiosa historia relacionada con un no menos curioso personaje, Abū’l-Jayr al-Išbīlī, (“el sevillano”) uno de los más afamados botánicos y agrónomos andalusíes de su tiempo. Como “jardinerodel rey al-Mutamid, (S. XI), visitó nuestros montes en busca de especies vegetales de utilidad medicinal y, en especial, de unos enebros singulares que crecían en las cercanías de la fortaleza de Tempul (hins Tubayl), próxima a los famosos manantiales (8). En uno de sus tratados en el que describe las hojas, madera y semillas de estos enebros, así como sus propiedades para las afecciones del corazón escribe: “Yo he visto esta especie al sur de Arcos (Arkus), en el monte Munt Fart, que domina sobre una aldea que se llama Taqbl, en la ladera de la parte de poniente, sobre tierra roja…” (9). Como ha estudiado el profesor Joaquín Bustamante, el yabal Munt Fart no es sino el actual “Montifarti” y, por extensión, toda la Sierra de las Cabras. Según este autor el nombre deriva del árabe “fart”: “abundante”, “bien provisto” y se trata de un “romancismo sustrático”. “El hecho de repetir /gabal/, “monte” junto a /munt/ “monte”, demuestra que /Munt Fart/ es un topónimo sustrático, cuya significación primera no es consciente ya para el hablante de árabe andalusí. Como cuando en español supuestamente repetimos “rio Guadalquivir…" (10).

Sea como fuere, Montifarte, Montifarti o Montifartillo son topónimos aún en uso que se han mantenido desde la época andalusí y de los que encontramos referencias en otras fuentes medievales como el Libro de la Montería del rey Alfonso XI, donde al describir los lugares de caza en el entorno de la Sierra del Aljibe se apunta que “(...)Et son las armadas la una en el abertura de cara a Montifarte; et es la otra armada en fondon de la Breña como vá Barbate Ayuso” (11).



Otro curioso topónimo relacionado con los “montes” es el de Montenegro, un lomo montañoso de casi cuatro kilómetros de longitud, que en dirección norte-sur se alza frente a La Jarda, en los Montes de Propios de Jerez. A sus pies discurre la carretera que lleva al Puerto de Gáliz y en sus faldas se desarrolla la típica vegetación presente en los montes del P.N. de los Alcornocales, con predominio de alcornoques, quejigos, acebuches y algarrobos. En su ladera oriental, la situada frente a la entrada de La Jarda, se encuentra la Laguna del Moral, próxima a los Tajos del Fraile, un espolón rocoso que se alza en el extremo de la Loma de Montenegro. En muchas zonas del país, este topónimo se



relaciona con montes de encinas o montes muy cerrados y, aunque en el caso que nos ocupa no está claro su origen, se apunta como posible razón de su nombre, la gran densidad de vegetación de sus faldas y la espesura del matorral y del bosque que aquí se desarrolla (12).

Monte Corto, Montegil y Montebur.



Siguiendo este recorrido histórico-geográfico por los “otros montes” de Jerez, es obligado mencionar el caso de Montecorto (o Monte Corto) con el que se bautiza un sector de la campiña jerezana colindante con el término de Arcos. Monte Corto da nombre a un cerro (117 m) que se alza entre el cortijo de La Peñuela y Jédula, así como a un arroyo y a dos cortijos que se ubican en sus laderas: Monte Corto Alto y Monte Corto Bajo. A sus pies se encuentra también un curioso paraje, las Salinillas, así como un antiguo camino que une la sierra de Gibalbín con el Guadalete: la Cañada de Vicos a las Mesas de Santiago.

El profesor Martínez Ruiz, en su estudio sobre la toponimia gaditana del siglo XIII, señala que el nombre de Montecorto deriva de las formas Muntiqurt / Muntqur que aparecen en las fuentes árabes (13). Por su parte, el arabista y profesor Martínez Enamorado, plantea que podría tratarse de un vocablo híbrido latino-beréber con significación de “monte de las piedras” o “monte de las peñas” (14) que encaja mejor con el paraje donde se asienta el Montecorto malagueño (localidad situada junto al peñón de Malaver, próxima a Zahara) que con el Montecorto jerezano. Si de él hay constancia cierta en las fuentes medievales como donadío (15), aún está por demostrar su posible origen árabe, por lo que su nombre bien pudiera aludir a un monte de baja altura o de escasa vegetación.



En el caso de Montegil, el nombre hace alusión a un cerro de 136 m situado entre Jerez y El Cuervo, junto a la carretera nacional IV. Esta elevación domina las marismas de El Cuervo Casablanca y Morabita y en sus alrededores existen numerosos yacimientos arqueológicos. Por su posición geográfica el Alto de Montegil albergó una torre del telégrafo óptico, una de las 59 de las que constaba la línea Madrid-Cádiz, puesta en marcha en 1844 por el brigadier José María Mathé por encargo del Ministerio de la Gobernación. En dirección a Madrid se conectaba desde aquí visualmente con la torre del Cerro de Cornegil (próximo al Rancho de Majada Vieja), a mitad de camino entre El Cuervo y Lebrija. En dirección a Jerez la conexión era con la torre de Capirete, que estuvo situada en la actual Viña El Telégrafo, que ha conservado en su nombre el recuerdo de aquel curioso sistema de comunicación (16). La torre de Montegil estuvo ubicada en el paraje donde hoy pueden verse grandes antenas de telecomunicaciones. Desde este punto se observa una inigualable perspectiva sobre las campiñas y marismas del bajo Guadalquivir.

En relación con el curioso nombre de Montegil, el profesor Pascual Barea, sugiere la posible relación de este orónimo con “montecellu”, (vocablo del latín tardío) que derivaría de monte (mons, montis) y el sufijo -cellu, del que procede el sufijo castellano -cillo. “Montegil equivale por tanto al castellano ‘montecillo´”, por lo que este topónimo “documentado en textos árabes y castellanos medievales, remonta a la Antigüedad tardía” (17).

Para una futura ocasión, dejamos las referencias a otros “montes” como el mítico Montebur de la crónica de al-Razi (s. X) identificado con la Sierra de San Cristóbal, aunque otros autores sitúan en la Sierra del Pinar (Rallón) o en Gibalbín (Abellán) (XXX). O esos otros “montes” que guardan en su nombre su origen árabe como Gibalbín, Gibalcor, o Aljibe de los que nos ocuparemos en próximos paseos “en torno a Jerez”.

Para saber más:
(1) VV.AA.: Guía de los Montes de Propios de Jerez de la Frontera. Biblioteca de Urbanismo y Cultura. Ayuntamiento de Jerez, 1989, pp. 15-16.
(2) López Rosendo, E.: El Yacimiento arqueológico de los Villares/Montealto y los orígenes tartésicos y romanos de la población de Jerez. Historia de Jerez, nº 13. 2007, p. 11. Ver también: García Vargas, E. y López Rosendo, E: El alfar de Rabatún (Jerez de la Frontera, Cádiz) y la producción de ánforas y cerámica común en la campiña del Guadalete en época altoimperial romana, SPAL: Revista de prehistoria y arqueología de la Universidad de Sevilla, 17 (2008): 281-313.
(3) Confederación Hidrográfica del Guadalquivir: El abastecimiento de agua a la zona gaditana 1957-1982, Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo, 1983. Ver también: Jerez 65-70, Grafibérica, Jerez, 1969.
(4) Mapa Geológico de España. Hoja 1.048. Jerez de la Frontera y Hoja 1.062. Paterna de Rivera. Instituto Geológico y Minero de España. 1987.
(5) García Lázaro, J. y A.: Una ciudad sedienta: en busca del agua con el ingeniero Ángel Mayo, Diario de Jerez, 5 de octubre de 2013
(6) Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, Ed. de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. IV, p. 174.
(7) Portillo, J.: Noches Jerezanas, o sea, la historia y descripción de la M.N. y M.L. ciudad de Jerez de la Frontera y de su término por D.J.P., Imprenta de D. Juan Mallén, 1839, Tomo Segundo, p. 182
(8) Abellán Pérez, J.: La cora de Sidonia, Málaga, 2004. Págs. 26 y 146
(9) Abu l-Jair al-Isbili “Umdat al-tabib…, II, 563-564. Versión de Joaquín Bustamante Costa. Puede consultarse en Abellán Pérez, J.: El Cádiz islámico a través de sus textos, Cádiz, 1996, p. 154.
(10) Bustamante Costa, J.: “Toponimia árabe del cuadrante sudoccidental de la provincia de Cádiz”, en Janda. Anuario de Estudios Vejeriegos, 3 (1997), 27-42, pg. 40
(11) Valverde J.A.: Anotaciones al Libro de la Montería del Rey Alfonso XI. Ediciones Universidad de Salamanca. pg. 1392. Ver también. García Lázaro, J. y A.: Por los Montes de Jerez con el botánico Abul Jair al Isbili, Diario de Jerez, 15 de noviembre de 2015
(12) García Lázaro, J. y A.: De colores: un recorrido por los colores y la toponimia de la campiña. Diario de Jerez, 22 de enero de 2017
(13) Martínez Ruiz, J.: “Toponimia gaditana del siglo XIII”, en Cádiz en el siglo XIII, Actas de las Jornadas conmemorativas del VII centenario de la muerte de Alfonso X el Sabio, Cádiz, 1983, pg. 102.
(14) Martínez Enamorado, V.: A propósito de un pasaje del Rawd al-Qirtas de Ibn Abi Zar´. Identificación de tres topónimos beréberes de la Serranía de Ronda. Estudios sobre patrimonio, cultura y ciencias medievales III-IV, 127-148 Cádiz, 2001-2002, pp. 137-138.
(15) Martín Gutiérrez, E.: La organización del Paisaje Rural durante la Baja Edad Media. El ejemplo de Jerez de la Frontera. Universidad de Sevilla-Universidad de Cádiz. 2004, p. 160.
(16) García Lázaro, J. y A.: Por los altos de Montegil y Capirete: el telégrafo óptico en Jerez. Diario de Jerez, 19 de octubre de 2013. Puede verrse también: Sánchez Ruiz, C.: Los telégrafos ópticos de Jerez. Diario de Jerez, 13/10/2003 y Sánchez Ruiz, C.: "Las Líneas telegráficas de Cádiz (1805-1820)." Actas del X Congreso de la SEHCYT. I Simposio de Historia de las Telecomunicaciones. Badajoz, 10-14 de septiembre de 2008.
(17) Pascual Barea, J.: Del latín tardío "Montecellu" al topónimo andaluz Montejil, Gades, nº 22, 1997, pp 607-620.


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Para ver más temas relacionados con éste puedes consultar: Paisajes con Historia, Toponimia

Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 17/12/2017

La pesca en el Guadalete.
Una mirada ciento cincuenta años atrás.




La fauna piscícola en el Guadalete y sus afluentes se limita en la actualidad a muy pocas especies. Al margen de las exóticas introducidas en los embalses, las tres más representativas de nuestro río son el barbo, la boga y el cachuelo. La colmilleja, un pequeño pez alargado que vive asociado al fondo del lecho fluvial, se ha detectado también en los tramos más bajos, al igual que el fartet, un pez de pequeño tamaño en peligro de extinción. Este endemismo de la fauna ibérica, que está presente en algunos arroyos y caños del estuario del Guadalete, esta adaptado tanto a la vida en agua dulce como a las aguas salobres próximas al litoral (1).

Sin embargo, antes de la construcción de las presas y azudes, auténticas barreras infranqueables para la mayoría de los peces, en las aguas del Guadalete existía una gran variedad de especies piscícolas migradoras que a través del estuario remontaban el curso del río para desovar aguas arriba y llegaban también hasta alguno de sus principales afluentes. La anguila era frecuente en las aguas del Majaceite, Guadalporcún y en el propio Guadalete, donde quizás fueran también esporádicas las lampreas y diferentes especies como lisas y róbalos. (1)



Una rica fauna piscícola que se ha perdido.

Una pista aproximada de la rica variedad de peces que poblaban las aguas de nuestro río podemos obtenerla en algunos textos del historiador jerezano Joaquín Portillo, quien en varias de sus obras apunta las que se pescaban a mediados del siglo XIX cuando el curso bajo, desde el puente de Cartuja hasta el Puerto de Santa María, se encontraba libre de presas y azudes y la carrera de la marea llegaba hasta aguas arriba del Monasterio. En sus Noches Jerezanas (1839), describiendo los frutos que aporta el campo a los mercados apunta también que “…y para que nada falte a sus apetitos, el Guadalete abunda en sábalos, róbalos, albures, barbos, bogas y anguilas, con que muchas veces suple la falta de pescados que niega el mar en sus grandes alteraciones y temporales” (2). Se mencionan aquí, junto a las especies autóctonas propias de agua dulce (barbos y bogas), otras que llegan desde el mar que, como los sábalos, constituían el principal aporte en la dieta de pescado de la población local.

En otra de sus obras, Joaquín Portillo amplía esta nómina de especies piscícolas y nos proporciona, además, algunos datos sobre las artes de pesca más habituales utilizadas en el río. Así, en sus Concisos Recuerdos de Jerez de la Frontera (1847), señala que: “Tan antiguo Río, abunda en sábalos o trisas, cogiéndose un año con otro unos 6.000 con velos y zarampañas con el llamado tablonazo, que ponen en el molino denominado del Puente de Cartuja; a más cría la delicada y sabrosa trucha, la cabezuda liza, el gustoso aunque espinoso barbo, la larga, ligera y delgada anguila, el suave, sano y sumamente blanco albur, y la poca espinosa boga, con que infinitas ocasiones, suplen la falta de pescados, que niega el mar, en sus grandes alteraciones y temporales” (3). Aunque como vemos, la “coletilla” final es la misma, su descripción es de un inestimable valor, en cuanto que apunta la existencia en el curso bajo del Guadalete, en las inmediaciones del Puente y del Monasterio de La Cartuja, de especies que desde la década de los sesenta del siglo pasado ya no han vuelto a poblar sus aguas.



La pesca del sábalo y las zarampañas.

No cabe duda, leyendo a Portillo, de que el Guadalete fue en otros tiempos un río lleno de vida, con una rica fauna piscícola que desapareció de su curso bajo con la contaminación y la construcción de azudes y presas.

Por esta razón, la pesca, actividad tradicional a la que hasta finales de la década de los sesenta del siglo pasado se dedicaban muchos vecinos de La Corta y El Portal, ha dejado de ser una fuente de ingresos complementaria con la que contaban las familias que residían en estos lugares. La estampa que Joaquín Portillo nos presenta en 1847 pudo contemplarse también hasta hace algo apenas medio siglo, cuando se pescaban en el Guadalete lisas, sábalos, róbalos, anguilas y angulas… incluso corvinas, lenguados y palometas.

Atrás quedan los tiempos en los que más de 150 personas vivían directamente de la pesca. A mediados de los sesenta del siglo pasado treinta y seis familias tenían a su cargo otras tantas zarampañas (o zalampañas).

Este arte de pesca tradicional consistía en una gran red rectangular, dos de cuyos extremos se amarraban con cabos a sendos postes o árboles de una orilla del río, mientras que los otros dos eran elevados por medio de tornos situados en la orilla opuesta, cuando la red estaba llena. Los peces quedaban retenidos en una especie de bolsa en el centro de la red (zambullo). Colocando las barcas debajo de la misma y abriéndola, se recogía la “cosecha” de pescado. Lo recuerda el escritor Manuel Ruiz Lagos en Guadalete espejo oscuro: “…Guadalete, en sus efímeras y planas aguas, era el tiempo retenido en el reflejo, musitado en su leve oleaje que traía, de vez en vez, el aroma de la alta marea y el olor de los barros yodados de la bajamar. El crujir de la zarampaña, en cuyo vientre saltaban los sábalos futuros del adobo casero, atrapados junto a la vieja azucarera que, allá en el Portal, levantaba sus escuálidos muros, desmonte de una fábrica que quiso ser y no pudo”.



Los puestos donde se tendían las zarampañas (36 a partir de La Corta y hasta la desembocadura) eran subastados entre los pescadores por un periodo comprendido de noviembre a marzo, mientras duraba la veda. Durante esta época no faltaban en los mercados de Jerez pescados procedentes del Guadalete, que eran capturados, además de con la mencionada zarampaña, con otras artes como trasmallos, e incluso con cañas (4).

Con la construcción del azud móvil hace unos años se perdió la oportunidad de instalar escalas de peces que posibilitaran el remonte, río arriba, de las especies del estuario que ya no pueblan sus aguas. En todo caso, existe la posibilidad física de que la apertura de las compuertas pueda permitir que la fauna piscicola llegue al menos hasta La Corta, donde ya la represa existente supone una barrera infranqueable.



¿Volveremos a ver en el río las especies que mencionaba Joaquín Portillo en 1847? ¿Será el Guadalete, de nuevo, un bullir de lisas y sábalos, de anguilas y albures? Esperemos que así sea.

Para saber más:
(1) Clavero Salvador, Juan.: El Guadalete empieza a vivir. Campaña ciudadana para la recuperación de un río. Sevilla, 2004.
(2) Portillo, Joaquín.: Noches Jerezanas. Tomo Segundo. Imprenta de D. Juan Mallén. Jerez, 1839. pp. 165
(3) Portillo, Joaquín.: Concisos Recuerdos de Jerez de la Frontera. Año de 1847. Edición facsimil. B.U.C. Ayuntamiento de Jerez, 1992, p. 42.
(4) García Lázaro, A. : El Guadalete, Cuadernos de Jerez. Cuaderno del Profesor. Ayuntamiento de Jerez, 1989. pp.55-57.


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Por si te interesa, también hemos publicado en este blog otros temas relacionados con el que aquí se trata. Puedes verlos en
Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, el 5/07/2015

Un rincón olvidado de La Cartuja.
El humilladero y el mirador sobre el Guadalete.




Como es conocido, el monasterio de la Cartuja de Santa María de la Defensión fue considerado desde antiguo como un conjunto arquitectónico y artístico de gran valor, habiendo sido el primer Monumento Nacional (1856) declarado en nuestra provincia. Iniciada su construcción en el último cuarto del s. XV, sus siglos de gloria dieron paso, a un progresivo deterioro, que se inicia con la invasión napoleónica y se continúa con la marcha definitiva de los monjes tras la desamortización de Mendizábal. Durante más de un siglo, el monasterio sufrirá en sus edificios los estragos del tiempo, el vandalismo y la desidia de todos.



Como no podía ser de otra forma, si el abandono y la ruina se apoderaron del cenobio, los elementos exteriores del conjunto monumental se llevaron, tal vez, la peor parte. Con la vuelta de la comunidad cartujana en 1948, se comenzó una lenta reconstrucción y recuperación que afectó especialmente a las dependencias religiosas que quedaban dentro del recinto murado que protegía al monasterio. Sin embargo, poco pudo hacerse ya por el deterioro y aún la destrucción de las tapias que rodeaban la antigua Huerta de la Cartuja, de las “Puertas del Campo”, del molino de aceite o de algunas construcciones y elementos singulares como el “mirador” y el humilladero levantados extramuros, muy próximos al río.

Hace ya casi veinte años, cuando recorríamos las riberas del Guadalete aguas arriba de La Corta, a la altura de un recodo en ángulo recto que forma su cauce a los pies del Monasterio, nos sorprendió lo que parecía ser una extraña columna inclinada, de pequeñas dimensiones, que asomaba entre la vegetación en la cúspide de un mogote rocoso que se levanta apenas a treinta metros de la orilla del río. Cuando nos acercamos, no sin dificultad, abriéndonos paso entre los arbustos espinosos de Solanum bonariense que lo cercaban, reconocimos los restos de lo que pudo haber sido un crucero. Lo confirmamos después, al consultar antiguos planos y grabados de las dependencias del Monasterio que señalaban en este punto la existencia de un pequeño humilladero. A escasos metros de él se levantaba un mediano edificio, de planta rectangular y tejado a dos aguas, que se conocía como “Casa del guarda”, un antiguo mirador que amenazado por la ruina, aún conserva memoria de la hermosa dedicación que un día tuvieron sus estancias. Algo más lejos, sobresaliendo tras los altos muros que cercan el monasterio, mostrándonos aún toda su solidez de antaño, despuntaba una llamativa construcción en ladrillo: la torre de contrapeso del que fuera molino de aceite de La Cartuja.

Hace unos meses, cuando de nuevo volvimos a pasear por las orillas del río, quisimos “rescatar” la memoria de este lugar antes de que acabe perdiéndose definitivamente que es lo que pretendemos evitar, modestamente, con estas breves notas.

Un mirador asomado al río y la Bahía.



No conocemos a ciencia cierta cuando fueron construidos el molino, el mirador o este sencillo humilladero, aunque creemos que, al ser todos ellos edificios exteriores al monasterio, bien pudieran haberse levantado en la segunda mitad del siglo XVI o a comienzos del XVII, si bien todos sufrieron luego modificaciones. De algunos de ellos nos da pistas el Padre Rallón en su Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera, a mediados del XVII. Así, tras describir las principales dependencias del monasterio apunta que (el entrecomillado es nuestro):

(…) De esta plaza se baja a la huerta que es en la vega del río, donde se crían algunos árboles frutales y lo más de ella está poblado de diversas hortalizas para el gasto de la casa, todo regado con una azacaya sacada del río o del Salado que le sirve de cerca, y encima de ella, en el mismo ribazo en que está fundada la casa, está fundado un humilladero con un mirador labrado para esparcimiento de los religiosos donde se salen los días que les permite aflojar algún tanto la cuerda de su extremada observancia: son dos piezas una en otra muy hermosas y dilatadas. La primera es un soportal con mármoles blancos con sus poyos, y la segunda una espaciosa sala con sus asientos, donde se sientan en conversación al modo que los Padres del Yermo tenían sus juntas y colaciones…” (1)

Este mismo paraje es descrito también, dos siglos más tarde, en Noches Jerezanas (1839), por el historiador local Joaquín Portillo que, literalmente, plagia sin citarlo lo escrito por Fray Esteban Rallón. Juzguen ustedes:

De esta plaza se baja a la huerta que está en la vega del río, y cría algunos árboles frutales, aunque su primer destino era para la producción de la hortaliza necesaria para la casa. Toda ella es regada con una azacaya ó ramal que sale del río Salado que le sirve de cerca; en la parte superior de ella ó sea el ribazo en que está fundada la casa se formó un humilladero con su mirador que servía al recreo de los monjes en los días que les era permitido salir a él” (2).

En la descripción de Rallón se aportan interesantes datos que nos ayudan a interpretar el paisaje actual y sus elementos más relevantes, casi cuatro siglos después de que él los contemplara. Aunque no menciona la torre del molino (tal vez, obra posterior) si apunta ya la existencia del mirador que ha sufrido desde entonces algunas transformaciones importantes, tal vez para su adaptación a “casa del guarda” a la que fue destinada durante un tiempo. La primera de las estancias, que con sensibles cambios aún se conserva, es una sala cerrada, con ventanas a la huerta, en la que aún se adivinan los “poyos”, es decir, los bancos corridos arrimados a la pared, donde los cartujos se sentaban a conversar. Es curiosa la expresión “padres del Yermo”, referida a los monjes, pues con ella se hace alusión en el cristianismo a los primeros eremitas y anacoretas (“Padres del Desierto”), a los que Rallón compara con nuestros cartujos. La segunda dependencia era el mirador, propiamente dicho, abierto al mediodía, a modo de soportal con ventanales abiertos, coronados por arcos de medio punto sujetados por columnas de mármol blanco. Estos huecos fueron tapiados, si bien en su fachada aún se aprecian con nitidez, por el resalte de sus arcos en ladrillo, cuatro ventanas de 2,30 m de anchura y algo más de 3 m. de altura que guardan en sus enjutas la decoración de azulejos original. Son los “soportales” a los que alude Rallón en su descripción y que se cubrieron para transformar esta estancia abierta en un espacio cerrado. Desde su única ventana aún se contemplan magníficas vistas, limitadas ahora por la espesa arboleda del río. No en balde este fue el motivo de su elección: servir de distracción, de lugar de esparcimiento y de ocio a los monjes en esos escasos días “que les permite aflojar algún tanto la cuerda de su extremada observancia”.

La casa-mirador está orientada al sureste y desde ella se obtenían las mejores perspectivas que podían contemplarse desde el monasterio. En primer término permitía una muy cercana visión del Guadalete. Sus riberas, desprovistas de los eucaliptos que hoy casi ocultan la lámina de agua, quedaban entonces expuestas a la contemplación, mostrándose también un tramo recto del río hasta más allá de La Corta, lugar donde se encontraba el primitivo embarcadero de la ciudad que sería después trasladado a la aldea de El Portal. A lo lejos, la vista transportaba a los monjes hasta la Bahía de Cádiz. Así lo relata el propio padre Rallón al describir los horizontes que se contemplan hacia el mediodía:

Está fundada esta insigne fábrica sobre el ribazo del río Leteo, hoy Guadalete, que la baña por el medio día. Está situada a los cuatro vientos con alguna declinación al oriente, para gozar en invierno, más temprano, de las influencias del sol. Por esta parte del mediodía se descubre un dilatado horizonte, que fenece en el mar océano sin que algunos cerros que tiene, a un lado y a otro, le estorbe su dilatada vista que, a distancia proporcionada, alcanza ver la ciudad de Cádiz, descubre su bahía y registra sus embarcaciones” (3)

De nuevo Portillo, en sus Noches Jerezanas, al describir el lugar en 1839, dos siglos después que Rallón, vuelve a “copiarle” (sin citarlo) las mismas ideas. Compruébenlo:

La nunca vien elogiada obra de la Cartuja, monumento de la piedad de nuestros mayores, está situada sobre el ribazo del célebre río Gaudalete que le baña por el mediodía. Lo está también a los cuatro vientos, aunque declinando un poco sobre el oriente para paticipar en los inviernos de las bellas influencias del sol. Por la parte del mediodía se descubre un dilatado oriente que fenece en el mar occéano, sin que alguunos cerros que tiene por uno y otro lado le nieguen la dilatación de sus vistas que llegan hasta el punto de poder contemplar y distinguir las embarcaciones”. (4)



Sea como fuere, nuestro escritor decimonónico acierta de pleno al expresar la paz que se respira en este paraje, lo que se siente en este lugar al que los cartujos acudían a conversar y a distraerse contemplando el paisaje: “… Aquí se embelesa el alma hasta el punto de apetecer no perder jamás de vista unos sitios tan amenos y deliciosos que parece fueron formados para que los habitasen los ángeles de la soledad, ó los santos moradores del yermo”. (5). ¿Les suena lo de “los santos moradores del Yermo”?.

El humilladero del río.



Pero los padres cartujos no sólo acudían a este apartado rincón, junto al río, a contemplar el paisaje. Éste era también un lugar de recogimiento y de oración en el que se erigio un crucero, un humilladero.

Es sabido que la Cartuja contó con varias cruces repartidas por distintas dependencias del monasterio. La más conocida es la denominada Cruz de la Defensión, que todavía se conserva en los jardines exteriores situados delante de la monumental portada de acceso, obra esta última de Andrés de Ribera. El profesor Aguayo Cobo, que ha realizado un completo estudio de este crucero, apunta también como el historiador H. Sancho de Sopranis cuestiona que esta sea la cruz del Humilladero, mencionada en las fuentes documentales, toda vez que existieron también otras cruces junto al estanque de los galápagos o en el jardin del claustro (6). Y a todas ellas hay que añadir el sencillo crucero del que hoy nos ocupamos, cuyos restos se conservan cerca del río en el exterior de los muros del monasterio.

A buen seguro que este pequeño humilladero, menos ostentoso y monumental que los mencionados, gozó de las visitas de los monjes por lo apartado y recogido del paraje y el atractivo de sus vistas. Para su construcción se aprovecho la cúspide de un mogote rocoso de empinadas paredes, muy cercano al río. Este mirador natural ha sido tallado por el río dando lugar a un montículo en cuyas paredes sobresalen bloques de rocas de yeso engastados en las margas abigarradas y rojas de edad triásica.

En la descripción del antiguo Monasterio de la Cartuja de la Defensión que en su inventario de Patrimonio Inmueble de Andalucía presenta el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico, se menciona esta singular obra, junto a la vecina “casa del guarda” o mirador, diciéndose de ellas que: “

Por último habría que añadir aquí, a pesar de encontrarse al sur del claustro de los legos, el molino de aceite y la casa del guarda de la huerta. El primero, en estado de abandono, responde a la estructura de molino de hacienda de olivar, con una nave rectangular para la viga y un espacio cuadrado que corresponde a la torre de contrapeso. Al exterior, destaca el volumen de esta última, con tejado a cuatro aguas y especie de pináculos como remate. La casa del guarda por su parte, posee planta rectangular, con sencilla viguería como cubierta. Al exterior presenta sus muros ornamentados con arcos en resalte de ladrillo y decoración de triángulos con azulejos en sus enjutas. La cubierta exterior es a dos aguas. Como último elemento a tener en cuenta en el edificio conviene señalarse el humilladero, el cual presenta una sencilla estructura cuadrada con cuatro alturas distintas a modo de escalones, que culmina en un cuerpo circular con casquetes y otro hexagonal, y finalmente una cruz, hoy inexistente”.

El paseante que recorra las orillas del Guadalete puede aún comprobar que el humilladero es una sencilla obra que aún nos muestra con claridad su primitiva estructura, pese a los estragos del tiempo. El conjunto se asentaba sobre cuatro basas octogonales (y no cuadradas, como indica la ficha del IAPH) dispuestas a modo de gradas. La mayor de ellas, en la que se apoya toda la obra, tiene 1 55 cm de lado y es también la de mayor altura (55cm). Las otras van decreciendo en dimensiones (115, 95 y 78 cm. respectivamente) a la par que disminuye también la altura de los escalones que dejan entre ellas (27, 19 y 15 cm. respectivamente). El mortero del que están construidas presenta en superficie un tratamiento especial a imitación de ladrillos que puede haber sido añadido posteriormente.

Sobre estos peldaños se levanta un casquete esférico, labrado en una llamativa piedra negra, con ocho caras de 55 cm de lado en su base y 50 cm. de alto, en cuya parte superior entronca un prisma octogonal, del mismo material, que culmina con unas molduras y una pequeña semiesfera sobre la que en su día se alzaría la cruz, hoy perdida. Este último cuerpo tiene un metro de altura, por lo que todo el conjunto que hoy se conserva -sin la cruz- alcanzaría una altura total aproximada de 2,60 m.

En la actualidad, las basas se han agrietado, tal vez por fallos en su cimentación y por la acción de las raíces de los arbustos que han crecido entre ellas (esparragueras, S. bonariense, higueras, hinojos…) y que hemos podido retirar casi en su totalidad. Como consecuencia del deterioro de la base, el cuerpo superior ha perdido parte de su apoyo y se muestra inclinado, con riesgo de desprenderse.

Caballos junto al Monasterio de la CartujaHacer zoom sobre la imagen

Con todo, el encanto del lugar aún se mantiene, pese a la construcción en las orillas del río de una caseta para la extracción de agua muy cerca de este rincón. Por eso, cada vez que paseamos por las riberas del Guadalete, hacemos un alto a los pies del humilladero y del mirador de los cartujos para evocar aquellas tardes en la que los monjes acudían aquí y, “aflojada la cuerda de su extremada observancia”, conversaban entre ellos plácidamente mientras su vista se perdía, río abajo, hacia los lejanos horizontes de la Bahía.

Para saber más:
(1) Rallón, E.:
: Historia de la ciudad de Xerez de la Frontera y de los reyes que la dominaron desde su primera fundación, . Ed. de Ángel Marín y Emilio Martín, Cádiz, 1997, vol. IV, p. 174..
(2) Portillo, J.:: Noches Jerezanas. Tomo Segundo. . Imprenta de D. Juan Mallén. Jerez.
(3) Rallón, E.: Historia de la ciudad de Xerez… vol. IV, p. 174.
(4) Portillo, J.:: Noches Jerezanas…. . Pp. 180-181.
(5) Portillo, J.:: Noches Jerezanas…. . Pp. 183.
(6) Aguayo Cobo, A.:: Arquitectura religiosa del renacimiento en Jerez II. Cartuja de la Defensión. Convento de Santo Domingo. .UCA, 2006, pp. 23-24.


Observación: situando el cursor sobre una fotografía, podremos leer el pie de foto.  Si pulsamos sobre cualquiera de ellas, podrán verse todas a pantalla completa.

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Artículo publicado en DIARIO DE JEREZ, 09/03/2014

 
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